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Posts tagged with "Filosofía"

Alquimia: Ciencia de la Materia Prima (Introducción)

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La "materia prima" es esa piedra objeto de obstáculo para el neófito, de perdición para el ignorante soplador, la que ha recibido mil nombres y se ha expresado en mil símbolos. Es, según los Autores, principio y fin de la Gran Obra, pues al final se obtiene lo mismo que al principio, pero infinitamente multiplicado en virtud, es decir, "pluscuamperfecto"... Materia Prima sin la cual todo trabajo emprendido es inútil y absolutamente estéril...

He nombrado a los "sopladores (de carbón)" porque, entre otras cosas, lo que ellos entienden por "materia prima" es lo que, en el sentido extricto del Diccionario, está definido como "primera materia"... siendo que "materia prima (primera)" de los Filósofos no tiene absolutamente nada que ver con la "primera materia" de los industriales y químicos. Pero nada, nada que ver...

La Alquimia no es una fórmula ni una receta... así que no hay una "primera materia" (o, peor aún, conjunto de "primeras materias") a partir de la cual, aplicando tal o cual proceder, tal o cual oración, tal o cual rito, tal o cual conjuro, tal o cual condición astrológica, tal o cual día del mes, tal o cual condición meteorológica, blablablablabla, vengamos a elaborar un fantástico producto que nos hará ricos al modo del rey Midas, un fantástico brebaje que nos hará cuasi-eternos preservando indefinidamente nuestra salud y juventud...

La Alquimia es una Ciencia, por muy antigua que sea, y su objeto y, a la vez, meta, es la "materia prima" filosofal (es decir, de los filósofos)...

La "primera materia" es aquella que una industria o fabricación necesita para sus labores, aunque provenga, como sucede frecuentemente, de otras operaciones industriales. Esto es correcto para los sopladores, de los cuales hemos de cuidarnos en todo momento.

La "materia prima", aunque parezca mentira, es muy bien definida por el DRAE: "Principio puramente potencial y pasivo que en unión con la forma sustancial constituye la esencia de todo cuerpo, y en las transmutaciones sustanciales permanece bajo cada una de las formas que se suceden."

Los padres griegos de la Filosofía occidental, con la sola fuerza del razonamiento y de la observación del mundo natural, por reducción analítica, llegaron a la conclusión de que TODO el universo, necesariamente, debía tener un ÚNICO origen... de que, en el momento de su creación, todo el universo era una misma y sola cosa. Esta misma y sola cosa es la que llamaron "materia prima".

Por eso "lo que está arriba es como lo que está abajo", pues Tierra y Cielo tienen una misma procedencia material, un origen común: la materia prima. ("Es verdad, sin mentira, cierto y muy verdadero: Lo que está abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo para hacer los milagros de una sola cosa, y del mismo modo que todas las cosas han sido y han venido de uno por mediación de uno, así todas las cosas han nacido de esta cosa única por adaptación.")

La materia prima de los filósofos es única e indivisible...

Es "la madre" de todas las cosas, de toda la creación, del universo todo... de nosotros mismos. "Omnia ab uno et in unum omnia", "Todo de uno y en uno todo."

Esta "materia prima", y ninguna otra, es la piedra angular de todo el edificio alquímico. Ésta y ninguna otra más. La tan perseguida Teoría de la Unificación de los científicos actuales (con el intento de la Teoría general unificada de Einstein y acabando en los esfuerzos teóricos actuales de la Teoría de Supercuerdas), convencidos de que Todo está interrelacionado y que, por tanto, todo obedece a una única ley, no es nada nuevo bajo el Sol: el edificio teórico alquímico se fundamenta en el princicipio de Unicidad de absolutamente toda la creación: Todo de uno y en Uno...

