España, mi natura; Italia mi ventura; Flandes, mi sepultura. ¡Santiago y cierra España!

Hombres de valor innato, forjaron con sangre y fuego, glorioso Imperio Hispano, como linde el orbe entero,

Archive: March 2012

Herido en un muslo, intentó seguir la defensa, por lo que recibió varias heridas de bayoneta cuando luchaba con su sable junto a los cañones


Capitán

Servicio/rama: Artillería del Ejército de Tierra
Años de servicio: 26
Lealtad: España


Lugar de operación: Cuartel de Monteleón
Participó en: Levantamiento del 2 de mayo

Acusaciones: Insurrección
Nacimiento: 10 de febrero de 1767,Sevilla
Fallecimiento: 2 de mayo de 1808 (41 años). Cuartel de Monteleón, Madrid


Luis Daoíz nació en el seno de una familia aristocrática andaluza. De tiempos de la Reconquista procedía el linaje de don Luis Daoiz Torres. Ascendiendo por línea paterna a insignes caballeros como don Berenguer D'Aoiz, que se estableció en Navarra; don García Garces D'Aoiz que intervino en la famosa batalla de las Navas de Tolosa y don Joaquín D'Aoiz, natural de Pamplona, que a mediados del siglo XVII tomó posesión del cargo de alguacil mayor y regidor perpetuo de Gibraltar, teniendo que pasar por el doloroso trance de perder la plaza en manos de los ingleses. El amor a la patria de aquel anciano, enardecido contra los invasores, se transmitió a través de su hijo Martín, en su nieto don Luis Daoiz. Es a partir del indicado don Joaquín, regidor de Gibraltar, cuando los Daoiz se hacen andaluces.

Desde la pérdida de Gibraltar, la familia D'Aoiz instala su residencia en el Puerto de Santa María y en Sanlúcar de Barrameda, donde tenían propiedades como las fincas llamadas Quesada, en Cádiz; Espínola, en el Puerto de Santa María y Monreal en Medina Sidonia. También en Navarra tenían dos señoríos, nueve merindades y la casa principal, con campos y viñas en Aoiz. A partir de entonces, el apellido D'Aoiz también se andaluza, convirtiéndose en Daoiz. Don Martín contrajo matrimonio en Sevilla con doña Francisca Torres Ponce de León, hija de los condes de Miraflores, el 2 de febrero de 1766.

Luis Daoíz nació en Sevilla, en el palacio de Miraflores de los Ángeles el martes 10 de febrero de 1767 y fue registrado en el folio 26 del libro de bautismo de la parroquia de San Miguel como Luis Gonzaga Guillermo Escolástica Manuel José Joaquín Ana y Juan de la Soledad Daoíz. Su padrino fue fray Juan Mateos, un presbítero de los Carmelitas calzados. Sus hermanos se llamaban María del Rosario, primera condesa de Daoíz, Francisco y Josefa.

Durante su infancia vivió en el palacio de su abuela materna en Sevilla y pasó algunos veranos en la casa que ésta tenía en Mairena del Alcor. Estudió en el colegio jesuita de San Hermenegildo, que se ubicaba en el espacio que ocupa la plaza de la Gavidia y varios edificios próximos.

Es interesante anotar lo que dice González de León en sus «Calles de Sevilla», libro publicado en 1839.

«Calle del Hospicio de Indias. Está en el cuartel C y en la parroquia de San Miguel. Se llamaba de la Cruz por un pequeño retablo con una cruz y así se llamó hasta 1699, que la Compañía de Jesús labró en ella, para hospicio de los padres de su religión que pasaban o volvían de las Indias. Esta casa, en parte derribada, está ahora sirviendo de cuartel de Infantería (en la actualidad se ha respetado parte de lo edificado para el parlamento andaluz, y el resto para una plaza). El callejón es estrecho y pasa desde la calle de las Palmas, a la plaza. de la Gavidia ampliado por su final con el derribo de una casa principal que en él había». Esa casa principal debió ser la habitada por Daoiz. Recibió las enseñanzas primarias en su propio domicilio y más adelante los primeros estudios en el colegio de San Hermenegildo, regido por los P.P. jesuitas, y situado próximo a su domicilio. En este centro de enseñanza se fue ilustrando la inteligencia de nuestro joven Luis, así como enriqueciéndose su espíritu con los hábitos de la obediencia, la cortesía y las prácticas religiosas. Entrando ya en los años de la pubertad mostró sus deseos de ser útil a la patria en la noble ocupación castrense, por lo que su padre solicitó y obtuvo la plaza en el Real Colegio de Artillería de Segovia. Aprobada la información de nobleza que entonces exigía este nobilísimo cuerpo, en expediente expedido el 10 de julio de 1781 por el escribano del rey, don Manuel García de Castro y del teniente asistente de Sevilla, don Fernando Vivero Sánchez, ingresó Daoiz en el Real Colegio de Artillería de Segovia a los quince años de edad. Como curiosidad se puede aportar que en el libro de padrones de la parroquia de San Miguel, figuraba el año 1767 Luis Daoiz empadronado con sus padres en la plaza de la Gavidia y callejón de Colegio, pero en 1782 ya no figuraba, porque contando con 15 años había ingresado en el colegio de artillería de Segovia. Continuaban figurando sus hermanos doña Ma. del Rosario, don Francisco y doña Josefa.”



En Segovia permaneció Daoiz como cadete desde el 10 de febrero de 1782 al 9 del mismo mes del año 1787. Durante este periodo demostró ser un buen estudiante, tenaz e inteligente, distinguiéndose de manera especial en la esgrima de sable, y de espada, donde su agilidad y agresividad alcanzó entre sus compañeros de academia fama de experto y temible.

Llegado el año 1790 se ofreció voluntario para marchar a Ceuta al mando de una batería de su regimiento, para intervenir en la defensa de dicha plaza. Al año siguiente fue enviado a la ciudad de Orán como agregado a la compañía de minadores.

Su gran espíritu y concepto de la responsabilidad, le hizo solicitar le fuese permitido estar agregado a los minadores, pero sin perder su destino en la batería a su cargo. Su brillante comportamiento le valió ser ascendido al grado de teniente de artillería el 18 de febrero de 1792.

Cuando la revolución francesa alcanzó los extremos de demencia y terror que relata la historia, queriendo España dar prueba de sus sentimientos monárquicos y religiosos, se dispuso a ayudar a Luis XVI, declarando la guerra en 1793 a la República Francesa.

En realidad, más que declarar la guerra a Francia y a su república, España lo que hizo fue declarar la guerra a la Revolución Francesa, como espíritu de reacción, contra quienes cortaron la cabeza a Luis XVI y a María Antonieta.

En marzo de 1794, participó en numerosas acciones de la segunda parte de la Guerra del Rosellón contra la Francia revolucionaria. El 25 de noviembre de ese mismo año, Luis Daoíz fue hecho prisionero, permaneciendo en Toulouse como tal. Durante su cautiverio, conocida su valía como militar y artillero, sus conocimientos matemáticos y de varias lenguas, entre ellas el inglés, el francés, el italiano y el latín, recibió ofertas de pasarse al bando revolucionario francés, ofertas que rechazó, pues era su único deseo regresar a España para prestar sus servicios en su defensa. Tras la firma de la Paz de Basilea en 1795, que puso fin a la contienda, fue liberado y volvió a su destino en El Puerto de Santa María.

Apenas terminada esta guerra contra Francia, comenzaron las hostilidades contra Inglaterra. En esos momentos la Armada española intentaba reorganizar sus buques y ponerlos en orden de combate, pero la escasez de oficiales especialistas hizo que tuvieran que demandar hombres a los cuerpos del ejército de tierra para completar la dotación de los buques de guerra. Por ello, en 1797, Daoíz fue destinado como refuerzo del contingente de los oficiales de la Armada y el 11 de julio de ese mismo año le confiaron el mando de una tartana cañonera con hornillo de bala roja, bajo las órdenes del almirante José de Mazarredo. Durante el sitio de Cádiz por los ingleses, Daoíz dirigió una de las lanchas que atacaban a los navíos del almirante Nelson, saliendo victoriosa la defensa española del ataque inglés. Daoíz dirigió el ataque contra el navío El Poderoso, uno de los que más daños causaban. Su excelente servicio en dicha embarcación le supuso el ascenso al grado de oficial artillero de buque de línea.


<- Capitán Pedro Velarde.

El navío inglés El Poderoso, que era el que más daño ocasionaba, fue el primer objetivo marcado por Mazarredo. Contra él luchó Daoiz con su tartana cañonera, llevando a cabo una efectiva y valerosa labor.

La hoja de servicios de Luis Daoiz se expresa con ese estilo concreto y lacónico de la literatura castrense, diciendo: «últimamente el teniente Daoiz, embarcado en el navío San Ildefonso, ha hecho dos viajes redondos al continente e islas de América, todo durante la última guerra contra la Inglaterra».

Tan escueta nota nos obliga a ampliarla un poco, para conocer mejor las cualidades y personalidad de nuestro personaje. El embarque del teniente Daoiz en el navío español, estuvo motivado por la necesidad observada por el gobierno español de tener que continuar la guerra contra Inglaterra, para poder defender nuestras colonias y proteger las flotas que venían de América. Para ello necesitaba completar la dotación de oficiales de la armada, lo que le llevó a ordenar que oficiales de artillería del ejército de Tierra fuesen agregados a los buques. El navío San Ildefonso, al que fue destinado Daoiz, disponía de 74 cañones y estaba mandado por el capitán de navío don José de Iriarte. En dicho barco realizó los dos viajes que indica su hoja de servicios. Durante esta navegación prestó importantes misiones y ayudó notablemente a su capitán para entrevistarse con oficiales de otras naciones, dados sus conocimientos para expresarse en francés, italiano e inglés.

