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28 de Agosto, 2005: Soy negra pero hermosa...

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LA PIEDRA

por FERNANDO TREJOS



Para el pensamiento arcaico las piedras son seres vivos, cargados de años y experiencia, capaces de hablar a ciertos hombres de antiguos secretos escuchados por ellas a través de los siglos y que sólo transmiten a quienes abren los oídos más internos y permiten la penetración de sus energías sutiles. En la enorme variedad de sus tamaños, formas, cualidades, colores y grados de pureza, ellas son una sólida expresión de la cosmogonía y de las jerarquías del universo, pudiendo servir al hombre como soporte y vehículo simbólico de conocimiento, y también -al igual que todos los símbolos sagrados- como despertador de la conciencia y ordenador de la mente.

Siguiendo la máxima hermética que dice «lo de abajo es igual a lo de arriba, y lo de arriba, igual a lo de abajo», podríamos afirmar que así como las estrellas son el reflejo visible de una inteligencia superior, y la manifestación sensible de energías invisibles que se hallan en dimensiones metafísicas, del mismo modo el reino mineral es la expresión terrestre de esas energías celestes que en formas pétreas «maduran en las entrañas de la tierra». Tanto las piedras más comunes, que representan a los astros ordinarios; como las semipreciosas y preciosas, relacionadas con determinadas estrellas y constelaciones zodiacales; y también los metales, que se encuentran en su interior y recogen las energías planetarias; hasta llegar al diamante, símbolo de la piedra angular, los minerales constituyen un código simbólico y expresan un lenguaje mágico y sagrado que la antigüedad conoció desde remotos tiempos. Se cree que ellas atraen determinadas energías, ya que sirven como altar y lugar de residencia de los dioses; son capaces de realizar milagros y curaciones, pues tienen propiedades sobrenaturales, mágico-teúrgicas y simbólicas; desde siempre fueron usadas como amuletos y talismanes, y, en muchos casos, como oráculos a través de los cuales algunos pueblos han forjado su destino.

Relata la mitología hebrea que Lucifer, antes de la caída (Luzbel) tenía en su frente una piedra de esmeralda.1 Cuando Lucifer peca, es decir, cuando se pierde la conciencia de unidad y se crea la ilusión de algo que existe fuera de Dios, esa piedra le es arrancada simbólicamente de su frente y arrojada al abismo, y a partir de ese momento la creación deviene, para ese ser caído, un sueño, una ilusión, una sombra ficticia, el pálido reflejo de la realidad trascendente.

Sin embargo, los ángeles tallan en esa piedra de esmeralda una copa,2 un espacio vacío semejante al corazón del hombre, capaz de recibir al espíritu único e inmortal, para que pueda éste así recuperar su naturaleza increada. Esa copa o vaso le fue confiada a Adán (el hombre) en el paraíso terrenal; y la relación con ella (y con el Arbol de Vida) le permitirá mantener esa conciencia de unidad trascendente, que a su vez el hombre pierde en razón de su propia caída (semejante a la de Lucifer) y recupera en virtud de la Redención que le hace retornar a la eterna morada celeste; a la conciencia de unidad que promueve el proceso iniciático y que sólo se alcanza mediante una total regeneración y transmutación interior.

Al igual que esta copa pétrea hay ciertas piedras, en todas las tradiciones, que han sido particularmente veneradas, ya que los antiguos consideraron que poseían una significación especial, pues las tomaron como representación en la tierra de fuerzas sobrenaturales.

En primer lugar, destacan aquéllas que (como el mismo Grial) se consideran moradas de la deidad; las llamadas «betilos», símbolos del Centro primordial que después de la caída se ocultó en el interior de la tierra (y de la piedra), y cuyo poder y resplandor se restablece al fin del ciclo. Este Centro, que está también representado en el símbolo de la Montaña Sagrada,3 considerada por muchos pueblos como residencia de los dioses, brilla en todo su esplendor durante la fase ascendente del ciclo cósmico, pero se oculta en el mundo subterráneo (en la caverna y en la piedra) en su fase descendente. Es quizá por eso que estas piedras hayan sido vistas como miniaturas de la montaña; y en todo caso ambas (piedra y montaña) representan al mismo Centro o Eje, que se mantiene invariable e inmóvil en el curso de todo ciclo.

Una de estas piedras, llamada «betilo», es aquélla que puso Jacob de cabecera cuando tuvo el sueño de la escala.4 Al despertar del sueño dijo: «Ciertamente está Yavéh en este lugar y yo no lo sabía»; añadiendo: «¡Qué terrible es este lugar! No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos». Esa piedra, en forma de pilar, que alzó como memoria de ese acontecimiento, será considerada por el mismo Jacob como residencia divina. Y posteriormente5 allí alzará un altar al Dios único, arrojando a todos los dioses extraños que había en su familia.

Igual significado de «habitáculo divino» tiene la piedra negra que representa a la diosa de la tierra, los montes, los valles y las selvas, la Diosa Madre Cibeles, hija -como Saturno, de quien es hermana y esposa- de Urano y Gea, Madre Mayor de los dioses y los hombres. Esta «Gran Madre» es considerada como la energía de los cielos encerrada en la tierra;6 y la piedra con la cual se la representaba en los orígenes, de forma cónica, era vista como un símbolo polar y axial, idéntico al de la montaña sagrada.7

El Omphalos del oráculo de Delfos (para mencionar sólo alguno de los ejemplos más conocidos) era representado por una piedra, símbolo de ese Centro y morada de los dioses. Esta piedra representaba el punto de comunicación entre el cielo, la tierra y el mundo subterráneo.8

Algunos de esos betilos son aerolitos, es decir, literalmente, piedras caídas del cielo, como es el caso de las «piedras negras» que figuran en múltiples tradiciones, tal cual la piedra negra engastada en una de las paredes de la Ka’ba en la Meca y la propia piedra negra de la Cibeles; y aunque no todos los betilos son propiamente aerolitos, sí podría asignársele a cada uno de ellos, de alguna manera, un origen celeste, pues el Centro que ellos representan es en verdad un eje que sirve como camino de descenso de las energías celestes a la tierra y de reascenso de la tierra al cielo.

