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Mal de altura

Aclimatación a la escalada de la pirámide de edad

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Turistas revisited

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He recibido una leve reconvención por parte de mi crítica favorita – BB – a cuento de mi agrado por el último libro de Paul Auster (que recomendaba en el post anterior).
Me señaló que el libro refleja una acusada pérdida de imaginación por parte del autor, que es un puro ejercicio de autocomplacencia, que sus pretensiones de constituir una reflexión sobre la tarea del creador literario son, como poco, fraudulentas. Que la “presunta” novela no pasa de ser un borrador de primerizo desorientado. Y varias sesudas observaciones más.
Vale me rindo ante la argumentación. Admito todo lo que dice BB. Y me defiendo argumentando en una línea parecida a la que empleé al hablar de Paco de Lucía. Y que serviría para justificar a bastantes artistas. “Viajes por el scriptorium” no es la mejor de sus novelas. Y no debería recomendarse sin hacer notar que sólo será apreciada por los que hayan leído gran parte de sus otras – muy superiores – obras. Es más, estoy dispuesto a reconocer que ni siquiera la mayor parte de sus admiradores gustarán de esta obra. Pero – me defiendo – la recomendación no está hecha desde una perspectiva de crítica literaria. Más bien es una cita anecdótica en el relato de mis vacaciones. El comentario casual acerca de un momento disfrutado. Y yo sí disfruté de la lectura de este libro. Dándome perfecta cuenta de su carácter de divertimento. Incluso admitiría que fuese una tomadura de pelo hacía sus fieles lectores – como es mía os la tragareis sin protestar porque me adoráis – por parte de un escritor pasado de fama. Todo lo admito, y me disculpo por no hacer las advertencias prescritas. Pero, a mí me gustó. Y de eso trataba el post. Den ustedes por borrada la referencia y no se hable más de esta historia.
Naturalmente BB no se ha limitado a esta anécdota. Cuando se tiene la fortuna de pasar una tarde con ella las cosas a recordar suelen ser muchas. Sobre todo porque, últimamente nos vemos poco. Seguimos manteniendo correspondencia y algunas cosas del blog se las he remitido sin indicarle su precedencia. BB me insiste en que debería escribir en serio pero soy consciente de que no es mí momento.
La verdad es que fue una auténtica sorpresa que telefonease a casa el viernes pasado (cuando estábamos a punto de regalarnos el visionado de Manhattan de Woody Allen) para que la invitásemos a comer al día siguiente. Lo hicimos y tras una larga sobremesa solicitó a Silvia permiso para secuestrarme durante un par de horas. Le fue concedido y nos marchamos a pasear.
Siempre es agradable charlar con BB. A estas alturas ya no sabemos en que tipo de relación encajaríamos. Somos amigos, y podríamos adoptarnos mutuamente como hermanos – yo sería el hermano pequeño – pero también habría un trasfondo de amor y atracción sexual no consumada puesto que, en su momento, BB fue una mujer que pudo haber hecho conmigo lo que hubiera querido.
La suerte es que ella no quería ese poder y lo rechazó de plano. Todo nuestra historia conduce a una relación poco común. Pero ella es el amigo imprescindible con el que se comparte la parte de tu vida que no compartes con nadie más y que, en compensación, no tiene más relación contigo que esa pequeña e íntima parte compartida. Me resulta maravillosa la sensación de caminar junto a una mujer atractiva – que lo sigue siendo y mucho – sabiendo que ambos nos negaríamos a aceptar una “proposición deshonesta” del otro.
Esa noche, tras su despedida, nos sentamos a escuchar música. Sin hablar, cogidos de la mano. Zoe Rahman, Acoustic triangle, Bill Evans… Ambos sabemos que hay momentos en que debemos dejar al barro posarse y que las aguas se vuelvan claras de nuevo. Y esa noche allí estábamos envueltos en música. Sólo el uno para la otra y viceversa. Igual que cuando nos casamos pero con más espacio vital. Y, además, el espacio vital ganado a los okupas a los que prestamos el apellido. Vale, exagero. Pero reconozcan que en lo más hondo…

