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Oppiano's Coctel

Notas

NOTAS


. Si es cierto que “el orden de los factores no altera el producto”, entonces cualquier lugar es bueno para comenzar. O terminar, ¿cuál es la diferencia? Si la idea de sistema tiene aún validez, cualquiera de los varios aspectos críticos pudiera conducirnos hacia los restantes. El elemento central puede que sea la ideología, puede que sea la raza, la mujer, el homosexual, el control sobre los medios masivos de comunicación, un partido de baseball. Detrás de las palabras hay deseos y en los deseos historias de posibilidad: han tenido, o no, la ocasión de desarrollarse, hablar, ser.

. La presente discusión sobre razas en Cuba (entiéndase que negra, pues “lo blanco” queda fuera de todo cuestionamiento) no es sólo un signo de malestar, sino que esconde el secreto de una derrota silenciosa, que ya sucedió: la del concepto de democracia socialista. En este caso ‘derrota’ no significa que la democracia socialista haya dejado de existir, sino que sus veladores (en lo principal intelectuales, docentes y cuadros administrativos o políticos) permitieron que -como en acto de mago- el núcleo de su imaginario político les fuera robado y difuminado. Aquí Gramsci nos sirve de ayuda, pues la defensa de una ideología ocurre según niveles estructurados; dicho de otra forma, todos los ciudadanos técnicamente pueden, pero hay “profesionales de la defensa” (y la formulación). Es a ellos a quienes toca pensar los agujeros.

. En este contexto “discusión” es una cómoda palabra neutra, dado que esconde su ausencia de pasado inmediato; el hecho y los motivos de no haber existido, así como que el presente la recupera, pero bajo la forma de “erupción”. La permanencia de “puntos álgidos” en el “afuera” de la (inexistente o débil) discusión sobre la democracia socialista, conduce a que hoy no haya nada “natural” en estos nuevos lenguajes y presencias, sino que toca entender que han sido planteados. Cual si la democracia socialista pudiera personificarse, fuera alguien concreto, le han sido colocados en la mesa.

. Pero, si ya no tienen más que un imaginario vaciado, sin núcleo (¡esos marxistas!), ¿qué les queda? Entonces, ¿sólo resta del socialismo un cascarón? Se puede sentir terror y no responder a estas preguntas, o ni siquiera permitir que sean hechas. Pero también se puede recordar que, aún hoy, es la única sociedad moderna que se ha planteado el problema de la igualdad y –más que ello- la desaparición efectiva de la conexión entre pobreza y carácter sub-humano de la vida. Si el capital es global por esencia, entonces el mejor de los capitalismos posibles tiene el deber de explicar no los beneficios que puede brindar a los ciudadanos de un Estado (aquel donde opere dentro de las fronteras de una estructura político-social e identitaria: el país en cuestión), sino el reverso de pobreza en los no beneficiados (en aquellos países donde la pobreza, y sus consecuencias, son parte estructural de las expectativas y proyectos).

. Hay que rechazar la práctica (de los ideólogos del capital) de hablar por, desde y para un grupo (social o de países) y conducirlos a que asuman el fondo universalista de la ideología: hablar por todos. Alcanza con rechazar cualquier mesianismo y, en cambio, exigir que la palabra igualmente sea de aquel que se prefiere no escuchar: el extremo de desposesión. De otra manera, por meandros complejísimos, terminamos arribando al convencimiento de que los pobres están así porque quieren estar así; lo cual, de paso, indicaría que “ellos no son como nosotros”. Aplicada en sus límites, esta teoría de lo salvaje social, concluye en el más descabellado y darwiniano vitalismo solipsista. ¿Qué tipo de ceguera se necesita para operar dentro de un entramado mundial (en cuanto a la circulación de mercancías, dinero, mano de obra y materia prima), a la misma vez que se reconoce únicamente una responsabilidad particular muy controlada (en cuanto a los resultados del proceso, sus beneficios).

. Por tanto, y en oposición a lo anterior, se puede incluso reir ante la inmensidad de la tarea que se propone el socialismo: cambiar la totalidad de las relaciones sociales, incluyendo la economía, la política, la cultura y el humano mismo. ¡Pues sí que están locos estos marxistas! ¿Por qué temer, entonces, a las palabras si están dispuestos nada menos que a lo peor? No ya a reconocer dónde fracasaron, sino a recomenzar (pero, con las lecciones aprendidas: mejor).

. No es una solución, sino un impulso: la teoría marxista. Sus coordenadas son el lugar donde las preguntas pueden ser hechas; las de una sociedad, un sujeto y un mundo nuevo. Revolucionador (primero que todo, de la mente) y exploratorio. ¿Qué se le va a hacer? A veces… ¡hay que regresar al inicio! Lo que se acepta no es la realidad (de ese universo utópico, siempre por construir), sino el impulso hacia él: la direccionalidad de la vida.

. Dentro de las tareas culturales que correspondía cumplir a la teoría y práctica marxistas en la Revolución, estaba la creación de una cultura democrática y nacional-popular de nuevo tipo en oposición a la cultura burguesa del capitalismo. En el caso de países como Cuba, donde conviven grupos de orígenes raciales diferentes, pero con una misma cultura, tal cosa no podía ser lograda sin atender, armonizar y tejer a todos estos grupos a la vez y en idéntico nivel.

. A la teoría marxista correspondía pensar la existencia, interrelaciones y vida (en sus condiciones concretas) de todos estos grupos. De modo tan inesperado como natural (como inesperadas y naturales fueron las transformaciones de la realidad: la desintegración del antiguo “campo socialista”), entre las grietas de la Cuba del denominado “período especial” fueron surgiendo demandas (a veces angustiosas hasta el grito) de atención sectoriales.

. Vivificar la teoría marxista (de la construcción de esa cultura democrática y nacional-popular) mediante el pensamiento-acción con (y desde) esas agrupaciones sectoriales o encajar la nueva realidad, pero como si fuese un cuerpo extraño en el lenguaje de la intelectualidad nacional. Sería grato poder demostrar que ocurrió lo primero, aunque las evidencias presentes apunten hacia lo segundo. La extrañeza a la que me refiero es la de pensar lo particular con todo el aparataje teórico-crítico que la operación acarrea y (esto ha sido lo más negativo) sin atención a los fantasmas que acompañan la novedad. En el caso de lo racial, se pierde de vista la posibilidad de integrarse a una revuelta teórica articulada desde los muy variados modos de pobreza cubana y no dentro de la obediente clasificación que enfrenta a negros vs. blancos. Uno de los gestos discursivos que tal postura necesita es la aceptación de una categoría sumamente inestable en Cuba: los negros (sin tomar en cuenta que tanto lealtad como expectativas fracturan ese conjunto supuestamente homogéneo), en un país donde genéticamente más del 60% de la población tiene antepasados (lejanos o cercanos) de esa procedencia.

. Hay que pensar al revés: ¿qué “cosas” hay que hacer (a la Historia, las instituciones, las publicaciones, la enseñanza, los discursos) para poder hablar de las situaciones particulares de negros, mujeres, homosexuales, creyentes religiosos, sub-culturas? Y todavía al revés del revés: ¿qué “cosas” no fueron hechas para que haya podido tener lugar la emergencia (y creciente peso) de estos nuevos posicionamientos?

. La precisión demanda sutileza e implica leer los textos para localizar en ellos no la imagen de una fractura, la perspectiva de un otro, sino la dificultad de articular la “construcción” que antes mencionamos. Luego de que la investigación demuestra, de manera incontrovertible, que la Revolución no consiguió alcanzar sus metas de igualar a los diferentes (según origen racial) grupos del país, así como tampoco satisfizo las demandas que hoy se le hacen desde la identidad (genérica, sexual, religiosa, subcultural): ¿qué corresponde hacer? Es aquí donde el campo se abre a la estructuración de la protesta, pero también a la reevaluación (y relanzamiento) de esa búsqueda de unidad en la diversidad que es el u-topos de las revoluciones: su meta estratégica.

. Pero por primera y única vez, en la historia del país, tuvo sentido creer en la posibilidad de igualdad plena (económica, social, cultural, ante la ley, de condiciones de vida, expectativas de desarrollo y acceso a la dirección política y administrativa del país). En lo adelante, desaparecida la estructura burguesa de clases sociales, el racismo sólo pudo echar raíz en el terreno más fértil: la cultura (entendida aquí como mundivisión propia y suma de tradiciones a las que se es leal). Si tal es el punto de partida, los logros de la Revolución son –aún hoy- enormes y todavía (o, más que nunca, ahora) el tipo de realización humana a la que un sujeto “negro” puede aspirar hace que lo que carezca de sentido sea lo contrario: suponer igual cantidad de realización dentro del espacio del capitalismo, sobre todo si se le piensa de modo no particular y no racial. Es decir, que no se trata de comparar las condiciones de vida de un ínfimo sector de “negros” integrados en los niveles más altos del aparato de dominación (por ejemplo, millonarios), con la masa nacional de obreros, sino de oponer la poquedad que ese obrero “parte” (divide, comparte) a lo que no se nos dice respecto al objeto de dominación (el pobre, el paria, el desposeído: la basura).

. Cualquier comprensión (o su contrario) del proyecto socialista pasa antes por esta voluntad de universalización dentro del territorio (lo cual implica el rechazo a toda mecánica de beneficios a cambio de “condiciones excepcionales”). Dicho de otro modo, no hay que ser excepcional para disfrutar del universal (en su reverso, “para nosotros todo es más difícil”) . Por tal motivo, para los sujetos “negros” sólo tiene sentido buscar lo no logrado adentrándose aún más en el socialismo: refundarlo una y otra vez.

. Claro que esto pasa, primero, por el reconocimiento del racismo a la cubana (nuestra variedad) y la derivación implícita en cuanto a que algo en el trabajo ideológico se ha dañado (como por otra parte, no podía sino suceder luego del espectacular sacudimiento que significó la entrada y travesía por el “período especial”). Además de ello, súmense aquí la homofobia criolla, el sexismo y la cuestión religiosa, cuando menos; teniendo en cuenta que, si tales tensiones existen, la vida del individuo que participe de varias de ellas puede ser intensamente lastimada (¿tiene, el socialismo, sus propios modos de alienación?). Si de agrupaciones identitarias se trata, junto con sus particularidades propias, también corresponde destacar cuestiones de validez general.

. ¿Permitieron los intelectuales cubanos (lo cual incluye, como antes vimos, a políticos profesionales, además de educadores y otras agrupaciones de pensamiento) que un tema de tal magnitud (el de la democracia socialista) les fuera, así sin más, arrancado? ¿Cómo sostener una afirmación de tal dureza cuando es posible citar tanta documentación que sustenta lo contrario? La misma persistencia y ampliación del enfoque (donde predomina la demanda) desde lo racial (hacia la Revolución y la cultura cubana post-1959), alcanza para demostrar que algún tipo de cambio ha sucedido. ¿No sería más justo entonces afirmar que estos intelectuales ni siquiera sintieron que les era debilitada la voz, que estaban siendo rebasados?

. ¡Pero nada menos que el aspecto práctico de la doctrina, el motor! La “democracia socialista”, de la cual ya no se habla hoy, en atención a que su contenido fue desplazado al tema de la “sociedad civil” (término que, para colmo, proviene del marxismo). ¿Implica ello que el tema de la “democracia socialista” como modo de nueva vida fue agotado? A decir verdad, no hay respuestas (¿en cuál documento o texto teórico la encontraríamos?), pues tampoco fueron antes hechas las preguntas (todas las imaginables) a la democracia socialista como tal.

. En el nivel de la construcción teórica, se suponía que el nuevo poder proponía -al tiempo que operaba dentro de ella- una reformulación de la democracia, según la fórmula clásica del socialismo ortodoxo en la cual el poder es de los obreros y campesinos, junto con la intelectualidad que se les alía. Ellos crearían no sólo el espacio político de una nueva democracia, sino el de nuevas relaciones de vida entre los sujetos. En este punto, el devenir de la “potencia humana” (tal y como la entendía Marx al final del Tomo III de El capital) le puso una zancadilla al pensamiento socialista; de modo paulatino, y muy marcadamente luego de la II Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría, los enconamientos de la lucha de clases se descubrieron atravesados (y fracturados) por el culturalismo y la voluntad de identidad grupal.

. Las luchas desde identidades grupales, ¿son orgánicas a la recomposición de la dominación del capital? En el sentido de que “demoran” la velocidad del enfrentamiento de clases, sí. En el sentido de que, junto con los logros (muy elogiables) que obtienen para que los sujetos de identidad vivan con humanidad sus vidas, también revelan los límites de la supuesta libertad obtenida (impuestos por las mismas viejas estructuras de dominación), entonces no. ¿Se puede ser “sí” y “no” a la misma vez? ¿Orgánico y destructor? ....


