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Nuevas leyes sobre copyright ponen en peligro a las principales emisoras de la Red.

Cuando en 1991 Cristian Zuñiga Cardona creó Barranquilla Estereo, la primera emisora online de Colombia, pocos expertos acertaron a predecir la gran expansión del medio en años posteriores. La radio online nació como una original alternativa al sistema tradicional, ofreciendo servicios y programas originales, aunque con esquemas de parrilla similares a los ya estereotipados en la FM. Las conexiones no eran por entonces demasiado rápidas, y esta nueva forma de comunicación parecía abocada al fracaso. Sin embargo, con la llegada de la banda ancha (y de nuevos ordenadores), numerosos usuarios vieron en este sistema una forma de descubrir nuevos artistas e, incluso, de conocer de primera mano qué se cuece en el otro extremo del mundo.

Y es que si a algo ha contribuido la radio online, es a permitir que un usuario de cualquier país pueda escuchar una emisora establecida en otro lugar del mundo completamente diferente. Esta llamada “universalización de las ondas” comenzó su consolidación a finales de los 90 y, tras casi una década de fructífero desarrollo, parece que ha llegado a su fin. Al menos eso es lo que se desprende de las últimas informaciones que han llegado de Estados Unidos, donde nuevas leyes podrían acabar con estos medios de comunicación emergentes.

Una de las más polémicas ha llegado de la mano de una sentencia judicial del pasado mes de feberero. Ésta, realizada a petición de la RIAA (entidad que gestiona los derechos de autor en EEUU), determinó que los impuestos que pagan las emisoras online por pinchar música con copyright, en territorio americano, debían incrementarse 1.200 veces. Así, no sólo los autores cobrarían derechos, sino también las discográficas.

La singular decisión, que ya ha sido apelada por la Digital Media Association (en representación de las radios), podría suponer la bancarrota para muchas emisoras. De hacerse efectiva la sentencia (que entrará en vigor el próximo 16 de julio), multitud de emisoras tendrían que echar el cierre definitivo a sus servicios, y estarían en total desventaja con respecto a las radios que emiten vía satélite, que pagarían cuatro veces menos.

Pero este no es el principal problema al que tienen que hacer frente las emisoras online de todo el mundo ya que, además, actualmente cada una de ellas tiene que gestionar los derechos de autor con la entidad de gestión correspondiente de cada país en el que se escuche su programación. Es decir, prácticamente la totalidad de las radios online tendrían que restringir el acceso a sus servicios a los usuarios de ciertos países, en los que no hayan llegado a un acuerdo con la sociedad de autores local.

Ante esta comprometida situación, las reacciones no se han hecho esperar. Pandora, una de las emisoras online con mayor número de visitas, emite sólo para Estados Unidos desde el pasado 3 de mayo 2010. Esta complicada decisión fue tomada por sus responsables ante las políticas de acoso y derribo de su gobierno, que intenta controlar de esta forma las emisiones a través de la Red. Por lo tanto, cualquier usuario no residente en el país de USA no podrá disfrutar del servicio que, hasta ahora, prestaba la web de forma gratuita y de libre acceso.

Otros sistemas similares podrían verse afectados de la misma manera. Y es que parece que estas novedosas emisoras, en las que los usuarios reciben sugerencias sobre otras canciones y artistas atendiendo a sus gustos, tienen los días contados. Si no consiguen emitir de forma legal a nivel global (cosa poco probable, por el embrollo que supone conseguir los permisos de cada país), y evitan las sumas que reclama la RIAA, las posibilidades de supervivencia son escasas.

El futuro de este tipo de emisiones es, por tanto, muy incierto. Numerosos expertos han asegurado que esta medida de control tan sólo llevará a un aumento considerable de las redes P2P y a la proliferación de emisoras online sin licencia. Incluso se ha barajado la posibilidad de que estas radios establezcan sus sedes en Canadá o en otros países, para intentar evitar su desaparición.

Sin embargo, lo más probable es que los usuarios se queden finalmente sin todos estos sistemas alternativos que, hasta ahora, eran un soplo de aire fresco ante el viciado panorama de la radio tradicional, controlada por grandes empresas. Varios representantes de estas emisoras ya han comunicado su desacuerdo ante este tipo de iniciativas que, según su opinión, únicamente permitirán que grandes compañías puedan mantener sus radios online, desechando así a las más pequeñas y a aquellas ajenas al estándar del mainstream.

La situación en Europa no parece mucho más benévola, y las presiones de diferentes grupos de gestión de derechos de autor podrían trasladar la misma situación hasta el Viejo Continente. Así, webs tan conocidas como Last.fm o Live365.com podrían desaparecer de la noche a la mañana. Quién sabe, quizá sí que estemos ante el principio del fin de las radios online.