Los años de BB

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Los años de BB son la marca comercial de mi ingreso en la edad adulta. Durante aquellos seis años desenfrenados senté las bases de mi futuro y exploté las posibilidades de mi persona hasta más allá de los límites de prudencia que tenía fijados al comenzar. Considero que son de BB porque ella es el elemento catalizador de todas mis iniciativas.
Con seguridad es la persona con la que pasé más tiempo durante aquella época. Sí, Gerard es posible que estuviera más horas conmigo pero en unas condiciones en que simplemente éramos una sombra el uno para el otro. Durante las muchas horas que dura una escalada las empleadas en “estar” con el otro son mínimas. Siempre estás solo contigo mismo. Y en aquella época, en la que solo James Bond tenía móviles y otras virguerías, el significado de solo es estricto. Para salir de un apuro más valía que no tuvieras necesidad de otros.
BB se convirtió en mi guía espiritual dado que nada material cabía entre nosotros. Con ella discutí mis planes. A ella confié mis dudas. De ella obtuve los consejos más valiosos, que no siempre fueron amables, pero si sinceros. No siempre los seguí y de ello me arrepentí todas las veces. BB se convirtió en el muro de racionalidad donde se estrellaban todas mis fantasías. Jamás pude convencerla de cosa alguna. O bien ella estaba de acuerdo conmigo desde el principio o bien acababa demostrándome que yo estaba equivocado. Y todo ello sucedió sin que, en ningún momento, yo dejase de considerarla como…ídolo bello, a quien humilde adoro…que diría Góngora en su Soneto 86.
Durante seis años mi vida osciló entre el éxtasis de la búsqueda del Grial (esa imposible perfección que deseamos con irracional ahínco) y la constatación de que nadie es perfecto y que disfrutar de la vida no esta reñido con los más altos ideales éticos.
Tras licenciarme del ejército me embarqué en convencer a Gerard de lo conveniente de fijarnos un objetivo importante en los Alpes. Algo que nos obligara a esforzarnos en ser mejores escaladores. Su situación de enamorado desengañado y su carácter competitivo me facilitaron la tarea y cayó en la trampa sin dificultad. Aquel verano escalaríamos el Eiger por su cara norte y volveríamos convertidos en caballeros alpinistas. Durante tres meses no existió más horizonte en nuestras vidas que la Eigerwand.
Al final de nuestra estancia en Grindelwald no habíamos escalado la pared, estábamos física y psíquicamente exhaustos y lo único que deseábamos era volver a casa. Sentados en Kleine Scheidegg mientras contemplábamos la pared “decidimos” darle una tregua y volver otro día. Luego nos gastamos los últimos francos en UNA cerveza y nos hartamos de reírnos de nosotros mismos.
Cuando una semana después se lo contábamos a BB aun nos reíamos de nuestra osadía alpinística. Querer llegar y besar el santo tratándose del Eiger. Ese mismo día coincidí, de nuevo, con Fernando y, ¡Oh, Fortuna! yo era la persona que estaba buscando. Tenía entre manos un proyecto empresarial a pequeña escala. Dinero suficiente para dos personas sin muchas responsabilidades económicas y trabajo concentrado que dejaría mucho tiempo libre. Se me iluminaron los ojos.
El sueño de cualquier alpinista de la época, imposibilitado de comer de su afición, era ese trabajo que te permite acometer salidas a la montaña en función de las condiciones meteorológicas y no de las laborales.
Aquella oferta significaba, además, que mi idea de alquilar una casa era más factible. Ya no dependería solo de mis ahorros y de las posibles clases que pudiera conseguir tras la larga desconexión obligada por mis actividades militares.
Así que aquel año decisivo de la Eigerwand me embarqué en múltiples aventuras. Estaba decidido a vivir independientemente. A ser un alpinista de categoría. A ganar dinero con el comercio internacional. Y a convencer a BB de que cambiase de opinión respecto a “lo nuestro” y se dejase seducir por mis encantos.
Treinta años después puedo presumir de que, aunque no logre convencer a BB, si alcance bastante nivel en el resto de mis objetivos.
Durante tres años apasionantes Fernando y yo, moviéndonos siempre en el límite de lo legal, importamos discos (grabaciones “piratas” en directo, sobre todo) y piezas raras de alta fidelidad que nos permitieron ser económicamente independientes, aunque no nos hiciéramos ricos y famosos.
En esos tres años Gerard y yo nos hartamos de escalar juntos y cosechamos grandes satisfacciones en los Alpes (en verano y en invierno) Esos fueron los años en que forjamos la base de nuestro salto a las cimas más altas que vendrían después.
Durante esos tres años acumule cientos de horas de conversación con BB. Tiempo suficiente para que ella me convenciera de que debía aspirar a metas más altas en lo profesional (acabando mi carrera y ejerciéndola) pero insuficiente para que yo pudiera convencerla de que era el hombre de su vida.
Y fueron los años del desenfreno que proporcionaban las fiestas en casa de Henry. De todo eso hablaremos más adelante.

