Tuesday, 17. February 2009, 22:59:44
La torre es imponente.
Una enorme puerta de entrada con llamador circular y madera oscura, pesada, un universo en si mismo, lustroso, profundo negro, sus remaches, estrellas. Los goznes brillan, intactos al tiempo y al clima. En tanto frías y húmedas piedras forman su contextura gris mohosa, rocas precisamente encajadas. En la cima, el muro en guardas cuadradas, y una cúpula plateada, sin banderas ni estandartes.
Extrañamente, en el instante del amanecer, desde mi ventana veo esta torre aparecer y desaparecer en medio del jardín, una atalaya lánguida y solitaria, una sombra en mi cuarto, encima de mi cuerpo, que indefectiblemente me despierta fuera de toda lógica. Esta noche decidí esperar y tomar una foto en el instante preciso. Estoy esperando en la glorieta de rosas, justo frente a donde nace la aparición, y escribo, alumbrada por una linterna.
Una vez, los árboles que rodeaban la casa de campo, se bamboleaban como juncos enloquecidos. El polvo levantado desde los sembradíos formaba tirabuzones iracundos, y la electricidad roía el suelo con rayos, relámpagos iluminando el metálico acero de las nubes. Uno la iluminó, mostrando su altura a cincuenta metros de mi ventana, en el jardín descontrolado de vientos. Entonces concluí que la luz en determinado ángulo la iluminaba, más, el hecho era que, ahí, en esa parte del parque no había nada, solo césped, liso, pulcramente de verde peinado.
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