Skip navigation.

Las Quejas Habituales

blogs are dead...

tres y treintaidós

Me levanto despacio. 3+32am. Veo a mi mujer acostada a mi lado, profundamente dormida, en esa posición tan suya, con esa respiración tan suya.
Tomo aire. Mi cerebro queda en blanco por algunos segundos. Ni un sonido en la habitación, en la calle, en el mundo.
“Perdóname”.
Abro la ventana.

¿Nena?

La primera vez que Marcelo vió a KS fue en la cancha de volleyball de la universidad. Algún tipo con el que estaban conversando Marcelo y Jaime (en realidad un conocido de Jaime) fue el que los hizo mirar en dirección a la cancha tras emitir un “esa vieja está buenísima”, que, como era de esperarse, obtuvo inmediata atención. A la distancia se veía rubia, estatura promedio, y un culo y unas piernas impresionantes: en efecto, estaba buenísima. Y Jaime que dice: “ah, sí, se llama KS, me tocó con ella en uno de los grupos de clase, es buena gente además”, y Marcelo que siente que nunca ha tenido esa suerte, y que ella está lejos de su alcance. El tipo se tiene que ir a clase y Jaime y Marcelo, que tampoco tienen más que hacer, se acercan a la cancha. La conversación surge espontánea, y Marcelo se da cuenta de que además KS tiene los ojos de un azul perfecto, y una risa que lo seduce, una risa que él provoca fácilmente en ella, y le gusta. Le gusta mucho. Y la suerte le sonríe esta vez, ya que una de las compañeras de grupo de Marcelo es a su vez amiga de KS, y siente como si todas las cosas apuntaran en la dirección que él quiere, por lo cual las conversaciones con KS se vuelven cada vez más frecuentes, y las llamadas telefónicas también, y KS vive muy cerca de la universidad pero Marcelo la lleva igual en el carro.
-¿Cuándo me invitas a una cerveza?
-Apenas salgamos de clase podemos ir, si quieres- Dice Marcelo, nerviosamente pero disimulando a la perfección.
-Me encantaría- contesta KS

Van a cualquier tienda y toman su primera cerveza, sentados en un andén cualquiera en ese día levemente soleado, y caen en cuenta de que se gustan, pero ninguno se atreve a decirlo, ni siquiera a sugerirlo. Así transcurren los días, sin que ninguno tome la iniciativa, hasta el momento glorioso para Marcelo cuando casualmente menciona esa canción que dice quiero ser el único que te muerda la boca y KS muestra toda su sonrisa al encontrarse con una de sus canciones favoritas, y Marcelo, en un momento de rarísima inspiración le dice, esta vez sin cantarlo “quiero ser el único que te muerda la boca” en el momento exacto, con el tono exacto para acercarse un poco a la felicidad. Y el beso no se hace esperar, ese beso adolescente de hormonas y deseo, de amor jovencísimo.
El día en que las gotas de agua caían del cielo casi con furia, en un ataque que contaba con millones y millones de kamikazes líquidos que interrumpieron el partido en sus minutos finales debido a las pésimas condiciones en que había quedado la cancha, KS, viendo a Marcelo empapado y sin ropa para cambiarse, lo invitó a su casa, que a esa hora del día se encontraba vacía, para secarse. Ya en la habitación de ella, con un Marcelo solamente en calzoncillos y mientras la lluvia se reventaba suicida contra las ventanas, el piso, las tejas de esa Bogotá helada, los besos fueron calentando cada cuerpo, cada rincón de la habitación y de la casa; mientras Marcelo desnudaba lentamente a KS la observaba cerrar los ojos de placer, miraba su cuello tan blanco, descubrió los pezones color rosa pálido que ya conocía tan bien, los senos que encajaban perfectamente en su mano, besó suave pero de alguna manera torpemente su abdomen plano, su ombligo no tan profundo, en un gesto inesperado mordió sus labios en el mismo momento en el que ella le quitaba los calzoncillos y sentía su pene absolutamente erecto y él la sentía tan húmeda; ella comenzó a masturbarlo lentamente, con cuidado, y después lo montó: por fin había llegado el momento que habían esperado, ese momento sublime en el que ella descendía lentísimamente sobre él y ambos sentían cómo el amor los invadía, cómo se encarnaba en ellos en ese día tan lluvioso y frío pero que disfrutaban al máximo, hasta que alguien golpeó en la puerta de la habitación.
-¿Nena?
-Mierda!! -Susurró KS- Mi papá!!
-Re- mierda!!! –balbuceó Marcelo que sorprendentemente ya estaba con los pantalones puestos y media camisa abotonada, todo un récord mundial- ¿qué hacemos?-
-No tengo ni puta idea… no sé por qué está aquí a esta hora…
-Parece que está sonando el televisor de su habitación… ¿nos estará esperando?
-Pues eso parece… mierda, mierda, mierda!!!!
-Puta vida… vistámonos al menos- Marcelo tenía el corazón más rápido que nunca antes
-Esperemos un rato a ver si se va
-Pues sí, ojalá
Transcurrieron 15 minutos, y seguían encerrados en la habitación. El hombre no volvió a tocar la puerta, pero sonaba todavía el televisor
-Maldita sea, ¿qué hacemos?
-Pues creo que no tenemos escapatoria, tendremos que salir de acá algún día. ¿Estás listo?
-Sí- mintió Marcelo
-Eso te pasa por meterte con la consentida de la casa- intentó bromear KS
-Lo tendré en cuenta- intentó reir Marcelo
-¿Pá?
Silencio.
- ¿Pá?
Televisión.
KS se asoma a la habitación y no encuentra a nadie, solamente el TV encendido.
Parece que se fue hace rato…

divergencia/convergencia

1

-“Este soy yo. Mi nombre es M.”- Me lo repito una y otra vez mientras veo mi reflejo raquítico en la ventana. -“Mi nombre es M, y he cambiado”-. Me di cuenta que he cambiado la otra noche, cuando le mostré las fotos de mi billetera a B. (Es curioso, a nadie nunca le mostraba yo mis fotos, sin embargo B. me inspira confianza); creo que por fin los años me están alcanzando (o tal vez pienso eso por ver mi reflejo en esta ventana tan limpia). Ahora estoy con lo usual para mi edad: kilos de más, canas, arrugas, pero también estoy más abierto y sobretodo más estúpido. –“Este soy yo y mi nombre es M. Ahora estoy viejo y estúpido y con insomnio”-. Pero no siempre fui así, tuve una época brillante (o al menos no tan agonizante), con posibilidades abiertas, con un hígado resistente a los constantes embates del alcohol. -“Mi nombre es M. Y ya no puedo tomar como antes”-. Me veo en la ventana mientras bebo mi quinta cerveza y pienso en los años gastados a fuerza de recordarlos, que es lo que hago ahora en mis eternas noches de insomnio. Recordar y mirarme en la ventana mientras bebo, mientras oigo discutir a los vecinos italianos (los italianos siempre están discutiendo), mientras en el piso de arriba hacen el amor. -“Ya no puedo tomar como antes y todos estamos en sitios impensados hace 10, 12 años”-. Pero estamos bien. -“Pero estamos bien”-. La juventud partió sin dejar resaca, ahora todos somos miembros productivos de la sociedad. O ellos lo son. Yo sigo igual, pero he cambiado. Lo niego, pero sé exactamente cuándo empezó a cambiar todo, cuándo el camino se desvió y me llevó a verme viejo, insomne y cansado frente al espejo.
A veces pareciera que todo empezó y terminó con ella