Al fin de los tiempos Lucifer recupera la piedra caída y todo retorna a la unidad del Principio.

Ciertas de estas piedras que hemos mencionado y muchas otras que algunos podrían considerar ordinarias han sido utilizadas como oráculos;9 y se encuentran por doquier piedras que han sido utilizadas como puntos de referencia y hasta como representación en la tierra de constelaciones estelares,10 lo que confirma lo ya apuntado en el sentido de que los antiguos concedieron a algunas de ellas la condición de ser la manifestación terrestre de energías celestes.

Debemos también recordar, aunque sea de paso, las innumerables esculturas en piedra y piedras talladas que han representado a los distintos dioses, espíritus, ángeles e ideas en todos los pueblos. En ellas pasan a residir esas energías sutiles, y los hombres a su través, comprendiendo lo que significan y traspasando su mero aspecto formal y material, pueden utilizarlas como soportes vehiculares hacia el conocimiento de aquellas fuerzas superiores en ellas depositadas, las que habrán de transmitirse a los que son capaces de recibirlas.11

También son especialmente notables las llamadas «piedras del rayo» o «piedras del trueno». Aunque su nombre parece sugerirlo, no se trata en este caso de aerolitos, sino que son piedras que simbolizan al rayo y que fueron utilizadas como armas simbólicas. Tal el caso de ciertas hachas prehistóricas,12 como el hacha de piedra de Paraçu Râma y el martillo de Thor (origen del mallete masónico), armas celestes capaces tanto de fulminar al enemigo como de iluminar la esencia.13

En el simbolismo constructivo la piedra juega, como es lógico, un papel preponderante, con significados muchas veces polivalentes y en algunos casos hasta aparentemente contradictorios, según el ángulo desde el que se la enfoque.

Desde un punto de vista, la construcción en piedra es símbolo de la solidificación y sedentarización de un pueblo que previamente ha sido nómada y ha construido por tanto en materiales livianos y perecederos. Ese estado nómada -como la infancia- siempre ha sido considerado como más cercano a lo primordial. El hombre vive menos apegado a la materia y por lo tanto más cerca de la naturaleza y del espíritu. En ese sentido la sedentarización significa, de manera opuesta a lo que imagina la visión profana, un grado de involución con respecto al estado virginal y de inocencia en que vive el hombre primitivo, el cual no construye todavía ciudades y más bien sacraliza la piedra bruta erigiéndola como altar de sacrificio. La piedra bruta ha sido tallada por los dioses y el hombre aún no está autorizado para hacer ningún cambio a esa divina talla.

Pero cuando un pueblo determinado encuentra su Centro espacial, y se sedentariza, y su ciclo particular ha de llegar a un apogeo o esplendor, entonces los dioses le ordenan construir en piedra un templo que refleje en la tierra a la ciudad celeste. Debe tallar la piedra bruta -que ahora pasa a ser símbolo de los imperfectos estados inferiores- y darle la forma cúbica de la perfección que esa misma ciudad hace patente.14

La piedra es materia divina y en ese sentido representa a la doctrina revelada, suprahumana, incorrupta. Pero cuando el hombre comprende literalmente y quiere agregar a la obra materiales puramente humanos, construye con ladrillos y betún una verdadera torre de Babel (Génesis XI) y las lenguas y los entendimientos se confunden. El edificio queda inconcluso y las energías se dispersan.

Por eso debemos construir en piedra. Hemos de rescatar, una a una, en su esencia, las piedras que constituyen las ideas cosmogónicas reveladas; y habremos de tallarlas con sumo cuidado, de modo que les agreguemos fuerza y belleza, dándole a cada una la forma particular que le corresponda sin que su contenido esencial se afecte en modo alguno.

Cada obrero del templo es también una de las piedras que lo componen. Cada cual ha de pulir su propia piedra hasta que encuentre la perfección de su misma esencia. Cada piedra del templo es necesaria y cada una de ellas contiene en su interior al templo -y al universo- todo. Pero hay ciertas piedras que destacan en él de modo especial, pues su adecuada ubicación produce el orden horizontal y vertical necesario para que el templo cumpla su cometido llevando a los obreros a los estados más sutiles, más allá del templo -y del universo- mismo, a las regiones del Misterio.

La piedra que se colocará de última, cuya ubicación secreta los constructores desconocen en los primeros grados, y que fue por lo tanto «rechazada» por los obreros de grados inferiores, es en verdad la primera, pues representa al Principio único e inmutable que será irradiado al templo todo. Ese principio, que es el Centro o Eje, es el que da a la construcción una dirección y un sentido, a la vez que, representando él mismo al Centro primordial a que nos hemos referido, es también una meta a seguir, un Norte polar que nos marca el camino de la puerta estrecha por donde habrán de salir las almas de los obreros, ya purificadas, hacia la empírea patria de los bienaventurados.

