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Antipejes y Similares, Continuación

Por un México DES-PEJADO Yante la corrupción confirmada por López, al darle la razón a Ahumada, su candidata guerrillera Lucía Morett, etc. ¡Lo dicho! ¡Son un peligro para México! ¡Incluyendo a sus partidos!

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Por qué perdió AMLO

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Por qué perdió AMLO

Si algo nos enseñó la última elección presidencial es que la mayoría de los mexicanos considera que goza de cierta prosperidad. De lo contrario, es muy probable que López Obrador hoy fuera presidente de México. Me explico.

La plataforma electoral de López Obrador se basó en gran medida en culpar a los “ricos” de la situación de los “pobres”. No me voy a meter a discutir si tenía razón o no, o a qué grado. Lo que me interesa rescatar es la interpretación que la gente le pudo haber dado a esta postura para no votar por AMLO.

De cierta manera, el responsabilizar a los que más tienen de los problemas de los que menos tienen trae consigo un compromiso implícito de corregir esta percibida injusticia, de actuar como una especie de Robin Hood. Mi punto es que si la mayoría de los electores hubiera considerado que tenían poco que perder, esto es, que caía evidentemente dentro de los desfavorecidos, entonces López Obrador habría ganado las elecciones.

Como todos sabemos, la realidad fue otra. Me queda claro que AMLO cometió varios errores (y Calderón varios aciertos) que influyeron en el resultado. Pero estoy convencido de que la percepción de bienestar del electorado jugó un papel determinante. De no haberse sentido vulnerables a perder algo en el ajuste de cuentas implícitamente propuesto por López Obrador, los votantes lo habrían elegido sin reserva.

Para nada estoy diciendo que México es un país donde no existen carencias. Por supuesto que las hay, y muchas. Pero lo que en mi opinión hizo evidente la elección pasada es que la mayoría de los mexicanos no se siente en una absoluta desolación.

Y resulta que no sólo es percepción. Datos duros respaldan la sensación de relativo bienestar de gran parte de la población. Varios indicadores económicos (como ingreso por familia y habitantes con casa propia) apuntan al surgimiento de una cada vez más nutrida clase media en nuestro país.

Lo que me parece más interesante no es lo que nos dice esta tendencia sobre el pasado, sino sobre las preferencias políticas del electorado mexicano en el futuro. Entre más gente se incorpore a la clase media, más difícil será venderles una propuesta política basada en un antagonismo de clases.

La configuración política del electorado mexicano está cambiando conforme el país se enriquece. Más les vale a los partidos poner atención.

http://www.milenio.com/mexico/milenio/firma.asp?id=548108

Congreso del PRD, contradicción de partido y de política

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Manuel Diaz Cid



El fin de semana culminó el X Congreso del PRD donde se decidiría la suerte del partido, las implicaciones, y si los participantes asumirían acuerdos con relación al I Informe de Gobierno.
Al inicio del Congreso, la llamada Izquierda Democrática Nacional, representada por Martí Batres, Gerardo González Noroña y los más radicales seguidores de AMLO, publicaron en un desplegado su apoyo a AMLO, el rechazo a la imposición autoritaria, la necesidad de articular el Partido con el Movimiento y las luchas sociales concretas con su principal cabeza.

Por otro lado, los representantes de la Nueva Izquierda, Carlos Navarrete y Jesús Ortega, declararon su convencimiento de que el PRD tenía que resolver en el Congreso extraordinario si los congresistas del PRD guiarían al partido o si el partido se guiaría por el Movimiento.

En términos generales, en la sociedad mexicana hay un vacío con relación a los términos políticos y a su significado: Partido y Movimiento. Quien va por la vía del movimiento piensa en la próxima manifestación y quien va por el partido piensa en la próxima elección.

El Partido supone la convocatoria electoral y la solución de los problemas a través del debate y la negociación en las Cámaras o en el Congreso. El Movimiento, como su nombre lo indica, es la reunión de un grupo de personas que marchan por las calles y piensan que entre más grandes sean las protestas, mayor será la legitimidad al reclamo que representan.

Aunque el descenso del PRD podría significar una motivación para que los integrantes del PRD corrigieran la línea en la que se están moviendo, como lo hizo Fernando Belanzaurán, quien propuso que para ganar adeptos el Movimiento debería ser un entusiasta promotor de la participación para vincular la acción de representación en el Congreso y de motivación en la calle para que los próximos comicios electorales fueran favorables al PRD.

La respuesta inmediata de AMLO golpeó a la Nueva Izquierda al negar que el partido vaya en decadencia, muy por el contrario, aseguró, se fortalece y el PRD es un partido moderno porque está dispuesto a no negociar ni a reconocer ni a legitimar. Un partido que no representa, no participa y no hace acuerdos, automáticamente niega su propia importancia y realidad.
Los ciudadanos tenemos, por lo tanto, que entender que durante el Congreso último del PRD, a pesar de los esfuerzos de los grupos más intelectuales y equilibrados, la presión que ejerce AMLO sobre su partido provocó que la facción moderada cediera, con lo cual, hasta el momento, el “¡NO!” sigue siendo la divisa del PRD.

Manuel Diaz Cid
http://www.yoinfluyo.com/index.php?option=com_content&task=view&id=927&Itemid=&Itemid=&Itemid=&Itemid=26

Primer Informe de Calderón; ¿Fin de la farsa AMLO?

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Primer Informe de Calderón; ¿Fin de la farsa AMLO?

Manuel Díaz Cid



A un año de la elección del presidente Felipe Calderón, el PRD no ha dado síntomas de haber entendido su papel en una política democrática. El problema más importante de este partido radica en querer ganar las elecciones sin reconocer las instituciones que validan a los comicios. La consecuencia desde el punto de vista electoral es demoledora para el PRD porque se aferra a la idea de que son ellos los que califican la elección y no los órganos electorales que han sido designados para ello.
Si el PRD mantuviera la postura que tiene actualmente hasta el año próximo, el daño electoral democrático será irreversible. De no corregir ahora, ya no tendrán otra oportunidad, porque las condiciones de la democracia en México les impedirán recuperar los espacios que día a día han otorgado a sus contrincantes al tiempo que, desde el punto de vista de una democracia electoral, el PRD se debilita.

El principal problema que enfrenta nuestro país desde el punto de vista político es el debilitamiento del PRD y el supuesto fortalecimiento de la “República Filibustera”, encabezada por AMLO, quien tiene la desfachatez de presentarse en afiches con la banda presidencial en el pecho y con el título de “presidente legítimo”.

En lo que a la presentación del Primer Informe de Gobierno se refiere, la ley especifica la obligación del Presidente de entregar el Informe, aunque AMLO y sus voceros declaren que impedirán que Felipe Calderón cumpla con la ley. De ahí que se llegue a contemplar la posibilidad que, dado el deterioro de los partidos políticos, el Presidente presente su Informe en cualquier otro lugar.

La ley, sin embargo, no señala que el Presidente deba leer un Informe, pero sí el lugar de entrega, sin establecer que el Presidente tenga que dirigir un mensaje a la Nación. Basta recordar los interminables Informes en la época de Luis Echeverría, donde la mayoría de los asistentes no podía comprobar los datos que presentaba el Presidente.

Las negociaciones entre los partidos al día miércoles 29 de agosto, indicaban que el Presidente llegaría a la Cámara, entregaría su Informe y se retiraría. El lunes 27 de agosto, sin embargo, Manlio Fabio Beltrones declaró sobre la necesidad de un cambio en el formato tradicional del Informe. El Presidente Felipe Calderón ya lo había propuesto meses antes y se enfrentó a una negativa por parte del PRD y del PRI, mismos que califican ahora como negligencia de parte del Presidente mexicano que no haya presentado iniciativa alguna.

El Ejecutivo, de hecho, propuso que los diputados, en medio de la exposición, le interrumpieran y le cuestionaran. Sin embargo, dadas las circunstancias, no es una opción factible, además de que la ley no lo contempla. En segundo lugar la presentación del Informe se volvería interminable ya que todos querrían preguntar por interés o por fastidiar y estaría en juego el tema de las formas porque difícilmente los diputados del PRD se dirigirían con educación y sensatez a Felipe Calderón para cuestionar y aclarar puntos del Informe. Es más, AMLO presiona a Diputados y Senadores para que no reconozcan que Felipe Calderón es el presidente del país.

Si los Diputados y Senadores electos el 2 de julio de 2006 creyeran que los comicios fueron fraudulentos, de Estado y con atropellos, la lógica diría que todos deberían renunciar a sus puestos de elección, lo que significaría la renuncia de la segunda fuerza al interior de la Cámara, reconociendo que si la elección presidencial en teoría fue fraudulenta, también fue la de ellos, pero no es así. El PRD insiste que sólo se manipuló la elección del presidente, sin la posibilidad de probarlo debido a la ignorancia social y, principalmente, la del sector al que llegó AMLO con base en el carisma y la habilidad de manipular los sentimientos, más que por tener la mejor propuesta económica, social, cultural y política.

La actitud de Gerardo Fernández Noroña y de otros de línea radical contrasta con las declaraciones que hizo al interior de la Cámara Javier González Garza, conocido como el “Güero” quien, junto con Ruth Zavaleta, parecieran estar en una postura de reconocimiento de la posibilidad de una negociación, aunque con declaraciones que formarán parte de “las memorias del disparate político en el mundo” como: “Aunque ilegítimo, hay Presidente Constitucional”, y es que ¿cómo puede ser ilegítimo y constitucional a la vez cuando la Constitución es la base de todas las leyes?
El informe y el futuro del PRD estarán a los ojos del mundo entero este fin de semana porque marcarán una etapa diferente en la historia política de este país. De acordarse entre todos los partidos que el 1 de septiembre el Presidente llegue a la Cámara para entregar el Informe y lo presente en otro lugar, si así le conviene, marcará claramente que AMLO está llegando a sus últimos momentos de influencia en el PRD. Si, por el contrario, el Presidente no pudiera entrar a la Cámara por la violencia y se polarice a los diputados para confrontarse unos con otros, indicaría que AMLO es mucho más dueño del partido de lo que hemos pensado.

http://www.yoinfluyo.com/index.php?option=com_content&task=view&id=944&Itemid=40

A PROPÓSITO DE LO QUE QUIEREN HACER CON EL IFE: "López busca destruir la democracia mexicana"

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López busca destruir la democracia mexicana: Enrique Krauze en The Washington Post
Por: Redacción y Ntx en Washington | Nacional

Miercoles 6 de Septiembre de 2006 | Hora de publicación: 09:54

Opinión. Enrique Krauze indica que Andrés Manuel López Obrador puede llegar a querer controlar su “territorio”, en los estados sureños.

El candidato a la presidencia de México de la Coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, busca destruir la democracia mexicana, afirmó ayer el historiador Enrique Krauze en el diario The Washington Post.

En un artículo de opinión, el intelectual mexicano señaló que “es claro que López Obrador no es un demócrata” y pidió el apoyo y entendimiento de la opinión pública internacional para evitar que se destruya la democracia en México.

Krauze señaló que las entrevistas y artículos de AMLO en la prensa internacional son “engañosos” y recordó que López Obrador fue el candidato que más gastó en televisión, que en la elección que impugnó su partido creció hasta ser la segunda fuerza, que las casillas que revisó el Tribunal no fueron una muestra representativa del total, sino precisamente aquellas esperaba demostrar que hubo fraude y que AMLO afirmó que aún con recuento de todas las casillas no aceptaría un resultado en el que él no fuera ganador.

El candidato de la coalición “es un revolucionario con una mentalidad totalitaria y aspiraciones mesiánicas que está usando la retórica de la democracia para intentar destruir este tercer intento histórico de democracia en México”, escribió. Por ello, señaló que “López Obrador no es el heredero de demócratas liberales como Benito Juárez y Francisco I. Madero, sino de Porfirio Díaz y Victoriano Huerta, cuyos golpes de Estado ahogaron a la democracia mexicana”.

“Su intención (de López Obrador), para el futuro cercano, será sitiar las instituciones que desprecia y forzar a Felipe Calderón (candidato del Partido Acción Nacional) a renunciar”, aseguró el historiador mexicano.

La perspectiva de Krauze se publicó horas antes de que venza el plazo para que las máximas autoridades electorales en México declaren al ganador de las elecciones presidenciales del pasado 2 de julio.

Krauze anticipó que de confirmarse la derrota de López Obrador, como es probable, éste reunirá a miles de sus seguidores en el Zócalo de la capital del país el 16 de septiembre, día en que se festeja la independencia, para declararse presidente por aclamación.