Es curioso anotar que hallándose Daoiz, en noviembre de 1800, en el puerto de La Habana, ostentando las insignias de teniente, al revisar las «Gacetas» atrasadas, comprobó con sorpresa que el 4 de marzo de 1800, estando en la mar, le habían ascendido a capitán de artillería, no habiendo recibido notificación de dicho ascenso por estar navegando. Había cumplido 33 años cuando le llegó al ascenso a capitán.

De regreso a la Península, en fecha 7 de julio de 1802, fue destinado al 3er regimiento de artillería de Sevilla, su regimiento de origen, encomendándole la superioridad misiones científicas, dadas su facilidad y conocimientos de las matemáticas y su aplicación al desarrollo de la artillería. Precisamente, con fecha 2 de diciembre de 1803, se le ordenó a la Fundición de Bronces de Sevilla, según figura en el Legajo nº 12 de la indicada Fundición hoy Fábrica Nacional «Santa Bárbara», una orden del generalísimo Godoy, Príncipe de la Paz, para que fuesen construidas dos piezas del calibre de «a ocho», según el proyecto del brigadier don Vicente María de Maturana, para el servicio de la artillería a caballo, debiendo reunir la particularidad de poder disparar indistintamente balas, granadas y metralla.

A tal fin se nombró una comisión de varios oficiales entre los que figura el capitán don Luis Daoiz. A esta comisión le dirigió Maturana un amplio escrito explicándoles el fundamento de la pieza ideada por él, consistente en disminuir el peso del cañón para su más fácil traslado y poder cambiar de asentamiento con mayor prontitud.

Tras señalar las pruebas que se le deberían hacer a los cañones, terminaba con un párrafo que es todo un tratado de moral militar. Decía así: «Espero de la consideración de vuestras señorías, que hechos cargos de que mi intención no es hacer manifestación de talento, ni de experiencia, sino de mi amor al real servicio, y de que sujeto en un todo mi pensamiento a las advertencias, reflexiones y experiencias que vuestras señorías hayan por conveniente hacerme, se servirán honrarme con la asistencia de sus luces y conocimientos, observando las pruebas de alcances y resistencias que haré con estas piezas, y que en el informe que den de sus ventajas o defectos, manifestarán a la superioridad mi deseo de ser útil al real servicio, y de estimular a mis compañeros a que perfeccionen una idea que sólo presento en bosquejo para que sus talentos, tengan la ocasión de aumentar el crédito que tan de justicia se tiene adquirido el real cuerpo de artillería español».



Efectuadas todas las pruebas, la comisión formuló su informe, que tras amplio desarrollo terminaba con estas palabras: «Son tales y tan grandes las ventajas del cañón maniobrero de Maturana, respecto al obús de ordenanza, que nos persuadimos, son los cañones maniobreros preferibles a todas las demás piezas conocidas para el uso de la artillería a caballo». Este informe estaba firmado en Sevilla con fecha 15 de agosto de 1804.

En cuanto a carácter, era Daoiz reflexivo y enérgico, expresivo y amable, afable sin llegar a jovial y por natural reservado. Aunque discreto en sus relaciones, le gustaba alternar en sociedad siempre que se cuidasen las formas y la buena educación. Cultivaba el vestir a la moda y tenía buen gusto para hacerlo.

De sus hermanos sólo se conocen datos de Rosario, que contrajo matrimonio con Andrés Villalón Auñón, siendo ella favorecida con los títulos de primera condesa de Daoiz y Vizcondesa del Parque. Los otros, Francisco y Josefa debieron fallecer jóvenes o permanecer solteros.

En cuanto al aspecto físico, Daoiz era de pequeña estatura, de tez morena, cabello castaño, ojos grandes y expresivos y rostro agradable y simpático.

En los primeros meses de 1808 pasó Daoiz destinado a Madrid encomendándosele el Detall del Parque de artillería y el cuidado de la tropa al servicio del mismo.

Fue entonces cuando tuvo ocasión de comprobar el abuso de los franceses, sus intrigas y las bochornosas complacencias de nuestros gobernantes.

Su alma generosa y su carácter reflexivo le hacían comprender cómo España perdía su independencia.

La personalidad de Daoiz nos la señala, con gran visión política, don Antonio Cánovas del Castillo, cuando dijo: «El que cree tener una intuición, una voz secreta que le dice que la conciencia de su país, que la justicia, que la razón, el derecho, están con él, que la patria exige que se levante en armas y abandone otros deberes, ese hace como Daoiz: va derecho a la muerte y ni siquiera se le ocurre salvarse de ella por modo alguno».

El carácter respetuoso de Daoiz le granjeó siempre el cariño de sus superiores, entre los cuales merecen ser destacados don Federico Gravina, que vio actuar a Daoiz por primera vez en acciones bélicas en Africa; don Antonio de Escaño, bajo cuyas órdenes sirvió en los combates realizados en Cádiz contra los ingleses, y don Dionisio Alcalá Galiano, con quien realizó dos viajes a América, sirviendo en la artillería a bordo de su navío.

Precisamente el historiador Novella, en sus «Memorias», al referirse a los servicios de Daoiz en Orán, por el año 1791, dice: «Gravina y todo el cuerpo de marina le tomó mucho afecto por su capacidad e inteligencia». Actitud que fue corroborada por el brigadier Aznar, que era coronel de artillería y comandante militar de la plaza de Orán, que al certificar sobre la conducta de Luis Daoiz como teniente de infantería y subteniente del Real Cuerpo de Artillería, demostró celo y valor en su lucha contra los moros. Finalmente, el propio Aznar informaría sobre Daoiz desde Orán, el 26 de agosto de 1791, diciendo: «le destiné al ramo de minas, en cuyo trabajo y en otros que se le dieron, los desempeñó tan bien, que a mi voto y al de muchos, se hizo por todo lo dicho muy acreedor a su grado de teniente de artillería, con lo que honró S.M., en la promoción que se sirvió hacer por la buena defensa que hizo su ejército en esta plaza y sus castillos, contra el sitio y poder de los moros».



Pero la labor de Daoiz también alcanzó el éxito en la Armada. Sería el contralmirante don Antonio de Escaño quien desde el navío Concepción ordenaba a Daoiz se hiciera cargo de la tartana cañonera nº 5, con hornillo de bala roja, que se encontraba en el muelle de Cádiz. La revista «La Marina», en su número 29, aclara: «El día 10 por la mañana del año 1791, intentaron otro ataque (los ingleses), más no pudieron realizarlo; las medidas nuevas de defensa que se habían tomado desquiciaron sus designios. Don José de Mazarredo, comandante general de la escuadra; el teniente general don Federico Gravina; el jefe de escuadra don Juan M. Villavicencio; el brigadier mayor general don Antonio de Escaño; el capitán de navío don Cayetano Valdés; el de fragata don Antonio Millares; el teniente de navío don Miguel Trigoyac y otros, adquirieron aquellos días nuevos títulos, al reconocimiento de la patria. Así como los capitanes de artillería don Ignacio Vázquez, don Francisco Ceballos, los tenientes don Ignacio Cabalery, don Rafael Balbuena, don Manuel Varea y don Luis Daoiz, que iban en las tartanas de hornillo de bala roja».

El afecto y atracción que infundía Daoiz entre sus compañeros lo recoge la opinión de Novella, que le acompañó en diferentes acciones de guerra y vivió con él las inclemencias de las prisiones francesas, y lo calificaba como «el más grato de sus amigos y compañeros».

Sin duda, Daoiz pertenecía a la clase de hombres que poseen persuasión instintiva y que no necesitan razonar para ser considerados superiores a los demás. Y en cuanto a sus reacciones humanas, basta leer la carta dirigida a su hermana Josefa para comprender sus cualidades, sin importarle atender los caprichos de la joven. Le decía: «Querida hermana mía: Te remito los moldes del definitivo monillo según el último rigor de la moda; me parece que para tu claro entendimiento basta con la mitad del monillo para que infieras lo que le falta. Se debe guarnecer por donde va la raya negra con una blonda de dos dedos de ancho; te advierto que por donde va pegado con oblea son las costuras, y sabete que el peto es separado y puede ser de otro género y color que el monillo, pues así lo traen muchas; en la costura de en medio de atrás, se debe poner una ballena. En la cabeza se estila dos monos en dos peinetas; el que se pone delante, casi sobre el tupe, debe ser de seis varas de colonia, y el de detrás debe ser hecho de una banda de gasa, para lo que se parte una vara de gasa por medio, a lo largo, de suerte, que pegadas las dos mitades, quedan dos varas, las que se acomodan como mejor se puede y con el mejor aire que se le puede dar, pero sin que cuelguen las puntas ni otra cosa que se le parezca. Quedo impuesto en lo demás de tu carta; hoy voy al Puerto a que Gerardo me suministre para tu saya. «A mamá muchísimos cariños reverentes y a mi Pepilla abrazos y a Frasquillo; y adiós, y manda a tu hermano que te quiere, petimetra. Luis».

Como postdata y de distinta letra, dos renglones que dicen: «Ya Luis es teniente en propiedad».



En 1791, a la edad de 21 años, siendo subteniente de Artillería, alcanzó Daoiz el grado de teniente de infantería por los méritos contraídos en la defensa de Orán. No es de extrañar el hecho de poseer dos empleos diferentes en aquella época. El motivo era que existía la llamada Escala General del Ejército, donde se hallaban incluidos todos los jefes y oficiales sin distinción de armas y a los pertenecientes a armas específicas, como artillería e ingenieros, se les mantenía el empleo que le correspondía dentro de su escala.