Malos tragos 6

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Mientras cada uno contemplábamos un sector de las posibilidades que se nos ofrecían, el plano del destino nos cegó y allí mismo quedó fijada nuestra relación.
Durante seis años fuimos lo que debieran haber sido Sir Lancelot y Ginebra. Pero esta reina nunca tuvo que plantearse traicionar a su rey y marido porque no existía. El caballero que la pretendía no tenía que desafiar a su rey y a su código porque no había rey, ni Mesa Redonda. En nuestro caso la reina y el caballero no tenían ningún dilema moral. En la realidad que me tocó vivir no existía ningún impedimento para el amor entre Lancelot y Ginebra. El problema es que las categorías de amor de los participantes eran incompatibles. Desde un principio fui consciente de que no habrían besos, ni caricias, y que el contacto más íntimo sería el de nuestras manos durante alguna conversación especial. Protocolo y amistad tierna. No solo los dragones hacen difícil la vida del caballero.
Comprendo perfectamente el carácter del “amor cortés” del siglo XII. Lo he practicado con devoción. La cercanía del amado que, a la vez, duele y conforta.
La vivencia de la pasión amorosa como un dulce infierno tiene una alta correlación con la actividad alpinística. El sufrimiento físico y psíquico que supone una meta en el límite de nuestras posibilidades se compensa con el simple hecho de recorrer el camino hacia esa meta. Meta que jamás será un hecho físico si no espiritual. Las montañas ni se conquistan, ni se poseen. Una vez alcanzada la cima se es expulsado de ella y solo las fotografías recuerdan el hecho. Para la montaña nuestro paso apenas supone una mínima erosión. No somos nada si nos medimos con ellas. Lionel Terray acuñó el concepto de “conquistadores de lo inútil” para describir, magistralmente, ese proceso.
BB fue mi Machapuchare. La montaña sagrada a la que está prohibido que asciendan los hombres. Sí acaso hasta 150 metros por debajo de su cima.
Fueron años extraños en los que ocurrieron todas las cosas que podían ocurrir. Los años de mi explosión como alpinista. Los años de mis experiencias empresariales con Fernando. Los años en que salí de casa de mis padres y tuve, por vez primera, casa propia. Los años en que volví a estudiar y terminé mi carrera. Los años en que tomé la mayoría de las decisiones que conformaron mi vida posterior. Pero sobre todo fueron los años de BB.
Algunos años después Rocío – la madre de BB – sacó a relucir aquellas navidades y los años que siguieron. Y confesó que había deseado que BB y yo hubiéramos entablado unas “relaciones serias”. Y, en su estilo de absoluta sinceridad, que si no era entre los dos fuera, por lo menos, con alguien semejante. Sonreía al recordar como sintió que una fuerza extraña nos envolvía aquella tarde cuando volvieron a casa.
BB no se ha casado – ni real, ni figuradamente – y nunca ha sido “pareja” de nadie. Algunos hombres han gozado del inmenso honor de ser “parejas” suyas. Pero ella siempre ha enfocado la vida desde una perspectiva personal e independiente.
Mientras nadaba en sus ojos fui recuperando las bases del equilibrio mental. En ese lapso de tiempo en que el silencio nos envolvió comenzaron a evaporarse los últimos resquicios de la drogadicción hormonal que Carmen había desatado. Mientras me reflejaba en aquellos ibones retomé mis ideales caballerescos. En consonancia con la declarado puse mi vida anterior en manos de BB y me comprometí en una nueva vida. Intente mantener el tono de mi aparatosa actuación previa y, así, incliné mi cabeza y le hice testigo de mi nueva vida y de mi primera misión como renacido caballero. Rescataría a Gerard de las garras de cualquier embrujo y ambos pondríamos a sus pies la piel del Ogro. Ese mismo verano escalaríamos la Eigerwand.

  • BB se llama Carmen, pero por motivos evidentes siempre me he resistido a nombrarla así. La coincidencia me producía desasosiego en aquellos momentos y la sensación de desagrado aun no ha desaparecido. En los últimos tiempos no hace más que reprocharme que, a su edad, la trate todavía con un mote de quinceañera. Pero tampoco ha puesto todo el empeño del que es capaz para evitarlo. Hay cosas que se hacen irremediables con el paso de los años.