“Hasta puede intentar controlar su “territorio” en los estados sureños de Oaxaca, Chiapas, Tabasco y Guerrero, y en la capital misma”, consideró el historiador.

Krauze sostuvo que México está “al borde de una convulsión social”.

“López Obrador ha dañado seriamente la joven democracia mexicana intentando sostener lo insostenible. Que el México de hoy es el mismo que el México de los días del régimen del PRI (Partido Revolucionario Institucional)”, remató.

Krauze recordó que en los 681 años desde la fundación del imperio azteca en 1325, México ha vivido 196 años bajo una teocracia indígena, 289 años en monarquía española, 106 años bajo dictaduras, 68 años en guerra civil o revolución y sólo 22 años en democracia, entre los cuales incluye la última década.

http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=259826

El mesías tropical HAY QUIENES DICEN QUE POR ESTE ARTÍCULO LO LLAMAMOS ASÍ... PERO....

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DE MANERA DEFINITIVA AFIRMO QUE NO ES ASÍ.

FUE EL MISMO LÓPEZ EL QUE "SE AUTOCOMPARÓ CON JESÚS" SITUACIÓN RIDÍCULA POR SI MISMA... ¡YA QUISIERA! PERO NI A LOS TALONES LE LLEGA AL GRAN MAESTRO.

ASÍ QUE EL MOTE DE "MESÍAS" ÉL MISMO SE LO BUSCÓ POR SUS ACTITUDES, ESTUPIDECES E HIPOCRESÍAS...

SE LO BUSCÓ POR LA MANERA EN LA QUE POR MEDIO DE LA PSICOLOGÍA DE MASAS Y MANIPULACIÓN DE MASAS QUISO ENGAÑAR A LA GENTE. (NO POR SUS ACCIONES, ESAS DENOTAN EXACTAMENTE LO CONTRARIO).

AGREGO SEGURAMENTE UNA VEZ MÁS ESTE ARTÍCULO, YA QUE ES DE MIS FAVORITOS, POR SU EXPLÍCITA DESCRIPCIÓN Y PORQUE RESULTÓ PROFÉTICO.


JUNIO DE 2006
El mesías tropical
por Enrique Krauze



López Obrador ha proclamado que sus modelos son Cárdenas y Juárez. A través de una puntual interpretación biográfica, Enrique Krauze descubre en él inspiraciones mucho más profundas y perturbadoras, experiencias teológico-políticas y psicológicas que tuvieron lugar en su natal Tabasco.

Hay en el sureste Un hombre de acción Que a todas las huestes Trajo redención Corrido tabasqueño
Desayuno con “el Peje” Conocí a Andrés Manuel López Obrador, el famoso y controvertido jefe de gobierno del Distrito Federal, una mañana (casi una madrugada) de agosto de 2003.

Tempranero como un gallo, rijoso símbolo con el que le gusta compararse, elusivo como el pejelagarto, típico pez de las aguas de Tabasco, del que proviene su sobrenombre, López Obrador convocaba diariamente a los medios a una conferencia a las seis de la mañana para informarles sobre la marcha de su gestión, pero también para sortear ingeniosamente las preguntas comprometedoras y lanzar certeros picotazos sobre el presidente Vicente Fox.

El desayuno tendría lugar en sus oficinas, situadas en los altos del antiguo ayuntamiento. En el pequeño anexo a su despacho, mientras observaba sus objetos de culto personal (una imagen de Juárez, una foto de Salvador Allende, otra de Rosario Ibarra de Piedra, una más del propio López Obrador conversando con el “subcomandante Marcos”, la escultura en madera de un indígena), pensaba que su presencia cotidiana en aquel espacio casi teocrático de México revelaba su sagacidad política: entendía la gravitación histórica del lugar y por eso no salía de él. En cambio Fox despachaba exclusivamente en la residencia oficial de Los Pinos y sólo llegaba al Zócalo de vez en cuando. Jovial, directo y sencillo, con una sonrisa maliciosa pegada al rostro, era difícil no simpatizar con López Obrador. Nos acompañaba un hombre de sus confianzas, José Agustín Ortiz Pinchetti, veterano luchador democrático. López Obrador comenzó a hablar de historia.

En los años ochenta, en un receso involuntario de su agitada vida política, había escrito dos libros sobre Tabasco en el siglo XIX. “Están muy basados en don Daniel”, reconoció, y la alusión al mayor historiador liberal del siglo XX me llevó a recordar la opinión que alguna vez me confió el propio Cosío Villegas sobre el general Lázaro Cárdenas: “Yo siempre lo admiré por su instinto popular.”

Le dije que advertía en él la misma cualidad, y que bien usada podría enfilarlo a la Presidencia. López Obrador lo tomó como la constatación de algo evidente: “El pueblo no se equivoca.” Yo tenía curiosidad de saber si era cierto que no tenía pasaporte. “Es extraño –me dijo– que me reclamen eso.

El presidente Venustiano Carranza nunca cruzó la frontera.” “Es verdad –le expliqué–, pero Carranza fue presidente entre 1916 y 1920, los tiempos han cambiado mucho.” Traje a cuento el caso de Plutarco Elías Calles, que antes de ocupar la Presidencia, y para preparar la serie de reformas económicas que llevó a cabo (entre ellas la fundación del Banco de México), había viajado por Europa.

¿Por qué no seguir sus pasos y luego entrevistarse con la prensa liberal en Nueva York? No fui convincente. Años atrás había pasado unos días en Estados Unidos, y con su esposa (Rocío Beltrán, fallecida en 2003) solía visitar Cuba.

Eso era todo: “Hay que concentrarse en México –me dijo–. Para mí la mejor política exterior es la buena política interior.” Era obvio que el mundo lo tenía sin cuidado. Su mundo era México. Y el mundo de su mundo era Tabasco.

Nacido el 13 de noviembre de 1953 en el pequeño pueblo de Tepetitán, en el seno de una esforzada familia de clase media dedicada a diversos ramos del comercio, nieto de campesinos veracruzanos y tabasqueños, y de un inmigrante santanderino que había llegado a “hacer las Américas”, López Obrador vivió una niñez tropical, libre y feliz.

Sus biografías oficiosas contendrían datos interesantes sobre su carácter temprano. “Fue un niño muy vivaracho –recordaba su padre– pero tenía una enfermedad: no se le podía decir nada ni regañarlo, porque se trababa.” Según parece, le decían “piedra”, porque pegaba duro: “Se peleaba con alguien, le ganaba, y salía con esa sonrisita burlona de ‘te gané’.”

Era malo para las matemáticas y muy bueno para el beisbol, aunque “cuando perdía su equipo, terminaba enfurecido”.

Tepetitán tenía unas cuantas calles, pero los López Obrador vivían a sus anchas: “No teníamos barreras –recuerda uno de sus hermanos–, teníamos el pueblo entero, era nuestro.” Si la familia salía, era para viajar en automóvil a las playas de Veracruz y Tampico.

En los años sesenta se mudaron a Villahermosa, capital del estado; en los setenta, Andrés Manuel estudió ciencias políticas en la UNAM y se hospedó en la Casa del Estudiante Tabasqueño.

A partir de 1977, hasta 1996, pasaría la mayor parte del tiempo en su patria chica. Había dos maneras de animar la conversación con López Obrador: hablar de beisbol o hablar de Tabasco. Opté por la segunda. El desayuno tabasqueño (pescado frito, plátano con arroz), el prehistórico pejelagarto disecado sobre un estante, el manoteo enfático y hasta la pronunciación del personaje (que, como es común en aquella zona del Golfo de México, convierte las “eses” en “jotas”), todo conspiraba para llevar la plática a Tabasco: cuna de la cultura madre de Mesoamérica, la olmeca; puerta de la Conquista (allí desembarcó Cortés y conoció a “la Malinche”).

La historia de Tabasco lo apasionaba tanto o más que la historia de México. Con evidente gusto me refirió su buena impresión de los dos grandes jefes del siglo XX en Tabasco (Tomás Garrido Canabal y Carlos Madrazo). Y con mayor placer aún recordó su amistad con el poeta Carlos Pellicer (“el tabasqueño más grande del siglo XX”) y reconoció la obra de Andrés Iduarte (“nuestro mejor escritor”).

Yo recordaba que Tabasco –caso no único pero sí excepcional entre los 32 estados de México– no había dado un solo presidente a México y quise plantearle la cuestión, pero López Obrador abrió sin querer una posible pista: “a los tabasqueños se nos dificulta mucho acostumbrarnos al Altiplano –me dijo–, es otra cultura; también a mí me ha costado trabajo adaptarme.”

Para explicarse mejor, me leyó en voz alta un párrafo extraído de uno de los libros que escribió sobre su estado: En Tabasco la naturaleza tiene un papel relevante en el ejercicio del poder público. En consonancia con nuestro medio, los tabasqueños no sabemos disimular. Aquí todo aflora y se sale de cauce. En esta porción del territorio nacional, la más tropical de México, los ríos se desbordan, el cielo es proclive a la tempestad, los verdes se amotinan y el calor de la primavera o la ardiente canícula enciende las pasiones y brota con facilidad la ruda franqueza. “De aquí parte –dijo–mi teoría sobre el ‘poder tropical’: el tabasqueño debe controlar sus pasiones.”

Me había dado una clave biográfica que yo tardaría en descifrar. “Quizá en el futuro –le dije, al despedirme– tenga usted que hacer una adaptación aún mayor: pasar del Altiplano a la aldea global.” Lejos de Cárdenas Era difícil que un hombre sin mundo entendiera el mundo y el lugar de su país en el mundo.

Era difícil que un hombre encerrado en su mundo viera la necesidad de reformarlo en un sentido a la vez realista y moderno.

En el concepto de López Obrador, todo lo que México requería para su futuro estaba en su pasado. “La cosa es simple –me dijo meses más tarde, en una segunda y última conversación formal: hay que ser como Lázaro Cárdenas en lo social y como Benito Juárez en lo político.” Me propuse observar desde entonces los actos de su gobierno (anteriores y posteriores), para ver si confirmaban o desmentían su declarada fidelidad a aquellos dos modelos históricos.

Lázaro Cárdenas fue un presidente popular pero no populista. De temple suave, pacífico y moderado, tan silencioso y ajeno a la retórica que lo apodaban “La esfinge”, en los años treinta repartió dieciocho millones de hectáreas entre un millón de campesinos. Cárdenas fue un constructor interesado en los detalles prácticos, quiso que los campesinos llegaran a ser autónomos y prósperos mediante la organización ejidal colectiva o a través de la pequeña propiedad, ambas apoyadas por la banca oficial.

López Obrador se manifestaba cada vez más como un gobernante popular y populista. De temple rudo, combativo y apasionado, orador incendiario, su vía para emular a Cárdenas consistió en ofrecer un abanico de provisiones gratuitas, entre ellas el reparto de vales intercambiables por alimentos, equivalentes a setecientos pesos mensuales, a todas las personas mayores de setenta años.

Estos programas, sobre todo el de apoyo a los “adultos mayores” (del cual no existe padrón), le granjeaban una gran simpatía pero no atacaban de fondo los problemas. “Andrés y su equipo no conocían la complejidad de la problemática social de la ciudad”, me dijo Clara Jusidman, su amiga de muchos años y su jefa en los años ochenta, en el Instituto Federal del Consumidor.

En el gobierno perredista de Cuauhtémoc Cárdenas (1997-1999), Jusidman y su equipo habían establecido las bases de una amplia y laboriosa red de “facilitadores” que procuraba atender diversas necesidades relacionadas con la ruptura del tejido social en el DF. “Todo eso se desmanteló –lamentaba Jusidman–, se privilegiaron medidas sociales de relativa simplicidad pero con efectos masivos, como fue la entrega de ayudas económicas a los adultos mayores, a las madres solteras y a las familias con personas discapacitadas; o el montaje de dieciséis escuelas preparatorias y de una universidad sin requisitos de ingreso y con muy poco tiempo de planeación.”

Claramente, el criterio que las sustentaba era más político e ideológico que práctico y técnico. Lo mismo ocurrió en otros ámbitos.

A un costo que nunca se aclaró, en tiempos de López Obrador se construyeron los segundos pisos del Anillo Periférico, pero se relegaron necesidades mucho más urgentes que la fluidez vial para los automovilistas: el transporte público, el abasto de agua, la inseguridad, el empleo.

Entre 2000 y 2004, el crecimiento del PIB en el DF fue inferior al crecimiento promedio acumulado en el resto de las entidades. Y el empleo formal entre 2000 y 2005 creció menos que en el resto del país.

