Concha Mendoza

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Flores y Semillas de Recuerdos Valleros

Los ecos que el tiempo silenció


Vieja estampa cubana de un hogar de canarios trashumantes.

Concha Mendoza rebusca los recuerdos entre fotos antiguas y voces familiares.
En el Valle de Guerra lagunero, de donde es oriunda Concha Mendoza, al parecer, nunca se oyeron los estrépitos y los choques armados que pudieran bautizar el lugar por la sangre rebelde alzada de los aborígenes. El pago lleva el nombre del apellido de un lejano conquistador, poblador o amo de aguas y tierras de los primeros tiempos del reparto, de la rapiña colonizadora. El estudioso Rafael Lutzardo, nos ha de dar cuenta de dicho acontecer cuando brinde a la luz impresa sus pesquisas históricas de larga, cariñosa y apasionada dedicación. En el Valle de Guerra de hoy, pacífico, se escuchan las voces que el tiempo ha ido asentando en la memoria familiar de Concha Mendoza. Ecos y fragmentos gastados, como las viejas fotos que algún familiar envió del otro lado del Atlántico, en su imposible retorno, siquiera para descansar definitivamente en la tierra en las que alumbraron a la vida. El ejercicio de hurgar en el tiempo de la memoria le está llevando a la escritura compartida, convirtiendo los silencios de sus noches solitarias, donde no sobran las lágrimas por el amor ausente, en un territorio de escucha. Confiesa Concha Mendoza que no puede escapar a la nostalgia al recapitular episodios de una época que ha dejado de ser. Momentos que ya se fueron pero que, misteriosamente, permanecen. Como ruinas valiosísimas, de entusiasmos, de tristezas, de alegrías. Recuerdos gastados y labrados que le llevan al ciclo de su propia infancia. Al territorio de la figura paterna.

El recogedor de los contados

Domingo Mendoza y Emilia González tuvieron cuatro hijos, María, Concha, Mercedes y Domingo. De aquellos primeros y frescos recuerdos de Concha Mendoza, despunta, como flor de perenne fragancia, el cariño que destilaba el hogar de la infancia. El afecto de sus progenitores y el esfuerzo para mantener alimentada a la modesta prole.

"Mi padre era canalero de una empresa. Encargado del reparto de las aguas. La distribución del agua la hacían en la Pared Grande, abajo en la Hondura. El agua venía de Aracas y del norte. Las atarjeas iban a parar a la Pared Grande. El agua se empleaba para los regadíos. Estuvo unos cuantos años de canalero y ganó para empezar a hacer la casita que no pudo terminar por falta de cemento cuando la guerra. Más tarde, cuando el furor de los tomates en Valle de Guerra, estaba de recogedor de los empaquetados para la compañía agrícola de don Julio Fernaud y Sociedad Limitada que estaba en Tejina. Trabajaba en un sitio que le decían los contados. Saloncitos donde se recibían los tomates. Las escogedoras seleccionaban los tomates. Yo ayudaba a mi padre a apuntar los tomates que entraban y se pesaban y se escogían. Los que no servían se llamaban de "estarar". Las cuentas se mandaban todos los días al salón. Él estaba de recogedor de esos contados. Los tomates se mandaban para fuera. Cuando eso por aquí y en Tejina había varios salones de empaquetados. Dio mucho trabajo al pueblo. El tomate fue una fuerza muy movida, camiones, movimiento. Mucho más que cuando el tabaco o el algodón. Después vino la platanera. Había comprado trocitos en la costa porque mi madre cocía. Los plantó de plataneras. Dejó de trabajar fuera y se dedicó a la platanera. La cosa fue mejor para nosotros. Los plátanos se vendían bien. A mi padre lo recuerdo como un hombre cariñoso, nunca nos castigó. Orgullosa de nosotras. Siempre estábamos recogidas en casa".

El perfume de las noches

Confiesa Concha Mendoza que heredó de sus padres el amor que le profesaban a las flores. En su casa no pueden faltar. De alguna manera les sigue rindiendo el tributo del recuerdo. Un vacío que llena de fragancias.

