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Mal de altura

Aclimatación a la escalada de la pirámide de edad

Médicos y magia

¡Como está la medicina moderna! :wizard:
Vean esto y diganmé que no. :yikes:

K2 (Revisited)

Walter Bonatti es el mejor alpinista de todos los tiempos y reto a duelo a quien lo niegue.
Hoy, casi por casualidad, me entero que, ¡54 años despues!, se ha hecho lo correcto respecto a la primera ascensión al K2. Ha costado 54 años que las estructuras oficiales del alpinismo italiano hayan admitido, oficialmente, que lo narrado por este alpinista respecto a aquella noche en los alrededores del campamento 9 era verdad.
Era verdad que sus “compañeros” le engañaron para cercenar sus posibilidades de hacer cumbre. Era verdad que estuvieron a punto de causar su muerte y la del porteador que lo acompañaba. Era verdad que mintieron respecto a los detalles de su ascensión. Era verdad que el prestigio de un joven alpinista y la vida de dos personas se pusieron en juego por causa de la “Razón de Estado”. No podía enturbiarse el hecho heróico de que el alpinismo italiano había logrado escalar el K2 adelantándose a los useños (A la sazón recientes vencedores de una guerra en la que los italianos hicieron el gran papelón de pasar de enemigos a aliados de aquellos).
¡Como me alegro! ¡Como me alegro! ¡Como me alegro! Y ¡Como me alegro!

Y si no saben de que va esto pulsen aquí.

Locuras (2)

