Pero el Miedo.
Saturday, 26. January 2008, 19:49:18
En la dura y lluviosa ciudad todo ya estaba perdido, el aburrimiento se regocijaba en el alma aplastada del doctor: había vencido la desesperación, la vida corriente del tráfico y los horarios. Lo asfixiante de la rutina se hacía insoportable: derrotado, el seguir intentándolo sólo traía más dolor, acentuaba esa inmensa sensación de impotencia, y lo empujaba a una actitud cada vez más indiferente. Los años de irresponsabilidad se habían ido irresponsablemente, y ya no podía seguir comportándose de igual manera por más que fuera la única forma de volver a saborear en algo una vida que antes (se sentía como siglos ese antes) había sido abierta, activa, con posibilidades, que estuvo a punto de ser perfecta pero que lentamente se dirigió a otro lado, al lado contrario de donde quería. Y allí estaba el doctor, en la dura y fría y lluviosa ciudad, pensando en todo lo que fue, tratando de buscar una salida digna, una muerte lo más plácida posible para esa vida anterior (lo que la gente suele llamar “buenos tiempos”) que lo abandonaría para siempre, dejándolo en brazos de los horarios inflexibles, de madrugar. Abrumado por la dureza de la ciudad, de la lucha encarnizada de sobrevivir cada día hasta volver a casa y descansar unas horas de la esclavizadora rutina, asesinando la poca juventud que le quedaba en medio de programas de televisión y monotonía, evitando toda esa cantidad de malas noticias que lo angustiaban aunque pareciera que nada lo afectaba, y tratando de contener toda esa angustia en su ahora pequeño corazón, llorando sin lágrimas cada tragedia de la humanidad, esa humanidad tan despreciable y odiosa de la cual era un magnífico ejemplo, rechazando el amor por miedo, por la seguridad de un nuevo fracaso, por el egoísmo de no querer entregarse nuevamente, pero principalmente por miedo, y deseando cada vez más el suelo desde el cielo, el auto a gran velocidad que no lo ve pasar la calle, el accidente infernal que cortara sanamente unos días agotadores, que acabara con la estrechez. Pero el miedo.
Así que ahí estaba el doctor en sus casi 30, joven pero viejísimo, con sus ojeras, su mirada tan cansada, su postura encorvada por tanto peso, sentado en cualquier bar bebiendo la cerveza que aligeraba un poco todo (a veces), pensando siempre en su derrota, buscando algo de qué agarrarse para no naufragar (y encontrando cada vez menos cosas), escribiendo en esa servilleta alguna frase que en ese momento sonaba tan bien (y que probablemente en un rato pasaría a ser ridícula y olvidable y olvidada), buscando y pensando y buscando algo que no sabía qué era pero que con seguridad no estaba tampoco en el fondo del vaso ni en comprar tantas cosas que divertían unos cuantos segundos y que luego se volvían tan ordinarios, tan corrientes (como tanta gente), esperando. Algo. Un pequeño cambio en lo que sea, una sorpresa, un maldito buen día. Esperando tantas tardes, tantas noches, tantas cervezas. Buscando en el trabajo, en las mujeres, en la música, en la esperanza pequeñita. Hasta que comprendió que la única solución era huir de la ciudad y de la sociedad, es decir, de sí mismo, de todo lo que había creado: manejar la demoledora y dirigirla rápidamente hacia el escenario sobre el que se interpretaba “vida del doctor, acto II: la desesperación” y dejarlo reducido a escombros, y pisar y escupir esos escombros, no dejar nada, darse otra oportunidad, reset. La ciudad fue menos dura en ese momento.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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