"En aquel tiempo puede resultar extraño, poco usual, pero mis padres se recreaban con las flores. Tenían un patio con muchas piedras. Mi madre tapaba las flores con enredaderas para que no les diera el sol. Se sentaban a contemplar las flores. Mi madre era muy feliz con las flores. Los patios antes eran escalonados, con piedras y mucha tierra. Tenía flores de todas clases. Cambiaba con las amigas. Como era costurera la gente le traía plantitas. Retoñitos. Esquejes. Tenía dalias, hoy se ven pocas, rosales, hibiscos, enredaderas de todas clases, las madres selvas, las santas noches… Me acuerdo que en verano, en las noches de lunas, bajaba usted por aquella veredita del Camino Moya y el perfume de las santas noches y de las madres selvas era maravilloso. Mi madre se sentaba fuera de la casa, en el patio, a admirar sus flores. Mi padre la acompañaba. Muchas veces me acuerdo de verlos sentados hablando de las flores. Mi padre era muy cafetero, toda su familia, él era el que se levantaba a hacer el café, lo hacía colado, como lo sigo haciendo yo, coladito en las cafeteras de antes. Le llevaba el café a mi madre a la cama. Y a nosotros siempre nos llevaba una gotita de café. Cuando pasaban los hombres a trabajar a las fincas de la costa que estaban sorribando y plantando, se oían los pasos desde las seis de la mañana, y se oía el comentario: ¡Mira que preciosidad de flores, qué preciosidad! Mi padre se acercaba a la cama de mi madre y le decía que se levantara que ya estaba pasando la gente a trabajar y que estaban elogiando la belleza de las flores. Los dos estaban orgullosos de sus flores".

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El rezo de la abuela Evarista
Evarista, la abuela materna, mujer de profundas creencias religiosas, no se conformaba con las prédicas dominicales para saber de la existencia del Bienamado. Le recitaba a la nieta los sinsabores que la Madre del Crucificado tuvo que sufrir en vida. Aquellos rezos de la anciana que nació bajo el calor de campanas de El Sauzal, quedaron grabados en la sensible memoria de la nieta.

"Por el rastro de la sangre que Jesús ha derramado,

iba la Virgen María buscando a su hijo amado.

Por el camino que iba, una mujer ha encontrado:

¿Qué haces aquí María? ¿Qué haces aquí llorando?

Voy en busca de mi hijo, mi hijo Jesús amado.

Por aquí pasó señora, por aquí Cristo ha pasado,

con una cruz a los hombros y una cadena arrastrando,

una corona de espinas y su cuerpo maltratado.

Me ha pedido que le diera un paño de mi tocado,

si lo quiere ver señora, aquí lo traigo guardado.

La Virgen oyendo esto cayó al suelo desmayada.

San Juan y la Magdalena ya iban a levantarla,

vamos, vamos mi señora, vamos presto al Calvario,

que por prestos que lleguemos, ya lo habrán crucificado.

Ya lo ponen en la cruz, ya le clavan los tres clavos,

ya le dieron la bebida de amarga hiel y vinagre,

y le dieron la lanzada en su divino costado.

La sangre que derramara, el hombre que bebiera de ella,

será bien aventurado."

Flores y Semillas de Recuerdos Valleros.

