Toma de protesta: por la salud de la República
Sunday, 3. December 2006, 01:01:13
Por: Juan José Huerta Sabado 2 de Diciembre de 2006 | Hora de publicación: 00:52
Los mexicanos amanecimos el primero de diciembre con la realidad política finalmente afirmada: el presidente verdaderamente legítimo es Felipe Calderón y el presidente realmente espurio es Andrés Manuel López Obrador. A todos nos queda una duda pendiente: ¿es el Congreso realmente legítimo o verdaderamente espurio?
El presidente Calderón, en una señal importante, no cedió al chantaje y pudo finalmente rendir, ante el Congreso General, su toma de protesta en la sede de la Cámara de Diputados y ante los “representantes electos”. En ceremonia apresurada y tumultuosa, dadas las circunstancias, juró solemnemente cumplir y hacer cumplir la Constitución.
Dio término así al circo y quimera que durante varios meses pretendió evitar que Calderón asumiera la Presidencia de este país, en una de las amenazas más serias que ha enfrentado nuestro sistema institucional en mucho tiempo.
Claro que tuvimos que ver también, en la última parte de este episodio, escenas inéditas, algunas barrocas, como una ceremonia en los primeros minutos del día, “de transmisión de banderas” y de “depósito de la banda presidencial” con un cadete militar; otras lamentables, como las luchas entre legisladores panistas y perredistas en San Lázaro o la meliflua pretensión de líderes priistas de hacerse aparecer como los campeones de la mesura y la razón, sin convencer a nadie ¡Qué pena!
Los dos principales discursos del día marcan el sino de cada personaje. El presidente Calderón confirmó las principales líneas de gobierno que había adelantado en la campaña o en días anteriores: seguridad, generación de empleo, lucha contra la pobreza, con detalles específicos, algunos incluso coincidentes con propuestas de AMLO. Manifestó tener conciencia de la situación compleja por la que atraviesa el país y, por ello, su insistencia en el diálogo y la resolución de diferencias políticas, y ofreció a todos los votantes “no ignorar las razones o las causas de sus votos” y que le “permitieran ganarse con hechos su confianza”. “Si hay que cambiar las reglas, las cambiamos”; “no abuso de los poderosos, justicia para todos”, dijo también.
Hubo varios símbolos que lo diferencian del presidente saliente, con un estilo de gobierno más firme y apegado a la ley, por ejemplo, que no piensa que su régimen sea el comienzo de la democracia en México, ya que “un cambio de Gobierno no significa refundar la Nación cada seis años. A lo largo de nuestra historia hemos construido instituciones sólidas que han reflejado demandas por los derechos sociales y políticos de los mexicanos”. Su esposa e hijos se mantuvieron siempre a prudente distancia.
En discursos virulentos, AMLO, al fustigar a “la banda más poderosa de México, la de los potentados que nos robaron la elección presidencial”, dijo que su movimiento “no busca una simple reforma política sino también dar impulso a una nueva república, a nuevas instituciones”. Repitió los calificativos a Calderón de “impostor, espurio y usurpador”. Una esperanza, sin embargo: reafirmó que su lucha es pacífica y que su movimiento debe dar paso a una nueva corriente de pensamiento para construir nuevos valores. Que así sea.
Visto lo que pasó en estos meses, queda claro que, por la salud de la República, llegó la hora de someter a un ajuste exhaustivo a nuestro sistema de representación política
—¡uno más en todos estos decenios de inacabado tránsito hacia la democracia!—, ahora en el corazón de dicho sistema: la manera en que elige el pueblo a sus representantes y la validez de la representatividad que ostentan éstos y los partidos políticos que los postulan, pues actualmente es la burocracia de los partidos la que se ha apropiado de ese papel. El insistente y ridículo anuncio, y desperdicio de dinero, de “En el Senado, trabajamos para usted”, y similares de los diputados, parecen ahora más que nunca una burla a los ciudadanos.
Perdió la izquierda que votó por AMLO, y sus causas, muchas de ellas justificadas. Hay que ver si los líderes legislativos del PRD, Javier González Garza o Carlos Navarrete están a la altura de su nueva responsabilidad en la actual situación política del país. Los Fernández Noroña, los Leonel Cota son fácilmente descartables, y ese partido ganará mucho con ello.
NO se trata, vuelvo a decir, de “reconstruir el Estado”, de edificar una Nueva República, de reinventar todo con una nueva Constitución que sustituya al “antiguo régimen”. El régimen no ha cambiado; se ha transformado para bien, con ajustes paulatinos que nuestra Constitución ha permitido, ejemplarmente de una manera pacífica a lo largo de muchos decenios.
Esperemos que los líderes del PRD no sigan la concepción del maestro Porfirio Muñoz Ledo, ¡quién lo dijera!, que en reciente artículo escribió: ”Es claro que no puede ser cumplido (el objetivo último que persiguen) en la falsificación gubernamental ni en los bloqueos y pantanos de la vida parlamentaria. Por eso creo en la necesidad de profundizar la crisis y de encontrar las respuestas que el país exige en otro estadio histórico” ¡Uff!
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