En el aspecto técnico, aunque ya hemos indicado sus conocimientos, merece la pena recordar lo bien que supo aprovechar las observaciones sobre balística, obtenidas en el terreno práctico de la guerra. A pesar de ello sólo escribió un breve estudio táctico, titulado «Método que debe usarse para la enseñanza de la tropa y marinería en los ejercicios del cañón y abordaje». Este trabajo que recogió don Manuel Almira a la muerte de Daoiz, lo entregó en la Dirección general de Artillería el año 1813.

A su vuelta a España, el capitán Daoiz, tras actuar en la segunda guerra de Portugal, fue destinado al mando de la tropa de artillería destacada en Fontainebleu, nombrándosele también jefe del Detall de la plaza.

En 1807 el regimiento al que pertenecía desplazó su segunda compañía a Madrid y solicitó su cambio de destino a la capital, por lo que fue nombrado comandante de la batería destinada en el Parque de Artillería creado en el palacio del duque de Monteleón. Ese mismo año sus padres concertaron su matrimonio para la primavera de 1808 con una joven noble de Utrera, que ingresó en un convento sevillano tras la muerte de Daoíz.

Tras su traslado a Madrid, pudo presenciar la llegada de las tropas francesas a la ciudad a finales de abril de 1808 al mando de Joaquín Murat, que en aquel momento eran consideradas aliadas, pues debían colaborar con los españoles en la guerra contra Portugal. La presencia de gran número de soldados franceses en la ciudad produjo varios incidentes, por lo que la Junta de Madrid y las autoridades militares españolas negociaron con las autoridades francesas que los soldados no molestaran a los vecinos y los tranquilizaran asegurando que los miembros del ejército francés eran aliados. Fernando de la Vera, gobernador militar de Madrid, dio la orden de que las tropas españolas debían mantenerse en sus cuarteles para evitar altercados con las tropas francesas.

Viendo el cariz que tomaba la presencia de los franceses en España, que ocupaban las plazas fuertes y las grandes poblaciones por las que iban pasando, planeó con Pedro Velarde un alzamiento general, que fracasó por no contar con el apoyo del gobierno. Tras algunos incidentes ocurridos entre soldados franceses y vecinos el día 1 de mayo, Murat ordenó el 2 de mayo a sus tropas salir de los cuarteles y ocupar los principales puestos, palacios y cuarteles de la ciudad para controlarla plenamente. Cuando se produjeron los primeros ataques de los soldados imperiales contra el pueblo madrileño, Luis Daoíz se encontraba al mando del Parque de Artillería de Monteleón, con cuatro oficiales, tres suboficiales y 10 soldados como única guarnición. En el cuartel se hallaba un destacamento de 80 soldados franceses enviados por Murat para comprobar que no se fabricara más munición de la habitual.

Por su parte el capitán Pedro Velarde consiguió que el coronel de un cuartel de Voluntarios del Estado le entregara el mando de la 3ª compañía del 2º batallón, con 33 hombres y 2 oficiales, y acude con ellos al parque de artillería. Velarde logró la rendición de la unidad francesa que se encontraba en el parque y abrió las puertas a los paisanos que se movían por las inmediaciones gritando proclamas contra los franceses. Tras una tensa conversación entre Daoíz y Velarde, el primero se debatió entre obedecer las órdenes de acuartelarse y las demandas de su compañero de luchar contra los franceses, y ambos optaron por proveer de armas al pueblo y aprestarse a la defensa del parque. Velarde organizó la defensa del parque con unos 120 paisanos y los soldados de infantería y artillería, distribuidos en secciones al mando de oficiales. Daoíz se situó en la puerta del parque dirigiendo una batería de cuatro cañones, municionados con botes de metralla, y manejada por oficiales y paisanos. Gracias a la disposición de dicha batería lograron frenar las diferentes cargas de la infantería francesa, causándoles cuantiosas bajas, la cual pretendía tomar el parque por las aledañas calles de Fuencarral y San Bernardo.

La lucha en este cuartel duró unas tres horas. Pero combatían frente a fuerzas diez veces superiores y las municiones empezaron a escasear. Murat envió al general Joseph Lagrange para vencer la resistencia del parque con tropas de caballería e infantería reforzadas con cuatro cañones, pero fueron rechazadas nuevamente por la batería de la puerta del parque y las descargas de fusilería de los soldados y los paisanos situados en los muros, dirigidos por Velarde. Lagrange llegó a reunir 2.000 infantes para el asalto definitivo al parque.

Aunque herido en un muslo, Daoíz intentó seguir la defensa del parque, por lo que recibió varias heridas de bayoneta cuando luchaba con su sable junto a los cañones de la entrada. Daoíz fue trasladado extremadamente grave a su casa por algunos soldados, donde falleció ese mismo día. Los oficiales Pedro Velarde y el teniente Jacinto Ruiz, que le acompañaron en la lucha, también murieron en la defensa: el cántabro Velarde allí mismo y Ruiz unos meses más tarde en Extremadura a consecuencia de las heridas que recibió. Daoíz fue enterrado en la iglesia de San Martín esa misma noche junto a Velarde y otros soldados españoles.

El 2 de mayo de 1814, los restos de Luis Daoíz fueron trasladados, junto con los de Velarde, a la colegiata de San Isidro el Real, como homenaje a su sacrificio. Hoy día reposa en el Monumento a los héroes del Dos de Mayo que en su honor se erigió en 1840 en el Paseo del Prado de Madrid.

En 1852 la ciudad de Sevilla colocó una placa en su recuerdo en el solar en el que estuvo ubicada su casa en la plaza de La Gavidia, y en 1889 se erigió un monumento en su honor en el centro de la plaza, obra del escultor Antonio Susillo.

Los dos leones de bronce que adornan la entrada principal del Congreso de los Diputados en Madrid, fundidos en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, reciben los nombres de "Daoíz y Velarde" en honor a ambos militares españoles. Estos leones son obra del escultor aragonés Ponciano Ponzano y Gascón y fueron fundidos en la Maestranza de Sevilla con metal de los cañones capturados al enemigo en 1886 en la Guerra de África

Uniformidad de las tropas de infantería de línea española.

La infantería de línea fue el nombre que recibieron las tropas básicas de infantería europea del siglo XVIII.

Guerras Napoleónicas
Guerra de la Independencia Española
Guerras de Independencia Hispanoamericana
Guerras Carlistas
Expedición franco-española a Cochinchina
Guerra de África
Guerra de los Diez Años
Guerra de Independencia cubana
Guerra Hispano-Estadounidense
Guerra de Melilla
Guerra del Rif




Infantería de línea española.

La uniformidad reglamentada para la infantería de línea era la indicada en la Real Orden fechada el 15 de abril de 1805 en el Real Sitio de Aranjuez. A grandes rasgos esta R.O. señalaba para la infantería de línea española una casaca, calzón y chupa de color blanco, con los detalles "a la moda" de un único color (lo que yo llamo "color regimental" o "divisa regimental" en este capítulo), con una distribución concreta de dicho color, según el regimiento. De esta manera, jugando con los colores y su disposición, pese al número limitado de aquellos, cada uno de los regimientos de infantería tenía un uniforme característico. En el caso en que dos regimientos llevaran el mismo color distribuido de la misma forma (regimientos gemelos), uno llevaba el botón dorado, y el otro plateado ("blanco", en los términos de la R.O. citada), como por ejemplo los regimientos de Toledo y Murcia.

Como nota característica (casi un emblema del cuerpo), toda vez que no se dice nada al respecto en dicha R.O., se supone que la infantería de línea seguía llevando en el cuello la flor de lys dorada que se estableció como insignia en 1802. Las demás unidades citadas en este capítulo no la llevaban.

Tabla 1: Uniformidad reglamentada para los regimientos españoles de infantería de línea (1805)



Gracias al viaje de las tropas del Marqués de la Romana al norte de Alemania y Dinamarca tenemos una buena colección de imágenes de las tropas españolas del período 1807-1808, realizadas por los hermanos Christoph y Cornelius Suhr. Normalmente se considera a los hermanos Suhr como "testigos imparciales", esto es, el suyo es un testimonio no viciado por un juicio previo acerca de la uniformidad de nuestras tropas, y en consecuencia, fiable porque lo que ven es lo que dibujan.



Para ilustrar la uniformidad de 1805, en líneas generales, he escogido varias láminas. El primer dibujo pertenece a la obra "Abbildung der Uniformen aller in Hamburg seit den Jahren 1806 bis 1815 einquartirt gewesener Truppen", publicado en Hamburgo en 1820 por los hermanos Christoph y Cornelius Suhr. Esta obra recoge cientos de uniformes de las tropas de varias naciones que pasaron por Hamburgo entre 1806 y 1815, y a las cuales los hermanos Suhr dibujaron, para fortuna de las generaciones futuras. El ejemplar del que está tomada esta lámina se encuentra en la Biblioteca Pública de Nueva York (New York Public Library, NYPL).



El segundo dibujo está hecho por los mismos autores, pero procede de un trabajo distinto, titulado "Die Uniformen der Division La Romana. Zeitschrift für Heereskunde". Esta lámina está tomada del libro "Da Spaniolerne Kom. Krig og kulturmode 1808", escrito en danés y coordinado por Henning Petersen en 2009.

Los detalles de cada figura se comentan al lado de la ilustración correspondiente, aunque como puede verse (y es lógico que así fuera) las líneas de todos los uniformes son muy similares, tanto en el corte de la casaca como en el de los calzones, y también en las polainas negras. Puede verse que el calzón llega hasta debajo de la rodilla, donde queda ceñido por unos botones, y no llega a unirse a la polaina negra, que es más alta por la parte delantera (cubriendo la rodilla, o poco menos) que por la trasera.