2

Podría decir que no era tímida. Mejor, podría afirmar que no era tímida, lo sé porque así la conocí, porque fue la primera impresión que tuve al verla cuando me habló (naturalmente ella fue la que inició la conversación, yo sería incapaz debido a mi timidez que en más de una ocasión me ha hecho parecer un completo cretino), cuando me dijo – y son palabras textuales- : “Eres el primer escritor que veo en un bar leyendo sin un cigarrillo en la mano”. Yo no supe qué responder, no sé de dónde sacó que yo era escritor, sólo me limité a poner una cara de estúpido notablemente remarcada por la forma en la que intenté sonreír y, como siempre, las palabras se perdían en algún lugar entre mi cerebro, mi timidez y mi lengua. Era cierto, yo no fumaba –no fumo- y nunca me había sentido tan feliz de haber evitado toda la vida el humo apestoso porque así, gracias a ese evento casi cósmico o providencial que me hacía toser ni bien el cigarrillo tocaba mis labios, la pude conocer (aunque decir conocer es exagerar). Así que bebí algo de cerveza, y sentí también como si bebiera al sol que atravesaba sin pedir permiso ese vaso ahora medio lleno (hasta hace tan poco medio vacío!) y cuya luz fue suficientemente iluminadora para darme el valor necesario de disipar el humo alrededor, de romper en pedazos ese humo que la lamía provocadoramente tratando de robarse su olor, entonces, sorprendiéndome a mí mismo (y creo que a ella un poco también), continué la conversación, encantador como nunca antes lo había sido (al menos en estas circunstancias) y me enamoré en ese instante (y creo que ella un poco también). Un momento perfecto por casual, por inesperado (yo no esperaba nada en esa época, ella no sé); no sabía que tendría millones de momentos que serían nuestros (más míos que suyos), eso nadie podía saberlo, ni siquiera el sol atravesando el vaso medio lleno en donde se partía en todas las direcciones, recostándose sobre mi pecho, en la mitad de mi cara, diciéndome al oído lo que yo tenía que decirle a ella para no perder esa oportunidad única en todas mis tardes y noches de cafés y bares, de humo y cerveza, de soledad que perfora el corazón.

3

Podría disimular y repartir miles de culpas: el clima, la distancia, la situación económica mundial… pero tarde o temprano todo se reducía a ella. A medida que cada queja entraba en el embudo de la tristeza, se iba depurando la verdadera razón de mi ánimo. Parecía que el tiempo transcurrido no ayudaba a barrer esa sensación, tampoco ayudaban ni la cerveza, ni los simulacros de amor (que eran cada vez menos frecuentes), ni tantas horas de falso olvido. Pero al menos ya había conciencia de que era un imposible. Por lo menos eso y las noches kilométricamente lejanas de felicidad ahora mutadas en un recuerdo bello, impoluto, en un lugar en el que se sentía calor y comodidad, en el que había seguridad: como el útero al que queremos volver sin darnos cuenta.

4

Con las manos conocí su rostro, palpando con los dedos el camino miles de veces recorrido por sus lágrimas, esas lágrimas femeninas y amargas producidas por tantos dolores tan agudos y con un intervalo de tiempo tan corto entre unos y otros que se habían convertido en un solo dolor crónico, sordo, el cual simplemente se exacerbaba en ocasiones diferentes y con distinta intensidad; que incluso había modificado su manera de ver las cosas e inspiraba momentos de tristeza profundísima (siempre maquillada pero evidente para mí, que las conocía a ambas); entonces inicié el movimiento del dorso de mi mano derecha en un intento vano (y posiblemente imperceptible para ella) por aliviar en algo su carga, no por amor (esto no tenía nada que ver con el amor) sino por esa especie de solidaridad que sienten las personas al compartir o sufrir esas tragedias grandes o pequeñas que nos recuerdan siempre lo pequeños y débiles que somos, a pesar del esfuerzo y estupidez del género humano en tratar de demostrar lo contrario. Sonreí débilmente cuando la vi tratar de abrir los ojos brillantes y profundos mientras inocentemente deseaba que borrara esas lágrimas ya lloradas. Y en ese momento puso su mano sobre mi pecho, prolongando sus uñas hasta mi corazón, marcándolo para siempre, apropiándose de él en un instante tan corto que me sorprendió y sobretodo me gustó, porque hacía mucho que no ocurría.
Sólo sangré un poco.

5

La recordaba principalmente en esas tardes soleadas de ocio y despreocupación, porque ella significaba ante todo tranquilidad, esa paz inmediata al verla y sentirla cerca cada noche, que me hacía olvidar lo absurdo y horrible, porque cuando estábamos los dos sentíamos que llegaríamos hasta el fin, sólo que ese fin llegó demasiado pronto y de una forma más bien traicionera y por lo tanto sorpresiva (aunque tal vez inconscientemente…) dejando un desequilibrio, una especie de mesa coja que no logra estabilizarse con nada que pongamos en la pata defectuosa, una gotera en el alma.
Intenté entonces llenar el vacío con lo usual, con lo que hacen todos, pero el sexo parecía un escenario, una farsa que una vez terminada me hacía darme más duro contra el suelo real; ninguna sustancia lograba tener un efecto duradero, sólo imitaban mal y por muy poco tiempo la felicidad aunque logrando, eso sí, pronunciar la desazón al día siguiente. Y aunque herí a mucha gente durante este proceso nada me importaba, sólo quería estrangular al dolor de la misma forma que el dolor me estaba estrangulando a mí, asfixiándome en la nostalgia y la duda, haciéndome volver forzosamente y con vergüenza a la soledad.

