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La Batalla de San Jacinto

El joven castro lanzando la piedra que derrumbo al yankee.

La batalla de San Jacinto es una batalla que tuvo lugar el 14 de septiembre de 1856 en la hacienda San Jacinto, departamento de Managua, Nicaragua, entre un grupo de las fuerzas patriotas del Ejército del Septentrión, encabezadas por el Coronel José Dolores Estrada Vado y los filibusteros del aventurero estadounidense William Walker, comandados por su amigo Byron Cole.

Antecedentes de la batalla
El filibustero William Walker

Los filibusteros de William Walker, instalados en la ciudad de Granada, se abastecían de carne en las haciendas de ganado ubicadas al norte y al este del Lago Xolotlán, las cuales estaban en el departamento de Granada (el cual lo formaban los actuales departamentos de Granada, Masaya, Carazo y Managua), hasta 1875 se creó el departamento de Managua. El 29 de agosto de 1856 (según el testimonio del capitán Carlos Alegría) un grupo de 100 legitimistas al mando del Coronel José Dolores Estrada salió de Matagalpa, por órdenes del General Tomás Martínez, para impedir que los filibusteros robaran el ganado (cometían el delito de abigeato) llegando a la hacienda San Jacinto ese mismo día por la tarde. Esta le pertenecía a don Miguel Bolaños, tatarabuelo del ex Presidente de Nicaragua Ingeniero Enrique Bolaños Geyer, quien gobernó al país en el periodo 2002-2007.

El 5 de septiembre, al amanecer, llegó un escuadrón de rifleros a caballo para atacar la hacienda en una escaramuza. Iban dirigidos por el Coronel Edmund McDonald, junto con el Capitán William P. Jarvis. Los legitimistas, armados con fusiles de chispa, rechazaron el ataque de los filibusteros, teniendo estos 6 muertos y varios heridos durant, Jarvis resultó mortalmente herido. Los patriotas tuvieron un muerto y 3 heridos.


La Batalla
Estatua del General Jose Dolores Estrada

El 11 de septiembre llegó una compañía de 60 indios flecheros, desde Matagalpa, al mando del capitán Francisco Sacasa. Esto se debió a que Estrada solicitó refuerzos a Martínez, de acuerdo al testimonio del capitán Carlos Alegría. Según el testimonio de Walker en su libro "La guerra en Nicaragua" los filibusteros salieron de Granada la tarde del día siguiente, el 12, pasaron por Masaya y en Tipitapa acamparon el 13, para atacar la hacienda la mañana del día siguiente. El 12 en la ciudad de León el general Tomás Martínez, jefe del Partido Legitimista, y Máximo Jerez, jefe del Partido Democrático, habían firmado el Convenio de Unión de sus partidos para así juntos expulsar del país a Walker.

Al amanecer del 14 de septiembre llegaron los filibusteros a San Jacinto, en medio de la neblina; el cabo Faustino Salmerón, que era el vigía, los divisó y corrió a la casa hacienda cuando los 160 legitimistas estaban desayunando, avisando al Coronel Estrada que el enemigo en número de 300 hombres venía por el sur por lo que el grupo se tendió en 3 posiciones: el corral de piedra junto al costado oeste de la casa hacienda, capitaneado por el capitán Liberato Cisne, la casa hacienda defendida por el capitán Francisco de Dios Avilés y el corral de madera (esquina opuesta a la esquina sureste de la casa) defendido por Francisco Sacasa. Se les dio la orden de no disparar hasta que el enemigo estuviese cerca, pues el alcance eficaz de los fusiles de chispa era de 60 metros.

Los filibusteros, que casualmente habían recibido la misma orden, se habían dividido en 3 columnas para el ataque y a las 7 de la mañana atacaron los tres frentes: la primera, bajo las órdenes del teniente coronel Byron Cole y del teniente Robert Milligan, atacó el flanco izquierdo del corral de madera; la segunda, al mando del mayor Calvin O’Neal, avanzó por el frente (la casa hacienda) y la tercera del capitán Lewis D. Watkins en la dirección del flanco derecho, donde se unía el corral de madera con el cerco de piedra. Después de las primeras horas, los combates se hicieron cada vez más fuertes y sangrientos, imponiéndose la lucha cuerpo a cuerpo; a las 9 am las fuerzas filibusteras lograron romper la defensa del flanco izquierdo, ante ello el coronel Estrada maniobró con las tropas y los oficiales Miguel Vélez, Alejandro Eva y Adán Solís para reforzar esta posición. La lucha era tan violenta y a falta de municiones, muchos siguieron el ejemplo de Andrés Castro, quien derribó a un filibustero de una certera pedrada. Pero la situación era crítica para los nacionales.

Las columnas filibusteras a las 10 de la mañana, cuando habían roto el cerco de defensa, iniciaron un reagrupamiento para concentrar sus esfuerzos principales en esa dirección. Ante esta situación, Estrada tomó la iniciativa y decidió enviar al capitán Liberato Cisne, al teniente José Ciero y al subteniente Juan Fonseca con sus escuadras, quienes atacaron por la retaguardia a los filibusteros gritando ¡Viva Martínez ! ¡Viva Nicaragua!, cargaron a la bayoneta con arrojo admirable y les hicieron una descarga de fusilería; el ataque asustó a la yeguada y los potros de la hacienda que estaban en al vecina loma, Ciero dice en su testimonio que el teniente coronel Patricio Centeno y un oficial Flores de Granada traían a los caballos. Los filibusteros al creer que llegaban refuerzos huyeron en retirada, con dirección a la hacienda San Ildefonso. El capitán Bartolo Sandoval y el teniente Miguel Vélez, montados en bestias capturadas, realizaron la persecución junto con otros soldados que iban a pie. Esta acción fue tan violenta que el sargento Francisco Gómez cayó muerto de fatiga. Sin embargo, producto de la persistencia de los nicaragüenses en lograr una contundente victoria, lograron dar muerte al jefe de la tropa filibustera Byron Cole, muerto por el cabo Faustino Salmerón según Alejandro Eva, aunque Ciero diga que fue 2 días después el 16 de septiembre a las 6 am en San Ildefonso. Los resultados de la batalla de cuatro horas se fueron reflejaron en el parte oficial firmado por el coronel Estrada, teniendo los nicaragüenses 10 muertos y 7 heridos; y el ejército filibustero 27 muertos, habiendo capturado 20 bestias, 25 pistolas, 32 rifles Sharp, 47 paradas, chamarras y sombreros.