. Sólo la permanente sospecha (Ricoeur) parece abrir un camino semejante. O una teoría de la existencia como experiencia guerrillera (¿no hay cierto tufo a Trotsky?): estoy donde no estoy, me desplazo, reconfiguro continuamente mi proyecto, dudo de mi posición subjetiva y también del beneficio que recibo, incluyo cada vez más. Pero, sobre todo, mientras más aceptado soy más hago del otro inaceptado mi punto de partida: en particular, mientras el otro es más sujeto de desposesión. Aquí, también, nos abraza Foucault (cuando, en sus últimos escritos, llama a convertir las vidas en obras de arte), pero agregando a Levinas: me constituyo en tanto avanzo hacia el otro.

. La inexistente teoría de la democracia socialista cubana no supo (aún no sabe) dar esa respuesta de la cual depende su posibilidad de evitar cualquier trampa represiva (cosa que ocurre cuando se trata al propio como ajeno político y, más que ello, enemigo) y ser (el Estado y la vida) no sólo socialista, sino serlo de manera radical, absoluta y mística. Si extendemos el argumento hacia todas sus derivaciones, de las soluciones ante la anterior dialéctica (¿qué es lo propio, qué es enemistad, cómo tratarlo?) dependen los límites del socialismo, su posibilidad de atractivo universal para explotados y desposeídos, y su salvación como forma de vida. Por semejante agujero del pensar, hueco negro de las ideas, es que el marxismo cubano ni siquiera se atreve a empezar a pensar (como problema filosófico) el más terrible de los temas: la posibilidad (y existencia) de la alienación en el socialismo.

. Y entiéndase que no hablamos de locura (lo cual es clínico), sino de vidas dañadas cuando al peso de la historia acumulada se agrega ahora el inmenso aparato del Estado y el Partido para impedir ésta o aquella práctica o conducta cultural, sexual, religiosa. En oposición a ello, hay salvar al socialismo del socialismo peor, preguntar a los textos (clásicos o a sus subsiguientes desarrollos). Hay que sacudir el esqueleto del pasado y ser cruel para que los textos respondan; dicho de otro modo, la elección del socialismo como horizonte de vida sólo tiene sentido si también se eligen la pregunta y la voluntad de obligar al socialismo a desgarrarse a sí mismo para emerger y serlo. Por cierto, ¿dónde están los textos exploratorios, con más intuiciones que certezas, en los teóricos cubanos del marxismo? (pero… ¿es que existen?) Tal vez andemos un poco huérfanos. Además de la sagrada trilogía (Marx, Engels, Lenin) y unos pocos seguidores aventajados (Luxemburgo, Gramsci), ¿qué otros marxistas son leídos en Cuba hoy? Sobre todo (sobre todo, sobre todo), ¿cuáles marxistas del presente?

. Tiene que haber (supongo) un modo socialista de desplegar la identidad hacia su libertad (en los espacios públicos) y de no tener que vivirla, como un secreto vergonzante, en los ámbitos privados. Hay que poder ser homosexual, o mujer, o sujeto negro, o sujeto religioso ya que, si estos son dañados por la máquina de dominación capitalista, entonces el socialismo ha de venir como el momento en el cual podrán (¡al fin!) desplegar su identidad-libertad. Además de lo ahora dicho, hay que poder disentir y, sobre todo, gozar.

. Socialismo es gozar.

. ¿Cómo acceder a ese modo socialista del goce sin antes saber qué diablos es, como tal, el goce mismo y el particular de los grupos de identidad? Porque no existe una teoría socialista de la diversión, de la alegría, el entretenimiento, el disfrute, el placer, el goce. Para que los individuos trabajen alcanza con la coerción (presión lo mismo que chantaje o látigo), pero ¿se puede obligar a alguien a gozar, a que se sienta infinitamente feliz desde su identidad-libertad?

. Socialismo es producción de felicidad o nada. Pero reestructura los parámetros de la felicidad (¿cuáles son?). La imagen de multitudes agobiadas de trabajo y sufrimiento no cabe aquí, sino que se construye en el reverso: la alegría permanente.

. Dentro del socialismo cubano, las obligaciones de una lucha sin cuartel (para la defensa del proyecto) han puesto en primer plano (¿qué conductas, prácticas o consumos culturales permitir o impulsar?), a la ideología entendida como propaganda (donde predominan la inmediatez, la pedagogía social y el control); sin embargo, en las condiciones del mundo de hoy (globalización, post-comunismo, luchas identitarias, cultura de la red) casi todo control es veloz o paulatinamente burlado y casi cualquier demanda satisfecha. Dicho de otro modo, quien intente (en las presentes condiciones) controlar ideología, la perderá si no produce ideología.

. La tarea principal, la única que realmente vale la pena para el socialismo, es convertirlo en una opción atractiva, un horizonte de vida deseable; para sus ciudadanos y, más allá (esto es lo principal) para los desposeídos del mundo. Más, para ello, no valen los decretos ni las ordenanzas (es decir, los estilos cómodos), sino que hay que salir al veleidoso (y virtualmente infinito) campo de batalla de la ideología y producirla.

. La “producción” no es discurso puro (aunque lo incluye), sino su refracción en la multiplicidad de espacios de la vida y sus signos son primordialmente estéticos y conductuales: abarca todo lo que puedo crear, consumir y ser. No es un conjunto rígido de reglas, sino una reconfiguración permanente de límites (muy particularmente los de lo posible en el espacio público) y su voluntad es incluir. No es la ley externa que encarna en la justicia, sino la continua apertura de lo social, el cambio de las relaciones interpersonales, el diálogo con el mundo, la recepción de la tecnología, el ejercicio de la voz.

. El marxismo necesita héroes y figuras alegres, pero no los habrá en tanto las interioridades de su forma de democracia (y sus límites) no sean discutidos abiertamente y motivo de discusión permanente. El marxismo necesita fiesta (más bien reflexionar sobre ella) para que el socialismo (la plasmación como hechos de la doctrina, su encarnación en el Estado) aparezca como goce. Ah, y en esta palabra cabe la totalidad de las prácticas y consumos culturales, así como conductas y estilos de vida no lesivos para la comunidad (que previamente asumió al Estado socialista como su destino). ¡Pero hay que conocer la respuesta de la comunidad! La respuesta de todos (incluso la que no fue pronunciada).

. Y que no pueden ser escuchadas sino en el intercambio público de ideas. ¿Conduce esto a la renuncia, por parte de los estamentos políticos, a influir? ¡Jamás! Aunque esta vez “influencia” significa sutileza y “producción”. Como mismo en el concepto que los griegos antiguos tenían para la poesía (según Lezama): creatio ex nihilo (creación partiendo de la nada), pues si el diálogo existe la situación contextual es diferente cada día: evoluciona, muta. Según esto, política y marxismo no pueden sino ser poesía: adelantamiento y respuesta. (La poesía es la anotación de una respuesta: Lezama).

. A la comprensión y aplicación de este arte de guerrilla (estoy donde no lo imaginan y voy siempre más adelante) y equilibrio entre partes, creo que se le llama dialéctica.

. Con toda seguridad se puede apostar (a no ser que se le maniate) a que los mensajes circulantes en la red nacional (los cuales, de inmediato, pasan a la red global) serán cada día más expresión de esos vacíos de razón (lo no pensado) por el marxismo cubano. En meses recientes se han multiplicado nuevas ideas sobre raza, fricciones alrededor de la censura cultural, sobre la música ligera en conexión con el kistch, sobre la prohibición de mencionar (no digamos ver) a peloteros cubanos que abandonaron el país y hoy juegan en las llamadas Grandes Ligas de baseball. Todos, absolutamente todos esos mensajes son portadores de deseo.

. No es una queja ni una crítica, sino un simple diagnóstico: prácticamente ninguno de esos temas ha encontrado reflejo en el mundo editorial de las ciencias sociales cubanas ni tampoco en los medios masivos del país; al menos, no con la profundidad e intensidad que lo han hecho en la red nacional. Todos y cada uno de esos deseos desvalorizan (aún cuando no se les manifieste con tal virulencia) la democracia socialista cubana. ¿Cómo puede haber democracia donde no puede haber deseo o sólo puede ser satisfecho afuera (es decir, en secreto, como acto de vergüenza o doblez)?

. El deseo sólo es satisfecho en el goce, pero su opuesto es la destrucción, la deriva hacia el extravío de toda norma de convivencia: la libertad paradójica. En una sociedad sin límites todo se puede (lo cual es queja común respecto a nuestro presente hoy), más vale la pena recordar que ha sido el socialismo mismo quien eliminó –por falsas- las constricciones de la antigua respetabilidad. En la sociedad burguesa la ley es simple: quien destruye (erosiona, corroe) propiedad es destruido, pero el socialismo es profundamente popular. Aquí hay un paréntesis que no es sólo de la Ley, sino de la cultura y el debate.

. Lo siento, no voy a eliminar de las ecuaciones el incómodo obstáculo de la clase social y entonces, regresando a la pregunta anterior, ¿puede otro sistema social siquiera intentarlo? (Ya sé, ya sé que no hay pregunta alguna, pero es algo que se resuelve de manera sencilla: ¡haciéndola!).

. Suponiendo que las discusiones se dieran, ¿es la democracia socialista un antídoto? (como aquella “aspirina del tamaño del Sol” de la que hablaba Roque Dalton). Todo lo contrario, se trata de una bomba a sostener con las manos y la mecha está encendida cuando nos la dan.

. En uno de sus momentos más mediocres como pensador escribió Lyotard: “la crítica del socialismo está hecha”. Se refería a las imágenes de los ciudadanos de la desaparecida RDA que, llenos de deseos insatisfechos, invadían las tiendas de la antigua RFA cuando cayó el Muro de Berlin y pudieron pasar al otro lado. Tomar indicadores semejantes como la confirmación de la muerte de una idea no es un buen camino, pues, ¿no nos lleva también a afirmar que la crítica del capitalismo está igualmente hecha, y desde hace mucho, en cualquier imagen de los efectos de la dominación del capital? Huelgas, hambre, guerra, sangre.

. Lo fascinante en la posición de Lyotard es su incapacidad de “ver” que igualmente implica la más terrible crítica del capitalismo y, en consecuencia, devela su supuesto revolucionarismo de filósofo como un cómodo acto de aceptación (todo está bien, con tal de que yo lo esté). En oposición a ello, hay que devolver a la vida sus redes e interconexiones, pero hasta lo insoportable; es decir, todo está mal exactamente porque yo estoy bien, pues lo que importa es el otro: el excluido, la medida real.

. Lo que significa que ideas y sistemas tienen que atravesar pruebas, dar pruebas de sí en sus límites. Para lo que venimos apuntando aquí, al socialismo corresponde darlas en la actualización permanente de su modo de democracia. Es importante entender que este proceso no se detiene nunca, pues no hay un estado que permita pronunciar la frase tranquilizadora: “¡hemos llegado!”. Cada minuto es la prueba, cada acto en cada lugar (pues también el socialismo tiene que recuperar para sí, para entender su funcionamiento interno, la idea de interconexión y el daño de una parte enferma el total). La alienación en el socialismo: hay que pensarla.

. El juicio último es triple: por lo que un sistema político estimula, genera o impone; por lo que censura, combate, niega o relega; por lo que torna inconcebible. La magnitud del salto que alcanzan a dar las revoluciones es definida por los resultados de ese tercer juicio (por demás, no pocas veces minimizado); es decir, no por lo evidente, sino por la cantidad de pasado que prometen suprimir para siempre, por la correspondencia entre la promesa y el mundo nuevo. Por tal razón, pese a descalabros y penurias económicas, una escena normalizada en cualquier capital tercermundista (gente limpiando parabrisas de automóviles para recibir centavos y con peligro para sus vidas) además de ser uno de los rostros de las diferencias económicas (entre los excluídos que no acceden a la divisa extranjera), continúa apareciendo como una imagen chocante y desajustada en el paisaje de la ciudad capital cubana. Ya no elegir, sino tener que ganarse la vida de esta forma (hacer esto porque no hay ninguna otra posibilidad) integra, para los cubanos, el contenido de lo que ni siquiera pueden concebir.

. El contenido esencial de la promesa (su cumplimiento o no) se decide en lo inconcebible y en relación dialéctica con el pasado (lo que no va a regresar jamás: lo irrepetible).

