Thursday, 17. November 2005, 16:13:29
Paracelso
Pernety en su Diccionario Mito-Hermético (1787):
Célebre Médico Alemán que vivió hacia finales del siglo XVI. Dejó un gran número de obras tratando materias Filosóficas, Metalúrgicas y Medicinales. Se le cree discípulo de Basilio Valentín, Religioso Benedictino de Alemania. Paracelso quiso reformar la teoría y la práctica de la Medicina, y a este efecto es que publica unos principios muy simples, de los cuales parecía tener un gran conocimiento. Siempre hizo admirables curas, incluso de las enfermedades más desesperadas. Esta novedad, su ciencia y el éxito lo hicieron objeto de la envidia y, en consecuencia, de numerosísimos enemigos. Sus obras, escritas en un estilo metafórico, son hoy casi ininteligibles, a pesar de las claves que con esmero se han aplicado para descifrarlas. Pese a todo, se han recuperado un gran número de sus remedios, los cuales aún hoy son usados. Cambió los nombres de los ingredientes y sustituyó por barbarismos y palabras inventadas el nombre ordinario de los mismos. Como este Autor es muy seguido por aquellos que se aplican al estudio de la Filosofía Hermética, he creído deber rendirles servicio explicando en este Diccionario la mayor parte de esos nombres bárbaros, siguiendo a Beccher, Johnson, Rullandus y algunos otros Autores. La Medicina Paracélsica es la misma que la Medicina Hermética, si creemos a Blanchard.
Thursday, 17. November 2005, 16:14:18
Artículo de la Biblioteca de Consulta Microsoft ® Encarta ® 2005:
Paracelso, seudónimo de Theophrastus Bombastus von Hohenheim (c. 1493-1541), médico y químico suizo. Polémico y vitriólico, Paracelso rechazó las creencias médicas de su época afirmando que las enfermedades se debían a agentes externos al cuerpo y que podían ser combatidas por medio de sustancias químicas.
Nacido en Einsiedeln (hoy en Suiza), Paracelso obtuvo el título de médico, probablemente en la Universidad de Viena, y viajó mucho en busca del conocimiento alquímico, en especial en el campo de la mineralogía. Criticó con acidez la creencia de los escolásticos, procedente de los escritos del médico griego Galeno, de que las enfermedades se debían a un desequilibrio de los humores o fluidos corporales, y de que podían curarse mediante sangrías y purgas. Dado que creía que la enfermedad procede del exterior, Paracelso creó diversos remedios minerales con los que, en su opinión, el cuerpo podría defenderse. Identificó las características de numerosas enfermedades, como el bocio y la sífilis, y usó ingredientes como el azufre y el mercurio para combatirlas. Muchos de sus remedios se basaban en la creencia de que “lo similar cura lo similar”, por lo que fue un precursor de la homeopatía. Aunque los escritos de Paracelso contenían elementos de magia, su revuelta contra los antiguos preceptos de la medicina liberaron el pensamiento médico, permitiéndole seguir un camino más científico.
Thursday, 17. November 2005, 16:15:30
Artículo de la Enciclopedia Planeta Multimedia edición 2005 DVD-ROM:
Paracelso, Philippus (Einsiedeln 1493-Salzburgo 1541) Médico y alquimista suizo. Aureolus Philippus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, que adoptó luego el nombre de Paracelso para significar su autoestimada superioridad al Celso latino, fue hijo de un médico, quien, a la muerte de su esposa en 1502, se trasladó a la ciudad de Villach.
El éxito obtenido al curar a un editor de Basilea, amigo de Erasmo de Rotterdam, le valió ser nombrado médico de la ciudad de Basilea, con derecho a dictar cursos en la universidad. Su desprecio por la tradición y su fe en el poder curativo de los productos químicos le mantuvieron en conflicto con las autoridades académicas, hasta que en 1528 se vio obligado a huir tras perder un litigio por una cuestión de honorarios. Empezó entonces un nuevo período de peregrinación, hasta que, en 1541, halló refugio en el arzobispado de Salzburgo.
La personalidad de Paracelso, de ánimo exaltado y propenso a la charlatanería, hace difícil estimar su papel en el desarrollo de la ciencia y de la medicina. Pese a insistir en el valor de la experiencia por encima del respeto a las enseñanzas tradicionales, sus teorías están fundadas en la antigua idea de una correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos. Su medicina está construida sobre cuatro columnas, que son la filosofía, la astrología, la alquimia y la virtud. Con todo, parece haber influido sobre el pensamiento de su tiempo al proporcionar a la alquimia una nueva orientación hacia la preparación de productos medicinales. Su insistencia en la necesidad de utilizar compuestos puros en lugar de mezclas indeterminadas preparó el camino a la idea de composición elemental de los productos químicos.
Thursday, 17. November 2005, 16:25:41
Capítulo Paracelso y la medicina espagírica en La Alquimia de Lucien Gerardin:
El espectro de la Muerte negra
La Edad Media conoció grandes epidemias; la más espantosa fue la Muerte negra, tipo de peste que se manifestaba por la aparición de manchas oscuras en el cuerpo. Estas manchas eran originadas por numerosas y pequeñas hemorragias internas. Partiendo de Asia, tradicional lugar de origen de la peste, en el año 1333 la Muerte negra provocó veinticinco millones de muertes, antes de invadir Europa por el sur de Rusia. En 1342 causa estragos en Constantinopla; devastó Roma en 1348 y luego se extendió por todas partes. Según el cronista Froissard, “murió la tercera parte del mundo”. Se calcula que causó tantas víctimas en Europa como en Asia, es decir veinticinco millones.(1) La peste invadió periódicamente Europa durante todo el Renacimiento: entre 1528 y 1533 asola Italia y Francia; vuelve a París en 1544 y de nuevo en 1568, 1580, 1606 y 1607, diezmando la población.
(1) H. Brabant: Médecins, malades et maladies de la Renaissance (Bruselas, 1966).
Comparadas con la espantosa peste, las otras enfermedades parecen anodinas, incluso la lepra y la sífilis, esa “alta y poderosa señora” que, se decía, Cristóbal Colón trajo de las Américas. Los moralizadores pueden afirmar que es el justo castigo que recibieron los conquistadores españoles. Sin embargo, la realidad resulta muy distinta: la rápida expansión de la enfermedad coincide con la expedición que, en 1494-1495, el rey de Francia, Carlos VIII, llevó a Italia: “Hubo varios caballeros que no trajeron nada bueno de Nápoles. Algunos trajeron algo que sufrieron toda su vida: una especie de enfermedad que tuvo varios nombres; unos la llamaban mal de Nápoles, gran viruela, y otros mal francés.”(2)
(2) Vie de Bayard, del Fiel Servidor.
En aquella época los médicos creían en la astrología: el equilibrio de los cuerpos sublunares dependía de las influencias celestes y era necesario calcular estas influencias antes de pensar en restablecer la armonía perturbada y curar al enfermo. Algunos afirmaban que la conjunción de Júpiter y Saturno, el 25 de marzo de 1484, bajo el signo de Escorpión (domicilio de Marte), era la causa directa de la epidemia de sífilis, puesto que este signo gobierna los órganos genitales. La influencia maléfica del siniestro Saturno y del terrible Marte había derrotado al buen Júpiter. Además, afirmaban que un eclipse de sol que tuvo lugar un año más tarde, el 26 de marzo de 1485, contribuyó a complicar las cosas.(3)
(3) J. Grunpeck (astrólogo de Maximiliano de Austria) lo explica en su Tractatus de Pestilentia la Siorra sive Mala de Frantzos originem... (1496).
Frente a estas enfermedades, la medicina medieval se mostraba prácticamente impotente. Al igual que la física y la alquimia, aún era un conocimiento esencialmente a priori, basado en la teoría de los Cuatro Humores, inventada por Hipócrates, e inspirado en la teoría de los Cuatro Elementos. El empírico, el hombre secreto y el hechicero observaban los fenómenos naturales, pero el verdadero médico no se dignaba perder el tiempo de esa forma, pues tenía cosas más importantes que hacer: calcular el desequilibrio de los humores y restablecer la armonía en la complexión del enfermo.
Por evidentes motivos de simpatía y antipatía los remedios de origen mineral eran inconcebibles, pues lo vivo sólo podía ser curado por lo vivo. La carne de víbora mezclada con más de un centenar de plantas proporcionaba la célebre triaca, cuya preparación llevaba meses. Como se ha señalado a menudo, la medicina es una ciencia esencialmente conservadora, hecho que aún hoy podemos constatar: la mayoría de los remedios son químicos, siguiendo las prescripciones de las teorías materialistas del siglo XIX, ya superadas. Sin embargo, el espíritu innovador del Renacimiento afectó a la medicina tal como había afectado a otros campos del conocimiento. En 1500, G. Brunschwygk había propuesto la utilización de los destilados minerales como remedios, pero su idea pasó desapercibida, contrariamente a lo sucedido con Paracelso.
Una formación excepcional
Las informaciones dignas de fe sobre la vida de Paracelso son escasas comparadas con la cantidad de volúmenes consagrados a este misterioso personaje. Su nombre, Paracelso, se presta a discusión; su padre, hijo natural de un caballero de San Juan, le dio el apellido Bombast d’Hohenheim; usaba el nombre Teofrasto, pero también se hacía llamar Felipe; al parecer, Paracelso era un sobrenombre, quizá la latinización de Hohenheim; no sabemos si él mismo utilizaba el nombre Teofrasto, pero es indiscutible que sus contemporáneos lo usaron.(4)
(4) Citamos dos de los mejores volúmenes que pueden conseguirse en francés, W. Pagel: Paracelse, introduction à la médecine philosophique de la Renaissance (París, 1963) y O. Bechtel: Paracelse et la naissance de la médecine alchimique (París, C.A.L., 1970).
Paracelso nació en 1494 en la Suiza alemana. Desde su más tierna infancia se familiarizó con las ideas alquímicas sobre los metales que viven y se transmutan en las minas. En su Gran Cirugía, señala: “Desde mi juventud, deseoso de aprender, he estudiado diligentemente con maestros excelentes, muy versados en la filosofía más secreta. Mis maestros han sido, en primer lugar, mi padre, que se preocupó mucho por mí, y varios más que me enseñaron fielmente, sin ocultar nada. Me han ayudado también los escritos de grandes personajes, cuya lectura he aprovechado: Scheyt, obispo de Sergach; Ehrardt de Lavanthal; Nicolás, obispo de Bona; Mathieu Schacht, obispo de Freyssingen; el abad Spanheim y otros grandes alquimistas.” (5)
(5) Trad. de Dariot (Lyon, 1589, p. 246).
