Flores y Semillas de Recuerdos Valleros
Sunday, May 18, 2008 9:54:12 AM
Los ecos que el tiempo silenció
Vieja estampa cubana de un hogar de canarios trashumantes.
Concha Mendoza rebusca los recuerdos entre fotos antiguas y voces familiares.
En el Valle de Guerra lagunero, de donde es oriunda Concha Mendoza, al parecer, nunca se oyeron los estrépitos y los choques armados que pudieran bautizar el lugar por la sangre rebelde alzada de los aborígenes. El pago lleva el nombre del apellido de un lejano conquistador, poblador o amo de aguas y tierras de los primeros tiempos del reparto, de la rapiña colonizadora. El estudioso Rafael Lutzardo, nos ha de dar cuenta de dicho acontecer cuando brinde a la luz impresa sus pesquisas históricas de larga, cariñosa y apasionada dedicación. En el Valle de Guerra de hoy, pacífico, se escuchan las voces que el tiempo ha ido asentando en la memoria familiar de Concha Mendoza. Ecos y fragmentos gastados, como las viejas fotos que algún familiar envió del otro lado del Atlántico, en su imposible retorno, siquiera para descansar definitivamente en la tierra en las que alumbraron a la vida. El ejercicio de hurgar en el tiempo de la memoria le está llevando a la escritura compartida, convirtiendo los silencios de sus noches solitarias, donde no sobran las lágrimas por el amor ausente, en un territorio de escucha. Confiesa Concha Mendoza que no puede escapar a la nostalgia al recapitular episodios de una época que ha dejado de ser. Momentos que ya se fueron pero que, misteriosamente, permanecen. Como ruinas valiosísimas, de entusiasmos, de tristezas, de alegrías. Recuerdos gastados y labrados que le llevan al ciclo de su propia infancia. Al territorio de la figura paterna.
El recogedor de los contados
Domingo Mendoza y Emilia González tuvieron cuatro hijos, María, Concha, Mercedes y Domingo. De aquellos primeros y frescos recuerdos de Concha Mendoza, despunta, como flor de perenne fragancia, el cariño que destilaba el hogar de la infancia. El afecto de sus progenitores y el esfuerzo para mantener alimentada a la modesta prole.
"Mi padre era canalero de una empresa. Encargado del reparto de las aguas. La distribución del agua la hacían en la Pared Grande, abajo en la Hondura. El agua venía de Aracas y del norte. Las atarjeas iban a parar a la Pared Grande. El agua se empleaba para los regadíos. Estuvo unos cuantos años de canalero y ganó para empezar a hacer la casita que no pudo terminar por falta de cemento cuando la guerra. Más tarde, cuando el furor de los tomates en Valle de Guerra, estaba de recogedor de los empaquetados para la compañía agrícola de don Julio Fernaud y Sociedad Limitada que estaba en Tejina. Trabajaba en un sitio que le decían los contados. Saloncitos donde se recibían los tomates. Las escogedoras seleccionaban los tomates. Yo ayudaba a mi padre a apuntar los tomates que entraban y se pesaban y se escogían. Los que no servían se llamaban de "estarar". Las cuentas se mandaban todos los días al salón. Él estaba de recogedor de esos contados. Los tomates se mandaban para fuera. Cuando eso por aquí y en Tejina había varios salones de empaquetados. Dio mucho trabajo al pueblo. El tomate fue una fuerza muy movida, camiones, movimiento. Mucho más que cuando el tabaco o el algodón. Después vino la platanera. Había comprado trocitos en la costa porque mi madre cocía. Los plantó de plataneras. Dejó de trabajar fuera y se dedicó a la platanera. La cosa fue mejor para nosotros. Los plátanos se vendían bien. A mi padre lo recuerdo como un hombre cariñoso, nunca nos castigó. Orgullosa de nosotras. Siempre estábamos recogidas en casa".
El perfume de las noches
Confiesa Concha Mendoza que heredó de sus padres el amor que le profesaban a las flores. En su casa no pueden faltar. De alguna manera les sigue rindiendo el tributo del recuerdo. Un vacío que llena de fragancias.
"En aquel tiempo puede resultar extraño, poco usual, pero mis padres se recreaban con las flores. Tenían un patio con muchas piedras. Mi madre tapaba las flores con enredaderas para que no les diera el sol. Se sentaban a contemplar las flores. Mi madre era muy feliz con las flores. Los patios antes eran escalonados, con piedras y mucha tierra. Tenía flores de todas clases. Cambiaba con las amigas. Como era costurera la gente le traía plantitas. Retoñitos. Esquejes. Tenía dalias, hoy se ven pocas, rosales, hibiscos, enredaderas de todas clases, las madres selvas, las santas noches Me acuerdo que en verano, en las noches de lunas, bajaba usted por aquella veredita del Camino Moya y el perfume de las santas noches y de las madres selvas era maravilloso. Mi madre se sentaba fuera de la casa, en el patio, a admirar sus flores. Mi padre la acompañaba. Muchas veces me acuerdo de verlos sentados hablando de las flores. Mi padre era muy cafetero, toda su familia, él era el que se levantaba a hacer el café, lo hacía colado, como lo sigo haciendo yo, coladito en las cafeteras de antes. Le llevaba el café a mi madre a la cama. Y a nosotros siempre nos llevaba una gotita de café. Cuando pasaban los hombres a trabajar a las fincas de la costa que estaban sorribando y plantando, se oían los pasos desde las seis de la mañana, y se oía el comentario: ¡Mira que preciosidad de flores, qué preciosidad! Mi padre se acercaba a la cama de mi madre y le decía que se levantara que ya estaba pasando la gente a trabajar y que estaban elogiando la belleza de las flores. Los dos estaban orgullosos de sus flores".
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El rezo de la abuela Evarista
Evarista, la abuela materna, mujer de profundas creencias religiosas, no se conformaba con las prédicas dominicales para saber de la existencia del Bienamado. Le recitaba a la nieta los sinsabores que la Madre del Crucificado tuvo que sufrir en vida. Aquellos rezos de la anciana que nació bajo el calor de campanas de El Sauzal, quedaron grabados en la sensible memoria de la nieta.
"Por el rastro de la sangre que Jesús ha derramado,
iba la Virgen María buscando a su hijo amado.
Por el camino que iba, una mujer ha encontrado:
¿Qué haces aquí María? ¿Qué haces aquí llorando?
Voy en busca de mi hijo, mi hijo Jesús amado.
Por aquí pasó señora, por aquí Cristo ha pasado,
con una cruz a los hombros y una cadena arrastrando,
una corona de espinas y su cuerpo maltratado.
Me ha pedido que le diera un paño de mi tocado,
si lo quiere ver señora, aquí lo traigo guardado.
La Virgen oyendo esto cayó al suelo desmayada.
San Juan y la Magdalena ya iban a levantarla,
vamos, vamos mi señora, vamos presto al Calvario,
que por prestos que lleguemos, ya lo habrán crucificado.
Ya lo ponen en la cruz, ya le clavan los tres clavos,
ya le dieron la bebida de amarga hiel y vinagre,
y le dieron la lanzada en su divino costado.
La sangre que derramara, el hombre que bebiera de ella,
será bien aventurado."





