Pollito Luciano
Thursday, May 19, 2011 2:18:04 AM
Alita era una mamá gallina de
las de verdad, siempre preocupada
por sus pollitos. La pobre tenía tanto
miedo a perderlos que los contaba todo
el rato, los volvía a contar y les repetía
cacareando sin parar:
-Quedense cerca de mí, cariños míos,
no se alejen y, sobre todo, tengan
cuidado con el gato.
Pero aquella mañana el gato rondaba
muy cerca del gallinero y un pollito
había desaparecido...Alita andaba
como loca, agitando las alas con gran
estruendo. Con el pico abierto y los ojos
desorbitados gritaba hasta desgañitarse:
-¡El gato se ha llevado a mi pequeño!
¡El gato se lo ha llevado!
En un momento se formó un alboroto
de padre y muy señor mío. En el corral,
los animales corrían en todas direcciones,
repitiendo con espanto:
-¡El gato se lo ha comido! ¡El gato
se ha zampado al pollito! De repente
vieron al pobre felino agachado detrás del
gallinero y se lanzaron a toda velocidad
tras él, que salió corriendo soltando
gritos, con el pelo totalmente erizado,
y saltó la valla.
Lejos del lío que había provocado sin
darse cuenta, un pollito muy pequeño
se aventuraba en el jardín dejando caer
granos de trigo por el camino. A su
alrededor, la naturaleza parecía hablar
suavemente y susurrable:
-Por aquí, Luciano, por aquí, pollito
mío. -Y los pajaritos que le seguían
repetían:
-¡Gracias, pollito, gracias, Luciano!
-De nada-contestaba Luciano sin
hacer caso. Pero después de quedarse
un instante pensativo respondió:
-¿Gracias, por qué?
-¡Pues por todo! -exclamó el gorrión
Hugo-. ¿No es una suerte poder
compartir los granos de trigo con
los amigos?
-¡Oh, no!¡Mis granos!-gimió
Luciano-. ¿Y ahora cómo voy a volver
a casa?
-Venga, hombresillo, no te preocupes.
Ya la encontraremos. Anda, no le des
más vuelta y sigue con el trigo.
El gorrioncillo le hablaba con una voz
tan cariñosa que Luciano se tranquilizó
y se puso de nuevo en marcha. Y la fila
siguió avanzando: primero Luciano,
que dejaba caer el grano, luego los
pájaros, que lo picoteaban. Y cuando se
acabó el trigo, Javo y sus compinches
se fueron volando sin decir ni adiós.
-¡Esperenme, esperenme!-gritó
Luciano, a quien le hubiese gustado
marcharse volando con ellos.-¡Bah!, ya
encontraré otros amigos -dijo al ver una
lombriz que se arrastraba por a tierra.
Pero Luis no tenía ninguna gana de
ser su amigo. Su familia siempre había
tenido pánico a los bichos con plumas,
aunque fueran pequeños. Y antes de
que Luciano pudiera dirigirle la palabra
ya había desaparecido.
Luciano siguió avanzando por el jardín
y tarareando con valentía <<Tralará larito>>,
pero como no encontró a nadie por el
camino, al cabo de cierto tiempo pensó
que se había perdido y se puso a llorar
con mucha pena.
-¿Por qué lloras?- le preguntó Janu,
un poco intrigada por aquella enorme
abeja sin rayas.
-Quiero volver a mi casa -dijo
mientras sollozaba y miraba a la abeja
a través de sus ojitos brillantes.
-No llores más -le dijo amablemente
Janu-. No estás perdido: yo vivo justo
ahí enfrente.
Lo tomó de la mano y le hizo entrar
en su casita mientras los gorriones, que
habían vuelto al jardín cantaban con
tono burlón:
Pobre pollito parlanchín
¡qué tristeza en su mirada!
Ya no tararea ni salta
mientras va por el jardín.
Janu, que ya no sabía qué hacer para
consolarlo, le buscó un jersey a rayas.
-Así -le dijo- parecerás una abejita
de verdad.
Pero el pollito, vestido con el jersey,
que le venía estrecho, se quedó en un
rincón sin moverse. Janu sintió pena
cuando por fin se dio cuenta de lo que
le pasaba: echaba mucho de menos
a su madre y necesitaba estar a su lado.
Así que decidió acompañarlo a casa,
al gallinero.
Para el pollito, el viaje de regreso
fue un maravilloso paseo por el jardín,
lleno de alegres canciones y compañeros
que revoloteaban.