Su padre aceptó, en 1502, la dirección de la Escuela de minas de Villach, en Carintia. El obispo de Lavanthal fue alquimista de los Fugger, banqueros de Ausburgo que poseían las minas de plomo argentífero de Villach, donde enseñaba el padre de Paracelso. La mención de un padre Spanheim hizo que algunos(6) supusieran que se trataba de J. Tritheim (1462-1515), célebre teólogo, abad de Spanheim. La realidad es más simple: el padre Spanheim que Paracelso conoció era prior del monasterio de San Pablo, situado cerca de Villach.
(6) En particular el doctor R. Allendy que, en su Paracelse, le Médecin maudit (París, 1937), imagina (pp. 26 a 34) los estudios de Paracelso en casa del padre Tritheim como si hubiese sido un testigo ocular.
Así, la educación de Paracelso fue muy esmerada; no se trataba de un autodidacta como Bernard Palissy. Escribió en alemán por gusto personal, pues sabía latín perfectamente. Paracelso tuvo la suerte inestimable de recibir, a la vez, la cultura clásica teórica y la enseñanza experimental práctica. La Escuela de minas dirigida por su padre formaba ingenieros y técnicos; los alumnos hacían prácticas, manipulaban los crisoles en el laboratorio y respiraban los humos. La enorme originalidad de Paracelso se explica por esta formación excepcional, tan distinta a la de las agonizantes universidades medievales.
Sin embargo, ¿se inscribió en alguna de esas universidades para recibir el título de médico? ¿En la de Verona? ¿En la de Ferrara? Él mismo se atribuye el calificativo de Doctor in utraque medicina, título que otorgaban las escuelas de Italia del Norte. No obstante, en ningún archivo figura el lugar donde recibió el título académico. Más tarde viaja. Siempre viajó mucho, sin permanecer largo tiempo en el mismo sitio. En 1515 le encontramos de nuevo en Schwaz, en el Tirol, trabajando en las minas y descubriendo las propiedades medicinales del bismuto.
La guerra había estallado en Europa y Paracelso se hizo médico militar, recorriendo “España, Portugal, Inglaterra, Bielorusia, Lituania, Polonia, Panonia, Valaquia, Transilvania, Croacia e Iliria”.(7) Cura heridos en todas partes y perfecciona sus conocimientos médicos. En 1525 abandona el servicio de la República de Venecia: su reputación de médico que realiza curaciones excepcionales ya se ha difundido por toda Europa.
(7) Prefacio de la Gran Cirugía.
Ese genial borracho errante
En 1527, Paracelso asiste y cura al editor Froben, a quien los médicos universitarios querían cortar una pierna. Este encuentro fue una suerte excepcional para el enfermo y para el cirujano errante. Froben apoyaba el movimiento humanista de Basilea y, agradecido, él y sus amigos hicieron que Paracelso fuera nombrado médico municipal de la ciudad, cargo que ofrecía una curiosa particularidad: su titular, sin depender de la Universidad, tenía derecho a enseñar en ella. Paracelso se convierte rápidamente en un motivo de escándalo: enseña en idioma alemán en lugar de hacerlo en latín y critica enérgicamente a sus colegas: “Vocingleros, desarrapados lúbricos, médicos cojos, ignorantes, lameculos, impostores, útiles para lisiar, idiotas, cabras, médicos de madera...”(8) En otra ocasión, en medio de un desorden estudiantil, echa a la hoguera el Canon de la medicina de Avicena, base sacrosanta de la enseñanza académica.
(8) Paragranum; trad. francesa en “Oeuvres médicales de Paracelse” (París, 1968).
Pero las nubes se acumulan en el horizonte. Froben muere repentinamente y algunas almas piadosas insinúan que los remedios de Paracelso tienen algo que ver con ello. Un canónigo influyente se niega a pagar sus servicios y lo lleva ante la justicia. Paracelso se deja llevar por la ira e insulta a sus jueces; la consecuencia de ello es que tiene que huir de noche, abandonando todo, al cabo de diez meses de estancia en Basilea. Así recomienza su vida errante: Colmar, en Alsacia; Esslingen, al borde del Neckar; Nuremberg; San Gall; Appenzel. En todas partes trabaja, anota sus observaciones y publica sus ideas.
Johann van der Lupnick, gran mariscal de Bohemia, solicita sus servicios y el emperador Fernando de Austria le recibe suntuosamente. Siente nostalgia y quiere ver de nuevo su Villach; no tarda en volver a Carintia. El príncipe arzobispo de Salzburgo invita a un Paracelso desgastado por la vida errante; muere en esta ciudad, en el albergue del “Caballo Blanco”, el 24 de septiembre de 1541, dejando simplemente “una Biblia, los Evangelios con un comentario de san Gerónimo y un libro de medicina”, según precisa el inventario realizado por el notario Johann Kalbsorn y, naturalmente, obras manuscritas desperdigadas por toda Europa.
Un testimonio de primera mano nos habla del hombre Paracelso: se trata de una carta dirigida por Oporin (1507-1568) a Juan Wier, en 1555. Oporin era un alumno particularmente apreciado por el maestro, pero se mostró incapaz de comprender a ese genio y se sorprendió ante sus extravagancias: “Durante todo el tiempo que viví con Paracelso, nunca se desvistió para acostarse. En general, regresaba totalmente borracho a altas horas de la noche. Se dirigía entonces a su cama y se acostaba, totalmente vestido, con la espada al lado, espada que se jactaba de haber recibido de un verdugo. Solía levantarse bruscamente a medianoche y se precipitaba con la espada desenvainada en la mano, dando repetidos golpes en las paredes y el suelo de la habitación; reconozco que, más de una vez, cuando se encontraba en este estado, temí que me cortara la cabeza.” Oporin insiste con respecto a su alcoholismo, señalando: “Para divertirse, se acercaba a las mesas donde había campesinos y desafiaba a los bebedores más intrépidos a medirse con él. Cuando estaba borracho, introducía un dedo en su garganta para deshacerse de la excesiva cantidad de vino que sobrecargaba su estómago y, a continuación, empezaba de nuevo.” El redactor de la carta se ve obligado a reconocer honestamente que su maestro, “al volver a casa tenía la costumbre, aunque estuviera completamente borracho, de dictarme parte de su filosofía. Sus ideas seguían una lógica tal que parecía que el hombre más sobrio no podría haberlo hecho mejor”.
De su educación práctica, Paracelso había conservado la costumbre “de experimentar sin cesar; en su laboratorio siempre había algún preparado sobre el fuego: algún álcali, un sublimado de aceite o de arsénico, azafrán de hierro o su maravilloso Opodeldoch. Una vez acerqué demasiado la nariz y los vapores venenosos llenaron mi boca y mis narices, sofocándome hasta tal punto que tuve un síncope; para reanimarme, tuvieron que mojarme abundantemente con agua fría”.
Seguramente Oporin respiró éter, narcótico que Paracelso sabía preparar “impregnando el alcohol de ácido sulfúrico y destilándolo a continuación”.(9) Debemos agregar a sus logros este importante descubrimiento químico y médico.
(9) Paracelso llama al éter Azufre blando o Espíritu suave de vitriolo.
Cuatro columnas para el arte
La obra de Paracelso es considerable. Probablemente se han colado algunos apócrifos. Lo más razonable es limitarse a las obras principales, sobre las que no cabe ninguna duda: los Nueve Libros de la Archidoxe (es decir de la suprema sabiduría), escritos en Basilea; el Liber Paragranum (1530) y la Opus Puramirum (1531), sus dos obras más importantes; finalmente la Filosofía de los Atenienses, cuya fecha de redacción es incierta, además de los libros específicamente médicos.(10) Fiel heredero de todo el pensamiento medieval, Paracelso siente profundamente la unidad fundamental del mundo: “El universo es uno y su origen no puede ser más que la Unidad eterna. Es un vasto organismo en el que las cosas naturales armonizan y simpatizan recíprocamente. Así es el Macrocosmo (nosotros diríamos Universo). Cualquier cosa es el producto de un esfuerzo de creación universal única. El Macrocosmo y el Microcosmo (hoy diríamos el Universo y el Hombre) forman una unidad; no forman más que una constelación, una influencia, un aliento, una armonía, un tiempo, un metal, un fruto”, declara sin ambages el Primer libro de la Filosofía de los Atenienses. Teofrasto no fue un especialista, aunque fundó realmente la química médica y fue el primero en utilizar ampliamente los remedios extraídos del reino mineral. Tenía una concepción muy amplia de su arte.
(10) B. Huser editó estas obras en alemán (Basilea, 1589). K. Sudhoff comenzó la edición de una crítica moderna (Munich y Berlín, 1922 a 1931, 14 vol.) que fue terminada por K. Goldhammer (Wiesbaden, 1955, 1961, 4 vol.). Las traducciones francesas son muy fragmentarías: Grillor de Givry: Traité des Trois Essences Premieres (París, 1903); doctor M. Haven: Les Sept Livres de l’Archidoxe magique (París, 1909); J. Weber-Marshall: Le Prognostic (París, 1948); B. Corceix: Oeuvres médicales choisies (París, 1968).
En el Liber Paragranum, abre su corazón y revela su pensamiento profundo; en el prefacio se expresa con una virulencia extrema en contra de los pontífices de la medicina tradicional, “banda mal concebida de asnos confirmados”.
El Paragranum explica que el arte de la medicina reposa sobre cuatro columnas. En primer lugar, la filosofía natural: hay que conocer a fondo la Naturaleza (el Macrocosmo) si se quiere comprender y, por lo tanto, curar al hombre (el Microcosmo): “El filósofo no descubre en el cielo ni sobre la tierra nada que no encuentre en el hombre, y el médico no descubre en el hombre más que lo que el cielo y la tierra contienen.”
La segunda columna es la astronomía, que estudia las relaciones entre los cuerpos celestes y los seres sublunares. Hoy hablaríamos de astrología, no la de los charlatanes constructores de horóscopos cuyas irrisorias pretensiones rechaza el brillante médico sino de la astrología filosófica que explica “el doble cielo, uno encima de nosotros y otro en cada cuerpo. Estos cielos están ligados entre sí por concordancia mutua y no por dependencia unilateral”.(11)
(11) De Ente astrali, en “Liber Paramirum”.