. El político es un guerrillero, pero el guerrillero es un administrador de mensajes en la red, el que organiza el cambio de los conmutadores en una estación de trenes gigantesca o el ingeniero que mueve la energía en la central eléctrica total. Son intelectuales de lo posible (con tal de que la posibilidad no se convierta en una máscara cuyo objetivo es esconder limitaciones personales o temores; con tal de que la máscara apenas oculte una voluntad orientada a la represión de cualquier idea diferente). ¿Qué ocurriría si todos se transforman en políticos? Los ciudadanos, digo (si la vida es el ágora).

. El socialismo desaparece por extensión.

. Mis palabras portan un contenido romántico e inalcanzable; si uno revisa la historia de los diversos socialismos (y si los seres humanos van a seguir siendo humanos) ni se han cumplido ni se cumplirán. Sin embargo, es imperativo que sean cumplidas y de eso es que trata la ética: de la opción es el horizonte de la vida y se busca volver de revés la existencia. Nada de delicadezas o pañuelos en la nariz, sino garras y desesperación (como explicaba Marx al recordar que el hambre del hambriento no es la misma que la de quien come con manteles y cubiertos).

. El capitalismo, en sus variantes gratas, tiene más glamour, pero el socialismo resulta más interesante (porque es más imposible).

. Se trata de todo.

. La felicidad (ya sea por ausencia, presencia, sobreabundancia, ansia, desespero o búsqueda) es política. No ya las condiciones para desarrollarla, sino el mero hecho de si existe o no, de si disminuye o crece. También el tiempo. Esas son las verdaderas variables.

. Plantearlo desentona, suena como locura y todavía más intentarlo.

. Claro.

CONTRA EL ARGUMENTO RACISTA

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CONTRA EL ARGUMENTO RACISTA


Al igual que los movimientos racistas representan la síntesis paradójica y, en determinadas circunstancias, aún más eficaz, de las ideologías contradictorias de la revolución y la reacción, el racismo teórico representa la síntesis ideal de la transformación y de la inmovilidad, de la repetición y del destino. El "secreto" cuyo descubrimiento representa sin cesar es el de una humanidad saliendo eternamente de la animalidad y eternamente amenazada por sus garras. Por ello, cuando reemplaza el significante de la raza por el de la cultura, siempre tiene que relacionar esta última con una "herencia", con una "descendencia", con un "arraigo" que son significantes del enfrentamiento imaginario entre el hombre y sus orígenes.
Etienne Balibar, Raza, nación y clase.


El racismo representa, literalmente, el discurso revolucionario,
pero lo representa invertido.
Michel Foucault, Genealogía del racismo.

Por lo tanto, no obstante las diferencias, en ánimos del debate académico…
Tomás Fernández Robaina, “Hacia el centenario de la fundación del Partido Independiente de Color: Aproximación crítica a tres nuevas contribuciones”.


Las coincidencias, cuando suceden en la esfera social, suelen ser signo de malestar, línea de fuerza latente que pugna por emerger o, aunque sea, dirigen la atención a zonas que previamente es complejo distinguir por lo disperso de sus elementos. Los meses recientes, donde se ubican la aparición del volumen Cuba, personalidades en el debate racial (del investigador Tomás Fernández Robaina, por la Editorial Letras Cubanas), el largo ensayo La nación, el racismo y la discriminación racial en la historia de Cuba y en la contemporaneidad. ¿Otra batalla ideológica-cultural? (de Orlando Cruz Capote, en tres partes, dentro del sitio web de la publicación digital La Polilla) y el estreno del documental Raza (de Eric Corvalán, en el Festival Internacional de Cine de la Habana) marcan uno de estos momentos de nacimiento o reformulación de un campo. Basta conectarlos con acontecimientos anteriores como la creación de una comisión (presidida y orientada por la Secretaría Ideológica del PCC, a través de su Departamento de Cultura, en el año 2007) para la celebración del centenario del alzamiento y posterior masacre contra los miembros del Partido de los Independientes de Color; la inauguración de una tarja en la casa de Evaristo Estenoz, donde en 1908 fuera fundado dicho partido; la colocación de otra tarja, en el lugar de la ejecución de Antonio Aponte, mulato y primer cubano que organizara una rebelión contra el poder español en épocas de la Colonia y la conmemoración del aniversario de la rebelión de esclavos domésticos en el Palacio de Aldama, hoy sede del Instituto de Historia del PCC. Tal cantidad de sucesos a propósito de un tema que, durante largos años, permaneció prácticamente excluído de la escena pública y muy atenuado dentro de la academia, tiene que significar algo. Es por tal motivo que, en el texto citado, Orlando Cruz Capote, investigador del Instituto de Filosofía cubano, lanza una larga serie de preguntas:

“… ¿ello es parte además de una moda intelectual internacional que se nos indica desde una agenda exterior, específicamente, a partir del auge y repercusión de los “estudios poscoloniales”, los “estudios de alteridad” y los subalternos”?; ¿es consecuencia directa e indirecta de los impactos de los discursos post que aún subsisten en la teoría filosófica-política, económica-sociológica y psicológica social, así como de otras disciplinas científicas y saberes, acerca de la crisis de las identidades-diversidades societales, el denominado fracaso del Estado nación moderno y las contradicciones socioclasistas devaluadas?; ¿o acaso esa eclosión académica y sociopolítica de la problemática identitaria-social y racial, iniciada desde mediados y finales de los años 90 del pasado siglo y que continúa con mayor fuerza en este milenio, corresponde a un inadecuado o insuficiente tratamiento -subestimación y olvido casual o seudo-intencionado-, por parte de algunas ciencias sociales en ciertos períodos de la historia de la nación?; ¿o es resultado de algunas subvaloraciones o inadecuadas implantaciones de la política social y cultural de la Revolución Cubana, basadas en la igualdad y equidad, y a pesar de todo lo alcanzado en este campo a través de estos cincuenta años de proceso transformador?; ¿es motivada por los conflictos de valores en la sociedad cubana actual que se agravaron luego del derrumbe del paradigma y referente histórico del socialismo este-europeo y de la Unión Soviética, y su correlato inmediato que constituyó la crisis económica y social en la Isla, recrudecida por la agresiva política oportunista estadounidense, más la dominación y hegemonía omnímoda del capitalismo-imperialista a nivel planetario?; ¿es acaso también un semi-olvido de las izquierdas en general, que subestimaron en cierto sentido esa problemática a lo interno de sus sociedades?; ¿es tan real su existencia y dimensión en un país en el cual más del 50% de sus habitantes son negros, mulatos o mestizos y un porciento mayor frutos cercanos y lejanos de la hibridación social, racial, religiosa y cultural, aunque no aparezcan así reflejados en los censos de población efectuados?; ¿existe un peligro previsible para la Identidad Nacional y Cultural cubanas por la persistencia de los prejuicios racistas y las formas más sutiles de la discriminación racial?”
La nación, el racismo y la discriminación racial en la historia de Cuba y en la contemporaneidad. ¿Otra batalla ideológica-cultural?
(publicado en tres partes entre los días 9-13, diciembre de 2008.
en: http://www.lapolillacubana.cu)


Al responder, Cruz Capote apuesta por la necesidad de fomentar comisiones y congresos “para que todos aporten sus diferentes puntos de vista”, “en un marco político y jurídico adecuado, que puede profundizarse”, al tiempo que mantiene gran cautela en lo que toca a los debates en el espacio público. En este caso, el ‘todos’ imaginado -para que participe de comisiones y congresos- lo sería por delegación, como en un proceso eleccionario, mientras que la legislación particular para ofensas por motivo de raza o discriminación, en general, necesitaría de una muy profunda discusión pública que movilice sensibilidad hacia ella. La razón para pensar esto último es que ya es parte de la Constitución cubana el rechazo a toda forma de racismo, en tanto el malestar o el resultado de investigaciones sociales confirman que sí lo hay; dicho de otro modo, ni las medidas anti-racistas tomadas desde el triunfo mismo de la Revolución, ni la existencia de un marco constitucional al efecto, han sido suficientes para eliminar una convicción y una práctica con hondas raíces en la historia y tradiciones culturales del país.

¿Desde qué ángulo enfocar un tema así? Cuando Cruz Capote se refiere al extendido estudio que el Partido cubano orientó hacer en toda la sociedad cubana, hacia fines de los 90 del pasado siglo y cuyo objetivo primario era valorar el impacto del denominado “Período Especial” en los diversos grupos de la población- y que fue el disparador de la presente “Batalla de Ideas”, escribe lo siguiente:

“… arrojó que dentro del cuerpo societario cubano, los individuos y colectivos más pobres -algunos de ellos muy cercanos a la pobreza y en condiciones de precariedad habitacional, laboral y salarial- eran aquellos que tenían una composición social-racial, fundamentalmente, negra y mestiza (aunque no faltaron individuos de raza blanca), por lo que se encontraron en el escalón más retrasado y conflictual de la población.

Entonces, no existieron dudas.”

Digo lo anterior porque, como negro yo mismo, vecino de una barriada próxima a Cayo Hueso, habiendo vivido muy cerca del llamado Canal del Cerro, o con sólo caminar la ciudad durante mis años de mensajero de banco, o teniendo un hijo viviendo en Veguita de Galo, en Santiago de Cuba, o participando de experiencias de familias y amigos de mi color, o por mil otras razones, a pesar de faltaban estadísticas, nunca tuve dudas. Siguiendo igual lógica, y poniendo la mirada en la sociedad cubana contemporánea, no puede menos que tomarse distancia y encontrar otro camino de comprensión que este donde se afirma que:

“… los distintos ámbitos en donde se reproducen las prácticas racistas han sido legitimados como cuasi naturales por la sociedad en conjunto.”

En lugar de ello, se puede pensar que la cantidad y el tipo de las libertades que una Revolución socialista propone, incluyendo aquí la promesa de superación (realizada o iniciada en todos los campos, incluyendo el de la raza), son de tal magnitud que atenúan, equilibran o permiten negociar las adhesiones, a pesar de que subsista injusticia asociada a la pertenencia racial. Sean éstas en los mundos del trabajo, las relaciones interpersonales, la reproducción de estereotipos en los medios masivos o el silencio sobre la contribución a la Historia nacional (en el campo que corresponda) de determinada figura, sin ser legítimos ni cuasi-naturales, los individuos beben su amargo y continúan en ese otro nivel donde se les mira, actúan, progresan y son representados como “cubanos”. Dicho de otro modo, voluntariamente y sin insistir en el dolor, deciden no enquistar la temporalidad alrededor de la cápsula de la identidad y excluyen entonces variedades de experiencia (que van del asociacionismo racial a la presentación y debate público del problema) para asumir modos otros de elaborar un futuro diferente.

II

Tomás Fernández Robaina, investigador de larga trayectoria en lo que toca a la historia social del negro en Cuba, así como al universo de la religiosidad popular de origen africano, es una de las personalidades más creativas en la bibliotecología cubana contemporánea y el autor de volúmenes como: Bibliografía de temas afrocubanos, Memorias secretas de dos mujeres públicas, Historia social del negro en Cuba, Contribución a la historia de la Biblioteca Nacional, del Índice de publicaciones periódicas, además de las bio-bibliografías de José María Heredia y Antonio Maceo. Una gran contribución, para el tema que comentamos, es la reciente aparición de uno más de sus libros: Cuba, personalidades en el debate racial (La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 2007).

Mediante la reunión de artículos, escritos a lo largo de años y dedicados, en su mayoría, al análisis de figuras destacadas dentro de los debates sobre raza en Cuba (en especial, durante el siglo XX), Fernández Robaina entrega uno de esos esfuerzos que dejan con ganas de seguir leyendo. Zonas y modos de pensamiento que permanecen sepultados regresan a la luz y, con su reingreso a la escena pública, podemos reconstruir el pasado y entendernos mejor; por este camino, la fijeza de la mirada encima de procesos escasamente abordados en la investigación (o integrados de forma fragmentaria), obliga a un reordenamiento de la tradición entera. En este caso, la asimilación de actores nuevos, en ocasiones insospechados, agrega escenarios a las visiones que poseemos (sobre el crecimiento en el tiempo del país y su cultura) e impulsa un aumento de la complejidad que nos define y que es ganancia final para una identidad enriquecida. Si bien han sido varios los esfuerzos en semejante dirección, hasta el presente ninguno había intentado el análisis individualizado de pensadores alrededor de la situación racial cubana. Por este camino, a los ya conocidos nombres de Marinello, Juan Gualberto Gómez y Nicolás Guillén, dentro del campo, se agregan otros de menor resonancia, pero igualmente de primer plano, como los de Arredondo, Urrutia y Trelles. La profunda experiencia que, como investigador en el área de las luchas sociales del negro cubano, acumula Fernández Robaina, le permite moverse con erudición y limpieza en un amplio campo que abarca la historia hechológica, la religiosidad afrocubana y el análisis de los procesos de formación nacional, donde lo histórico y lo cultural se funden. Su pasión como autor define a un verdadero activista, alguien que ha sido uno de los principales responsables del regreso de la atención hacia el Partido Independiente de Color; fundando en 1908, ilegalizado en 1910, reprimido con violencia extrema en 1912 y, a partir de entonces, sepultado en un larguísimo e injusto olvido.