Los correajes son iguales, y los gorros de granadero también; la única diferencia estriba en que con el uniforme nuevo (blanco) la manga es del mismo color de la divisa, y con el antiguo uniforme (azul), todos los regimientos tenían la manga del color que muestra la segunda imagen; siempre, en los dos caso, con la heráldica del regimiento en la copa. También puede verse (y se confirma por otras láminas tanto de los Suhr como de Rugendas) que la greca de la manga varía de unidad en unidad.

Un detalle curioso. Las hombreras de las casacas están dibujadas con color sólido (el color regimental) con vivos blancos, en lugar de al revés, como parecería lógico: la parte sólida blanca, como el paño de la casaca, y vivos del color indicado para el resto de la prenda. Así es, por cierto, como quedan dibujados en los bocetos que se guardan en la NYPL, y que pueden consultarse a través de internet.


Por comodidad, de izquierda a derecha, voy a llamar a estos militares A1 (el gastador con distintivos rojos), A2 (el granadero que mira de frente apoyándose en su mosquete), A3 (el gastador que nos da la espalda), A4 (el granadero que viste el capote y mira al frente), y A5 (el granadero que nos da la espalda).

A1 es el que mejor muestra el corte frontal de la casaca, puesto que A2 parece que ni tan siquiera tenga una pechera en la misma. El dicho corte es recto, no en forma de "V" como se verá más abajo, con las solapas formando pechera. A3 y A5 muestran el mismo tipo de casaca por la parte de atrás; se aprecian varios detalles: las granadas en las vueltas del faldón (omitidas, por cierto, en el dibujo de la derecha), del color del hilo de la divisa; la longitud (corta) de los mismos faldones; las grandes granadas en las cartucheras de cuero negro; los sables (en que A3 parece llevar un sable español modelo 1803, y A5 lo que parece un briquet francés). A4 lleva puesto el abrigo de color gris claro (gris ratón), que como puede verse es largo y recto, sin insignias ni divisas en el mismo. A juzgar por sus divisas, A1 es del regimiento de Guadalajara, A2 y A5 del regimiento de la Princesa, A3 del regimiento de Zamora, y el del abrigo... a saber, porque no se le distinguen las divisas. A4 lleva, además, un cordón plateado y un plumero rojo que no son de ordenanza.

Otro detalle: los gastadores (A1 y A3) llevan lo que parecen unas charreteras caponas (sin flecos) del color de la divisa regimental de su unidad, con vivos blancos.

Finalmente, el gastador A3 muestra un sable de infantería cuya empuñadura se corresponde (más o menos) con lo indicado en las láminas del "Tratado de Artillería" de Tomás Morla. La hoja de este sable parece ligeramente curvada, lo que no se corresponde con lo indicado en dicho tratado, en que las hojas se muestran rectas. Por su parte, A5 parece que porta un sable estilo briquet francés, sables que sí tenían la hoja curvada.

Por cierto, respecto al capote (abrigo), cabe decir que en otra de las ilustraciones de los Suhr se ve a un infante con bicornio vestido con el capote, y éste es de color pardo, no de color gris ("gris ratón") que se precia en la ilustración de la izquierda.
Igualmente por comodidad, de izquierda a derecha, voy a llamar a estos militares B1 (el sargento de granaderos con distintivos rojos), B2 (el gastador que se apoya en la pala), B3 (el gastador que nos mira de frente), B4 (el granadero de casaca azul), y B5 (el granadero que nos da la espalda).

El primer detalle, común a todas las figuras, es que los faldones de las casacas parecen un poco más largos que en el dibujo anterior. Otro detalle: tanto B2 como B4 llevan la flor de lys dorada en el cuello, pero B1 no la lleva (aunque Ordovás sí dibuja a la infantería de 1805 con la flor de lys en el cuello). Tampoco llevan este detalle B1 y B2 de la imagen anterior.

B1 muestra un galón de constancia en la manga, y permite ver las sardinetas de hilo blanco en las vueltas que son la divisa de su empleo de granadero. Ni él, ni B4 o B5, muestran en los faldones de la casaca las granadas de hilo que sí se ven en la lámina anterior. Asimismo B1 muestra la manga de granadero del regimiento Guadalajara, igual que el B1 del dibujo anterior. Nótese lo estrecho de la cartuchera de este soldado, si se compara con otras.

Es curioso que ninguno de estos granaderos muestre la vaina de la bayoneta. Claro que de los soldados de la imagen anterior, sólo uno la muestra, por encima del sable.



Igualmente de la obra "Abbildung der Uniformen..." dos imágenes algo más inusuales de los soldados españoles.

En el dibujo de la derecha, tres fusileros muestran tres tipos distintos de vestimenta "fuera de servicio". El soldado del extremo izquierdo lleva el gorro de cuartel (con la heráldica o el monograma del regimiento bordado al frente) y la casaca, entreabierta, lo que permite ver bajo ella un corbatín blanco, una chupa sin vivos, y una faja de lana roja que ciñe el calzón a la cintura. Lleva medias blancas a partir de la rodilla, y calza zapatos negros con hebilla. El soldado del centro (por cierto ¿divisa azul celeste? ¿error en las tintas o uniforme de 1802?) muestra lo que parece ser una chupa con mangas largas de quita y pon gracias a las agujetas de color rojo. Calza lo que parecen unas alpargatas. El soldado de la derecha es el que más "formal" parece. En este dibujo podemos ver la funda la bayoneta y las "carteras tendidas a la balona" (véase más adelante), que, por cierto, no se muestran en las dos ilustraciones precedentes. Asimismo, se puede apreciar la hechura del gorro de cuartel por su parte posterior.

En el dibujo de la izquierda, obviando al gastador, vemos a dos granaderos en uniforme de marcha con los famosos pantalones a cuadros. El granadero de la derecha lleva, además, un bicornio con escarapela y pluma, como los fusileros de la infantería de línea, pero el sable y las sardinetas muestran que no es un fusilero.

El último detalle interesante: las mochilas en forma de zurrón que portan estas tres figuras. Por el dibujo, parece que conservan los pelos del animal (excelente solución para hacer la mochila impermeable), y que son de color blanco.

Nótese que el cuello de los tres infantes aparece dibujado del mismo color, morado, quizá un error en las tintas, porque el regimiento de Zamora llevaba también el cuello de color negro.

En cuanto a los sables de infantería, en esta lámina se ven mejor las empuñadoras, que se ajustan mucho más que antes a las láminas del tratado de Morla. Si bien, una vez más, hay que recordar que las hojas eran rectas y no curvas.
Con los colores de la tabla 1 dibuja Ordovás a los infantes de su "Estado del Exército y la Armada de S.M.C. formado por el Teniente Coronel del Real Cuerpo de Ingenieros encargado del Museo Militar D. Juan José Ordovás. Anno 1807"; otra cosa es saber si en efecto llegaron a vestir estos uniformes, y cuándo (si acaso) los vistieron. La R.O. de 1805 indicaba que la sustitución del uniforme anterior (el indicado por R.O. firmada el 8 de junio de 1802) por el nuevo debía hacerse cuando el viejo estuviera ya desgastado por el uso, aunque se sabe a ciencia cierta que en mayo de 1808 había regimientos equipados con el nuevo uniforme blanco. Poco desgaste había tenido el viejo en menos de tres años de uso.



La panoplia del infante español.

El militar del dibujo (1) es un soldado raso del regimiento de infantería de línea Cantabria, vestido con el uniforme reglamentado en 1805. El cubrecabezas es un bicornio negro sin galón, con el plumero rojo de la infantería de línea, con la escarapela nacional de color rojo, sujeta por una presilla de hilo de plata, el mismo del botón de la casaca. Casaca blanca de ordenanza, con los colores regimentales del Cantabria en azul celeste. Bajo ella, chupa (chaleco), camisa blanca y corbatín negro al cuello. Correajes de cuero blanco de ordenanza, que sujetan a la derecha del infante la cartuchera, de cuero color negro. Pantalón largo civil, y alpargatas también civiles, mucho más cómodas para marchar que los zapatos de cuero.

Las posesiones del soldado (2). Una baraja para matar el rato, con dos monedas de 8 reales de plata de Carlos IV, hilo para reparar el uniforme, cepillo para limpiarlo, peine y cuchara de madera, tabaco y papel para liarlo, y la navaja, la herramienta universal del español de la época, buena para cortar tejido, para usarla de destornillador, y buena también como arma en el cuerpo a cuerpo.

Ropa de repuesto (3). Camisa de hilo blanco (repuesto para el uniforme), calzón blanco de ordenanza, polainas de paño negro (altas hasta la rodilla), y zapato de cuero negro. Encima de las polainas, una muestra de los botones del uniforme y de la herramienta usada para bruñirlos. Sobrepuesto a la camisa, el gorro de cuartel de ordenanza, de los mismos colores que la divisa regimental, y un escapulario, motivo religioso muy popular entre la tropa española, por las crónicas que nos han llegado a nuestros días.

El armamento principal del infante: el mosquete (4). Dos modelos distintos, de uso en el ejército al comienzo de la guerra. La diferencia principal de ambos modelos está en la llave. La de arriba es una hispanofrancesa mixta de 1804 fabricada en España (lo de "mixta hispanofrancesa" se refiere a que la llave tiene detalles técnicos propios de las llaves a la española, y también de las llaves a la francesa), y la de abajo, también mixta pero de un modelo de 1807. Ampliado, el detalle de ambas llaves. El principio de funcionamiento de ambas es el mismo: al accionar el gatillo (cola del disparador) la llave, colocada en posición de fuego, es liberada, y la piedra de sílex raspa con el metal del rastrillo (en posición vertical), haciendo saltar una chispa que prende la pólvora de la cazoleta (dibujada con color de bronce, situada bajo el rastrillo), y la llama provocada a su vez prende la pólvora colocada en el interior del cañón mediante un agujero (llamado oído) taladrado al efecto, con lo que el mosquete dispara. Bajo ambos mosquetes pueden verse algunos elementos auxiliares, como la correa portafusil de cuero, la baqueta para atacar la pólvora y el proyectil, y la bayoneta.