La alquimia forma la tercera columna. Paracelso admitía, evidentemente, la posibilidad de las transmutaciones en oro: “Se trata de un gran misterio natural. Que esta tarea sea difícil, que exija un trabajo enorme y que el camino a recorrer para lograrlo esté lleno de obstáculos no quiere decir que esta operación sea contraria a la naturaleza o que vaya en contra de los designios divinos, como afirman falsamente algunos. Los cinco metales imperfectos”, es decir cobre, estaño, plomo, hierro y mercurio, “no pueden ser transmutados en metales más nobles, puros y perfectos”, en otros términos en oro y plata, “sin una tintura apropiada o sin la piedra filosofal”.(12) Pero Paracelso no reduce la alquimia a la transmutación en oro.
(12) Nueve libros De la Naturaleza de las Cosas (escritos hacia 1540).
En pleno acuerdo con los alquimistas griegos y los grandes escolásticos, en el Paragranum afirma que “la Naturaleza no produce nada que no esté totalmente adaptado a su fin; el hombre produce la perfección final, y ese perfeccionamiento se llama alquimia. El alquimista es como el panadero que cuece el pan, el viñador que prensa la uva y fabrica el vino o el tejedor que teje lino y paño. Cuando la Naturaleza ha preparado algo que puede ser útil al hombre, el alquimista termina la preparación y la deja lista para servir”. Y agrega: “La preparación de los remedios es el gran secreto y el fin principal. En efecto, cuando se dominan la filosofía y la astronomía [léase astrología], es necesario saber aplicar todos estos conocimientos [...]. La alquimia es el procedimiento con el que se preparan los remedios, en concordancia con los astros. El verdadero objetivo de la alquimia es preparar los arcanos [los remedios].”
Durante toda su vida denunció insistentemente la falta de eficacia de los electuarios medievales y la unión interesada entre médicos y boticarios. El verdadero médico debe practicar la virtud, cuarta columna del Arte. Conciencia profesional, sin duda, pero también fe en Dios, pues toda curación es una gracia divina. Virtud del enfermo, además: el paciente debe tener la voluntad de curarse y confiar en la bondad divina. Y virtud del remedio, que Dios le ha ofrecido con toda Su bondad.
Arqueo, Iliaster, Astrum
Paracelso no fue verdaderamente católico ni francamente protestante, aunque se mostró profundamente cristiano. Recordemos sus libros de cabecera: la Biblia y el Nuevo Testamento. Si bien criticó duramente a los prelados romanos y a los reformadores, nunca abandonó la Iglesia de Cristo y su sistema de pensamiento está impregnado de dogmas de unidad divina, Trinidad y pecado original.
Al principio del proceso cosmogónico, todas las cosas existían en estado indiferenciado en la Materia Primera, el Mysterium magnum cuya organización posterior es el resultado de un poder estructurante general y de virtudes específicas capaces de separar lo individual de lo general. Paracelso utiliza los nombres Iliaster y de Arqueo para designar este proceso. La separación en el seno de la Materia Primera equivale a una decadencia. Los seres creados inician una lucha egoísta para afirmar su existencia individual. El Cagastrum es este proceso nefasto de disgregación y decadencia que se perpetúa a través de las generaciones siguientes de todas las cosas. Cada generación presupone semillas y también influencias favorables. El Astrum o, mejor dicho, los Astra, animan esas semillas adormecidas y la vida surge del seno de la putrefacción.
Sin duda, a Teofrasto le gustaba inventar palabras nuevas: lliaster, Cagastrum y tantas otras, rompiendo así con el pasado. Sin embargo, a menudo olvida que los sabios tropiezan con la pobreza de las lenguas vulgares, incluso la del latín, que resultaba muy insuficiente. Lucien Febvre,(13) al estudiar esta época, señala la ausencia de una serie de palabras: absoluto, relativo, concreto, causalidad, complejo, criterio, intrínseco, deducción, inducción y muchas más sin olvidar, naturalmente, todas las palabras científicas: lupa, motor, termómetro, etc.
(13) L. Febvre: Le problème de l’incroyance au XVI siècle (París, 1968).
Nos encontramos, pues, con grandes dificultades para interpretar en lenguaje moderno el pensamiento de estas épocas pasadas. Cuando Paracelso escribe: “El Alquimista habita en el ventrículo”,(14) ¿qué quiere decir? Dios, que ha dado a cada cosa lo bueno y lo malo, deja que el alquimista –hoy diríamos el principio de separación– escoja. El ventrículo entonces no designaba una parte del corazón, sino, de forma general, tanto la boca como el estómago. ¿No nos habla en ese caso de digestión, con alquimistas que trabajan para asimilar los elementos por digestión en el estómago y luego en los intestinos? ¡Cuán difícil resulta la interpretación para no traicionar las palabras imperfectas que se ven obligados a utilizar los filósofos del siglo XVI!
(14) En De Ente Veneni.
El tercer principio
Dios vive en la Trinidad. En virtud de la gran ley de analogía, el hombre también se muestra triple: alma, espíritu y cuerpo, todo ello en perfecta concordancia con la teoría platónica: ¿la Trinidad cristiana no es acaso hija directa de las ideas del hombre de las anchas espaldas? Aspecto éste que algunos apologistas cristianos han intentado explicar afirmando que Platón había leído las obras de Moisés.(15)
(15) Como san Justino en el siglo II de nuestra era, en “Apología”, 60, 5.
Este análisis trinitario sorprende al hombre del siglo XX. Como máximo, reconoce un alma inmaterial y un cuerpo material, lo cual sorprendería profundamente a Paracelso y a todos los que le habían precedido, pues para ellos era indispensable un mediador para asegurar la coherencia entre alma y cuerpo. El espíritu aparecía como semimaterial y semiespiritual o, de forma más precisa, como una materia más sutil que el cuerpo y menos sutil que el alma. La Iglesia fiel, guardiana de la tradición, conserva esta idea con la creencia en el cuerpo glorioso que revestirán las almas después de la resurrección de los muertos y el retorno triunfal de Cristo, a pesar de que estos viejos dogmas ya no tengan ningún sentido para nuestros modernos católicos.
Dado que la divinidad es triple, dado que el pequeño mundo del hombre es triple también, la analogía y las correspondencias exigen que el gran mundo del Universo se analice también según este esquema; Paracelso toma de la Alquimia tradicional los nombres de los principios Azufre y Mercurio y añade el principio Sal. El médico reformador criticó la clásica teoría de los Cuatro Elementos. Como de costumbre, empieza vertiendo insultos y llama a Aristóteles “ilusionista artificioso que se ha extraviado, ignorante sumergido en las tinieblas debido a las constelaciones desfavorables que predominaban en su tiempo”.(16) La experiencia, para Paracelso la experienta, es una revelación que relaciona el espíritu del hombre con los Astra que gobiernan las generaciones de todas las cosas; la experiencia demuestra claramente qué son los tres principios.
(16) Das Buch der Gebürung der empfind fichen Dingen in der Vernunft (El libro del origen de las cosas sensibles en la razón).
Cualquier cuerpo natural, y no sólo cualquier metal, oculta algo que le hace ser más o menos combustible, que le da cuerpo, sustancia y estructura: el Azufre. La fluidez y la capacidad de evaporarse, la fuerza y la potencia, son el resultado del principio Mercurio. El principio Sal solidifica, da color e incorruptibilidad. Cuando se arranca la envoltura basta de los mixtos, sometiéndolos a ese agente todopoderoso que es el fuego, se ponen de manifiesto estos principios invisibles. Al arder la madera, por ejemplo, da Azufre (la llama), Mercurio (el humo) y Sal (las cenizas infusibles). Para Paracelso, como para todos sus predecesores, no hay un único Azufre, Mercurio o Sal sino que cada objeto contiene principios específicos más o menos puros, más o menos bastos. La interpretación relativamente concreta que da de los principios se separa cada vez más de la metafísica aristotélica y favorece el nacimiento ya cercano de la química propiamente dicha.
Dado que la especificidad de un cuerpo natural resulta de los tres principios, éstos son anteriores a los Cuatro Elementos: afirmación que constituye una importante innovación en relación con la teoría alquímica clásica. Paracelso cree, por otro lado, que en todo mixto hay un elemento privilegiado que él compara, relativamente, con la quintaesencia de Llull y de Rupescissa. Separando las quintaesencias y exaltando su virtud, el médico alquimista preparó remedios tan eficaces como, por ejemplo, la tintura de yodo, que empleaba para aliviar a los enfermos.
Plagiado y calumniado
La búsqueda de las anterioridades es un pasatiempo apasionante. Demostrando que tal sabio famoso habría podido tomar sus ideas de alguien, los críticos quisquillosos se felicitan y creen rebajar a aquéllos cuya obra destruyen. El objetivo final es demostrar que las ideas fueron copiadas de algún ilustre desconocido.
Durante su vida, Paracelso había pisado a tantos que sus enemigos se encarnizaron con su memoria. Se afirmó, fundamentalmente, que la idea del principio Sal pertenecía a Basilio Valentín. Esta calumnia se hizo tan famosa que en el siglo XVIII el gran médico Boerhave (1668-1738) no dudaba en declarar que él “se atrevía a llamarle [a Basilio Valentín] maestro de todos los químicos de hoy y de todas las doctrinas de Paracelso y de Van Helmont [discípulo de Paracelso]”.(17) Calumnia, en efecto, pues parece que el pseudo Basilio Valentín no es más que un artilugio montado por algunos envidiosos adversarios de Paracelso que intentaron, por odio, manchar la integridad intelectual del gran médico.
(17) Institutiones et Experimenta Chemiae (París, 1724, p. 25).
En 1603 y 1604, el consejero Juan Tholden publicó, en Leipzig, obras atribuidas a un tal Basilio Valentín: El Carro triunfal del Antimonio, El Tratado de las Cosas naturales y sobrenaturales, La Revelación de los Misterios de las Tinturas esenciales de los siete metales. El nombre de este alquimista era, hasta entonces, totalmente desconocido, no habiéndose hallado en las bibliotecas ningún manuscrito anterior a las ediciones impresas. Naturalmente, la cuestión no acabó allí y, como en el caso de Nicolás Flamel, la supuesta obra de Basilio aumentó: las Doce Llaves de filosofía,(18) el Tratado de las Sales y muchos otros.
(18) E. Canseliet ha traducido este tratado al francés moderno (París, 1956).
La leyenda se perfeccionó aún más. Jean Gudenius afirma que se trata de un monje de Erfurt que vivió en 1413.(19) Resulta arriesgado dar demasiados detalles y ningún erudito ha encontrado alguna mención a este Basilio Valentín en los archivos del monasterio en cuestión. Es más sensato creer lo que dice el alquimista Sendivogius que, a propósito del Carro Triunfal del Antimonio, señala: “Como dice este gran filósofo nativo de Alsacia superior, nuestro compatriota alemán Basilio Valentín vivía en mi patria, hace aproximadamente cincuenta años”,(20) es decir hacia 1550, después de Paracelso.
