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Mal de altura

Aclimatación a la escalada de la pirámide de edad

Posts tagged with "Casas"

Locuras (2)

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Les decía que hacían falta algunos datos adicionales para comprender lo que hicimos este sábado 17 de mayo.
Cuando yo volví de UK, a finales de 1983, SHE ya vivía en un pequeño apartamento en la zona de Arturo Soria en Madrid. Yo apenas tardé un mes en irme a vivir con ella y la Nochevieja de ese año la pasamos allí, sobrellevando una sobredosis de cava a base de reírnos sin parar durante varias horas. Nos casamos a finales de febrero del año entrante y nuestra mayor ilusión material era encontrar una casa bien situada que pudiéramos reformar en su totalidad para plasmar el hogar ideal de joven pareja a la que le queda tiempo para pensar en tener hijos. Descartamos varios sitios por no reunir las condiciones necesarias para albergar nuestro proyecto y otros por no disponer de medios económicos para adquirirlos. En ello llegó el tiempo de las vacaciones.
Nuestra Honeymoon no había pasado de un corto viaje (Nos casamos un miércoles y el lunes siguiente estábamos trabajando. A cuenta de unir el resto del permiso con las vacaciones de verano) por lo que teníamos decidido hacer un viaje más apañado ese verano. El 1 de julio estábamos en Escocia. SHE se había quedado con las ganas durante su estancia en UK y a mí me apetecía recorrer, con la tranquilidad del viajero, algunos lugares. Por ello decidimos recorrer el West Highland Way que une Milngavie, en las afueras de Glasgow, con Fort William en los Highlands. Eran 95 millas (Unos 154 Km.) Calculábamos 9 días de camino pero teníamos 15 para hacerlo. Mis conocidos me habían preparado perfectamente el viaje. Bed & Breakfast en todas las jornadas y un servicio que nos transportase la impedimenta entre etapas.
Tras la celebración informal en Glasgow, a nuestra llegada, abandonamos a los conocidos y realizamos uno de los viajes más maravillosos de nuestras vidas. Era la primera vez que estábamos juntos sin obligaciones familiares o laborales que nos condicionasen. El tiempo fue todo lo generoso que puede ser en Escocia. Y los paisajes y lugares bordean lo mágico. Teniendo que cargar solamente la ropa del día y algo de comida resultó una experiencia maravillosa. Salvo por un pequeño problema. Mi mujer, tendente al insomnio y habituada a 5 horas de sueño, dormía como una piedra durante toda la noche. Ambos lo atribuimos al ejercicio físico y al relax que suponía habernos librado de nuestras obligaciones. Pero acabado el viaje SHE se dio cuenta que se le había retrasado la regla.
Llamé a un conocido, que ejercía de ginecólogo en Glasgow, y nos dio cita para el mismo día en que salía nuestro avión. Con una leve ironía me sugirió que comprásemos un test de embarazo y así estar preparados. La última noche en Fort William la estrenamos mirando como el invento nos daba un inconfundible diagnóstico. Estábamos embarazados (SHE más que yo, por supuesto)