Herramientas para el mantenimiento del mosquete (5). Permiten el desmontaje de sus partes móviles, y de los pasadores y tornillos que sujetan el cañón a las piezas de madera. Encima de las herramientas se puede ver una piedra de sílex tallada, y la manera en que ésta es sujeta en la llave mediante una pieza metálica de plomo muy dulce.

Diferentes utensilios auxiliares (6). Arriba, unas tenazas para moldear las balas esféricas de plomo, eliminando las rebabas y ajustando sus dimensiones al calibre del cañón del mosquete. A la izquierda, una aguja para mantener el oído diáfano de residuos de la quema de la pólvora. Debajo, un recipiente que contiene aceite para mantener engrasadas las partes móviles del mosquete. A su derecha, material para hacer cartuchos: papel, cilindro de madera de las dimensiones adecuadas y un embudo pequeño.

La manera de hacer a mano cartuchos de pólvora (7). El papel se arrolla sobre el cilindro de madera, con la bala de plomo en un extremo, cerrado mediante un pliegue en el papel. La pólvora se introduce por el extremo opuesto, y una vez relleno se cierra con otro pliegue en el papel. Para evitar problemas de humedad, el papel debería ser encerado; otra posibilidad sería usar lienzo (tela) encerado. Sin embargo, en plena campaña, el simple papel de las proclamas cumplía el expediente. El papel del cartucho, además, en el momento de cargar el arma, servía como taco para mantener en su sitio la pólvora, incluso con el mosquete en posición invertida. A la izquierda, la manera en que los cartuchos se colocaban en el soporte de madera que los sostenía. Este soporte, a su vez, se colocaba dentro de la cartuchera de cuero negro.

El alimento del soldado (8). En las campañas era poco frecuente que el soldado llevara consigo comida que por su naturaleza fuera rápidamente perecedera, como la carne, la fruta o la verdura. En cambio tardan más tiempo en corromperse el pescado en salazón, el queso, el pan, y la “galleta” (una masa de harina de trigo plana y débilmente horneada), que es lo que lleva como provisiones nuestro infante. Además de ello, una bota de vino con boca de vaso, y una pequeña cántara de vinagre, usado para aliñar los alimentos y también como desinfectante.

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Fuentes

Soldados del Rey.

Infantería de Línea en las guerras Napoleónicas. De Editorial Almena.

Artillería en el s. XIX

La artillería es el conjunto de las armas de guerra pensadas para disparar proyectiles de gran tamaño a largas distancias empleando una carga explosiva como elemento impulsor. Por extensión se denomina así a la unidad militar que las maneja. Toda pieza artillera tiene dos partes: la boca de fuego, un tubo metálico de determinado calibre y longitud, y el montaje de la misma, denominado cureña o afuste.

Durante mucho tiempo cada pieza tuvo su tabla de correspondencia entre ángulos de tiro y alcances y aquellos se dieron con la escuadra. En más de una ocasión se intentó sustituirla y conocemos un alza española del año 1807, que es una regleta de latón con trece aberturas numeradas y dispuesta para apoyarse en la faja alta de la pieza; otra muy ingeniosa, con un juego de espejos, realizada en 1832 por el coronel don Luis María Sarasti; y la colección de quince proyectadas por don Joaquín Navarro Sangrán, respondiendo a la teoría desarrollada en su Sistema de puntería, único, para toda clase de piezas de Artillería.

En junio de 1839 la Junta Superior Facultativa de Artillería examinó una Memoria sobre un diseño de alza-graduador que había proyectado el coronel Luna y en noviembre del mismo año se leyó otra Memoria dando cuenta de un ingenioso instrumento, ideado por el vocal de la Junta don José Odriozola, denominado alza-cuadrante. En febrero del año siguiente se volvieron a estudiar ambas, decidiéndose que aunque el de Luna servía más bien como escuadra graduada que como alza, se enviase a La Coruña con su Memoria y con el de Odriozola hacer pruebas comparativas con el alza común.
Un alza, denominada así porque se trataba de alzar la boca del cañón, era en esencia una regla graduada en distancias, en milímetros o en unidades lineales de otro sistema. Al tratar de este punto don Ramón Salas en su Prontuario, dice: Un cañón se apunta después de entrado en batería. Después de apuntarle se le da la elevación, que en dársela acertada está la habilidad de las punterías. Para esto hay tres medios: el alza, proscrita entre nosotros; el marcar las cuñas, medio grosero e inexacto, inservible de noche y sin relación alguna matemática con la verdadera elevación del ánima; la escuadra, con la cual bien manejada y supuesto el perfecto paralelismo de las paredes del ánima con su eje (lo cual no puede suceder sino al salir la pieza de la fábrica y nunca después que ha hecho fuego, porque queda degradada con el golpeo de las balas), puede, en efecto, darse la conveniente graduación a una pieza; pero al frente del enemigo, ¿cómo se hace? Por la faja alta de la culata no ofrece más que errores, y por la boca, ¿quién se mete en la cañonera?.
La solución que proponía Salas fue dotar a cada pieza de un eclímetro, para lo que bastaría situar en el cascabel una sección vertical, fijando su parte más alta un perpendículo y mediante un arco graduado, grabado en la propia cara de la sección, poder medirse en cada caso el ángulo de tiro de la pieza. Pero aunque el sistema fue bien informado por la Junta Superior Facultativa, los perfeccionamientos del material vinieron a hacerlo inútil.

En la segunda mitad del siglo XIX comenzó a utilizarse un alza que tenía forma de barra o regla de sección semicilíndrica, de bronce, que se subía y bajaba sobre una cajera, también de bronce, sujeta con tornillos a un resalte
con cara situado en la parte alta de la culata, detrás del fogón. La regla tenía en su cara plana, que se presentaba hacia el apuntador, las divisiones en grados para las diferentes elevaciones; en su parte superior llevaba tallado un ángulo con el vértice hacia abajo, para formar el ocular. Esta regla se fijaba en la posición deseada por medio de un tornillo de presión. El punto de mira era una chapa gruesa de metal, cortada en forma triangular que se fijaba con dos tornillos en la medianía de la pieza.


Alza española

Hubo también un alza de barra de sección hexagonal, en cuyas caras iban marcadas con diferentes graduaciones a emplear según se tirase con una u otra de las modalidades entonces al uso: carga ordinaria y bala, carga reducida y bala, carga reducida y granada, carga reducida y metralla. Como el hexágono de la sección de la barra era el que se obtendría cortando a un trapecio los vértices correspondientes a la base mayor, siempre quedaban tres de sus caras a la vista del apuntador; la barra tenía dos posiciones; en una de ellas se podían ver las tres primeras graduaciones reseñadas; la última graduación estaba en la cara del centro de la otra posición de la barra. En las dos caras restantes se grababa la clase de pieza a que correspondía el instrumento y las equivalencias de unidades, porque ya entonces se había adoptado el sistema métrico.

Este tipo de alzas se instalaba lateralmente en una mortaja o encastre labrado sobre la lámpara o parte redondeada de la culata, sujeta por tres o cuatro tornillos. La regla a que nos hemos referido se fijaba en la posición deseada por medio de un tornillo de presión, como siempre.


En la parte superior de la regla iba la llamada cabeza del alza, en cuyo borde superior se labraba la consabida abertura triangular que había de constituir el ocular. El punto de mira estaba formado por un cono de acero fijo a un soporte de bronce sobre el muñón del lado correspondiente, mediante cuatro tornillos. Naturalmente, al visar el punto de mira y el blanco por el ocular, con la regla en la división cero, la pieza estaba horizontal.

Como se comprende hubo muchos modelos de estas alzas, pero todas venían a ser lo mismo. Al llegar los cañones rayados se introdujo una modificación en la cabeza del alza, consistente en poder trasladar el ocular lateralmente, mediante un tornillo de paso fino, para poder corregir por derivación, o desvío lateral que el giro del proyectil provoca en la trayectoria; y como al mismo tiempo se iba afinando más en las correcciones del tiro, la modificación permitía también corregir el tiro por viento lateral. Hubo algunas alzas llamadas inclinadas, porque se colocaban formando un ángulo con el plano de tiro, para corregir de este modo la derivación del proyectil, observada en polígono.

En las alzas de la década de 1870 ya no tenían las diferentes graduaciones según la clase de proyectil y carga, sino que obtenían los datos y correcciones correspondientes en las tablas de tiro. En cambio algunas alzas tenían para cada elevación grabados los segundos de duración de trayectoria, para poder graduar las espoletas de tiempo.

La puntería en dirección se realizaba a simple vista, bien moviendo la pieza hasta situar el blanco en la línea de mira, bien haciendo la puntería por alineación a vanguardia, valiéndose de un juego de pínulas, y sirviéndose luego, para rectificarla, de una referencia –generalmente una mira- que se colocaba a retaguardia.