6

Aunque no pareciera, me encantaban los momentos de tranquilidad después de esas tardes tan apasionadas, momentos en que solamente estábamos los dos hallando allí mismo la paz tan anhelada… ¿eras capaz de sentir mi tristeza enorme e inexplicable en esa cercanía?

7

Ahora me doy cuenta de que, desde que te fuiste, el tiempo y la vida se me han hecho largos y dolorosos: como caminar descalzo sobre vidrio molido.


8
Me mirabas indignada porque no te daba regalos, cosas, como a las otras. Y te pregunté: -“¿Aceptarías si te diera mis pedazos de corazón, de alma, para ver si puedes recomponerlos?”-
Ya lo habías hecho, pero no lo sabías. Y yo no sabía que volverían a romperse.



9

Estaba otra vez recordándola: esa estúpida tendencia del ser humano de idealizar el pasado, agudizada por mi carácter detestablemente nostálgico, sobre todo en este tipo de situaciones; la recordaba a veces simplemente por agregar algo de drama en mi vida ahora aburrida y monótona, pero en otras ocasiones (la mayoría) porque en esta ocasión me tocó perder, y perdí mucho, y sé que jamás lo podré recuperar. Nunca. “Sos muy buena, me rompiste el corazón y no me di cuenta”. Pero lo dejó roto, al fin y al cabo. Tan roto que en ocasiones parecía inservible… es decir, fue tan brutalmente destrozado que ya no podía o no quería latir de nuevo, aunque conservaba su memoria, y ésta reclamaba (como único conjuro para renacer ese corazón) que ella volviera para no dejarla ir jamás. Por eso ante la más mínima señal aparecía ese recuerdo de felicidad, y al mismo tiempo el dolor de la felicidad perdida (y he aquí otra prueba de la estupidez humana: no reconocer la felicidad cuando se la tiene), lo que era una autopista para ir directo a esas depresiones largas y dulces, las cuales habían sido vistas por muy pocas personas en mi vida a pesar de ser un estado predominante; aunque sería más exacto decir que muy pocas personas habían reconocido mi depresión casi constante en parte por la forma magistral de ocultarla y en parte porque a casi nadie le interesaba realmente, absorbidos como estaban en sus propios problemas.

10

Y pasaron nuestros días, uno a uno, despacito, como sabiendo que pronto terminarían y querían que los disfrutáramos porque se irían para siempre, y me avisaron muchas veces pero yo no quería oír, arrogante, con la seguridad de saberme amado. Y la seguridad se convirtió en soberbia: me reí del miedo, de los días que me avisaban de lo inevitable para que estuviera preparado porque ya estaba cerca, desafié al destino. Y no gané. Todo el peso del abandono cayó sobre mí aplastándome, rompiéndome en pedacitos como al cristal más fino, dejando mis cenizas dispersas y humilladas. Totalmente vencido, con justicia, sin posibilidad de revancha.
Largas conversaciones mojadas con lágrimas verdaderas buscando una explicación, una razón válida, agarrándome de unos recuerdos azucarados para convencerte (como si no fuera ya una decisión irreversible), abriéndome el tórax para mostrarte cómo había quedado ese músculo tan asociado al amor después de tu partida, evidenciando la marca ya lejana de tus uñas y cómo sangraba ahora que no estabas, que no querías estar.

11

De pronto se me ocurrió pensar (mejor, tuve un instante de absoluta certeza) de que JAMÁS la volvería a ver… y al mismo tiempo sentí mucho miedo porque también tuve la certeza de que efectivamente me habían arrancado un pedazo grande de alma y no tenía ni idea cómo volver a sentirme medianamente feliz sin ella, porque a pesar de esos siglos transcurridos era muy poco lo que había cambiado (a pesar de la máscara y el disfraz que siempre me han sido tan útiles): la angustia persiste adentro, donde nadie pueda verla, donde es cubierta por miles y miles de capas de células todas perfectamente funcionales, sincronizadas, cumpliendo a cabalidad su misión, con lo cual puedo aparentar calma absoluta, tratando de aguantar ese “ladrillo negro”, evitando que se convierta en pared, en rascacielos- evitando que lo absorba todo (como si un ladrillo absorbiera algo)-. Fue el momento en el que me di cuenta de que aún guardaba esperanzas, siempre queriendo ser ciego al destino ( o la voluntad de Dios), ese que nos separó definitivamente y que no quiere ni que nos veamos ( no sé si para evitar el dolor o el amor), que desea el mínimo contacto… y que probablemente triunfe, y al final no podamos acordarnos de nuestras caras, las que pensábamos que sabíamos de memoria y que creímos impresas al rojo vivo en la mente, pero que con el tiempo cicatrizan y se deforman, se pierden entre tantas otras cosas inútiles y sin importancia que ocupan nuestras vidas. Y cuando la angustia triunfe (en ese instante que precede a la muerte y que es el momento más importante y único de todos los seres humanos) veremos con dolor que nos olvidamos de algo esencial: ese amor que vivimos y pensamos eterno. Sólo queda la esperanza de que no sea tarde para arrepentimientos.


12

Ahora somos (y seremos por siempre) como 2 pedazos de hielo que, una vez separados por el tiempo, no vuelven a encajar jamás.
Y ahora estoy viejo y con insomnio, mirándome en el reflejo débil que devuelve la ventana, mientras oigo vecinos que pelean y vecinos que hacen el amor, recuerdo y pienso en cómo me parezco ahora al hielo, en cómo me voy derritiendo lentamente y en cuánto tiempo me quedará hasta convertirme en un charquito que se irá con el sol.


Uno corto

Llegué temprano a mi cita con la muerte, pero ella estaba con otro. Salí de ahí, avergonzado.

