Palabras de presentación de "Nadie es perfecto", de Ruffo Caballero
Thursday, February 16, 2012 4:37:32 PM
LA LECCIÓN DE RUFFO
Ahora que no él no está y enfrentados a lo que -tecnicamente- es una miscelánea, tiene que ser más fácil: escudriñar, llegar hasta aquello exacto que incomodaba, averiguar el secreto de su práctica como creador, inventor. Artículos, entrevistas, las respuestas ante un tribunal de tesis; atravesar por sobre la diversidad para definir la coherencia, el secreto repito.
La no presentación del amigo, bien sabemos que no vino mientras se le leía, proyectó mi disfrute del libro presente hacia una dimensión no pensada; cual si se tratase de una ecuación inédita, dado que todo se me parece y suena a las conversaciones que tuvimos, lo he reconstruído: volvimos a dialogar.
En la nota de presentación para este volumen, simpáticamente titulada «El texto sexual», escribe Ruffo: “Trabajar; es ese mi secreto y mi misterio”. Pero el trabajo equivale a una secuencia de acciones orientadas a la transformación de un objeto, situación o idea; de manera que debe de ser posible aislar obsesiones y desde allí comprender, con mayor profundidad, lo que esos textos “sexuales” pretendían.
En El destino siempre conduce a casa, reseña de la película estadounidense The Lucky Ones (aparecida el 31-5-09 en el diario Juventud Rebelde), leemos el siguiente fragmento referido al cine contemporáneo de Estados Unidos:
“… el cine de ese país gusta de salpicar la fábula con matices o gotas críticas, de distancia, cuando en el fondo de las significaciones se trata de afincar una política y una ética que en muy poco distan de los designios de la Casa Blanca. La apariencia de escepticismo o decepción suele ser el recurso idóneo para sostener, consciente o subconscientemente, un estado de cosas. La ambigüedad es la licencia estética para la ambivalencia del mundo ético.”
Caballero, Nadie es perfecto. Pag. 28
En esta pequeña cita hay mucho de lo mejor de Ruffo: su carácter batallador, su claridad política, el hecho de utilizar la crítica de cine como un instrumento para investigar la realidad, la idea de que la obra estética está constituída de múltiples capas de significación, la necesidad de que el crítico entienda los contextos dentro de los cuales es producida una obra para poder entender la obra misma.
He denominado las palabras de esta presentación con el título La lección de Ruffo porque a través de las páginas de este libro asistimos a la clase maestra de un tipo, muy particular, de crítica de cine en donde la sagacidad va de la mano del conocimiento profundo e incluso de una divertida irreverencia. A propósito de esto último recuerdo las diversas ocasiones en las que el crítico Ruffo interpela a aquellos autores (supuestos grandes maestros) a quienes tiene algún señalamiento que hacerles, como cuando se dirige a Michael Haneke:
“Ya lo sabíamos, querido, pero ¿tu impertinente ánimo de perfección y de adecuación comercial a Hollywood merecía otras dos horas de morbo y sadismo? Estoy brutísimo: la verdad que no me queda claro, Michael”. (p. 196)
Préstese atención al hecho de que la irreverencia conduce hacia otra de las marcas creativas del estilo de Ruffo: su capacidad de introducirse él mismo dentro de los textos que escribe. Por otros caminos semejante grado de participación podía llevarlo a mezclar la mirada crítica con un grado de confesión personal, de las intimidades, en esos momentos sorprendentes en los que develaba la estantería de su museo personal y podíamos acceder –por ejemplo- a su cariño por el dueto Glen Close-Meryl Streep o a una pequeña epifanía como la siguiente:
“El rostro, la piel de la Verdú son explosivos de vacilación, de humana veleidad. Y cuando hacia el final, por determinada circunstancia, le da un ataque de llanto, es el llanto más visceral y más genuino que se ha visto en cine en mucho tiempo. Yo, despistado, no había anotado a Maribel Verdú entre mis fetiches. Empiezo a hacerlo.” (p. 51)