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Les decía que hacían falta algunos datos adicionales para comprender lo que hicimos este sábado 17 de mayo.
Cuando yo volví de UK, a finales de 1983, SHE ya vivía en un pequeño apartamento en la zona de Arturo Soria en Madrid. Yo apenas tardé un mes en irme a vivir con ella y la Nochevieja de ese año la pasamos allí, sobrellevando una sobredosis de cava a base de reírnos sin parar durante varias horas. Nos casamos a finales de febrero del año entrante y nuestra mayor ilusión material era encontrar una casa bien situada que pudiéramos reformar en su totalidad para plasmar el hogar ideal de joven pareja a la que le queda tiempo para pensar en tener hijos. Descartamos varios sitios por no reunir las condiciones necesarias para albergar nuestro proyecto y otros por no disponer de medios económicos para adquirirlos. En ello llegó el tiempo de las vacaciones.
Nuestra Honeymoon no había pasado de un corto viaje (Nos casamos un miércoles y el lunes siguiente estábamos trabajando. A cuenta de unir el resto del permiso con las vacaciones de verano) por lo que teníamos decidido hacer un viaje más apañado ese verano. El 1 de julio estábamos en Escocia. SHE se había quedado con las ganas durante su estancia en UK y a mí me apetecía recorrer, con la tranquilidad del viajero, algunos lugares. Por ello decidimos recorrer el West Highland Way que une Milngavie, en las afueras de Glasgow, con Fort William en los Highlands. Eran 95 millas (Unos 154 Km.) Calculábamos 9 días de camino pero teníamos 15 para hacerlo. Mis conocidos me habían preparado perfectamente el viaje. Bed & Breakfast en todas las jornadas y un servicio que nos transportase la impedimenta entre etapas.
Tras la celebración informal en Glasgow, a nuestra llegada, abandonamos a los conocidos y realizamos uno de los viajes más maravillosos de nuestras vidas. Era la primera vez que estábamos juntos sin obligaciones familiares o laborales que nos condicionasen. El tiempo fue todo lo generoso que puede ser en Escocia. Y los paisajes y lugares bordean lo mágico. Teniendo que cargar solamente la ropa del día y algo de comida resultó una experiencia maravillosa. Salvo por un pequeño problema. Mi mujer, tendente al insomnio y habituada a 5 horas de sueño, dormía como una piedra durante toda la noche. Ambos lo atribuimos al ejercicio físico y al relax que suponía habernos librado de nuestras obligaciones. Pero acabado el viaje SHE se dio cuenta que se le había retrasado la regla.
Llamé a un conocido, que ejercía de ginecólogo en Glasgow, y nos dio cita para el mismo día en que salía nuestro avión. Con una leve ironía me sugirió que comprásemos un test de embarazo y así estar preparados. La última noche en Fort William la estrenamos mirando como el invento nos daba un inconfundible diagnóstico. Estábamos embarazados (SHE más que yo, por supuesto)
Al día siguiente, en el tren de regreso a Glasgow, cancelamos proyectos y abrimos nuevos caminos. Nuestro futuro inmediato estaba muy condicionado por lo que empezamos a denominar, no sin cierto humor macabro, el alien. Como decía una amiga común: treinta años y un día, con la condicional a los veinte por buen comportamiento (Es innecesario indicar que es abogada).
Y allí estábamos. En la consulta del ginecólogo. Mirando una pantalla en la que, se suponía, se veían las entrañas, para mi, más entrañables. Mi conocido movía un lubricado artilugio sobre el abdomen de mi mujer en círculos cabalísticos.
“You’re pregnant.” Dijo sonriente el brujo tecnológico mientras hacía un gesto que nos abarcaba a los dos. “About eight weeks.” Hizo una breve pausa y, sin apenas variar el tono de voz concluyó: “Twins.” Las palabras fueron llegando a mi cerebro con calculada lentitud. Parecía que se hubiesen dispuesto en el orden más adecuado para causar un mayor impacto. La re-confirmación del embarazo fue una suave sacudida. El plazo señalado despistó a mi cerebro para que calculase la fecha oficial de nuestra conversión en padres. Y, en ese ajetreo cronológico, llegó el golpe de efecto final: Twins. Yo estaba intelectualmente preparado para el hecho de ser padre. Confirmarlo con fecha precisa revolucionaba nuestras prioridades, aunque no fuese una sorpresa (Lo normal es quedarse embarazados con intención, por más que se tengan dudas) Lo inesperado era el número de criaturas. Queríamos ser padres pero jamás pensamos en un número preciso. Ya saben ustedes: tendremos uno y luego ya iremos pensando en como seguir. ¡Gemelos! Todos los esquemas hechos trizas.
A la vuelta se hizo necesario buscar otro lugar donde vivir. Uno donde cupiese el doble de población que en nuestro apartamento. Y olvidar la reforma de pisos como expresión artística. Con dos niños en casa es preferible optar por lo práctico y orillar lo frágil. Así que alquilamos otra casa, luego tuvimos otra en USA, una más al volver a España y la que dimos por penúltima en pleno cambio de siglo. Pero… de vez en cuando volvíamos a pensar en el abandonado proyecto de crear un espacio a medida rellenando un cascarón vacío. Una especie de refugio donde huir de la realidad, aunque tuviésemos que volver a ella acabado el fin de semana.
Y allí estaba aquella casa con balcones a la plaza y un cartel de “SE VENDE” en uno de ellos. Nos miramos, no hubo necesidad de hablar. Marque el número en el móvil y un individuo encantador se brindó a enseñárnosla en ese mismo momento. La vimos mientras en nuestra imaginación vislumbrábamos materializados nuestros sueños. SHE vagaba por la casa arrastrando una mano por las paredes mientras yo hacía cálculos frenéticos. Los bancos estaban abiertos. Sacamos dinero y dimos una pequeña señal. Una semana después nos llegaron los documentos con la aceptación del vendedor. Los devolvimos con nuestras firmas y el recibo de transferencia de la señal. Dentro de diez días firmaremos las escrituras.
Tenemos una casa para crear un refugio donde jugar a ser jóvenes amantes furtivos.