Todo hecho acerca de los Independientes demarca un polo de oposición en el tiempo tanto como en la significación. En verdad, recuperado el hecho, no hay forma de escribir el presente, sino como negación de una represión que (pese al desacuerdo en la cifra de muertos) tuvo lugar en medio de histeria racista, revuelta por la prensa en todo el país, y fue sangrienta. Tampoco, en su reverso, es posible escribir la historia de la Revolución cubana, sino como la superación (curación) de aquella vieja herida que, a lo largo de la República, hubo de permanecer abierta, controlada y para la cual se demandaba mudez. El acontecimiento ocurrió en el interior de un tejido de circunstancias que, no pocas veces, escapan hacia derivaciones que el paso del tiempo oscurece. Para que ello suceda es necesario combinar el olvido o la erosión de la memoria, como proceso natural; conexiones que lucen remotas hoy, pero que en el instante parecían fundamentales; además de la acción, planificada y continua, de aquellas élites que controlaron –desde la fecha del hecho y durante una larga cantidad de tiempo- la interpretación de la historia. Si se toma en cuenta lo anterior, el arco que va desde el vilipendio (Rafael Conte y José M. Capmany, Guerra de razas, y Gustavo Enrique Mustelier, La extinción del negro) a las recuperaciones más recientes, que pretenden restablecer la verdad histórica y hacer justicia (Castro Fernández, Silvio. La masacre de los Independientes de Color en 1912 y Meriño Fuentes, María de los Ángeles. Una vuelta necesaria a mayo de 1912), dibuja un territorio tan lleno de certezas como de paradojas y preguntas, a la espera de más laboreo por parte de historiadores.

No cabe duda de que Fernández Robaina comparte la convicción de que los Independientes recurrieron a la revuelta porque entendieron que la República era un momento de negación del derecho (para el grupo de individuos cubanos de la raza negra) y, como tal, daba continuidad a la colonia. Basta, como ejemplo, la siguiente cita que –aunque referida a Juan Gualberto Gómez y en el artículo La presencia del pensamiento martiano en la lucha social del negro cubano- conduce a una toma de partido por los Independientes:

“Su opinión idealista y romántica hacia la hermandad de blancos y negros ganó fuerza: no vió las diferencias clasistas y culturales que ahondaban los prejuicios y la discriminación. No pudo rebasar el marco de su tiempo, de su visión eurocéntrica, porque había sido formado intelectualmente dentro de ella. Sin embargo, la realidad, la vida, imponía sus leyes, y la idea del partido negro no desapareció por completo. En 1908, se funda la Agrupación Independiente de Color como una vía para lograr las reivindicaciones del negro cubano.”
Fernández Robaina, Tomás. Cuba, personalidades en el debate racial. (pags. 78-79)

La incomodidad del autor, para con la renuncia de J. G. Gómez a la acción violenta como manera de obtener derechos, abre una diferencia radical (en cuya raíz se encuentra el devenir del tiempo) en lo que trata al funcionamiento de las sociedades humanas, el sentido de la labor intelectual, las posibilidades de la democracia representativa, los valores del activismo social y no político, la importancia del asociacionismo identitario y la interrelación entre grupos fracturados por motivos de raza. Sin embargo, la elección aquí es sumamente complicada, pues habría antes que demostrar que la negación de cualquier posibilidad de desarrollo, para los cubanos negros de la época, era no sólo lesiva, sino absoluta y –lo principal- sin perspectiva de mejoramiento. Lo que trato de entender son los motivos que, en la circunstancia que sea, pueden ser tales que generen las condiciones necesarias para que todo un grupo social derive hacia una práctica política tan enteramente tajante como es la protesta armada, preludio simbólico de la guerra; junto con ello, por otra parte, “lo político” de la época incluía, el comportamiento de grupos que simulaban la revuelta (con lo cual demostraban su fuerza y avisaban de la violencia que podían ocasionar si no eran atendidas sus demandas). Esta escenificación de la revuelta, que supuestamente contenía en potencia a la revuelta real (a la que, en el momento, se le dejaba en suspenso e hipótesis), solía terminar en la abertura de un espacio de diálogo en el alto poder político y, sobre todo, en la redistribución de parcelas dentro de la dominación. Las luchas, por ejemplo, de campesinos y obreros cubanos, demuestran que tal práctica les quedaba completamente vedada, pues allí la condición básica del pacto era justamente la no-realización de revueltas y ni siquiera resultaba concebible la existencia de grupos que recurriesen a las armas para manifestar demanda. La clave aquí es si, semejante prohibición, realmente “agotaba” la totalidad de cambio y/o mejoramiento concebible dentro de la muy joven República cubana, al tiempo que en cualquiera de sus caminos futuros. De las varias veces que el autor da respuesta a la inquietud en su libro, elijo esta que sigue:

“Los negros nada habían recibido de la República, a pesar de que ellos se habían hecho acreedores a esos derechos de forma relevante”
Fernández Robaina, Tomás. Cuba, personalidades en el debate racial. (pp. 78-79)

A este propósito, no alcanza con constatar determinada injusticia (ni siquiera cuando es extendida y en múltiples niveles), sino que el análisis carece de sentido si no se toma en cuenta la temporalidad; en su reverso, el peligro de olvidarlo, implica hacer la vulgar lectura teleológica según la cual las condiciones del presente organizan y dan respuestas para el pasado. Pese a la velocidad de eventos sucedidos en los diez primeros años de República, fundada en 1902, es sumamente dudoso hablar de “agotamiento” dentro de un proyecto social que significaba el abandono de un orden colonial y su sustitución por el estatuto republicano. De hecho, va a ser el propio Fernández Robaina quien, en el artículo que dedica a la Bibliografía de autores de la raza de color de Carlos M. Trelles, destaca el estupor del célebre bibliógrafo al comprobar que quienes más han “aprovechado” el cambio son los individuos de la raza negra. Aunque, a su vez, esto no baste para disipar el comentario acerca del racismo virulento que había, para la fecha, en el país, si es suficiente para imaginar que incluso en el interior de semejante ambiente había otros modos de imaginar (o aún poder imaginarla) la ciudadanía del sujeto de raza negra que no fuesen, de modo inevitable, los de la revuelta. Un fragmento clave, de la cita en cuestión, es el siguiente:

“El progreso del negro cubano, desde el punto de vista de la instrucción, es hoy más rápido que el del blanco, si se tiene en cuenta que la mitad de los componentes de la raza africana estaban sometidos hace medio siglo al régimen inicuo y embrutecedor de la esclavitud”
Trelles, Carlos M. Bibliografía de autores de la raza de color.
en: Cuba Contemporánea, abril de 1927, años 43, no. 169, pp. 30-78.
Citado en: Fernández Robaina, Tomás. pag. 37

La paradoja brota de la fusión de tensiones, hasta cierto punto encontradas, en una misma temporalidad. Para los ciudadanos negros que participaron, de modo activo, en el mambisado, el daño a una promesa de participación forjada en la igualdad frente a la muerte en los campos de batalla y su posterior postergamiento sin meta concreta. Para aquel otro sector de negros cubanos, cuya esperanza y lealtad mayores estaban en el arribo de un nuevo orden del mundo (capaz de barrer la dosis de inhumanidad que les era destinada en el espacio colonial), una serie de obstáculos nuevos, pero de intensidad disminuída, la diferencia entre el absoluto del ‘nunca’ y el compás de espera propio del ‘quizás’. Esto último, a fin de cuentas, y más verdadero que nunca durante los primeros años de cualquier proceso social, la promesa exacta que implica el paso desde una colonia a una República. Partiendo de este punto, desde el presente, se hace necesario entender y aceptar –más allá de cualquier relativismo minimizador- la posibilidad que existió, para los actores de la época, de ser cubano, negro, discriminado, digno, no sumarse a los Independientes de Color y rechazar la revuelta. Junto con ello, luego de la desmesurada represión y el consiguiente daño que sufrió el mito de la República como espacio de fraternidad racial, las instituciones de la clase dominante debieron invertir una energía simbólica enorme para borrar las huellas del suceso (huella de lo cual, por ejemplo, es la virtual inexistencia del hecho en el sistema de enseñanza u otro ámbito de la producción cultural nacional), así como presionados para abrir espacios que fuesen tribunas de la voz del nuevo sujeto racial (ejemplo de lo cual es la columna Ideales de una raza, del periodista Gustavo Urrutia, en el Diario de la Marina, que el propio Fernández Robaina elige como modelo de intelectual negro republicano).

El paso a primer plano de las cuestiones asociadas a la temporalidad permite analizar desde ángulos nuevos lo entonces sucedido, pues la sucesión de eventos de éxtasis popular como fueron la caída del machadismo en 1933, la elección de Grau San Martín en 1944 y la prédica de Chibás hasta su muerte en 1951, admiten ser interpretados como ejemplos mayores del enorme capital simbólico que la República conservó, todavía muchos años después de la masacre contra los Independientes de Color. Un capital simbólico cuyo contenido es la idea de que un nuevo espacio de realización humana iba a ser posible, nacido de las luchas de anti-coloniales y de liberación nacional en el siglo XIX, y en cuyo mantenimiento (a lo largo de los eventos señalados) los ciudadanos cubanos de la raza negra no sólo contribuyeron, sino que fueron uno de sus elementos estructurales básicos. Si bien la represión a los Independientes transformó en asunto sumamente espinoso el mito de la fraternidad racial cubana, no fue suficiente para destruir la idea de que todavía había otros caminos para la realización de los negros cubanos. Es el presente quienes nos dice que apenas hubo cubanos de raza negra entre las figuras principales o como miembros del cuerpo diplomático de cualquiera de los gobiernos republicanos; que escasamente entraron de modo masivo a trabajar en las grandes cadenas de tiendas o en las compañías Eléctrica o en las refinerías; que tampoco ocuparon puestos directivos en los centrales azucareros y mil evidencias más del racismo visceral de las élites cubanas. Contrario a ello, en el pasado, centenares de miles de cubanos negros creyeron e intentaron, con toda su buena fe, ascender en la pirámide de una sociedad clasista mediante el trabajo propio e invirtiendo cuanto podían para la educación de los hijos, convencidos de que la superación del nivel cultural iba a garantizarles el mejoramiento. Lo principal es que semejante actitud era posible porque el horizonte de las expectativas, orientado al futuro, tenía como telón de fondo el universo colonial y, por injusta que fuese la República, cualquier cosa era mejor que regresar hacia allí.

Tomando en cuenta que, a cada ciclo de ilusión de los anteriores mencionados le sucedió un nuevo período de manipulaciones y violencia esencialmente anti-popular, resulta más productiva -que la noción de “agotamiento’ inmediato- la idea de desgaste para explicarnos las razones que legitiman el triunfo de la Revolución cubana. Desde este ángulo, igual vale analizar las acciones y esfuerzos de las élites para mantener viva la ilusión republicana, cosa que tuvo que haber sido una de las prioridades fundamentales de la dominación, pues (con independencia de los casos particulares, en los que la historia de Cuba abunda) la cuestión del poder no se reduce a buscar enriquecimiento rápido, sino que pretende una estabilidad en el tiempo y la duración es entonces la mayor necesidad. Después de la histeria con la que reaccionó la prensa cubana, ante los eventos de los Independientes, no es tan sencillo eliminar un tema y sus derivaciones como si nunca hubiesen existido; en verdad, el que los de mi edad nos hayamos educado sin la más pequeña idea de aquello o el que, todavía hoy, personas de edad mayor igual lo desconozcan, indica que tuvo que ser permanente, tanto como enorme, el trabajo de máquinas culturales empeñadas, inmediatamente luego del suceso y a lo largo de años, en borrar, silenciar, atenuar, desaparecer lo sucedido allí o transformar su significado. Estas máquinas, dispositivos des-centrados que no controla nadie en particular, sino se unifican y accionan alrededor un mínimo grupo de ideas compartidas, tuvieron que haber sentido (ante el exceso y, sobre todo, la celebración pública de la represión) que el gesto había tenido consecuencias y que, si bien solucionaba el problema inmediato, también debilitaba el capital simbólico, pues la institucionalización del terror (como reminiscencia del ambiente colonial) era un lujo que la ficción de fraternidad, integrante del estatuto republicano, no se podía permitir. De tal modo, re-construir el pacto con los cubanos de raza negra se tornaba una necesidad acuciante y es entonces cuando el asesinato de los Independientes contribuye a resquebrajar esas mismas máquinas que los sepultaron, pues la prédica de intelectuales como Urrutia (así como el brindarles un espacio central) se convirtió en obligación.