Al actuar así establecía líneas de complicidad con sus lectores y deba muestras de una sinceridad inocente, propia del encanto de alguien para quien el cine era una sorpresa renovada una y otra vez; a este propósito me divierten las líneas con las que despide el artículo que dedicó a La mujer sin cabeza, película de la argentina Lucrecia Martel:
“No me pregunten más, que nadie es perfecto. Lo único que puedo asegurarles es que la Martel tiene su mendó; sólo que debe disponerse de toda la serenidad del mundo para poder descubrirlo. Y hasta saborearlo.” (p. 209)
Creo que en el fragmento, además, destaca la palabra extraída del habla de la calle habanera, del caló, ese mendó que remite al Ruffo del barrio de Cantro Habana, de profundísima cubanía. Quien se definía a sí mismo, entre nostálgico e irónico, como alguien que seguía siendo “un poco bolchevique; porque, cómo disimularlo, uno es su pasado, quiérase que no”, transformó este hecho de autobiografía ideológica en una bella opción de pertenencia cultural como nos queda revelado en un fragmento de la reseña que publicara para el documental El telón de azúcar, documental de Camila Guzmán:
“Ese momento alcanza a explicar la actitud de cientos de cubanos, que reacios a la complacencia y el triunfalismo, fajados todo el tiempo, parados de punta para que nadie intente pisotearnos la cabeza, hemos decidido permanecer y echar nuestra suerte con el destino de la cultura y la sociedad cubanas. Razones tenemos; contradicciones tenemos; reclamos tenemos; percepciones matizadas no nos faltan.” (p. 47)
De esa cubanía, para ya terminar, siempre recuerdo el momento cuando, a inicios de los 90 y en la Casa del Joven Creador, la sede de la Asociación “Hermanos Saíz”, que entonces estaba en la Habana Vieja, aquel jovencito grueso se divertía en alguna de las tantas celebraciones que allí tuvieron lugar. ¿Saben qué? Lo recuerdo como si estuviese ocurriendo ahora mismo: ¡qué clase de casino bailaba!
v.
Caballero, Ruffo. Nadie es perfecto. La Habana: Ediciones ICAIC/Arte y Literatura, 2010.
Ahora que no él no está y enfrentados a lo que -tecnicamente- es una miscelánea, tiene que ser más fácil: escudriñar, llegar hasta aquello exacto que incomodaba, averiguar el secreto de su práctica como creador, inventor. Artículos, entrevistas, las respuestas ante un tribunal de tesis; atravesar por sobre la diversidad para definir la coherencia, el secreto repito.
La no presentación del amigo, bien sabemos que no vino mientras se le leía, proyectó mi disfrute del libro presente hacia una dimensión no pensada; cual si se tratase de una ecuación inédita, dado que todo se me parece y suena a las conversaciones que tuvimos, lo he reconstruído: volvimos a dialogar.
En la nota de presentación para este volumen, simpáticamente titulada «El texto sexual», escribe Ruffo: “Trabajar; es ese mi secreto y mi misterio”. Pero el trabajo equivale a una secuencia de acciones orientadas a la transformación de un objeto, situación o idea; de manera que debe de ser posible aislar obsesiones y desde allí comprender, con mayor profundidad, lo que esos textos “sexuales” pretendían.
En El destino siempre conduce a casa, reseña de la película estadounidense The Lucky Ones (aparecida el 31-5-09 en el diario Juventud Rebelde), leemos el siguiente fragmento referido al cine contemporáneo de Estados Unidos:
“… el cine de ese país gusta de salpicar la fábula con matices o gotas críticas, de distancia, cuando en el fondo de las significaciones se trata de afincar una política y una ética que en muy poco distan de los designios de la Casa Blanca. La apariencia de escepticismo o decepción suele ser el recurso idóneo para sostener, consciente o subconscientemente, un estado de cosas. La ambigüedad es la licencia estética para la ambivalencia del mundo ético.”
