Fin de mes (y 3)
Wednesday, 7. May 2008, 11:46:47
El último día del mes me levante de la cama, como todos los días. Mi mente iba, despacio, abriéndose al mundo y mi desayuno cumplía la difícil misión de hacer el proceso, a la vez, posible y agradable.
Me crucé con mi mujer en el pasillo y noté que ella estaba empezando a sufrir los ataques de un catarro primaveral. La alegría de ser el único en casa que no había pasado por la experiencia este año (¡Todavía!) fue desapareciendo paulatinamente. Cuanto más tiempo estaba fuera de casa más evidente era que mi eficaz sistema inmunitario me la estaba jugando de nuevo. A media mañana, al volver de tomar un café, tenía los ojos cargados y mi nariz empezaba a “destilar”. La habitual “alergia primaveral” anunciaba sus atenciones estacionales.
Digamos que la mañana fue llevadera a pesar de mis padecimientos. Una de las ventajas de pasarla dentro de un edificio supeditado a la climatización artificial es que la naturaleza (y el polen) quedan fuera de mi esfera laboral. Claro que ello derivaba en una especie de angustia profética: “En cuanto salga de aquí me van a dar los siete males”. Premonición que entristecía un día que, por ser víspera de puente de gran longitud, era, en lo laboral, de menor duración que otros.
Claro que el salir antes no me suponía más alegría que el hecho en si mismo. Los miércoles de mi mujer no conocen conmemoraciones festivas y suponen su ausencia del hogar hasta pasadas las nueve de la noche.
A cuenta de lo expuesto decidí refugiarme en mi buhardilla. Lugar en el que lo único vivo soy yo.
Mis hijos no estaban en casa. Mi mujer tampoco. Los miércoles no toca asistenta. Mi equipo de música se iba a desgastar mucho en las horas finales del mes de abril.
Naturalmente antes de una hora ya había sido interrumpido por varias llamadas telefónicas. Unas atendibles y otras rechazables (Esas en las que un desconocido con acento extraño intenta convencerte de que te cambies de operador telefónico o de que pidas un crédito que hará cumplirse tus sueños). Aprovechando que mi actual operador me regala las llamadas desde mi casa a mis móviles, desvío las llamadas a este y lo pongo en vibración. El resto de la tarde lo paso escuchando música y mirando (¡Ocho veces, oiga!) la pantalla del celular mientras decido si atiendo o no la llamada. Al menos no tengo que soportar el timbre de llamada.
Cuando mi mujer llega a casa trae malas noticias, a juego con su aspecto de cansada y acatarrada. El tranquilo y local puente que habíamos previsto tendrá que ser anulado. Un tío de mi mujer, que había sido operado recientemente, está en estado grave en Zaragoza. Se impone viaje relámpago el viernes con extra de recoger a pasajeros – y devolverlos – en medio.
No les describo el estado de mi mujer el viernes. Tras 700 Km., en plena efervescencia catarral y después de poner toda su capacidad empática en las horas precedentes. El resto del puente fue una convalecencia hogareña.
El lunes el retorno al trabajo fue muyyyyyy duro.
Me crucé con mi mujer en el pasillo y noté que ella estaba empezando a sufrir los ataques de un catarro primaveral. La alegría de ser el único en casa que no había pasado por la experiencia este año (¡Todavía!) fue desapareciendo paulatinamente. Cuanto más tiempo estaba fuera de casa más evidente era que mi eficaz sistema inmunitario me la estaba jugando de nuevo. A media mañana, al volver de tomar un café, tenía los ojos cargados y mi nariz empezaba a “destilar”. La habitual “alergia primaveral” anunciaba sus atenciones estacionales.
Digamos que la mañana fue llevadera a pesar de mis padecimientos. Una de las ventajas de pasarla dentro de un edificio supeditado a la climatización artificial es que la naturaleza (y el polen) quedan fuera de mi esfera laboral. Claro que ello derivaba en una especie de angustia profética: “En cuanto salga de aquí me van a dar los siete males”. Premonición que entristecía un día que, por ser víspera de puente de gran longitud, era, en lo laboral, de menor duración que otros.
Claro que el salir antes no me suponía más alegría que el hecho en si mismo. Los miércoles de mi mujer no conocen conmemoraciones festivas y suponen su ausencia del hogar hasta pasadas las nueve de la noche.
A cuenta de lo expuesto decidí refugiarme en mi buhardilla. Lugar en el que lo único vivo soy yo.
Mis hijos no estaban en casa. Mi mujer tampoco. Los miércoles no toca asistenta. Mi equipo de música se iba a desgastar mucho en las horas finales del mes de abril.
Naturalmente antes de una hora ya había sido interrumpido por varias llamadas telefónicas. Unas atendibles y otras rechazables (Esas en las que un desconocido con acento extraño intenta convencerte de que te cambies de operador telefónico o de que pidas un crédito que hará cumplirse tus sueños). Aprovechando que mi actual operador me regala las llamadas desde mi casa a mis móviles, desvío las llamadas a este y lo pongo en vibración. El resto de la tarde lo paso escuchando música y mirando (¡Ocho veces, oiga!) la pantalla del celular mientras decido si atiendo o no la llamada. Al menos no tengo que soportar el timbre de llamada.
Cuando mi mujer llega a casa trae malas noticias, a juego con su aspecto de cansada y acatarrada. El tranquilo y local puente que habíamos previsto tendrá que ser anulado. Un tío de mi mujer, que había sido operado recientemente, está en estado grave en Zaragoza. Se impone viaje relámpago el viernes con extra de recoger a pasajeros – y devolverlos – en medio.
No les describo el estado de mi mujer el viernes. Tras 700 Km., en plena efervescencia catarral y después de poner toda su capacidad empática en las horas precedentes. El resto del puente fue una convalecencia hogareña.
El lunes el retorno al trabajo fue muyyyyyy duro.
Tan bueno q es ignorar las llamadas... para eso está el buzón de voz!!
Siempre es bueno leerte...
Saludos:D
By auberonmd, # 29. May 2008, 16:50:23
Gracias por comentarlo.
By bacaicoa, # 29. May 2008, 17:14:19