Locuras

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No. No se crean que no haya escrito nada en el último mes. De hecho tengo en la carpeta de previas (donde archivo las entradas más desarrolladas y a falta de pulir en lo estético) seis escritos. Además he añadido a la carpeta bocetos (donde reposan las ideas a medio desarrollar) tres cositas más. Ni les hablo de la carpeta notas (donde anoto los chispazos de inspiración) porque es el archivo más caótico. Casi como este mes de mayo tan especial en lo meteorológico como en lo vital (en lo vital de mi vida, se entiende).
Pero, en cualquier, caso he sido incapaz de pulir alguno de esos escritos para darle la apariencia de publicable. Vamos que no logro darles el punto correcto. Los que cocinen lo entenderán perfectamente. Ven que el plato tiene las proporciones correctas de ingredientes, el tiempo adecuado de cocción, la presentación adecuada pero... algo falla en su sabor. No está soso, ni salado. El equilibrio de sabores casi está conseguido. Pues eso... casi está conseguido.
¿Un punto más de pimienta? ¿Algo de canela? ¿Algún toque de especias más exóticas? Ahí estás, indeciso sobre el destino del plato. Eres consciente que serviría para cubrir el expediente de una comida, pero te habías propuesto crear algo especial y... no sale.
En una situación de exigencia extrema (El jefe aúlla desde el otro lado de la línea, los comensales empiezan a rebullirse desasosegados) lo más práctico sería salir con lo hecho y... a lo hecho pecho. No es el caso. Ni me pagan por esto, ni este blog es el único qué ustedes pueden leer.
Es cierto que más de una vez he servido platos de compromiso y comida rápida. Y también es cierto que no me gusta hacerlo. Ya que me pongo, que el resultado alcance una mínima dignidad.
Pero este mes ha sido muy especial, como les decía. En cuestiones de trabajo lo normal si nos referimos a cantidad y velocidad, pero hay cuestiones anexas que me tienen una parte del cerebro ocupada y que les contaré otro día. En el ámbito familiar la cosa está bastante revuelta.
No es que mis hijos sean muy latosos y necesiten una atención continua. Pero, dadas sus circunstancias vitales, nos hemos acostumbrado a estar muy pendientes de ellos y esas cosas degeneran en hábitos de difícil erradicación. Sobre todo en una madre (o sea ELLA).
Mi mujer está inmersa en el final de curso (por si no lo he dicho antes es profesora universitaria) y en las múltiples complicaciones del cambio de modelo impuesto por el Acuerdo de Bolonia (Y nótese que ella opina que Bolonia no debe ser un fin en si mismo, si no una excusa para lograr profundos cambios en los métodos de enseñanza). Ella es perfectamente capaz de hacer eso y más sin perder la sonrisa, pero sus preocupaciones de madre están minando su habitual alegría. Son las terribles contradicciones entre razón y corazón. Sus sentimientos se imponen y enturbian la realidad diaria. Y esas situaciones siempre conducen a la locura. No se acojan al significado clínico del término, hay más. El DRAE la define (en tercer lugar) así: Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa. Y de ocurrencias sorprendentes hablamos.
Mi hija tiene todo su tiempo ocupado entre los preparativos para emigrar a USA y el tramo final del curso académico. No precisa ninguna ayuda para sacar adelante las dos cosas pero, con frecuencia creciente estas semanas, parece necesitar fortalecer vínculos y desahogar el estrés conversando con sus padres. Pequeños diálogos sobre temas cogidos al vuelo, mientras se mueve por la casa.
Mi hijo, en un exceso de independencia, nos acaba de comunicar que tiene trabajo en la Expo de Zaragoza y que se marcha cuatro meses de casa. Como piensa volver el trauma es menor que con su hermana pero su marcha le ha hecho más consciente de la de su hermana y está más encantador que nunca con ella y, de rebote, con nosotros.
Y en este berenjenal emotivo hemos tenido en los últimos días varias celebraciones familiares que añaden elevadas dosis de sentimientos exacerbados. Mi mujer y su hermano cumplen años con dos días de diferencia. Mi padre una semana después. El protocolo de celebraciones exige dos magnas comidas, una con cada familia. Por un lado nos juntamos once personas y por el otro entre ocho y dieciséis (según vengan los “emigrados” o no). Este año solo hemos sido once. En resumen dos domingos enredados en restaurantes, bregando con comilonas – para las que me estoy haciendo mayor – y lluvias impertinentes (que no intermitentes).
Ahora que ya están ustedes situados y teniendo en cuenta lo que les conté en el último post entenderán lo que sigue.
En Madrid tenemos la suerte o desgracia de acumular muchas fiestas en el mes de mayo. Tras la imposibilidad de aprovechar las fiestas del principio nos planteamos que las de San Isidro (El día 15) deberían servir para resarcirnos. Pedí un día de vacaciones y me marché con SHE a sumergirnos en la España interior. Fue muy agradable desconectar del mundo conocido y recalar en una ciudad pequeña y tranquila pese a los muchos turistas que atrae en fin de semana. Nos gustó pasear por calles desconocidas sin más previsión que acertar con el sitio donde íbamos a comer. Son maravillosos esos viajes en los que logramos olvidarnos de todo y sólo somos conscientes de aquel con quien llevamos entrelazada la mano.
Inmersos en la atmosfera irreal de felicidad privada que hacía soportable lo que se nos venía encima nos deslizamos, inconscientes, por el tobogán de los sueños no realizados. Pero eso requiere que les cuente otra historia.