Los guaidiles perdidos Concha Mendoza ahonda en el relato de la existencia de los deudos fenecidos Es inevitable que el paso del tiempo vaya acrecentando la destrucción del mundo fenecido. Triste evidencia contra la que se rebelan personas que no están dispuestas a que el pasado lo condene doblemente, con la muerte física y el olvido. Frente al vacío donde habitan las sombras del olvido, se encuentran unas pocas personas que, en el silencio y la soledad, laboran para plasmar sobre una libreta o sobre un soporte magnético destellos de los tiempos pasados. Un ejercicio de escritura y relato de viva voz para adherirse a la vida, aprehendiendo el espíritu de los seres idos. El alma de los amados. Así se enfrente al presente y al futuro la lagunera y vallera Concha Mendoza, no importándole pagar el peaje del dolor al revivir la ausencia de seres y situaciones que el tiempo inclemente se empeña en diluir y desdibujar. La voluntad propia y el aliento de los familiares y amigos, entre los que despunta Rafael Lutzardo, le hacen renovar ilusiones y miradas frescas, como las flores que le saludan en la alborada del día a día. Los ritos de la evocación Concha Mendoza se sabe en la misión, en el apostolado humilde, de evocar la historia familiar y, por tanto, social del lugar donde recibió las primeras aguas del bautismo con la vida: Valle de Guerra. La remembranza le sigue conduciendo por algunos de los vericuetos cotidianos de la tía María que ejercicio de gangochera y cultivadora de flores hasta los últimos días de su existencia. "Mi tía María siempre siguió de gangochera. Últimamente me acuerdo de verla a ella, ya viejita, con una barquita de flores. Ella y tío Pancho no tuvieron hijos, pero trabajadores a más no poder, criban conejos, gallinas, cultivaban flores, rosales y gueidiles. Los gueidiles se han perdido. Yo tengo uno plantado que me dio tío Pancho. También tengo la madreselva que me regaló mi madre. Siempre estoy recordando las cosas que les gustaban a ellos. Iba a vender a La Laguna. Cogía la barquita y como criaba gallinas, cogía los huevitos frescos. La barquita es un cesto ovalado de caña. Ponía los huevos, el perejil. Perejil precioso. Hermoso. Decía que el perejil hay que acariciarlo por la mañana y sacudirle el sereno y crece más. A las flores les gusta que las muevan, que se oxigenan y crecen más. Me doy cuenta que los viejos hacían cosas que son mejores que las cosas que hacemos hoy. Se le daba el perejil, el tomillo, la hierba huerto. Un ramo de gueidiles y rosas y los vendía. En el tiempo que fue gangochera de verdad, fue cuando mi tío estaba en la guerra. Los vecinos le traían productos que ella iba a vender a La Laguna y también le hacían encargados de compra. Le traían a la casa habichuelas, chayota y tomates que ella metía en un saquito y a la cabeza lo subía por un caminito hasta la parada de la guagua. Hacía varios viajes cargando saquitos. Cargaba todos esos sacos cuando era joven, pero ya de mayor iba a vender con una barqueta. Al final vendía con una barqueta. En La Laguna tenía sus feligreses a los que les llevaba huevitos frescos y todo lo fresquito del campo, alguna gallinita. Cuando eso no se podían llevar las gallinas en la guagua porque había que pagar en el fielato. En la caseta del caminero estaba un señor que paraba las guaguas y si llevabas gallinas o baifos te cobraba. A veces me tía escondía las gallinas debajo del asiento de las guaguas. Si no cacareaba, escapaba. Cerca del Trapiche de Tejina también había un fielato. La gente le encargaba que le trajera de La Laguna una cafetera de colar, una azucara. Cualquier cosa. La gente no tenía oportunidad de ir a comprar a La Laguna y se la encargaba a ella. A veces traía un pan que le decían sobado". Tiempo de gangocheras Ella, que pronto empezó a laborar fuera del hogar, ayudando a su madre en los controles de los cultivadores del tomate vallero, no puede evitar la admiración que siente al recordar a las mujeres de su tiempo mozo. Mujeres que se apañaban con un cesto a la cabeza y la fuerza de sus piernas para recorrer kilómetros con los que alimentar a sus proles. A veces Concha Mendoza no puede evitar el desborde de algunas lágrimas díscolas. "Me acuerdo de Dolores Borges, otra gangochera, amiga de mi tía María. Todas las gangocheras iban a vender lo mismo. La verdura y el baifito y la gallina. De aquí salían gangochera para La Laguna y aquí a Valle de Guerra también venían gangocheras de otros sitios. Unas iban y otras venían. De La Esperanza venían a vender coles, higos picos. Me acuerdo verlas entrar en una ventita y pedir una cuarta de vino y con huevo dentro se lo mandaban y ese era su almuerzo. Lo más que tomaban las gangocheras era huevo con vino y después comerían cuando llegarían a sus casas por la tarde. Mi tía hacía lo mismo en La Laguna, cuando llegaba por la tarde o por la noche, le gustaba hacer su comida. Esas señoras también trabajan en sus casas. Atendían los pedacitos y ayudaban a sus maridos. Mis tíos, por ejemplo, tenían una parcelita donde también trabajaban el algodón. Cuando salía la semilla echaba una alcachofa que se iba abriendo y salía la guata, el algodón. Se cogía y se metía en un saco. Para llenar un saco era mucho trabajo, mucha paciencia. Creo que el algodón se lo llevaban al almacén de don Leoncio, que también compraba el tabaco. Don Leoncio compraba todo para exportar. Mucha gente cultivaba tabaco. En mi casa mi padre también cultivaba. Yo misma me acuerdo de cocer las hojas. El tabaco no duró mucho, más duró la caña y el tomate. Del tabaco me acuerdo que íbamos a coger la hoja de abajo, la más curadita y después se colocaba en un palo que le decían los cujes y con una aguja grande y rafia íbamos cociendo las hojas, una para un lado y otra para otro" MÁS INFORMACIÓN
Agua sucita para escapar
Cuando eso mi tío Pancho estaba hospitalizado en la guerra por las heridas que sufrió en la batalla del Ebro, una enfermera le escribía las cartas y a mí tía, que apenitas sabía leer y escribir y también le escribían la carta. En las cartas no contaba mucho de la guerra, pero después, cuando ya era mayor si bien que contaba. Él era un sabio. Cuando la gente empezaba a decir en Valle de Guerra que tenía que comprar agua embotellada porque la del grifo estaba viniendo mala él me decía "éstas debían estar en la guerra". Nosotros teníamos que tomar el agua de los charcos, agua sucita, para poder escapar. En la guerra se pasaba muy mal porque no había agua. También decía que aquí hacía falta la mano de Franco cuando se empezaba a oír que había gamberrismo y robos. Nosotros nos criamos con las puertas abiertas y nadie entraba en las casas ni a robar ni a darle golpe a la gente. Él decía que hacía falta la mano de Franco que fue el que lo llevó a la guerra donde quedó inválido...