Caballero, Nadie es perfecto. Pag. 28
En esta pequeña cita hay mucho de lo mejor de Ruffo: su carácter batallador, su claridad política, el hecho de utilizar la crítica de cine como un instrumento para investigar la realidad, la idea de que la obra estética está constituída de múltiples capas de significación, la necesidad de que el crítico entienda los contextos dentro de los cuales es producida una obra para poder entender la obra misma.
He denominado las palabras de esta presentación con el título La lección de Ruffo porque a través de las páginas de este libro asistimos a la clase maestra de un tipo, muy particular, de crítica de cine en donde la sagacidad va de la mano del conocimiento profundo e incluso de una divertida irreverencia. A propósito de esto último recuerdo las diversas ocasiones en las que el crítico Ruffo interpela a aquellos autores (supuestos grandes maestros) a quienes tiene algún señalamiento que hacerles, como cuando se dirige a Michael Haneke:
“Ya lo sabíamos, querido, pero ¿tu impertinente ánimo de perfección y de adecuación comercial a Hollywood merecía otras dos horas de morbo y sadismo? Estoy brutísimo: la verdad que no me queda claro, Michael”. (p. 196)
Préstese atención al hecho de que la irreverencia conduce hacia otra de las marcas creativas del estilo de Ruffo: su capacidad de introducirse él mismo dentro de los textos que escribe. Por otros caminos semejante grado de participación podía llevarlo a mezclar la mirada crítica con un grado de confesión personal, de las intimidades, en esos momentos sorprendentes en los que develaba la estantería de su museo personal y podíamos acceder –por ejemplo- a su cariño por el dueto Glen Close-Meryl Streep o a una pequeña epifanía como la siguiente:
“El rostro, la piel de la Verdú son explosivos de vacilación, de humana veleidad. Y cuando hacia el final, por determinada circunstancia, le da un ataque de llanto, es el llanto más visceral y más genuino que se ha visto en cine en mucho tiempo. Yo, despistado, no había anotado a Maribel Verdú entre mis fetiches. Empiezo a hacerlo.” (p. 51)
Al actuar así establecía líneas de complicidad con sus lectores y deba muestras de una sinceridad inocente, propia del encanto de alguien para quien el cine era una sorpresa renovada una y otra vez; a este propósito me divierten las líneas con las que despide el artículo que dedicó a La mujer sin cabeza, película de la argentina Lucrecia Martel:
“No me pregunten más, que nadie es perfecto. Lo único que puedo asegurarles es que la Martel tiene su mendó; sólo que debe disponerse de toda la serenidad del mundo para poder descubrirlo. Y hasta saborearlo.” (p. 209)
Creo que en el fragmento, además, destaca la palabra extraída del habla de la calle habanera, del caló, ese mendó que remite al Ruffo del barrio de Cantro Habana, de profundísima cubanía. Quien se definía a sí mismo, entre nostálgico e irónico, como alguien que seguía siendo “un poco bolchevique; porque, cómo disimularlo, uno es su pasado, quiérase que no”, transformó este hecho de autobiografía ideológica en una bella opción de pertenencia cultural como nos queda revelado en un fragmento de la reseña que publicara para el documental El telón de azúcar, documental de Camila Guzmán:
“Ese momento alcanza a explicar la actitud de cientos de cubanos, que reacios a la complacencia y el triunfalismo, fajados todo el tiempo, parados de punta para que nadie intente pisotearnos la cabeza, hemos decidido permanecer y echar nuestra suerte con el destino de la cultura y la sociedad cubanas. Razones tenemos; contradicciones tenemos; reclamos tenemos; percepciones matizadas no nos faltan.” (p. 47)
De esa cubanía, para ya terminar, siempre recuerdo el momento cuando, a inicios de los 90 y en la Casa del Joven Creador, la sede de la Asociación “Hermanos Saíz”, que entonces estaba en la Habana Vieja, aquel jovencito grueso se divertía en alguna de las tantas celebraciones que allí tuvieron lugar. ¿Saben qué? Lo recuerdo como si estuviese ocurriendo ahora mismo: ¡qué clase de casino bailaba!
v.
Caballero, Ruffo. Nadie es perfecto. La Habana: Ediciones ICAIC/Arte y Literatura, 2010.