A lo Boogie


Lo conocía de hace tiempo, del colegio. No éramos muy amigos entonces (ni lo fuimos nunca), pero tampoco éramos enemigos. Siempre fue igual, hasta ahora. Lo primero que se puede decir sobre él, lo primero que la gente recuerda, es que odia la violencia. En todas sus formas. Incluso evita decir groserías (excepto esa vez que golpeó accidentalmente el meñique del pie izquierdo contra la esquina de la pared: era inevitable); hasta en el estadio se comportaba de una manera, digamos, racional. Le pregunté qué había sucedido. Dudó un momento (mejor, pensó un momento) por dónde comenzar: era una de esas historias que necesitan un contexto. Pero yo tenía tiempo para escuchar, y de todas maneras a eso venía.
-No sé ni por dónde empezar…a la violencia la he odiado siempre. Me tocó vivir muy de cerca esa época de los atentados, las explosiones. Papá murió en uno de esos en la época dura de los narcos. Papá tampoco decía groserías, no le gustaban, sobretodo cuando las oía en boca de las mujeres. Una cuestión generacional, de machismo, creo yo. En fin. El día que papá murió estalló un carrobomba en un centro comercial. Tampoco le gustaban los centros comerciales: el que construyeron cerca de casa casi lo arruina. Pero tenía que ir ese día a encontrarse con un socio o proveedor o algo así y quedaron de reunirse cerca al centro comercial. Así que nada, el viejo va por ahí pensando en sus negocios, y de repente se transforma en pedacitos. Él y muchos más. Un segundo es algo compacto y al siguiente está diluido en la calle, mezclado con acero, vidrios, cemento, fuego, con otros pedacitos.
-Me acuerdo de eso. Una vecina del barrio también falleció. Trabajaba en una cafetería por ahí cerca o algo así.
-Casi todo el mundo conoce a alguien que murió ese día. O conoce a alguien que conoce a alguien que murió ese día.
-¿Fue hace cuánto, eso?
-No recuerdo bien. Yo tenía 8 o 9 años. Recuerdo a mamá llorando, la confusión, las llamadas que no daban ninguna información, los vecinos que empezaron a llegar a la casa. Y los días siguientes tan negros. Tan silenciosos. Y yo que no entendía nada.
-Me imagino. Debe ser algo complicado para un niño.
-Lo fue. De todas maneras yo tuve a mi hermano que veló por nosotros. Se hizo cargo del negocio y nos sacó adelante a todos. Era muy juicioso, hasta se iba a casar.
-Hasta que…
-Exacto – Me interrumpe- Hasta que llegó ese día en que por cerrar después de la hora normal, por ser tan responsable, salió muy tarde por ese barrio. Dicen que probablemente no sintió qué le pasó. Nunca se supo de dónde vino la bala perdida.
-Entiendo. Creo que si yo hubiera pasado por eso no lo hubiera tomado tan bien.
-Bueno, decir que lo tomé bien es exagerar. Digamos que lo tomé lo mejor que pude y seguí adelante. Se lo debía a ellos.
-Es una bonita manera de verlo
-Eso creía yo también.
-Es increíble cómo uno se acostumbra a las cosas
-Y aquí más. Cada noticia es más horrible que la anterior. En cualquier otro sitio, la mitad de las cosas que pasan acá causarían un escándalo casi cósmico, se removería todo, desde el fondo. Pero acá no. Todo sigue cada vez peor, más salvaje. A veces creo que la gente simplemente no alcanza a asimilar todo lo que pasa cuando ya viene otra tragedia.
-Puede ser. No hay tiempo para un duelo
-Eso pensaba yo. Pero me empecé a dar cuenta que lo que en verdad pasaba es que a la gente simplemente no le importaba. No le importa.
-A muchos nos importa
-Pero a 1 de cada 1000. O de cada 10.000.
-No podría asegurarlo
-Yo sí. Lo observé. Lo ví. Escucho a la gente cada día, y poco a poco llegué a convencerme de que estas cosas no importan a menos que uno sea el afectado. Perdí la fé poco a poco. Imperceptiblemente. Como si un tanque lleno de agua tuviera un hueco hecho por un alfiler. Gota a gota se desocuparía.
-Tomaría mucho tiempo eso…
-Y tomó mucho tiempo. Horas y horas y horas de goteo constante.
-Entiendo
-Y con la fé se va la paciencia también. Nunca he sido bueno soportando comentarios estúpidos, pero cada comentario se me hacía cada vez más estúpido, la gente se había convertido en una masa a la que sólo le interesa comprar cosas y emborracharse los viernes. Todos. Bueno, nunca se debe generalizar, pero la gran mayoría de gente que conozco ahora era así. Nada de sustancia, sólo apariencia, sólo indiferencia.
-¿Y entonces?
-Entonces sucedió lo de la bomba esa en el centro. Yo estaba con el personaje en cuestión..
-¿Jorge?
-Si, Jorge… Estábamos esperando a un par de compañeros del trabajo para ir a almorzar, y oímos la noticia de la bomba.
-¿Y?
-Y yo había tenido un mal día. Y cada vez soportaba menos a la gente. Y luego Jorge, al oir la noticia de la bomba, dice algo así como “bah, no me importa, no es cerca de mi casa”
-¿Y?
-Y recuerdo cómo me sube la sangre a la cabeza, cómo todo se vuelve blanco. Recuerdo cómo esas palabras entran a mi cerebro y retumban y parece que no pudieran ser procesadas en toda su extensión. No puedo creer que alguien sea capaz de pensar (y mucho menos decir) algo así. No puedo creer tanto egoísmo. Y lo pierdo. El autocontrol se va, me abandona, de la misma forma en que me había dejado mi mujer. Así que empiezo a darle. Veo todo blanco. No tiene ninguna oportunidad, no se esperaba eso. Todo sigue blanco. Sigo dando con todo, siento cómo le brota la sangre de la ceja izquierda, cómo mi rodilla hace parte de su entrepierna en cuestión de segundos, cómo mis zapatos hunden costillas y rompen órganos. Y le pregunto “¿esto sí te importa, cabrón?”. Patada a la cara. “¿Esto si lo sientes, hijo de puta?”. Me veo a mí mismo como Robert de Niro en “Goodfellas” cuando matan a golpes a uno que insulta al personaje de Joe Pesci. ¿Recuerdas la película?
-Una de mis favoritas- respondo
-Le doy exactamente los mismos pisotones en la cara que Robert de Niro da en esa película al tipo este y mientras grito: “¿Ahora si te importa, malparido? No dice nada, todavía está intentando saber qué le pasó. ¿Ahora si te importa, maricón de mierda?”. Silencio. Tal vez es que ya tiene una conmoción cerebral y no pueda hablar, no lo sé. Recuerdo todo lo que le dije porque no suelo decir groserías. Sólo esa vez del golpe en el dedo. En fin. Sigo golpeando y golpeando, sintiendo cómo ahora Jorge se transforma en algo amorfo y blando y roto que recibe dócilmente a mi pie en múltiples ocasiones. Le dí a lo bestia, a lo Boogie el aceitoso.
-……….
-Cuando paré todo se veía rojo. Lo siguiente que recuerdo es estar en el hospital, y las esposas y el dolor de cabeza. Sólo eso.
-¿Y luego?
-Luego me cuentan lo que hice. Nadie lo puede creer. Yo finjo sorpresa, finjo no creer lo que me dicen que hice. Pero sé que lo hice. Sólo era cuestión de tiempo.
-Y Jorge hizo el comentario desafortunado en el momento equivocado...
-Pudo haber sido cualquiera, pero fue él. Pobre desgraciado. Y sigo pensando que lo merecía.
-……………
-Lo mejor de esto, aparte de hacer algo de justicia, es que por fin la gente está haciendo lo que yo quería: se ha sensibilizado en el tema de la violencia. Tantos titulares, tantas entrevistas, han logrado que mi mensaje sea escuchado. Porque ante todo odio la violencia. La odio.