(19) Histoire d’Erfurt (Erfurt, 1675, p. 129).
(20) Traité du Sel (París, 1969, p. 9).
Los escritos de Basilio Valentín tienen algún valor, puesto que reproducen ciertas ideas de Paracelso, pero es inútil detenerse en el pseudo monje; es mejor estudiar directamente a su inspirador, que acababa de pasar una de las últimas páginas de la visión alquímica del mundo con la invención de la Sal y la afirmación de que los tres principios precedían a los Cuatro Elementos.
Vitriolo de oro potable
¿Cómo aplicaba Paracelso sus ideas en la práctica? ¿Cómo preparaba, de forma alquímica, sus remedios minerales? Se muestra muy discreto sobre este tema. Si hubiese divulgado sus habilidades técnicas, su prestigio habría disminuido, pues hubiera dado a todos los elementos para realizar curaciones maravillosas. Su tratado de juventud de los Nueve Libros de los Archidoxes revela que la preparación de los magisterios y arcanos siempre exige mucho tiempo. “Las hierbas deben ser maceradas y fermentadas en alcohol durante un mes. Destílalas a continuación al baño María, añade de nuevo y empieza nuevamente como antes, hasta que la cantidad de alcohol se vea reducida a una cuarta parte del jugo de las plantas. Destila nuevamente el producto al baño María, durante un mes, añade plantas, luego rectifica y así poseerás el magisterio de la hierba tratada.”
En el caso de los metales, Paracelso reemplaza el aguardiente por lo que él llama “circulado”. ¿Qué era? Sin duda una mezcla muy ácida. Eso suponemos, fundamentalmente porque los discípulos se mostraron menos discretos que el maestro sobre la cuestión. En su Tratado de las Sales, el pseudo Basilio Valentín describe la preparación del vitriolo de oro. Al destilar una mezcla de salitre, sal marina y piedras molidas, se fabrica un líquido ácido capaz de disolver oro en polvo fino. El cloruro de oro, así obtenido, es precipitado por el aceite de tártaro (carbonato de potasio). Las operaciones se repiten múltiples veces hasta que se obtenga “un hermoso polvo de color anaranjado como la grana que se disuelve rápidamente en vinagre, rojo como la sangre”.(21)
(21) Trad. francesa en el manuscrito francés 19982, f.º 24, 25 (B. N. de París).
El oro fulminante, compuesto químico complejo bastante mal definido,(*) explota en contacto con el calor. Basilio Valentín enseña a disolver este oro fulminante en vinagre de miel para preparar el vitriolo de oro potable. El disolvente utilizado en las primeras operaciones es una mezcla de ácido clorhídrico y de ácido nítrico (agua regia). Para ser más activa, esta mezcla ácida debía ser destilada múltiples veces, profusamente, en otras palabras, “circulada”.
(*) Parece referirse al fulminato de oro, que se prepara por la acción del ácido nítrico sobre el alcohol en presencia de nitrato de oro. Es muy peligroso y debe conservarse bajo agua. (N. del Editor.)
Así preparada, la sal de oro “apacigua todos los accidentes, provengan de donde provengan. Fortalece el corazón y renueva la sangre, alegra y aparta la melancolía, da buena memoria, fortalece el cerebro y todos los miembros”. ¡Una verdadera panacea! El oro coloidal de la farmacopea moderna tiene menos virtudes: la industria farmacéutica no tiene paciencia para proceder con lentitud y repetir decenas de veces los mismos procesos. ¡Eficacia y rendimiento antes que nada!
El «homonculus» y el «cloning»
Bacon había propuesto la idea de la medicina alquímica universal capaz de prolongar la vida del adepto hasta hacerle sobrepasar los mil años. Pero la imaginación del Doctor Admirable no va más lejos que la de Paracelso: uno de los mayores prodigios de la alquimia es la producción artificial de un ser humano, fermentando esperma: el homonculus que nace se parece a un hombre pequeñito.
Veamos cómo hay que proceder: “Encerrad en un alambique, durante cuarenta días, licor espermático de hombre; que fermente hasta que comience a vivir y a moverse, hecho fácil de reconocer. Después de este tiempo, surgirá una forma parecida a la de un hombre, pero transparente y casi sin sustancia. Si después de esto se le alimenta todos los días, prudente y cuidadosamente, con sangre humana, y se le conserva durante cuarenta semanas con un calor constante igual al del vientre de un caballo, este joven producto se convierte en un verdadero niño viviente, con todos sus miembros, como el que nace de mujer, aunque mucho más pequeño. Hay que criarle con mucha diligencia y cuidados hasta que crezca y empiece a manifestar su inteligencia. Este es uno de los grandes secretos que Dios ha revelado al hombre mortal y pecador”. El médico alquimista añade: “Nacidos por el arte, llevan el arte dentro y no hay nada que enseñarles. Se les llama hijos de los sátiros y de las ninfas porque su género les eleva por encima de los hombres y les acerca a los espíritus”.(22)
(22) De Natura Rerum, vol. 2, lib. 1.
Los contemporáneos proscribieron estas ideas considerándolas blasfemias y los positivistas del siglo XIX se burlaron de ellas. ¿Cómo era posible producir artificialmente un hombre? Hoy nos reímos menos; los progresos de lo que se ha dado en llamar engineering genético resultan verdaderamente estremecedores.
Hace tiempo que se ha conseguido fecundar una célula sexual femenina y desarrollarla hasta producir animales vivientes, siempre hembras, ya que ningún macho puede nacer por partenogénesis.
Pero esto no es nada.
Actualmente se ha logrado tomar una célula viva cualquiera y, a partir de sus ácidos nucleicos, repetir el proceso de multiplicación de las células: así se obtienen, por cloning (ésta es la palabra), seres rigurosamente idénticos al que ha proporcionado la célula inicial. Mañana se conseguirá extender el proceso de cloning al hombre y veremos unos seres que serán, a la vez, nuestros hijos y nuestros hermanos gemelos.
Pero esto no es todo.
En los laboratorios se ha comenzado a modificar la macromolécula de ácido nucleico donde se inscribe la herencia de un ser. Ya se está trabajando con células humanas.(23)
(23) D. Bouanchaud: Transplantation d'un gène, en “La Recherche” (enero de 1972, p. 76).
¿Hasta dónde se llegará?
Algunos suponen, en principio, que el hombre se ocupará de su propia evolución física. ¿Por qué no crear trabajadores con seis manos o seres adaptados a tal o cual función? ¿Nacerán los monstruos lunares de H. G. Wells en los tubos de ensayo de los científicos? Según Paracelso, la cuarta columna del Arte es la integridad de los médicos. ¿Qué decir de la responsabilidad que contraen aquellos que se dedican a estos estremecedores ensayos genéticos?
¿Acaso la integridad del científico es ahora más indispensable que en el siglo XVI?
Thursday, 17. November 2005, 16:58:10
Capítulo en torno a Paracelso, La vida, proceso químico, de Reinhard Federmann en La Alquimia:
... Paracelso fue el primero en definir la vida del hombre como un proceso químico y en afirmar la necesidad de superar por procedimientos químicos los fallos en el desarrollo de este proceso, en los que veía la causa de las enfermedades. Todo aquel que hoy en día toma una pastilla o se deja poner una inyección, acepta, de hecho, esta idea del alquimista Paracelso...
La vida, proceso químico.
Por lo que se refiere a Paracelso como hombre, al lector le queda en cualquier caso la alternativa de considerarle como un ignorante megalómano o como una naturaleza prometeica. En realidad, es posible que fuera ambas cosas.
Cuando, a la edad de treinta y cuatro años, fue nombrado profesor de medicina de la universidad de Basilea, quemó públicamente las obras de Galeno y Avicena y dijo que en las correas de sus zapatos había más sabiduría que en aquellos libros. Paracelso no enseñó en latín, que no dominaba lo suficiente, sino en alemán, cosa inaudita entonces. Dijo al Consejo de la ciudad y a sus alumnos que era totalmente innecesario perder el tiempo aprendiendo latín.
Un año más tarde pidió al Consejo de Basilea un sueldo como médico, cosa que no le fue concedida, y como después se dedicara a organizar escándalos, fue expulsado rápidamente de la ciudad. A partir de entonces vagó por Europa Central, generalmente sin dinero y con aspecto de pordiosero, y con toda seguridad, la mayoría de los intelectuales de su época no vieron en él nada de particular.
Paracelso define su postura con las palabras: «No seas criado de nadie, si puedes ser tu propio señor.» Una sentencia de carácter general que, no obstante, él concretó en una polémica contra sus rivales en medicina de forma tan brillante como lógica.
«Vosotros habéis puesto de manifiesto vuestra ignorancia, toda vez que no sabéis ni siquiera de qué muerte morirá Teofrasto, o a qué está destinado: no al fuego, no de acuerdo con vuestro deseo, no de acuerdo con vuestra ambición, sino que morirá de la muerte que él mismo eligió; así morirá Teofrasto, pues bienaventurados son aquellos que eligen su propia muerte.» (Fragmenta medica.)
Las circunstancias de su muerte, acaecida en 1541, en Salzburgo, demuestran que Paracelso cumplió su palabra. Parece ser que durante una francachela en la que se originó una disputa, recibió un golpe en la cabeza, falleciendo a consecuencias del mismo. Si es cierta esta noticia, quedan escasas dudas de que el mismo que durante toda su vida fue un gallo de pelea fuera quien provocó la riña. Más tarde fue exhumado su cuerpo y se advirtió una fisura en su cráneo, pero se dijo que aquello no constituía ninguna prueba de una muerte violenta, pues el cráneo pudo ser también dañado durante la exhumación.
Paracelso o Philippus Aureolus Theophrastus Paracelsus Bombastus von Hohenheim (no se sabe si él se hacia llamar efectivamente así, o si todos estos nombres le fueron asignados posteriormente, ya que él se llama a sí mismo Teofrasto), nació el año 1493 cerca de Einsiedeln, Suiza, como hijo de un médico y perito en metalurgia. En 1502 su padre marchó con la familia a Karnten en calidad de médico; más tarde, como ingeniero de minas, a Schwaz, en el Tirol. Paracelso aprendió de su padre. No es seguro que después estudiara en una universidad. En ocasiones se ha dicho que a los dieciséis años acudió a la universidad de Basilea, pero esto es más bien improbable y no sólo a causa de sus escasos conocimientos de latín. Su terca y monomaniática actitud responde a un autodidacta. En el prólogo del Spittalbuch dice textualmente:
«Crecí en jardines en los que sé podar los árboles, y no fui gloria pequeña de la alta escuela.»