Diario de AvisosFlores y semillas de recuerdos Valleros.

Flores y Semillas de Recuerdos Valleros.


La plegaria de María la Gangochera


Concha Mendoza rinde culto a la memoria de sus tios,María y Pancho el Latonero

Es mágica la materia con la que construimos el tejido vital de nuestra memoria. Intentar crear y reconstruir el itinerario existencial propio o el de la familia no deja de ser una ceremonia, un acto de devoción y acceso al territorio frágil y, muchas veces, engañoso de los recuerdos. De lo que fue, pudo haber sido o creemos que aconteció. De unos y otros se alimenta la memoria. De una y otra orilla, extrae los restos del naufragio del tiempo y las vivencias idas: sentimientos, recuerdos, imágenes… Los retazos personales y los aportes de la memoria familiar constituyen el legado que Concha Mendoza nos ofrece de forma amorosa y sensible. Actitudes heredades de las mujeres que le precedieron. Una sensibilidad ante objetos cotidianos que dieron aliento y combustible para el largo recorrido de su existencia.

El milagro de la flor

La tía María Mendoza nunca leyó las andanzas del Principito que diera a la luz Antoine Saint Exupéry en 1943. El Principito se maravillaba del milagro de la existencia en una hermosa flor en un planeta sórdido. Recuerda Concha Mendoza que la tía María, como muchos hombres y mujeres de su Valle de Guerra natal partían hacia el norte, hacia la Villa de la Orotava a buscarse el sustento. Lo hicieron sus tíos Juan y Antonio y, más tarde, María. Hacia la Villa iban caminando con el zurronito de gofio por compañía y los deseos de futuro.

"Mi tía María, todavía soltera, contaba que pronto empezó a buscarse la vida. No sabía qué hacer. Ella tenía mucha confianza conmigo y me contaba cosas. Yo pasaba mucho tiempo escuchándola. Me dijo que un día se dijo:

-Voy a coger una cesta de tomate y voy a ir a la Villa.

Ella oía que en la Villa se vendía de todo, que en esa época estaba más floreciente que este campo de aquí. Se fue para allá en una de las guaguas que pasaban por aquí. Le entendí que eran tres guaguas al día. En ese primer viaje vendió todos los tomates. Tuvo una suerte tremenda. Me decía:

-¡Yo gasté tres pesetas y traje seis pesetas! ¡Esto a mí me conviene!

Volvió otra vez y llevó tomate y chayotas y habichuelas. Cargaba en la guagua. Las guaguas antes tenían una escalera por detrás y arriba tenían una vaca para colocar las cestas. Así empezó a vender en la Orotava y así se hizo gangochera. Me contó una cosa que me emocionó. Algo que han pasado muchísimos años y no se me ha olvidado. Dice que le dieron un ramo de geranios. Donde ellos vivían, de allí a la carretera, todo eran piteras, tabaibas, risquitos, pencones con higos tintos y de los otros. No había ni una sola flor. Ninguna. Plantó el gajo de geranio al lado de la casa. En ese tiempo la gente del pueblo iba a buscar el agua a la fuente de Juan Fernández. Iban en grupos. Muchas veces, me contaban, llegando a la casa, se les caía el barril del agua y tenían que volver a buscar de nuevo. Por la mañana se ponía un poquito de agua en la bañadera y todos los que iban saliendo se iban lavando la cara y se venían al mediodía se lavaban las manos y por la noche, si cenaban, se volvían a lavar las manos. Mi tía cogía esa agua del día y se la echaba al geranio. El geranio fue creciendo y creciendo y creciendo. Mi tía me contaba eso y yo me decía que cómo era posible que una persona sin estudios tuviera tantos sentimientos, tuviera esos sentimientos tan profundos de contar de una flor.