La gestión de Lázaro Cárdenas coincidió con el ascenso del nazismo europeo. Se enmarcó en una época en que, para amplios sectores intelectuales y políticos de Occidente, el socialismo soviético constituía una alternativa al capitalismo occidental. Por eso, en tiempos de Cárdenas la educación oficial en México era “socialista”. Con todo, Cárdenas no atizó el odio de clases ni era proclive a las ideologías que lo propugnaban. De hecho, tras la expropiación petrolera, Cárdenas fue el precursor de la industrialización en México y para ello fundó el Instituto Politécnico Nacional.

En sus dichos y sus hechos, López Obrador ha seguido pautas muy distintas. A partir de las ruidosas querellas legales en las que se vio involucrado en 2004 y 2005, el jefe de gobierno recurrió a una retórica de polarización social que Cárdenas no habría avalado.

Su vocabulario político se impregnó del conflicto entre las clases. Sus enemigos eran los enemigos del pueblo: “los de arriba”, los ricos, los “camajanes”, los “machucones”, los “finolis”, los “exquisitos”, los “picudos”.

La palabra “dinero” era necesariamente sinónimo de abuso, de inmoralidad, de ausencia de decoro, de impureza. “Vamos a establecer –profetizó– una nueva convivencia social, más humana, más igualitaria, tenemos que frenar [...] a esa corriente según la cual el dinero siempre triunfa sobre la moral y la dignidad de nuestro pueblo.”

Su argumento central era el tema del Fobaproa, operación de rescate bancario que evitó el colapso del sistema financiero (y la consiguiente pérdida para los cuentahabientes) pero que, sin lugar a dudas, tuvo irregularidades y abusos en verdad flagrantes.

Si bien el peso de la operación sobre las finanzas públicas era y es muy oneroso, López Obrador lo utilizaba para concentrar el odio en la figura de los empresarios.

Con López Obrador, la teoría de la conspiración se volvió política de Estado: toda crítica era parte de un “complot” para desbancarlo.

El 27 de junio de 2004, cerca de setecientas mil personas de diversas clases sociales, alarmadas por la ola de secuestros y asaltos en la ciudad, marcharon a lo largo del Paseo de la Reforma. Horas más tarde, en vez de considerar la pertinencia objetiva de los reclamos, López Obrador se lanzó al palenque y declaró: “Sigo pensando que metieron la mano [...] para manipular este asunto, y señalo tres cosas: una, la politiquería de ‘las derechas’; dos, el oportunismo del gobierno federal [...] las declaraciones del ciudadano presidente [...] Y también el amarillismo en algunos medios de comunicación”

Para remachar, agregó que seguramente los propios secuestradores habían desfilado ese día.

Al poco tiempo, aparecieron unas historietas que representaban a los manifestantes como jóvenes de clase alta y pelo rubio, encantados de acudir a la manifestación para “estrenar” ropa nueva y tomarse una foto con sus amigos. “Eran unos pirrurris”, dijo el “Peje”, refiriéndose con desdén a los marchistas.

Que la referencia a la piel de los manifestantes fuera racista, y las víctimas de la delincuencia fueran mayoritariamente pobres, no lo inmutaba. Para él, la delincuencia es una función de la desigualdad y la pobreza.

El proyecto nacional de Lázaro Cárdenas se enmarcó siempre en los paradigmas de la Revolución Mexicana: por eso marginó a los comunistas prosoviéticos de la CTM, asiló a Trotsky, y dejó el poder en manos del moderado Ávila Camacho, no del radical Múgica.

López Obrador repetiría incansablemente que su proyecto era “de izquierda”. Nunca sentiría la necesidad de explicar el significado de esa palabra en el mundo posterior a la caída del imperio soviético, un mundo en el que China es la estrella ascendente de la economía de mercado. Pero es natural: el mundo no es interesante para López Obrador.

Ajeno a Juárez López Obrador había afirmado, en innumerables ocasiones, que admiraba a Benito Juárez sobre todos los seres en la tierra. Pero su identificación política con Juárez era, sencillamente, insostenible.

Fuera de una apelación formal a la “austeridad republicana” de aquel legendario presidente, o la repetición escolar de algunas de sus frases, López Obrador tenía poco en común con su héroe. La “austeridad republicana” de los gobiernos juaristas (1858-1872) debía hallar su contraparte en un manejo impecable de las finanzas públicas.

No fue el caso. La opacidad en las cuentas públicas del gobierno del DF era ya entonces (y sigue siendo, hasta la fecha) la zona más turbia en su desempeño.

Fox había sacado adelante una Ley de Transparencia que abría a cualquier ciudadano las cuentas públicas del gobierno federal.

Muchos gobiernos estatales hicieron lo mismo, pero el del DF frenó y limitó la idea, aduciendo que era muy onerosa, y, cuando no tuvo más remedio que aceptarla, durante mucho tiempo se negó a dar oficinas al nuevo organismo.

Finalmente, inconforme con el consejo nombrado, modificó la ley para disolverlo y nombrar otro. López Obrador decía admirar a Juárez por haber integrado su gabinete con los mejores mexicanos, pero de su propio gabinete no podía predicar lo mismo.

Un video que se trasmitió en 2004 por la televisión abierta mostraba a su secretario de Finanzas del gobierno del DF apostando cuantiosas sumas en una habitación reservada a clientes VIP en Las Vegas.

A los pocos días, un nuevo video mostraba a su principal operador político tomando fajos de dinero de manos de un empresario consentido por los anteriores gobiernos del PRD.

Aunque ambos funcionarios fueron separados de sus cargos y sometidos a juicio, la estrategia política de López Obrador no consistió en honrar su lema de gobierno (la “honestidad valiente”) sino en relativizar los hechos, desmarcarse de toda responsabilidad, y por primera vez declararse víctima de un “complot” orquestado por “las fuerzas oscuras”, por “los de arriba”.

La generación de Juárez produjo en 1857 una admirable constitución de corte liberal clásico que limitó el poder presidencial, instituyó la división de poderes y consignó las más amplias libertades y garantías individuales.

Aquellos legisladores y juristas creyeron en el imperio de la ley y lo respetaron escrupulosamente. El presidente Juárez tenía adversarios de peso en la Suprema Corte y el Congreso, pero jamás utilizó contra ellos las más mínimas triquiñuelas, ni afectó o anuló su esfera autónoma.

En cambio López Obrador, aunque rindiera homenaje retórico a Juárez, mostró muy pronto que no comulgaba con los preceptos esenciales de la democracia liberal.

Al despuntar su sexenio, había ocurrido un linchamiento en el pueblo indígena de Magdalena Petlacalco. López Obrador dio a entender que había normas tradicionales más altas que la ley: “el caso hay que verlo en lo que es la historia de México, es un asunto que viene de lejos, es la cultura, son las creencias, es la manera comunitaria en que actúan los pueblos originarios... No nos metamos con las creencias de la gente.”

En un problema similar (una sublevación indígena en Chiapas en 1869), Juárez no dudó en enviar a la fuerza pública y aplicar la ley.

En octubre de 2003, una sentencia judicial dictada por un tribunal de circuito obligaba al gobierno del Distrito Federal a pagar una suma (en verdad absurda) por la expropiación de unos terrenos. López Obrador declaró, con tonos extrañamente evangélicos: “Ley que no es justa no sirve. La ley es para el hombre, no el hombre para la ley. Una ley que no imparte justicia no tiene sentido”, y agregó: La Corte no puede estar por encima de la soberanía del pueblo.

La jurisprudencia tiene que ver, precisamente, con el sentimiento popular. O sea que si una ley no recoge el sentir de la gente, no puede tener una función eficaz [...]

La Corte no es una junta de notables ni un poder casi divino. Si la ley era injusta, había caminos institucionales para cambiarla.

Si el juez, como era el caso, había dado una sentencia excesiva, existían instancias jurídicas para combatirla.

Los abogados del gobierno del Distrito Federal (los había, excelentes) hicieron uso de esas instancias y, al cabo del tiempo, lograron reducir sustancialmente la cantidad que se reclamaba.

Pero el tema no era legal sino político. Al litigar el asunto en los medios y negar la autoridad de la Suprema Corte de Justicia, el “Peje” había dado una primera muestra de su idea de la justicia, y su imagen condicionada de la división de poderes.

Un paisano suyo explicó el fundamento de su actitud: “Tiene un concepto marxista del derecho, para él es un arma de la burguesía para dominar al proletariado.”

En mayo de 2004, otro proceso judicial comenzaría a ocupar las planas de los diarios y el espacio de los noticieros. El gobierno del DF se había negado a respetar una orden de suspensión dictada por un juez dentro de un juicio de amparo.

El juez turnó el asunto a la Procuraduría para su consignación. Ante la posibilidad real de verse privado del fuero por la Cámara de diputados y ser sometido a juicio (proyecto que tanto el PAN como el PRI alentaban con la peregrina idea de inhabilitarlo como candidato a la Presidencia), López Obrador pasó de nuevo a la ofensiva, dobló las apuestas, declaró que no emplearía abogados ni se defendería y que –como admirador de Gandhi y Mandela– prefería ir a la cárcel en vez de acatar una orden que consideraba injusta.

La responsabilidad directa recaía sobre un subordinado que había firmado la documentación, pero López Obrador se negó a involucrarlo y así liberarse legítimamente del problema.

En términos legales, el caso era discutible. Para los defensores de López Obrador era inexistente o nimio; para sus críticos tenía un valor de principio, no debía permitirse el desacato a una sentencia judicial.

López Obrador declaró que el poder judicial actuaba en connivencia con las “fuerzas oscuras” y dijo que lo reformaría al llegar a la Presidencia. Su “ruda franqueza” tabasqueña necesitaba de enemigos, y los encontró en la Suprema Corte.

Años atrás, al tomar posesión, el “Peje” había delineado su concepto de la verdadera democracia, no la democracia liberal sino la “democracia popular”: “El gobierno es el pueblo organizado o, para decirlo de otra manera, el mejor gobierno es cuando el pueblo se organiza. La democracia es cuando el pueblo se organiza y se gobierna a sí mismo.”

Pero esa democracia requería la presencia cotidiana de un líder social que midiera “el pulso a la gente”, que “metiéndose abajo” escuchara y canalizara –sin intermediaciones burocráticas o institucionales– las demandas de “la gente”.

Ésa era, a su juicio, la función del jefe de gobierno. ¿A qué tradición correspondían estas ideas? “La nación –había escrito hacia 1837 el pensador conservador Lucas Alamán al carismático dictador Antonio López de Santa Anna– le ha confiado a usted un poder tal como el que se constituyó en la primera formación de las sociedades, superior al que pueden dar las formas de elección después de convenidas, porque procede de la manifestación directa de la voluntad popular, que es el origen presunto de toda autoridad pública.”

Precisamente contra esa concepción “directa” del poder –de raíz medieval y monárquica–, la generación de Juárez concibió una constitución liberal en la que la “voluntad popular” se expresaba en votos individuales y el poder presidencial permanecía acotado por los otros poderes.

Curiosamente, a fines de 2004 López Obrador se hizo fotografiar con un ejemplar de la biografía de santo Tomás de Aquino, en cuya Summa teologica la división de poderes no es siquiera imaginable. En esa visión orgánica del poder público (muy arraigada en la cultura política de los países hispánicos), la soberanía popular emana de Dios hacia el pueblo, y quien debe interpretarla correctamente es la autoridad elegida por Dios. (Por eso “no había que meterse con las creencias de la gente”).

¿Y quién interpreta el divino poder de la “soberanía popular”? El líder social que se autodesignaba “el rayo de esperanza”: López Obrador.

En ningún momento quedó más clara esta inspiración divina que sentía encarnar el jefe de gobierno como en la fervorosa concentración del Zócalo, el día del desafuero.

Ni en los tiempos dorados del PRI se había visto algo similar, porque en el viejo sistema político mexicano la gente acudía al Zócalo para apoyar al detentador temporal de la investidura presidencial. Ahora no, ahora acudía a mostrar su apego solidario al “hombre providencial”.

Un grupo de ancianas portaban un letrero que decía “Que Dios te cuide, rayito de esperanza”. “La doble valla metálica que corta por la mitad a la multitud y dentro de la cual camina solitario el Jefe hacia la gran tribuna de la plaza”.

¿Qué recordaba la escena? Adolfo Gilly, historiador respetado y viejo militante de izquierda, señalaría tiempo después que la inspiración de aquella “coreografía y escenografía”, de aquel “método de centralización personal de la organización en la figura del Jefe”, provenía “de los años treinta, en la figura y las ideas del tabasqueño Tomás Garrido Canabal”.