Pero no dice dónde ocurrió esto; además, en otro pasaje se vanagloria de no haber mirado un solo libro durante los largos viajes que hizo entre los años 1515 y 1525 y, no obstante, regresó a Alemania como médico famoso. Puede pensarse que el padre de Paracelso proporcionó a su hijo todos los conocimientos necesarios para la profesión médica. En aquellos tiempos, las universidades se limitaban a la lectura de autores griegos y árabes. En ellas no se enseñaba anatomía. En 1569 la universidad de Heidelberg consiguió el primer esqueleto humano por el importe de cincuenta guineas. No obstante, más de trescientos años antes, Mondini de Luzzi, médico particular del emperador Federico II, había realizado ya dos disecciones en público. En cualquier caso, como podemos ver, no fue la alquimia el único campo del saber en el que no se realizó progreso alguno durante siglos.
Las circunstancias que movieron a los médicos de tendencia conservadora a llevar a cabo una pertinaz campaña contra Paracelso, sus seguidores y continuadores fueron tres: por una parte, que no reconocía ninguna otra autoridad por encima de él que la naturaleza y, a lo sumo, la de Hipócrates; por otra, que utilizaba extraños remedios; así, por ejemplo, ya entonces trataba la sífilis con mercurio y prescribía preparados de mercurio y de antimonio para tratamiento interno, método que era tenido por evidente envenenamiento; por último, y ello es aún más grave, obtuvo efectivamente resultados favorables en los tratamientos.
A estos tres factores se debe que perdiera su cátedra en la universidad de Basilea y que tanto él como sus seguidores fueran considerados unos charlatanes durante siglos, cosa evidentemente injusta. Hoy en día no podemos enjuiciar si efectivamente los medicamentos de Paracelso curaban a los enfermos o eran todo obra de su fuerza sugestiva. De lo que no cabe duda es de que el método de Paracelso de buscar en el mundo mineral sustancias altamente curativas, hizo escuela desde entonces y encontró una amplia difusión y, por otra parte, poseer fuerza sugestiva no es ninguna vergüenza. Gustav Richard Heyer menciona en su libro Praktische Seelenheilkunde, publicado en Munich en 1935 y 1959, un «tipo de médicos» al que sin duda debió pertenecer Paracelso. Como dice Heyer, estos médicos son «criaturas extraordinariamente poco frecuentes, nobles y justas por naturaleza. Son médicos natos, no de oficio. Quiero creer que Kneip fue así (...) acaso se debieran buscar también aquí los éxitos de un Zeilei. En mi lengua particular, yo los llamo rectificadores de corriente natos. Esto quiere decir que uno no se debe llamar a engaño en cuanto a la irradiación de tales personas, de su campo y su atracción, y, en cualquier caso, no como antes. Un algo se orienta, se fija en ellos como en un electroimán o en un faro. Ellos constituyen "diapasones activos". Con frecuencia se les trata injustamente cuando sus teorías (que también las tienen) y sus métodos de trabajo son críticados sin tener en cuenta este mágico y efectivo núcleo vital. Y carecerá totalmente de sentido que un tercero, admirado ante los éxitos que obtienen tales seres, pretenda imitar sus métodos sin ser como ellos.»
Lo realmente nuevo en los métodos curativos del médico al que sus enemigos no sólo definían como vagabundo, sino también como hereje, era que él, siguiendo estrictamente el método alquimista, probaba el efecto curativo de todas las materias suministradas por la naturaleza y ello de acuerdo con un sistema elaborado por él, dentro de la línea de Geber y Avicena. Como dice su Fragmenta medica, el objeto de la alquimia (y alquimia es para Paracelso el equivalente de química) no es transformar metales innobles en plata u oro, sino crear un remedio contra todas las enfermedades. «Muchos han hablado de la alquimia –dice Paracelso–, y afirman que con su ayuda se puede fabricar plata y oro. Pero para nosotros no es esto lo más importante. Lo importante es únicamente fabricar remedios que, efectivamente, curen (...), sí, esto es lo importante; fabricar arcanos y emplearlos contra las enfermedades.»
Según Paracelso, los cuatro elementos aristotélicos son básicos en todas las cosas. Al igual que Geber, combinó éstos con los tres principios sulfuro, mercurio y sal. El principio del sulfuro define lo que es mutable mediante el fuego; el principio del mercurio, todo lo efímero, que no cambia mediante el calor, y el principio de la sal, todo lo que no cambia mediante el fuego.
También las ideas de Paracelso sobre la alquimia, en sentido riguroso, se contradicen. Lo que dijo sobre la posibilidad de la transmutación dio nuevos ánimos a los alquimistas en los siglos subsiguientes. Por lo que parece, no hizo nada para salir al paso de su fama de alquimista y fabricante de oro. En vida de Paracelso, este rumor no encontró mucho eco, pues, como es sabido, con frecuencia carecía de dinero y sus enemigos respondían a la afirmación de que Paracelso era capaz de fabricar oro, diciendo que vivía como un auténtico vagabundo. A lo que él respondía: «¿Cómo puedo ser yo señor de una situación, de la que me es imposible ser señor, y qué puedo yo tomar o dar a la Providencia?»
En la enciclopedia de Jöcher, publicada en Leipzig el año 1773, se dice, sin embargo, textualmente:
«Parece ser que a la edad de veintiocho años obtuvo la llamada piedra filosofal y que sabía fabricar oro; por lo que derrochaba tanto dinero que con frecuencia no tenía ni un cuarto, aun cuando por la mañana tenía el bolsillo lleno de dinero (...). Se dice que estaba aliado con el demonio.»
Y el propio Paracelso dice en su tratado Coelum Philosophorum sirve liver vexafionum (literalmente, El Cielo de los filósofos o el libro de las vejaciones), concretamente en el capítulo titulado «Materias e instrumentos que se requieren en la alquimia».
«Dios ha dado a determinadas personas especial talento para trabajar minerales y metales; estas personas conocen un método sencillo para hacer oro y plata, sin que haya necesidad de instalar fundiciones y elaborar el mineral.»
Paracelso da incluso la receta de la transmutación, pero, al igual que todos los adeptos, la formula de modo confuso y considera necesario fundamentar concretamente su postura con estas palabras:
«Dios ha dispuesto, y yo así lo creo, que no todos deban ser ricos, pues Dios sabe muy bien por qué no dejó que creciera demasiado la cola de la cabra. Es cierto que se podría ayudar a muchos con pocas palabras, pero como quiera que la riqueza corrompe al pobre, le roba la humildad y la castidad, le hace falso y temerario y le convierte en una afilada tijera, por ello es mejor guardar silencio y dejar que siga siendo pobre.»
La Reforma y las guerras de los campesinos, contra las que se pronunció el propio Lutero, parece ser que impidieron la publicación de la receta alquimista; en otro pasaje, Paracelso afirma categóricamente que es totalmente factible hacer oro y plata de plomo, mercurio y zinc.
«El método es tan sencillo –dice–, que no es ni siquiera necesario escribir un libro o hablar mucho sobre ello.»
En su obra De signatura rerum naturalium, Paracelso da incluso una descripción de la piedra. Según esta descripción, la piedra es pesada y de un vivo color rojo, pero al mismo tiempo transparente como el cristal, maleable como la resina y, no obstante, frágil como el vidrio. Si se la pulveriza se hace amarilla como el azafrán.
La leyenda pretende que Paracelso aprendió el arte de la alquimia durante uno de sus viajes a Constantinopla, de boca de Salomón Trismosin, un mago nacido hacia 1490 en Alemania. Trismosin es autor de una obra titulada Aureum vellus, que fue publicada en Rorschach y Basilea en los años 1598 y 1604, bajo el título de Guldene Vliess. Se trata de un compendio de obras, de las cuales sólo la primera pertenece a Trismosin. El autor explica en ella haber encontrado la piedra filosofal, siendo ya de avanzada edad, y haberse rejuvenecido con sólo medio grano de esta sustancia; de este modo, su piel arrugada y amarillenta se volvió tersa y blanca; las mejillas, sonrosadas; el cabello gris recobró su color; la curvada espina dorsal, se enderezó y en el aspecto decisivo se volvió de nuevo un hombre joven. Desde entonces, sigue diciendo, han transcurrido ciento cincuenta años y él se siente tan joven y fuerte como entonces; por lo demás, está en su poder vivir tanto tiempo como quiera. En el Guldene Vliess se dice textualmente:
«Yo, Trismosin, junto con otros hombres honestos, he llegado a conocer este secreto, y si uno quisiera, siempre que no estuviera en contra de la eterna sabiduría de Dios, con ayuda de este arcano podría vivir hasta el día del juicio final.»
En su historia de la alquimia, Halle, 1832, Karl Christoph Schmieder dice referente a Trismosin:
«Salomón Trismosin, que tal vez se llamaba en realidad Pfeifer, fue el alquimista más famoso de aquella época. Según sus propias palabras, escribió en 1490 (...) [por lo tanto no nació en 1490, como se dice en otro pasaje]. Era alemán, posiblemente de Sajonia, y trabajó como laborante. Teniendo en cuenta el gran número de aficionados a la alquimia que había entonces y que, si bien leían febrilmente, no les gustaba ensuciarse las manos con carbón, sino que preferían que los ayudantes trabajaran para ellos, el trabajo de laborante químico podía resultar rentable. Al menos, todo el que a él se dedicaba y sabía hacerse respetar, encontraba buena acogida y cobijo, y también dinero durante algún tiempo, mientras el señor conservara la fe en él; luego el alquimista continuaba su viaje.
»De este modo, el camino llevó a Trismosin hasta Venecia, donde trabajó para diversos señores. Cada uno de ellos tenía sus propios manuscritos, de acuerdo con los cuales quería que se trabajara. Estos manuscritos eran unas veces latinos, otras griegos y otras árabes Pero, en todas partes, lo único que se obtenía eran el oro y la plata sofísticos. Trismosin reconoce abiertamente que por entonces se encontraba muy lejos de la verdad, así como que entre sus compañeros se producían con frecuencia engaños y fraudes. La casualidad quiso que cayeran en sus manos ciertos escritos árabes que no supo leer. Pero después de hacérselos traducir, trabajó con ellos, los encontró interesantes y fue maestro en el arte incluso en una edad avanzada. Según parece, marchó a Constantinopla, donde conoció a Paracelso. Estas peripecias, con excepción de la última, son narradas por Trismosin en el capítulo "Peregrinaje de Trismosin", que aparece en la primera parte del "Sueldene Vliess".
