Si no hubiera dicho esas cosas.
Thursday, February 24, 2011 5:28:36 PM
cuento
Salgo furiosa de la casa de Marcelo, mi casi ex-novio en este momento. No puedo creer lo que me dijo, no puedo creer que sea tan animal. Yo, que he estado ahí siempre para él, apoyándolo, oyéndole sus estupideces, soportando sus estados oscuros, sus melancolías, sus chistes idiotas. Y luego me dice esto. Ahora, claro, tengo que salir a esta hora de la noche, con frío, con esta llovizna que pareciera que no moja pero que empapa los ánimos, con esta rabia medio contenida (porque le grité, no me iba a quedar callada ante palabras tan hirientes). Tendré que esperar el autobús, porque además por aquí no pasan taxis. La parada, como cabe esperar en estas situaciones, queda lejos. Frío, llovizna, rabia, y a caminar. A lo mejor así me calmo un poco. Pero me acuerdo de lo que me dijo y no puedo tranquilizarme. Desgraciado. La parada queda en una calle que es en subida. Lo que faltaba. Empiezo a caminar mientras oigo música que en realidad no oigo por la furia de mis pensamientos, música ahogada en medio de la ira. Pobre música, como si tuviera la culpa. Afortunadamente nadie se atraviesa en mi camino, de lo contrario sería capaz de matar con la mirada, sería capaz de provocar la peor de las muertes a quien se atreviera a hablarme, a pasar cerca, a mirarme. Miro alrededor y no hay nadie, nadie morirá por mi mano en esta noche. Luego caigo en cuenta: no hay nadie alrededor. Nadie. En la calle sólo se oyen mis pasos furibundos, y yo sólo oigo sin oír la música. Entonces se instala, muy disimuladamente, un pequeño miedo. Ese miedo ancestral a encontrarse solo. Ese miedo al imaginar a alguien salir en medio de la oscuridad y que no tengamos tiempo de reaccionar a sus negras intenciones (siempre son negras intenciones). Acelero el paso y sigo mirando en todas direcciones, ahora un poco paranoica. 3 minutos después, el miedo se transforma, sin disimular, en pánico: alguien me sigue. Lo veo a pocos metros, siento su mirada en mi cuello, siento cómo me aprieta el cuello en un potrero, siento cómo muero lentamente y sin haber cumplido tantas metas. Reacciono, dejo de imaginar fantasías trágicas, y paso a la acción. Aprieto el paso (entre otras cosas) y sigo mirando, sin disimular. Espero que en la parada, que está a 30 segundos, haya alguien. Lo deseo con toda mi alma ya no tan rabiosa como hace un rato. Si no hubiera peleado con Marcelo. Si no hubiera dicho esas cosas. Si fuera menos burro. Pero las dijo, y se me olvida por un segundo que alguien viene atrás mío, a mi mismo ritmo. Me siento en la parada solitaria, luego me pongo de pie por si tengo que salir corriendo. Reviso mi celular: dejé el celular al salir rápidamente. Obvio. Es mi suerte de toda la vida. Maldita sea. Se acerca. Es un tipo. Manos atrás de la espalda. Sólo tengo un lápiz casi sin punta para clavárselo. No tiene mucha punta, pero hará el daño suficiente. Me está mirando, cada vez más cerca, cada vez más lluvia, cada vez más miedo. Maldito Marcelo. Mil veces maldito. Todo es su culpa. Ahora seré una estadística de esta enorme ciudad malévola. Está a punto de llegar, horror: está moviendo las manos y no deja de mirarme. La esperanza de que sea Marcelo se fue: es más bajo, más gordo. Balbucea algo que no entiendo muy bien. Dios mío, me va a matar. Estoy a punto de salir a correr inmediatamente después de clavarle el lápiz donde pueda. Todo es velocidad en este momento: el corazón, la sangre, las ideas. Mueve su brazo derecho.
Y entonces sacó la flor.