Tenía razón. La clave para comprender mejor la formación, la imaginería, el estilo y sobre todo la actitud política de Andrés Manuel López Obrador no estaba en la historia de México, en Cárdenas o Juárez. La clave –como él mismo me había dado a entrever en aquel desayuno de agosto de 2003– estaba en la historia de Tabasco, la tierra del “poder tropical”.

Un “ferviente deseo de gobernar” “Ese estado pantanoso y aislado, puritano e impío”, escribió Graham Greene en Caminos sin ley (1939), libro de viaje complementario a El poder y la gloria (1940). A Graham Greene, que recorrió Tabasco en 1938, tres años después de terminada la era de Garrido, lo intrigaba la “oscura neurosis personal” de aquel “dictador incorruptible”. Su sombra seguía rondando.

Ahí estaban las “escuelas racionalistas”, instituciones de disciplina casi militar donde los niños era adoctrinados “científicamente”, aprendían las virtudes de la razón, la técnica agrícola y los ejercicios físicos. Greene se impresionó con los carteles que vio en las escuelas: una mujer crucificada a la que un fraile le besa los pies, un cura borracho bebiendo vino en la Eucaristía, otro tomando dinero de manos indigentes.

Su confesor en Orizaba se lo había advertido: “A very evil land”, y Greene, converso al catolicismo, creyó constatarlo a cada paso: “Supongo que siempre ha existido odio en México –apuntó–, pero ahora el odio es la enseñanza oficial: ha superado al amor en el plan de estudios [...]

Uno se niega a creer que logrará algo bueno: y es que ese odio envenena los pozos de humanidad.”

Ahí estaba también la huella de una existencia puritana (las luces se apagaban todavía a las 21:30, la venta y consumo de alcohol estaban prohibidos) y el recuerdo de una sociedad regimentada: cooperativas de distribución agrícola controladas por el gobierno, “ligas de resistencia” obligatorias para cada gremio de trabajadores o empleados, y, sobresaliendo entre todas, los llamados “camisas rojas”, contingentes estudiantiles de ambos sexos uniformados con colores rojinegros, recorriendo las calles con disciplina fascista y sirviendo como tropas de adoctrinamiento y choque para la intensa campaña “contra Dios y la religión”.

En escenas filmadas por el gobierno de Garrido para fines de propaganda se veía cómo los “camisas rojas” (precursores de los “guardias rojos” chinos) empuñaban la piqueta para destruir, piedra por piedra, la Catedral de Villahermosa; arrojaban a las llamas imágenes piadosas de los templos destruidos y los objetos de culto que la gente guardaba en sus casas, y escenificaban tumultuosos “autos de fe” donde los niños, maestros, jóvenes y viejos se turnaban para destruir con la piqueta grandes esculturas de Cristo crucificado.

A juicio de López Obrador, el mérito de Garrido fue convertir a Tabasco “en la Meca política del país”. El uso de la metáfora religiosa no era casual. Tabasco, en efecto, creció a través de los siglos con una población alimentada por la madre naturaleza, pero literalmente dejada de la mano de Dios: sin la presencia de los misioneros que evangelizaron a la mayor parte del país, casi sin templos ni parroquias (el Obispado, muy tardío, es de 1880), y con una cuota de sacerdotes pequeñísima frente al promedio nacional.

Tampoco las instituciones de enseñanza –colegios o seminarios, comunes también en el resto de la República– se arraigaron en el lugar (el Instituto Juárez, único plantel de enseñanza superior, no se fundó hasta 1879).

Además de su aislamiento geográfico, Tabasco resentía su marginalidad espiritual, y esperaba su oportunidad para afirmarse en la historia nacional, para convertirse en su Meca. Esa oportunidad arribó con la Revolución Mexicana.

Había llegado de fuera, traída por los generales del norte y del Altiplano. El primero que puso su sello en Tabasco fue el general Francisco J. Múgica, antiguo seminarista de la seráfica ciudad de Zamora que, en un movimiento muy típico de los revolucionarios de la época, se había rebelado contra su formación católica llevando el jacobinismo a extremos de profanación sólo vistos en la Revolución Francesa o antes, en la Inglaterra isabelina.

Al llegar a Tabasco en 1916, Múgica ocupó con sus tropas la catedral, cambió el nombre de la capital de San Juan Bautista a Villahermosa, y dio inicio a un reparto agrario. Múgica estaba orgulloso de la naturalidad con que los tabasqueños parecían adoptar su radicalismo antirreligioso: “Hay que tabasqueñizar a México”, llegó a decir.

Según Andrés Manuel López Obrador, Múgica –tutor de Garrido– fue “el más idealista de los revolucionarios”.

En su libro Entre la historia y la esperanza (1995), López Obrador describe este proceso como un historiador oficial, sin mayor distancia crítica. Gracias a Garrido –recuerda–, Álvaro Obregón había dicho: “Tabasco es el baluarte de la Revolución.” Debido a su falta de tradición religiosa –escribió–, Tabasco tenía “condiciones ideales” para la política anticlerical.

Aunque entrecomilló la “obsesión” de Garrido por destruir de raíz “el virus religioso”, su recuento de aquella gestión era neutro o francamente positivo, como cuando refería la “extraordinaria” labor educativa, la organización de las Ligas de Resistencia obreras y campesinas, las ferias y los conciertos.

Si bien le objetaba que, “en sentido estricto, no fuera socialista” y que “sin ser un dictador, fuese un caudillo autoritario”, lo consideraba “un visionario de gran sensibilidad que supo combinar armónicamente economía y política”.

Para López Obrador, su verdadero error fue táctico y posterior a su gubernatura: “Querer trasladar la política anticlerical del trópico al altiplano [...] Eran otras las condiciones.” (En 1935, siendo ya ministro de Agricultura en el gobierno de Cárdenas, Garrido ordenó una matanza de católicos en la ciudad de México, hecho que le valió su dimisión y exilio a Costa Rica.) “Don Tomás”, en definitiva, era objeto de su admiración: “Era muy hábil, muy eficaz, muy sensible [...] Tenía un instinto certero [...] tenía otra cosa que también es fundamental [...] era un hombre con aplomo.” López Obrador admiraba al político en Garrido, pero no veía que el político era inseparable del teólogo.

El celo antirreligioso de Garrido Canabal era en sí mismo “religioso”, un reverso torcido y cruel del celo que furiosamente combatía.

Esa dialéctica está en el centro de la novela de Greene. Al describir al teniente garridista, puritano y ateo, Greene percibe “algo sacerdotal en su andar decidido y vigilante, parecía un teólogo que volvía sobre los errores de su pasado para destruirlos nuevamente [...]

Hay místicos que dicen haber conocido directamente a Dios. Él también era un místico y lo que había conocido es el vacío”. El espacio de ese vacío, el espacio de la fe, no se llenó en Tabasco con un humanismo laico. Se llenó, sobre todo, con una fe agresiva y militante.

En la Meca tabasqueña no se enseñaba la ciencia: se la predicaba. En términos históricos y culturales, en el Tabasco de entonces no había Ilustración: había una religiosidad invertida, y había iconoclasia. Esa paradójica inserción de Garrido en la sociología religiosa es un dato crucial: se daría también –aunque con un perfil distinto– en Andrés Manuel López Obrador.

Según algunas versiones, su religión, como la de más de un veinte por ciento de tabasqueños, era evangélica.

Según su propio testimonio, es católico, aunque no practicante.

Una biografía oficiosa consigna que, siendo adolescente en Macuspana, fue monaguillo y recorría los pueblos pobres con los curas. La familia creyó que tenía vocación sacerdotal.

Su amistad posterior con el poeta Carlos Pellicer (hermano espiritual de Neruda, hombre de izquierda, cantor de la naturaleza, de la América hispana y de la religiosidad cristiana) fue, seguramente, otro momento de inspiración.

¿Frecuentó en algún período posterior a los jesuitas postconciliares? En todo caso, su religiosidad fue buscando cauces propios, políticos, pero habría de tener una inspiración garridista: puritana, dogmática, autoritaria, proclive al odio y, sobre todas las cosas, redentorista.

Gilly tenía razón, pero no sólo la coreografía, la escenografía, el culto a la personalidad que rodeaban a López Obrador provenían del Tabasco de Garrido Canabal.

También la propensión al liderazgo religioso en la política. En la era de Garrido (que duró catorce años: un salvador, como se sabe, necesita tiempo), el diario oficial se llamaba Redención, se publicaban poemas religiosamente ateos, se escribían nuevos “credos” y loas al salvador: “Ese hombre es Garrido / el hombre de acción / que al pueblo oprimido / trajo redención.”

Hacia mediados de 2004, el tema del liderazgo religioso comenzó a aparecer explícitamente en las entrevistas de López Obrador. Él no buscaba el poder, sino la oportunidad de servir al prójimo. Su desapego de los bienes terrenales, su pureza, no eran sólo virtudes personales sino argumentos de autoridad política indisputable, pruebas de que él tenía la razón, que sus adversarios estaban equivocados o actuaban de mala fe.

Para entonces ya se refería a su persona en términos inconfundiblemente mesiánicos: yo estoy convocando a un movimiento de conciencia, un movimiento espiritual, mucha gente que me ve, gente humilde, lo que me dice es que está orando [...] Yo soy muy demócrata y muy místico, estoy en manos de la gente.

El otro gran líder de Tabasco (mitad cacique, mitad caudillo) había sido Carlos Madrazo. López Obrador se refirió a él también en Entre la historia y la esperanza y en entrevistas posteriores.

Becado desde joven por Garrido –fundador de los “camisas rojas”, impulsor de la “educación socialista”–, se incorporó en los años treinta a las filas del PRI (entonces el Partido Nacional Revolucionario). En 1958 alcanzó su sueño, llegó a Tabasco con “el ferviente deseo de gobernar”: Tengo recuerdos de él cuando llegaba a mi pueblo –rememoraba López Obrador–.

Había cierta veneración por los hombres del poder. Cuando Madrazo visitaba Tepetitán se ponían arcos de triunfo con palmas, las calles se adornaban [...] lo recibían las mujeres más bellas del pueblo. Madrazo presidió una nueva etapa de crecimiento económico, obra pública y concentración de poder.

A los ojos de López Obrador, Madrazo era admirable pero imperfecto: “no era un idealista, no actuaba motivado por las necesidades de la gente [...] del pueblo raso, de los de abajo.” Sin embargo, en los años sesenta, siendo presidente nacional del PRI, había intentado una audaz reforma democrática, la celebración de elecciones internas en el partido. El sistema no lo toleró y Madrazo dimitió.

Durante el movimiento estudiantil del 68, pudo haber fundado una corriente política de oposición. López Obrador recuerda cuánto se reprochaba a sí mismo su indefinición. En junio de 1969, meses antes del período preelectoral, el avión comercial en que viajaban Madrazo y su esposa se estrelló en la sierra de Monterrey.

Dejaban huérfanos a sus hijos, entre ellos a Roberto, que desde 1994 se volvería el principal enemigo político de López Obrador. “Yo tengo razones suficientes para sostener que fue un asesinato político, iba a lanzarse como candidato independiente”, sostenía López Obrador. Carlos Madrazo era su modelo político. Los adjetivos que le dedicaba en su libro eran caudalosos como el Usumacinta: avispado, ejecutivo, eficiente, de mucho carácter, todo él era nervio y acción, apasionado, abierto, desbordante, caliente, auténtico. Al hablar de Madrazo estaba hablando de sí mismo.

Finalmente, junto a Garrido y Madrazo, en el libro Entre la historia y la esperanza aparecía un tercer personaje. Era el sucesor natural de ambos. Como ellos, gustaba de sentir “la veneración por los hombres del poder”, y compartía con ellos “el ferviente deseo de gobernar”.

Heredaría sus virtudes y corregiría sus defectos; él era un idealista de izquierda; nunca se reprocharía su indefinición porque se había atrevido a salir del espacio institucional; no se identificaba con “los de arriba”, él sólo quería el poder para servir a “los de abajo”.

Él sí sabría cómo purificar a la Revolución. En él terminaba la historia y comenzaba la esperanza. Era, naturalmente, Andrés Manuel López Obrador. El “rayo de esperanza”

Su trayectoria de líder social y activista político, recogida en ese libro y en varias biografías subsiguientes, es notable por su tenacidad y eficacia.