Fin de mes (y 3)

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El último día del mes me levante de la cama, como todos los días. Mi mente iba, despacio, abriéndose al mundo y mi desayuno cumplía la difícil misión de hacer el proceso, a la vez, posible y agradable.
Me crucé con mi mujer en el pasillo y noté que ella estaba empezando a sufrir los ataques de un catarro primaveral. La alegría de ser el único en casa que no había pasado por la experiencia este año (¡Todavía!) fue desapareciendo paulatinamente. Cuanto más tiempo estaba fuera de casa más evidente era que mi eficaz sistema inmunitario me la estaba jugando de nuevo. A media mañana, al volver de tomar un café, tenía los ojos cargados y mi nariz empezaba a “destilar”. La habitual “alergia primaveral” anunciaba sus atenciones estacionales.
Digamos que la mañana fue llevadera a pesar de mis padecimientos. Una de las ventajas de pasarla dentro de un edificio supeditado a la climatización artificial es que la naturaleza (y el polen) quedan fuera de mi esfera laboral. Claro que ello derivaba en una especie de angustia profética: “En cuanto salga de aquí me van a dar los siete males”. Premonición que entristecía un día que, por ser víspera de puente de gran longitud, era, en lo laboral, de menor duración que otros.
Claro que el salir antes no me suponía más alegría que el hecho en si mismo. Los miércoles de mi mujer no conocen conmemoraciones festivas y suponen su ausencia del hogar hasta pasadas las nueve de la noche.
A cuenta de lo expuesto decidí refugiarme en mi buhardilla. Lugar en el que lo único vivo soy yo.
Mis hijos no estaban en casa. Mi mujer tampoco. Los miércoles no toca asistenta. Mi equipo de música se iba a desgastar mucho en las horas finales del mes de abril.
Naturalmente antes de una hora ya había sido interrumpido por varias llamadas telefónicas. Unas atendibles y otras rechazables (Esas en las que un desconocido con acento extraño intenta convencerte de que te cambies de operador telefónico o de que pidas un crédito que hará cumplirse tus sueños). Aprovechando que mi actual operador me regala las llamadas desde mi casa a mis móviles, desvío las llamadas a este y lo pongo en vibración. El resto de la tarde lo paso escuchando música y mirando (¡Ocho veces, oiga!) la pantalla del celular mientras decido si atiendo o no la llamada. Al menos no tengo que soportar el timbre de llamada.
Cuando mi mujer llega a casa trae malas noticias, a juego con su aspecto de cansada y acatarrada. El tranquilo y local puente que habíamos previsto tendrá que ser anulado. Un tío de mi mujer, que había sido operado recientemente, está en estado grave en Zaragoza. Se impone viaje relámpago el viernes con extra de recoger a pasajeros – y devolverlos – en medio.
No les describo el estado de mi mujer el viernes. Tras 700 Km., en plena efervescencia catarral y después de poner toda su capacidad empática en las horas precedentes. El resto del puente fue una convalecencia hogareña.
El lunes el retorno al trabajo fue muyyyyyy duro.

