A normal man's chronicle.<Chapter 10>
Friday, October 31, 2008 1:19:58 AM
Chapter 10:
Spanisheol:
Se oye el chasquido tan comun en nuestros días de un encendedor. Enseguida el papel quemandose del cigarro. El humo se adentra en los pulmones, irritando sutilmente la garganta. El hombre, vestido de piel con todo y mascara, exhala la grisacea substancia que le calma los nervios. Sus venas se expanden y la sangre fluye facilmente por todo su cuerpo, mientras la adrenalina inhunda sus sentidos. Sus ojos se agrandan y con uno de esos gritos parecidos a los de un cerdo en matadero, explotan, convirtiendose en muñones sangrantes, saliendo de los huecos de su craneo.
El otro hombre, antes vestido de ropas blancas, ahora viste ese rojo tan puro y cuelga de un asta, en la cual fue empalado. Su brazos, tensos por su infinita agonía, parecían tratar de agarrarse del pelo y bajar del tronco, que lo atravesaba, saliendo por donde solía estar su cara.
El estrepitoso ruido de los gritos de el hombre al ser empalado calaban los huesos del asesino haciendole ver que el final de la vida del hombre concluiria con el tormento que cargaba a cuestas de un pedazo de vidrio.
Sus ojos ya no podían ver, pero él sabia que el propósito del hombre había llegado a su fin. Sabia que pronto la sangre de sus propios adentros fluiría por el suelo como agua de lluvia y pasaría a ser uno de muchos deshechos sin una propia muerte, sin un entierro, sin alguien que lo recordara.
Mientras tanto el otro hombre estaba sentado junto al asta fumando un cigarro, con los antes llamados ojos sangrando. Sin muestra alguna de dolor se levantó de donde estaba sentado, lanzando la colilla del cigarro de una manera en la que solo un profesional del vicio lo haría y dejando que la memoria guie sus pasos, regresó a ese lugar donde todavía quedaba el leve rastro de la luz diurna a la que tanto despreciaba.
Spanisheol:
Se oye el chasquido tan comun en nuestros días de un encendedor. Enseguida el papel quemandose del cigarro. El humo se adentra en los pulmones, irritando sutilmente la garganta. El hombre, vestido de piel con todo y mascara, exhala la grisacea substancia que le calma los nervios. Sus venas se expanden y la sangre fluye facilmente por todo su cuerpo, mientras la adrenalina inhunda sus sentidos. Sus ojos se agrandan y con uno de esos gritos parecidos a los de un cerdo en matadero, explotan, convirtiendose en muñones sangrantes, saliendo de los huecos de su craneo.
El otro hombre, antes vestido de ropas blancas, ahora viste ese rojo tan puro y cuelga de un asta, en la cual fue empalado. Su brazos, tensos por su infinita agonía, parecían tratar de agarrarse del pelo y bajar del tronco, que lo atravesaba, saliendo por donde solía estar su cara.
El estrepitoso ruido de los gritos de el hombre al ser empalado calaban los huesos del asesino haciendole ver que el final de la vida del hombre concluiria con el tormento que cargaba a cuestas de un pedazo de vidrio.
Sus ojos ya no podían ver, pero él sabia que el propósito del hombre había llegado a su fin. Sabia que pronto la sangre de sus propios adentros fluiría por el suelo como agua de lluvia y pasaría a ser uno de muchos deshechos sin una propia muerte, sin un entierro, sin alguien que lo recordara.
Mientras tanto el otro hombre estaba sentado junto al asta fumando un cigarro, con los antes llamados ojos sangrando. Sin muestra alguna de dolor se levantó de donde estaba sentado, lanzando la colilla del cigarro de una manera en la que solo un profesional del vicio lo haría y dejando que la memoria guie sus pasos, regresó a ese lugar donde todavía quedaba el leve rastro de la luz diurna a la que tanto despreciaba.