Su carrera había comenzado en 1976, como director de campaña de Carlos Pellicer, cuando el viejo poeta lanzó su candidatura como senador del PRI (y de los indígenas chontales, decía él) por Tabasco. Quizá fue suya la idea de no gastarse en publicidad todo el dinero que el PRI les dio para la campaña, sino comprar máquinas de coser y regalarlas a las comunidades pobres, como se hizo.

Pellicer moriría en 1977, pero recomendaría a su discípulo con el gobernador Leandro Rovirosa, que al advertir de inmediato la “emoción social” de aquel joven impetuoso, le encomienda la dirección del centro que atendía a los indígenas de Tabasco, los “chontales”.

“Andrés lo tomó como si se hubiera tratado de una misión –recordaba su esposa–. Muchas veces, en lugar de ir al cine o a un parque conmigo, yo lo acompañaba a reuniones o a asambleas para aprovechar el poco tiempo que teníamos para vernos.”

Gracias al súbito y fugaz boom petrolero de esos años, el gobierno pudo apoyarlo para financiar la construcción de obras sanitarias, pisos de concreto, letrinas y viviendas para los indígenas.

Los “camellones chontales” creados por López Obrador (islotes de tierra firme ganados al agua, inspirados en técnicas de los aztecas) serían sus primeras “obras públicas”, visibles y útiles.

En 1982 tomó posesión un nuevo gobernador, Enrique González Pedrero. Brillante maestro de la UNAM, hombre de izquierda y teórico de la política, González Pedrero y su esposa, la escritora Julieta Campos, reconocieron la vocación social del fogoso líder, y el gobernador le encomendó la dirección del PRI estatal.

López Obrador puso en marcha una reforma democrática interna no muy distinta de la que Carlos Madrazo había intentado en su momento.

Se dice que, al advertir en el proyecto ecos de la organización territorial del Partido Comunista Cubano, González Pedrero le advirtió “esto no es Cuba”, pero el líder persistió en su plan.

Igual que con Madrazo, los jefes políticos locales se rebelaron y, de manera intempestiva, el gobernador le exigió la renuncia, ofreciéndole la Oficialía mayor.

López Obrador declinó, y emigró con su familia a México. Del exilio lo sacó la siguiente elección estatal.

Todavía dentro del PRI, buscó la candidatura a la Presidencia municipal de Macuspana y, al serle denegada, la fraguó con una coalición de partidos de izquierda.

Su trayectoria correría en paralelo a la de Cuauhtémoc Cárdenas que, sintiéndose verosímilmente despojado del triunfo legítimo en las elecciones presidenciales de 1988, optaría por fundar el PRD.

Su hombre en Tabasco fue López Obrador. Recorriendo los pueblos, pernoctando en las comunidades, editando un periódico combativo –Corre la voz–, López Obrador edificó exitosamente al PRD tabasqueño.

Su primera gran campanada fueron las elecciones intermedias de 1991. El PRI reclamó, como siempre, el triunfo completo, pero López Obrador había construido una poderosa base social y, para protestar por el fraude, encabezó un “éxodo por la democracia” (de obvias resonancias bíblicas) a la ciudad de México.

Una multitud de campesinos recorrió el país, del Trópico al Altiplano, y acampó en el Zócalo (la zona teocrática).

El gobierno de Salinas de Gortari no tuvo más remedio que ceder a la presión. López Obrador regresó a Tabasco con una buena cosecha: tres municipios reconocidos para el PRD y la inminente renuncia del gobernador.

De aquel movimiento, López Obrador extrajo una experiencia clave, que le confió a un amigo: “Diálogo verdaderamente sustantivo para el avance de la democracia es el que se acompaña de la movilización ciudadana.”

En 1992, López Obrador amplía su radio de acción: organiza exitosas movilizaciones y marchas en defensa de trabajadores transitorios despedidos por Pemex. “La empresa –recuerda en su libro– tuvo que acceder a pagar las prestaciones básicas de miles de transitorios, no sólo en Tabasco sino en todas las zonas petroleras del país.”

Dos años más tarde, va tras la huella de Garrido y Madrazo: se lanza a la gubernatura de Tabasco. Su contrincante es nada menos que Roberto Madrazo que, a diferencia de su padre, ha seguido una trayectoria de ortodoxia partidista y ha operado de manera turbia en no pocos procesos electorales.

En su campaña, López Obrador ofrece 32 compromisos muy similares a los que aplicará en el gobierno del DF.

Visita todos los municipios, conoce a cientos de miles de ciudadanos. “La gente estaba prendida”, recuerda.

Las elecciones son disputadas, y por una diferencia de apenas veinte mil votos se declara el triunfo de Madrazo. López Obrador busca deliberadamente una proyección nacional y organiza una “caravana por la democracia” hacia la ciudad de México.

En Tabasco, la protesta incluye nuevas tomas de las instalaciones petroleras. Sus simpatizantes se posesionan de la plaza de armas en Villahermosa, se declaran en desobediencia civil e instalan un gobierno paralelo.

A principios de 1995, decidido a abrir de verdad el sistema político, el presidente Zedillo pacta con todas las fuerzas –incluido el PRD– una reforma que consolidaría la autonomía del Instituto Federal Electoral y echaría a andar la transición democrática.

Zedillo no acude a la toma de protesta de Madrazo, que habita un “búnker” en Villahermosa. Ante el peligro inminente de una represión, López Obrador disuelve el plantón en Villahermosa, pero al poco tiempo convierte su derrota en victoria al exhibir, en un segundo “éxodo” de campesinos tabasqueños al Zócalo de México, las cajas con documentos que contenían pruebas del fraude electoral en Tabasco.

En el horizonte se dibuja la oportunidad de incidir, no ya en la política de Tabasco, sino en la nacional.

En 1996 moviliza a las organizaciones indígenas de La Chontalpa para tomar cincuenta pozos petroleros. Protestan por el daño ecológico causado por la empresa y apoyan a productores con carteras vencidas.

La fuerza pública encarcela a doscientos seguidores. López Obrador cumple ya veinte años como líder social, siempre en ascenso: “Este país no avanza con procesos electorales –le confía entonces a su paisano, Arturo Núñez–, avanza con movilizaciones sociales.” Había arribado a su teoría de la movilización permanente.

El problema, claro, era que la movilización y algunas formas de resistencia (como la negativa a pagar la luz) podían entrar en conflicto con el estado de derecho. Pero el derecho para López Obrador –apunta el propio Núñez– no era (ni es) más que una “superestructura” creada por los burgueses para oprimir al trabajador.

El 10 de noviembre escribió la última línea de su libro, con una profecía: Hemos aprendido que se puede gobernar desde abajo y con la gente; desde las comunidades y las colonias; desde las carreteras y las plazas públicas; que no hace falta tener asesores ni secretarías ni guaruras; que lo indispensable es poseer autoridad moral y autoridad política; y tenemos la convicción de que mientras no haya ambiciones de dinero y no estemos pensando nada más en los puestos públicos, seremos políticamente indestructibles.

Gobernar es una palabra que le gusta a López Obrador. La usa como sinónimo de mando. Gobernaba sin ser gobernador.

Y seguiría su incontenible ascenso hasta volverse “el rayo de esperanza”: la Presidencia nacional del PRD en 1996 (muy exitosa en lo electoral pero no en el avance de la democracia interna del partido), la Jefatura al gobierno del DF en el 2000 y, a fines de 2005, la candidatura a la Presidencia de la República por el PRD.

“Tabasco en sangre madura” En términos sociológicos, su misión “providencial” proviene del redentorismo garridista.

Pero ¿cuál es el resorte psicológico de su actitud? Sus hagiografías refieren el episodio de una excursión con el poeta Pellicer y unos amigos, en el que la traicionera corriente de un río en Tabasco puso al joven Andrés Manuel en trance de muerte.

Según esa versión, López Obrador habría interpretado su salvación como un llamado a cumplir con una misión trascendental. Pero otras publicaciones consignan un hecho anterior, íntimo, que tuvo lugar en Tabasco.

Graham Greene había escrito que Tabasco “era como África viéndose a sí misma en un espejo a través del Atlántico”. Extrañamente, Andrés Iduarte –“el mejor escritor de Tabasco” según López Obrador– tenía una línea similar: “Tabasco es un país de nombres griegos y alma africana.”

En su obra Un niño en la Revolución Mexicana, uno de los textos clásicos del género, Iduarte se refiere con insistencia a los rostros de la violencia en Tabasco: “El desprecio a la muerte, presente en todo mexicano, adquiere en Tabasco un diapasón subido [...]

El tabasqueño peleaba y mataba sin saber que hacía algo malo [...] Lo malo no es que maten [en Tabasco], lo malo es que crean que matar es algo natural.” “Estábamos envenenados de una hombría bárbara” –apuntaba Iduarte–, recordando cómo los muchachos “usaban una pistola encajada en el pantalón, bajo la blusa” y se liaban “con brutalidad”, en “verdaderas batallas [...] con rifles de salón bajo los platanares”.

¿Cómo explicarlo? Era el “ambiente de Tabasco, cargado de pasiones tempestuosas”, era el “individualismo tropicalmente vital, impetuoso, desorbitado”, era la voz de la selva a cuya escucha los hombres se “agujereaban a tiros por la más leve ofensa”.

Iduarte hablaba por experiencia propia. Hombre culto y gentil, escribía su memoria en 1937, fuera del país. Autor de una obra literaria e histórica vastísima, Iduarte llegaría a ser Profesor Emérito de la Universidad de Columbia en Nueva York, pero viviría casi todo el resto de su vida en destierro voluntario.
Presa de la “pasión tropical”, el caballeroso Iduarte había matado a un hombre.

Andrés Manuel López Obrador vivió también una dolorosa experiencia con la muerte. En su edición del 9 de julio de 1969, los periódicos Rumbo nuevo, Diario de Tabasco y Diario Presente consignaban la muerte de su hermano, José Ramón López Obrador.

Los hechos habían ocurrido a las dieciséis horas del día anterior, en el interior del almacén de telas “Novedades Andrés”, propiedad de la familia en Villahermosa. De la declaración que rindió Andrés Manuel López Obrador ante el agente del ministerio público (recogida parcialmente en la prensa), se desprendía que los dos hermanos habían tenido una discusión. Tomando un arma, José Ramón había querido convencer a su hermano de “espantar” a un empleado de una zapatería cercana. Andrés Manuel habría intentado disuadirlo, pero José Ramón lo tildaba de miedoso. De pronto, al darle la espalda a su hermano, Andrés Manuel escuchó un disparo. Trató de auxiliarlo y quiso llevarlo rápidamente con un médico, pero al poco tiempo José Ramón dejó de existir.

Versiones distintas consignaban que a Andrés Manuel, accidentalmente, se le había escapado un tiro. La declaración ministerial desapareció de los archivos. Cabe conjeturar que la muerte de su hermano no pudo menos que pesar profundamente en la vida de Andrés Manuel. Tal vez de allí proviene su conciencia de los peligros de la “pasión tropical”, de esa “ruda franqueza”, tempestuosa, desbordante, que sin embargo aflora en él saliéndose de cauce con mucha frecuencia. Y quizá también de allí provenga su actitud mesiánica.

Él no había sido culpable de los hechos, pero tal vez pensaría que podía haberlos evitado. En un cuadro así parece difícil liberarse de la culpa. Y la culpa, a su vez, busca liberarse a través de una agresividad vehemente, tan temeraria como para tomar pozos petroleros. O mediante vastas mutaciones espirituales.

López Obrador pudo haber encontrado su forma de expiación llenando su existencia con una misión redentora.

Dedicaría la vida al servicio de los chontales, de los tabasqueños, de los mexicanos, del “pueblo”. “Tabasco en sangre madura”, había escrito Carlos Pellicer. Andrés Iduarte y Andrés Manuel López Obrador sabían con cuánta verdad. Personalidad “maná” Ése es “el hombre de acción que a todas sus huestes trae redención”.

La versión actual de Garrido Canabal que desde el poder purificará y organizará a la sociedad, mostrándole el camino de la verdadera convivencia, liberándola de sus opresores. En sus ratos de ocio lee cuentos sobre Pancho Villa, y –dato curioso– recomienda la lectura de El poder y la gloria.

Lo inquietante no es su ideología: la opinión liberal en México podría ver con naturalidad y con buenos ojos la llegada al poder de una izquierda democrática, responsable y moderna, como ocurrió en Brasil y Chile.

Tampoco preocupa demasiado su programa: da la espalda a las ineludibles realidades del mundo globalizado e incluye planes extravagantes e irrealizables, pero contiene también ideas innovadoras, socialmente necesarias. Lo que preocupa de López Obrador es López Obrador. No representa a la izquierda moderna que, a mi juicio, sería la alternativa ideal frente a un PAN ultramontano, sin autoridad política, y un PRI anquilosado, sin autoridad moral.

