Monday, 27. April 2009, 23:31:26
idas de ollla, precariedad mental, Timo
Estaba pensando en la niña recalcitrante de las aventuras de Narnia, la adolescente con el arco en una mano y la lógica en otra. Esto no es lógico. Aquello no es razonable. Etcétera. Pensé que más o menos en esa edad hay un buen número de jovencillos que descubren el pensamiento racional, bien estructurado, y se agarran a él con fe de iluminados. Deriva en el interés por la ciencia el método científico y el desdén por lo que no está demostrado. Io mismo pasé por esa fase.Read more...
Tuesday, 1. April 2008, 23:33:53
idas de ollla
No recibimos la herida cuando nacemos. Parece mentira, pero no es nacer lo que nos la da. No a nosotros.
Es poco después cuando el lanzazo atraviesa nuestro costado; primero es nuestra madre, que se revela como un ente aparte y no un todo con nosotros. Luego aparece nuestro padre, otro ser diferente, compitiendo por el cariño absoluto de esa criatura que deberìa vivir por y para nosotros. Qué decir si hay hermanos... Pero es nuestro propio corazón el que alimenta la herida.
Hay sin embargo seres especialmente desafortunados que son heridos de forma diferente: son abortados, son abandonados al nacer, son torturados. Hay mil formas de llegar a eso, bajo el punto de vista de los ajenos, pero el resultado es un ser herido.
Sin embargo, muchos de nosotros llegamos a la adolescencia sin ser conscientes de la herida. Ésta sangra, pero poco a poco, gota a gota, sin ser apenas perceptible su exigente derrama. Pero sangra con cada ilusión perdida, con cada llanto ignorado, con cada descubrimiento amargo y con otros que son felices.
Somos adolescentes y sufrimos. No sabemos por qué y aunque lo sepamos, no podemos ponerlo en palabras. La hemorragia aumenta.
De pronto llega el amor, ángel terrible, a esconder en nuestro pecho su ala. Si antes no ha habido otro golpe, la herida se abre, se desborda, se desmanda. En noches como ésta, podemos oir claramente el torrente de sangre. A cada latido, un borbotón de lo que es nuestra propia vida.
Felices o infelices, es el deseo de detener el tiempo. El esfuerzo del corazón, que por parar, sangra más.
Pero nos dicen los sabios que la energia no se crea ni se destruye, se transforma. Ese torrente sangriento cruza la tierra, la envuelve. El dolor se convierte en odio. Las corrientes de odio e ira subterráneos nos alimentan, ocupando el lugar que se vació al perder la sangre; y el miedo, siempre el miedo.
La sangre de las heridas y el odio se alimentan mutuamente. Así el mundo es un lugar donde todos se protegen de otros, porque llevamos la marca y el recuerdo del dolor y lo infligimos a los demás como venganza de un dios ciego y desesperado.
Sigue latiendo el corazón, así que no podemos detener el dolor, ni la felicidad, que van vaciándonos de vida. Lenta pero inexorablemente, hasta el último latido, hasta la última pregunta.
KEMENTARI