Fin de mes (2)

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El martes empezó como cualquier otro martes. Pero, teniendo en cuenta que era 29 de abril, fue un día tranquilo. No fue necesario mucho esfuerzo para encajar todas las piezas y pudimos irnos a casa a una hora normal. Como tenía tiempo fui al gimnasio. No es que tuviera muchas ganas, pero necesitaba un poco de relax. No sé, estar una hora sin tener que decidir nada. Allí en medio de un grupo, más o menos de conocidos, obedeciendo al monitor de pilates sin tener que pensar en otra cosa que en el correcto posicionamiento de tus componentes corporales.
Vamos, que salíamos del gimnasio haciendo chistes sobre los handicaps que te añaden los años para eso del lucir chapa impecable cuando escuchamos un levísimo ¡crack! y Magda cayó al suelo con un gesto de dolor. “Algo” se había ¿roto? en su tobillo derecho. Gran éxito de oportunidad porque tenía pensado irse el puente del 1º de Mayo (festividad que en Madrid se añade a la del 2 de Mayo [Día de la Comunidad Autónoma] para formar unas mini vacaciones fantásticas y unos atascos antológicos) a practicar senderismo a los Pirineos. En fin, improvisamos un equipo de salvamento: Tu pide un poco de hielo, tu lleva su bolsa, tu y yo la llevamos hasta mi coche, vosotros dais apoyo moral, etc.
Transportamos a Magda hasta mi coche y en él hasta el servicio de urgencias. Una medico, de indudable origen eslavo pero sólo con un leve acento extranjero, aventuró una posible rotura parcial del tendón de Aquiles. Muy chungo en una corredora de 39 años. Le venda la articulación, le receta antinflamatorios y la deriva al traumatólogo. Todos salimos admirados de la eficacia, corrección y economía de tiempo con que la médico ha despachado el tema. Sólo Magda parece no apreciar nuestras bromas al respecto. Está lesionada, su coche sigue junto al gimnasio, se ha quedado sin viaje a Pirineos y las perspectivas de una mejoría rápida son escasas ( y tan escasas. Esta mañana me ha llamado para compartir desolación: rotura parcial. Tendrá que pasar por el quirófano)
En fin nos organizamos para volver hasta el gimnasio, llevar su coche (y a la dueña) hasta la puerta del domicilio habitual y dejarla en su hogar haciéndole prometer que nos llamará si necesita algo (y sabiendo que; antes muerta que pedir ayuda; no lo hará)
Vuelvo a casa tardísimo y con la sensación de que, además de viejo, soy de mucha calidad o tengo muchísima suerte.
Frente a casa el marido de Pati cambia la rueda pinchada. Me quedo a echarle una mano. Total por un poco más. Naturalmente me hago un corte en la mano (es habitual que me pase cada vez que manejo herramientas) y Alberto me mira sin saber si debe reírse o lamentarlo. Le hago el chiste de que este es mi sacrificio a los dioses para que no me traigan desgracias mayores. Nos reímos un rato y nos retiramos al calor del hogar, dulce hogar.

Fin de mes (1)

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Ha sido un mes muy duro. Y, para terminar, cada uno de estos tres últimos días ha traído una propina, entre trágica y cómica.
Empecemos por orden. El mes de abril suele ser duro en auditoria porque los informes sobre cuentas anuales se concentran en sus alrededores. O sea que no cabe el recurso a las vacaciones, ni a la pereza.
Llegando al último lunes la batalla parecía estar en sus momentos finales. Yo salía de casa, como todos los días laborables, a las siete de la mañana. Salvo a algún paseante de perros no suelo encontrar a nadie en mi calle. Excepto mi vecina Pati. Y solamente si se le ha hecho tarde. El lunes intentaba abrir la puerta de su coche sin que un heterogéneo montón de carpetas, la cartera y el bolso se le deslizasen por el techo del vehículo. Ella vive enfrente de mi casa y la puerta del conductor quedaba en su acera. No podía ver que tenía la rueda trasera del otro lado completamente vacía. Me detuve para advertírselo. Su cara mudó de “ejecutiva empezando a estresarse desde muy temprano” a una de las variantes de “mujer al borde de un ataque de nervios”. Me ofrecí a cambiarle la rueda. Su cara avanzó un grado más en su ascensión hacia el desmoronamiento psíquico. La de repuesto estaba puesta desde hacía cuatro días y no había tenido tiempo de arreglarla. Mal momento para quedarse sin coche, pensé. Su expresión estaba cerca del punto de no retorno.
Patty es una mujer que ronda los sesenta. Exquisita en el vestir y en su comportamiento. Y tremendamente cálida y acogedora. Es muy chocante que sea una fan irrecuperable de Patti Smith, una mujer cuya imagen está en el otro confín del universo. Pero así son las cosas. Nuestra Pati podría confundir a cualquiera cantando piezas de la Smith. Claro que jamás engañaría a nadie por el parecido físico.
Tuve una idea genial (sobre todo considerando la hora en que estábamos) “Llévame hasta el metro y quédate con mi coche” Sólo por su cambio de expresión habría merecido la pena. Así que bajé del coche, la ayudé a meter su cargamento dentro, me senté en el asiento del copiloto y me dejé llevar. Ella se deshizo en agradecimientos durante el trayecto. Yo me dedique a interrumpirla constantemente, recordándole el montón de noches de conversación y compañía que nos habían proporcionado ella y su marido cuando llegamos a nuestra casa. Cuando volví esa tarde (muy tarde) mi coche estaba en casa (¡Lavado!) Mi mujer y Pati reían frente a unas cervezas.
Yo me alegré de tener vecinos encantadores y quedaba un día menos para finalizar la semana.