La Hacienda de San Jacinto adonde se logro la batalla historica

Testimonios de Los Participantes de la Batalla

En los primeros días del mes de septiembre de 1856, una columna de 160 hombres, pésimamente armados con fusiles antiguos de peine, hambrientos, casi desnudos, al mando del coronel don José Dolores Estrada, ocupaban la Hacienda San Jacinto, de don Miguel Bolaños [tatarabuelo del Ingeniero Enrique Bolaños Geyer ex presidente de la República], en el departamento de Granada [el departamento de Managua era entonces parte de Granada], con objeto de proporcionarse víveres y descansar de las fatigas de una ruda campaña. Esta pequeña fuerza estaba dividida en tres compañías ligeras comandadas por los capitanes Cisne, Francisco Sacasa y Francisco de Dios Avilés.

La casa de la hacienda era grande, de tejas y con dos corredores, estaba ubicada en el centro de un extensísimo llano, y solamente a retaguardia de la casa, como a 100 varas había un pequeño bosquecillo. Inmediatamente se puso la casa en estado de defensa, claraboyando las paredes del lado de los corredores y con la madera de los dos corrales que se desbarataron formamos un círculo de trincheras. Tres días después de nuestra llegada, 60 jinetes yanquis de las mejores fuerzas del audaz y el aventurero William Walker, se acercaron a practicar un reconocimiento del cual resultó una pequeña escaramuza, en que murió un cabo, Justo Rocha, de los nuestros y un filibustero, el mismo que mató a éste, y que según confiesa Walker en su "Guerra en Nicaragua", fue el capitán Jarvis.

Al amanecer del 14 de septiembre tomábamos un frugal desayuno, cuando Salmerón, un espía nuestro, llegó a escape (corriendo) al campamento participando que el enemigo, en número de 300 hombres, se aproximaba por el sur. En el acto el Coronel Estrada dispuso que solamente quedase en el interior de la casa una escuadra que comandaba el teniente Miguel Vélez, y que el resto de la tropa ocupase la línea exterior. Se hizo así, y en esa disposición esperamos, con orden de no hacer fuego sino hasta que los agresores estuviesen a tiro de pistola.

A las 7:00 a.m. divisamos al enemigo como a 2 mil varas de distancia; marchaba a discreción y no traía cabalgaduras. Los jefes y oficiales vestían de paisano: levita, pantalón, chaleco, y sombreros negros; algunos portaban espada y revólver y otros rifles; y la tropa iba uniformada con pantalón y camisa de lana negros, sombreros del mismo color e iban atinados de rifles "sharp" y "negritos". Hicieron alto a tiro de fusil y se destacaron en tres columnas paralelas de 100 hombres cada una. Cuando estuvieron a una distancia conveniente, rompimos el fuego. Al recibir la descarga, en vez de vacilar se lanzaron impetuosamente sobre las trincheras: una columna atacó de frente, otra por la izquierda y la última por la derecha. Todas fueron rechazadas por tres veces; y hasta el cuarto asalto no lograron apoderarse de la trinchera por el lado izquierdo, cuando el valiente oficial Jarquín y toda la escuadra que defendía ese punto tan importante, hacían un nutrido y certero fuego sobre el resto de las líneas. Cortados de esta manera, teníamos que comunicarnos las órdenes a gritos. El infrascrito, con los Tenientes don Miguel Vélez y don Adán Solís, defendían el ala derecha; y yo como primer Teniente recibí la orden de defender el punto, hasta morir, si era necesario.

Mis compañeros se batían con admirable sangre fría. Los yanquis multiplicaban los asaltos pero tuvimos la fortuna de rechazarlos siempre. Uno de ellos logró subir a la trinchera y allí fue muerto -por el intrépido oficial Solís. Eran ya las 10:00 a.m. y el fuego seguía vivísimo. Los americanos, desalentados sin duda por lo infructuoso de sus ataques, se retiraron momentáneamente y se unieron a las 3 columnas; pero pocos momentos después al grito de ¡Hurra Walker!; se lanzaron con ímpetu sobre el punto disputado. Se trabó una lucha terrible, se peleaba con ardor por ambas partes, cuerpo a cuerpo.

Desesperábamos ya de vencer a aquellos hombres tenaces, cuando el grito de !Viva Martínez!;, dado por una voz muy conocida de nosotros, nos reanimó súbitamente. El Coronel Estrada, comprendiendo la gravedad de nuestra situación, mandó al Capitán Bartolo Sandoval, nombrado ese día segundo jefe en el lugar del Teniente Coronel Patricio Centeno, que procurase atacar a los yanquis por la retaguardia. Este bizarro militar se puso a la cabeza de los valientes oficiales Siero y Estrada y 17 individuos de la tropa, saltó la trinchera por detrás de la casa, logró colocarse a retaguardia de los asaltantes, les hizo una descarga y lanzando con su potente voz los gritos de ¡Viva Martínez ! ¡Viva Nicaragua!, cargó a la bayoneta con arrojo admirable.