Malos tragos 5

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¡Deja de hacer el tonto! – Dijo levantándose y dándome la espalda – No voy a perdonarte nunca lo que me has hecho sufrir viendo como se desvanecía, vampirizado por una cretina, el único hombre al que puedo considerar un amigo. Eras el único hombre, aparte de mi hermano, con el que podía conversar sin tener que medir las expectativas del otro de acostarse conmigo. Yo creía que podíamos conversar sobre cualquier tema. Y, sobre todo, creía que, de tener algún problema, había confianza suficiente para solicitar ayuda del otro. He estado aguantando todo este tiempo fiándome de mi hermano. Pero Gerard es casi tan gilipollas como tu.
Yo, en efecto, seguía, como un gilipollas, de hinojos ante el sillón vacío mientras BB paseaba por la sala, enfurecida.
El tiempo arregla las cosas – Continuó, imitando la voz de su hermano – Ya se dará cuenta. No hay que interferir en la vida privada de los demás. En algún momento pensé que Gerard tenía un cortocircuito mental. Que se le había licuado el cerebro. Luego me he dado cuenta que estaba actuando como un “hombre”.
Dijo la palabra con un marcado gesto de sorna. Y, por primera vez en mucho tiempo, mi cerebro empezó a atar cabos a una velocidad suficiente.
Parece que las mujeres tienen el poder de que el hombre haga con agrado cosas que jamás se plantearía hacer sin ellas – Se paró frente a mí mientras yo me levantaba del suelo – Parece que hasta las más preclaras inteligencias masculinas, en las que tu no deberías ser tan presuntuoso como para incluirte, se embotan ante dos tetas, y más si la propietaria se muestra dispuesta a su cesión para uso y disfrute. Y parece que la cosa es tan ineludible en vosotros como tener la regla en nosotras. Y parece – intercaló lo que parecía un taco gordísimo en francés – que es contagioso.
La realidad, en forma de una infinitud de detalles percibidos inconscientemente a lo largo de muchos meses, me inundaba el cerebro. Carecía de fuerzas para efectuar cualquier movimiento corporal. Mi mente bullía.
¿Cuánto tiempo hace que no hablas seriamente con Gerard? – prosiguió bajando sutilmente el volumen de su voz – Porque los “hombres” habláis de estas cosas entre vosotros ¿Verdad? Os contáis vuestros problemas con las mujeres ¿No? ¿No habéis intercambiado experiencias entre vosotros dos? Pero – elevo, de nuevo, la voz ante mi expresión estupefacta– ¿Qué clase de amigos sois Gerard y tu?
¡No era posible! Gerard colgado de una mujer…también.
En los últimos tiempos he perdido a mis referentes del sexo opuesto – Suspiró con aire dolido – Ya solo puedo hablar con mujeres, o con hombres a los que una nube de hormonas parece envolverles el cerebro. He llegado a considerar la posibilidad de hacerme monja.
Yo continuaba pasmado. Por mi cerebro bullían las ideas sin que pudiera encajarlas en un esquema. Demasiado tiempo sin ejercitar el pensamiento coherente. Demasiado tiempo sumido en un universo ilusorio. Demasiado tiempo ajeno al mundo real.
¿Sabes lo que han supuesto para mí estos últimos meses? – Continuó – El darte cuenta que se puede llegar a no significar nada para nadie. El ser consciente que solo puedes hacer algo por aquellos que más quieres dejándoles solos en su intento de autodestruirse. Y, a lo más, acechar en espera del desfallecimiento último; del momento en que, ya perdida la consciencia, prácticamente el otro no existe como persona y no se puede decir que estás interfiriendo en una vida ajena.
Lo siento – balbucee – Soy doblemente imbecil. De verdad que nunca he querido hacerte daño pero…
Si, lo sé – me cortó, exhalando fatiga – Sé que, como siempre repetís los dos, solamente tu mismo eres el responsable de tu propia vida. Pero las intenciones no modifican los hechos. El camino del infierno, etcétera, etcétera.
Preferí mantenerme en silencio mientras me rebullía interiormente, por primera vez, una furia inconcreta dirigida hacia Carmen y mi mismo casi por igual. El causar sufrimiento a otros estúpidamente siempre me ha hecho mucho daño. No es el “daño colateral” que ha sido medido y aceptado, con mayor o menor egoísmo, como mal menor. No, es el sufrimiento causado por no pensar, por olvidar el alcance de tus actos, por no tener en cuenta, precisamente, a los más cercanos a ti.
Con mi humillación ante Carmen había alcanzado lo más bajo de mi condición humana. Allí, paralizado, viendo como la única mujer a la que podía denominar mi amiga exudaba soledad e impotencia me sentí en lo más bajo de la escala de los desechos.
Envueltos en el silencio nos quedamos mirándonos fijamente. Empecé a tomar conciencia del valor de BB como amiga. Y de su valía personal. De lo mucho que significaba para mí. De lo mucho que me atraía aquella rubia tendente a la delgadez y para la que yo – ¡Mala suerte! – no tenía ningún atractivo sexual. Y de lo que debía haber significado para ella contemplar el espectáculo deprimente de mi alienación sentimental. Si hoy tuviera que numerar a mis amigos me bastarían los dedos de una mano. Y BB encabezaría la lista.
La mente humana es un pozo de incertidumbres. Siempre he considerado que aquel largo momento fue mágico y que múltiples destinos se entrecruzaron en esa habitación. Podría haber sucedido cualquier cosa y yo atesoro ese instante porque contiene todos los universos posibles. Ese momento es la riqueza absoluta. Condensados en apenas unos segundos todos los sucesos hacederos, se desplegó en mi mente una telaraña de decisiones. El vértigo del poder absoluto sobre mi vida se mostró en toda su crudeza. En el centro del jardín de los senderos que se bifurcan yo me contemplaba en los ojos de BB sintiéndome un alpinista de paredes infinitas.
Un ruido en la puerta anunció la vuelta de los padres de BB. Fue el colapso de la función de onda. Las múltiples posibilidades de nuestro futuro se concretaron, en aquel instante, en el esquema de lo que serian muchos años de relaciones.