Por Cristian Zuñiga
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LA RADIO COMERCIAL EN BARRANQUILLA

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A propósito de un artículo publicado por EL HERALDO, el día 11 de febrero de los corrientes, el cual habla de los altibajos de la radio comercial, más concretamente su programación musical, sobre el tema quería comentar a través de esta sección.

Hace 15 años para atrás había una competencia de alta categoría en la radio barranquillera, especialmente a nivel de FM, Olímpica Etéreo era comandada por Luis Altamiranda y Luis Arias, Rumba Estéreo (antes Barranquilla Estéreo) era comandada por Ley Martin (Martín Orozco) y después por Mauricio Rider, estas emisoras se disputaban la primicia de los temas musicales de cualquier género (salsa, merengue, champeta, vallenato, entre otros), los directores o presentadores viajaban a otros países y traían lo último de cualquier orquesta o cantante, ejemplo: lo último de Bonny Cepeda, el Gran Combo, Los Vecinos, la Nueva Fuerza, Nati y su orquesta, entre otros, había un enriquecimiento musical, tanto nacional como internacional y había espacio para todos los cantantes, orquestas y géneros musicales, ahora no sucede así, por lo contrario, los mismos con las mismas, especialmente, en vallenato y reggaetón.

Igualmente los discjockey han perdido la capacidad de programar por su cuenta, ahora les dan un listado para que lo sigan al pie de la letra, antes tenían la potestad de sellar las canciones que creían que iban a pegar, igualmente, eran creativos, le imponían picardía y efectos especiales a los temas musicales, colocaban un tema sobre otro, le colocaban ecos (reverberación), glosas y jingles de combates, ahora las glosas y jingles son sin sentido y malas voces.

Muchos directores de emisoras no saben programar, quieren imponer lo que les gusta, lamentablemente tienen unos gustos feos, reprochables.

Por eso hoy en día la gente prefiere comprar su aparato de DVD para escuchar lo que realmente le gusta y debe sonar, las ventas de CD se ha incrementado, así sean piratas, pero la gente escoge lo que quiere escuchar.

Antes en la época de diciembre, especialmente en Navidad y fin de año, en una cuadra sonaba una emisora, ya que su programación musical, además de ser buena, no existían las habladurías que hoy se hace, cada rato una voz simplona o gritona, se hace necesario volver a esos tiempos de la radio categórica y popular.

Enrique Miranda Trujillo
Comunicador social-Docente
ednrique4mi10@hotmail.com

La muerte según Baily

El escritor peruano se adelantó a su muerte y cuenta para la revista SoHo lo que sigue a la vida en este mundo.

Hombre muerto.


En efecto, he muerto.
La muerte no me tomó por sorpresa, me la habían anunciado los doctores.
Me dijeron que si seguía tomando tantas pastillas mi hígado colapsaría y tendrían que transplantarme un hígado donado.
Les prometí que dejaría las pastillas y me internaría en una clínica para desintoxicarme.
Por supuesto, era mentira.


Seguí tomando esas pastillas. No quería que me injertaran un hígado ajeno. Solo estaba dispuesto a someterme a un transplante de pene, dado que el que me fue dado originalmente se hallaba en estado comatoso, vegetativo.


La muerte me asaltó en un hotel de Barcelona, después de entregar el manuscrito de mi última novela. Tomé ocho pastillas para dormir, me reventó el hígado y morí envenenado por chorros de bilis.


La verdad es que ya no tenía muchas ganas de seguir viviendo y sentía curiosidad por saber si había alguna forma de vida después de la muerte.


Antes de morir creía que la muerte humana no podía ser distinta de la de otras especies animales: dejabas de existir, tu cuerpo se corrompía, lo que habías sido desaparecía por completo, no había ninguna vida después de esta vida, simplemente entrabas en un agujero negro y te olvidabas de ti y con el tiempo los demás también se olvidaban de ti.


Estaba equivocado.


Después de morir, me encontré sentado en un tren rápido, con otros pasajeros. Nadie se conocía. Nos mirábamos perplejos y, sin embargo, serenos. Pude verme reflejado en la ventana del tren. Me reconocí enseguida. Era yo mismo, antes de morir. Tenía la misma cara, la misma barba incipiente tras una semana sin afeitarme, la misma ropa que me ponía todos los días.


Sin embargo, no me dolía el hígado, no me dolía nada.