Un día como hoy

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Hoy es uno de esos días tontos en el que existe tal cantidad de trabajo que te pasas un montón de tiempo sin poder trabajar. No, no exactamente. Te pasas un montón de tiempo sin poder avanzar en tu trabajo porque dependes del trabajo de otros que, a su vez, dependen del tuyo en algún momento. Total que, mientras “otros” trabajan en la pieza que tú necesitas para encajar la tuya, tengo momentos sueltos de inactividad laboral que empleo en distraerme. Por ejemplo he descubierto que tal día como hoy (4 de Abril) fallecieron personajes de la talla de Alfonso X El Sabio, Martin Luther King y Zulfikar Ali Bhutto. Pero también mí adorada Gloria Josephine Mae Svensson (más conocida como Gloria Swanson). Que fue tres veces candidata al oscar y que no consiguió nunca. Su última actuación nominada es por Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses) donde estaba dirigida por Willy Wilder.
Es una película que contiene momentos de esos que inmortalizan el cine: el comienzo en voz en off, que nos quita cualquier posibilidad de happy end, ya que es un muerto el que habla (nunca se había hecho antes), y la impresionante y lenta bajada de la escalera al ansiado encuentro con las cámaras de Gloria Swanson que expresa el declive de lo que ella representa: una estrella del cine mudo que no ha sabido adaptarse a los tiempos. Me encanta esta película. Uno de los mejores directores y guionistas de todos los tiempos (Y si me pongo a citar sus obras relleno un kilobyte) que tiene seis Oscar ( y, además, los tiene como director, como guionista y como productor) y numerosas nominaciones, amén de un montón de otros premios y nominaciones. Ambos son parte de mi felicidad personal.

Túneles

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Leí hace algunos días un post acerca de curiosos encuentros en el metro. Yo soy un usuario “profesional” de dicho servicio (me paso 90 minutos diarios – al menos –dentro de un túnel) pero suelo ir atrincherado contra todo tipo de intromisiones durante mis viajes.
Juego con la ventaja de tomar el metro en estaciones muy próximas a la cabecera de línea y ello me permite ir sentado todo el trayecto. No suelo encontrar ocasión de ceder mi asiento a personas de avanzada edad a las horas en que transito por el subsuelo y las embarazadas parece que no frecuentan el inframundo. Además a primera hora de la mañana y tres estaciones desde la mía el vagón está tan lleno que sería difícil que pudiese hacerlo.
En fin que decía lo de ir atrincherado frente al entorno hostil y promiscuo del transporte público. Dos son mis armas. Como primera barrera defensiva utilizo un iPod cargado de música marchosa y contundente (Hoy he escuchado el “Whe shall overcome” de Bruce Springteen, ayer el “Roxy” de Eric Burdon y “Aqualung” de Jethro Tull) que conecto a mi cerebro con unos auriculares intraurales. Eso quiere decir que van embutidos en el canal auditivo tal que si fueran tapones. De hecho funcionan como unos tapones, incluso sin música me libro de la mitad del ruido del tren. Una vez en funcionamiento el reproductor, no me entero de nada por vía auditiva. Difícilmente me pasaría lo que cuenta tirita en su blog (ciertamente de lectura recomendable). El arma complementaria es un libro. Yo, aislado del ambiente sonoro, me siento, me calzo las gafas y saco el libro que corresponda. Una vez comienzo la lectura estoy en otro mundo y mi aislamiento del entorno es absoluto.
Esto de la lectura “en túnel” tiene sus ventajas. Normalmente es la mayor cantidad de tiempo continuo que puedo dedicar a la lectura (ahora estoy con “Vida y destino” de Vasili Grossman. Un tocho de 1100 páginas cuyo principal defecto es que pesa como un ladrillo y que te engancha como una droga).Su inconveniente es que no puedo disfrutar del paisaje humano de los vagones.
Paisaje que otros blogeros aprovechan en sus páginas y que muestra una disyuntiva vital de lo más interesante. Dedicarte a la recolección de sucesos para crear literatura o aislarte de la cosecha y disfrutar de la susodicha literatura. El campo y la ciudad.

