4 de Sep, 2005: La posibilidad de lo maravilloso.
By Luis S.Guillén. Thursday, 17. November 2005, 20:31:34
«El alambique, con sus aires graves y reposados, ha conseguido en química una gran clientela. Tratad de fiaros de él; es un depositario infiel y un usurero. Le confiáis un objeto por completo sano, dotado de propiedades naturales indiscutibles, con una forma que constituye su existencia, y os lo vuelve informe, en polvo o en gas, y tiene la pretensión de devolvéroslo todo cuando se lo ha quedado todo, menos el peso, que no es nada puesto que procede de una causa independiente del cuerpo mismo. Y el sindicato de los sabios ¡sanciona esta horrible usura! Le dais vino y os devuelve tanino, alcohol y agua a peso igual. ¿Qué falta? El gusto, es decir la única cosa que hace que sea vino, y así con todo. Puesto que habéis obtenido tres cosas del vino, señores químicos, decís que el vino está compuesto de esas tres cosas. Recomponedlo, pues, o yo os diré que son tres cosas pero jamás reharéis lo que habéis deshecho en la Naturaleza. Los cuerpos sólo se os resisten en la proporción en que están combinados con más fuerza, y llamáis cuerpos simples a todos aquellos que se os resisten: ¡vanidad!
»Me gusta el microscopio porque se contenta con mostrarnos las cosas tal como son, extendiendo simplemente nuestra percepción; así son los sabios, pues, los que le prestan opiniones. Pero cuando, sumergidos en los últimos detalles, esos señores colocan bajo el microscopio el grano más pequeño o la gotita más insignificante, el instrumento guasón parece decirles, al tiempo que les muestra animales vivos: ¡Analizadme éstos! ¿Qué es, pues, lo que lo analiza? ¡Vanidad! ¡Vanidad!
[...]
»Así, pues, ¿son todos los instrumentos causa de error? Lejos de ello, pero indican la verdad en un límite tan restringido que su verdad no es más que una vanidad, con lo que resulta imposible atribuirles una verdad absoluta. Es lo que yo llamo la imposibilidad de lo real, y en ello me baso para afirmar la posibilidad de lo maravilloso.»
Comment l’Esprit vient aux tables,
par un homme qui n'a pas perdu l'esprit.
París, Librairie Nouvelle, 1854, p. 150.