Los bravos soldados del bucanero del norte retrocedieron espantados y se pusieron en desordenada fuga. Nosotros, llevando a la cabeza al intrépido Coronel Estrada, que montó el caballo de Salmerón, único que había, perseguimos al enemigo 4 leguas hasta la Hacienda "San Ildefonso". Allí mató Salmerón con su cutacha al jefe de los americanos Coronel Byron Cole y lo despojó de un rifle y dos pistolas. Nuestra pequeña fuerza tuvo 28 bajas entre muertos y heridos; entre los primeros figuraban el Capitán don Francisco Sacasa y el Subteniente Jarquín, y entre los últimos, el ahora Coronel don Carlos Alegría. Los filibusteros perdieron al Coronel Cole, al mayor cuyo apellido no recuerdo y que era el segundo jefe y 35 muertos mas, 18 prisioneros, contándose entre ellos el cirujano y muchos heridos que después hallaron muertos en los campos inmediatos.
Tal fue el memorable combate que abatió a los invasores y despertó loco entusiasmo en el ejército que defendía la Independencia de Centroamérica. Rivas, agosto 21, 1889. Alejandro Eva
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Testimonio del General Carlos Alegría, quien era capitán al momento de la batalla, material enviado por el arquitecto Huáscar Pereira Alegría, biznieto del que hizo este relato y publicado el 16 de septiembre de 2000 en el periódico El Nuevo Diario:

Estatua del Joven Andres Castro

El combate del 14 de septiembre

Relato y parte de guerra contada por el Mayor General Carlos Alegría.

Al amanecer del memorable 14, me encontraba convaleciendo en una casa contigua a la hacienda; los gritos, las descargas, el correr de las bestias y el llegar de los heridos y muertos, me hizo levantarme de la grave postración, pero sólo llegué a San Jacinto a lamentar tanto estrago dentro de mis compañeros y amigos. Después de una hora de terrible y mortal lucha, cuando ya habían caído muertos y heridos varios de nuestros principales oficiales, que no se podía atravesar el patio ni salir de la casa sin caer muerto por tener los filibusteros tomada la línea frente a los corrales, se juntaron en la puerta norte del mismo corral, los capitanes Liberato Cisne, Bartolomé Sandoval, tenientes José Ciero, Manuel Marenco, Miguel Vélez, Sargento Estanislao Morales, Francisco López (segoviano) y el Cabo Rocha (Cabeza de Palo). He aquí la discusión en la mortífera y terrible batalla, junto allí dijo Cisne: “Piquemos la retaguardia”. “Carguemos, contestó Bartolo”. Y no ha dilatado mi relato por la corta distancia que mediaba por tener los yankees la bayoneta de estos héroes sobre las espaldas. Semejante audacia causó espanto a aquellos bucaneros, y corrieron despavoridos sobre el abra donde pagaron con sus vidas semejante atrevimiento. Nos atacaron con un rigor desmedido por el flanco izquierdo, sureste del corral de madera, en donde Managua el Mayor Francisco Sacasa y el teniente Salvador Bolaños y allí estaba yo, junto con mi grupo de granadinos, incluso Joaquín Castillo con managuas y masayas.

Se peleaba casi cuerpo a cuerpo, porque faltaba parque y entonces arrojábamos piedras pero el que hizo más estragos fue un managua de apellido Castro, osado y fuerte, quien le lanzó una piedra un poco más grande y pesada que una bola de billar y la arrojó con todas sus ganas, lleno de un coraje extraordinario, al yankee en el lado de la frente por la izquierda, de tal modo que el filibustero quedó un instante a ahorcajadas, inclinado hacia atrás, tambaleándose sobre la cerca de madera, cayendo inmediatamente después moribundo dentro de la trinchera. No se imagina, decía don Cayetano, que el entusiasmo fue tan grande que reventó una gritería estrepitosa, pero como no había parque, peleamos cuerpo a cuerpo y con piedras, yo mismo y compañeros tiramos muchas como balas. Sin embargo, los filibusteros avanzaban más y más porque tenían todo en abundancia y por eso los nuestros comenzaban a buscar refugio en la Casa Hacienda, siendo el 1ro. un oficial Zaragoza con los suyos, después de estar firmes como una 2da. muralla detrás de la trinchera.

Ese estado fue terrible, pues ya estaban algunos en los corredores de la Casa-Hacienda y entonces el General Estrada, con un coraje muy grande, gritó para sostener el punto a varios militares que ya estaban entre la casa y el corral, entre ellos los capitanes Vélez, Solís y otros para contener la embestida hasta morir como fue mandado. Y así se hizo, dando nuevas órdenes inmediatas al mismo tiempo para contra atacar por retaguardia o flanqueo a los filibusteros, saliendo los nuestros por detrás de la Casa-Hacienda y dieron la vuelta como guerrillas por un lugar montañoso que nos los vieron hasta el momento de caerles encima a los atacantes, que sorprendidos y cayendo por el empuje de los nuestros, se retiraron corriendo, desgranándose como mazorcas, en momentos que ocurrió, como cosa inesperada, la irrupción de unos potros y de unas yeguas, que corrieron estrepitosamente sobre ellos. Asustadas las bestias por tantos ruidos de tiros y de los gritos que oyeron, quebraron piernas y brazos e hicieron huir, en una sola estampida, a los demás que podían correr. No había necesidad de este auxilio porque la victoria la teníamos en la mano, pero como siempre se agradece a la providencia de Dios, que quiso ahorrar sangre nicaragüense, tan sufrida.