Al día siguiente, en el tren de regreso a Glasgow, cancelamos proyectos y abrimos nuevos caminos. Nuestro futuro inmediato estaba muy condicionado por lo que empezamos a denominar, no sin cierto humor macabro, el alien. Como decía una amiga común: treinta años y un día, con la condicional a los veinte por buen comportamiento (Es innecesario indicar que es abogada).
Y allí estábamos. En la consulta del ginecólogo. Mirando una pantalla en la que, se suponía, se veían las entrañas, para mi, más entrañables. Mi conocido movía un lubricado artilugio sobre el abdomen de mi mujer en círculos cabalísticos.
“You’re pregnant.” Dijo sonriente el brujo tecnológico mientras hacía un gesto que nos abarcaba a los dos. “About eight weeks.” Hizo una breve pausa y, sin apenas variar el tono de voz concluyó: “Twins.” Las palabras fueron llegando a mi cerebro con calculada lentitud. Parecía que se hubiesen dispuesto en el orden más adecuado para causar un mayor impacto. La re-confirmación del embarazo fue una suave sacudida. El plazo señalado despistó a mi cerebro para que calculase la fecha oficial de nuestra conversión en padres. Y, en ese ajetreo cronológico, llegó el golpe de efecto final: Twins. Yo estaba intelectualmente preparado para el hecho de ser padre. Confirmarlo con fecha precisa revolucionaba nuestras prioridades, aunque no fuese una sorpresa (Lo normal es quedarse embarazados con intención, por más que se tengan dudas) Lo inesperado era el número de criaturas. Queríamos ser padres pero jamás pensamos en un número preciso. Ya saben ustedes: tendremos uno y luego ya iremos pensando en como seguir. ¡Gemelos! Todos los esquemas hechos trizas.
A la vuelta se hizo necesario buscar otro lugar donde vivir. Uno donde cupiese el doble de población que en nuestro apartamento. Y olvidar la reforma de pisos como expresión artística. Con dos niños en casa es preferible optar por lo práctico y orillar lo frágil. Así que alquilamos otra casa, luego tuvimos otra en USA, una más al volver a España y la que dimos por penúltima en pleno cambio de siglo. Pero… de vez en cuando volvíamos a pensar en el abandonado proyecto de crear un espacio a medida rellenando un cascarón vacío. Una especie de refugio donde huir de la realidad, aunque tuviésemos que volver a ella acabado el fin de semana.
Y allí estaba aquella casa con balcones a la plaza y un cartel de “SE VENDE” en uno de ellos. Nos miramos, no hubo necesidad de hablar. Marque el número en el móvil y un individuo encantador se brindó a enseñárnosla en ese mismo momento. La vimos mientras en nuestra imaginación vislumbrábamos materializados nuestros sueños. SHE vagaba por la casa arrastrando una mano por las paredes mientras yo hacía cálculos frenéticos. Los bancos estaban abiertos. Sacamos dinero y dimos una pequeña señal. Una semana después nos llegaron los documentos con la aceptación del vendedor. Los devolvimos con nuestras firmas y el recibo de transferencia de la señal. Dentro de diez días firmaremos las escrituras.
Tenemos una casa para crear un refugio donde jugar a ser jóvenes amantes furtivos.