Tralará larito, tralará larito...
las de verdad, siempre preocupada
por sus pollitos. La pobre tenía tanto
miedo a perderlos que los contaba todo
el rato, los volvía a contar y les repetía
cacareando sin parar:
-Quedense cerca de mí, cariños míos,
no se alejen y, sobre todo, tengan
cuidado con el gato.
Pero aquella mañana el gato rondaba
muy cerca del gallinero y un pollito
había desaparecido...Alita andaba
como loca, agitando las alas con gran
estruendo. Con el pico abierto y los ojos
desorbitados gritaba hasta desgañitarse:
-¡El gato se ha llevado a mi pequeño!
¡El gato se lo ha llevado!
En un momento se formó un alboroto
de padre y muy señor mío. En el corral,
los animales corrían en todas direcciones,
repitiendo con espanto:
-¡El gato se lo ha comido! ¡El gato
se ha zampado al pollito! De repente
vieron al pobre felino agachado detrás del
gallinero y se lanzaron a toda velocidad
tras él, que salió corriendo soltando
gritos, con el pelo totalmente erizado,
y saltó la valla.
Lejos del lío que había provocado sin
darse cuenta, un pollito muy pequeño
se aventuraba en el jardín dejando caer
granos de trigo por el camino. A su
alrededor, la naturaleza parecía hablar
suavemente y susurrable:
-Por aquí, Luciano, por aquí, pollito
mío. -Y los pajaritos que le seguían
repetían:
-¡Gracias, pollito, gracias, Luciano!
-De nada-contestaba Luciano sin
hacer caso. Pero después de quedarse
un instante pensativo respondió:
-¿Gracias, por qué?
-¡Pues por todo! -exclamó el gorrión
Hugo-. ¿No es una suerte poder
compartir los granos de trigo con
los amigos?
-¡Oh, no!¡Mis granos!-gimió
Luciano-. ¿Y ahora cómo voy a volver
a casa?
-Venga, hombresillo, no te preocupes.
Ya la encontraremos. Anda, no le des
más vuelta y sigue con el trigo.
El gorrioncillo le hablaba con una voz
tan cariñosa que Luciano se tranquilizó
y se puso de nuevo en marcha. Y la fila
siguió avanzando: primero Luciano,
que dejaba caer el grano, luego los
pájaros, que lo picoteaban. Y cuando se
acabó el trigo, Javo y sus compinches
se fueron volando sin decir ni adiós.
-¡Esperenme, esperenme!-gritó
Luciano, a quien le hubiese gustado
marcharse volando con ellos.-¡Bah!, ya
encontraré otros amigos -dijo al ver una
lombriz que se arrastraba por a tierra.
Pero Luis no tenía ninguna gana de
ser su amigo. Su familia siempre había
tenido pánico a los bichos con plumas,
aunque fueran pequeños. Y antes de
que Luciano pudiera dirigirle la palabra
ya había desaparecido.
Luciano siguió avanzando por el jardín
y tarareando con valentía <<Tralará larito>>,
pero como no encontró a nadie por el
camino, al cabo de cierto tiempo pensó
que se había perdido y se puso a llorar
con mucha pena.
-¿Por qué lloras?- le preguntó Janu,
un poco intrigada por aquella enorme
abeja sin rayas.
-Quiero volver a mi casa -dijo
mientras sollozaba y miraba a la abeja
a través de sus ojitos brillantes.
-No llores más -le dijo amablemente
Janu-. No estás perdido: yo vivo justo
ahí enfrente.
Lo tomó de la mano y le hizo entrar
en su casita mientras los gorriones, que
habían vuelto al jardín cantaban con
tono burlón:
Pobre pollito parlanchín
¡qué tristeza en su mirada!
Ya no tararea ni salta
mientras va por el jardín.
Janu, que ya no sabía qué hacer para
consolarlo, le buscó un jersey a rayas.
-Así -le dijo- parecerás una abejita
de verdad.
Pero el pollito, vestido con el jersey,
que le venía estrecho, se quedó en un
rincón sin moverse. Janu sintió pena
cuando por fin se dio cuenta de lo que
le pasaba: echaba mucho de menos
a su madre y necesitaba estar a su lado.
Así que decidió acompañarlo a casa,
al gallinero.
Para el pollito, el viaje de regreso
fue un maravilloso paseo por el jardín,
lleno de alegres canciones y compañeros
que revoloteaban.
Tralará larito, tralará larito...