Cuando llegamos a la estación, había un tumulto de gente esperándonos. Los pasajeros descendían (la mayor parte eran ancianos) y eran saludados efusivamente por personas que habían ido a esperarlos (la mayor parte eran también de edad avanzada, aunque había gente de todas las edades, incluso niños y madres con sus bebés). Hablaban en todas las lenguas y dialectos. Solo reconocí el inglés, el español, el francés, el italiano y el portugués. Los italianos eran los más afectuosos, se daban besos en la mejilla, hablaban a gritos. Escuché muchas otras lenguas que no supe reconocer.


No sabía dónde estaba y no esperaba que nadie fuera a buscarme. Solo para estar seguro de que era yo mismo, dije estas palabras:


—Hola, buenas noches, soy Jaime Baylys, bienvenidos al programa.


Lo dije en español y me salió la misma voz que solía tener cuando estaba vivo.


De pronto apareció mi padre. Se acercó sonriendo. Tenía muy buen aspecto. Se veía contento y saludable. Parecía un hombre de unos setenta años, la edad que tenía al morir. Me sorprendió que no cojeara como había cojeado casi toda su vida. También me sorprendió que me dijera con cariño:


—¿Qué haces por acá, chiquilín?


Nunca me había llamado así, "chiquilín". Solo lo había escuchado llamar así a su hermano menor.


—No sé —le dije—. No sé dónde estoy. ¿Dónde estamos?


—Te has muerto —me dijo—. Estamos en la otra vida. Estamos en el infinito.


—¿O sea que Dios existe? —pregunté, asustado.


—Bullshit —dijo mi padre—. No hay Dios. Todo era un cuento. Acá todos somos ateos. Ya sabemos que Dios no existe.


Caminábamos con dificultad entre la muchedumbre espesa y maloliente. Había muchísima gente.


—Esta vida no es el paraíso, hijo.


—¿Por qué dices eso?


—Porque acá no tienes que comer, no tienes que dormir, no tienes que cagar ni mear, no puedes tener hijos, no te enfermas y nadie se muere. O sea, vives eternamente, pero es un aburrimiento de la gran puta. Vives caminando y caminando entre un huevo de gente que no conoces y que te habla en unos idiomas que no entiendes y nunca te cansas y no paras a descansar o a dormir porque, como te digo, nunca te cansas, nunca tienes hambre, nunca te tiras un pedo.


El panorama era desolador. No había sino calles atestadas de gente y parques de los que provenían gemidos y jadeos inquietantes. No había casas, edificios, locales comerciales. No había autos, motos, bicicletas. Nadie llevaba dinero, nada se vendía ni se compraba. No había otros animales (no había dinosaurios, simios, perros, gatos, pájaros, cucarachas ni hormigas), solo hombres y mujeres condenados a no morirse nunca


—Estamos jodidos —le dije.


—Jodidos —dijo mi padre—. Jodidos, pero no tanto.


—¿Por qué? —pregunté, notando un destello de picardía en su mirada.


—Porque en esta vida puedes tirar todo lo que quieras y las mujeres nunca quedan embarazadas y, como ya sabemos que no hay Dios, la gente le pierde el miedo al sexo y se la pasa culeando. Esto es un puterío del carajo. Uno se muere y se va a una ciudad sin camas, sin casas, sin edificios, sin restaurantes, sin dinero, una ciudad sin límites donde solo hay calles y parques, y la gente solo hace dos cosas: camina o se va a los parques a culear parejo.


Eché una mirada a un parque cercano y me pareció ver una gran orgía en la que todos fornicaban sin pudor. Muchos de quienes copulaban eran ancianos. Las parejas no hablaban siempre el mismo idioma, lo que no les impedía gozar.


Mi padre y yo caminamos sin fatigarnos y todo estaba bien entre nosotros, no había rencores. Pasamos por un parque en el que se exhibían numerosos varones fornicando entre sí. Mi padre los miró como si mirase la lluvia caer.


—No te imaginas la cantidad de maricones que hay acá —dijo, como si tal cosa no le molestara en absoluto—. Casi la mitad de la gente acá es homosexual o bisexual. Nadie tiene miedo al castigo de Dios porque ya sabemos que Dios no existe. No hay gays en el clóset. Yo no le entro a eso, como comprenderás. A mí me siguen gustando las mujeres y todos los días me echo un buen polvo con una mujer distinta. Las griegas y las rusas son las mejores. Cuando están arrechas gritan en su idioma y no entiendes un carajo y eso es cojonudo, hijo. Tienes que tirarte a una rusa. O a un ruso. Lo que más te guste.


—No puedo —le dije.


—¿Por qué, chiquilín? —se preocupó mi padre.


—Las pastillas me han vuelto impotente —le dije.