»Trismosin se manifiesta en sus escritos como decidido adepto y asegura haber obtenido gran cantidad de oro con su tintura. Reconoce que todas las tinturas de los alquimistas proceden de una misma raíz, pero que la diversidad de ingredientes y manipulaciones dan como resultado productos de muy diversa naturaleza y poder. Por otra parte, los escritos de los alquimistas proceden, en la mayoría de los casos, de copias plagadas de errores. Su grito de victoria, unido al reconocimiento de anteriores errores, le proporcionaron la confianza de numerosos partidarios que le eligieron como caudillo. Es cierto que realizó toda suerte de procesos, pero sin admitir categóricamente que figure entre ellos el auténticamente árabe, lo cual constituye un argumento de peso para pensar que no era sino un normal laborante. Sin embargo, hay que reconocer que expuso con claridad su proceso. Trismosin demostró la efectividad médica de su tintura no sólo en general, como hicieron otros antes que él, sino que además presentó casos concretos en lo que se había puesto de manifiesto el prodigio de la panacea (otro nombre del arcano). El mismo se rejuveneció con medio gramo de ella... Mujeres de setenta años volvieron a dar a luz, después que él les dio del león rojo...
»Las exageraciones, que siempre provocan la mofa, fueron culpables de que los que las motivaron se vieran perjudicados a los ojos de los sensatos que terminaron por rechazar por igual a panaceístas y alquimistas. Otros, por el contrario, no se dejaron influenciar por tales sospechas y conjeturas. Una leyenda, no muy digna de crédito, asegura que gracias a su medicamento, Trismosin alcanzó la edad de ciento cincuenta años, creencia compartida especialmente por los discípulos de Paracelso.»
Paracelso llama también a la alquimia arte espagírico; la palabra espagírico está formada a base de los verbos griegos spagein, que significa separar, y ageirein, que significa unir, con lo que corresponde al viejo lema alquimista solve et coagula (disuelve y coagula); en el tratado De tinctura physicorum, en el que se refiere a la piedra que se obtiene de las materias naturales, Paracelso se extiende en detalles sobre el «arte espagírico» y defiende la postura de mantenerlo en secreto, basándose en la teología secreta de los judíos, cuyas fuentes cita con objeto de cimentar sus tesis.
«Si no entiendes lo que acostumbraban a hacer corrientemente los cabalistas y los antiguos astrólogos, ello significa que Dios no te ha destinado a la alquimia ni a la obra de Vulcano (metalurgia).»
Siendo aún joven, Paracelso tuvo conocimiento de la metalurgia, concretamente en Schwaz, adonde le llevó su padre, ingeniero de minas. Resulta comprensible que el muchacho tuviera una visión conjunta de la medicina y la metalurgia, campos en los que se centraba el interés de su padre y que, con la idea de obtener minerales con propósitos curativos, se convirtiera en fundador de la moderna farmacéutica. Del mismo modo que Paracelso procedió en el siglo XIX Paul Ehrlich en su búsqueda del «salvarsán», y el mismo principio aplican los grandes complejos industriales norteamericanos cuando encargan a un equipo la investigación de determinado campo; en estos laboratorios se busca, por ejemplo, un combustible sólido para la propulsión de cohetes; en ellos se analizan todas las posibilidades; los inventos que en determinadas circunstancias pueden surgir accidentalmente quedan de momento relegados a un segundo plano, o sea, se archivan.
«Siempre –dice Paracelso– he investigado cuidadosamente y recogido experiencias en el auténtico arte médico, no sólo de médicos, sino también de cirujanos, curanderas, curanderos, alquimistas, en los conventos, de gentes sencillas y nobles de inteligentes y necios.»
Es evidente que Paracelso debía encontrar fuerte oposición en los partidarios de la antigua escuela médica. Estos llegaron a afirmar que los remedios que detalló Dioscórides en el siglo I de nuestra era en su registro, base inamovible de la medicina de su tiempo, son totalmente suficientes para combatir todas las enfermedades. Menor oposición encontraron sus ideas acerca de la alquimia. En el siglo XVI se creía comúnmente en la posibilidad de la transmutación y sólo en raras ocasiones ocurría que un intelectual manifestara sus dudas sobre este particular. El más destacado representante de los escépticos de aquella época fue Georg Agrícola, nacido en Glauchau, en Sajonia, director de escuela en Zwickau y Leipzig. Después de terminar sus estudios de medicina en Italia, ejerció como médico en Joachimstal y Chemnitz fue, por tanto, coetáneo de Paracelso. Agrícola fue primeramente perito en minería y por ello colega de Paracelso por partida doble. Por ello resulta tanto más digno de mención que se manifestara decididamente en contra de la doctrina de los tres principios de Paracelso; azufre, mercurio y sal, aun cuando, por otra parte, creyera en los cuatro elementos aristotélicos y en sus especialidades se atuviera a los escritos de los antiguos. Agrícola pone en duda que sea realizable una transmutación de metales, pero es lo bastante precavido como para no criticar a las autoridades alquimistas de la antigüedad. En su opinión, sus coetáneos no tienen ningún conocimiento acerca de cómo producir oro artificialmente, porque se basan estrictamente en griegos y árabes.
En este sentido, Agrícola era el hereje y Paracelso el conservador. En su Coelum philosophorum, Paracelso da una fórmula para la «fijación» del mercurio, siguiendo las huellas de los alquimistas de la antigüedad. Después hay que echar el mercurio en un recipiente de plata, completamente lleno de plomo fundido, y dejarlo allí durante bastante rato. «Esto quita al mercurio su calor oculto – dice Paracelso – y le proporciona el calor exterior y el frío interior del plomo y la plata, naturalezas frías; a continuación, el mercurio debe enfriarse, endurecerse y hacerse sólido.» En esta fórmula encontramos la doctrina de Geber en torno a la diferenciación entre composición interna y externa. En el Tractatus de tinctura physicorum encontramos una clara reafirmación del principio de la cadena hermética; en esta obra Paracelso dice en relación con la transmutación que Dios ha dado también la inteligencia necesaria a aquellos a quienes se designó descubrir tales secretos, para que los mantengan así, hasta que llegue Elías Artista, momento en el que se hará público lo oculto.
El nombre Elías Artista se encuentra en Paracelso por primera vez; se basa en la tradición judía, según la cual el profeta Elías volverá poco antes de la aparición del Mesías; a su llegada será aclarado todo lo que hasta entonces estaba oculto. En el tratado De mineralibus, Paracelso menciona ocasionalmente con más detalle a Elías Artista en relación con el vitriolo y dice que Dios ha permitido que fuera mostrado lo secundario, concretamente la transformación de hierro en cobre mediante vitriolo, pero mantiene oculto lo importante, o sea, la transmutación de metales no nobles en oro y plata. La revelación de este secreto está reservada a Elías, o sea a Elías Artista, pues, al igual que la religión, las artes tienen también su Elías.
Esto no significa en modo alguno una degradación de la religión. En su obra cumbre Volumen Paramirum, Paracelso da testimonio de su religiosidad, especialmente en relación con su campo, la medicina. En los once tratados del origen, causas, signos y curación de las distintas enfermedades, contenidos en el Volumen Paramirum, dice textualmente:
«Sabed que todas las enfermedades y toda salud de Dios procede; tened presente que Dios nos ha puesto en nuestras enfermedades un castigo y un ejemplo para que veamos que todas nuestras cosas nada son. Por ello, debéis saber que Dios nos da salud y enfermedad, así como los remedios para nuestras dolencias.»
Por remedios, Paracelso entiende no sólo los remedios médicos, sino toda la terapéutica en general, y a ella se refiere cuando dice: «el arte médico no se vuelve contra mí, pues es inmortal y está basado en un hecho imperecedero hasta el punto de que antes desaparecerán el cielo y la tierra que la medicina.»
Aquí se refiere Paracelso a la salvación (curación) universal que la Iglesia ofrecía a los hombres del Medioevo. Nosotros ya sabemos que hemos superado la Edad Moderna, que se inició con el Humanismo, la Reforma, la comunicación entre los hombres y el descubrimiento de que la tierra es redonda. Mediante la experiencia de que incluso lo indivisible podía ser descuartizado por efecto de fuerzas insospechadas, la tierra se convirtió en tema de discusión, junto con el cielo y el hombre. Actualmente observamos la Edad Moderna con una especie de comprensiva compasión; e igual hacemos con aquella nueva ilusión por ordenarlo todo, con el verdadero inicio de la fe en el progreso, con aquel mundo aún cerrado en sí mismo, con el que el hombre vivía y moría en armonía consigo mismo, con Dios y con la historia. «En tanto que sólo conoce el cielo exteriormente –dice Paracelso–, es sólo un astrónomo o astrólogo; pero así que lo ordena todo en él, adquiere el conocimiento de los cielos». Esto significa que el microcosmos, el hombre, es una imagen del macrocosmos, el mundo. Lo que le ocurre es consecuencia del acontecer del mundo, del curso de los planetas. Por este motivo, el médico tiene que ser también astrólogo; tiene que conocer las constelaciones, la hora justa para los medicamentos, o sea, la hora precisa en que deben obtenerse los remedios medicinales, y la hora en que puede producirse la curación; para comprender el alma, el médico debe aprender a comprender a Dios, pues Dios es el alma del mundo, y el alma de cada hombre no es sino una porción de aquélla; esta alma no puede ser sana, no puede estar en armonía con el todo, en tanto que no se conozca a sí misma. Esta doctrina concuerda sorprendentemente con la tesis formulada por Freud de que el alma se cura tan pronto como descubre las raíces de su mal.
La naturaleza muestra el proceso de la curación. El médico es sólo un instrumento; su tarea consiste en descubrir las relaciones ocultas, coordinar una parte con otra. Tan pronto como el hombre llega al conocimiento de si mismo, no necesita ya ninguna ayuda ajena. «Ayúdate a ti mismo y Dios te ayudará», dice Goethe, encarnando en una sola las figuras de Paracelso, Agrippa von Nettesheim (con su perro negro) y Fausto. En la concepción cósmica de Paracelso, Dios está descansando. EI ya hizo todo lo que tenía que hacer; proporcionó a cada cosa y a cada materia la fuerza necesaria y, por lo tanto, no hace falta recurrir a El en demanda de ayuda, El ha dispuesto todos los remedios que ahora no tenemos más que descubrir. Paracelso personifica en el alquimista la acción de la naturaleza, incluida la naturaleza del hombre.