Aunque aquellas alzas podían considerarse como grandes avances para la artillería, ya en último cuarto de siglo con la perfección que había alcanzado la fabricación de los cañones, sus municiones y la mejora de la calidad y estabilidad de las pólvoras, lo que permitió el alargamiento de las distancias de tiro, resultaban totalmente rudimentarias e inadecuadas pues no permitía aquella forma de apuntar el aprovechamiento de las grandes mejoras balísticas alcanzadas.
Bien es verdad que las alzas descritas, además de su tosquedad, como retrocedían con el cañón, no permitían la puntería continua, por lo que el artillero podía afinar la puntería antes de disparar pero luego tenía que apartarse de la pieza. Al adoptarse los frenos hidráulicos, con la disminución del retroceso, se podía seguir apuntando desde unos dos metros detrás de la pieza. Pero fue necesario llegar al perfeccionamiento de la adopción de la cuna, por la que se desliza el tubo de la pieza al retroceder, permitiendo inmovilizar las alzas disponiéndolas sobre la cuna, que seguía todos los movimientos del cañón menos el de retroceso.



La puntería pudo desde entonces realizarse sin solución de continuidad hasta el momento de salir el proyectil, lo que era muy importante para batir blancos en movimiento como en el caso del tiro naval y de la artillería de costa, pues mientras unos sirvientes de la pieza actuaban sobre la dirección de esta moviendo los platillos de alza y deriva de que estaban dotadas las miras de puntería recogiendo todas las correcciones introducidas por alcance y deriva independientemente de la dirección en que apuntase la pieza, el apuntador sólo se ocupaba de visar constantemente el blanco.

El último perfeccionamiento antes del cambio de siglo permitió también la adopción de miras ópticas, que desde hacia algún tiempo propugnaba el oficial de la Marina de EE.UU. de América Bradley Fiske, que argumentaba con razón que los hilos cruzados que colocaba en su anteojo, dicen que los primeros que empleó fueron cabellos de un guardiamarina, permitían al apuntador saber exactamente donde tenía que ver el blanco, con una enorme ganancia en precisión respecto a las miras abiertas. Además con un aumento de cuatro veces el tamaño del blanco y un campo visual mayor que el que permitían los reducidos mandiletes y mirillas, abarcando así el anteojo blancos navales de más de 150 m a 1.000 m de distancia.

El entusiasmo ante estas innovaciones hacía pensar a los artilleros que los sistemas de dirección de tiro estaban cambiando pasando de ser un método de suerte a convertirse en una ciencia. Pero aún quedaban muchas cuestiones por resolver, entre ellas la apreciación de la distancia de tiro.

Hasta ahora en todas las operaciones del tiro la determinación de la distancia batería-blanco ha sido fundamental y se apreciaba en un principio a ojo. Cuando las distancias de tiro van aumentando se comienza a padecer la incertidumbre de tal método. Ya en 1851 se encuentra en el memorial noticia de un anteojo telemétrico debido al capitán de la Artillería francesa M. Terssen fundamentado en el fenómeno de la refracción, pero hasta 1881 no se resuelve ensayar en España instrumentos de esta naturaleza.

Hacia el año 1880 hizo su aparición el método triangular del general austriaco Roskiewicz que se componía de dos anteojos paralelos y unidos, la separación entre los cuales constituía la base para la medición de la distancia, disponiendo el de la izquierda de un retículo fijo y el de la derecha de un hilo vertical que podía trasladarse por medio de un tornillo graduado. Para medir la distancia al blanco se apuntaba con el de la izquierda y a continuación se llevaba a coincidir el hilo de la derecha con el mismo blanco, sirviendo la lectura indicada por el tornillo para entrar en una tabla donde se podíamos leer la distancia correspondiente. Este aparato podía medir distancias entre 500 y 8.000 m con menos de 25 m de error a la distancia máxima.

El francés Boulanger ideó un telémetro basado en la velocidad del sonido, pero lógicamente había que esperar a que el enemigo disparase ya que el aparato consistía en un tubo de cristal lleno de líquido y graduado que en su interior llevaba dos discos unidos por una varilla paralela el eje del tubo.

Se preparaba el aparato partiendo de una posición horizontal con el disco del extremo en el origen de la graduación y cuando se veía el fogonazo se colocaba en posición vertical permaneciendo así hasta que se escuchase la detonación del disparo, en cuyo momento se colocaba de nuevo en posición horizontal, indicando la posición del otro disco sobre una escala graduada de 25 en 25 m la distancia al blanco.


MUSEO MILITAR DE CARTAGENA: Telémetro

Pero nada de ello era satisfactorio ya que se dejaba a los jefes de pieza y a los apuntadores la responsabilidad de la dirección del tiro, que en el fragor del combate no tenían manera de distinguir las explosiones propias de las producidas por otros proyectiles disparados por piezas de igual o parecido calibre, además de que el humo de la pólvora contribuía a entorpecer la correcta dirección del tiro La puntería en alcance y en altura vio luego entrar a su servicio eclímetros de tipos diversos, escuadras de nivel, clitógrafos, y cuando se introdujeron los materiales de línea de mira independiente aparecieron los niveles de ángulos de situación.


En el año 1881 la Junta Superior Facultativa experimenta un telémetro de campaña que se considera inaceptable. Desde entonces ya no se abandona esta preocupación, sólo que la atención se siente atraída singularmente por las necesidades de la artillería de costa; para ella se ensayan y se proyectan diferentes modelos, y al fin se declaran reglamentarios el telémetro Salmoiraghi-Bellón, de base vertical para grandes cotas (6-VII-1898); el Zaragoza, de base vertical también (4-III-1899, y de gran perfección; el de sistema Madsen, con base horizontal (4-III-1899); y, años después, el estereoscópico Barr Stroud, de 2´74 de base (8-IV-1911).

En el año 1887 se ensayó un sistema de puntería indirecta, para la que se utilizaba un modelo de alidada de reflexión, de la que era autor el general don José López Pinto y que constituye el antecedente de la puntería con goniómetro y espejo, que se emplearía en el siglo siguiente en las baterías de sitio y plaza.

De la simple apreciación de distancias se pasó a la realización de verdaderas operaciones topográficas para la preparación del tiro. La observación requería el auxilio de aparatos ópticos.

Del estado de la técnica en cuanto a la dirección del tiro en los años finales del siglo XIX nos da idea lo escrito en una revista especializada: El aparato usado en Inglaterra para comunicar a la batería las indicaciones convenientes a la puntería de los obuses es el inventado por el Comandante de Ingenieros Mr. Watkin ... fundamentado en la línea de mira que determina un anteojo y la resolución del triángulo rectángulo cuya hipotenusa determinan el blanco y la batería>>. Al aparato se le denominará encontrador de distancias.

De las aplicaciones de la electricidad a la Artillería es un buen antecedente lo que piensan los artilleros en el año 1891, pues de una serie de artículos publicados en el memorial de Artillería extraemos lo siguiente: Amplio, como ningún otro, es el campo que la electricidad ofrece a la ciencia artillera... Y de lo conseguido hasta la fecha presenta los adelantos científicos-artilleros que más llaman la atención. Son estos el telémetro eléctrico sistema Fiske el que dice estar ya en servicio en los buques en Chicago y Baltimore.

Realmente hasta el momento la aplicación de la electricidad en España o ha ido más allá de los aparatos foto eléctricos, que se experimentaron en el mes de julio de 1891 en el campo de tiro de Carabanchel, quedando patente su necesidad para el tiro de artillería durante la noche, con los dos adquiridos recientemente a la casa Sautter-Lemoinier y compañía, que han demostrado su potencia, alcance y precisión.

Y cuando ha finalizado el siglo XIX un ilustre y práctico artillero español refiriéndose a la electricidad que califica como germen de nueva vida industrial, intangible como la vida humana, añade que... conduce nuestra voz á través de delgados alambres á miles de metros de distancia; los signos que marcamos sobre el papel son reproducidos al otro lado de los mares por la poderosa corriente eléctrica que transita por los gruesos alambres del cable submarino. La luz brilla en el enrojecido alambre de la lámpara incandescente, ó nace entre los separados carbones del arco voltaico...



Todos los adelantos realizados en el siglo que terminaba, revisten un sello característico de magnificencia, pero ninguno como el de la electricidad. Aquellas convulsiones de la rana de Volta parecen esfumadas en un lejano pasado, y parece increíble que ellas fuesen el origen de las ignoradas convulsiones, de un agente desconocido que produce luz, calor, energía, que transmite la voz y la escritura y que conserva nuestra propia voz en los rugosos cilindros del fonógrafo.

Nuestro soñador e ilusionado artillero había sido testigo del paso del cañón liso al rayado, desde que Cavalli en el año 1846 lo realizase prácticamente para disparar proyectiles oblongos; la evolución de estos y su carga por la recámara; los avances en la fundición de los materiales y el empleo de las pólvoras prismáticas hasta conseguir velocidades iniciales de 700 m/seg. En fin todo el progreso de la Artillería como no lo había experimentado en los siglos anteriores.

Pero la primera acción de tiro antiaéreo con derribo tuvo lugar para el ejército español el 1 de julio de 1898 en la isla de Cuba durante el combate de San Juan que hizo fuego sobre un globo cautivo consiguiendo alcanzarle el cuarto disparo.


Memorial de Artillería: Cañón Krupp de 6´5 cm para el tiro contra globos

Aunque ninguno de los protagonistas era consciente en aquel momento de la futura repercusión del hecho, a partir de él se inicia un nuevo camino en el desarrollo de los sistemas de armas que han de enfrentarse a la amenaza aérea, que si bien en este momento estaba representada por los globos en cautividad y se batió con medios circunstanciales, haría necesario el progresivo avance de la aviación que pondrá pronto en el aire otros elementos.
Los telémetros fueron progresando en sus dos modalidades: los de coincidencia propugnados por los ingleses y los estereoscópicos desarrollados por los alemanes.