Paula estaba buenísima

-Paula está en las maquinitas- me dijo Alfonso
-Y qué?- pregunté yo, inocentemente
-Pues que podemos cogerle el culo ahí-

La idea me sonó bastante. No era la primera vez que lo hacíamos, ni mucho menos, pero a los 14 años no era mucho más lo que se podía obtener en cuanto a mujeres. Así que estábamos Alfonso, José, mi hermano y yo dirigiéndonos hacia el centro comercial para ver (en realidad, con la esperanza de manosear) a Paula. Paula estaba buenísima. O lo buena que puede estar una niña a los 14 años. Tenía una hermana, que se llamaba Sandra, que era más bien fea, y lo sabía. Por eso se vestía un poco puta. Y se dejaba manosear más fácil, pero sólo si nadie miraba. Sandra y Paula siempre estaban juntas, así que sabíamos que podríamos manosearlas a ambas, aunque fuera un poco, sólo cogerles las nalgas o una teta, y tal vez aguantar un bofetón (que hubiera valido la pena totalmente). Entonces íbamos 4 para 2. Mi hermano era el menor de todos, tendría unos 12 años, pero se la pasaba conmigo y mis amigos, y no ponía problemas para nada.
Así que llegamos al centro comercial, y nos dirigimos a las maquinitas. En la entrada estaba uno de los grupos del otro barrio, y nos odiábamos. Siempre les ganábamos en fútbol, y nosotros le gustábamos a las niñas de ese barrio. Por eso nos odiaban. Estaban ahí exactamente por las mismas razones que nosotros: también querían un poco de Paula, y si no se podía, pues de Sandra. No nos acobardamos, y entramos. Directo a las maquinitas.
-Hola Paulita, mi amor- Saludó Alfonso, que era el más feo y atrevido de todos
-Hola Nacho (nadie supo nunca por qué lo llamaba Nacho)
-¿Cómo estás?¿Vas ganando?
-Apenas desocuparon la máquina, voy a empezar a jugar- Dijo Paula, sonriendo
Sandra miraba desde una esquina, desconfiada. Me pareció ver cierta envidia hacia su hermana en ese momento.
-Voy a comprar unas fichas- Dijo José. Yo le dí dinero, no dejé que mi hermano le diera.
-OK, para que no nos echen de acá.
Paula empieza a jugar y yo aprovecho que Alfonso se descuida un momento por estar provocando a los del otro barrio, y me acerco por detrás de ella, abrazándola. Con una gran erección, por cierto, que Paula nota enseguida y ante la cual sonríe aún más.
-Qué rico- susurra, sólo yo la oigo.
El dueño del local nos mira mal, Sandra también y los del otro barrio ni hablar. Paula se da cuenta y se mueve para que me quite de ahí, fingiendo fastidio. No hay nada que pueda hacer, excepto cogerle rápidamente el culo, como lo había planeado.
Jugamos un par de fichas cada uno de mis compinches y yo. Mientras tanto, el que no juega se acerca a Paula o a Sandra y las tocan sin disimulo. Así una y otra vez. Los del otro barrio fuman a la entrada del local, se les ha acabado el dinero y el dueño ya se ha dado cuenta y no los deja entrar.
Paula se enoja por fin, demasiada paciencia ha tenido con nosotros. El dueño no quiere escándalos y nos echa de ahí. Logramos lo que queríamos, de todas maneras. Salimos felices.
-¿Qué hacemos ahora? – pregunta mi hermano
-Vamos al barrio otra vez- dice José
-Se me había olvidado decirles que los ñeros esos quieren jugar más tarde. Les gusta que les ganemos- Dice Alfonso
-Maricas- dice mi hermano
-¿Y a qué hora?- pregunto.
-A las 5 más o menos
-Pues de una

Mientas tanto hablamos. Básicamente mentiras, como tantos adolescentes. Hablando de experiencias que no hemos tenido, de mujeres, de fútbol. Todo mentira. Exagerando historias que después nos parecerán microscópicas, cuando muchos años después las recordemos. Rompemos cosas por el camino. Escribimos nuestros nombres donde quepan. Miramos mal. Damos lástima. Damos risa. Pero no lo sabemos. Creemos (queremos) ser grandes sin saber lo que eso significa: la monotonía, el aburrimiento, el tiempo cada vez más rápido, las deudas, la muerte, le enfermedad. El sexo, el alcohol, la droga. Estamos al borde de conocer todo eso, a segundos escasos de un viaje sin retorno. Oímos música. Matamos el tiempo, decimos groserías, escupimos al piso, eructamos. Preguntamos quién nos gusta. Decimos nombres e imaginamos cuerpos desnudos, imaginación desbordada que nos servirá para la masturbación infaltable de más tarde. Hacemos ruido, hacemos escándalo. Llamamos a los que hacen falta para el partido, y estamos completos, vamos a jugar 7 contra 7. Llegan Omar, y Alex y David, que son hermanos. Completos.
Y llega la hora del partido, estamos listos. 7 contra 7, no falta nadie. Vamos hacia la cancha, o ese potrero que tiene el tamaño suficiente para ser una cancha, cuadramos los arcos, escogemos lado, decidimos quién se va a quitar la camiseta (al gol, como siempre), se burlan de nosotros, nos burlamos de ellos, sabemos que uno de ellos está perdidamente enamorado de Paula, y nos tiene ganas, así que probablemente el partido estará caliente. Yo nunca he estado en una pelea, pero tampoco tengo miedo. Empezamos, jugamos a 10 goles. 3-1 vamos ganando cuando vemos que los ánimos se empiezan a calentar aún más: José recibe una patada fuerte. Cobramos y gol. No les gusta nada. Luego yo llevo un par de patadas, pero me controlo. Le logro meter un túnel a uno de ellos, y todos los de mi equipo celebran. Me como el gol, pero no importa, lo importante es humillar. Después me llevo otra patada, y mi hermano también. No nos quedamos atrás y empezamos a dar, ni huevones que fuéramos. Un par de adultos pasan y no les importa lo que sucede. El sol brilla, el pasto pica. Seguimos el partido, nos recortan ventaja, ya vamos 6-4. Paramos un momento para tomar algo de agua. Los ánimos parecen calmarse un momento, pero sólo en apariencia. Alguien le ha contado al enamorado que le estuvimos cogiendo el culo a Paula, oigo con nitidez cuando le cuentan, el odio se puede casi tocar en la mirada que nos lanza. Pero vale la pena, Paula estaba buenísima.
- Vamos a estar tranquilos- digo- igual vamos ganando.
Los demás asienten. Reiniciamos el partido. Gol de ellos. Gol de nosotros, jugadota de David (me sorprende, porque siempre ha sido más bien torpe), quien se lo dedica al enamorado. Otro gol de ellos. Sacamos y empezamos a jugar. Ellos aguantan atrás, nos esperan. David coge el balón y no dura con él ni 3 segundos: es fuertemente derribado, con sevicia. Alex reacciona violentamente con un empujón. Se oyen las puteadas, las burlas. Yo pienso en Paula, que está buenísima.
Empieza la pelea.


