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Kyuden Togashi

La Elevada Casa de la Luz

¿Y ahora qué pasa?

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Kakita Toshimoko se desnudó y se metió en la bañera. Agua hasta el pecho, temperatura casi perfecta, unas flores de vainilla flotando. Se acomodó, extendiendo los brazos a lo largo del borde de la bañera (en esencia un cubo grande) y apoyando la cabeza tras soltarse el moño de samurai. Intentaba pensar en una posición con naginata que le había explicado un Shiba, pero estaba distraído.

Estos León, si no fuera por ellos me moriría de aburrimiento.

Secretamente (no tan secretamente como debería) disfrutaba de la explosión del shugenja Kitsu, e incluso la apoyaba. Satsume tenía a veces ideas un tanto radicales. Además el juicio fue entretenido, y cuando los León amenazaron con un desafío, Toshimoko empezó a saborear la idea de batirse con Arasou o Tsuko. Pero claro, las implicaciones, la paz, el decoro...

—Políticos...

Siguió divagando un rato. Un aroma familiar, filtrado bajo la fragante vainilla, le sacó de sus pensamientos. No había oído pasos ni paneles deslizándose, sólo percibió el perfume. No se movió ni cambió su cara relajada.

¿Por qué tendrá uno que hacerse el interesante siempre que pilla a alguien entrando a hurtadillas? Se supone que tengo que decir que la esperaba y dármelas de adivino. Argh.

Sonrió un poco y dijo sin abrir los ojos: —No doy crédito. ¿Has venido a llevarte mi inocencia a la fuerza, ya que no has podido seducirme?

Bayushi Satoko se detuvo cerca de la bañera y comenzó a peinar la melena blanca del maestro, y masajear su cabeza y su cuello.

—A fe mía, honorable Toshimoko-san, que sois tan hábil con la espada como ordinario.

—Es para compensar. Extraordinario con la espada, ordinario en los modales. Yin y Yang, ya sabes.

La Escorpión extendió los masajes hasta los hombros. Aunque el sensei ya había superado la edad de jubilación sus carnes no se habían reblandecido. Toshimoko disfrutaba del masaje y gruñía por dentro. Satoko era seductora, hasta el último hilo de sus vestidos. Aunque nunca lo reconocería, por momentos habría preferido una reunión cortesana que el esfuerzo de voluntad que suponían las visitas de Satoko. Pensaba en estas cosas cuando sintió la fría caricia de un aiguchi en su garganta.

—¿Y esto? Ya habíamos decidido que no eras una vulgar asesina.

Satoko abrió la boca para responder. Toshimoko apresó su brazo una dolorosa torsión. El cuchillo salió volando, y la Bayushi fue impulsada de cabeza a la bañera. Otro puñal apareció en la garganta del Grulla, esta vez menos amistoso. Luego, la cabeza de Satoko emergió del agua y la mujer se acomodó en la bañera, frente a él.

—¿Ha sido un impulso de guerrero, o una de vuestras infames tretas? —preguntó ella. Toshimoko observó su kimono mojado y suspiró mentalmente.

—¿Qué te trae por aquí?

Ella se acercó y habló con voz suave.

—Vuestra garganta es de las jovencillas a las que perturbáis y de los discípulos que instruís.

Deslizó el aiguchi hasta el pecho de Toshimoko, a la altura del corazón. Por el camino arrastró la punta de metal, tensando la piel del Grulla y dibujando una fina línea blanca, sin llegar a hacer sangre.

—El corazón pertenece a vuestra prometida.

El puñal se hundió en el agua y acarició peligrosamente bajo el ombligo, mientras Satoko miraba a los ojos del Kakita.

—El vientre os pertenece por derecho.

Bajó más el puñal. Toshimoko mantuvo el rostro impasible. O eso quiso pensar.

—Pero esto me pertenece a mí, aunque no me lo hayáis querido dar. He estudiado la forma de... inutilizarlo sin acabar con vuestra vida. ¿Qué sería del legendario Toshimoko privado de su espada? Un secreto tan bochornoso sería suficiente para que os casarais conmigo, ¿verdad? Naturalmente yo nunca divulgaría una debilidad tan íntima de mi esposo.

Toshimoko la escuchaba a medias. Ella alzó una ceja y miró al agua en un acto reflejo, del que se arrepintió de inmediato: —Por la máscara de Bayushi que sois un pervertido además de un ordinario.

El Grulla sonrió con aire inocente: —Yo, yo, yo. Siempre yo. Yo voy provocando, yo soy el pervertido. Ah, mujeres. Criaturillas.

Se miraron unos segundos. Ella se había desconcentrado y él estaba alerta pero poco predispuesto a la conversación.

—Bueno, ¿y ahora qué pasa?

No veo más de lo que ves túRecopilación Ikoma del año 1119

Comments

Anonymous 20. June 2008, 23:36

Kementari writes:

Ágil y elegante dominio del vocabulario, unido al saber narrar. Sensual y divertido.
Queremos mássss

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