Malos tragos 4

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BB ha demostrado ser una mujer muy inteligente. Ya lo era entonces. Mis conversaciones con ella sirvieron para poner orden en mi materia intelectual. Y, a la larga, sirvieron para que pudiera navegar por el mundo con cierta tranquilidad. Nunca me he librado de la sensación de pasar un examen cada vez que me veo con ella habiendo pasado muchos meses.
Yo creía que estabas esquiando – dije.
¿Yo? ¿Dónde está yo? – atacó de improviso – Parece mentira que una francesa…
Medio francesa – dije sin entender de qué iba aquello.
Que una francesa – recalcó, sonriendo beatífica – tenga que darte lecciones de gramática y parece mentira que alguien a quien se puede considerar inteligente se empeñe en demostrar de continuo que no entiende el mundo. La comunicación entre las personas exige, como mínimo, tres cosas: Emisor, mensaje y receptor. En gramática: Sujeto, verbo y predicado.
Yo seguía sin entender nada, pero BB siempre me había impresionado razonando y el procedimiento de cocer en su propia incertidumbre al que escucha, apelando al respeto del turno de palabra, es una artimaña que yo también empleaba.
Ángel quiere a Carmen – continuó – Pues que bonito. Lástima que la estructura de la frase se resienta de la falta de significado de dos de sus tres componentes. ¿Ángel? ¿Quién es Ángel? ¿Ángel es una persona? Pero una persona, además de un cuerpo; más o menos bien puesto, tiene algo más. ¿Tiene el tal Ángel algo alrededor del cerebro de reptil que controla su pene? Hasta hace un año “Ángel quiere” tenía poder. Ángel quiere hacer una carrera, Ángel quiere escalar una montaña, Ángel quiere ser escritor. Y ¿en qué ha quedado todo eso? Ángel solo es el adorno de una niñata. Y querer ha quedado despojado de cualquier poder porque el sujeto de la frase se ha transmutado en objeto. ¿Cómo puede un objeto ser elemento activo?
BB s´il vous plaît – rogué – no me machaques en tan señaladas fechas de amor universal y alegría infinita.
Esto es una caricia “AB” – continuó ella sarcástica – Tendría que haberte despellejado vivo hace tiempo. Que uno de los hombres mejores que conoces pierda la cabeza por una niñata, no solamente es un desperdicio, es una afrenta personal.
Avanzó por el pasillo despotricando en francés mientras yo la seguía estupefacto.
Llegados al salón se volvió hacia mí y mirándome con cierta furia preguntó - ¿Te has dado ya a la bebida o estas pensando en un sepuku ritual a la altura de un caballero samurai? Lo digo por si puedo ofrecerte algo de beber en atención a las fechas y a tu cortesía de venir a verme solo por casualidad.
Yo no estaba preparado para aquello. Bueno yo no estaba preparado para ninguna cosa que pudiera sucederme. Prueba de mi incapacidad mental en aquellos momentos es el hecho de haber pensado que BB – aquel tono tan convincentemente indignado, sugiriendo un dolor íntimo – tras tantos años rechazándome, estaba por mis huesos. Es una prueba más de la inmensidad de la estupidez humana.
Gracias – conteste, expectantemente estupefacto – aprovecharé para reducir las reservas del magnífico cognac de tu padre.
Puedes servirte tu mismo – dijo mientras se dirigía displicente hacia uno de los sillones – no quiero que mi actitud te lleve a pensar que voy a envenenarte.
Me serví una pequeña cantidad mientras ella, sentada muy erguida en el sillón, sostenía su cara con las manos y me taladraba con la mirada. En aquellos momentos no sabía que pensar, que decir, que hacer. Mis capacidades para relacionarme con el mundo real se reducían a las estrictamente protocolarias – buenos días, encantado de verle, feliz navidad – y BB me estaba poniendo en el límite de mi resistencia síquica.
BB mantenía tenazmente el silencio. Me estaba dejando cocer en mis propias divagaciones. Paso a paso hacia el borde del abismo. Hacia la sima que contiene todas las preguntas que no te hiciste y que es imprescindible contestar correctamente para mantener la cordura. ¡Ah si solo fuera una buena amiga que ansiaba salvarme de mis errores!
Y son esos momentos límites los que propician los milagros. Sentí la necesidad de vomitar. Como si todo lo que me había estado pasando fuese una mala digestión y la única solución fuese vaciarse completamente. La luz.
Era una locura. BB estaba intentando salvarme de mi mismo. Se había enfrentado conmigo y era mi amiga. No podía tener intenciones ocultas. BB no se distinguía por morderse la lengua respecto a sus intenciones. Ella quería ayudarme y yo era un imbecil.
El protocolo. Siempre nos puede salvar el protocolo. En aquel instante de inmovilidad absoluta el protocolo gamberro que habíamos pulido, a lo largo de cuatro años de relaciones delirantes, entre BB y yo emergió de las profundidades y se adueñó de mis actos.
Dejé la copa y avancé hacia el sillón. BB mantenía su silencio y su mirada.
Empecé a declamar:
El caballero descubre que su oponente resulta ser una dama disfrazada, adiestrada para el combate por un oscuro maestro nigromante y se arrodilla ante ella. Es imposible. El guerrero preso de sus compromisos morales no puede luchar contra una dama. Toda resistencia es inútil. Sabe que está muerto desde ese mismo momento. Si la dama guerrera es clemente morirá allí mismo y se verá dispensado de la pérdida de su honor. Si la dama no lo es, sellará con el perdón su vida anterior. Quedará esta borrada y deberá iniciarse en una nueva vida con compromisos diferentes. Volver a empezar es, simultáneamente, castigo y recompensa.
Al llegar frente a ella hinqué la rodilla en tierra y esperé.