Como a los perros viejos

Otra vez la expresión de cansancio, la mirada de profunda tristeza, la insatisfacción de ver lo que soy. No soporto sostener mi propia mirada, me avergüenzo, me reprocho. Estoy dividido, y la parte de mí que “debería ser” me dice que está decepcionada, que deje de portarme como un irresponsable que sólo piensa en el hoy, que deje de pensar sólo en la satisfacción inmediata. Y otra parte de mí dice
-“pero nadie tiene la vida comprada, ¿qué tal yo muera esta noche, arrepentido?”.
* “La irresponsabilidad siempre pasa factura, es inevitable. ¿qué tal yo no muera esta noche, ni mañana, sino en muchos años, con el peso del fracaso?
-¿Habré fracasado si he hecho todo lo que he querido? ¿O al menos si lo intenté?
*“La Gran Maquinaria del Mundo nos come a todos, hay que ser muy especial para huir de eso, son pocos los elegidos; los años han pasado y no he hecho nada productivo”.
- “Pero algunos lo han logrado, han huido así sea con muchos años encima”
* “Porque son especiales, son genios, se han dado cuenta que su libertad proviene de su genialidad, aunque sean esclavos de su locura, de sus miedos, de sus terribles defectos”
- “Pero yo quiero huir de la Gran Maquinaria del Mundo, no quiero seguir un guión, quiero mi propia felicidad, no una felicidad prestada, publicitada, vendida como verdadera cuando he visto que es una mentira, que tiene mucho de cartón, de escenografía”
* “Cada vez estoy apareciendo con mayor frecuencia, eso es un signo de que soy necesario, de que soy el camino”
- “Eso simplemente son momentos de debilidad, de permitir cierta influencia de la Gran Maquinaria del Mundo que siempre ataca traicioneramente”
* “Esos momentos de debilidad son sólo el inicio, son las grietas por las cuales entra: es como un virus. Y como contra los virus, hay que luchar mucho tiempo, y ni aún así se garantiza la victoria”
- “Es decir que al final seré derrotado, me pondrán a dormir como a los perros viejos, caeré noqueado por puro cansancio… ¿es eso?”
* “Así es. Simplemente duró un poco más que en otras personas, pero no es más que eso. Hace falta la genialidad, la valentía, el temple. La Gran Maquinaria del Mundo triunfará una vez más. Pero no hay problema, la ventaja de ser derrotado es que también viene esa especie de sedación. No sentir nada, estar adormecido con TV y esas cosas. ”

Y luego me deprimo por ver que mi lucha interna está destinada a la derrota implacable, pero de todas maneras sigo peleando por un día más, por defender cosas sin las cuales la vida no tendría el mínimo sentido, sin las cuales sería intolerable el día a día. Cojo mi guitarra y empiezo a tocar.

Uno más entre varios hombres

Marcelo está sentado esperando a B mientras toma una cerveza en el bar. B siempre se tarda y Marcelo ha llegado temprano, por lo que lee un libro cualquiera (odia esperar y va preparado: conoce a B) mientras llega el momento en que B aparezca por la puerta del bar en el que han quedado con su cinturita tan delgada y su olor tan agradable. El libro es famoso, acerca de un hombre que busca allá y acá (o viceversa), Marcelo lo disfruta, al igual que a la cerveza. Rompe su concentración en la lectura un momento para refrescarse un poco, y entonces lo ve: en algún momento se ha sentado un hombre en la mesa al frente suyo, un hombre que ha visto antes. Lo ha visto bailando en las calles, buscando comida en la parte de atrás del restaurante donde trabaja, lo ha visto acostado en el piso pidiendo monedas, lo ha visto gritar a las mujeres que pasan, lo ha oído hablar solo y en voz alta. Nunca le había prestado mayor atención hasta ese día, porque este hombre es uno más entre varios hombres que hacen lo mismo en la ciudad. Pero hoy está sentado en la mesa de al frente, y puede ver su suciedad de tantos días, sus arrugas profundísimas, su ausencia de algunos dientes, las ganas con las que bebe su tercera cerveza (en realidad Marcelo sólo supone esto último, ya que ve 2 vasos vacíos que bien podrían estar ahí antes de que se sentara el loco). Y el loco, luego de posar el vaso amablemente sobre la mesa (y encima del posavasos, lo que sorprende un poco a Marcelo, que esperaba una conducta un poco más errática), se queda mirando a algún punto fijo hacia la calle, concentrado, cavilando: como si estuviera poniendo en orden sus ideas antes de un gran discurso, como si diera los últimos toques o repasara mentalmente un gran plan o una obra apoteósica. Marcelo también lo observa (y piensa que tal vez alguien lo esté mirando también a él, y alguien a esa persona, y así hasta el infinito: una larga cadena unida por los ojos, un mundo de vigilados) y nota que el loco lleva siempre el mismo morral ennegrecido por los días y la dureza del pavimento. Y no alcanza a preguntarse qué tendrá dentro del morral porque en ese momento el loco, como si hubiera sentido la curiosidad de Marcelo antes de que el mismo Marcelo la notara (un mundo de vigilados), empieza a sacar una serie de lápices y cuadernos y colores y a ponerlos sobre la mesa un poco desordenamente. Marcelo se hace rápidamente las siguientes teorías: 1. El loco no es loco, es un genio.
2. Es un genio y por tanto es un incomprendido.
3. Es un incomprendido y lo ha perdido todo por defender su arte.
4. Ha defendido su arte hasta el final, es admirable.
Y Marcelo sueña con una humanidad que lucha por sus sueños hasta el final. Se conmueve. Pide otra cerveza. Se ha olvidado incluso de que B no llega todavía. No puede dejar de mirar al loco, al genio, al guerrero: al hombre que ha abierto todo un mundo nuevo con el sólo hecho de estar sentado al frente suyo en un bar en un viernes soleado. Y está dispuesto a hablar con su inspiración, está decidido a invitar al genio a otra cerveza, a que se hagan amigos (-debe tener un carecer difícil como todos los genios, será duro, pero lo lograré- piensa Marcelo), con la misma ilusión con la que un adolescente afronta su primer amor. Es entonces en ese preciso momento cuando siente una decepción tremenda, como si acabara de ver a la muerte que lo reclama para ella sin permitirle despedirse de nadie, siente cómo el vacío se abre a sus pies, porque acaba de ver cómo el ex-genio, el ex–guerrero, ex–ídolo, coge un lápiz y con dificultad enorme apenas puede colorear un libro para niños, saliéndose del dibujo en múltiples ocasiones, escogiendo colores como lo haría un infante, agarrando los lápices de una forma para nada cómoda: un niño lo haría infinitamente mejor. Todas las teorías se han evaporado aún más rápidamente que como se formaron, y con ellas se fue esa esperanza pequeñita que estaba germinando en el alma fértil de Marcelo, ha sido borrada del mundo después de una existencia tan corta como inútil. Marcelo se siente un poco ridículo cuando todo el mundo lo ve ahí de pie, quieto, sin decidirse a nada, decepcionado, mientras el loco lo ignora totalmente y pesadamente respira e intenta colorear del todo el dibujo de disney mientras sonríe emocionado. Así que simula estirarse un poco, se sienta nuevamente, bebe rápidamente su cerveza para intentar ahogar la rabia que está empezando a sentir por el pobre loco, guarda su libro y se dirige a la salida mucho más relajado. Encuentra a B en la puerta y van a otro lugar, y más tarde hacen el amor.