Pero para que ese espíritu único encuentre domicilio en el interior del templo y del corazón de sus constructores, éstos habrán primero que «encuadrar» el espacio en cuyo centro o eje se alojará; así fijarán los límites de una construcción cosmogónica que sea capaz de llevarlos hacia lo ilimitado. Deberán primero, con el auxilio de los astros, darle una orientación perfecta hacia los cuatro puntos cardinales; luego, con ayuda de la escuadra, establecerán las cuatro esquinas y en cada una de ellas plantarán una piedra, lo que garantizará la construcción de una estructura sólida y estable.

Con la colocación de la «primera piedra» se da inicio a la obra. Esta se pone normalmente en la esquina noreste de la base cuadrangular del edificio, y posteriormente se ubican, por su orden, las otras tres, en las esquinas sureste, suroeste y noroeste, haciendo un movimiento de circunvalación. Estas cuatro piedras de fundación, llamadas piedras de esquina (corner stone en la masonería inglesa) constituyen la base sobre la cual el edificio todo descansará.

Se dice que en el centro de la base del templo de Jerusalén se colocó la piedra de Jacob que mágicamente siguió al pueblo durante su peregrinaje a tierra santa, de la que brotaba agua de vida que sació su sed en el desierto. Esta piedra es llamada en hebreo shethiyah, o fundamental, y se encuentra, al igual que las cuatro piedras de esquina, a la altura horizontal de la base, pero en su centro, siendo testimonio vivo -como el omphalos de Delfos- de la fuente original de la que brotó la Tradición Primordial cuyo descenso al interior de la tierra esa piedra ejemplifica.

Pero ¿de dónde pende la plomada que desde el corazón del cielo señala el centro, en el propio corazón de la tierra? Pende de la estrella polar, de la piedra angular que es un diamante facetado capaz de proyectar su luz a toda la creación, al templo que la refleja y al hombre que, participando de una construcción de tal especie, corona la obra creacional al encontrar y ubicar esa misteriosa piedra cuyo hallazgo le hace retornar al increado mundo del misterio donde descansa su esencia inmutable.

Esa piedra angular es idéntica en su simbolismo a la piedra filosofal,15 objeto de la búsqueda del alquimista. Pero para hallarla es menester descender a lo más bajo y profundo de nuestras interioridades, a los mundos subterráneos de la caverna iniciática, siguiendo la máxima hermética V.I.T.R.I.O.L.16 A esa caverna se llega a través de un laberinto que pierde a los no cualificados y al mismo tiempo guía a los adeptos al interior de esa caverna. Parece ser que la palabra misma 'laberinto' se relaciona a su vez con la palabra 'piedra' (en latín lapis) y que probablemente los laberintos iniciáticos, en sus orígenes, fueran de ese material. Además, la caverna misma es excavada en la roca, y ésta fue -justamente durante la denominada «edad de piedra»- santuario y lugar de iniciación de los hombres que a su vez eran llamados «nacidos de la piedra». Al sortear las pruebas laberínticas el candidato visita el interior de la tierra, desciende a los infiernos, muere al mundo profano, y nace por segunda vez, regenerado, recuperando así su Centro y elevándose por el Eje hacia las regiones del verdadero Ser.17

En el templo cristiano, de base rectangular, el centro no es el punto central del rectángulo, sino el punto central de la base inmóvil de un cubo que al desdoblarse produce el símbolo de la cruz compuesta de seis cuadrados.

La piedra fundamental del centro de la base corresponde en el árbol sefirótico a la esfera 9, Yesod, Fundamento, que es la región en la que se produce la iniciación, representada en el Tarot por la lámina XII, «El Colgado». En el cristianismo se asimila a Pedro («Tú eres Pedro y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia»), y no es casual que éste haya sido crucificado cabeza abajo, tal como aparece el personaje de esa lámina, cuya posición invertida indica que el proceso iniciático supone una verdadera 'conversión'. El iniciado ya no se deja llevar por la corriente del mundo profano, sino que por el contrario marcha contra esa corriente buscando su origen espiritual, su realidad sagrada.

Las cuatro piedras de esquina (colocadas en este caso en los cuatro ángulos de la base inmóvil del cubo) se relacionan con los cuatro evangelistas y los cuatro evangelios, fundamento sobre el cual descansa la doctrina cristiana, y están simbolizadas en la lámina XXI del Tarot con las cuatro figuras que los representan (toro, león, águila y ángel). A su vez estas cuatro figuras se corresponden exactamente con los cuatro signos fijos del zodíaco (Tauro, Leo, Escorpio y Acuario), lo que nos habla de la presencia del simbolismo astrológico en el interior del templo (imagen del cosmos). Los doce signos zodiacales, representados también en las doce piedras (así como las doce puertas, los doce apóstoles y las doce tribus) mencionadas en Apocalipsis XXI decoran y encuadran las catedrales góticas y los templos masónicos.

En el mismo centro del templo cristiano se coloca una piedra o ara (y una copa) a una altura intermediaria entre el centro de la base y el punto medio de la cúpula. El ara es una piedra consagrada que tiene una cavidad. Esa piedra (y la copa que recibe la sangre de Cristo) podrían asimilarse al sefirah número 6, Tifereth, corazón del árbol de la vida y corazón del hombre, donde el corazón del cielo y el de la tierra son un solo corazón.