Malos tragos 3

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Aquellas navidades serían de las más tristes de mi vida. Había renunciado a un mundo en busca del paraíso. Y este había resultado ser una pompa de jabón dentro de la que yo había estado flotando, ingrávido, hasta que –¡pop! – había reventado. Me quedaban seis meses en el ejército. Y seguía siendo incapaz de librarme de Carmen en mis pensamientos. Mis amigos más cercanos se iban a escalar y los menos cercanos se habían convertido en lejanos.
La idea de escalar la Eigerwand era lo único que me mantenía unido al mundo que había conocido. Ni siquiera me apetecía leer. Los días pasados fuera del cuartel los consumía durmiendo y viendo la televisión. Me obligaba a dar largos paseos para que mis padres no se preocupasen por mi estado. Y tres de cada cinco veces pasaba por los alrededores del domicilio de Carmen. Me creía convencido del error de seguir en esa actitud hacia lo ya acabado y volvía a recaer en la esperanza de que Carmen me llamase por teléfono. Mantenía la ilusión de escalar en el Eiger pero no había intentado recopilar ninguna información. Solo daba vueltas, como en un sueño, a lo que recordaba de lecturas pretéritas.
En mi familia no se celebra Nochebuena. No somos de cenas. La tradición es de comidas pantagruélicas con sobremesa extendida hasta bien tarde. El 26 de diciembre volvería al cuartel así que, en un arranque inusitado de cortesía protocolaria, la tarde del 24 me dirigí a casa de los padres de Gerard para felicitarles y salir un poco de mis rutinas. Casi tres años de intensas relaciones habían concluido en la adopción de cada uno de nosotros como hijo en la familia del otro. Además agradecían, al igual que mis padres, comprobar que su hijo no era el único marciano escalador de la ciudad y que sus compañeros éramos serios y responsables. Algo que solo creen de ti los padres de tus amigos. Yo sabía que Gerard no estaría porque, en un arranque de furia independentista “pasaba” de ciertas tradiciones y estaba esquiando en los Pirineos. Sus padres fervorosos católicos, capaces de contar chistes de Dios, lo soportaban con resignación. Llamé a la puerta y abrió BB.
Si, aquella jovencita rubia que se hacía pasar por francesa y que rechazó todas mis proposiciones con tal variedad de excusas que convirtió nuestra relación en un continuo juego, hasta llegar a una amistad basada en la confrontación dialéctica más bien gamberra. Aquella preciosidad ahora, con veinte años, era una mujer imponente, aunque tendente a la delgadez, que minimizaba su enorme atractivo reduciéndolo al mínimo esencial. Había dejado las prendas ajustadas y ya no exhibía sus bellísimas piernas vistiendo minifaldas escandalosas. Se había pasado a los vaqueros y las camisas sueltas. Ahora solo se advertía que tenía unas largas piernas y un culo algo justo de volumen pero perfectamente hemisférico. Hacía muchos meses que no la había visto. No me sorprendió su indumentaria – el cambio venía de atrás – si no la desaparición de su melena. Aquella impresionante melena rubia que se vertía cual cascada por su espalda hasta rozar el mencionado hemisferio… Si, allí estaba BB, con un corte de pelo de nadador idéntico al mío, bronceada en ese tono que solo las rubias de verdad cogen y con aquellos ojos azules como lagos de montaña mirándome. Expectante ante mi reacción. Lloré.
Tenía muchos motivos. Estaba débil emocionalmente. Soy, de natural, tendente a la lágrima cuando me tocan determinadas fibras sensibles. La pérdida de aquella melena suponía un cataclismo estético que llevaría años reequilibrar. Y BB estaba… no encontraba una palabra que pudiera hacer justicia a la imagen que tenía ante mis ojos. La belleza siempre me conmociona. Y BB mostrando en su pura desnudez la cabeza parecía estar más allá de la belleza humana. Si se me hubiera aparecido un elfo no me habría conmocionado tanto. Así que me quede allí, paralizado, y derramé unas lágrimas antes de poder controlarme. Balbucee – he balbuceado muchas veces con BB – algo parecido a “aunque te hagas monja siempre te querré” Me abrazó y dio dos besos mientras decía algunas frases que no llegue a entender, entretenido como estaba en recuperar la compostura.
Se había separado de mí y yo estaba empezando a echarle flores verbales cuando me fijé en que sus padres estaban en el recibidor con los abrigos puestos. Su salida parecía coincidir con mi llegada. Supongo que se dieron cuenta de todo. Yo, recuperado, luche por mantener mi buena imagen y me apresuré a felicitarles, añadiendo que ese era el motivo de mi visita y concluyendo con la necesaria tontería para relajar el ambiente “Me alegro que BB haya visto la luz y retire su perturbadora belleza de la circulación para no complicar más nuestra difícil existencia” La sonrisa del padre me indicó que yo era el único que le secundaba en esa opinión sobre la belleza. A su madre, por el contrario, le parecía un desperdicio y no comprendía que nos pareciese mejor esta imagen que la anterior. En cualquier caso, aclararon sonrientes, les parecía muy improbable ver a su hija en un convento.
-Volveremos en una hora – dijo su madre – ¿Nos esperas para contarnos como te van las cosas?
-Supongo que lograré sobrevivir hasta entonces – contesté – pero no os entretengáis.
Ambos reían al cerrar la puerta. Y me quede a solas con aquel concentrado de hermosura. Su cerebro privilegiado me miraba desde el fondo de aquellos ibones y su sonrisa indicaba que la katana que tenia por lengua estaba muuuuuy afilada. BB parecía alegrarse de verme.