Me miras, puta

Estoy sentado tranquilamente tomándome mi café y leyendo con calma unas palabras que me tranquilizan, matando un poco el tiempo que lucha por sobrevivir y alargarse, disfrutando una tranquila tarde de sábado. Observo mientras tanto a la poca gente que hay en el local, a la que entra y sale sin prisa: miro todo lo que hay que mirar, cada actitud, cada manía repetida. Estoy en medio de mi café y mis observaciones inútiles cuando veo que te sientas con tu amiga y tu cuerpo exquisitamente esculpido, tallado a mano, en la mesa del lado. Un cuerpo que observo de reojo, tímidamente, porque noto al instante que tu reacción sería apocalíptica si me vieras viéndote, y no quiero arriesgarme, quiero seguir viendo lo mejor que he visto en mucho tiempo. Tras intentar usar el wi-fi infructuosamente en tu portátil último modelo, te diriges a mí como último recurso, me diriges una mirada llena de asco y desprecio: me miras, puta, como si yo fuera un simple mortal que se atreve a retar a los dioses sólo con su astucia.
-Cómo hago para entrar a Internet? – (sin un por favor, sin un hola)
-Tienes que pedir la clave a la mesera (deja de mirarme con asco, que yo quiero dejar de odiar)
-Y usted no la tiene? - (además de puta, resultó perezosa)
-No, tienes que preguntar ahí (y se para y no dice gracias ni siquiera)

Y mientras vas a preguntar la clave me das la espalda y observo esa figura al mismo tiempo que varios de los hombres (y algunas mujeres) que están en el café también observan, que lamen (lamemos) con los ojos. El cuerpo de las diosas que miran con asco y desprecio a los mortales que se atreven a retarlas sólo con su astucia. De mujer que sabe que puede enloquecer a cualquier hombre si se lo propusiera (y probablemente ya se lo ha propuesto). Y luego vuelves y te veo de frente, ya un poco descarado, con confianza por haber tenido esta conversación tan corta pero tan envidiada por más de uno aquí, pero esta vez noto que en tu mirada de asco brilla en el fondo el hartazgo de tener siempre lo que quieres, de no tener retos, la insatisfacción de tenerlo todo. No puedo evitar sonreír al darme cuenta de esto, porque me has mirado con tal desprecio, puta, que me alegra de que sufras un poco también. Así que me levanto de mi cómoda silla, termino el último sorbo del café ahora frío y me voy reconfortado en tu pequeñísima desgracia. Y salgo. Después de pensarlo un poco decido caminar en este día soleado, pensando en la cantidad de mujeres como tú que viven tan pendientes de su coraza y de cómo aumentan su insatisfacción alimentando precisamente eso que las hace tan infelices.
Vuelvo a casa a ver fútbol, el sol se guarda lentamente en esta parte del mundo mientras sigo caminando sin pensar en nada en concreto, olvidando nuestro breve encuentro hasta que nos cruzamos nuevamente, en cámara lenta, y esta vez la que me ve es tu amiga (es cierto, ibas con una amiga, una amiga que deja de existir cuando todos te observan) y yo me doy cuenta de que ella te dice algo al oído y tú asientes con la cabeza mientras sonríes otra vez con tanto desprecio, pero el mar de gente me impide devolverme para efectuar en ti alguna venganza: tirarte el pelo, besarte el cuello, hacerte una disimulada zancadilla, lo que sea. Frustración es lo que me carcome ahora y no puedo hacer nada, has vuelto a ganar, puta. Y las ganas de ver fútbol se van a la mierda y lo que me empieza a castigar ahora es el hambre y tengo más ganas de ver fútbol que de cocinar, así que opto por la solución fácil: hamburguesa y coca. Una fila enorme en la famosa cadena de hamburgueserías, un local lleno hasta rebosar, peor aún, lleno de adolescentes gritonas y morbosos, chillonas y estúpidos, mal vestidos todos, que no desocupan las mesas. Maldita sea. Pido para llevar, no soporto perder con la puta y aguantarme esta gritería. Sigo la fila obedientemente, pago rápidamente y espero. Veo la fila y con sorpresa ahí estás, puta, mirándome, sola. Te sostengo la mirada, me niego a perder por goleada, quiero el gol de la honra. Y luego el del empate y luego el de la victoria en el último minuto. De penalti injusto en el último minuto y de visitante. Quiero ganarte y que te duela, puta. Porque me has despreciado sin que yo te haya hecho nada sólo porque estás buena y estabas con tu amiga. Pero ahora estamos tú y yo y una fila y unos adolescentes que pronto irán a drogarse y a emborracharse como animales, pero no puedo criticarlos por eso porque yo fui así. Y te saludo mirándote fijamente, despreciándote, soy un espejo en el que te puedes reflejar. Y ahora sí contestas, no sé por qué, pero contestas disimulando desprecio (esta vez sólo lo disimulas, y muy mal). Golazo. Y tengo ahora mi pedido en la mano, así que me la juego:
-Vivo cerca de acá y esto está insoportable. Pida para llevar y comemos allá. (me miras sorprendida, puta, porque te estoy dando órdenes, como si ya fueras mía, y porque soy duro contigo, y sobretodo porque acabas de descubrir que te gusta que te hable así)
-Ok. Vamos

Caminamos despacio, sintiendo la comida caliente en la bolsa y sintiendo lo calientes que nos estamos poniendo.