-Un día que regresé de vender en la Villa y cuando miré para el geranio, me estaba abriendo una flor…

Y dice que se puso de rodillas… Yo me puse de rodillas, me contaba. No habían flores, no habían flores. Por eso ella adoró aquella flor.

-Aquello fue la primera flor que yo vi en el pueblo de Valle Guerra. No habían flores. En los caminos que había para ir a la Barranquera, a la playa, no había flores. Ni una flor".

Pancho el Latonero

Muchos años de su vida los compartió Concha Mendoza con sus mayores, entre ellos, con los tíos Pancho y María. Ella se convirtió en gangochera y él, mutilado de guerra, en latonero. Las miradas que hoy mantiene Concha Mendoza con la vida es un continuo de la sensibilidad que siempre demostraron aquellos dos ancianos de los que guarda imborrable memoria. Una memoria que transita libre por las veredas de la religiosidad.

"Mi tía María, ya de mayor, se casó con mi tío Pancho, el latonero. Francisco Herrera Bello. Pocos meses de casado él se fue a la guerra. En Lugo cayó herido y se pasó toda la guerra hospitalizado. Cuando lo recogieron creían que no escapaba. Le acribillaron las dos piernas. Escapó porque era fuerte. A los dos años lo embarcaron para Tenerife. Cuando llegó a Santa Cruz subió para La Laguna a casa de mi tía Concha que tenía una ventita cerca de la iglesia de la Concepción. Le dijo que avisaran a mi tía María porque él iría hasta Tejina en la guagua y de Tejina a Valle de Guerra iría caminando. La centralita estaba cerca de casa. En ese tiempo sólo había teléfono en las casas de gente rica. Los demás teníamos que ir a la centralita que estaba en el camino de la Barranquera, en casa de doña Elena. Nos avisaron de que mi tío venía caminando. Se lo dije a mi tía María y subió por la Herreña, que había una veredita, subió corriendo y lo encontró por la compañía agrícola. Mi tío Pancho venía caminando con dos muletas…

Aquel día la casa se llenó de gente. Al mes de estar aquí tuvo que ingresar en el hospital militar porque todavía no estaba bueno. Yo iba a visitarlo con mi tía. Ella le llevaba una frasquito lleno de vino y lo escondía en la ropa para dárselo en su habitación. También llevaba unos huevos y se los partía y los mezclaba con el vino. Al cabo del tiempo le dieron el alta y se vino para casa. Él decía que la pierna no se le ponía buena, siempre se estaba quejando y sabe lo que hizo. Cogió una cuchilla y él mismo se cortó la pierna y se sacó un trozo de metralla. Esa metralla es lo que lo estaba matando. Se fue curando pero siempre andando con una muleta. Por ser mutilado de guerra le dieron trabajo de guardián en el aeropuerto de los rodeos. Guardián de noche. El aeropuerto estaba empezando. Subía por el Boquerón para arriba con el cestito de la comida. Caminando con la muleta. Bajaba al día siguiente por la mañana. También caminando"

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La vara del ayuntamiento de Valle de Guerra
Un señor que llamaban Juan el Secretario, que era nieto del que fue alcalde de Valle de Guerra, andaba bastoneando con la vara. Era viejito ya y caminaba por donde vivía mi tío Pancho el latonero. ¿Qué es eso? Le preguntó mi tío. Ésta es la vara del ayuntamiento de Valle de Guerra. ¿Cómo es posible que tú te pongas a bastonear con eso? ¿Por qué no me lo cambias por un bastón para que camines mejor? Tío Pancho era muy amañado para hacer cosas, como los bastones. El nieto del alcalde de entrada le dijo que no. A los dos o tres días vino a casa de mi tío y le dijo que le cambiaba la vara por uno de los bastones que tenía hecho. Hace poco me dijo la nieta de don Juan el Secretario que su abuela le tenía dicho a su marido que no le diera la vara a nadie y no le hizo caso. Mi tío la conservó un montón de años. Como no tenían hijos, me la regaló a mí. La vara es de 1846. Don Juan se llevó el bastón que quiso coger".



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