Mucho debe la nación a todos aquellos valientes patriotas que duermen en sus tumbas al contorno de San Jacinto, el sueño eterno del olvido y que sólo la Patria y este compañero los recuerda. Abandonaron sus lugares para exponerse siempre a los peligros, haciendo lujo de las intemperies, expusieron sus vidas en ofrendas a las libertades conculcadas y por salvar a su Patria que se hallaba enteramente en poder del filibustero. La hubieran dado cuantas veces se las hubieran pedido. Son los únicos que pueden llevar en altos pedestales el nombre de héroes, porque también son los únicos que han luchado cuerpo a cuerpo con la mortífera arma de presión civilizada.

Son los primeros en América del Centro que como David han triunfado hasta con las piedras.

Mayor General — Carlos Alegría (14 de septiembre de 1886)
A treinta años de San Jacinto ¡¡¡Viva Nicaragua!!! ¡¡¡Viva la Patria!!!
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General Augusto C. Sandino

SANDINO, EL GENERAL DE HOMBRES LIBRES
Sandino
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En la segunda década del siglo XX, Nicaragua había sido intervenida militarmente por los marines del gobierno de los Estados Unidos. Ellos habían venido para intimidar y controlar a los partidos políticos locales -los cuales mantenían al país en una guerra civil por el poder- y así lograr que la silla presidencial fuese ocupada por un nicaragüense adepto y sumiso quien les continuara garantizando la voraz explotación que ese país hacía en Nicaragua. Y todo iba bien para ellos, la mayor potencia del mundo, hasta que comenzaron a enterarse por las malas de un general pequeño en estatura física pero gigante en consciencia patriótica, apoyado por un ejército de campesinos, quién no estaba dispuesto a permitir el sometimiento de su libre y soberana nación. Ese era Augusto C. Sandino, el general de hombres libres, el héroe de las Segovias.

LA GUERRA CONSTITUCIONALISTA[/COLOR]

Antes de iniciar su heróica lucha, Sandino participó en la guerra civil al lado de las fuerzas del partido Liberal, que intentaban recuperar la presidencia de la república luego de ser expulsados mediante un golpe de Estado por su rival, el partido Conservador.

En enero de 1925, tras la celebración de comicios electorales, asume el poder el partido Liberal con su formula compuesta por Carlos Solórzano como presidente y Juan Bautista Sacasa como vicepresidente. Sin embargo, este resultado no fue del agrado del candidato perdedor, el general conservador Emiliano Chamorro, quien de inmediato comenzó a planificar su ascenso al poder por la vía de las armas.

Solamente un año logró durar el gobierno liberal en el poder. Tras dos intentos de golpe de Chamorro, el presidente Solórzano renunció al poder dejando vacante su puesto, que normalmente debía ser ocupado por su vicepresidente, Sacasa; sin embargo, éste había huido al extranjero, acosado por soldados conservadores. Fue así, entonces, que el congreso nicaragüense nombró a nada más y nada menos que Emiliano Chamorro como presidente provisional, quien asumió en enero de 1926.

Los liberales exiliados en México, liderados por Sacasa, comenzaron a organizarse para retornar al país y recuperar la presidencia que legalmente, según lo establecía la constitución política, debía ser entregada al vicepresidente electo. Embarcaron tropas y armamento y alcanzaron la costa del Atlántico de Nicaragua, iniciando de ese modo la guerra llamada “constitucionalista”.

El general José María Moncada era el jefe miliar de la expedición liberal. Habían desembarcado en la ciudad de Puerto Cabezas, en el caribe norte del país. A pesar de la inferioridad bélica, lograron mantener la posición y ganar otros pueblos de la región. En el pacífico, otro desembarco liberal fue destrozado por las fuerzas conservadoras. Comenzaban, también, a registrarse levantamientos liberales en otros puntos del país.

Estados Unidos, desde antes de la llegada de los liberales a Puerto Cabezas, había enviado barcos de guerra a las costas nicaragüenses, con el argumento de velar por la vida y bienes de los ciudadanos estadounidenses residentes en Nicaragua. El jefe militar norteamericano de la flota llamó a ambos bandos para tratar de remediar la situación. Los conservadores, con la intención de ganar el apoyo “gringo”, arreglaron la renuncia de Chamorro (quien por golpista no podía ser reconocido por el gobierno del norte, según tratados internacionales promovidos por ellos mismos) y nombraron como presidente a Adolfo Díaz, quien asumió el poder en noviembre de 1926 y resultó ser la marioneta perfecta para los intereses de los Estados Unidos.

Los liberales continuaron en la lucha, al mando de Moncada. Pocos días después, la llegada a Puerto Cabezas del jefe político de los liberales y reclamante de la presidencia, Juan Bautista Sacasa, llevó a la situación a un punto más tenso.

Al saber del arribo de Sacasa, Augusto C. Sandino, desde ya un líder de influencia en su círculo laboral, viaja con algunos compañeros a Puerto Cabezas para participar en la guerra constitucionalista. Allí, el general Moncada rechaza darle un puesto militar y armamentos a Sandino, quien a pesar de ello lo salvaría meses después de una derrota definitiva.

Estados Unidos ya había reconocido a Adolfo Díaz como presidente oficial de Nicaragua, sin embargo, negaba que la presencia de sus barcos fuese para participar en el conflicto nicaragüense. A pesar de ello, el 24 de diciembre de 1926, las tropas de marines desembarcan en Puerto Cabezas, base de operaciones liberales, y la declaran zona neutral, lo que implicaba desarmar o sacar a soldados liberales armados. Ese fue el primer síntoma definitivo de intervención.