En su obra Arznei und Aluhemie-Paracelsus Studien, publicada por Karl Sudhoff y Henry E. Sigerist, formando parte de Studien zur Geschicte der Medizin, Ernst Darmstaedter expone de forma convincente esta concepción de Paracelso. Aquí el concepto de alquimia es entendido de forma muy amplia. El alquimista de la naturaleza, por ejemplo, deja que crezca el grano de simiente; el segundo alquimista, el hombre, en este caso molinero y panadero, fabrica luego el pan; el tercer alquimista está en el cuerpo humano concretamente en el estómago, que es su laboratorio. Allí separa lo bueno de lo malo, allí tiene él su cocina. Lo bueno es ennoblecido en forma de tintura, o sea, los alimentos asimilados se convierten en sustancia del cuerpo. Hoy llamamos a este proceso digestión y asimilación; pero, ¿qué es sino una concatenación del proceso intuido por Paracelso? El organismo no permite que entren en el cuerpo materias ajenas al cuerpo; él las descompone y las forma de nuevo. Siguiendo la tradición de Zósimo, Paracelso hubiera podido decir: solve et coagula. Disuelve la materia y crea una nueva unión. En su opinión, las enfermedades surgen cuando el alquimista del cuerpo se hace achacoso y por lo tanto no es capaz de separar limpiamente lo malo de lo bueno.
Paracelso habla con dureza cuando dice: «Si Cristo bajara del cielo, no encontraría a nadie con quien poder hablar. Si descendiera Júpiter de su planeta, no encontraría a ningún investigador, sino únicamente escuelas que repiten la antigua sabiduría de los astros. Pero estas viejas escuelas están muertas y sus seguidores están ciegos a la luz inextinguible.»
Paracelso desarrolló en torno a la inmortalidad ideas que fueron sacadas a la luz siglos más tarde. En su opinión, el hombre surgió del polvo de los astros, y a la luz de las estrellas de que fue formado tiene que agradecer su razón. Pero la luz de las estrellas es caduca; la luz imperecedera procede únicamente de Dios, o, más concretamente, fue enviada en su día por Dios y se esconde ahora en la naturaleza, donde permanece encerrada. La naturaleza tiene dispuesto un remedio para cada enfermedad; sólo hay que encontrarlo, publicarlo y perfeccionarlo. Aquí podría aplicarse la fórmula del vitriolo de Basilius Valentinus: «Investiga el interior de la tierra; mediante la destilación, encontrarás la piedra oculta.» Según Paracelso, el secreto de la naturaleza está ligado a la materia, como dicen los químicos aún hoy en día. Pero indudablemente, para Paracelso, «ligado» no era meramente un término técnico, sino que significaba tanto como «atado», del mismo modo que para él el «cielo de los sabios» no era únicamente sinónimo de «destilación», sino también de sublimación, o sea, del ennoblecimiento, así como el procedimiento empleado y su resultado, o sea la piedra filosofal. En otras palabras, una perfecta armonía de esferas, esto es, el cielo de los sabios. Asimismo, para Paracelso, los órganos del cuerpo no eran meros instrumentos funcionales, sino habitáculos del alma cósmica. El hombre no era para él sino un caparazón en el que se cobija por algún tiempo el alma cósmica.
Encarnación del alma cósmica es el humor vitae, el jugo de la vida, que se manifiesta en la tierra, así como en el cuerpo humano. En la tierra, el humor vitae hace crecer las plantas de acuerdo con sus fuerzas; en el cuerpo humano, hace llegar materias provechosas y nocivas a determinados puntos y, por supuesto, también hace llegar los medicamentos a los puntos del cuerpo que lo necesitan. Paracelso formuló esta doctrina cien años antes que William Harvey, que en 1628 habló a sus discípulos más allegados de la circulación sanguínea. Paracelso que, al igual que Zósimo, veía en la experiencia la gran maestra, enseñó la existencia del jugo de la vida, basándose no en experimentos sino en especulaciones que Aristóteles y Geber ya habían apuntado.
Según Paracelso, cada materia contiene los cuatro elementos, pero sólo uno de ellos rige su composición interna, y este elemento dominante, o sea, lo caliente, lo seco, lo húmedo, o lo frío es la quintaesencia. Si se quiere llevar a cabo la transmutación hay que separar primeramente unos elementos de otros. Paracelso encuentra el elemento capaz de realizar esta operación en el agua fuerte, hecha de alumbre, vitriolo y salitre destilados. Luego, el ácido nítrico, ya que su agua fuerte no puede ser otra cosa, se devuelve a su estado primitivo y se destila por segunda vez.
Ernst Darmastaedter comenta la receta de Paracelso bajo la perspectiva del químico moderno. En su opimón, el objeto de la operación es purificar el salitre de cloruro y otros residuos. A continuación aparece el cloruro de plata. Tal vez la sal amoníaco tiene por objeto evitar el exceso de nitrato de plata. También puede ser que mediante la adición de sal amoníaco se cteba producir agua real. El metal que se ha de someter a la acción del ácido habrá de tener la forma de hojas de oro o de hojas de plata; a continuación deberá permanecer en un baño de agua hasta que surja una solución concentrada. Paracelso llama a esto «aceite»; él lo mezcla con una cantidad doble de agua fuerte y lo somete por espacio de un mes a los vapores de estiércol de caballo; a continuación, «la materia que está en el fondo» se debe coagular. Paracelso no da demasiados detalles acerca de las restantes operaciones para la producción del arcano y se limita a decir que los cuatro elementos extraídos del metal noble han de mantenerse separados. De sus restantes prescripciones se desprende que produjo cloruro de oro, nitrato de plata, cloruro de plata, cloruro de hierro, óxido de zinc, nitrato de zinc y cloruro de zinc, mediante el uso de recipientes de circulación. Paracelso llama «aceite» a todos los metales coloidales, incluido el aurum potabile, u oro líquido. En sus fórmulas, deja de mencionar intencionadamente importantes sustancias, como el mercurio en la producción de la herba aurea o árbol de oro, también llamado arbor philosophorum; en este procedimiento, el oro crece en el recipiente como un árbol con muchos troncos y ramas. Pero, en realidad, el oro más fino sólo puede ser producido mediante la fuerza del alma.
Paracelso dice asimismo que es necesario que el médico conozca la salud y la enfermedad del elemento; entonces, hombre y elemento se hallarán más cerca uno de otro y serán más amigos entre sí que hombre y mujer.
Paracelso considera a los minerales como algo que ha crecido y, por lo tanto, como algo que tiene vida. Por el contrario, para él, las materias que se obtienen de cuerpos de animales muertos y de plantas que han sido cortadas están muertas. Sin embargo, Paracelso utiliza tales sustancias para producir remedios medicinales; destila carne podrida y pescado podrido, elabora la orina y la leche y obtiene cristales, probablemente nitratos; utiliza espíritu de vino y materias aromáticas de almizcle y algalia; recomienda la tintura de almizcle, probablemente en frascos, contra los desmayos. También parece ser que produjo, trescientos años antes que Liebig, una especie de extracto de carne, hecho de carne que dejaba cocer lentamente durante tres días, después de lo cual destilaba su jugo. Pero, para Paracelso, tales remedios no son ningún arcano, sino recetas de maestro, específicos, elixires y elementos extrínsecos.
Las recetas no se obtienen por disección de los elementos. Un ejemplo de cómo concibe Paracelso estas recetas lo constituye el vinagre que, vertido en vino, lo hace agrio. Entre las recetas de Paracelso figuran los preparados de oro disueltos en alcohol o perlas pulverizadas en vinagre. Los específicos son preparados de gran eficacia; deben producir sudor o servir de purgante; además, se pueden utilizar igualmente como somníferos y sales olorosas. De este modo, Paracelso describe la composición y fabricación de un somnífero a base de canela, claveles, ámbar, quintaesencia del oro y opio, posiblemente único componente efectivo. Paracelso trata la carne podrida y las llagas purulentas con un específico corrosivo entre cuyos ingredientes figura el ácido nítrico. La finalidad de los elixires es proteger el cuerpo de la podredumbre. El elixir de bálsamo se compone de bálsamo, quitaesencia de oro y elixir de sal (obtenido de la sal común). Los remedios extrínsecos son para uso externo, especialmente para la curación de heridas; parece ser que Paracelso empleó en este caso ácido tánico.
Por el contrario, obtiene los arcanos exclusivamente de minerales: metales, marcasita, sales, piedras y joyas, como la quintaesencia de antimonio que considera remedio ideal contra la lepra; y la quintaesencia de coral que emplea como contraveneno y para purificar la sangre; probablemente se trataba de un medicamento con contenido de hierro.
Paracelso distingue cuatro clases de arcanos. El arcano de la materia prima es con toda seguridad el remedio secreto de Trismosin, el «león rojo» que rejuvenece el cuerpo. El arcano de la piedra filosofal purifica el cuerpo y le proporciona nuevas fuerzas. La tintura transforma el cuerpo del mismo modo que el metal innoble es transformado en oro, y el arcano de mercurio de la vida renueva las uñas y el cabello, y en definitiva, a todo el hombre y a todo ser sensitivo, incluidos los metales. La fórmula de Paracelso para la fabricación de este arcano es:
«Mercurio destilado y purificado; sepáralo de todo lo superfluo, sublímalo con antimonio, de modo que crezcan ambos y se transformen en uno solo. Luego, disuélvelos en la plancha de mármol y coagúlalos cuatro veces. Entonces tendrás el mercurio de la vida, tal como hemos indicado y con el que queremos remediarnos en nuestros días de anciano.»
Paracelso emplea aquí probablemente cloruro de mercurio; «disuélvelos sobre la plancha de mármol» debe significar que de este modo el coloide de antimonio se convierte en un líquido claro (para lo que se requiere aire húmedo); es posible que el producto fuera cloruro de antimonio, llamado manteca de antimonio. Paracelso obtuvo además un «aceite» rojo que empleaba contra llagas incurables; es posible que también esto fuera cloruro de antimonio y, toda vez que era destilado en una retorta de barro, Darmstaedter piensa que en este proceso se debía formar silicato de aluminio y sodio y, mediante la adición de agua, ácido clorhídrico. Este «aceite» era especialmente indicado para combatir las llagas purulentas.
Según Paracelso, todos los procesos de la naturaleza, incluidos aquellos en los que interviene el hombre, son fases de un proceso continuo que mantiene en movimiento el alquimista en su triple apariencia fenoménica; el alquimista de la naturaleza, el alquimista hombre, que fabrica, por ejemplo, pan, o sea, una materia prima, y el alquimista en el hombre que produce la materia última, la sustancia del cuerpo y, también (en el proceso de digestión) la materia prima. Paracelso dice de su alquimista que en líneas generales, utiliza la medicina tal como se debe.