Todo el siglo XIX será por tanto una época de transición que se prolongará a lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX, pues los descubrimientos que se vienen realizando superan a lo imaginado por el hombre hasta entonces, ramificándose las ciencias por su extensión, no bastando la imprenta necesitándose la estereotipia, el telégrafo óptico pasa a ser eléctrico, el vapor hace volar a las naves por los océanos acercándolos a los continentes, en fin las máquinas se multiplican y la guerra se sirve de todas ellas.

EL SEXENIO DEMOCRÁTICO (1868–1874).

Nota: Pulsar sobre las imágenes para verlas a mayor resolución.


Camina la Virgen pura
con San José Liberal
para el santo nacimiento
de la República Federal

Vinieron los pastorcitos
a besarle pies y manos,
Jesucristo, muy contento,
porque eran republicanos (...)

Viva Jesús Nazareno
Juez de nuestra religión,
vivan Jesús Nazareno
y don Carlos de Borbón.


Villancico, 1872.






<- Nos encontramos ante un documento de naturaleza política que satiriza la búsqueda de un monarca para España, después del destronamiento de Isabel II en 1868 y la proclamación de una nueva constitución en 1869, que establecía la monarquía democrática como forma de gobierno.

El Sexenio democrático es una de las etapas más agitadas del siglo XIX español. La
revolución de septiembre de 1868 –la Gloriosa– se inicia con un pronunciamiento liberal, tanto
militar y como civil, que abre una etapa revolucionaria con la que se pretende, sin conseguirlo,
instaurar un régimen democrático. A pesar de ello, el sexenio aportó la primera Constitución
democrática del siglo XIX.

Claro exponente de las dificultades del período es la rápida sucesión de fases:

– destronamiento de Isabel II
– Gobierno provisional
– Monarquía democrática de Amadeo I
– 1ª República

Asimismo, el Sexenio sufrirá problemas políticos y sociales, que arrastraba casi desde sus
comienzos la revolución liberal española (el problema carlista, el colonial y el problema de la
tierra), a los que se suman la llamada “cuestión social”, las lacras y los excesos de la centralización
y, sobre todo, tres conflictos de envergadura –la guerra cubana, la guerra carlista y la sublevación
cantonal–.

La Gloriosa, septiembre de 1868


<- Caricatura sobre la I República. Entre los protagonistas principales: Emilio Castelar y Pi i Margall.
Pi i Margall (centro) se ve desbordado por el federalismo, representado en figuras infantiles ataviadas con los distintos trajes regionales, Emilio Castelar (izqd.)intenta poner orden impartiendo clase y mientras la oposición (derecha) aprovecha para hacer de las suyas, es decir, oponerse.


Entre las causas de la revolución pueden citarse:

- La crisis financiera internacional de 1866 puso fin a la prosperidad
económica de 1856–1865. El hundimiento de la Bolsa y el parón del tendido
ferroviario provocó la quiebra de muchos bancos y empresas. La industria
textil catalana sufrió los efectos del recorte de las exportaciones de algodón
por causa de la guerra de Sucesión norteamericana y por la bajada del
consumo.

- A la crisis financiera e industrial se añade una crisis de subsistencias por las
malas cosechas en 1867 y 1868 con sus secuelas de carestía de alimentos,
hambre y mortalidad.

- En el plano político las causas hay que buscarlas en el agotamiento del
régimen político moderado tanto por la corrupción del sistema como por el
empeño de los moderados de mantenerse en el poder aunque fuera por la
fuerza.

- Los partidos de la oposición –Progresistas, Unión Liberal y Demócrata- ante
la imposibilidad de alcanzar el poder por vías legales, optaron por la
preparación de un movimiento revolucionario. Este siguió las pautas del
pronunciamiento militar liberal, apoyado por juntas revolucionarias
progresistas y demócratas cuyo objetivo era el destronamiento de Isabel II.

- La muerte de O’Donnell, en 1867, facilitó la adhesión del general Serrano, el
nuevo dirigente de la Unión Liberal, a la causa revolucionaria. La
participación de los generales unionistas aseguró el apoyo militar a la vez que
imprimió un giro menos radical a la revolución.

La revolución comenzó con el pronunciamiento de la armada en Cádiz (17 de septiembre de
1868), al mando del almirante Topete, y del ejército, dirigido por los generales Prim y Serrano.

Pero la revolución se consolida gracias la formación de las juntas revolucionarias de carácter civil
que desde Andalucía se extienden por toda España.

En un primer momento, el poder residió en las juntas revolucionarias que reclamaron amplias
medidas de democratización política (sufragio universal, libertad de expresión, de reunión, de
asociación y de culto) y de reformas sociales (desamortización, abolición de las quintas y del
impuesto de consumos).

La revolución social y económica del movimiento popular hicieron caer en la batalla de
Alcolea (28 de septiembre de 1868) a Isabel II, la cual tuvo que exiliarse, dejando el poder dividido
entre las juntas revolucionarias (Demócratas y Republicanos) y el Gobierno Provisional
(Progresistas y Unionistas).

El Gobierno Provisional


<- Prim, Serrano y Topete subastan los atributos del trono español.

El gobierno provisional con Prim y Serrano como hombres fuertes, compuesto por unionistas
y progresistas, decretó la disolución de las juntas y asumió el ideario democrático de estas.
Pero una de las cuestiones clave era la forma de gobierno, monarquía o república, que debían
decidir unas Cortes constituyentes. Se convocaron elecciones en marzo y se celebran en junio,
fueron las primeras elegidas por sufragio universal, dieron la mayoría a los partidos de la coalición
antiborbónica –unionistas, progresistas y demócratas–, partidarios de una monarquía democrática.
A la izquierda se situó una fracción del partido demócrata partidaria de la República, y que formó el
Partido Republicano Federal.

Prim (Progresistas) pasa a ser nombrado jefe de gobierno y Serrano (Unionistas) es declarado
regente.

La labor más importante fue la desarrollada por Laureano Figuerola en materia económica:

- Creó la peseta
- Intentó una reforma fiscal, destinada a suprimir el impuesto de consumos, que
resultó fallida.
- Dictó una nueva legislación minera que permitió las inversiones de capital
extranjero.
- Creó un arancel que introdujo el librecambismo en España.

La Constitución de 1869

Es la primera constitución democrática española y recoge las siguientes características:

- Establece un régimen de monarquía basado en el principio básico de la
soberanía nacional.
- Recoge una amplia declaración de derechos y libertades como el derecho
de reunión de asociación, el juicio por jurados, el sufragio universal y
directo para los hombres mayores de 25 años y la libertad de culto.
- Se fundamenta en los principios de la división de poderes y en la
descentralización.
- Las Cortes son bicamerales (Congreso y Senado), y asumen completamente
la aprobación de las leyes y tienen iniciativa legislativa –poder legislativo–.
- El ejecutivo, de acuerdo con la fórmula británica del “rey reina pero no
gobierna”, era desempeñado por los ministros responsables ante las Cortes.
- Asegura la independencia y la democratización de la justicia, ya que
establece el sistema de oposiciones y el del jurado.
- Se reemprende la desamortización y se suprimen los consumos.
Pero el mayor problema al que se tenía que enfrentar este nuevo gobierno era el de encontrar
un rey ya que ni Isabel II ni su heredero (Alfonso XII), ni la opción carlista eran opciones
válidas.


La oposición al gobierno progresista


<- ¿República o Monarquía para España?
Caricatura publicada en la revista satírica La Flaca el 26 de junio de 1870


Los mayores problemas a los que se tuvieron que enfrentar fueron:

- El descontento de los republicanos por la trayectoria que el Gobierno
provisional impuso a la revolución al inclinarse por la monarquía. Por otra
parte estaban los carlistas que también se oponían al gobierno.
- Las crisis agrarias de 1867–1868 desataron la rebeldía de campesinado
andaluz. El fracaso de la sublevación produjo el desengaño del campesinado
hacia los partidos políticos. Desde 1872 con la introducción en España de la I
Internacional, en su versión anarquista, apolítica y colectivista encontró eco
en ese campesinado desengañado.
- De igual modo la escasez, la carestía y la protesta contra los consumos y las
quintas provocó motines populares urbanos. Surge la huelga.
- El Sexenio tuvo en la guerra de Cuba (1868–1878) otro problema de gran
envergadura. La falta de respuesta por parte el gobierno y las ansias
independentistas cubanas provocaron un movimiento secesionista dirigido por
Céspedes.

Monarquía de Amadeo de Saboya (1871–1873)

<- Aspirantes al trono español

La elección de Amadeo de Saboya por las Corte Constituyentes (octubre, 1870) como nuevo
Rey de España no fue unánime (191 votos a favor y 100 en contra)1.
Era el candidato de Prim y cuando éste fue asesinado en 1870 perdió al que era su mayor
apoyo; Amadeo I, con el rechazo aristocrático y popular, tuvo que enfrentarse a graves problemas.
Prim había mantenido unida la coalición monárquico–democrática y su muerte provocó su
descomposición. Los unionistas se alejaron el nuevo régimen y se acercaron a los partidarios de la
solución alfonsina.

En el seno del partido más sólido de la coalición, el Progresista, se produjo la ruptura. De un
lado Sagasta, con la parte constitucionalista, y por el otro Ruiz Zorrilla, con el sector más radical).
También se oponían a él la Iglesia católica (por la cuestión de la libertad política), la nobleza
(por la desamortización) y la burguesía industrial y financiera (por la cuestión de la esclavitud en
Cuba).

El carlismo cobró un nuevo impulso tras el destronamiento de Isabel II, iniciando una tercera
guerra carlista a favor de Carlos VII (1872–1876).

Amadeo I tuvo graves problemas como gobernante y se vivió una fuerte inestabilidad política
(tres elecciones y seis cambios gobierno en treinta meses).