Marines desembarcando en Corinto, marzo de 1927.

Dos semanas después, el 6 de enero de 1927, tropas norteamericanas entraron a Nicaragua con el argumento de resguardar su legación y la vida y bienes de sus ciudadanos residentes en el país; también pretextaban que el gobierno mexicano, al que acusaban de pro comunismo, pretendía enviar tropas a Nicaragua. Aunque se declaraban neutrales, frecuentemente participaban directa o indirectamente en favor de los conservadores, tanto así que sus aviones bombardearon la ciudad de Chinandega que había sido tomada por tropas liberales; sobre ese hecho, el gobierno de Estados Unidos aseguró al mundo que los aviadores habían actuado bajo su propia voluntad, y no por ordenes oficiales.

Dos meses y medio después, los informes de los marines norteamericanos que eran “observadores” de la guerra señalaban al mundo que las tropas constitucionalistas habían sido derrotadas en casi todos los puntos del país, y que Moncada, acorralado por los conservadores, estaba a punto de ser abatido en Chontales.

Sin embargo, poco tiempo después los cables de prensa internacionales informaron con sorpresa que un batallón liberal, liderados por un general de nombre Sandino hasta el momento desconocido, había tomado la ciudad de Jinotega y se dirigía al rescate de Moncada.

Esa fue la primera aparición del nombre de Sandino en la prensa internacional. Sin embargo, a pesar de sus victorias, la guerra constitucionalista terminaría deshonrosamente pocos días después. Moncada, jefe militar del gobierno reclamante de Sacasa, reunido en Tipitapa con los conservadores y marines, negoció la rendición del ejercito constitucionalista por la realización de elecciones súper vigiladas (por los marines) en las que él podría participar como candidato. A pesar de la evidente traición a la causa, las tropas liberales fueron desarmadas y Sacasa huyó a Costa Rica.

Aunque fue el fin de la causa liberal constitucionalista, fue también el nacimiento de la heróica lucha libertaria de Sandino, quien no entregó las armas e informó que con sus hombres se declaraba en rebeldía, mientras en Nicaragua permanecieran soldados invasores y gobernara el traidor Adolfo Díaz, a quienes combatiría.


EL INICIO DEL SANDINO COMBATIENTE

Augusto C. Sandino nació el 18 de mayo de 1895 en el entonces pueblo de Niquinohomo, en el departamento de Masaya. Era hijo natural (no legítimo) de Margarita Calderón y el pequeño terrateniente Gregorio Sandino. De hecho, se supone que la “C” que en su firma precede a su apellido, y que se asume como la letra inical del nombre “César”, es en realidad la inical de su apellido materno: Calderón.

Fue criado por su madre, con quien se dedicaba a labores agrícolas. En su juventud laboró como obrero en diferentes puntos del país, y otros países centroamericanos. Luego, se trasladó a México y trabajó en las petroleras de Tampico y Cerro Azul. Es allí donde empieza a gestarse en él la idea de regresar a su amada y sometida patria, tras entrar en contacto con la convicción de los fuertes sindicatos mexicanos.

Emprendió su viaje de retorno a Nicaragua el 15 de mayo 1926, y empezó a laborar en la Mina de San Albino, al norte del país, propiedad de un estadounidense. Aquí comenzó a promover en sus compañeros de labores el ideal patriótico que habitaba su ser. Luego de estallar la guerra constitucionalista, utiliza sus ahorros (traídos de México) para comprar algunas armas en la frontera con Honduras, y huye con un grupo de compañeros tras hacer explotar la Mina de San Albino.



Augusto C. Sandino


Con todos los ánimos de lucha, Sandino se entrevista en Puerto Cabezas con Moncada, a quien pide armas, municiones e instrucciones, y le propone hacerse cargo de la región de Las Segovias (departamentos norteños del país) para cubrirle el flanco norte mientras él avanzara hacia la capital, Managua. Sin embargo, Moncada lo desprecia y no le da absolutamente nada.

Acontece entonces la ocupación de la ciudad de Puerto Cabezas por los marines norteamericanos, quienes la declaran zona neutral y confiscan las armas a los soldados liberales encontrados en el lugar. La noche de ese día fue usada por Sandino para recuperar los rifles que habían sido tirados a un río por los marines. Para tal acción fue ayudado por varias prostitutas, a quienes había convencido de la importancia patriótica de la lucha constitucionalista.

Con sus armas y sus hombres se dirige a las montañas del norte, tras ser aceptado no de buena gana por Moncada. En un pequeño pueblo tiene su primera refriega, la cual no gana por diferencia numérica. Se dirige, entonces, al poblado de San Rafael del Norte, que se convierte en su base de operaciones, y desde allí comienza a ganar batallas en las poblaciones vecinas. También allí conoce a la telegrafista Blanca Aráuz, a quien hace su novia.

Sin embargo, el ejercito constitucionalista estaba siendo derrotado en casi todos los otros puntos. Los conservadores eran ayudados directa o indirectamente por los marines estadounidenses, y ya tenían cercado al general Moncada en Chontales, a medio camino entre Puerto Cabezas y Managua. En ese momento de desesperación, Moncada, quien siempre había despreciado a Sandino, le manda un comunicado y le ordena que venga en su ayuda, o lo responsabilizaría ante una derrota constitucionalista.

Ante la apremiante situación de su causa, Sandino decide mandar un grupo de voluntarios a Moncada, y para concentrar la atención de los destacamentos enemigos en la zona norteña, ataca la ciudad de Jinotega (abril 1927), y tras una fuerte batalla la toma finalmente. Aquí se reúne con varios otros generales liberales derrotados en otros puntos del país.