La muerte de Rocío

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Es un acontecimiento reciente lo que me ha traído a la cabeza su recuerdo. Roció era la madre de Gerard. Una sevillana, rubia como su hija y propietaria del diseño de aquellos ojos como ibones que tanta desazón me produjeron. Era algo menos alta que BB y más redondeada. Pero yo no tenía ninguna duda que vestida adecuadamente podía arrasar el mundo y eclipsar a su hija. Elegante pero sencilla evitaba al mundo semejante catástrofe con el recato que su profundo catolicismo le imponía. Ello no evitaba que fuese una mujer de llamar la atención. El contrapunto de alegría en su pareja. Hablaba un francés impecable sin rastro de acento y un español con lejanas reminiscencias andaluzas. Cuando pasaba unos días en Sevilla se transfiguraba y retornaba al acento en toda su pureza.
Murió a principios del 2000 de problemas coronarios. Jamás perdió la sonrisa, ni la serenidad. Unos días antes de su muerte, que fue repentina, aunque todos la esperábamos, bromeaba diciendo que su corazón estaba programado en MS-DOS y que no superaría el “efecto 2000”
Ella ha sido como una segunda madre para mí. La mía había fallecido un año antes y, en mi calidad de hijo mayor, fui el responsable de la organización de velatorio, entierro y funeral. Y de mantener la compostura. No pude llorar en su momento y ya no he podido hacerlo después. Mi madre se sentirá orgullosa de mi entereza pero yo arrastro un cierto desasosiego al comparar esos momentos con los de la muerte de Rocío. En ella lloré
Jean-Pierre de pie, solo frente al ataúd de su esposa, sin dejar de mirarla permanecía enajenado de la realidad que le rodeaba. Contestaba maquinalmente a las condolencias y derramaba alguna lágrima furtiva. Estuvo allí, impertérrito, durante toda aquella tarde sin apartar sus ojos del cadáver. Esa noche se tomo una fuerte dosis de somníferos y no despertó hasta el día siguiente a las últimas ceremonias. En el acto de la cremación un Gerard con aspecto de no haber dormido mucho declamó una de las más bellas elegías que he escuchado. Al día siguiente Jean-Pierre me llamó por teléfono pidiéndome que fuese a verle.
Jean-Pierre es el padre de Gerard. Un señor francés con un cierto aire a Villepin. Que habla un gramaticalmente perfecto español con un imborrable acento francés. Un erudito en historia de Asia que se dedicaba al comercio internacional. Conoció a su esposa en Barcelona cuando ambos eran unos recién llegados y se sentían como exiliados. Se casaron enseguida y tardaron seis años en tener a sus mellizos, que nacieron ya en Madrid. Querrían haber tenido más pero se quedarían en aquellos dos sin que ello les preocupase demasiado. “That’s the way God planned it” decía – en inglés – parafraseando la canción de Billie Preston. Siempre tuve la impresión de que era un señor muy serio porque sentía la obligación de serlo. Exquisito en su trato y un conversador inagotable al que le gustaba hablar con los amigos de sus hijos porque, decía, era imposible entenderse con los hijos hasta que ya eran demasiado mayores. Pero una vez me invitó a una actuación de “Les Luthiers” y tras verle caerse del asiento de risa le tome un cariño especial.
Recuperada la seriedad que siempre le había marcado, me solicito mi opinión acerca de sus intenciones de futuro. Argüía que sus hijos se empeñarían en cuidarle y que no dudaba de la sinceridad de su cariño, pero que él, sin Rocío, ya no era el mismo.
Tengo 73 años – me dijo – estoy en buena forma física y tengo pendientes cosas que solo podré realizar si tengo total independencia. No podría vivir si tengo que estar todo el día pensando en no herir los sentimientos protectores de mis hijos.
Quería liquidar todas sus ataduras con España y comprarse una casa en los Alpes. Quería esquiar hasta que le fallasen los huesos. Hacer fotografías hasta quedarse ciego. Y escribir sobre Rocío antes de que su memoria se borrase. Me pedía mi apoyo frente a sus hijos. En el fondo no soportaba la idea que otra persona que no fuese Rocío le cuidase. Era incapaz de resistir la evocación de su recuerdo en cada rincón que transitaba. Supongo que fui muy elocuente cuando clavé una rodilla en tierra y le repetí el juramento de los noble francos ante su rey. Sabía que apreciaría esa solemnidad gamberra tan propia de BB. Me bendijo en su precioso francés y me abrazo durante un largo rato. Después me estuvo contando sus proyectos durante el resto de la tarde. Al final de aquel día tan especial me confesó que me veía muy parecido a él.
Lo de tener ambos una pareja de mellizos es una anécdota– me dijo – Solo eres serio como defensa frente a una gente que te agobia como una inmensidad desconocida. Te gusta conversar por el puro placer de poner en orden tus pensamientos. Y solo has sido capaz de darle las llaves de tu corazón a una mujer chispeante y alegre.
Tuve que emplear mis mejores dotes de embaucador para que BB no se creyese menospreciada en su oferta de compartir casa con él. Y al final terminó plegándose a los deseos de su padre no sin antes aprovechar para acusarme de beneficiarme de su estado emocional para obtener una victoria sobre ella.
Jean-Pierre se trasladó a vivir a Grenoble ese verano. Al menos una vez al año viene a visitar a sus nietos y siempre reserva una tarde para conversar conmigo. Siempre se aloja en un hotel pero nos retiraría el saludo si nosotros hiciéramos lo mismo en su ciudad. Lo que estuvo a punto de suceder el año pasado cuando pasé una semana en Grenoble participando en un congreso y con el hotel pagado. Pero eso, es otra historia.