Hoy, luego del silencio, los intentos de recuperación insisten, desde la solidaridad con las víctimas, en centrar la mirada en la célebre Enmienda Morúa (que, presentada por el senador negro Martín Morúa Delgado, sirvió como basamento para ilegalizar a los Independientes en 1910). Por tal camino, y como parte del entramado posible en el tejido de la época, hay quienes consideran que la proscripción de los Independientes tuvo como objetivo principal (puesto que ellos eran una fracción “escapada” del Partido Liberal) detener e impedir la erosión de las bases populares de los liberales. Para colmo de complejidad, la enmienda fue presentada exactamente por el político negro que a más elevado puesto había llegado durante la época (el más alto que tendría un cubano negro en la República, pues fue Presidente del Senado), cuya ideología era liberal. Leáse a continuación su texto:

“Por cuanto: La Constitución establece como forma de gobierno la republicana; inviste de la condición de cubanos a los africanos que fueron esclavos en Cuba y no reconoce fueros ni privilegios personales;
Por cuanto: La forma republicana establecida por la constitución instituye el gobierno del pueblo para el pueblo, sin distinción de motivos de raza, nacimiento, riqueza o título profesional;
Por cuanto: Los partidos políticos tienen la indeclinable tendencia a constituir por sus propios miembros el gobierno que desarrolle en el país sus doctrinas políticas y administrativas.
El senador que suscribe considera contraria a la Constitución y a la práctica del régimen republicano la existencia de agrupaciones o partidos políticos exclusivos por motivos de raza, de nacimiento, riqueza o título profesional, y tiene el honor de proponer al Senado la siguiente enmienda adicional al artículo 17 de la ley electoral.
No se considerará, en ningún caso, como partido político o grupo independiente, ninguna agrupación constituida exclusivamente por individuos de una sola raza o color, ni por individuos de una clase con motivo de nacimiento, la riqueza o título profesional.”
citado en: Castro Fernández, Silvio. La masacre de los Independientes de
Color en 1912.

Sin embargo, la escritura de historia no debe ser definida (aunque lo contenga) como una acción solidaria, sino como acto de pensamiento que persigue establecer ciencia y verdad. Esto segundo permite esperar abordajes futuros que exploren otras palabras, pronunciadas por el mismo Morúa Delgado, en ocasión de presentar su propuesta ante el Congreso de la República, el 14 de febrero de 1910:

“He tenido mucho cuidado en salvar el derecho indiscutible que tienen los cubanos de organizar un Partido obrero. No se trata de la clase de trabajadores, entre los cuales se hallan confundidos hombres de ambas razas, y el fin que persiguen es verdaderamente democrático y moralizador.

En la clase trabajadora están todos los elementos de que nuestra sociedad se compone, y se defiende el derecho que el trabajador estima hollado. Los principios que propaga, las doctrinas que defiende y quiere ver realizadas en la administración pública, son progresos que demanda y por los cuales lucha para beneficio del obrero y para beneficio de la Nación en que el obrero se desenvuelve.”
en: Diario de Sesiones del Congreso de la República, Decima Quinta Legislatura, Vol. XV, Habana, 14 de febrero de 1910, No. 31.

¿Por qué este particular destaque en que los cubanos puedan, más allá de sindicatos (que ya existían y que deberían defender los derechos del trabajador frente al patrón), organizar un Partido Obrero (que permite al trabajador transformar su demanda en corriente de movilización política e incluso, desde un punto de vista técnico, aspirar a la toma del poder)? A una ciencia histórica fina, le toca descubrir, más allá de cualquier adhesión sentimental, lo que pueda haber encerrado aquí.

Otro de los grandes polos de interés en el libro de Fernández Robaina: el que se refiere a la existencia y contenido de lo que denomina el “negro deculturado”. Sin embargo, el problema de la deculturación como sólo pérdida (préstese atención al matiz negativo que el concepto de asimilación adquiere en el autor) es que obligaría a colocar alguna figura como su reverso positivo; de tal modo, ello nos permite dos preguntas que el autor nunca responde: ¿qué es ser un negro cubano no-asimilado o no deculturado? ¿No nos estaremos refiriendo, con ello, al africano original? ¿No estaremos así construyendo el mito de un continente sin contradicciones, En realidad, lo único que, a este propósito, ofrece el texto es la sugerencia de conexiones entre la realidad religiosa del individuo con sus no deculturación o asimilación.

Es algo que volví a pensar cuando, hace aproximadamente un mes, asistí a la presentación del último número de Movimiento, revista del hip-hop cubano, ocasión en la que también fue exhibido el documental independiente Tambores de libertad, del joven realizador Mauricio Rodríguez, dedicado a honrar las raíces africanas de la cultura cubana. De entre los tantos detalles que no comparto en el documental destaco dos: el fragmento donde uno de los entrevistados afirma que los cubanos no consideramos que nos estamos divirtiendo si no suena un tambor y la manera de representar África, mediante repetidas imágenes de pobreza y de ceremonias religiosas. Ambos los siento como profundamente reduccionistas, ajenos y explican poco de la dimensión o profundidad de mis conexiones con el continente en el cual, también, tengo raíz y es algo que quisiera de inmediato referir a la noción de deculturación. Primero, porque nos acecha el peligro de circunscribir el plus de raza (aquel sentido en el cual la identidad como sujeto negro te marca y hace diferente) a una única y específica conducta que, presuntamente, te definiría. Segundo, porque el tratamiento de la pobreza y su denuncia no puede ser equivalente a que nuestra lectura del Otro (que sea) le impida abandonar el estado de víctima; dicho de otro modo, representar a la víctima bien puede conducir a un nuevo modo de victimización. Tercero, por el desatino histórico de hablar del África religiosa como si hubiese una unidad esencial de las representaciones, mientras que la evidencia nos enfrenta a un complejísimo mosaico de prácticas y lealtades cristianas, islámicas y nativas. Cuarto, porque tanto la victimización, el circunscribir y el desconocimiento voluntario son operaciones intrínsecamente coloniales y entonces la voz, que cree estar haciendo labor crítica, resulta que reproduce la sustancia del orden colonial al esconder la verdadera voz del otro. Quinto, y principal, porque necesitamos entender al otro en su movimiento y desarrollo, que es la única vía para que haya comunicación humana en condiciones de paridad; arribar a una idea de África como algo que no pudo ser detenido en el tiempo, el continente de grandes escritores, músicos, científicos, pintores, productores de teoría. Donde la miseria y el amor a modos de religiosidad coexisten con la búsqueda de caminos de entrada en la modernidad y la erosión de valores tradicionales. Sexto, porque la identidad como sujeto negro implica un tipo de dolor que manifiesta su existencia más allá de las paradojas de la deculturación, pues los pinchazos de estímulo vienen desde la historia, la cultura, los sentidos asociados al color, las narraciones familiares, la vida cotidiana, los medios masivos, de todas partes. Lo que Fernández Robaina denomina “deculturación” nunca va a impedir que sigas siendo negro y pensando como tal.

III

La exhibición, durante el más reciente Festival de Cine de la Habana, del documental Raza, del realizador Eric Corvalán, es un ejemplo más de malestar en la sociedad cubana del presente. Dos niveles de cubanos ocupan la pantalla: sujetos populares e intelectuales (de estos últimos, la mayoría pertenecientes a la raza negra). Puesto que sólo tres intelectuales blancos son entrevistados (una profesora de Universidad, una profesora de ballet y un Vice-Ministro de Cultura) contra siete intelectuales negros (en su mayoría, investigadores, escritores o artistas), es claro que el desbalance obedece a una intencionalidad: la voz que se quisiera destacar es la del individuo de raza negra y el discurso crítico (las intervenciones responden a preguntas o incitaciones del realizador) estará dirigido a identificar, cuestionar y confrontar prácticas lesivas, para los sujetos de raza negra, en la sociedad cubana de hoy. De una parte, hay que tomar partido por la sensibilidad y esfuerzo detrás de obras como ésta (a nivel somático, de censo, el realizador es de raza blanca y su compañera, con la que aparece fotografiado al final, en el pase de los créditos, de raza negra); de la otra, también es necesario mantener, ante el documento, una distancia crítica tal que permita cuestionar verdades o señalar limitaciones.

Las razones mínimas para ello son dos: primero, porque cualquier documento audiovisual propone una ilusión de realidad doblemente manipulada (durante la selección de los fragmentos a enseñarle al espectador y durante su montaje, en lo cual incluyo elementos “ajenos” como lo voz en off, la música y efectos posibles en la banda sonora, el uso de archivos fotográficos, etc.). Segundo, porque la interpretación es un acto de libertad, autoral, que busca interpretaciones conexas; que no sólo intenta descubrir, sino que se conecta a tendencias coexistentes o anteriores, que forma cadenas en el juego de discursos alrededor de Cuba y, como tal, no puede evitar el contacto con lo que se ha convertido en uno de los temas favoritos del presente: el fracaso de la Revolución. Por tales motivos, no es una sutileza gratuita detenernos en la elaboración del discurso, por parte del documentalista, para responder a una pregunta, sobre la figura de Evaristo Estenoz, –hecha, en la calle, a un joven de raza negra (1:25’ – 1:30’). Curiosamente, el joven, cuando, se le pregunta sobre los grandes acontecimientos históricos, del año 1912, menciona el hundimiento del Titanic, es capaz de citar la fundación de los Independientes de Color, pero desconoce quien fuera Estenoz, líder de ese mismo partido. Pasados unos minutos, el documentalista responde:

“Los gobiernos republicanos ejercían la discriminación racial, aún contra los combatientes negros de las guerras independentistas; hostigados por esta situación, los Independientes de Color iniciaron sus operaciones militares el 20 de mayo de 1912.”
(a los 4:20’, mediante voz en off mientras son proyectadas imágenes de la represión contra el alzamiento de los Independientes)

No es casual que, terminado este bloque, el montaje proponga transitar a la entrevista con Fernando Rojas, Vice-ministro de Cultura, de quien ha sido seleccionado un fragmento donde considera que:

“Pero, no es el mejor momento, hablando de la historia de la Revolución, de resultados específicos en la lucha contra el racismo o contra la discriminación racial, que es como yo prefiero describirlo.”

Puesto que los primeros segundos del documental presentan opiniones, tomadas en la calle, que comunican malestar, la solución de montaje crea una extraña ilusión de continuidad; dado que hay un mal que en la República condujo a la solución buscada por los Independientes, entonces la continuidad del mal quizás merezca idéntica solución. Allí, donde Estenoz aparece como un héroe injustamente olvidado, el análisis revela un punto sumamente discutible, ya que, si se apela a la exactitud, el plural (“los gobiernos republicanos”) corresponde únicamente a los períodos de Estrada Palma y José Miguel Gómez, los dos primeros. La ilusión de continuidad ocurre porque la evidencia histórica, en el presente, confirma que se practicó discriminación a lo largo de los diversos gobiernos republicanos que hubo; pero en el pasado, cuando tuvo lugar la protesta de los Independientes, era algo que sólo se podía suponer y que sucedía dentro de un país en construcción como nación independiente, aún con un enorme capital simbólico en manos de sus grupos hegemónicos.

El procedimiento de montaje contrastante vuelve a ser utilizado, de nuevo con Fernando Rojas, para enfrentar su opinión acerca de que (23:43’ del documental), si bien todavía no es suficiente, la presencia del debate sobre raza en los escenarios públicos cubanos ha ido creciendo, en particular en los medios impresos. A esta verdad, que ilustra la obra publicada de varios de los testimoniantes (Tomás Fernández Robaina, “Tato” Quiñones, Roberto Zurbano, Lázara Menéndez y Esteban Morales), se le opone a continuación una intervención (de Lázara Menéndez):

“Yo lo que me pregunto es hasta qué punto es importante seguir en el chapoleteo. Es lo que a mí me parece que… Yo insisto siempre en las acciones prácticas, es decir, yo no hago nada con que me lleves a la televisión a yo decir todo esto que te puedo estar diciendo aquí si yo después salgo de ahí, vuelvo a mí, a oir mis discos de Lázaro Ross, que me gusta mucho, en mi casa y se acabó. No, es decir, si esa discusión va a servir para que se hagan cosas, sí. Porque, yo no sé en otros barrios, pero en mi barrio, ese tipo de problemas la gente no lo ve... no lo ve. Porque eso es como una descarga y la gente está muy cansada de que le estén trovando y que le estén diciendo más o menos las mismas cosas. Entonces, yo creo que hay que cambiar los estilos.”