La piedra angular, en las construcciones piramidales, se ubica en el vértice de la pirámide. En las de techo circular o coronadas con cúpula, o domo, se coloca en el centro del círculo trazado con compás. Ella corona la obra. Se la relaciona con la sefirah número 1, Kether (corona), y con lo que el kundalinî yoga llama chakra sahasrâra conocido también como «coronario». En el cristianismo la piedra «de toque» o angular es el propio Cristo, del que emana la doctrina revelada.18 En la lámina XXI del Tarot recién citada, la piedra angular, quintaesencia, éter y avir, imagen de los estados superiores del ser y de la conciencia eterna de unidad, está señalada por el ombligo de la mujer que allí simboliza a la Jerusalén celeste descendiendo a la tierra.19

Para concluir mencionaremos, aunque sea de paso, los pectorales,20 los anillos y las coronas21 de reyes y altos sacerdotes que siempre fueron adornados con piedras preciosas y que transmiten a sus portadores las fuerzas y cualidades que ellas simbolizan.

También las concreciones fósiles, los corales y las perlas, que en diversos lugares fueron utilizados con fines talismánicos y curativos; lo mismo que los bezoars o 'piedras' que se forman en el interior de los cuerpos de los animales que por doquier fueron consideradas de valor mágico; y los llamados gamahez que son piedras con relieves de formas vegetales, animales, humanas o geométricas, que se dibujan naturalmente en ellas y que han sido veneradas en todas las tradiciones, incluso la cristiana.

Podemos, pues, ver cómo para el pensamiento tradicional los símbolos de la naturaleza, como la piedra (y lo mismo podríamos decir de los vegetales y animales y del cosmos todo), son portadores de ideas, fuerzas y energías sutiles que de algún modo en ellos se depositan. Constituyen un orden y un modelo arquetípico cuya comprensión puede hacer posible que el hombre -que contiene dentro de sí todas esas energías y fuerzas, pues él las sintetiza y gobierna- se comunique con aspectos más reales y superiores de sí mismo y logre finalmente el hallazgo de esa piedra misteriosa que es, para quien pueda traspasar las apariencias de las cosas, el único verdadero tesoro -oculto en las regiones más profundas de nuestro ser- al que podríamos aspirar.



NOTAS:

1 René Guénon (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, capítulo III) establece una relación simbólica entre esa piedra y la perla que la iconografía hindú coloca en el «tercer ojo de Shiva». Esta representa, en esa tradición, el sentido de inmortalidad y la conciencia de eternidad que se pierde justamente en razón de la caída.
2 Esa piedra esmeralda tallada como una copa es el origen de la leyenda del Grial. Representa también un centro espiritual y una tradición que se han mantenido ocultos en la tierra y transmitido secretamente de generación en generación. Remitimos al lector al artículo III, recién citado, de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Es interesante mencionar aquí la Tabla de Esmeralda atribuida a Hermes, de la que se dice fue tallada también en una piedra.
3 Como el monte Meru, el Sión, el Olimpo, y hasta el Gólgota, para mencionar únicamente algunos de los innumerables montes sagrados que aparecen prácticamente en todas las tradiciones.
4 Génesis, XVIII.
5 Génesis XXXV.
6 El espíritu incorporado en la materia. El Verbo hecho carne.
7 Es quizá interesante recordar aquí que en el cristianismo numerosas 'apariciones' de María, La Virgen, ocurren en una gruta, sobre una piedra.
8 Queremos mencionar, aunque sea de paso, los dólmenes y menhires celtas, así como los obeliscos egipcios que jugaron un papel similar.
9 Las pitonisas de Delfos escuchaban los mensajes celestes a través del propio Omphalos. Los sacerdotes indígenas de Talamanca, en Costa Rica, utilizan cuatro pequeñas piedritas (que reconocen pues logran «ver» en ellas un espíritu oculto) como oráculo sagrado. Sería posiblemente interminable enlistar la cantidad enorme de piedras que en muchísimas culturas fueron consideradas oraculares.
10 También en Costa Rica han aparecido cantidad de piedras perfectamente esféricas, muy antiguas, que parece tuvieron ese destino.
11 En verdad lo último que hemos mencionado con respecto a la piedra es válido para cualquier símbolo sagrado en particular. Aunque la incomprensión de esto haya dado lugar a tantas idolatrías y supersticiones lo ha sido en momentos de decadencia de los pueblos, períodos que son generalmente caracterizados por una pérdida del espíritu que conlleva el confundir al símbolo mismo -en este caso la piedra- con la energía, idea o fuerza que éste oculta y al mismo tiempo transmite y revela.
12 Estas hachas aparecen por doquier, y son una demostración más de la presencia, en las tradiciones particulares, de ciertos símbolos que pertenecen a lo que llamamos la Tradición Primordial.
13 De nuevo remitimos al lector a Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, esta vez a los capítulos XXV y XXVI denominados «Las Piedras del Rayo» y «Las Armas Simbólicas». Para profundizar en los temas que trataremos a continuación sobre la piedra en el simbolismo constructivo, ver capítulos XXXIX a XLIX de esa obra trascendental.
14 La Jerusalén Celeste descrita por Juan en Apocalipsis XXI, y que representa los estados superiores del ser una vez sobrepasada la segunda muerte, es cúbica («Midió con la caña la ciudad, y tenía doce mil estadios, siendo iguales su longitud, su latitud y su altura.») y es de oro y piedras («Su muro era de jaspe y la ciudad oro puro; y las hiladas del muro de la ciudad eran de todo género de piedras preciosas: la primera, de jaspe; la segunda, de zafiro; la tercera, de calcedonia; la cuarta, de esmeralda; la quinta, de sardónica; la sexta, de cornalina; la séptima de crisólito; la octava, de berilo; la novena, de topacio; la décima, de crisoprasa; la undécima, de jacinto, y la duodécima de amatista. Las doce puertas eran doce perlas, cada una de las puertas era de una perla, y la plaza de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente.»). Sobre el simbolismo de tallar la piedra bruta en forma cúbica, que en la Masonería constituye la instrucción del aprendiz, ver Símbolo, Rito, Iniciación. La Cosmogonía Masónica, recientemente publicado por Ediciones Obelisco, Barcelona 1992.
15 Ver en el número anterior de SYMBOLOS (Nº 4, Guatemala 1992) el interesantísimo texto «Explicación de la Tabla de Esmeralda», por Hortelano, traducido por Francisco Ariza, quien agrega sus magníficos comentarios.
16 «Visita el interior de la tierra y rectificando hallarás la piedra oculta».
17 Recordar también la piedra que servía de puerta al sepulcro de Cristo y que fue removida cuando su resurrección.
18 En el islam está relacionada con la idea de Jefe (el propio Mahoma que es sucedido por cuatro califas).
19 Recuérdese aquí lo que hablamos del omphalos -ombligo- délfico. Queremos señalar, aunque pudiera parecer que esto no se relaciona directamente con el tema que aquí nos ocupa, que las cartas XX y XXI del Tarot han sido muchas veces relacionadas a los siglos XX y XXI de nuestra era y a los capítulos XX y XXI del Apocalipsis, a los que remitimos al lector.
20 Los sacerdotes egipcios usaban pectorales con piedras, tradición que transmitieron a los israelitas, cuyo sumo sacerdote portaba uno, con doce piedras preciosas, que representan a las doce tribus.
21 Reproduzco aquí el texto de un manuscrito del siglo XVII acerca del simbolismo de las piedras de la corona de San Eduardo, en el que se la denomina 'diadema que asegura el triunfo'. Estas piedras son:

«1. Topacio: símbolo de las virtudes que debe ejercitar el rey.
2. Esmeralda: símbolo de la justicia del rey.
3. Sardónica: símbolo de la elevación del rey.
4. Crisolita: símbolo de la sabiduría y la prudencia del rey.
5. Calcedonia: símbolo del coraje del rey.
6. Jacinto: símbolo de la templanza y la sobriedad del rey.
7. Jaspe: símbolo de la abundancia que debe gozar el pueblo.
8. Crisópalo: símbolo de la búsqueda de las cosas celestes en el rey.
9. Berilo: símbolo del desprendimiento y la pureza del rey.
10. Zafiro: símbolo de la continencia del rey.
11. Amatista: símbolo de la función real que el rey no debe abandonar.
12. Onice: símbolo de la humildad, caridad y sinceridad del rey.»

Jean Rivière, Amuletos, Talismanes y Pantáculos, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 1986, pág. 276

25 de Agosto, 2005: Desnudo en el Camino.

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La primera vez que oí que existía algo llamado Alquimia fue hace ya mucho, mucho tiempo. Corría el año 1975, tenía yo a la sazón 15 años, cuando ví, en una librería, una obra que llamó mi atención, especialmente por su título: era «El Retorno de los Brujos» de Louis Pauwels y Jacques Bergier. El tercer capítulo de su Primera Parte, subdividido a su vez en cinco capítulos, 'La Alquimia como ejemplo', fue, como decía, el primer contacto que tuve con dicha palabra. Parecerá inapropiada la fuente que me introdujo en mi amor alquímico, pero considerando que fue la obra que encendió en mi la chispa del interés por esta ciencia sagrada, no puedo decir que fuese inapropiada: fue la más apropiada para un jovencito de 15 años, ignorante total de estos temas, y fue el Destino quien la puso en mis manos.

En ella se citaba a un enigmático alquimista moderno, oculto bajo un seudónimo: Fulcanelli. 'He de hacerme con la obra de ese autor', me dije... pero no era fácil para un jovencito de provincias conseguir estos libros en la única y paupérrima librería de su pueblo. Habría de transcurrir casi un año hasta que la librería recibió, por fin, mi encargo: el 2 de noviembre de 1976 tuve, por fin, en mis manos, la última obra que escribió Fulcanelli: Las Moradas Filosofales... tenía, entonces, 16 años recién cumplidos (el 22 de octubre). Fue definitivo: el hechizo que la obra ejerció sobre mí habría de durar hasta el día de hoy, es decir, la friolera de casi treinta años.

Evidentemente, no han sido todos esos años dedicados a la Alquimia, pues en el transcurso de los cuales me casé, tuve tres hijos (el mayor tiene 22 años... sí, me case más bien joven, con 22 años, justo con la edad que ahora tiene él), me labré mi futuro... pero la Alquimia siempre, de una u otra manera, estuvo presente. Desde hace unos pocos años, sin embargo, sí que me he dedicado plenamente a ella, a su estudio y a su práctica...

Cuando, en 1997, vine a formar parte de este invento moderno llamado «internet» y descubrí que tenía al alcance de mi mano obras en sus versiones originales, facsímiles escaneados de antiguos manuscritos, repartidas a lo largo y ancho del mundo, en bibliotecas y otras entidades más o menos públicas y más o menos gubernamentales... amén de gente con mi misma pasión, que dedicaba tiempo y esfuerzo personal en digitalizar sus libros y colocarlos en sus páginas web... cuando, decía, vino a sucederme esto... pues fue para mi como descubrir el jardín del Edén...

Manuscritos y obras antiguas, que ni en sueños hubiera podido esperar leer jamás... se pusieron al alcance de mi mano. Mis avances, gracias a esta circunstancia, se ampliaron hasta el punto que dejé de dar pasitos para, directamente, andar a pasos de gigante...
Y ahora heme aquí, nuevamente desnudo, hasta la médula, como el más neófito de los neófitos que jamás hayan sido... pero dando gracias a Dios de que, desnudo, sí, pero con los pies hollando el verdadero camino...