Representa a la izquierda autoritaria. “No es un pragmático –comenta Gustavo Rosario Torres, perspicaz tabasqueño, psicólogo de tabasqueños–, el altiplano no lo atempera, le gana la ‘pasión tropical’.” Pero la suya no es una simple pasión política, sino una pasión nimbada por una misión providencial que no podrá dejar de ser esencialmente disruptiva, intolerante.

En una entrevista de televisión, al preguntársele por su religión, contestó que era “católico, fundamentalmente cristiano, porque me apasiona la vida y la obra de Jesús; fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época, y lo crucificaron”.

López Obrador no era cristiano porque admirara la doctrina de amor de los Evangelios, porque creyera en el perdón, la misericordia, la “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Él era “fundamentalmente cristiano” porque admiraba a Jesús en la justa medida en que la vida de Jesús se parecía a la suya propia: comprometida con los pobres hasta ser perseguido por los poderosos. La doble referencia a “su época” y “su tiempo” implicaba necesariamente la referencia tácita a nuestra época y a nuestro tiempo, donde otro rebelde, oriundo no de Belén sino de Tepetitán, había sido perseguido y espiado por los poderosos, y estuvo a punto de ser crucificado en el calvario del desafuero.

No había sombra de cinismo en esta declaración: había candor, el candor de un líder mesiánico que, para serlo cabalmente, y para convocar la fe, tiene que ser el primero en creer en su propio llamado. No se cree Jesús, pero sí algo parecido.

Hay diversos escenarios para la mañana del 3 de julio, pero son tres los que, en mi opinión, tienen mayor posibilidad.

El menos probable es la derrota de López Obrador por un margen amplio, digamos más de un siete por ciento: en ese caso, el tabasqueño esperaría una nueva oportunidad en el 2012.

Si el margen fuera menor que un siete por ciento, López Obrador repetirá su experiencia en Tabasco: desconocerá los resultados, aducirá fraude, hablará de complot, fustigará a los ricos, redoblará sus apuestas, invocará la resistencia civil, llamará a movilizaciones en todo el país para convocar a nuevos comicios y hasta intentará formar un gobierno paralelo.

Si Madrazo se suma a las protestas, la situación sería caótica: aunque, en teoría, ese endurecimiento le daría una posición más fuerte para negociar un pacto de gobernabilidad, las fuerzas desatadas en el proceso podrían resultar incontenibles.

En caso de darse la convergencia, ésta tendería a desacreditar la movilización del PRD, aunque no necesariamente a detenerla, porque para ello haría falta también negociar con López Obrador y el PRD.

La tercera posibilidad –que es alta en este momento–, es el triunfo de López Obrador en las elecciones. En ese caso, la democracia en México también enfrentará una prueba histórica, aunque en otros términos.

Hace treinta años, en su ensayo “El 18 Brumario de Luis Echeverría” (Vuelta, diciembre de 1976), Gabriel Zaid recordaba los estudios de Jung sobre la “personalidad maná”: “El inconsciente colectivo puede arrastrar a un hombre al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas”.

Para compensar suresponsabilidad en el crimen del 68, Echeverría asumió una personalidad mesiánica. Pero para acotarlo –además del límite infranqueable de los seis años–, el sistema político mexicano tenía sus propios valladares internos, como la fuerza de los sindicatos.

Ahora, mucho más que en la época de Echeverría, la dialéctica descrita por Jung está operando.

El “inconsciente colectivo” de muchos mexicanos está arrastrando a López Obrador al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas: “Acá Andrés Manuel es como una creencia, nosotros pedimos en la iglesia para él” –dijo una mujer de la comunidad Pentecostés, durante la gira por Tabasco–. “Yo que soy católica también pido que gane”, dijo otra. “México necesitaba un Mesías y ya llegó López Obrador”, decía una pancarta en el pueblo natal de Juárez.

Pero él ha sido el primero en alentar esas expectativas y en creer que puede cumplirlas. “Ungido”, más que electo, por el pueblo, podría tener la tentación revolucionaria y autocrática de disolver de un golpe o poco a poco las instituciones democráticas, incluyendo la no reelección.

Ésta parece ser, por cierto, la preocupación de Cuauhtémoc Cárdenas, líder histórico de la izquierda mexicana, hombre tan ajeno a la explotación de la religiosidad popular para fines políticos como lo fue su padre, que por ese motivo rompió con Garrido Canabal.

En una charla, Cárdenas me dio a entender que no descarta la perpetuación de su antiguo discípulo en el poder. Quizá tenga razón. Un proyecto mesiánico aborrece los límites y necesita tiempo: no cabe en el breve período de un sexenio.

Pero México no es Venezuela. Si bien ya no existen los antiguos valladares del sistema que autolimitaban un poco los excesos del poder absoluto, ahora contamos con otros, nuevos pero más sólidos: la división de poderes, la independencia del poder judicial, la libertad de opinión en la prensa y los medios, el Banco de México, el IFE.

México es, además, un país sumamente descentralizado en términos políticos y diversificado en su economía.

El federalismo es una realidad tangible: los gobernadores y los estados tienen un margen notable de autonomía y fuerza propia frente al centro.

Adicionalmente, dos protagonistas históricos, la Iglesia y el Ejército, representarán un límite a las pretensiones de poder absoluto, o a un intento de desestabilización revolucionaria: la Iglesia se ha pronunciado ya por el respecto irrestricto al voto, y el Ejército es institucional.

Por sobre todas las cosas, México cuenta con una ciudadanía moderna y alerta. Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía.

Costó casi un siglo transitar pacíficamente a la democracia. El mexicano lo sabe y lo valora.

De optar por la movilización interminable, potencialmente revolucionaria, López Obrador jugará con un fuego que acabará por devorarlo. Y de llegar al poder, el “hombre maná”, que se ha propuesto purificar, de una vez por todas, la existencia de México, descubrirá tarde o temprano que los países no se purifican: en todo caso se mejoran. Descubrirá que el mundo existe fuera de Tabasco y que México es parte del mundo.

Descubrirá que, para gobernar democráticamente a México, no sólo tendrá que pasar del trópico al Altiplano sino del Altiplano a la aldea global.

En uno u otro caso, la desilusión de las expectativas mesiánicas sobrevendrá inevitablemente. En cambio la democracia y la fe sobrevivirán, cada una en su esfera propia. Pero en el trance, México habrá perdido años irrecuperables.

http://www.letraslibres.com/index.php?art=11289

Democracia secuestrable

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Democracia secuestrable

Para ilustrar el argumento ad terrorem con el que las ideologías totalitarias imponían su verdad a la sociedad, el filósofo polaco Leszek Kolakowski contaba una fábula: dos niñas emprenden una carrera en un parque; la que va atrás exclama continuamente, a grandes voces, "¡voy ganando!, ¡voy ganando!", hasta que la que lleva la delantera abandona la carrera y se echa a llorar en brazos de su madre, diciendo: "no puedo con ella, siempre me gana".

Sin el desenlace, algo similar está ocurriendo en México. Tras una jornada electoral libre, ordenada y pacífica en la que sufragaron 42 millones 249 mil 541 mexicanos cuyos votos fueron computados en 130 mil 477 casillas por 909 mil 575 ciudadanos, el candidato del PRD a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador, resultó perdedor por un margen de 0.57 por ciento, equivalente a 240 mil 822 votos, frente al candidato del PAN, Felipe Calderón. Los números del sistema electrónico de conteo preliminar, avalado por la UNAM, coincidieron con el recuento final efectuado en los 300 distritos electorales que concentraron las actas de las casillas. Fuera del resultado adverso en la elección presidencial, en la misma jornada electoral el PRD logró convertirse en la segunda fuerza en el Poder Legislativo, mientras que su candidato a la Jefatura de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, triunfó con el 47 por ciento.

Ésa es la realidad que atestiguaron mil 800 consejeros distritales, 970 mil representantes de todos los partidos, 24 mil 769 observadores nacionales y 639 internacionales. No obstante, y a pesar de que López Obrador considera válidas las elecciones que produjeron triunfos nunca vistos para su partido, no acepta su derrota personal. Dado el estrecho margen de la elección presidencial, ha decidido ejercer su derecho a impugnar los resultados en el Trife. Esta instancia final e inapelable será la que decida, en un plazo cuya fecha límite es el 6 de septiembre, cuáles irregularidades reclamadas son válidas, en cuáles casillas procede un recuento de los votos, y cuál es el resultado final de la elección presidencial.

Si el candidato del PRD se hubiese limitado a instrumentar esa estrategia jurídica, su actitud no habría dañado inadmisiblemente el proceso electoral ni socavado a la frágil democracia mexicana. Pero, como era previsible, López Obrador no podía conformarse con una estrategia legal, que él mismo, despectivamente, ha llamado "formal". Tal y como ha hecho a lo largo de su vida, él tenía que ir por más, ir por todo, y es allí donde encaja la fábula de Kolakowski: tenía que recurrir al argumento ad terrorem para lograr su propósito.

Como la niña del cuento, sabedor desde el 2 de julio por la noche de que las tendencias no le favorecían, acudió al Zócalo para declarar: "Hemos ganado la Presidencia de la República". Días más tarde, luego del recuento oficial que en el mismo sentido hizo el IFE, López Obrador congregó al "pueblo" a una "asamblea", en la que llamó a Fox "traidor a la democracia", y utilizó la palabra más ominosa del diccionario político mexicano: la palabra "fraude". Esta descalificación de la institución electoral y los discursos incendiarios que han seguido desde entonces, hasta culminar en un llamado "a la resistencia civil", representan una táctica nada "formal"; representan precisamente el recurso ad terrorem aplicado con un riesgo enorme para la paz de México.

Además de proclamarse vencedor, insultar al Presidente Fox, amenazar a Felipe Calderón y a su familia, llamar delincuentes a los funcionarios del IFE, considerarse traicionado por miembros de su propio partido y adelantarse al veredicto del Trife, López Obrador ha echado mano de un repertorio digno de una novela de Orwell. Irregularidades aisladas, presuntas y, en todo caso, no dictaminadas por el Tribunal, son presentadas al público como evidencia palmaria de que todo el proceso estuvo viciado, ignorando el testimonio de los observadores extranjeros y de millones de mexicanos. Cuando sus propios representantes de casilla negaron la supuesta irregularidad que López Obrador pretendió demostrar en un video, el líder aseguró que fueron "comprados". A la mentira aúna la contradicción (del fraude "cibernético" a su negación: el fraude "a la antigüita"), la inconsistencia (aunque pide "abrir todas las casillas y contar voto por voto", ante el Tribunal Electoral sólo presentó impugnaciones en el 39 por ciento de las casillas) y la calumnia (de existir un millón y medio de boletas "robadas", el hecho implicaría que miles de representantes del PRD son delincuentes electorales). El daño causado a nuestras instituciones electorales puede ser irreversible. Ante la andanada ad terrorem, ¿qué ciudadano querrá en el futuro participar en una casilla?

Pero lo más preocupante es que López Obrador ha convocado a movilizaciones de centenares de miles de personas en toda la República "en defensa de la democracia", la misma democracia cuyas instituciones ha puesto en entredicho. Si bien ha insistido en que las marchas serán "pacíficas" y "no caerán en provocaciones", sabe muy bien que en el actual ambiente de extrema polarización, la provocación puede provenir de cualquier lado. Para calibrar sus intenciones no hace falta ser adivino, él mismo lo ha expresado con todas sus letras, y es preciso creerle: él nunca aceptará un resultado adverso, ni de los votantes, ni del Trife; él "ganó la Presidencia" e irá "tan lejos como la gente quiera".

"La gente", "el pueblo", no son, por principio, los 27 millones 034 mil 972 mexicanos de todas las clases que no votaron por él; no son siquiera los 14 millones 756 mil 350 ciudadanos que lo apoyaron en las urnas. "La gente", "el pueblo", son aquellos que puede movilizar en las calles y plazas del País, y que lo ven como él se ve a sí mismo, como el Mesías de México. ¿Y quién interpreta los deseos de ese "pueblo", depositario de la ley natural y divina, no de la despreciable ley escrita por los hombres? El líder carismático que encarna la Verdad, la Razón, la Historia y el Bien, el líder que prometió salvar a México de la opresión, la desigualdad, la injusticia y la miseria, el que "purificará la vida nacional": Andrés Manuel López Obrador.