Pocos días después sale con sus tropas y los otros generales a Chontales, a socorrer a su líder militar. Los soldados de Sandino iban como avanzada. Al acercarse a la zona de batalla, atacaron y destruyeron uno de los puntos fuertes del ejército conservador que anillaba a Moncada.

Las tropas conservadoras se retiraron a Managua, para protegerla del avance liberal. Moncada, tras ser liberado, inició su marcha a la capital por las vías liberadas por Sandino, y a éste le ordenó que permaneciera en el sitio para cuidar uno de sus flancos. Cumpliendo la orden, el general de Las Segovias se aprestaba para atacar la ciudad de Boaco, cuando le fue comunicado un armisticio de 48 horas debido a una reunión que tendría Moncada con el enemigo, con la mediación de los estadounidenses.

Sandino obedece las órdenes, pero luego parte a Jinotega para restablecer su tropa, pues sus hombres, sin actividad y sin nada que comer, comenzaban a regresarse desordenadamente a sus hogares en el norte.

Estando allá se entera del pacto firmado por Moncada en El Espino Negro, Tipitapa (departamento de Managua), con el cual ponía punto y final a la guerra constitucionalista y aceptaba la permanencia de los marines norteamericanos en suelo nicaragüense.

Era el mes de mayo de 1927. En ese mes celebraría su cumpleaños, se casaría con Blanca Aráuz e iniciaría su monumental y heroica lucha en contra de la intervención de marines estadounidenses en su soberana e independiente Nicaragua.

Sandino, el héroe de Las Segovias

En Jinotega, tras conocer el arreglo firmado por Moncada, el general Sandino reagrupó a sus hombres y se negó a entregar las armas. Trataron de convencerlo el mismo Moncada y los marines, pero él indicó que su causa no había finalizado con el pacto traicionero, y se acuarteló en San Rafael del Norte.

La prensa norteamericana anunciaba el fin de la guerra en Nicaragua, y que ya todos los jefes liberales se habían desarmado, excepto por uno llamado Sandino. Pronto el general de hombres libres realizó acciones para hacer ver que su posición iba en serio. Primero tomó la mina de San Albino, y luego atacó el pueblo de Ocotal.

Tras el ataque de los marinos que utilizaban aviones bombarderos, hizo conocer un manifiesto en el que justificaba su posición: que sus tropas son organizadas e idealistas y no bandas criminales, que prefieren la muerte como patriotas antes que el sometimiento y que esperan en la montaña y con fúsil en mano a los traidores e invasores.

El 2 de septiembre de 1927 Sandino, a través de un manifiesto, le da un giro a su lucha: ya no se trata de una guerra civil, sino una lucha entre patriotas e invasores; pues tanto conservadores como liberales habían pedido la intervención de los marines estadounidenses. Como consecuencia de esto, en las calles, las personas solían decir: Cinco liberales y cinco Conservadores suman Diez Bandidos.

Por lo tanto, con un puñado de no más de 30 hombres y el apoyo de algunas mujeres campesinas, se interna en las montañas del norte de Nicaragua para luchar contra los Infantes de Marina estadounidenses.

Poco a poco Sandino incrementó sus efectivos, hasta llegar a ser unos 6000, quienes conformaban el llamado "Ejército Defensor de la Soberanía Nacional"; esto debido en parte a los desmanes cometidos por los infantes de marina estadounidenses, quienes acostumbraban violar mujeres campesinas en los lugares que ocupaban. Si bien en algunos combates Sandino es vencido (como en el de El Chipote, que le obligó a desalojar su cuartel general) Sandino constantemente infligía derrotas sangrientas a los marines estadounidenses, no acostumbrados a pelear en las espesas selvas tropicales. Uno de los más memorables combates se dio en El Bramadero (1929), donde las tropas de Sandino infligieron una terrible derrota a un batallón de marines, utilizando en la fase final del combate los temibles "machetes", armas blancas capaces de decapitar de un solo tajo a un hombre. A partir de ese momento los marines, quienes llamaban "bandidos" a los sandinistas, empezaron a llamarlos "guerrilleros."

Otro memorable combate, librado en fecha anterior (1927), fue el de Ocotal, donde Sandino, después de tomar casi todo el poblado y obligar a los marines a atrincherarse en las dos manzanas centrales, saquea el pueblo; en esa ocasión los estadounidenses se vieron forzados a usar la aviación para romper el cerco. Sandino se retiró sin mayores problemas, mientras Ocotal sufría el primer bombardeo aéreo de la historia de América Central (el primer bombardeo de la historia de América Latina fue realizado por el F.K.8 tripulado por Stewart y Cusmanich, bombardeando tropas rebeldes en las cercanías de la ciudad de Paraguarí, Paraguay el 29 de junio de 1922).

Realizó diversas incursiones como el atacar y destruir la mina de La Luz, propiedad del ex secretario de Estado norteamericano Knox o la batalla de Bramadero. Las acciones de Sandino le fueron dando fama por todo el país y por los países de Hispanoamérica. Esa fama producía que muchos hombres llegaran dispuestos a integrarse en sus filas. A mediados de 1928 Henri Barbusse le llamaba General de Hombres Libres.
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La silueta de Sandino aún se observa en
muchos sitios de Nicaragua.


La causa de Sandino comenzó a ser reconocida por la prensa internacional. Diarios de México, Colombia, Argentina y Brasil, así como de los propios Estados Unidos, publicaban con frecuencia editoriales y artículos en apoyo a los combatientes nicaragüenses. El gobierno norteamericano argumentaba que su permanencia en Nicaragua era para garantizar unas elecciones limpias y sin contratiempos.