Los textos, todos los textos se abren y su sentido se hace transparente y diáfano... todos, laicos y sacros, muestran por fin, sin esfuerzo apenas, que, pese a parecer tan oscuros y paradójicos, tan galimatías y laberínticos, son, por el contrario, asombrosamente rectos y claros... no todos, por supuesto: también se muestran, destacando por su inmundicia, bien claramente los textos ignorantes, charlatanescos, puramente fantasiosos... profanadores, en definitiva, de la Ciencia divina...

La Alquimia, por desgracia, es un campo en donde la mies es escasa y mucha, muchísima la mala hierba y cizaña...

Desnudo estoy, es cierto, pero el chispazo de revelación prendió mi conciencia y ahora ésta arde y nada ni nadie la puede extinguir. El proceso es lento, pero constante: ¿y qué mayor placer puede haber, digo yo, que acostarte todas las noches sabiendo un poco más? Ahora, todos los días, sin excepción, aprendo algo nuevo de donde antes creía que ya había aprendido lo que había que aprender... ummm... me salió a galimatías, lo siento: pero es así.

Si alguien me lee y está perdido en su búsqueda, como yo lo he estado, que lea; que lea mucho: nunca es malo leer y releer. Y que medite profundamente, que no es sino un acto de oración. Que piense en Dios, que medite en búsqueda del sentido de la palabra Dios y de su concepto... nada, seguramente, pueda serle más provechoso que esta meditación-oración. La Divinidad no deja nunca fuera a aquél que sin cesar llama a Su Puerta... porque cuando su meditación toque fondo y descubra que no hay fondo, sino insondable abismo... presentirá por primera vez en su vida, y a ciencia cierta, a Dios... y el fuego empezará a arder, dulcemente, y será un Sol nuevo que ilumine sus dias...

Estoy desnudo, sí, como un recién nacido... pero estoy hollando el verdadero camino, y un ángel me guarda del traspiés...

4 de Agosto, 2005: Al necio se le reconoce por su ignorancia.

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«... La tradición hermético-alquímica forma parte del ciclo de la civilización pre-moderna, tradicional. Para comprender su espíritu hay que trasladarse interiormente de un mundo a otro. Quien emprenda su estudio sin haberse situado en posición de poder superar la mentalidad moderna y de despertarse en una nueva sensibilidad que lo ponga en contacto con el tronco espiritual general que ha dado vida a tal tradición, sólo conseguirá llenarse la cabeza de palabras, signos y alegorías extravagantes. Por otro lado, no se trata sólo de una simple condición intelectual. Hay que tener en cuenta que el hombre antiguo no sólo tenía un modo diferente de pensar y de sentir, sino también un modo distinto de percibir y de conocer. La base de la materia de la cual nos ocuparemos, como comprensión y como realización es evocar, merced a una cierta transformación de la conciencia, esta diferente modalidad. Y sólo entonces surgirá en ciertas expresiones una luz inesperada, ciertos símbolos se convertirán en medios para un despertar interior, se admitirán nuevos vértices de realización humana, y se comprenderá cómo es posible que determinados «ritos» puedan adquirir un poder «mágico» y operativo y constituirse en una ciencia que, por lo demás, no tiene nada que ver con lo que hoy corre bajo este nombre

Julius Évola, La Tradición Hermética. 1972


Este comentario de Évola es indiscutible y, con él, de una u otra manera, todos están de acuerdo. En torno a estas ideas del esfuerzo de aproximación a la mente de los antiguos y a su distinto modo de percibir y de conocer, que va más allá de una simple condición intelectual, es que gira la cita que días antes hice del científico Georges Ranque: Reflexiones iniciales.

Y como un ejemplo más de esto, Lucien Gerardin escribió:

«Actualmente el conocimiento de este pasado remoto y del pasado no tan lejano avanza a pasos agigantados. A las exploraciones esporádicas de los anticuarios del siglo XIX en busca de objetos apropiados para enriquecer los museos,1 ha seguido la investigación metódica guiada por un ánimo científico: el objeto ya no es lo importante; sólo cuenta el marco en que se halla, su integración en el ambiente global y la reconstrucción de la vida y del pensamiento de los hombres que lo crearon.2

Esta reconstrucción es tarea difícil, pues irremediablemente tendemos a interpretar el pasado a la luz de nuestros conocimientos actuales... Sé por experiencia cuán difícil es proyectarse en el tiempo, tanto hacia el pasado como hacia el futuro, despojándose de las ideas y los valores de hoy. ¿Cómo despojar una mente moderna de todo su saber para situarla en la visión del mundo que pudo tener un griego de Alejandría o un monje del siglo XIII? ¡Empresa desesperada! Y, al mismo tiempo, exigencia imperiosa...»


La reflexión personal que aquí quisiera hacer es que pretender entrar en los misterios alquímico-herméticos es vano y de necios sin una conveniente preparación y estudio preliminar. Desconocer la filosofía occidental, desde los jónicos o presocráticos hasta Aristóteles, es carecer de los principios filosóficos en los que se funda la Alquimia como Ciencia natural. Y desconocer los textos atribuídos a Hermes Trismegisto, el Corpus Hermeticum (y, en particular, los Tratados Poimandres, la Llave y Asclepios), es desconocer los principios doctrinales en los que se funda la Alquimia como Ciencia sobrenatural. Y si la primera, pese a ser el aspecto exotérico, es ya oscura en los textos... ¡cuánto más oculta (esotérica) y oscura la segunda, la propiamente llamada Ciencia Divina o Arte Sagrado !!!