El mundo ha visto muchas veces esa película. Es el huevo de la serpiente dictatorial. Un hombre impermeable a la verdad objetiva, un Mesías que se ha proclamado "indestructible", pretende secuestrar la democracia mexicana y, de no obtener el rescate exigido, incendiar al País. No exagero. De hecho, el vocero del PRD, Gerardo Fernández Noroña, declaró hace unos días a Los Angeles Times que, en última instancia, está abierta la vía de la "insurrección". Pero en una democracia (y México es ahora una democracia, aunque su larga historia se empeñe en desmentirlo) no son las teas ardientes, los comités de salud pública, ni los líderes iluminados los que deciden: es el voto ciudadano, es el imperio de la ley.

opinion@elnorte.com

http://guillermocastro.com/2006/07/27/democracia_secuestrable_por_enrique_krauze.html

Y OTRO: Ímaz con AMLO por su esposa Claudia

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Ímaz con AMLO por su esposa Claudia

INDICADOR POLITICO
Ímaz con AMLO por su esposa Claudia
Ahumada pagó mitin de López en 2000

Carlos Ramírez

Acostumbrado a los acarreos para imponer su voluntad, Andrés Manuel López Obrador parece haber perdido la memoria. En abril del 2000, organizó una concentración popular para evitar que el Instituto Electoral del DF le negara el registro como candidato por falta de residencia. ¿Pero saben quién pagó los gastos de ese mitin? Nada menos que Carlos Ahumada.

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Si la procuraduría de Bernardo Bátiz ha comenzado los cateos, ¿sabe usted por qué no van a catear la casa del delegado Carlos Ímaz? Porque el ex líder del CEU está casado nada menos que con Claudia Sheinbaum, la principal operadora de gobierno de López.


Y habría razones para hacerlo. Sheinbaum fue la principal responsable del manejo político de las obras viales que el ex secretario de Finanzas, Gustavo Ponce Meléndez, dijo que fueron realizadas con maniobras ilegales que habrían sido aprobadas por el propio jefe de gobierno del DF.


Además, Sheinbaum es el brazo derecho de López en el gobierno capitalino. Este dato explicaría la ofensiva de Ímaz contra Rosario Robles.


No sería, por lo demás, el primer conflicto de interés de la secretaria de Medio Ambiente de López. Le tocó impulsar las obras viales de distribuidores y segundos pisos pero sin contar con los impactos ambientales que la debió haber hecho. Pero López la utilizó para debatir con el PAN.

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El domingo, el autodefenestrado legislador local con licencia René Bejarano fue agraciado con una marcha de apoyo en la delegación Coyoacán. Sus anfitriones fueron el delegado local Miguel Bortolini y la delegada visitante de Cuauhtémoc Virginia Jaramillo. Los datos interesantes son dos: Bortolini fue cómplice de Bejarano en el fraude con la leche Betty que se repartió a los pobres pero que estaba contaminada con heces fecales. Y Jaramillo fue impuesta en la Cuauhtémoc por su antecesora Dolores Padierna Luna, esposa de Bejarano.


Las redes de la complicidad han comenzado a cerrar filas.


Jaramillo fue designada por Padierna para cubrir los tres frentes: las irregularidades en el Lobohombo que costaron 21 muertes acreditadas al PRD, los permisos para la proliferación de permisos para antros y el control de los ambulantes en la delegación que comanda la hermana de Padierna Luna.

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La revelación de López de que la DEA habría grabado el video de Gustavo Ponce en Las Vegas es un bumerang peligroso para el gobierno del tabasqueño en el DF. Implicaría la certeza de que la DEA tendría información de que dinero del narcotráfico habría sido lavado en las finanzas del DF y sobre todo en las obras viales. Y entonces el video habría sido una evidencia de las implicaciones del narcotráfico en el DF.

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Y en el clima de las revelaciones de la guerra sucia, un dato ha cobrado interés: la denuncia de acoso sexual contra el secretario general de gobierno del DF, Alejandro Encinas, que el procurador Bátiz ha congelado porque en la jerarquía burocrática Encinas es su jefe. Pero ya circula hasta el número de averiguación previa.

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El dato de Carlos Ahumada en su declaración sobre su relación con Octavio Romero, oficial mayor del gobierno de López, es la punta del iceberg de otro escándalo. Romero es el representante político de López en Tabasco. Y sería el canal por el cual los tabasqueños lopistas le pidieron fondos a Ahumada para las últimas campañas electorales.


Es decir, que López está más comprometido con Ahumada de lo que quiere aceptar. Y si se revisan las candidaturas,. Hasta el hermano incómodo de López recibió dinero de Ahumada para su campaña municipal.


Y si la procuraduría capitalina le rasca, también podría tener datos de los viajes de Romero a Cuba y no para relaciones políticas con la dictadura de Fidel Castro sino que fueron viajes más o menos parecidos a los de Gustavo Ponce a Las Vegas.

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Al procurador Bátiz se le queman las habas por catear casas y propiedades de Carlos Ahumada, pero ni por equivocación va a catear las casas de Bejerano, Ímaz y del propio López involucrado en ilegalidades reveladas por el desaparecido ex secretario de Finanzas del gobierno capitalino.


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Fracasado su plan de controlar a López como su guarura personal, Marcelo Ebrard podría enfrentar pronto señalamientos de irregularidades en compras de la Secretaría de Seguridad Pública. Por ejemplo, declaró desierta la compra de chalecos blindados que presentaron empresas con experiencia, para asignar directamente el contrato a la Secretaría de la Defensa Nacional a través de la intermediación parcial del general Pérez Casas, subsecretario de Ebrard en la SSP. Lo grave fue que Ebrard pagó el 100 por ciento por adelantado y la Sedena no pudo cumplir el compromiso.


Fue un guiño de López al ejército, pero operado por Ebrard aunque a cargo de las finanzas públicas oscuras del gobierno capitalino.

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La Caja de Pandora del gobierno del DF apenas se ha abierto. Y nadie va a controlar los daños porque López ya se desesperó.


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http://www.lacrisis.com.mx/cgi-bin/cris-cgi/DisComuni.cgi?colum04|20040309043035

RECUERDO CERCANO, A PROPÓSITO DE LA TORRE BICENTENARIO: AMLO: nepotismo y negocios en GDF

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AMLO: nepotismo y negocios en GDF
INDICADOR POLITICO
AMLO: nepotismo y negocios en GDF
Es pago de favores al viejo estilo priísta

Carlos Ramírez
La respuesta fue muchas veces reiterada:


--Bueno. Sí hay familiares de Nicolás en el gobierno capitalino pero no se trata de nepotismo.


Sin embargo, el caso de Nicolás Mollinedo Bastar es apenas la punta del iceberg de los estilos perredistas de repartirse el poder. A los nombres de familiares ya publicados hay que agregar otros:


Rafael Marín Mollinero, alías Pito Marín, es primo de Nico. Cuando estuvo en Cancún, Nico invitó a su pariente a trabajar en el gobierno del DF. Pito laboró en la red de transporte público del DF, Setravi. Nicolás y Rafael vivieron un tiempo en Cancún, hicieron negocios pero les fue muy mal.


Pero hay más. Rafael es director general --con salario mensual neto de subsecretario: casi 63 mil pesos-- de Servicios Urbanos del GDF. El gran negocio en Servicios Urbanos es el control de la basura, además de otras actividades que tienen que ver con el mantenimiento de las vialidades principales. Una de las razones por las cuales no se ha privatizado el servicio de basura es por el negocio. Servicios Urbanos es una de las posiciones más codiciadas por perredistas en funciones de gobierno en el DF. Sólo el negocio del manejo de latas de aluminio deja 5 mil millones de pesos al año.


Germán García Mollinedo, sobrino de Nicolás, es asesor de René Bejarano, uno de los más apasionados defensores de Andrés Manuel López Obrador. Bejerano fue secretario particular de López, operador político y de seguridad y hoy maneja la particular del jefe de gobierno desde el liderazgo de la Asamblea Legislativa del DF.


Y el hermano de Nico, Lorenzo Mollinedo Bastar, es --como se difundió antier-- director de Recursos Humanos de la Delegación Alvaro Obregón. Pero uno de los datos que no se conoce Lorenzo es que se vio involucrado en acusaciones de clonación de tarjetas de crédito en Mérida, Yucatán, donde trabajaba en un banco.


Las redes de poder de Nico también tienen ramificaciones en Tabasco. Nico es familiar del hoy presidente de la gran comisión de la Cámara de Diputados tabasqueña, Carlos Mario Ocampo Cano.


Las relaciones de López con la familia Mollinedo vienen de muy atrás. Nico y Lorenzo son hijos de Nicolás Mollinedo Aguilar, un hombre rico de Tabasco que fue benefactor de la carrera política del actual jefe de gobierno del DF. Cada vez que López viaja a su tierra, se hospeda en la casa de padre en Cerrito de Nicolás Bravo en Teapa, Tabasco. La casa colinda con la Quinta Alejandra, propiedad de Noé Alvarez, un constructor y proveedor de gobiernos perredistas apoyados por López. Las empresas de Alvarez se localizan en Macallen, Texas, Nuevo León, D.F. y Tabasco.


El reposicionamiento de Nico ocurrió después del despido ingrato de Jesús Falcón, Chuy, el chofer de toda la vida de López. Chuy cayó de la gracia del jefe de gobierno capitalino cuando no supo manejar el choque de uno de los hijos de López. El accidente pudo ser tapado por la intervención rápida del entonces subsecretario de Seguridad Pública, Ramón Sosamontes. Al final, la culpa fue del júnior pero Chuy tuvo que echarse la responsabilidad.


En lugar de agradecérselo, López lo despidió. Luego de muchos años de trabajar sin exigencias al lado --desde las luchas con sacrificios en el Frente Democrático de 1988--, Chuy regresó a su tierra tabasqueña. Ahora labora exitosamente en la construcción de movimientos tabasqueños de apoyo a la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas.


Cuando López era presidente nacional del PRI, Nico operaba como su guarura. De ahí la capacidad para manejarse no como el chofer o como el jefe del estado mayor presidencial del jefe de gobierno del DF, sino como una de las personas más influyentes en la administración capitalina. El pasado 10 de enero, la numerosa familia Mollinedo se reunió en el restaurante Arroyo desde la comida hasta la cena para brindar por el año.


Asimismo, Mollinedo y familiares fueron vistos en el palco oficial del gobierno del DF en el Auditorio Nacional en el primer concierto del cantante Luis Miguel.


Aunque López ha querido politizar el caso de su chofer-guarura-jefe de seguridad-confidente-jefe de su estado mayor presidencial, en el fondo se trata de un caso de abuso de poder. La revelación de reparto familiar del pastel presupuestal del DF sería la primera de las 16 cajas de la historia irregular de López, así cómo él entregó 16 cajas de documentos sobre el financiamiento oscuro de la campaña de Roberto Madrazo a gobernador de Tabasco en 1994.


El caso de Nico no es ocioso. Exhibe el estilo arbitrario, igualito al priísmo en el poder, para disponer de los recursos públicos a favor de familiares y amigos. La forma en que Nico gana más que otros funcionarios de su nivel muestra el ejercicio patrimonialista del poder de López. Para eludir responsabilidades, López ha querido desviar la atención: es una campaña en su contra por su posicionamiento en las encuestas, dice. Sin embargo, el fondo es inevitable: todos los aspirantes habrán de pasar por la prueba de la exhibición de sus estilos de operar cargos públicos. Él mismo hizo lo mismo con Fox y con todos los aspirantes de otros partidos.


Si se revisa cuidadosamente el manual de administración del GDF, se encontrará con reglas muy claras: características del puesto, perfil del aspirante, delimitación de sus funciones, niveles salariales estrictos. Frente al cúmulo de pruebas sobre irregularidades, López se ha negado a aceptar las evidencias.


Hay casos similares que tuvieron soluciones estrictas. Hace poco, Victoria Eugenia Quiroz de Carrillo, como presidenta del Tribunal de lo Contencioso del DF, hizo alto funcionario a su chofer con salario de magistrado por la relación amorosa entre los dos. La Contaduría Mayor de Hacienda de la ALDF determinó que la señora Quiroz debía pagar de su bolsillo el salario de su novio. Además, logró que el novio devolviera la diferencia de los honorarios.


Así que el caso de Nico no es campaña contra López sino la revelación de los abusos de poder en un gobierno perredista.

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http://www.lacrisis.com.mx/cgi-bin/cris-cgi/DisComuni.cgi?colum04|20040123000655

Del Recuerdo: El paraje San Juan: ¿AMLO vs. Cárdenas?