Estamos, pues, ante un misterio... y desvelar tal misterio y poseerlo es el PRIMER trabajo del alquimista, y la exaltación al máximo posible de dicha materia prima es su ÚLTIMO trabajo como alquimista: transmutación conseguida, el alquimista ya no pertenece a nuestro mundo... o en nuestro mundo él ya no es alquimista, sino otra cosa...

El problema, pues, es evidente: ¿dónde o cómo conseguir, siquiera sean unos gramos, de tan maravillosa materia prima? Y empleo el adjetivo "maravillosa" porque, obviamente, si todo tiene su origen en ella, el poseerla, al menos en teoría, permitiría obtener de ella cualquier cosa, tanto creada como aún por crear... no, no es fantasía quimérica aquello que leemos en algunos tratados de cómo la piedra filosofal elabora no sólo oro, sino gemas y hasta nuevos y desconocidos elementos y materiales: es una consecuencia lógica, implícita a las propiedades intrínsecas de la "materia prima".

Y en este punto, en esta pregunta es en donde se inicia la diversificación de métodos y sistemas alquímicos, de teorías y prácticas, de mitos y leyendas... Aquí es donde empiezan infinidad de vías muertas que a nada conducen, salvo al desengaño, al fracaso, quizás, incluso, a la ruina (económica, física, mental)...

A partir de aquí el tema es amplísimo, para ocupar libros, sin duda. Yo lo iré abordando poco a poco, según disponga de tiempo para dedicar a escribir. De momento, aquí lo dejo. Mañana será otro día. (Y sí, no todas las vías están muertas... pero están celosísimamente veladas. ¿Por qué? Ya le llegará el turno también a este tema, pero hoy no).

Saludos.

12 de Sep, 2005: A los esclavos de la letra...

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«Id, marchaos, vosotros que buscáis con extremada aplicación, vuestros diversos colores en las redomas de vidrio. Vosotros, que fatigáis mis oídos con vuestro cuervo negro, estáis tan locos como aquel hombre de la antigüedad que tenía la costumbre de aplaudir en el teatro, aunque estuviera solo en él, porque siempre se imaginaba tener ante los ojos algún nuevo espectáculo. Lo mismo hacéis vosotros, cuando, vertiendo lágrimas de gozo, os imagináis que veis en vuestras redomas la blanca paloma, el águila amarilla y el faisán rojo. Id, os digo, y alejaos de mí, si buscáis la piedra filosofal en una cosa fija; pues ésta no penetrará los cuerpos metálicos más de lo que podría penetrar el cuerpo humano las más sólidas murallas...»

De «Le Chemin du ciel chymique», del alquimista Jacques Tollius, que fuera filólogo y catedrático de la Universidad de Duisbourg.

4 de Sep, 2005: Alquimistas Vulgares vs Filósofos Verdaderos.

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«Mi querido hijo, después de haberme preguntado con frecuencia [...] si había de dejarte por escrito los grandes misterios de la Cábala de los Sabios [...] he decidido [...] que no podía darte testimonio más claro que el manifestarte, con candidez, sin ninguna parábola y sin oscuros juegos de palabras [sin enredar tu espíritu con todo tipo de consideraciones falsas y superfluas o con similitudes y nombres inventados para designar nuestra materia simple, aunque los Filósofos hagan uso de estas cosas ya para instruir a los Hijos de la Sabiduría, ya para desviar del camino de la verdad a ignorantes y a falsos discípulos], toda la práctica de la verdadera preparación de la Piedra de los Sabios, donde se encuentra la mejor y más alta Ciencia de toda la naturaleza entera [...] pero, antes de entrar en la antedicha materia, necesito mostrarte qué es en realidad la Alquimia, y que diferencia ha de haber entre los alquimistas vulgares y los verdaderos Filósofos.

[...]