Vapores etílicos 3.1

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Continuando con mi labor en la ONG “Escuchemos al borracho” y en la sección “Los daños de la contemplación acrítica de películas pornográficas” recuerdo algunas experiencias curiosas.
Era en la esplendorosa terraza de la casa de los padres de Agus, lugar de tantas fiestas veraniegas.
Otro– No lo conoceríais, aunque pusiese su nombre – me arruinó media tarde antes de que, imprevistamente, me rescatasen.
Insistía él, con la característica persistencia del exceso de alcohol, en que las mujeres le rechazaban. Y la causa era que todas eran unas hipócritas perversas.
¡Oh Dioses! – pensé – te has quedado solo con el sicópata de turno - ¡en la terraza! – será mejor que te escabullas hábilmente.
Las mujeres, decía, mucha sonrisita y mucha excusa tonta para no enfrentarse a la verdad.
¿Cómo escapas de un individuo cuya susceptibilidad hacia los que le evitan con argumentos “diplomáticos” esta exacerbada por el alcohol? Es imposible. Solo queda el recurso de largar sedal y esperar hasta que se agote. Y mantenerte alejado de la barandilla.
No es fácil describir en unas letras lo que se sufre escuchando ciertas argumentaciones con alto contenido etílico. Yo aguanté impertérrito mientras superponía mentalmente mis propias explicaciones a las de Otro. Porque intentar argumentar con aquel sujeto era misión imposible. Primero porque no te dejaba meter baza en su monólogo. Y segundo porque no quedaba muy claro el porqué de su actitud (¿Le había dejado una novia? ¿Le había puesto en ridículo, públicamente, alguna otra? ¿Le patinaban las neuronas en asuntos de sexo?)
Su discurso confuso se prolongaba y yo no acababa de cogerle el tranquillo. Me decía a mí mismo que si las mujeres le rechazaban debía ser por lo pesadísimo que se ponía. Llego un momento en que su discurso se convirtió en un ruido de fondo del que emergían, de vez en cuando, frases inconexas – ... con el desprecio característico de la hipocresía ... se mueven por motivos que no se atreven a explicar porque pondrían en entredicho su imagen de modernidad ... mienten cuando parece que ... no se puede uno fiar de ... si tienes éxito es por otra cosa – Calló de repente y me miró sin pestañear.
-Tu tienes éxito con las mujeres ¿No? Eso es por el tamaño
-¿El tamaño?
-Sí tío, el tamaño del pene. Seguro que lo tienes grande. Y se abalanzo sobre mi pantalón mientras insistía en que el tamaño lo es todo.
Yo soy de natural pausado. O sea lento de reflejos. Además no me gusta el ejercicio de la violencia, porque soy consciente de la imposibilidad de graduar adecuadamente el uso de la fuerza si no eres un experto luchador. Para colmo Otro iba muy pasado y estábamos en la terraza de un séptimo piso. Total que le dio tiempo a engancharme por el cinturón y empezar a quitarme los pantalones antes de que pudiera frenarle las manos. En ese momento apareció en la terraza BB. Y se quedo parada mirándome fijamente. Otro también se quedo parado mirándola babosamente.
BB la llamábamos porque era rubia y medio francesa. Su pelo y su leve acento la hacían exótica. Y estaba muy solicitada. Y yo creía tener alguna posibilidad hasta aquel aciago momento en el que, siguiendo con la cosa de la Galia, sentí que el cielo caía sobre mi cabeza.
-Te juro que no es lo que parece – balbuceé.
-Pues sí es lo que paguece seg, he llegado en el momento justo – dijo ella sin apartar la vista y acercándose a mí - ¿Bailas? – me pregunto mientras me conducía hacia la música.
¡Vaya por Dios! Por una vez la princesa iba a salvar al caballero. Aquella vez no me importó dejar a un borracho solo en la terraza.
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