Aprovechando un problema militar en el cuerpo de artillería abdica en febrero de 1873.

La cuestión cubana

<- Independencia Cubana.

El mayor problema de la Monarquía Democrática fue el de Cuba. La alta burguesía española
obtuvo sus grandes fortunas de Cuba; asimismo, los antiabolicionistas tuvieron un importante
papel en el movimiento alfonsino, siendo el marqués de Manzanedo uno de los principales
inspiradores del movimiento antiabolicionista.

Los problemas, en primer lugar, derivaban del hecho de que entre la sociedad cubana y la
española las diferencias eran crecientes. Los productores de azúcar y tabaco concedían cada vez
más importancia a Estados Unidos como mercado natural, mientras que se agudizaban las
tensiones entre criollos y peninsulares.

Había también una cuestión político–administrativa. El Capitán General, autoridad suprema
en Cuba, tenía unos poderes que equivalían a los de un monarca absoluto. La distancia y la
inestabilidad política en la Península impedían que desde ésta se ejerciera el poder con decisión
y coherencia. De hecho, el Capitán General en el momento, Francisco Lersundi, adoptó una
política de dura represión que fue ya irreversible al poco tiempo.

La sublevación aconteció muy poco después de la revolución, tras el llamado gritó de Yara
(octubre, 1868). Su foco principal se sitúo en el oeste de la isla y tenía como principales líderes
a Maceo y Gómez. La “guerra larga”, en realidad, no fue más que una interminable guerrilla
que tardó diez años en ser erradicada. Una buena parte de los dirigentes republicanos y alguno
de los intelectuales más conocidos formó parte de la sociedad abolicionista de la esclavitud,
cuestión que estaba planteada en la política española en torno a 1872–1873.

La guerra carlista


<- Alístate a las filas carlistas.

La desaparición de Isabel II creó nuevas esperanzas de que se volviera a la línea dinástica
representada de Carlos María Isidro, cuyo candidato era el autodenominado Carlos VII.

La práctica del sufragio universal permitió a los Carlistas triunfar en las elecciones de 1869 en
todo el Pais Vasco y Navarra, mientras que la libertad de imprenta hizo posible la existencia de
periódicos carlistas. Pronto los carlistas se dividieron en dos tendencias, unos querían la defensa
de la actuación en la legalidad (Cándido Nocedal y sus neocatólicos) y otros querían la
sublevación militar.

En 1872 se produjo una sublevación general del carlismo pero don Carlos fue derrotado en
seguida y durante algunos meses el carlismo quedó reducido a tan sólo unas cuantas partidas. A
final de año se produjo una nueva sublevación, inicialmente de poca envergadura, pero que se
fue extendiendo sobre todo a partir de la proclamación de la República.
En 1873 don Carlos volvió a España y tomó Estella.

La I República (febrero 1873–enero 1874)

El vacío de poder hizo que Republicanos y radicales monárquicos, se unieran para salvar el
ideario democrático de la revolución de 1868. Su lema va a ser “orden, justicia, y libertad”. El
primer gobierno republicano estuvo formado por una coalición de radicales y republicanos, y
presidido por Estanislao Figueras. Los radicales querían una República unitaria, mientras que los
republicanos renuncian a la proclamación inmediata de la República federal dejando esta decisión
para las Cortes. Pero esta I República sólo fue reconocida internacionalmente por EE.UU.

Los dirigentes republicanos se encontraron con una doble oposición:

- Por un lado los radicales: republicanos, monárquicos y unitarios (derecha)
- Por el otro los intransigentes: partidarios del inmediato establecimiento de la
República federal, aunque sea por la vía de la revolución.

La desilusionada y frustrada masa federal intentó proclamar el Estado catalán dentro de la
República Federal española. La radicalización se extendió a los campesinos, que identificaron la
República con el reparto de tierras. En Andalucía estos brotes revolucionarios desembocaron en
graves disturbios como el de Montilla, en Córdoba.

Los republicanos federales gobernaran solos, puesto que los radicales intentaran derribar el
gobierno por la fuerza e impedir la convocatoria de Cortes Constituyentes. Tuvieron que hacer
frente a las recuperaciones de las guerras carlistas y a los partidos políticos restantes.

El 1 de junio de 1873 se convocan Cortes Constituyentes, nombrándose un nuevo gobierno
presidido por Pi i Margall. Emilio Castelar se encargó de redactar un proyecto de constitución
según el ideario federalista.

Las elecciones a Cortes Constituyentes darán una abrumadora mayoría a los republicanos
federales.

La Constitución de 1873 declaraba:

<- Caricatura de todas las etapas del Sexenio Democrático.

- La total separación Estado–Iglesia y el matrimonio civil.
- La separación de poderes, con la creación de un cuarto poder, el Poder de relación, en
manos del Presidente de la República.
- Estructura federal con 17 estados incluyendo Cuba y Puerto Rico para evitar problemas
coloniales. Cada estado podía elaborar su constitución, dentro de los límites de la
constitución federal.
- Mantenía derechos similares a la de 1869.

No llegó a aprobarse por el estallido de los movimientos cantonalistas, la conflictividad social,
la extensión de la guerra carlista y el problema cubano.

En julio dimite Pi i Margall y le sustituye Nicolás Salmerón, que produce un giro
conservador. Para acabar con el movimiento cantonal y los levantamientos se aumenta la presión
social en las calles, se reprime la I Internacional y se refuerza el ejército y la Guardia Civil.
En septiembre Castelar es nombrado presidente. Gobierna por decreto. El gobierno sale
fortalecido como árbitro de las tres guerras y se sofoca el levantamiento cantonalista casi en su
totalidad.

Pero el 3 de enero de 1874 Pavía da un golpe de Estado en las Cortes que votaban la
sustitución de Castelar.

El movimiento cantonal


<- Disputas en la casa de los Borbones.

El cantonalismo buscó hacer realidad el ideal de la República federal desde abajo, es decir, la
formación de unos poderes locales fuertes y autónomos –cantones– como medida para
contrarrestar el centralismo.

En Andalucía aparecen poderes políticos que se declaraban autónomos y que no reconocían el
poder central. La sublevación federal cantonalista fue protagonizada por estudiantes,
intelectuales y políticos provincianos, a los que se suman artesanos, tenderos y asalariados de
diversas especies. Muy a menudo los internacionalistas (movimiento obrero) colaboraron con el
cantonalismo.

Puntos destacados de la sublevación cantonal fueron Alcoy y Sanlúcar, pero el principal foco
fue la sublevación de Cartagena, que contó con el apoyo de parte de la Armada. Para sofocar
estos levantamientos Salmerón empleó a militares monárquicos, como los generales Martínez
Campos y Pavía, que acabaron con el movimiento cantonal durante el verano de 1873.

Hacia la Restauración

El ejército propone a Serrano para cerrar el proceso y acabar con las guerras y el desorden,
pero los carlistas van a aguantar hasta 1876 y la guerra de Cuba va a durar hasta 1878.
La causa alfonsina es la salida más lógica. Canovas del Castillo redacta el “manifiesto de
Sandhurst” en diciembre 1874, firmado en la localidad inglesa del mismo nombre, según el cual
Alfonso, en el caso de ser nombrado rey, se comprometía a implantar un régimen constitucional y
parlamentario estable.

El general Martínez Campos se adelanta y se pronuncia en Sagunto a favor de Alfonso XII el
29–30 de diciembre de 1874, poniendo fin a la I República.

Política económica del Sexenio

El objetivo principal de la política económica del momento fue el crecimiento económico,
para lo cual se tomaron diversas medidas, destacando en importancia las propuestas por Laureano
Figuerola ya durante el gobierno de Serrano en 1868.

Se creaba en este año la nueva unidad monetaria, la peseta, vinculada al sistema de paridades
de la Unión Latina.

Para responder a las demandas sociales se intentó realizar una reforma fiscal que suprimiera
los “consumos”, pero no fue posible debido a la oposición de la burguesía y a las necesidades de la
Hacienda. Con el fin de dar solución a dichas necesidades, relacionadas principalmente con la
cuestión de la Deuda Pública, se creó el Banco Hipotecario en 1872, y se otorgó al Banco de España
el monopolio de la emisión de billetes.

Pero lo más destacado del progresismo económico fue abrir la economía española a los
mercados exteriores, para lo cual se promulgó la Ley Arancelaria de 1869, que rebajaba los
impuestos aduaneros para facilitar la importación de bienes de equipo y la exportación de alimentos
y materias primas. Asimismo, la Ley de Sociedades Anónimas y la Ley de Minas de 1871
permitieron conseguir inversiones extranjeras y entrada de capitales para financiar el crecimiento
económico.
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Todas las ilustraciones son de la revista "La Flaca" La revista que salía cuando podía.



1 Los candidatos fueron varios, pero tuvieron inconvenientes que les llevaron a ser desechados.

- Espartero traía el recuerdo de su propia regencia en el pasado y era ya un anciano.
- El duque de Montpensier que contaba con el apoyo de una parte de los unionistas, era un Órleans, lo que
motivó que Napoleón III se quejara.
- Don Fernando de Coburgo tenía la ventaja de que en él se podía llevar a cabo la unión ibérica que formó parte
del programa de algunos grupos liberales, pero eso mismo era un inconveniente.
- Leopoldo de Hohenzollern-Simmaringen, por su origen alemán, despertó las mismas reticencias al emperador
francés.
- Finalmente se optó por Amadeo de Saboya quien aparecía identificado por completo con el liberalismo, al
mismo tiempo que su candidatura tenía un matiz anticlerical, por el conflicto de la Monarquía italiana con el
Vaticano, que también caracterizó a la política española del período posterior a la revolución.