Has de saber, hijo mío, que la palabra Alquimia, en lengua árabe, significa Fuego. La Alquimia es una parte muy oculta de la Filosofía natural y la parte más necesaria de la Física, que es la investigación de la Naturaleza; con ella se hace un Arte que no puede compararse a ningún otro, porque enseña a perfeccionar todas las piedras preciosas imperfectas, a conducir los cuerpos humanos afectados por la enfermedad hacia una salud perfecta y a transmutar los metales corporales imperfectos en oro y plata verdaderos. Todo esto se hace con un cierto cuerpo medicinal universal del que todas las medicinas particulares han recibido alguna cosa y este cuerpo medicinal se prepara con el trabajo de las manos, mediante un oculto ingenio y un Arte que únicamente conocen los Hijos de la Verdad.

Aprende, hijo mío, que esta Ciencia es llamada Flor de la Sapiencia, porque aclara el entendimiento humano, lo aguza y, en fin, lo convence por la experiencia de la verdad. Todavía en nuestros días quedan muchos testimonios por declarar. Esta Ciencia admirable de la Alquimia natural muestra al intelecto humano una vía con la que se puede comprender, de manera viva y por efecto de una profunda investigación, de qué manera penetran todas las cosas en las potencias y virtudes divinas, y cómo subsisten en ellas.

Aunque en mi discurso te hable mucho de Alquimia, no me refiero a aquella que se practica vulgarmente en nuestros días. Pongo en claro una gran diferencia entre la que se practica comúnmente y aquella otra que es propia de los Filósofos, distingo entre aquellas operaciones de los alquimistas contemporáneos y aquellas de los Hijos de la Ciencia. Por eso, y a fin de que no te equivoques en un asunto tan grave, te prohíbo toda frecuentación con los falsos discípulos del Arte, que dan recetas variadas.

Voy a hablar de los alquimistas vulgares: en efecto, éstos no cesarán de desviarte de la verdadera vía, que yo te muestro, con objeto de seducir y dar ocasión para que te adhieras a sus opiniones falsas y a sus locas imaginaciones. Sabe pues que la diferencia entre los verdaderos Filósofos y los alquimistas vulgares es tan grande como la que hay entre el día y la noche, y esa diferencia se ve bien en esto: que no se ha de tomar más que una sola y única cosa para preparar la Piedra de los Filósofos. Los alquimistas vulgares, por el contrario, pretenden tomar muchas materias distintas con la esperanza de alcanzar así el objeto de sus deseos. Los verdaderos Filósofos realizan su Obra con tiempo, sin gastos y operan en silencio con un solo vaso, un solo horno, y una sola materia, o dos (que sin embargo son de la misma naturaleza).

Los alquimistas vulgares trabajan con muchos esfuerzos, con grandes gastos, con todo tipo de hornos y de fuegos y con una multitud de materias diferentes; en suma, que si Dios Todopoderoso lo creó todo de la nada, los alquimistas vulgares, del todo hacen nada. Los Alquimistas verdaderos, por el contrario, imitando a la Naturaleza, y con una pequeña cantidad de su materia, realizan grandes cosas.

Aún podría decirte muchas más cosas acerca de los alquimistas vulgares, pero esto bastará para demostrarte que habrías de estar completamente privado de sentido si después de estar en posesión de la más alta Ciencia, que te muestro en este tratado, quisieras seguir el método de aquellos que respecto a esta sublime Ciencia, están ciegos e ignorantes, o si hablaras de estas cosas con ellos. Por otra parte, solamente he escrito este capítulo con la intención de enseñarte en qué consiste la excelencia de la verdadera Alquimia natural.

Con esta comparación descrita entre el verdadero Filósofo y el alquimista vulgar sólo pretendo hacerte saber que siempre encontrarás la verdadera Ciencia próxima a los verdaderos Filósofos, pero cerca de los alquimistas vulgares sólo encontrarás ignorancia y tristeza


De «Instrucción de un Padre a su Hijo acerca del Árbol Solar»
Anónimo.

25 de Agosto, 2005: Desnudo en el Camino.