A este respecto, la Conclusión final de El Misterio de las Catedrales de Fulcanelli es, más que un consejo, una necesidad y una advertencia:

«La Naturaleza no abre indistintamente a todos la puerta del santuario.

Tal vez descubrirá el profano en esta páginas alguna prueba de una ciencia verdadera y positiva. Pero no creemos que podamos alardear de convertirle, pues no ignoramos la tenacidad de los prejuicios y la fuerza enorme del recelo. El discípulo sacará de ellas mayor provecho, a condición, empero, de que no menosprecie las obras de los antiguos Filósofos, de que estudie con cuidado y penetración los textos clásicos, hasta adquirir la clarividencia suficiente para discernir los puntos oscuros del manual operatorio.

Nadie puede aspirar a la posesión del gran Secreto, si no armoniza su existencia al diapasón de las investigaciones emprendidas.

No basta con ser estudioso, activo y perseverante, si se carece de un principio sólido y de base concreta, si el entusiasmo inmoderado ciega la razón, si el orgullo tiraniza el buen criterio, si la avidez se desarrolla bajo el brillo intenso de un astro de oro.

La ciencia misteriosa requiere mucha precisión, exactitud y perspicacia en la observación de los hechos; un espítiru sano, lógico y ponderado; una imaginación viva sin exaltación; un corazón ardiente y puro. Exige, además, una gran sencillez y una indiferencia absoluta frente a teorías, sistemas e hipótesis que, fiando en los libros o en la reputación de sus autores, suelen aceptarse sin comprobación. Quiere que sus aspirantes aprendan a pensar más con el propio cerebro y menos con el ajeno. Les pide, en fin, que busquen la verdad de sus principios, el conocimiento de su doctrina y la práctica de sus trabajos en la Naturaleza, nuestra madre común.»



1 H. de Saint-Blanquat: Visions de la Préhistoire, en «Sciences et Avenir», núm. especial: La Vie préhistorique, pp. 4, 11.

2 A. Leroi-Gourhan: Reconstituer la vie, en «Sciences et Avenir», núm. especial: La Vie préhistorique, pp. 57, 69.

3 de Agosto, 2005: El Eje del Arte...

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«...Pero antes de despedirnos de nuestro lector, agradeciéndole su benévola atención, echaremos una última mirada sobre el conjunto de la ciencia secreta. Y al igual que el anciano que evoca de buen grado sus recuerdos se detiene en las horas sobresalientes del pasado, esperamos nosotros descubrir en este examen retrospectivo el hecho capital, objeto de las preocupaciones esenciales del verdadero hijo de Hermes.

Este punto importante en el que se encuentran concentrados los elementos y los principios de los más elevados conocimientos no podría ser buscado ni hallado en la vida, pues la vida está en nosotros, irradia a nuestro alrededor, nos es familiar y nos basta saber observar para captar sus manifestaciones variadas. Es en la muerte donde podemos reconocerlo, en ese ámbito invisible de la espiritualidad pura, en el que el alma, liberada de sus vínculos, se refugia al fin de su periplo terrestre; es en la nada, en esa nada misteriosa que lo contiene todo, ausencia donde reina toda presencia, donde hay que encontrar las causas cuyos múltiples efectos nos muestra la vida.

Asimismo, en el momento en que se declara la inercia corporal, en la hora misma en que la Naturaleza termina su labor, es cuando el sabio comienza la suya. Inclinémonos, pues, sobre el abismo, escrutemos su profundidad, removamos las tinieblas que lo llenan, y la nada nos instruirá. El nacimiento enseña poco, pero la muerte, de la que nace la vida, puede revelárnoslo todo. Ella sola detenta las llaves del laboratorio de la Naturaleza; ella sola libera el espíritu, encarcelado en el centro del cuerpo material. Sombra dispensadora de la luz, santuario de la verdad, asilo inviolado de la sabiduría, esconde y oculta celosamente sus tesoros a los mortales timoratos, a los indecisos, a los escépticos, a todos cuantos la desconocen o no osan afrontarla.

Para el filósofo, la muerte es simplemente la clavija maestra que une el plano material con el plano divino. Es la puerta terrestre abierta sobre el cielo, el vínculo de unión entre la Naturaleza y la divinidad; es la cadena que ata a aquellos que son con los que ya no son. Y si la evolución humana, en su actividad física, puede disponer a su antojo del pasado y del presente, en contrapartida, tan sólo a la muerte le pertenece el porvenir.

En consecuencia, lejos de inspirar al sabio un sentimiento de horror o de repulsión, la muerte, instrumento de salvación, se le aparece como deseable porque es útil y necesaria. Y si no nos está permitido acortar por nosotros mismos el tiempo fijado por nuestro destino propio, al menos hemos recibido licencia del Eterno para provocarla en la materia grave, sometida, según las órdenes de Dios, a la voluntad del hombre.

Se comprende así por qué los filósofos insisten tanto en la necesidad absoluta de la muerte material. Por ella, el espíritu, imperecedero y siempre actuante, revuelve, criba, separa, limpia y purifica el cuerpo. Por ella, el espíritu tiene la posibilidad de reunir las partes limpias y de construir con ellas su nuevo domicilio, y de transmitir, en fin, a la forma regenerada una energía que no poseía.

