Caidem
Friday, 20. November 2009, 22:36:12
A petición de mis segudores... El cuento del fin del mundo
Salió corriendo de una tienda de naves, corría a tal velocidad que parecía que volaba, no sabía en dónde esconderse ni a dónde ir, todos lo miraban raro y el sentía las miradas, hasta que por fin encontró un callejón sin salida. Se ocultaba porque había robado lo ultimo en tecnología, era un brazo bionico para poder instalarlo a cualquier cuerpo metálico. Se lo iba a probar porque era muy vanidoso y si no le quedaba lo iba a vender.
Mientras se quitaba su brazo para conectarse él nuevo, sintió un mal presentimiento y con su ojo derecho logró ver una sombra alta y ancha, muy ancha. Pensó que era un vigilante de los que rondan por los callejones para matar a las ratas o quitar los desechos de los ciber robots. Alzó la mirada para asegurarse y le diera tiempo para poder inventar algo.
Cuando sus ojos reposaron sobre ese horrible armatoste se sintió desconcertado pues no era un vigilante. Pero el pánico lo invadió porque de verdad era horrible esa cosa.
El monstruo de hierro con escamas lo tomó del único brazo humano y una burbuja de energía térmica los llevó a un lugar extraño. La burbuja no era muy segura pues la cuidad estaba cubierta por una gruesa capa de humo negro y el sol salía solo cuando Dios ponía su dedo sobre la tierra.
Caiden se llamaba la metrópoli, el cielo fue cubierto por una cobija de humo negro para cuando Dios quisiera destruir por décima vez a los monstruos que había creado con su mano divina, lo entretuviera el lidiar con quitarle los restos de espuma negra a sus juguetes nuevos: los cibans.
Cuando el ciborg llegó con el horrible armatoste a un lugar extraño, fue obligado a sentarse en una habitación blanca en donde solo estaba una mesa de metal y unas cuantas sillas. De pronto, la habitación se lleno de armas vivientes similares al armatoste. Se pararon al rededor del ciborg rodeándolo con sus miradas robóticas. Una máquina de las mas grandes lo miro fijamente a los ojos, la mirada del ciborg se perdió en la de la máquina, era como una mirada humana la de aquella máquina, trataba de expresar algo pero de su boca de acero solo salían sonidos raros.
El armatoste se acerco a la máquina con la que el ciborg estaba cruzando miradas y le susurro algo.
El ciborg no podía hacer nada de lo impresionado y confundido que estaba. Todo lo veía como una película, como si él no existiera ahí y lo estuviera viendo todo desde algún otro punto del cuarto; no se movía ninguna parte de su perfecto cuerpo excepto sus pupilas. Tenía que moverse, hacer algo, pero su cuerpo no respondía.
La máquina levantó su brazo y con un destello de luz infrarroja el ciborg quedó paralizado.
Abrió lentamente los ojos; estaba recostado en una cama quirúrgica. Se sentó despacio, su parte humana estaba dolorida. Observó alrededor. Todo estaba en silencio, el sonido de las gotas de sangre color ocre caer sobre metal y más metal era molesto, todo ese lugar era una necrópolis de máquinas y monstruos. Puso sus manos sobre su cabeza, cubriéndose los ojos, tratando de recordar lo que había pasado, no tenía idea, pero la sensación que sentía en su cuerpo le hacia recordar un poco de lo pasado.
Escapó de el laboratorio buscando una salida, era como un hospital, casi en silencio, solo sus pisadas hacían eco.
Después de caminar por un rato buscando alejarse, llego a la ciudad, estaba ya desierta.
Cayó arrodillado, su chip mental le había arrojado la conclusión: el había destruido la ciudad y junto con ello, a todos.
Los primeros días de ciber robot que tuvo, sintió deseo de destruir, pero su desinterés no lo dejó; por su mente, había pasado la idea vagabunda de que era un ciban, pero jamás llegó a una certeza.
Ese día, era la conclusión.
Arrodillado, mirando hacia el cielo negro, vio pasar algo volando, con silueta de mujer y unas alas enormes. Se levantó de prisa y corrió hacia dónde volaba esa cosa sin importarle el dolor que sentía. Mientras corría trato de recordar un poco mas de lo que había pasado ese día, pero tenia pocos recuerdos.
Sus piernas de acero se detuvieron en la azotea de un rascacielos. Ella estaba ahí, a la orilla del edificio.
Parada, dándole la espalda al ciborg, con sus alas abiertas con plumas suaves como las nubes de hace millones de años atrás. Su cuerpo era perfecto para el goleador de oro, moldeado con plata derretida para formar con detalle sus senos, manos y cara.
Hallase ella con los brazos abiertos para que las pocas moléculas de oxígeno que existían en Caidem le acariciaran en su pecho. Se encontraba a punto de saltar.
De repente, escuchó el eco de Caidem repetir las pisadas del único ser viviente que debía de estar allí. Bajó sus brazos y dio la vuelta dándole esta vez la espalda a ciudad, su corazón de rubí empezó a latir mas rápido, ella sabía de quién eran esas pisadas.
Por la mente del ciborg pasaron imágenes de cómo destruía la ciudad, a lo lejos se veía ella observándolo y en su cara se pintaba una sonrisa divertida. La misma que tenia ella en ese momento.
Se encontraron.
-W- le dijo ella con voz cándida.
El ciborg se extrañó demasiado, pero también se sorprendió pues no sabía de quien hablaba, pero sentía que la conocía de siempre. Ella estaba segura qué y quién era él.
Ella se acercó más, sin temor ni prejuicio, cada paso que daba acercándose, la respiración de W se intensificaba. Hasta que llegó a él, se pararon frente a frente sintiendo cada vez mas el deseo de tocarse. W la tomó entre sus brazos estrujando su cintura hacia el. Ella puso sus brazos alrededor de su cuello, se acercaron disfrutando cada detalle que ocurría, rozando sus cuerpos perfectos hechos de metales. Liberando todas las endorfinas que sus cuerpos semi humanos podían tener. Se dejaron llevar por el deseo.
El la tomo del rostro acariciando sus mejillas, mientras ella bajaba sus delicadas manos rozando su pecho de titanio.
De pronto, la mirada de W cambió, sintió él deseo que el ya no podía controlar. Así, presionó intensamente el rostro encantador de aquella ciban.
Las manos de W se llenaron de sangre, roja, como los labios que no besó. El cuerpo de la ciban cayó ante los pies de W.
Era su misión, destruir todo lo vivo, sin importar qué fuera o quién fuera.
Ver las gotas de sangre caer sobre sus botas le ocasionaba satisfacción porque había terminado con su deber.
Cuando reacciono, cayo rendido, lleno de tristeza, sin poder hacer nada.
Pero, estaba seguro que la volvería a ver.


