«Este ciclo, con su devenir y transcurrir –dice Ernst Darmstaedter–, con su cambiante elaboración, aplicación y transformación de la materia, en una palabra, el ciclo de la conservación de la materia, fue intuido con claridad, expuesto en la misma forma por Paracelso; materia prima es putrefacción, pero, también, consumición; materia última es polvo y tierra. Así procede la naturaleza en nosotros, criaturas de Dios. Con toda seguridad es ésta una de las más bellas e interesantes teorías de Paracelso. Su amplia visión y acusada sensibilidad para captar vastas relaciones, para definir la posición del hombre en el conjunto de la naturaleza y su conocimiento de la pluralidad y relatividad de las cosas explican muchas de sus contradicciones.»
En torno a este predecir el futuro, Paracelso se mostró más escéptico que con respecto a la alquimia, pues consideraba la cambiante naturaleza del hombre como el más importante factor de la inseguridad. Para él, la imaginación es condición indispensable para la profecía, y dice textualmente:
«La imaginación es como el sol, cuya luz no es aprehensible, pero que puede, no obstante, prender fuego a una casa. Ella dirige la vida del hombre. Cuando el hombre piensa en el fuego, arde; cuando piensa en la guerra, provoca la guerra; y es únicamente cosa de imaginación del hombre ser incluso sol, o sea, el hombre tiene que hacer totalmente suyo el concepto de aquello que realmente quiere.»
En este punto, Paracelso concuerda totalmente con Agrippa van Nettesheim y con lo que éste escribió en su libro Leidenschaften der Seele. No cabe duda de que Paracelso fue influenciado por el abad de Würzburg, Trithemius, promotor de Agrippa, pues hizo suya la conclusión analógica de Trithemius que él formula con las siguientes palabras:
«Debes saber que el hombre puede prever el futuro basándose en los libros del pasado y del presente.»
«El hombre –prosigue– posee también la facultad de ver a sus amigos y las circunstancias en que viven, aun cuando se encuentren a mil millas de distancia.» Aquí se refiere a la telepatía, y de este modo prepara el camino al teósofo sueco Emmanuel Swedenborg (1688-1772). Swedenborg, ingeniero, matemático y teósofo, expuso en su obra Arcana coelestia, 1749-1756, la doctrina de las relaciones suprasensoriales en la naturaleza y citó ejemplos prácticos de sus facultades telepáticas, que sus seguidores, organizados en la secta de la Nueva Jerusalén, siguen considerando fidedignas hasta nuestros días.
Por su fe en la predicción del futuro y en la telepatía, Paracelso coincide totalmente con su coetáneo Nostradamus (1503-1566), que fija el fin del mundo un siglo después de Trithemius, concretamente en el año 1999. En el libro titulado Nostradamus (Londres, 1942 y 1952), James Laver analiza las profecías de este personaje, incluidas las que se refieren a la Revolución francesa, a Napoleón y a las dos guerras mundiales, y en muchos casos sus profecías coinciden de forma sorprendente con acontecimientos de los siglos XVIII, XIX y XX.
La figura de Paracelso ha dado lugar a diversas leyendas y sagas. Una de las últimas, surgida en la región de Salzburgo, define la situación y la obra de Paracelso con bastante certeza:
Paracelso marchó al bosque en busca de plantas medicinales; llegó hasta un árbol hueco, en el que descubrió una araña. La araña se convirtió en un espíritu que le entregó dos frascos, uno amarillo y el otro blanco; en el amarillo se hallaba la tintura para la transformación de los metales y en el blanco, el arcano contra todas las enfermedades menos una. Después de algún tiempo, durante el cual Paracelso utilizó estos medicamentos y realizó muchos prodigios con ellos, un envidioso puso un diamante en una bebida y ello provocó la única enfermedad de Paracelso contra la que el arcano no tenía eficacia alguna. Entonces, cuando Paracelso vio que iba a morir, entregó los dos frascos a su ayudante, con el encargo de que vertiera su contenido en el río Salzach. El ayudante regresó diciendo que había cumplimentado el encargo, pero entonces Paracelso le preguntó qué había ocurrido al hacerlo, y como el ayudante respondiera que nada, Paracelso le dijo que no había arrojado al río los dos frascos. El ayudante marchó de nuevo y llevó a cabo el encargo del maestro. Entonces el Salzach creció y se volvió amarillo, y desde aquel día, arrastra oro entre sus aguas.
Thursday, 17. November 2005, 17:05:19
Albert Poisson en Teorías y Símbolos de los Alquimistas (1891):
... El representante más ilustre de la alquimia del siglo XVI es Paracelso. Jamás ningún reformador fue tan violento, jamás hombre alguno tuvo tantos amigos entusiastas y tantos enemigos encarnizados. Un volumen entero no sería suficiente para enumerar las obras de sus discípulos y los panfletos de sus detractores. Los más conocidos paracelsistas fueron Thurmeysser, Croll, Dorn, Roche-le Baillis, Bernard Penot, Quercetanus y, sobre todo, Libavius...
... Los primeros alquimistas no tenían otra meta que la transmutación de los metales, pero más tarde se plantearon muchos otros problemas. En su orgullo, creían poder igualarse a Dios y crear toda suerte de seres animados. La idea parte de la leyenda de Alberto Magno que había construido un autómata de madera, un androide al cual le había dado la vida por medio de poderosos conjuros. Paracelso fue más lejos y pretendia poder crear un ser vivo de carne y hueso, el homunculus. En su tratado De natura rerum (Paracelsi opera omnia medico chimico chirurgica, vol. II) encontramos la manera de proceder. En un recipiente se colocan diferentes productos animales que no nombraremos por vergüenza ajena; las influencias favorables de los planetas y un suave calor son necesarios para el éxito de la operación. Pronto un ligero vapor se elevará en el recipiente y tomará poco a poco la forma humana; la pequeña criatura se agita, habla, el homunculus ha nacido. Paracelso indica muy seriamente el servicio que nos puede dar y la forma de alimentarlo...
... La sal fue introducida como un tercer principio, sobre todo por Basilio Valentín, Khunrath, Paracelso, en una palabra: por los alquimistas místicos. Roger Bacon, antes que ellos, ya había hablado de la misma, pero incidentalmente y sin atribuirle ninguna cualidad especial, sin ocuparse mucho de ella; por el contrario, Paracelso arremete contra sus predecesores porque no conocían la sal. «Ellos han creído que el Mercurio y el Azufre eran los principios de todos los metales, y ni en sueños han mencionado el tercer principio» (en El tesoro de los tesoros). Pero la sal se revela de una importancia insignificante y, poco después de Paracelso, la mayoría de los alquimistas la ignorarán con su silencio...
... Los alquimistas reconocían, unánimemente, la acción de los planetas sobre los metales. Paracelso va más lejos y especifica esta acción. Según él, cada metal debe su nacimiento al planeta del cual lleva el nombre, los seis planetas unidos cada uno a dos constelaciones zodiacales le dan diversas cualidades. Así, «La Luna [plata] debe a Aries, Piscis y Marte su dureza y su sonoridad agradable. Debe a Venus, Géminis y Libra su resistencia a la fusión y su maleabilidad. En fin, Saturno, Escorpio y Capricornio le dan su densidad y un cuerpo homogéneo, etc.» (Paracelso: El Cielo de los Filósofos)...
... La Alquimia heredada de los Griegos estaba, en razón mismo de su origen, mezclada con la magia y la teurgia. Mas tarde, gracias a los filósofos árabes, esta ciencia se depura para, entre los siglos XV y XVI, volver a aliarse de nuevo a las ciencias ocultas propiamente dichas.
A partir de entonces, un gran número de alquimistas buscarán en la Cábala, en la Magia, en la Astrología, la llave de la Gran Obra. Paracelso no admitía entre sus discípulos más que a gentes versadas en la astrología, como él mismo afirma en El Tesoro de los tesoros.
Mientras que sus predecesores o contemporáneos, Calid, Valois, Blaise de Vigenère, admitían simplemente la acción de los astros en la generación de los metales, Paracelso iba más lejos y pretendía calcular cuándo y cómo los planetas influían sobre los metales. Siguiendo esta doctrina, algunos alquimistas se aliaron íntimamente a la astrología y al hermetismo y no comenzaban jamás una operación sin estar seguros, de antemano, que los planetas les serían favorables.
También es a Paracelso a quien se debe la introducción de poderes cabalísticos en la Alquimia. Él condensó sus doctrinas ocultistas en su Tratado de Filosofía oculta y en sus Archidoxes magiques.
Esto nos obliga a hablar de la Cábala. Esta ciencia consiste en descomponer las palabras adicionándoles el valor numérico de las letras y de ahí se extraen, según unas reglas especiales, todas las deducciones posibles. Así, el número cabalísto del oro en hebreo es 209, es el ornamento del reino mineral, y corresponde a Jehovah en el mundo de los espíritus.
Hoeffer, en su Historia de la química, ha consagrado algunas páginas a la cábala aplicada a los metales. La Alquimia, ciencia de observación, nada provechoso podía sacar de su alianza con la Cábala, ciencia puramente especulativa. La adición de elementos extraños no podía sino volverla mucho más oscura, aquí Paracelso cometió su mayor y tonto error.
Antes que él, Basilio Valentín había hecho algunos ensayos en el mismo sentido, descomponiendo el término Azoth de la siguiente manera: «Azoth, comienzo y fin, pues él es A y O, presente en todo lugar. Los filósofos me han adornado con el nombre de Azoth, los latinos A y Z, los griegos a y ?, los hebreos aleph y thau, todos los cuales significan y forman Azoth» (El Azoth de los filósofos).
Después de Paracelso, no se encuentran apenas que sólo dos autores que hayan tratado especialmente la Cábala alquímica. Estos son Panthée, sacerdote veneciano, y Jean Dee, alquimista y matemático inglés. Panthée ha escrito dos tratados; uno es el Arte y Teoría de las transmutaciones metálicas, y el otro: Voarchadumia. En ellos uno encuentra que el número de la generación es 544, el de la putrefacción es 772, que el mercurio, el oro y la plata corresponden a las letras hebreas seth, he, vau, y otras tonterias parecidas. Jean Dee, en su tratado la Mónada jeroglífica, ha ensayado de constituir una cábala particular con la ayuda de los símbolos alquímicos. Así, para él, el símbolo del mercurio representa la Luna (semicírculo), el Sol (círculo) y los cuatro elementos (cruz). Además, el signo del Sol representa la mónada figurada por el punto en torno al cual el círculo simboliza el Mundo. Este curioso tratado se encuentra impreso en el segundo volumen del Theatrum chimicum.