Para un documental que, con sólo existir y ser exhibido, fabrica él mismo espacio público de discusión y donde tal solicitud está articulada en varias de las intervenciones (Fernández Robaina, Morales, Zurbano, etc.) es un clamor supremamente contradictorio. No sólo porque renuncia al debate (que es la demanda) en función de una llamada “acción práctica”, sino porque supone que esto nuevo (el hablar sobre razas y racismo), sin siquiera suceder, provocaría el mismo cansancio que otros contenidos, gastados ya por el uso. Semejante apología de la práctica, cual si careciera de sentido una supuesta época de los discursos (que, por demás, ni siquiera ocurrió), coloca al Estado por delante de la voz; pero, al eliminar la discusión-sensibilización alrededor de un punto social crítico, de manera implícita ansía la presencia de un Estado paternal, protector y –sobre todo- autoritario.

De tal modo, más allá de las múltiples denuncias que el documental reúne e incluso sus manipulaciones, la más atractiva de las intervenciones y el verdadero centro ideológico, se encuentra en las palabras del pintor Eduardo Roca Salazar (Choco):

“Y a mí me molesta mucho cada vez que vienen a hacerme una entrevista… “Bueno, Choco, yo quisiera saber tu opinión, con rela(ción a)… tú, como negro…” Ya, ya me pongo enfermo, porque por ahí no está. Porque cuando tú haces y aceptas una cosa así, ya nos estás dividiendo. Yo estoy defendiendo una nacionalidad. Yo estoy defendiendo una cultura que no es negra, no es blanca, no es nada. Una cultura que es caribeña, que es cubana, que tiene todos estos tonos.”

En este punto, la idea de una sociedad culturalmente unificada y multitonal, así como el lenguaje militar que el hablante utiliza, remite tanto a la noción de proyecto compartido como a una problemática mayor asociada a la ubicación geográfico-política del proyecto, al espacio, la temporalidad y, sobre todo, las nociones de soberanía política y cultural. La Cuba reivindicada de este modo, por encima de sus diferencias internas, es un ideal cultural común y no un simple trozo de territorio compartido; es la Cuba de la Revolución, pero también la de los cubanos, donde quiera que se encuentren y reconozcan que sólo hoy, a pesar de limitaciones o fracasos, se crearon condiciones para una superación efectiva del racismo en tanto el proyecto de Nación no necesita negar la contribución de los individuos de raza negra, aún cuando tampoco encuentre todos los caminos para integrar la contribución o ni siquiera conocerla. La paradoja es crucial, pues en las condiciones de capitalismo agrícola subdesarrollado, con estructura económica mono-productora, mercado esencialmente absorbido por los E.U., dentro de un orden republicano construido encima de un pasado colonial-esclavista, además de una alta cantidad de inmigrantes provenientes de la antigua metrópoli, el racismo es una necesidad de funcionamiento del sistema y no una casualidad ni consecuencia que obedece a una lógica exterior. De hecho, operando con tales coordenadas, una sociedad con bases demográficas y una pirámide social como la que Cuba heredó de la colonia, sería incomprensible sin el componente racista que es parte central de su identidad. Del lado contrario, el tipo de ruptura que la Revolución propone, tendrá siempre el componente racista como una línea de tensión que, por persistente que intente o resulte ser, sólo puede ya apoyarse en un basamento cultural ligado a las tradiciones, la cultura heredada y que, en cualquier momento, admite ser trastornado por los nuevos ordenamiento político, jurídico, pedagógico o cultural que emanan del nuevo poder. En este mundo nuevo, por doloroso que resulte para quienes lo sufren, el racismo no puede sino ser residual.

En este sentido, la verdadera pregunta y el sitio hacia el cual apuntan el malestar que los documentos manifiestan, así como las manipulaciones alrededor de ellos, es en dirección a saber si los grupos tradicionalmente subordinados (en este caso, sujetos de la raza negra) hoy son sujetos de poder en Cuba, actores hegemónicos de su propio destino, con capacidad para incidir en las tomas de decisión que afecten sus vidas. Cualquier evidencia empírica nos dice que no, desde las representaciones en los medios de difusión masiva a la integración racial de las altas direcciones (ambas quejas repetidas por entrevistados en el documental, mucho más agudas cuando se refieren al sector de la economía mixta), incluso cuando la misma voluntad partidista de implantar una política de cuotas (para el ingreso al Partido Comunista) hubo de ser promulgada hace pocos años o cuando las investigaciones sobre el impacto del denominado “Período Especial” confirmaron que el deterioro fue mucho mayor en la población de raza negra. Por una graciosa paradoja de la Historia, en condiciones sumamente distintas, hay una apariencia de parentezco a las vividas en los inicios del siglo XX cubano: la urgencia de reconstruir un país y de darle posibilidad de existencia como nación independiente, conducen a poner a un lado las diferencias o fracturas en una ecuación social gigantesca en la que el tiempo es el enemigo mayor.

Tal impacto del “Período Especial” en estructuras largamente fragilizadas más la desprotección (de raíz política y consecuencia lógica de una emigración que, además de ser mayoritariamente blanca tiene a los grupos de raza blanca en mejores condiciones económicas) cuando la cultura del dólar entra al país, cierran el círculo cuando el nuevo mundo de economía con divisa extranjera reproduce el viejo patrón cultural de exclusión. Es entonces cuando, bajo presión de una lógica externa, la Revolución comienza a tropezar con los límites de la justicia que ha sido capaz de construir, a descubrir las manquedades del proyecto incluso en el reclamo de aquellos mismos a quienes, sin descanso, intenta beneficiar. Puesto que se discuten ya las lealtades, parece haber un muy estrecho abanico de respuestas: reprimir las voces críticas, activar al aparato jurídico para que la ley garantice igualdad y posibilidad de ascenso social globales en las condiciones nuevas, generar desarrollo y estímulos económicos para los sectores desfavorecidos, reconstruir las políticas de representación (para que el sujeto históricamente subordinado no sólo sea mostrado, sino que cuente quién es y cuáles son sus problemas, esperanzas o fracasos) y desatar opinión y sensibilidad social alrededor del punto crítico. Esto último, que no es sino el debate social, merece la totalidad de los escenarios, la voluntad de que sea el subordinado histórico quien se relate a sí mismo y, lo más importante, demanda un movimiento simultáneo que permita des-racializar el malestar mediante su conexión con cualquiera de los otros grupos del país que vivan en condiciones de pobreza o sean portadores de desventaja. En lo que toca al diseño de las políticas anti-racistas, una combinación de acciones con pretensión universalista con otras localizadas sectorialmente, pero siempre en ambientes de discusión pública de las tradiciones, las raíces de la desventaja social, los logros y los fracasos; ambientes que no pueden sino significar crítica, apertura, dialogicidad, influencia, aprendizaje mutuo, receptividad a la crítica y voluntad de transformación. Creo que es algo que corresponde con la siguiente idea de Balibar, tomada de una entrevista en la que recurre al pensamiento de Hannah Arendt para vincular anti-racismo y luchas por la ciudadanía:

“… evitó fundamentar la lucha contra el racismo a partir de la identificación empática con las víctimas, criticó la manera en que las víctimas tenían tendencia a representarse y a utilizar su estatus de víctimas a fin de construir una identidad política colectiva, y se resistió a usar el discurso sobre el carácter único de la exterminación de los judíos. Ella formuló lo que yo llamo "el teorema de Arendt", que indica que no hay derechos del hombre fuera de la institución política. Así, lo primero no son los derechos del hombre sino los derechos del ciudadano.”
en: http://areanec.blogspot.com/ sábado 20 de diciembre de 2008
http://mitomundializacion.blogspot.com/2008/06/etienne-balibar-debemos-repensar-qu-es.html 6 de junio de 2008

Llegados aquí, donde la cuestión racial nos es revelada como problema de participación y derecho ciudadano, leemos la demanda en su rostro contemporáneo.


Comentarios finales:

Confieso mi total estupor al leer que, como resultado de una investigación concluída en 2007, el primero de los resultados del “proyecto de pensamiento cubano del Instituto de Filosofía” haya sido que:

“la Identidad Nacional es el resultado de una construcción social y cultural, históricamente condicionada, o sea algo nunca totalmente acabada, construida o determinada a priori, en un tiempo único, aunque con hitos fundamentales; que es el producto de las relaciones entre los diversos actores sociales a través del espacio-tiempo. Por lo tanto, constituye el carácter social de un pueblo, y no es un componente finiquitado de la realidad, sino un proceso en permanente construcción y deconstrucción de representaciones, generadas por la acción combinada de las estructuras y de las prácticas de los actores sociales.”
E incluso que, para arribar a semejante conocimiento, haya sido necesaria una nueva investigación, independiente de la masa de investigación que, dentro del sector de las ciencias sociales, es hecha en el mundo.

Un resultado de dicha investigación se encuentra en:
MsC. Alejandro Sebazco, Dr. Orlando Cruz, Lic. Reynier Abreu, Lic. José Aróstegui, Lic. Wilder Pérez y la Lic. Dania Leyva “La problemática de la Identidad Nacional. 1989-2005”, en Revista Cubana de Filosofía, en formato digital, mayo-septiembre de 2008, www.filosofia.cu

El que sigue es otro fragmento que sorprende en el texto de Cruz Capote, esta vez por su impecable asepsia, pues ¿quiénes componen, en el caso cubano, los grupos en cuestión?

“… si bien las expresiones del racismo varían de acuerdo con el contexto social en el que se desarrollan, se trata casi siempre de actitudes, sentimientos y apreciaciones que justifican o provocan fenómenos de separación, segregación y “explotación” de un grupo por otro, legitimando en cualquier caso las relaciones de poder existentes, a pesar de que en el caso cubano fuera socialista -en transición constante hacia el comunismo.”

Otro momento de difícil metabolización, por el nivel de abstracción manejado, si aceptamos que se refiere a Cuba. ¿Quién es aquí el “otro” del cual habría que apropiarse críticamente y quién el que posee dominio sobre “lo original y auténtico”? ¿Por qué?

Pero podemos aseverar que la problemática racial no constituye un peligro para la Identidad Nacional en Cuba. Porque si de preservar de lo dañino a la identidad se trata, lo más adecuado es preparar al sujeto popular-nacional como un receptor fuerte, activo, crítico, capaz de aprender, comprender y sobre todo aprehender, lo positivo del “otro”, para incorporarlo (apropiándose críticamente) a lo original y auténtico, de hecho enriqueciéndolo con genuinidad y flexibilidad humana universal, sin atavismos ancestrales y cambiando la conformación económica, ideopolítica y cultural heredada y asumida hoy del sistema-mundo capitalista imperialista dominante y hegemónico.


La discusión acerca del alzamiento de los Independientes de Color y la represión gubernamental que le continuó constituye todavía, pese a la cantidad de trabajo reciente hecho en el país, un desafío para los investigadores cubanos. De ellos, sólo dos (los libros de Silvio Castro y el de María de los Ángeles Meriño) están dedicados por entero al tema y sólo uno (el de Castro) intenta una visión integradora, aunque sin aportar datos nuevos. Los enigmas por resolver son disímiles, pero uno es especialmente inquietante: el que trataría del por qué la directiva de los Independientes no desplazó su lucha hacia los marcos (ampliación de su base social y creación de un Partido Obrero, que integraría a blancos y negros) propuestos por Morúa. Mientras que no pocas opiniones contemporáneas destacan en Estenoz su clarividencia, al comprender que las estructuras de la República sólo podían mantener e incluso intensificar el viejo racismo que sólo cambiaría de vestimenta (con lo cual, desde bien temprano, se adelantaría en el tiempo y conectaría con la mirada que, desde hoy, vertemos sobre el pasado); en paralelo a ello, es también cierto que la incapacidad de dicha directiva, para traspasar la barrera racial e intentar una solidaridad de todos los marginados en la fecha, nos resulta extraña y hace del movimiento una jugada política divisoria y regresiva. Portuondo Linares, en su libro Los Independientes de color, cita una carta “dirigida por Morúa a un líder obrero portuario de la Habana”, con fecha 15 de junio de 1903, para citar de allí el siguiente párrafo:

“Los obreros de Cuba no pueden, como algunos pretenden, afiliarse a un solo partido político, porque cualquiera que sea su filiación, tienen la necesidad suprema, en su clase, que los obliga a buscar en todos los programas la resolución que a sus intereses colectivos corresponde como obreros.”
Portuondo Linares, Serafín. El Partido Independiente de Color. La Habana: Editorial Caminos, 2002. Pg. 55.