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La primera vez que oí que existía algo llamado Alquimia fue hace ya mucho, mucho tiempo. Corría el año 1975, tenía yo a la sazón 15 años, cuando ví, en una librería, una obra que llamó mi atención, especialmente por su título: era «El Retorno de los Brujos» de Louis Pauwels y Jacques Bergier. El tercer capítulo de su Primera Parte, subdividido a su vez en cinco capítulos, 'La Alquimia como ejemplo', fue, como decía, el primer contacto que tuve con dicha palabra. Parecerá inapropiada la fuente que me introdujo en mi amor alquímico, pero considerando que fue la obra que encendió en mi la chispa del interés por esta ciencia sagrada, no puedo decir que fuese inapropiada: fue la más apropiada para un jovencito de 15 años, ignorante total de estos temas, y fue el Destino quien la puso en mis manos.

En ella se citaba a un enigmático alquimista moderno, oculto bajo un seudónimo: Fulcanelli. 'He de hacerme con la obra de ese autor', me dije... pero no era fácil para un jovencito de provincias conseguir estos libros en la única y paupérrima librería de su pueblo. Habría de transcurrir casi un año hasta que la librería recibió, por fin, mi encargo: el 2 de noviembre de 1976 tuve, por fin, en mis manos, la última obra que escribió Fulcanelli: Las Moradas Filosofales... tenía, entonces, 16 años recién cumplidos (el 22 de octubre). Fue definitivo: el hechizo que la obra ejerció sobre mí habría de durar hasta el día de hoy, es decir, la friolera de casi treinta años.

Evidentemente, no han sido todos esos años dedicados a la Alquimia, pues en el transcurso de los cuales me casé, tuve tres hijos (el mayor tiene 22 años... sí, me case más bien joven, con 22 años, justo con la edad que ahora tiene él), me labré mi futuro... pero la Alquimia siempre, de una u otra manera, estuvo presente. Desde hace unos pocos años, sin embargo, sí que me he dedicado plenamente a ella, a su estudio y a su práctica...

Cuando, en 1997, vine a formar parte de este invento moderno llamado «internet» y descubrí que tenía al alcance de mi mano obras en sus versiones originales, facsímiles escaneados de antiguos manuscritos, repartidas a lo largo y ancho del mundo, en bibliotecas y otras entidades más o menos públicas y más o menos gubernamentales... amén de gente con mi misma pasión, que dedicaba tiempo y esfuerzo personal en digitalizar sus libros y colocarlos en sus páginas web... cuando, decía, vino a sucederme esto... pues fue para mi como descubrir el jardín del Edén...

Manuscritos y obras antiguas, que ni en sueños hubiera podido esperar leer jamás... se pusieron al alcance de mi mano. Mis avances, gracias a esta circunstancia, se ampliaron hasta el punto que dejé de dar pasitos para, directamente, andar a pasos de gigante...
Y ahora heme aquí, nuevamente desnudo, hasta la médula, como el más neófito de los neófitos que jamás hayan sido... pero dando gracias a Dios de que, desnudo, sí, pero con los pies hollando el verdadero camino...

Los textos, todos los textos se abren y su sentido se hace transparente y diáfano... todos, laicos y sacros, muestran por fin, sin esfuerzo apenas, que, pese a parecer tan oscuros y paradójicos, tan galimatías y laberínticos, son, por el contrario, asombrosamente rectos y claros... no todos, por supuesto: también se muestran, destacando por su inmundicia, bien claramente los textos ignorantes, charlatanescos, puramente fantasiosos... profanadores, en definitiva, de la Ciencia divina...

La Alquimia, por desgracia, es un campo en donde la mies es escasa y mucha, muchísima la mala hierba y cizaña...

Desnudo estoy, es cierto, pero el chispazo de revelación prendió mi conciencia y ahora ésta arde y nada ni nadie la puede extinguir. El proceso es lento, pero constante: ¿y qué mayor placer puede haber, digo yo, que acostarte todas las noches sabiendo un poco más? Ahora, todos los días, sin excepción, aprendo algo nuevo de donde antes creía que ya había aprendido lo que había que aprender... ummm... me salió a galimatías, lo siento: pero es así.