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El paraje San Juan: ¿AMLO vs. Cárdenas?
Partidos políticos
Por: Jorge Fernández Menéndez
Publicado en: Diario MilenioFecha: Miércoles, 22 de Octubre de 2003
El debate sobre el paraje san Juan, en la ciudad de México, donde un tribunal ha impuesto al gobierno de la ciudad una indemnización para sus propietarios originales de más de mil 800 millones de pesos, ha generado conflictos inesperados para el gobierno capitalino y para el propio PRD. Federico Arreola y Carlos Marín (con colaboración de Jairo Calixto y Román Revueltas) han sostenido un largo debate sobre si debe o no pagar Andrés Manuel López Obrador esa indemnización.


Para Oralia, porque apenas comienza lo bueno

El debate sobre el paraje San Juan, en la ciudad de México, donde un tribunal ha impuesto al gobierno de la ciudad una indemnización para sus propietarios originales de más de mil 800 millones de pesos, ha generado conflictos inesperados para el gobierno capitalino y para el propio PRD.

Ya mis compañeros y directores Federico Arreola y Carlos Marín (con la colaboración de Jairo Calixto y Román Revueltas) han sostenido un largo debate sobre si debe o no pagar Andrés Manuel López Obrador esa indemnización. En última instancia tendrá que hacer lo que le ordene la justicia. Pero en términos políticos, el debate ha tomado caminos insospechados que se enmarcan en el enfrentamiento político interno que están protagonizando desde hace ya tiempo el jefe de gobierno Andrés Manuel López Obrador y su antecesor y dirigente histórico del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas.

El tema lo destapó el ex procurador y uno de los hombres más cercanos a Cárdenas, Samuel del Villar, con un artículo publicado en La Jornada el lunes pasado. Allí Del Villar asegura que el único fundamento legal que han tenido los jueces para otorgar la millonaria indemnización a los supuestos propietarios del llamado paraje San Juan, era un documento que firmó Marcelo Ebrard cuando era secretario de gobierno del Distrito Federal en 1993 (cuando el regente era Manuel Camacho) en el que se acredita la legítima posesión de los actuales demandantes como propietarios de ese predio.

En la mañana del lunes, un poco desconcertado por el artículo de Del Villar, cuando fue interrogado sobre el tema, Ebrard dijo que sí podía haber firmado ese documento pero le restó validez jurídica. En la noche del lunes, el actual secretario de seguridad pública dijo que consultó los archivos del caso, encontró el documento al que se refería Del Villar y descubrió que éste era, según la versión de Marcelo, apócrifo, que el documento era falso y su firma también. Ayer, martes, el secretario de seguridad pública presentó una denuncia ante la procuraduría capitalina para que se investigue quién y cómo habría falsificado ese documento.

El tema ya de por sí es grave, porque implicaría, como alega Ebrard, que alguien "coló" en el expediente de la expropiación ese documento para darle legitimidad al proceso y por lo tanto allí se aquilataría, sin más, el delito de fraude. Pero el problema va mucho más allá. Hasta ahora se había insistido en que la expropiación se había realizado en 1989 al inicio de la administración en la capital de Manuel Camacho y todo indicaba que hacia allí se enfocaban las baterías oficiales, sobre todo por la insistencia de Andrés Manuel de que en la búsqueda de la indemnización estaban involucrados viejos funcionarios priistas de la ciudad. Pero el debate interno, con el texto de Samuel del Villar, tomó un nuevo giro con la afirmación de que si bien la expropiación se realizó en el 89, la demanda se entabló nueve años después, en 1998, cuando ya el jefe de gobierno capitalino era Cárdenas y el procurador Ebrard. Fue entonces cuando se inicio el proceso de amparo de los supuestos propietarios que lo ganaron entonces en primera instancia y lo volvieron a ganar en el tribunal colegiado de segunda instancia en junio de 1999. Durante todo el periodo el procurador fue Del Villar y cuando dice que la resolución judicial se basó en el documento supuestamente firmado por Ebrard, el mismo ex procurador queda en falta porque, como alegó el actual secretario de seguridad pública, cuando tuvo que defender el caso fue cuando, muy probablemente, se "coló", en un acto de corrupción, ese documento apócrifo al expediente (antes no tenía sentido porque no tenía utilidad ya que no se había levantado demanda alguna), pero además, la procuraduría en aquella instancia no verificó la legitimidad y autenticidad del documento, a pesar de que no estaba certificado y de que carecía de muchas de las "huellas" que deben tener los documentos expedidos por la burocracia, además de que en última instancia ese documento no servía para determinar la propiedad el predio que sólo se autentifica por el registro público de la propiedad.

El problema es grave porque desde tiempo atrás, en la disputa interna del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas ha insistido en que él no veía su lugar en un partido con espacio para salinistas. Nunca quiso Cárdenas decir exactamente a quiénes se refería pero fue precisamente un texto posterior de Samuel del Villar publicado también en La Jornada, el que dio las pistas: se refería a Manuel Camacho, actual diputado externo por el PRD y cuyo ex equipo ha trabajo estrechamente con López Obrador; de Marcelo Ebrard, que desde hace tiempo ha volado con alas propias pero que fue, la mano derecha de la gestión de Camacho en la capital entre 1998 y 1993, y de Socorro Díaz, también actual diputada perredista a la que el grupo que dio origen al PRD no le perdona que en 1987 haya sido parte de la corriente democrática pero que luego no rompiera junto con Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo y que, finalmente, no sólo se quedara en el PRI sino que fuera la que le entregara, el primero de diciembre del 88, la banda presidencial a Carlos Salinas de Gortari.

Ebrard, por otra parte, es visto como un aspirante natural a buscar la jefatura de gobierno en el 2006 y las presiones de distintos grupos perredistas contra quien consideran un extraño (que cuenta sin embargo con toda la confianza de López Obrador) han arreciado, particularmente de parte de los grupos que encabezan, por una parte, René Bejarano y por la otra el senador Jesús Ortega, ambos aspirantes, desde ya, a buscar también el gobierno capitalino en las próximas elecciones federales. Pero si lo que ahora dicen Camacho y Ebrard es verdad, el problema se ha trasladado de la administración del primero al inicio del gobierno de Salinas, al del primer gobierno perredista de la ciudad con Cárdenas y más particularmente a la esfera de Samuel del Villar.

El hecho es que en esa apenas disimulada disputa hay algo que dijo Ebrard que es verdad: Del Villar durante todo su periodo de procurador capitalino cometió demasiados errores y sustentó, pública y privadamente, "acusaciones muy graves sin probarlas". Quizás la frustrada investigación del caso Stanley haya sido el caso paradigmático en este sentido. Lo cierto es que López Obrador tendrá que tener mucho cuidado en ver cómo maneja esta crisis que él mismo, por buena o malas razones, ha generado: debe darle su lugar al poder judicial, debe hacer valer su compromiso de no pagar la indemnización si se comprueba que es parte de un movimiento fradulento pero, además, para comprobar ese dicho, ahora deberá investigar no sólo dentro de los anteriores gobiernos priistas (que en este caso encabezan dos actuales aliados suyos) sino también entre sus antecesores perredistas, donde están, hoy, algunos de sus más decididos adversarios.

Las ligas mayores de AMLO

No nos engañemos, es verdad que Andrés Manuel López Obrador es un fanático del béisbol, pero la oferta para comprar la franquicia de los Azulejos de Toronto y traerlos al DF, va más allá del legítimo entusiasmo deportivo del jefe de gobierno. Primero porque se equivocó de equipo y se trataba no de los azulejos sino de los Expos de Montreal. Pero podría servir, además, como un mecanismo para terminar de consolidar la alianza con cuatro grandes grupos empresariales y financieros, que ya están ligados entre sí y para los cuales sería, quizás, un muy buen negocio. Sólo unas pistas: ¿Quién es el empresario que más ha impulsado el béisbol en México?. Sin duda, Alfredo Harp Helú, uno de los principales accionistas de Banamex. ¿Quiénes están asociados para convertir el Foro Sol en un magnífico estadio de béisbol? Harp, o sea Banamex, y el grupo CIE, de Alejandro Soberón. ¿Con quién está asociado CIE en sus negocios estratégicos? Con Televisa. ¿Quién tiene los derechos en México sobre la trasmisión de los juegos de las grandes ligas?. Televisa. ¿Con quién están asociados CIE y Televisa en muchos negocios estratégicos?. Con Carlos Slim Helú. Con esas pistas concluya usted cuáles son las empresas que saldrían legítimamente beneficiadas si la franquicia de los Expos llegara al DF, además, claro, de los muchos aficionados al béisbol de la capital del país. Piense, además, si habría en México muchas otras empresas con la capacidad financiera y comercial como para respaldar una operación multimillonaria como la compra de una franquicia de las grandes ligas para instalarla en la ciudad de México.

http://www.mexicoconfidencial.com/mostrar_noticia.php?id_articulo=1098

EL PREJIDENTE PIRATA... "El Prejidente "Legítimo" en TV"

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El Prejidente "Legítimo" en TV

Este blog tiene por propósito darle seguimiento al Pesidente pirata, autodenominado legítimo en particular a su programa de TV "La Verdad sea Dicha", que en realidad, y por eso el nombre de este blog es así está MALDICHA.

Pero antes de continuar quisiera hacerme algunas preguntas:

a) ¿Quien financia a este parásito? Es evidente que lo recaudado por "Honestidad Valiente AC" y lo que le bajan a todos los diputados y senadores del PRD, (y a quién sabe más) no es suficiente para pagar programas de televisión, credenciales de pejenáticos, giras, su sueldo que dice que es de $ 50,000 ¿Pagará impuesto sobre la renta? (habrá que investigar si hace sus declaraciones mensuales al SAT) y de todo su grupillo del Gabinetazo.

b) ¿Quién se cree que es para denunciar que no lo pelan los medios? Fue un candidato importante, de no ser por su soberbia quizá hubiera ganado, pero ya no es nadie. Es un simple ciudadano igual que tú y yo, ni más ni menos. Si lo que dice, y hace es irrelevante es evidente que ya no será motivo para que los medios lo consideren, y esto no implica que no haya democracia, el señor perdió, por escaso margen si se quiere pero perdió.

c) ¿Es válido estar en pre-pre-pre-pre-pre-pre campaña? ¡Seis años antes de las próximas elecciones presidenciales! ¿Qué dice el IFE? ¿Qué la ley del Cofipe? Bueno, supongamos que es como el doctor Simi, que siempre quiso ser presidente, y va a competir contra él. Con una diferencia, el doctor Simi, muy su gusto, financiaba sus locuras con su dinero. Nuestro personaje es incapaz de ganarse un centavo y en consecuencia esto nos regresa a la pregunta (a).

d) Si es presidente “legítimo” entonces, es evidente que ya no puede competir por la elección presidencial del 2012, en México no hay reelección. Entonces ¿a qué le tira?

Es evidente que el tipo añora sus días de jefe del gobierno de la Ciudad de la desEsperanza en que desde el primer día se la pasó surtiéndose a Fox, con todas sus críticas, todas ellas tan “espontáneas”, y “bien fundamentadas”, por supuesto, siempre culpando a los “Neoliberales y Tecnócratas” y a la “derecha” de todos los males del país. El rayo de esperanza, el gallito, el peje, el Mesías Tropical, como Jasón de la serie Halloween está aquí, se niega a morir, no le ha bastado todo el clima de crispación de odio que ha generado, el solito se autodestruyó la primera vez, pero sigue vivito y coleando, es casi irrelevante, pero como el personaje de la política de terror puede agarrar nuevos bríos. Y aquí estamos, y estaremos, para contestarle todas y cada una de sus ocurrencias, de sus fantasías.

Y hoy a las 1:00 empezó su programa, no, no crean que soy tan loquito para quedarme despierto y verlo, sabía que en la mañana podría verlo en la página de “La República Pirata”.

De este programa, aunque breve, voy a comentar en otro post sobre su propuesta de Precios Competitivos, lo demás lo dejamos para después, después de todo ya lo conocemos, es repetitivo hasta la saciedad, vale la pena sólo comentar que poner (en la parte final del programa) a un imbécil parodiando a Salinas de Gortari dando según esto “las noticias”, demuestra lo poco imaginativos, lo trillados y triviales que son el peje y su cineasta de cabecera Mandoki, pobrecitos, se ve que están escasos de recursos, pero mentales para hacer algo mejor. En fin.



http://laverdadseamaldicha.blogspot.com/2007/01/el-prejidente-legtimo-en-tv.html

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