-¿hace mucho que vive acá? – pregunto
-Unos 4 meses. No me gusta mucho. En 2 días vuelvo a Inglaterra- (te conozco, puta, ya sé para qué me quieres: una despedida formal)
-Y por qué no le gusta?
-No sé. Es todo y es nada a la vez. I try but you see, it´s hard to explain.
-También me gustan The Strokes.
-I love them. (y esta vez sonríes genuinamente)

Llegamos a mi casa. Dejamos las bolsas sobre el comedor tropezando con todo mientras nos desnudamos, mientras nos mordemos todo el cuerpo.

-Tienes condones?
-Claro (no soy estúpido, puta)

Beso tu cuello largo y blanco como una nube, tu pelo negro se enreda y desenreda en mi mano que entra y sale lentamente masajeándote, palpándote, halando el cabello hacia atrás para ver qué reacción tienes, y te gusta. Los ojos verdes ahora no me miran con desprecio, sino con una mezcla de rabia y deseo que sólo tienen las mujeres que son buenas en la cama. Y mientras te llevo la cabeza hacia atrás desgarro tu camisa: los botones caen ruidosamente en el piso de madera dejando al descubierto unas tetas perfectas, y me gusta verte así, semi-desnuda, rabiosa y con deseo. Acabo de empatar. Alegría en la tribuna. Desciendo nuevamente por tu cuello blanco como nube, lento, entre besos y mordiscos suaves, llego a tu pecho, no aguanto más y te quito la camisa y el sostén, te agarro con ganas, beso unos pezones redondos y furiosamente erguidos, paso mi lengua humedeciéndolos para que goces, puta, porque ya empaté el partido y ahora me dispongo a ganarlo, envalentonado. Entonces nos desnudamos completamente y sigo bajando muy despacio, entre las tetas, por el abdomen, por la cintura, por el ombligo, veo que estás totalmente depilada y me gusta, y siento tu calor y tu olor y tu humedad en mi cara, de un solo golpe llega a mí, me abraza queriendo atraparme para siempre y lo disfruto, y mi lengua juega contigo hasta hacerte terminar entre gemidos cortos y manos que no encuentran qué agarrar mientras el orgasmo está ahí palpitante y oceánico, y quieres seguir y yo sigo, ni más faltaba, puta, no te voy a dejar a medio camino, eso no hace parte de mi venganza, yo gano mis partidos jugándolos hasta el final, como los hombres de verdad. Así toda la noche, lamiéndonos, mordiéndonos, gimiendo (me da un poco de vergüenza con los vecinos por tanto ruido, pero no mucha), te abofeteo, te pego palmadas en el culo, te trato como un objeto hecho sólo para complacerme: quiero humillarte a través del sexo, quiero que el sexo sea el arma que lentamente te va a matar, que te hace sentir como la más triste perra del mundo, y lo logro. Ahora eres mía, te poseo, puedo hacer contigo lo que se me dé la gana: follarte, pegarte, venderte. Es mi venganza porque me has despreciado, puta, y ahora te estoy penetrando por todos tus orificios para que aprendas que a los hombres como yo no hay que despreciarlos, sino adorarlos, idolatrarlos, hacerlos felices.
La comida está fría cuando volvemos a sentir hambre, pero no nos importa. Creo que te ha quedado claro quién es el jefe aquí. Estoy cansado y sudado y quiero que veas que no eres parte de mí, por lo que decido bañarme. Una buena ducha de agua caliente es excelente para descansar y retomar fuerzas, y así te lo digo:
-No quiero que seas parte de mí. Una buena ducha…etc.
Me miras y no entiendo totalmente por qué sonríes al oír mi comentario, el que se supone debería herirte un poco más. Y mientras el agua rueda suavemente por mi cara comienzo a recordar que todo lo que te he hecho te ha gustado, lo has gozado, muchas veces incluso lo has pedido. Y a pesar de estar con el agua hirviendo siento que es agua fría lo que me recorre: me doy cuenta de que en ningún momento te has sentido humillada por mí a pesar de mis esfuerzos por ponerte en tu sitio. No has aprendido nada. No he empatado este partido. Y salgo de la ducha sin secarme, buscándote para darte una lección que no olvidarás, para realmente hacerte sufrir esta vez, pero me llevo otra sorpresa: no estás por ningún lado. No te encontraré jamás. Has ganado en el último minuto, haciéndome creer que yo empataría: contragolpe letal, en el tiempo extra, partido liquidado. No queda más que seguir bañándome porque ya perdí incluso tu olor.
Sólo puedo sonreír al ver que también te has llevado mi comida.

Sin título


El doctor, antes de ser doctor, se la pasaba con otros pre-doctores. Nunca estudiaba, se la pasaban bebiendo. Más de una vez pensó en renunciar, en salirse de ese mundo en el que se sentía tan ajeno, tan distante. Pero parecía que la vida lo empujaba una y otra vez a terminar la carrera, a ser lo que él no creía que llegaría a ser (pero que inevitablemente llegaría a ser). Y entonces bebía para olvidar que se sentía perdido, para disolverse un poco en el olvido y escapar de la angustia de un futuro absolutamente incierto.
Y el doctor iba así por la vida, rebotando entre la inseguridad y el miedo, entre la cerveza y los hospitales, entre los bares y los pacientes, sin expectativas, esperando lo que tuviera que llegar. Conociendo otros pre-doctores que parecían tan seguros, tan sabios, tan preparados, tan hipócritas. Pensando en huir, seguro de escapar esta vez, pero volviendo por razones desconocidas. Hasta llegar a la conclusión de que tantas casualidades deberían tener un motivo. Y se convenció de que hay cosas de las cuales no podemos escapar, cosas que nos alcanzarán por más rápido que corramos, igual que la muerte.
Así que simplemente inspiró profundo y comenzó su turno esa noche.