Al día siguiente

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... de aquel mágico Día de Reyes se repitió el esquema. Y también al siguiente. Quedábamos por la tarde y terminábamos de madrugada. Volvíamos andando a casa, mientras hablábamos y hablábamos. Me sentía cálidamente envuelto en su voz, y su sonrisa resplandecía en la noche invernal. No me costaba recordar tiempos parecidos en los que una mujer maravillosa era la medida de mi presente y mi futuro. Pero... esta vez había posibilidades que no hubo en aquel tiempo. Mi estado de levitación sólo se veía controlado por la prevención de no forzar la única elección que me parecía deseable. Yo volvía a casa de mis padres canturreando el último hit de las islas: You can’t hurry love (La versión que hacía Phil Collins del éxito de The Supremes). Lo convertí en un mantra de sosiego (No puedes meterle prisa al amor...) pero, en realidad, el futuro no iba más allá del día siguiente.
Pero llegó el domingo y el momento inaplazable de hacer las maletas y volver al trabajo.
Resultaba imposible cambiar nuestros billetes para hacer el viaje juntos y ella saldría dos horas antes que yo. Debía contentarme con hacer el viaje junto a ella, en la medida de lo posible. Fui a buscarla en un taxi y llegamos juntos hasta el aeropuerto. Por allí estuvimos hasta que llamaron a los pasajeros de su vuelo y nos dirigimos a la puerta de embarque. Cuando ya no quedaba ningún pasajero a quien ceder el paso SHE se abrazó a mi cuello y me dijo susurrando: “Te voy a echar de menos hasta la próxima vez”. De inmediato me soltó y se dirigió hacia el túnel sin volver la vista atrás. Tardé bastante tiempo en dejar de ser un adorno de la terminal y moverme hacia la zona de embarque de mi vuelo. Con el cerebro desconectado de la realidad circundante logré subir a mi avión, encontrar mi asiento y bajar de nuevo al arribar. Cuando vi en la cinta de equipajes el petate añoré aquella sonrisa que me había cautivado la vez primera. Arrastré “el cerdo” en dirección al metro, inconsciente del clima, la hora y la humanidad en general.
Al salir de la terminal SHE estaba esperándome. Su sonrisa iluminaba el ambiente grisáceo de la isla. “Me apetecía volver a verte”. El sol surgió en la noche británica y nos siguió en el metro hasta Paddington Station. Mientras contemplaba como se alejaba el tren, me sentí auténticamente afortunado. Nada ensombrecía mi dicha. Ella me había besado en aquel andén antes de subir al tren. Era primavera en enero.
Recogí a mi gato de casa de mi vecino. Yo todavía tarareaba You can’t hurry love. En su mirada vi reflejada una ligera sospecha acerca del origen de mi sonrisa. Mi gato, por el contrario, no pareció apreciarlo. Mi casa me pareció el Taj Mahal. Sólo mi irracional respeto al extraño sentido del humor de los dioses me hizo estremecer durante un instante. Fugazmente pasó por mi mente lo que podía importar la factura y cuando me la pasarían al cobro. Fue sólo un instante, me sentía completamente feliz.
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