Aunque siempre minimizada y desvirtuada por el gobierno de Washington, la acción de Sandino llegó a ser tan efectiva que empezaron a enviarse marines de refuerzo, armamentos y aviones de guerra a Nicaragua. También, comenzó a reclutarse y entrenarse a un ejército local dirigido por oficiales norteamericanos, que poco después sería conocido como la Guardia Nacional.

A finales de ese año, las batallas ya eran más frecuentes, y a pesar de la inferioridad en armamento, entrenamiento y a veces numérica, las tropas de Sandino, apoyadas por la población, demostraban ser un enemigo respetable. Las bajas de marines y soldados de la Guardia Nacional eran continuas; en las selvas montañosas y poblados rurales, las emboscadas, la dinamita y el machete hacían estragos en sus filas. Los bombarderos, por su parte, destrozaban poblaciones civiles y campamentos guerrilleros por igual.

Muchos escritores latinoamericanos, organismos y la opinión pública comenzaron a expresarse a favor de Sandino, y a declararlo héroe de la dignidad de la América Latina, ante el atropello del imperialismo norteamericano.

Cuando las autoridades militares estadounidenses preguntaron a Sandino sus condiciones para abandonar la lucha, éste señaló tres únicos puntos: uno, el retiro inmediato de las fuerzas invasoras del territorio nicaragüense; dos, la sustitución de Adolfo Díaz por un ciudadano no candidato a la presidencia; tres, que las próximas elecciones a realizarse en el país fueran vigiladas por representantes latinoamericanos y no por los marines norteamericanos.

Al ser inconcebibles tales simples puntos para el gobierno norteamericano, la lucha tuvo que proseguir. Ya Sandino había bautizado a su tropa como el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, su bandera era de franjas roja y negra y su consigna “patria y libertad”.

El año de 1928 transcurrió entre combates entre la bien equipada Guardia Nacional y los marines, en contra de las tácticas de ataque relámpago de las tropas sandinistas. A finales de ese año se llevan a cabo las elecciones vigiladas únicamente por Estados Unidos, y resulta vencedor José María Moncada, el traidor y antiguo comandante de Sandino. Sorprendentemente, Juan Bautista Sacasa, antiguo jefe de la lucha constitucionalista, acepta el cargo de embajador de Moncada en Washington. Ambos, para esa fecha, ya elogiaban la intervención y apoyo a la democracia que hacía Estados Unidos en Nicaragua

El general guerrillero decide viajar a México, en busca de apoyo para su causa y para evitar darles a los marines una excusa más para quedarse en Nicaragua. En su recorrido, aceptado por los norteamericanos y protegido por las legaciones mexicanas en Centroamérica, fue saludado por grandes manifestaciones en Honduras, Guatemala y México.

En Nicaragua, los marines permanecieron, Moncada asumió el poder y las tropas de Sandino, bajo instrucciones de él, continuaron su lucha guerrillera.

Fue infructuosa la estadía de casi un año de Sandino en México. Aparentemente, el gobierno mexicano, confabulado con el estadounidense, pretendía retenerlo el mayor tiempo posible en ese país. Sin embargo, burlando la seguridad de su custodia mexicana, logró escapar y atravesar clandestinamente las fronteras, hasta llegar hasta sus cuarteles.

La acción guerrillera continuó. A veces, por períodos medianos de tiempo, Sandino desaparecía y se especulaba que había huido, pero pronto aparecía dando golpes certeros a los cuarteles enemigos cercanos. Así transcurrió la actividad: ni los marines ni la Guardia Nacional lograban eliminar a Sandino; ni éste lograba alguna clase de apoyo internacional a su causa o el retiro de los invasores en Nicaragua.

En 1933, tras salir vencedor en las siguientes elecciones, Juan Bautista Sacasa sube a la presidencia de Nicaragua, a como debía haberlo hecho en 1925, antes de la guerra constitucionalista. Ese mismo año, el 2 de febrero, el último soldado norteamericano destacado en el país para derrotar a Sandino, salió del país sin haber logrado el objetivo.

Sin más razones para la guerra, Sacasa declara una amnistía y entrega tierras a Sandino y sus tropas en la región segoviana. Los revolucionarios y su jefe aceptan deponer las armas, y comienzan a integrarse a la vida civil como productores agropecuarios.


ANASTASIO SOMOZA GARCIA

Anastasio Somoza García


Sin embargo, otro funesto y ambicioso personaje de la historia nacional comenzaba a sacar sus garras. Un año antes del armisticio, en 1932, la Guardia Nacional pasaba por primera vez a ser comandada por un militar nicaragüense: Anastasio Somoza García. Éste, al año siguiente, inició una persecución evidente en contra de los antiguos soldados sandinistas, causándoles arrestos ilegales, golpizas y hasta la muerte.

Tal situación llevó a Sandino a Managua, para quejarse ante el presidente Sacasa. Fue recibido con una cena de gala, por el presidente y por el mismo Somoza. Tras arreglar un compromiso de cese de hostilidades, se marchó. En la carretera, dentro de la ciudad, su automóvil fue interceptado por soldados de la Guardia Nacional, los cuales dirigieron al héroe y sus acompañantes hasta un punto, en donde fueron acribillados a balazos.

Ese fue el fin de la gesta heroica de uno de los personajes más importantes de la historia Latinoamericana, a pesar de que la misma historia se encargó de hacer olvidar su lucha. En la misma Nicaragua, Somoza prohibió el nombre de Sandino y el reconocimiento de su hazaña hasta que fue rescatada por una nueva generación de idealistas, casi medio siglo después de su muerte.