A reserva de mejor explicación, hay que aceptar la conclusión de Portuondo Linares como un ejemplo perfecto de contaminación o interés personal al interpretar un documento, pues de lo anterior infiere que: “hay que creer más en lo que expresó Morúa en 1903, y mantuvo, hasta 1910, como su verdadero criterio, que en la retirada táctica que hizo en su observación aclaratoria.” La mala lectura aquí está en proponer uno de los criterios como el verdadero, con independencia de que fue pronunciado 7 años antes que el criticado.

Una muestra última de la clarividencia concedida a Estenoz está en que, según Portuondo Linares, haya figurado entre la minoría que, en reunión del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Independiente de Color, celebrada a inicios de mayo de 1912, se opuso al alzamiento. Sin embargo, igual es posible una lectura que indique la necesidad de profundizar en dirección a las fracturas que había en el interior de los Independientes y sus motivaciones, pues como mismo interesa entonces conocer por qué Estenoz no compartió la idea de recurrir al alzamiento (aunque luego haya acatado la decisión del resto de sus compañeros, cosa que –por demás- se vería obligado a hacer, al menos para no perder su condición de líder principal), igual merecen ser sabidas las razones por las cuales una parte de los clubes fundados en el país –tras la ilegalización del Partido en 1910- aceptan la decisión y deciden disolverse. ¿Significó esto que dichas personas renunciaron a toda forma de lucha por la igualdad racial y el mejoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos negros de la época? ¿O asumieron otras formas ajenas a la revuelta y trasladaron su demanda en unidad con otros sectores pobres del país?

En esta línea de explorar lo posible, igual vale la pena investigar los hechos alrededor de la visita de Orestes Ferrara (por entonces Presidente de la Cámara) a Washington, el día 7 de junio de 1912, con la misión de asegurar al Presidente de los Estados Unidos que no iba a ser necesaria una tercera, e impredecible en sus consecuencias, intervención en Cuba. También la cantidad real de los asesinados es asunto de interés que, si bien no excluye la existencia de una masacre, puede contribuir a atemperar la idea de un odio racial extendido a lo largo y ancho del país, ya fuese de manera activa o cómplice. En relación a esto último, se extraña en el cuadro las reacciones de los distintos grupos que –si bien aceptaron la represión de un hecho que violaba el orden constitucional- pudieron haber estado en contra de la desmesura de la represión. En cuanto a la desmesura, la cantidad y, sobre todo, calidad de la fuerza militar movilizada para la represión (prácticamente todo el Ejército Nacional, prácticamente recién creado), tuvo que dar lugar a un espectáculo impactante por donde quiera que sus efectivos pasaron; esa huella, dispersa en decenas de periódicos locales, de la primera acción militar de dicho ejército, merece ser rastreada, así como la presencia simbólica en él de la ametralladora (que igual se utilizaba por primera vez en el país). Las maniobras de los conservadores, tanto para hacer abortar la Enmienda Morúa, como para restar credibilidad a José Miguel Gómez o para conseguir la liberación de los alzados capturados.

En fin, quedemos a la espera de nuevos y más trabajos que aborden, en general, las dinámicas de racialidad tanto en sus manifestaciones pasadas como en la Cuba de hoy.

CUBA Y ARTE PORNO: LOS CAMINOS FUTUROS


Si se reduce la condición humana a unos pocos indicadores mínimos, tal vez sea exacto decir que somos cuerpos que sienten, piensan y hablan; en el polo opuesto, beben-comen, se reproducen, duermen y callan. No se trata de un simple rejuego entre conceptos, sino de concordar en que habrá siempre un número básico de escenarios a cuyo propósito tenemos todos experiencia y opinión: el de lo pornográfico uno de ellos.

Organizada por la artista y curadora Sandra Ceballos, en el espacio expositivo denominado Aglutinador y que ella mantiene en su casa desde hace años, tuvo lugar la inauguración de We are porno, sí. Primera Exposición Anual Internacional de Arte Pornográfico en la Habana. A nivel del país, luego de más de una década de exhibiciones de arte plástico y concursos o publicación de obras literarias que tienen como tema el erotismo, esta propuesta de ahora no puede sino ser analizada como una voluntad de radicalización. A pesar de ocurrir en una incómoda noche lluviosa, la afluencia de un público integrado en su mayoría por jóvenes fue masiva. En el contexto de Cuba, donde cualquier trabajo con límites de inmediato adquiere dimensiones extra-artísticas, el hecho envuelve un gesto que merece elogio al tiempo que despierta no pocas preguntas.


Que una exposición con semejante intención sólo haya podido ser organizada en un espacio privado, ilustra a la perfección las dificultades y cautelas con las que diariamente opera el sistema institucional cubano. Sandra, ella misma una sobreviviente de las prácticas artísticas de los ochenta cubanos, una época en la cual entró al país y se transformó en rápida fiebre la idea del artista como curador e interventor social, desplazó el concepto al erigir la casa propia en improvisada galería. Una galería que opone, a la perfección aséptica propia del salón para exposiciones, un espacio en donde se torna arduo "ver" y las interacciones personales (el "estar en el lugar exacto a la hora exacta") terminan por dar el toque último que la obra necesita para alcanzar su plenitud como tal.

II

Aunque la sensación de camaradería, el ser testigo-partícipe de un circuito alternativo, la masividad de la asistencia (lo son, en las condiciones referidas, las más de 100 persona que hubo) e incluso el estado del tiempo reinante carezcan de significación artístico, sí es correcto afirmar que nos dibujan los contornos de un verdadero hecho social y es que pocas exposiciones fueron tan esperadas como ésta, tan necesaria y visiblemente faltante; una suerte de demanda que brota del agujero mismo de la falta, un agujero que resta coherencia al universo de las artes en un determinado país y lugar y es la inscripción que señala la zona a partir de la cual termina lo posible.

Partiendo de considerar "pornografía" una gama que va desde la alusión a los órganos sexuales hasta su presentación en pantalla o como elemento principal en al área de un cuadro, los artistas reunidos se propusieron usar para algo más estas “realizaciones” del deseo. Puesto que hay que asumir la combinación implícita en la propuesta global (PORNOGRAFÍA + ARTE) es justo aquí donde se revelan las sorpresas esenciales: el predominio de elementos lúdicos por sobre los dramáticos; la escasez de un plus que pida ir más allá de las imágenes y abra el diálogo hacia lecturas del dolor, la decrepitud, la muerte; el dominio de imaginarios heterosexuales; el tímido uso de la parodia y la ausencia de violencia, desesperación o escatología. En este sentido, la suma del material expuesto es más lúdica y celebratoria que exploratoria y perversa. Claro que esta opinión, si bien apunta a hechos verificables al contemplar la suma de obras exhibidas, carece de sentido si además no es contrastada con las dificultades del curador para conformar la muestra, algo a lo que Sandra (refiriéndose a la pobre participación femenina) hace alusión en una de las preguntas que aparecen en el catálogo.

III

La decisión de dar nombre a la exhibición mediante una estrategia de travestismo lingüístico que combina un auto-reconocimiento de identidad en idioma inglés (we are, lo cual instala como trasfondo el aparato de la más grande industria pornográfica del mundo) y una suerte de énfasis duplicador con la partícula afirmativa en español (sí) desvía el mensaje hacia la tradición cubana, la hipocresía social y, no en último grado, el aparato de la institucionalidad nacional. La reunión de obras de autores consagrados de varias generaciones (Servando Cabrera, Rafael Zarza, Chago Armada, Rocío García, Tomás Esson, René Peña, Elio Rodríguez, etc.) junto con otros muy jóvenes establece una línea de continuidad que, en las condiciones cubanas, equivale a una declaración orgullosa de supervivencia del deseo: los cuadros fueron pintados, los coleccionistas los mantuvieron y su capacidad de imantación se mantiene intacta ahora que se les puede ver. No es sólo que obras de semejante contenido desde siempre existieron (un cuadro de Servando Cabrera está fechado en 1964 y los trabajos en pequeño formato de Zarza son de 1970), sino que los jóvenes del presente amplifican dicha herencia cuando apelan al video y las nuevas tecnologías informáticas y dan muestras de una irreverencia poco menos que anarquista. En este sentido, la exposición corre el límite de lo posible más allá de la reflexión sobre el cuerpo o el erotismo (con la que hoy identificamos a artistas como Eduardo Hernández, Rocío García, René Peña y Elio Rodríguez) y nos convoca a un nuevo nivel. Ha sido inaugurado un campo.

IV

Desde tal punto, habría que entender como una convocatoria a la apertura, el hecho de que la habitual “voz autorizada”, propia de los catálogos, haya sido sustituída por una serie de preguntas hechas a cuatro críticos y curadores (tres de ellos mujeres, tres de ellos hoy día residentes fuera del país) más una joven estudiante de Historia del Arte en la Universidad de la Habana. Semejante fragmentación del lugar reservado a la autoridad, en este caso del intérprete de arte, democratiza la supuesta voz central y hace pensar que allí pudieron haber estado otros nombres, pues dentro de lo pornográfico “trabajamos” todos; a fin de cuentas, ninguno de los críticos convocados se reconoce o presenta a sí mismo como experto en el arte pornográfico, a no ser que consideremos como tal las cuatro citas de la artista futurista Valentine de Saint-Point repartidas a lo largo del catálogo y que numéricamente son casi tantas como la cantidad de críticos que en el proyecto participan.

La elección de este personaje por parte del curador tiene toda la intención de dar vida a una quinta voz, pero esta vez proveniente del pasado y con la aureola de lo mítico. Saint-Point ha cobrado importancia en años recientes no sólo por su condición de mujer, en un grupo donde la mayoría inmensa de los integrantes eran hombres, sino por haber confrontado a nivel textual la misoginia de Filippo Tomasso Marinetti, el fundador y figura mayor del movimiento. El 20 de febrero de 1909, en el diario parisino Le Figaro fue hecho público el Manifiesto futurista cuyos puntos 8 y 9 eran los siguientes:


Queremos glorificar la guerra - única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas para las cuales se muere y el desprecio de la mujer.

Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias.


En respuesta a la ideología patriarcal que tales postulados implican, y el 20 marzo de 1912, Valentine de Saint-Point publica el Manifesto della donna futurista y al siguiente año el Manifiesto futurista de la lujuria; es de aquí que fueron tomadas las citas del catálogo, que ahora vale la pena reproducir:

El arte y la guerra son las grandes manifestaciones de la sensualidad: de ellas florece la lujuria.

Es preciso ser conscientes ante la lujuria. Es preciso hacer de la lujuria lo que un ser inteligente y refinado hace de sí mismo y de su propia vida. Es preciso hacer de la lujuria una forma de arte.

La lujuria estimula las energías y desencadena la fuerza.

¡Destruyamos las siniestras baratijas románticas, las margaritas deshojadas, los dúos bajo la luna, los falsos pudores hipócritas!


La distribución de las citas de Saint-Point a lo largo de todo el breve catálogo señala que es ella quien atraviesa sobre las dispersiones y las unifica por encima de matices o diferencias; de este modo, el conjunto invita a que nos unamos a la nueva militancia. Esto hace desear la posibilidad de segunda vuelta que el título de la exposición promete para el año venidero; una muestra que no sólo integre nuevos soportes y formatos (por ejemplo, la caricatura o la animación), sino que enrumbe por caminos nuevos, convulsione las certezas que tenemos y proponga una realidad con otros límites.

v.


