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Kyuden Togashi

La Elevada Casa de la Luz

Pensamientos en el filo de la navaja

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A los japoneses les gusta la flor del cerezo; dicen que aquí preferimos las rosas. El nexo de la flor del cerezo con su árbol es frágil, y cualquier brisa las arranca y se las lleva. Mueren en su esplendor y lo que se degrada ya es sólo un cadáver. La rosa se aferra a la existencia y se pudre en vida, se arruga y oscurece, decae y pierde pétalos uno a uno; cuando le llega la muerte parece imposible que alguna vez haya sido hermosa.

Hace unos años un crítico literario y orientalista aficionado me corregía en un relato el uso del término "belleza" y/o sus derivados en la descripción de un paisaje. Lo señalaba como error puesto que en su concepción de la belleza, es decir la concepción nipona, no hay sitio para algo que perdura. Me pareció discutible y rebuscado. Entendía la teoría, pero nada más.

Hace unos días me hablaban de una escena en la que un hombre y una mujer desnudos se abrazan de pie, cerca de una cama, y él la lleva suavemente a las sábanas. Qué bonito, pensé. Parece el final de un libro o una peli. Ahí estaban al fin las flores de cerezo: la extinción, el final, la muerte, elevan los matices de bonitos a bellos. No tanto por hacerlos irrepetibles sino porque impide la degeneración y un ulterior recuerdo menos favorecido.

Hacerse mayor siempre fue más o menos un asco. Ceder y someterse a la inofensiva hipocresía que hace posible una sociedad civilizada, adoptar costumbres "necesarias" y hacer cosas que no apetecen. Perder romanticismo e idealismo, lo que los mayores llaman "madurar". Convertirse en un hombre gris. Volverse tolerante. Al margen de, Shiva me fulmine por esto, un cierto temor cristiano al pecado y castigo del suicidio, tengo proyectos que merecen el esfuerzo de pasar por el aro y perder un poco de identidad. ¿Los tengo desde siempre? ¿Siempre fueron así, al precio que fuera? ¿Aceptar este equilibrio no es ya un signo de madurez/corrupción?

El trabajo es un asunto desagradable. Un castigo bíblico. Una prostitución técnica, intelectual o genital que sustente otras actividades: estoy muy lejos de vivir para trabajar o encontrar el trabajo y la trayectoria profesional como algo mínimamente incitante o estimulante, a pesar de lo cual seré un excelente trabajador. Es un hecho aceptado, puesto que no he nacido millonario. Empiezo a ser un ente independiente de mis padres: tengo compromisos propios, ya no puedo evitar ir a bodas o reuniones aunque me aburran y desagraden. Otro hecho aceptado, dichosa mascarada. Al menos me sigue saliendo de los cataplines no beber vino, porque no me gusta, se pongan como se pongan los adultos. (Nótese el tono de pataleta rebelde-adolescente). Termino preguntándome si tantas concesiones a la vida civilizada no llevan finalmente a empuñar los barrotes de Éowyn, hasta que toda opción y aún deseo de gloria desaparezca por completo.

Pero me respondo que no. Mi voluntad es tan dócil como férrea. Ni en los ideales personales ni en el amor me asusta el tiempo, porque hay un momento para todo y quizás la rosa deprimida tenga su encanto. Las ideas adolescentes se mantienen, de apasionadas a serenas y cómodas; el ardor de los enamorados se convierte en compenetración y complicidad, ya no hace falta hablar o mirarse o hacer el amor, porque el hecho mismo de existir es hacer el amor constantemente. Incluso la decadencia física tendrá su compensación, siempre que uno mantenga las funciones mentales y corporales. Entiendo que es difícil llegar a este equilibrio y que es más fácil disiparse por el camino. No me preocupa. Tengo la arrogancia de la juventud y la serenidad del adulto; servidor sabe que no nació para mediocridades y languideces.

Me parece que a los 24 años he encontrado el sentido de mi vida: ser yo en todos mis estadios. Yo, esposo. Yo, padre. Yo, friki. Yo, samurai. Cada faceta constante y cambiante, manteniéndose y brillando en diferente tono a medida que la luz del tiempo cambia también.

Por cierto, el responsable de estos torbellinos mentales no soy sólo yo; llevo siete libros seguidos de Mishima. Este autor va camino de formar la Santísima Trinidad junto con Yog-Sothoth y Cthulhu.

El fin de la esperanza para la humanidad"Everybody's changing", de Keane

Comments

Anonymous 9. September 2009, 20:48

Leralion writes:

Ahora entiendes la crítica. Entender es a veces una maldición.

Anonymous 11. September 2009, 09:02

Gu writes:

Mishima provoca ese efecto. Es normal.

De todas maneras... te diría lo de "bienvenido al mundo adulto", pero para qué. El mundo adulto es un asco. Y lo es más cuando, parafraseando a Mafalda, un día te paras a escucharte y descubres que por tu boca sólo salen adulteces .

Anonymous 12. September 2009, 21:28

Kementari writes:

Pues no sé... el mundo adulto es también un lugar en el cual se disfruta del sexo cuando has aprendido lo que es de verdad; se aprecia un buen vino (o cerveza, o un plato exquisito de cualquier tipo), te emocionas cuando oyes el "Canon" en directo en una iglesia, puedes llevarte dos horas contemplando la "Vista de Delft" o disfrutar de los matices de, por ejemplo, Mishima.

Además, es el lugar donde salvo dictados mayores de los hados, tienes un modesto control de tu propia vida; y los barrotes, amigos, o naces con ellos o jamás los aferrarás: los años sólo los vuelven visibles para quienes en realidad siempre vivieron detrás de ellos.

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