Hoy en día, aún se desconoce el lugar donde mataron y enterraron al General de Hombres Libres, pero su aporte está de nuevo encontrando con fortaleza su lugar en las páginas de la historia. Sandino, vale destacar, nunca quiso ser presidente.


Palabras De Sandino.. ¨ La soberanía de un pueblo no se discute, sino que se defiende con las armas en la mano... la resistencia armada traerá los beneficios a que usted alude, exactamente como toda intromisión extranjera en nuestros asuntos trae la pérdida de la paz y provoca la ira del pueblo.¨

Turismo

Nicaragua un pequeño país lleno de maravillas, ofrece amplios paisajes que van desde la sabana hasta las selvas y playas. En los últimos años Nicaragua se ha preparado para el turismo, y ahora se encuentra en un momento mágico e ideal en el que puedes encontrar aventura y seguridad, infraestructura hotelera muy aceptable y variada, una naturaleza salvaje y ciudades coloniales auténticas y muy bien conservadas. Comprobarás que Nicaragua no se viste para los viajeros; lo que ves es lo que hay; y eso es todo un lujo.

La Boquita: Se puede ir por Diriamba, darse una vuelta por el Reloj y comprar rosquillas para el camino. La Boquita ofrece una serie de enramadas así como hospedajes módicos.


San Juan del Sur: con su bahía en forma de herradura, es uno de los balnearios más visitado. Aquí se encuentran hoteles de todo precio, desde los más lujosos hasta los más módicos. Una cadena de restaurante rodea la playa ofreciendo variedad de tragos y platos, especialmente de mariscos. Cerca están otras playas de surfeos.


Poneloya: A menos de media hora de León, actualmente una moderna carretera recién construida por la Cuenta Reto del Milenio, lo lleva a las calurosas aguas de Poneloya. Puede comerse unas lentejas donde el “Pariente Salinas”. Algunos hospedajes tienen viejas historias de personalidades que allí han pernoctado. Barceló Montelimar:Con su programa “Todo incluido”, Barceló Montelimar ofrece sus amplias playas y las claras aguas de sus piscinas. Cerca de Pochomil y a unos 60 kms. de Managua.






Bluefields: Si desea hacer un viaje un poco más largo utilizando el transporte aéreo puede visitar una de las capitales del Reggae, por la descendencia de la población de esclavos jamaicanos. Aquí puede probar variedad de comida a base de aceite de coco y el famoso Rondón. Por la noche puede ir a bailar reggae a las discotecas.


Pochomil: a un poco más de 60 kms. de Managua, es uno de los balnearios más populares. Se puede uno ir a instalar en una ramada, pedir el trago respectivo y un pescado frito del tamaño al gusto del cliente. Cerca están las playas de Huehuete y Masachapa.



Corn Island: A poco tiempo están las paradisíacas islas de Corn Island y la pequeña Corn Island, De Bleufields el viaje puede ser por barco o por vía aérea. Sus aguas azuladas y una hilera de cocos, invita al descanso placentero, al nado y al buceo.
Nicaragua esconde muchos lugares sorprendentes, si no desea por hoy las vacaciones de Sol y Playa, las tours operadoras ofrecen otras opciones:

Granada: con su centro histórico de carácter colonial resalta gran belleza. Tras un vistazo y un descanso sobre la larga calle de “La Calzada”, llena de bares y de restaurante que ofrecen diversos y variados tragos y gastronomía. Asimismo en el mercados y los parques puede disfrutar del célebre vigorón.


Tiene la oportunidad de visitar el Lago Nicaragua, el segundo más grande de Latinoamérica, con sus bellas isletas.


Aquí cooperativas de lancheros ofrecen tours en las isletas. De aquí se puede ir también a San Jorge, visitar el Volcán Mombacho o trasladarse a la turística isla de Ometepe.León: Es otra ciudad colonial que se puede visitar en estas vacaciones navideñas y de fin de año. La ciudad de León fue una de las antiguas capitales de Nicaragua, al igual que Granada. Todo el que visitar la ciudad no deja de apreciar la monumental Catedral de León, donde se guardan los restos del insigne poeta nicaragüense Rubén Darío. Puede visitar la Iglesia La Merced, patrona de León. Asimismo sus museos y se puede hospedar en las hosterías caracterizadas por una atención familiar.


La Ruta del Agua: Es otra alternativa para vacacionar y disfrutar de las exhuberancias de la flora y la fauna en un recorrido por el Lago de Nicaragua, San Carlos, Solen-tiname y Río San Juan, con su histórico Castillo.

La Ruta del Café: Es una nueva opción de turismo comunitario que impulsa el Instituto Nicaragüense de Turismo en las zonas cafetaleras de Matagalpa, Jinotega, Las Segovias y Estelí.

Masaya y los Pueblos: Si es amante de la artesanía, el mondongo, ‘las cosas de horno” y de un buen clima puede visitar Masaya y los ‘Pueblos Blancos’.

Para los capitalinos que deseen quedarse en casa

Puede comenzar un recorrido por la Plaza de la Revolución, darle un vistazo a la vieja Catedral y darse una vuelta por el muelle “Salvador Allende”. Cerca y a pocos metros está el Centro Cultural y el Parque “Rubén Darío”. Se puede visitar la moderna Catedral de Managua. Está el monumento a Sandino en la Loma de Tiscapa. Se pueden visitar los diversos centros comerciales como Galería Santo Domingo, Metrocentro e Intercontinental. OFERTAS TURISTICAS DE FIN DE AÑO











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