—Huevadas, hombre —dijo—. Eso era antes de morirte. Acá cambia todo. Acá no es como allá. Acá todos somos ateos, todos somos inmortales, todos tenemos la misma edad que teníamos al morir (de haberlo sabido, me hubiera muerto más joven, carajo), todos tiramos con todos (claro que los viejitos la tienen más jodida y solo tiran entre ellos, esa es la gran desventaja de morirte viejo) y nadie tiene hijos y nadie come ni caga ni duerme ni se enferma nunca, o sea que olvídate de las pastillas y de la impotencia, lo único bueno que tiene la vida eterna es que todo el mundo anda eternamente al palo y las mujeres eternamente a punto de caramelo, chiquilín.


—Pero hay demasiada gente, papá.


—Demasiada —se quejó él—. Todos los que se han muerto en la historia de la humanidad vienen en tren a esta ciudad sin límites. Tú caminas y caminas y nunca se termina la calle y siempre hay un parque más y todo el tiempo ves personas raras, de otra época, vestidas como se vestían siglos atrás, cuando murieron.


—¿Y nadie se pelea? —pregunté.


—No —dijo mi padre—. Aquí no hay guerras, no hay gobiernos, no hay países. Nadie tiene ganas de pelearse, no vale la pena. Acá te das cuenta de que lo único que realmente vale la pena es echarse un buen polvo. Acá en la vida eterna el que no está culeando está buscando a alguien para culear. Así nomás es la cosa, hijo. Bienvenido.


—Gracias, papi —le dije, con un amor que no había sentido nunca por él.


—Bien huevón tú también de tragar tantas pastillas y hacerte mierda el hígado —me dijo—. Te dijeron que si seguías tragando todas esas pastillas te ibas a matar y no te importó un carajo. Siempre fuiste un loco de mierda. Saliste a mí. Tú te enviciaste con las pastillas, yo con el trago y las pistolas. Pero tú tuviste más suerte que yo.


—¿Por qué? —pregunté.


—Porque ahora tienes cuarenta y cuatro años y esa será tu edad eterna. En cambio yo me partí el lomo para llegar a los setenta y ahora estoy jodido con esta cara de viejo —añadió, sonriendo.


—Pero ya no cojeas —le dije.


—No, ahora camino como tú —dijo—. Acá vienes cero kilómetros y nunca tienes que ir al taller a que te hagan una bajada de motor o un afinamiento, ¿entiendes? Acá no hay pastillas para dormir porque no necesitas dormir y no hay pastillas antidepresivas porque no te deprimes nunca. La mejor cura para la depresión es culearte a una rusa tetona. Además no tienes que ponerte condón.


—Buenísimo —dije—. Yo nunca pude con los condones.


—Yo tampoco —dijo él—. Por eso tuve diez hijos.


De pronto se acercó una mujer muy guapa, de unos cuarenta años, con un vestido elegante, de otra época, y le habló a mi padre en inglés, en un inglés con acento irlandés. Mi padre le miró el escote y comprendió que tenía deberes que cumplir.


—Me voy al parque, chiquilín —me dijo, y palmoteó mi espalda—. Ya te veo más tarde.


Luego se fue caminando con la mujer, diciéndole cosas al oído, tomados de la mano.


No podía creer que mi padre caminase sin cojear y, con setenta años, tuviese tanto éxito con las mujeres. Bien por él, pensé. Se lo merece.


Caminé sin saber adónde iba hasta que me detuvo suavemente un hombre joven y apuesto. Me habló en un idioma que no pude entender, pero me pareció que era alemán o danés o sueco o noruego, una lengua áspera y enfática. Era o había sido un hombre de mi tiempo, a juzgar por su ropa. Le dije en inglés que no le entendía. Me habló en inglés, me dijo si quería ir al parque con él.


—Yes, indeed —respondí y lo seguí, presuroso. ?

¿Es igual el mapa genético humano al de la mosca y al de un gusano?



Según el presidente venezolano Hugo Chavez, en una presentación televisada, afirmo que estaba demostrado científicamente que el mapa genético y el genoma humano (que no se si es lo mismo) eran idénticos a los de una mosca (si una mosca ese asqueroso insecto volador) y un gusano. Ayuda please... Gracias!


Respuesta:

no dijo eso. el dijo textualmente que el mapa genético de la mosca es idéntico a "nosotros". refiriéndose a los presentes...
en realidad el hombrecito de sabaneta me sorprendió utilizando método científico o razonamiento lógico por primera vez en sus presentaciones. supongo que se basó en el hecho de que en todo lo que tocan lo vuelven mier**. y lo de los gusanos supongo que fue refiriéndose a sus larvas, como rosa ines, ella aún está en la pupa.


Federico Montoya desde Bogotá para You tube Barranquilla stereo.