Si alguien me lee y está perdido en su búsqueda, como yo lo he estado, que lea; que lea mucho: nunca es malo leer y releer. Y que medite profundamente, que no es sino un acto de oración. Que piense en Dios, que medite en búsqueda del sentido de la palabra Dios y de su concepto... nada, seguramente, pueda serle más provechoso que esta meditación-oración. La Divinidad no deja nunca fuera a aquél que sin cesar llama a Su Puerta... porque cuando su meditación toque fondo y descubra que no hay fondo, sino insondable abismo... presentirá por primera vez en su vida, y a ciencia cierta, a Dios... y el fuego empezará a arder, dulcemente, y será un Sol nuevo que ilumine sus dias...

Estoy desnudo, sí, como un recién nacido... pero estoy hollando el verdadero camino, y un ángel me guarda del traspiés...

3 de Agosto, 2005: El Eje del Arte...

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«...Pero antes de despedirnos de nuestro lector, agradeciéndole su benévola atención, echaremos una última mirada sobre el conjunto de la ciencia secreta. Y al igual que el anciano que evoca de buen grado sus recuerdos se detiene en las horas sobresalientes del pasado, esperamos nosotros descubrir en este examen retrospectivo el hecho capital, objeto de las preocupaciones esenciales del verdadero hijo de Hermes.

Este punto importante en el que se encuentran concentrados los elementos y los principios de los más elevados conocimientos no podría ser buscado ni hallado en la vida, pues la vida está en nosotros, irradia a nuestro alrededor, nos es familiar y nos basta saber observar para captar sus manifestaciones variadas. Es en la muerte donde podemos reconocerlo, en ese ámbito invisible de la espiritualidad pura, en el que el alma, liberada de sus vínculos, se refugia al fin de su periplo terrestre; es en la nada, en esa nada misteriosa que lo contiene todo, ausencia donde reina toda presencia, donde hay que encontrar las causas cuyos múltiples efectos nos muestra la vida.

Asimismo, en el momento en que se declara la inercia corporal, en la hora misma en que la Naturaleza termina su labor, es cuando el sabio comienza la suya. Inclinémonos, pues, sobre el abismo, escrutemos su profundidad, removamos las tinieblas que lo llenan, y la nada nos instruirá. El nacimiento enseña poco, pero la muerte, de la que nace la vida, puede revelárnoslo todo. Ella sola detenta las llaves del laboratorio de la Naturaleza; ella sola libera el espíritu, encarcelado en el centro del cuerpo material. Sombra dispensadora de la luz, santuario de la verdad, asilo inviolado de la sabiduría, esconde y oculta celosamente sus tesoros a los mortales timoratos, a los indecisos, a los escépticos, a todos cuantos la desconocen o no osan afrontarla.

Para el filósofo, la muerte es simplemente la clavija maestra que une el plano material con el plano divino. Es la puerta terrestre abierta sobre el cielo, el vínculo de unión entre la Naturaleza y la divinidad; es la cadena que ata a aquellos que son con los que ya no son. Y si la evolución humana, en su actividad física, puede disponer a su antojo del pasado y del presente, en contrapartida, tan sólo a la muerte le pertenece el porvenir.

En consecuencia, lejos de inspirar al sabio un sentimiento de horror o de repulsión, la muerte, instrumento de salvación, se le aparece como deseable porque es útil y necesaria. Y si no nos está permitido acortar por nosotros mismos el tiempo fijado por nuestro destino propio, al menos hemos recibido licencia del Eterno para provocarla en la materia grave, sometida, según las órdenes de Dios, a la voluntad del hombre.

