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Patritzya

Eres la niebla que me arropa cuando despierto... la luna que me susurra al oído lo maravilloso que tiene el sol.

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Para Ligeia

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Ah Ligeia!. En esas noches profundas en donde las colinas se convierten en ciclopes indispuestos, histéricos, y los tritones cantan la ópera Aìda, tantas vivencias en un instante eclipsado que mi mente se detiene para contemplar las tinieblas en una playa donde la bruma transmuta en fantasmas, de escritores y poetas de todos los tiempos, aspirar la marea. Tal vez me pareciò ver a tu ex viudo, deambulando con los pies descalzos y los ojos hundidos en sus òrbitas. Tal vez, los muertos vivos descubrieron el centro del laberinto.

Para llegar a la luz, debì atravesar la oscuridad de mis miedos, y la oscuridad siempre seduce. Al abrir los ojos me encontrè con lunas viejas que escribian en la arena de mi cuerpo jeroglificos anestesiados, y su tinta atravesò mi corazòn suavemente... un rayo de luna me susurrò al oìdo:

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La Torre

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La torre es imponente.
Una enorme puerta de entrada con llamador circular y madera oscura, pesada, un universo en si mismo, lustroso, profundo negro, sus remaches, estrellas. Los goznes brillan, intactos al tiempo y al clima. En tanto frías y húmedas piedras forman su contextura gris mohosa, rocas precisamente encajadas. En la cima, el muro en guardas cuadradas, y una cúpula plateada, sin banderas ni estandartes.

Extrañamente, en el instante del amanecer, desde mi ventana veo esta torre aparecer y desaparecer en medio del jardín, una atalaya lánguida y solitaria, una sombra en mi cuarto, encima de mi cuerpo, que indefectiblemente me despierta fuera de toda lógica. Esta noche decidí esperar y tomar una foto en el instante preciso. Estoy esperando en la glorieta de rosas, justo frente a donde nace la aparición, y escribo, alumbrada por una linterna.

Una vez, los árboles que rodeaban la casa de campo, se bamboleaban como juncos enloquecidos. El polvo levantado desde los sembradíos formaba tirabuzones iracundos, y la electricidad roía el suelo con rayos, relámpagos iluminando el metálico acero de las nubes. Uno la iluminó, mostrando su altura a cincuenta metros de mi ventana, en el jardín descontrolado de vientos. Entonces concluí que la luz en determinado ángulo la iluminaba, más, el hecho era que, ahí, en esa parte del parque no había nada, solo césped, liso, pulcramente de verde peinado.
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Intermedio

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Mientras preparo el nuevo modo del blog... les dejo este relato, que publicò su autor a fines de 2008 para las columnas en diversos periódicos del mundo...
Que comiencen con optimismo estos tiempos, todos los dìas es un comienzo de año...


La música que salía de la casa
- por Paulo Coelho


Como siempre hacía la víspera de Navidad, el rey invitó al primer ministro a dar un paseo por la ciudad. Le gustaba ver cómo adornaban las calles, pero para evitar que sus súbditos se excedieran en los gastos con el objetivo de agasajarlo, solían disfrazarse con ropa de comerciantes que venían de tierras lejanas.

Caminaron por el centro, admirando las guirnaldas de luz, los abetos, las velas encendidas en las entradas de las casas y los puestos de venta de regalos. Todo el mundo, hombres, mujeres y niños, se apresuraban a reunirse con sus familiares para celebrar esa noche en torno a una mesa repleta.

En el camino de regreso pasaron por el barrio más pobre. Allí, el ambiente era completamente distinto: nada de luces, velas, ni el olor apetecible de la comida lista para ser servida en la mesa. No había casi nadie por la calle, y como hacía todos los años, el rey comentó con el ministro que debía prestar más atención a los pobres de su reino. El ministro asintió con la cabeza, convencido de que pronto el asunto sería olvidado de nuevo, enterrado en la burocracia cotidiana, la aprobación de presupuestos y las reuniones con dignatarios extranjeros.

De repente oyeron una música que salía de una de las casas más pobres. La chabola, mal construida, con varias grietas entre las maderas podridas, les permitía ver lo que sucedía en el interior, y comprobaron que la escena que allí se desarrollaba era completamente absurda: un viejo en una silla de ruedas que parecía llorar, una joven completamente calva que bailaba, y un muchacho de mirada triste que tocaba un tamborín y cantaba una canción tradicional.

--Voy a ver qué pasa –dijo el rey, y llamó a la puerta.

El joven dejó de cantar y fue a abrir.

--Somos mercaderes y buscamos un lugar para dormir. Hemos oído la música, hemos visto que todavía estáis levantados y nos gustaría saber si podríamos pasar aquí la noche.

--Pueden quedarse en algún hotel de la ciudad. Desgraciadamente, no podemos ayudarlos; a pesar de la música, en esta casa reina la tristeza y el sufrimiento.

--Por mi culpa –era el viejo de la silla de ruedas el que hablaba--. Durante toda mi vida he intentado darle educación a mi hijo para que aprendiese caligrafía, para que fuese uno de los escribas del palacio. Sin embargo, los años pasaban y no volvieron a ofertarse nuevas plazas. Hasta que anoche tuve un sueño estúpido: un ángel aparecía y me pedía que comprara una copa de plata, ya que el rey iba a venir a visitarme, a beber un poco y a conseguir un empleo para mi hijo.

»La presencia del ángel me pareció tan real que decidí hacer lo que me decía. Como no tenemos dinero, mi nuera fue esta mañana al mercado, vendió su pelo y compramos esa copa de ahí. Ahora intentan levantarme el ánimo, cantando y bailando porque es Navidad, pero es inútil.

El rey vio la copa de plata, pidió que le sirvieran un poco de agua porque tenía sed y, antes de marcharse, le dijo a la familia:

--¡Qué coincidencia! Hoy mismo hemos estado con el primer ministro y nos ha dicho que las plazas se van a ofertar la semana que viene.

El viejo sacudió la cabeza con incredulidad y se despidió de los extranjeros. Pero al día siguiente fue leído un decreto real por todas las calles de la ciudad: buscaban un nuevo escriba para la corte.

El día previsto, la sala de audiencias estaba atestada de gente deseosa de competir por tan ansiado cargo. Cuando el primer ministro entró, les pidió a todos que prepararan sus cuadernos y sus bolígrafos.

--Éste es el tema de la disertación –dijo--: ¿Por qué un anciano llora, una mujer calva baila y un muchacho triste canta?

Un murmullo de asombro recorrió la sala: ¡nadie sabía contar una historia como ésa! Nadie, salvo un joven con ropa humilde, sentado en un rincón de la sala, que sonrió y empezó a escribir.


(Basado en un cuento indio)