Considerada desde el punto de vista de su acción química sobre las sustancias de los tres reinos, la muerte está claramente caracterizada por la disolución íntima, profunda y radical de los cuerpos. Por ello la disolución, llamada muerte por los viejos autores, se afirma como la primera y más importante de las operaciones de la Obra, la que el artista debe esforzarse en realizar antes que cualquier otra. Quien descubra el artificio de la verdadera disolución y vea consumarse la putrefacción consecutiva, tendrá en su poder el mayor secreto del mundo. Poseerá igualmente un medio seguro de acceder a los sublimes conocimientos. Tal es el punto importante, ese eje del arte, según la expresión misma de Filaleteo, que desearíamos señalar a los hombres de buena fe, a los investigadores benévolos y desinteresados.

Pues bien, por el hecho de que están destinados a la disolución final, todos los seres deben obtener necesariamente de ello un beneficio semejante. Nuestro mismo globo no podrá escapar a esta ley inexorable. Tiene su tiempo contado, como nosotros el nuestro. La duración de su evolución está ordenada, regulada con anticipación y estrictamente limitada. La razón lo demuestra, el buen sentido lo presiente, la analogía lo enseña y la Escritura nos lo certifica: En el fragor de una espantosa tempestad, el cielo y la tierra pasarán...

Durante un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (Daniel, cap. VII, 25, y XII, 7. Apocal., cap. XII, 14), la Muerte extenderá su dominio sobre las ruinas del mundo, sobre los vestigios de las civilizaciones aniquiladas. En nuestra Tierra, tras las convulsiones de una larga agonía, volverá el estado confuso del caos original. Pero el espíritu de Dios flotará sobre las aguas. Y todas las cosas quedarán cubiertas de tinieblas y serán sumergidas en el profundo silencio de los sepulcros

Las Moradas Filosofales, Fulcanelli.


Tengo para mí que los textos de Fulcanelli (El Misterio de las Catedrales y Las Moradas Filosofales) son el trabajo de un buscador ilustrado, de un voarchadumista declarado, en absoluto de un Adepto hermético. Hablando con propiedad, toda su obra no es sino una colección de citas a Autores más o menos antiguos... gran parte de ellos, por cierto, más espagiristas o voarchadumistas que Filósofos Sabios. Esto sería fácil de demostrar, pero llevaría gran trabajo... y creo no merece la pena: léanlo, lean otros autores antiguos... y saquen sus propias conclusiones. También es evidente que el conjunto de la obra está redactado por más de una persona... incluso destacan ideas y conceptos distintos, amén de errores de aplicación de los propios conceptos definidos en los dos libros, como es el caso de la aplicación de las ideas de Alquimia, Espagiria, Arquimia y Voarchadumia... pese a dedicar más de un capítulo largo a la definición de las mismas... Pero ello no quita para que, en virtud de ese método de citación directa y, en algunos casos, como en el final de su primera obra (que son, propiamente, palabras de Basilio Valentín), adaptaciones libres de textos antiguos, brille, quizás sin saber su autor hasta qué punto, la Verdad Hermética. Y el texto anterior es, ciertamente, uno de esos momentos de Verdad profunda... si el autor es consciente o no de lo que revela, eso no lo puedo juzgar... como muy probablemente, quien lea esto siendo ignorante de la doctrina hermética y desconociendo qué es eso que siendo físico, es inmaterial, que es el Alma del Mundo, tras cuyo velo palpita lo no físico y no material... lo sobrenatural... el Espíritu con mayúsculas... decía, pues, que dudo que ése entienda el texto citado como lo entiendo yo y, tristemente, aún menos me haya entendido a mí al llegar a este punto.

1 de Agosto, 2005: Cuidado con los Libros Herméticos...

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... Aquellos en cuyas manos caen los Libros hechos sobre esta materia [la Filosofía Hermética], no serían capaces de sostener la lectura siquiera media hora; los nombres bárbaros que uno encuentra en ellos, parecen vacíos de sentido, y los términos equívocos que son situados a propósito en prácticamente todas las frases, no presentan ningún sentido determinado. Los mismos Autores advierten que no se les debe entender literalmente; que ellos han dado mil nombres a una misma cosa; que sus Libros están tejidos de enigmas, de metáforas, de alegorías, presentadas, a su vez, bajo el velo de términos ambíguos, y que es preciso desconfiar de los pasajes que parecen fáciles de entender en la primera lectura. Hacen misterio de todo, y parecen no haber escrito más que para no ser entendidos. Protestan, sin embargo, diciendo que escriben para instruir, y para instruir de una Ciencia que ellos llaman la llave de todas las otras. El amor a Dios, al prójimo, a la verdad, pone en sus plumas el reconocimiento de un favor tan señalado como el de haber recibido del Creador la inteligencia de un misterio tan elevado, el cual no pueden callar. Pero lo han recibido, añaden, en la sombra del misterio...

... Es necesario, pues, tener esta Ciencia en la obscuridad, no hablar de la misma que por hieroglíficos, por ficciones, imitando a los ancianos Sacerdotes del Egipto, de los Brahmanes de la India, de los primeros Filósofos de la Grecia y de todos los paises y tiempos... Siguen, en esto, el consejo del Sabio...

... Salomon miraba los hieroglíficos, los proverbios, los enigmas y las parábolas de los Filósofos como un objeto que merecía toda la atención y todo el estudio de un hombre sabio y prudente.

Yo querría que, antes de despreciar la Filosofía Hermética, sus críticos se tomasen la pena de instruirse sobre ella. Sin esta precaución, harán como los insensatos que desprecian la Ciencia y la Sabiduría, sin reparar en su ignorancia; y yo les dire, con Horacio, Odi prophanum, vulgus, et arceo. Es, en efecto, al sujeto de estos mismos misterios que los antiguos Sacerdotes llamaban ¡Procul ô procul este prophani!...



Dom Antoine-Joseph Pernety
del Prefacio a su Diccionario Mito-Hermético
1787