Se comprende así por qué los filósofos insisten tanto en la necesidad absoluta de la muerte material. Por ella, el espíritu, imperecedero y siempre actuante, revuelve, criba, separa, limpia y purifica el cuerpo. Por ella, el espíritu tiene la posibilidad de reunir las partes limpias y de construir con ellas su nuevo domicilio, y de transmitir, en fin, a la forma regenerada una energía que no poseía.

Considerada desde el punto de vista de su acción química sobre las sustancias de los tres reinos, la muerte está claramente caracterizada por la disolución íntima, profunda y radical de los cuerpos. Por ello la disolución, llamada muerte por los viejos autores, se afirma como la primera y más importante de las operaciones de la Obra, la que el artista debe esforzarse en realizar antes que cualquier otra. Quien descubra el artificio de la verdadera disolución y vea consumarse la putrefacción consecutiva, tendrá en su poder el mayor secreto del mundo. Poseerá igualmente un medio seguro de acceder a los sublimes conocimientos. Tal es el punto importante, ese eje del arte, según la expresión misma de Filaleteo, que desearíamos señalar a los hombres de buena fe, a los investigadores benévolos y desinteresados.

Pues bien, por el hecho de que están destinados a la disolución final, todos los seres deben obtener necesariamente de ello un beneficio semejante. Nuestro mismo globo no podrá escapar a esta ley inexorable. Tiene su tiempo contado, como nosotros el nuestro. La duración de su evolución está ordenada, regulada con anticipación y estrictamente limitada. La razón lo demuestra, el buen sentido lo presiente, la analogía lo enseña y la Escritura nos lo certifica: En el fragor de una espantosa tempestad, el cielo y la tierra pasarán...

Durante un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (Daniel, cap. VII, 25, y XII, 7. Apocal., cap. XII, 14), la Muerte extenderá su dominio sobre las ruinas del mundo, sobre los vestigios de las civilizaciones aniquiladas. En nuestra Tierra, tras las convulsiones de una larga agonía, volverá el estado confuso del caos original. Pero el espíritu de Dios flotará sobre las aguas. Y todas las cosas quedarán cubiertas de tinieblas y serán sumergidas en el profundo silencio de los sepulcros

Las Moradas Filosofales, Fulcanelli.


Tengo para mí que los textos de Fulcanelli (El Misterio de las Catedrales y Las Moradas Filosofales) son el trabajo de un buscador ilustrado, de un voarchadumista declarado, en absoluto de un Adepto hermético. Hablando con propiedad, toda su obra no es sino una colección de citas a Autores más o menos antiguos... gran parte de ellos, por cierto, más espagiristas o voarchadumistas que Filósofos Sabios. Esto sería fácil de demostrar, pero llevaría gran trabajo... y creo no merece la pena: léanlo, lean otros autores antiguos... y saquen sus propias conclusiones. También es evidente que el conjunto de la obra está redactado por más de una persona... incluso destacan ideas y conceptos distintos, amén de errores de aplicación de los propios conceptos definidos en los dos libros, como es el caso de la aplicación de las ideas de Alquimia, Espagiria, Arquimia y Voarchadumia... pese a dedicar más de un capítulo largo a la definición de las mismas... Pero ello no quita para que, en virtud de ese método de citación directa y, en algunos casos, como en el final de su primera obra (que son, propiamente, palabras de Basilio Valentín), adaptaciones libres de textos antiguos, brille, quizás sin saber su autor hasta qué punto, la Verdad Hermética. Y el texto anterior es, ciertamente, uno de esos momentos de Verdad profunda... si el autor es consciente o no de lo que revela, eso no lo puedo juzgar... como muy probablemente, quien lea esto siendo ignorante de la doctrina hermética y desconociendo qué es eso que siendo físico, es inmaterial, que es el Alma del Mundo, tras cuyo velo palpita lo no físico y no material... lo sobrenatural... el Espíritu con mayúsculas... decía, pues, que dudo que ése entienda el texto citado como lo entiendo yo y, tristemente, aún menos me haya entendido a mí al llegar a este punto.