A manera de postdata

No quiero terminar sin hacer dos cosas, la primera de ellas destacar mis favoritos de la exposición. Rafael Zarza, cuya calidad técnica en el dibujo es impecable y que, además, presenta un mundo de imágenes sumamente personal. Sus toros copulantes insuflan una violencia que inquiieta al tema de la sexualidad humano-animal, de larga tradición en la historia de las artes plásticas. Uno no puede dejar de pensar en la energía de toros picassianos, deformados con expresividad expresionista, al tiempo que en las reses colgadas en ganchos de carnicería que pintó Bacon; como si ese deseo masculino que llena las imágenes comunicara también una sexualidad feroz que ronda con la muerte. Una sesión de ensayo del grupo de rock alternativo Porno para Ricardo es el disparador de una caótico-lúdica sesión de desnudismo colectivo (fotografiada por Leandro Bonachea y Claudio Fuentes), en la cual participan los músicos y varias mujeres, tal vez sus compañeras; dos pantallas muestran en sucesión decenas de fotos y como fondo escuchamos la música del grupo, famoso por la irreverencia de las letras y su espectacularidad en los conciertos. Rocío García participa con dos cuadros marcados por una atmósfera de misterio y poética violencia; su mundo transcurre en el espacio privado, en la galantería de una sexualidad refinada (por el aparato de conquista) al tiempo que dura. Sandra Ceballos, cuya obra hay que leer en contrapunto con las citas de Saint-Point, despliega una cama cubierta de grandes plátanos (llamados plátanos machos en Cuba) y, en un mismo movimiento, se burla tanto de la ideología patriarcal como del mito de la mujer que sufre en soledad, tal vez la lejanía del varón: su obra se titula El más rico de todos los machos. Rubén Cruces presentó una instalación en la cual, con ánimos de contraste, con el background de una melosa pieza de Ravel y encima de un cuadro abstracto es proyectada una película pornográfica; sólo que la película ha sido contrastada hasta que las figuras ya no son más que un juego de luz y sombras, abstractas ellas mismas. El efecto de extrañamiento que tal construcción provoca (al enlazar para lo abstracto el arte plástico, el cuerpo y el cine), constituye un atractivo procedimiento que el artista pudiera desarrollar en el futuro.


Lo segundo es un breve comentario a una de las respuestas de Suset Sánchez en el catálogo y que es que no se debe de olvidar que (ya desde El sistema de los objetos se veía venir esta obsesión) la idea baudrillardiana que conecta espectáculo hiperreal y pornografía fue pensada para criticar la el hiper-consumo y la obscenidad de lo político en la sociedad liberal. Junto con ello, recordar que al crítico le es poco menos que imposible dejar de ser (aparecer como) algún tipo de experto y que la valoración existe dentro de una cadena de valoraciones en el mundo. De tal modo, aunque se haga con un poco de cinismo, es perturbador que el crítico cargue sobre sus hombros, acepte, la decisión de si un grupo humano (en este caso, los cubanos) deben o no acceder (disfrutar) de la pornografía. La respuesta negativa, con el argumento de que la tienen a diario en su cotidianeidad como opción única, descalifica la propia exposición en la cual se participa. Sin embargo, esto no es tan confundidor como la segunda justificación de la negativa: mejor que conserven la pornografía como deseo, como imagen imposible, ya que, de todos modos, si accedieran a ella se decepcionarían. No es una maldición, pero sí una condicionante del diálogo, que la locación desde la cual se enuncia carga las palabras y frases semejantes, con unos pocos retoques, igual pueden ser dichas para comunidades indígenas en Bolivia o México, para negros de Haití, campesinos birmanos o mendigos callejeros de Calcuta.

Ni devorar al Otro a nombre de una supuesta modernidad que todos debemos de asumir, ni transformarlo en un nuevo tipo de salvaje rousseaniano, esta vez destinado al tantalismo. En lugar de ello, tal vez lo justo sea imaginar la pornografía de cualquier contexto (política y corporal) y tratar de entender, desde el adentro, las batallas más o menos extendidas que se dan para la redefinición de límites. Por ello, una gran felicitación para los organizadores y artistas que hicieron posible We are porno, sí. Aseguran que esto va ser anual: ¡nos vemos en la próxima!

VARIACIÓN JAULA

I

Mientras más dañado, golpeado, herido, humillado, asesinado me conserves, entonces eso significará que mayor tamaño tiene lo que estimas en mí. Hay que preferir tal violencia o descenso; cualquier otra cosa es derrota. Es lo que sucede con el oro, almohadones y sujeciones suaves, pues tienes que despreciar mucho de mi condición como humano, para suponer que tales tecnologías débiles son suficientes ya para disipar cualquier riesgo. No soy ni tan sencillo ni tan mínimo y he esperado como un muelle. Por ello, paradoja, vivo en intensidad que tortura, cada nueva mañana de lamento que trago y en el secreto de semejante dialéctica crece raíz. Debo de estar medio desquiciado ya, pero encima de lo anterior me encaramo y estoy solo.

II
(películas, música y libros)


Copia de manera neurótica: pertenece a una suerte de club. Aunque no se denominan de tal modo, por lo menos aún, con cierta periodicidad se reúnen e intercambian lo que ha podido cada uno capturar, rapiñar. Puesto que, también, es paranoico, no precisa el lugar; algo sin detalles, un espacio, con sillas, mesas y todo el aditamento necesario. Mientras intercambian noticias acerca de lo último, tienen hasta la suerte de poder beber un aislado trago. Son una suerte de rastreadores en la red y en las colecciones de sus conocidos, de modo que –cuando se les suma- dan cuerpo a una especie de enorme mercado del cual ellos, mensajeros, apenas resultan la mínima punta del iceberg.

Hay algo tranquilizador (y conmovedor) en la energía y voluntad de tal búsqueda, así como en imaginar el entramado-hervidero que la posibilitan. Otra ciudad en el interior de la ciudad; el mundo, bajo superficie, de la circulación de bienes de consumo. Para llegar con alforjas llenas trabajan durante semanas y entonces el intercambio tiende tentáculos cuya derivación ya no es posible seguir; todo un vértigo de pequeñas colecciones privadas que se da cita para que ellos escojan lo exquisito.

Asiáticos, experimentales, raros, europeos postcomunistas, buceadores en lo sórdido o desestabilizadores del establishment. Tradicionales también, pero de los buenos, los que vale la pena seguir porque piensan. Centenares de horas de música y miles de libros, siempre buscando el borde que posibilita la fuga y claro que no te va a decir hacia dónde, de modo que no debes preguntar y tampoco el por qué.

Luego, en la protección que le concede la casa, se comporta autista y es el mundo en el cual se encierra adentro cada vez más. Para quien analice la escritura que hace hacia ningún lugar, ésta desborda de guiños a esa marea cultural que devora sin diálogo, que alimenta. Casi puede decir que segrega, después de las inmersiones, escritura: abrir un agujero para la cabeza que duele.

Hace años, en plena madrugada y pese a que se encontraba dormido, un sonámbulo escaló una torre de televisión. Si bien el cuento que circula acaba cuando el hombre es bajado por los bomberos, mientras debajo observan la escena grupos de vecinos asustados, puede que la realidad sea más tosca: que el dormido haya desandado el ascenso por sí solo o que la historia entera sea falsa. En todo caso, es uno de esos instantes con tal belleza poética que merece existir. El instante en el cual, a varias decenas de metros sobre el suelo, un dormido despierta para descubrir que está allá: arriba, en la punta de una torre de metal, solitario, desprotegido, donde un paso errado basta para caer en el pavimento.

¿Qué se siente entonces? ¿Qué son la realidad, la memoria, el futuro? En ese tránsito, en esa fuga, en práctica del neurótico-paranoico-autista. Individuo de la contradicción e imposible que sobrevive, aunque no te diré dónde, mi hermano. Olvida eso.

Un sábado especial


Estuve entre los miles de personas que, a lo largo del sábado, pasaron por el Pabellón Cuba habanero para enterarse o ser parte de la actividad central por el Día Mundial de Lucha contra la Homofobia. Fue una gran fiesta en la que hubo conferencias, encuentros con activistas de la lucha contra el SIDA, lanzamiento de publicaciones, lectura de poemas, una función de teatro espontáneo, música, mucho encuentro social y más. En un cine cercano (como parte de toda una semana dedicada al homoerotismo) se había proyectado una película a la que sucedió un debate con el público, conducido por el crítico de cine Frank Padrón. En la Fundación Ludwig, hoy lunes, va a ser inaugurada en horas de la tarde una exposición de los artistas Raúl Martínez y Rocío García. En un teatro habanero se ofreció un espectáculo de danza, igualmente dentro de la jornada. La televisión nacional exhibió (sin cortes) Brokeback Mountain de Ang Lee y también hoy, lunes, habrá un programa de debate (Diálogo abierto) sobre el tratamiento a los homosexuales en la sociedad cubana. En la noche del sábado, como punto más alto, se celebró un espectáculo de trasvestis que tuvo gran asistencia de público y del cual son más que elogiosas las opiniones.

Permanecí varias horas en el Pabellón. La gente entraba y salía continuamente; en la calle, desde la cual se veía una enorme bandera con los colores del arcoíris, la vida seguía su curso y no había policías u otra señal de paranoia o control. A la entrada, jóvenes activistas repartían folletos, afiches y condones. Adentro, durante la actuación del grupo Teatro Espontáneo, bajo la dirección de Carlos Borbón, se creó tal dinámica que gente muy joven habló públicamente de su homosexualidad, de familias que los aceptan o rechazan, del orgullo por la identidad que reivindican. En el momento que la coherencia fue rota, por una joven que se confesó heterosexual, hubo primero un pequeño abucheo cariñoso, pero cuando la joven explicó que su presencia allí era apoyo, estalló una salva de aplausos. No sé la cantidad, pero tal vez unas 300 personas en ese preciso lugar de la instalación y momento. Habrá mejores plumas para describirlo y sólo confieso que me encantó la atmósfera.

Hablé con varios de las organizadores y ya estaban, allí mismo, haciendo planes para la celebración del año próximo. De las cosas que más disfruté, la asistencia masiva de jóvenes (no pocos heterosexuales, muchos con sus parejas, pero que habían venido a dar su apoyo), la creatividad de los travestis, la alegría que todo el tiempo reinó. De las cosas que no entendí, la aislada presencia de intelectuales en una ocasión que merecía que estuvieran y se les notara. No sé si a alguien se le ha ocurrido hacer un reportaje integrador de lo sucedido en esta jornada, que agregue a lo ya mencionado noticias de lo sucedido fuera de la capital cubana, pues igualmente hubo celebración (hasta donde conozco) en Villa Clara, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Provincia Habana; de manera que es posible soñar con que el año próximo tengamos una verdadera jornada de celebración nacional.

En lo personal, sentí como un honor el que me invitaran a leer como parte de un grupo de escritores formado por Nancy Morejón, Antón Arrufat, Norge Espinosa, Laidi Fernández y Nancy Alonso. Estos son los dos poemas que leí:


PATRICK STREET

A veces los matan en escaleras, detrás de automóviles, en
matorrales o cualquier construcción en ruinas; un pequeño
error y entonces la sangre sale a bailar con lascivia, que es
como lo disfruta. Pero, ahora, son los muchachos del café en
Toronto quienes bailan e imitan a sus cantantes favoritas, se
multiplican en la alegría de poder ser y ninguna otra lógica
los protege. Han venido a esta covacha que es una huída del
mundo, con trajes que debieron de haber estado preparando
durante meses, para brillar en el fulgor de unos pocos minutos
en el escenario. Son reinas entonces, hechas para el estallido
de aplausos y el tipo de camaradería que sólo van a tener aquí,
donde ahora las bocas son besadas. En cuanto vuelvan a la calle,
pueden ser cortadas, pateadas o asesinadas; a veces por robarles
y otras sólo por diversión o rabia. Por eso me asombró el que a
las dos de la madrugada salió con labios pintados de blanco,
peluca hecha con tiras de plástico y un leotal oscuro apretado
al cuerpo. Y recordé la Habana en donde igual estarían sintiendo
el hilo de música de los setenta; pero no sé, creo que más tristes.




FUEGOS DE ARTIFICIO
para Kenneth Anger


Todavía las bocas y las manos son de inocencia,
ahora que terminaron los juegos
y se exploran en la escalera semioscura.
No se me esconde el sudor,
como metáfora del deseo,
y también que no podrían explicar cómo
llegaron aquí;
sólo el flujo entre los cuerpos y la sensación
de que es eso lo que hay que hacer.
Entonces los sorprenden.

II

En fuegos de artificio la historia es narrada mediante
el agua: un jardín lleno de fuentes, el agua cayendo
de la boca de las estatuas y una figura, suponemos
que de mujer, enmascarada.

Visto de cerca, demasiado cerca, el líquido amenaza,
pero también es la delicadeza; cómo mismo, en suma
de años, se terminará descubriendo que ocurre con el
placer.

La sucesión de figuras parece escupir, condenar, y la
enmascarada huye.

III

Robaron la delicadeza: el griterío cuando no había
más meta que el conocimiento, la coloración de una
culpa en lo adelante arrastrada.

Con esa energía, como en un drenaje, los cuerpos
tomaron su camino.
No coincidió y ni siquiera se reconocerían,
no sabe si la interrupción es muerte,
pero todavía está allí y se sorprende en la escena
rota, preguntando
-como quien olvida el número de teléfono
del primer amante-
qué pudo ser.


v.

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