Turistas revisited

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He recibido una leve reconvención por parte de mi crítica favorita – BB – a cuento de mi agrado por el último libro de Paul Auster (que recomendaba en el post anterior).
Me señaló que el libro refleja una acusada pérdida de imaginación por parte del autor, que es un puro ejercicio de autocomplacencia, que sus pretensiones de constituir una reflexión sobre la tarea del creador literario son, como poco, fraudulentas. Que la “presunta” novela no pasa de ser un borrador de primerizo desorientado. Y varias sesudas observaciones más.
Vale me rindo ante la argumentación. Admito todo lo que dice BB. Y me defiendo argumentando en una línea parecida a la que empleé al hablar de Paco de Lucía. Y que serviría para justificar a bastantes artistas. “Viajes por el scriptorium” no es la mejor de sus novelas. Y no debería recomendarse sin hacer notar que sólo será apreciada por los que hayan leído gran parte de sus otras – muy superiores – obras. Es más, estoy dispuesto a reconocer que ni siquiera la mayor parte de sus admiradores gustarán de esta obra. Pero – me defiendo – la recomendación no está hecha desde una perspectiva de crítica literaria. Más bien es una cita anecdótica en el relato de mis vacaciones. El comentario casual acerca de un momento disfrutado. Y yo sí disfruté de la lectura de este libro. Dándome perfecta cuenta de su carácter de divertimento. Incluso admitiría que fuese una tomadura de pelo hacía sus fieles lectores – como es mía os la tragareis sin protestar porque me adoráis – por parte de un escritor pasado de fama. Todo lo admito, y me disculpo por no hacer las advertencias prescritas. Pero, a mí me gustó. Y de eso trataba el post. Den ustedes por borrada la referencia y no se hable más de esta historia.
Naturalmente BB no se ha limitado a esta anécdota. Cuando se tiene la fortuna de pasar una tarde con ella las cosas a recordar suelen ser muchas. Sobre todo porque, últimamente nos vemos poco. Seguimos manteniendo correspondencia y algunas cosas del blog se las he remitido sin indicarle su precedencia. BB me insiste en que debería escribir en serio pero soy consciente de que no es mí momento.
La verdad es que fue una auténtica sorpresa que telefonease a casa el viernes pasado (cuando estábamos a punto de regalarnos el visionado de Manhattan de Woody Allen) para que la invitásemos a comer al día siguiente. Lo hicimos y tras una larga sobremesa solicitó a Silvia permiso para secuestrarme durante un par de horas. Le fue concedido y nos marchamos a pasear.
Siempre es agradable charlar con BB. A estas alturas ya no sabemos en que tipo de relación encajaríamos. Somos amigos, y podríamos adoptarnos mutuamente como hermanos – yo sería el hermano pequeño – pero también habría un trasfondo de amor y atracción sexual no consumada puesto que, en su momento, BB fue una mujer que pudo haber hecho conmigo lo que hubiera querido.
La suerte es que ella no quería ese poder y lo rechazó de plano. Todo nuestra historia conduce a una relación poco común. Pero ella es el amigo imprescindible con el que se comparte la parte de tu vida que no compartes con nadie más y que, en compensación, no tiene más relación contigo que esa pequeña e íntima parte compartida. Me resulta maravillosa la sensación de caminar junto a una mujer atractiva – que lo sigue siendo y mucho – sabiendo que ambos nos negaríamos a aceptar una “proposición deshonesta” del otro.
Esa noche, tras su despedida, nos sentamos a escuchar música. Sin hablar, cogidos de la mano. Zoe Rahman, Acoustic triangle, Bill Evans… Ambos sabemos que hay momentos en que debemos dejar al barro posarse y que las aguas se vuelvan claras de nuevo. Y esa noche allí estábamos envueltos en música. Sólo el uno para la otra y viceversa. Igual que cuando nos casamos pero con más espacio vital. Y, además, el espacio vital ganado a los okupas a los que prestamos el apellido. Vale, exagero. Pero reconozcan que en lo más hondo…

Mi casa

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Mi casa en Malasaña era pequeña. Pero tenía una amplia terraza. Carecía de calefacción. Pero era luminosa. Era antigua y el edificio no impresionaba por su estado de conservación. Pero estaba en pleno centro del Madrid de la movida.
Entre noviembre de 1976 y agosto de 1979 fue mi hogar. El campo de batalla donde se curtió mi sentido de la responsabilidad y donde aprendí “lo que vale un peine” en la organización de las rutinas diarias de un soltero independiente.
Durante veintidós meses aquella pequeña buhardilla fue el refugio en el que reponerse de la lucha por la vida. El lugar que sabes tuyo y que te asegura un punto fijo en la navegación por un mundo, no siempre tan amable como aparenta.
No era fácil mantener una rutina de entrenamiento, alimentación y descanso acorde con mis intereses deportivos como en los tiempos en que mi madre me proporcionaba un apoyo logístico ilimitado y profesional, amén de amorosamente comprensivo. No era fácil encajar unas obligaciones profesionales que, sin ser grandes en lo absoluto, se concentraban de forma imprevista en unos días enloquecidos o en horas intempestivas. No era fácil mantener en funcionamiento mi casa para que resistiese la comparación con la de mis padres. No era fácil aceptar que en mi barrio no sólo se fraguaba un fenómeno mediático y cultural de alcance insospechado sino que también se cocían las consecuencias de un floreciente mercado de drogas diversas en forma de inseguridad e insalubridad.
Fueron los años del exceso. Pletórico de energías y proyectos y dotado del optimismo y la fuerza que proporciona el tener veintipocos años y una salud excelente acometí una multitud de actividades con resultados diversos. No siempre con éxito (BB nunca dijo sí) pero la máxima era: No te arrepientas de no haberlo hecho. Escalé más que en todo el resto de mi vida (Gerard escaló luego tanto o más) y lo hice disfrutando de cada paso y minuto. Disfruté sin importarme el coste de ese placer. Sin descontar el esfuerzo, las penalidades sufridas a causa de la meteorología o de la falta de condiciones de mi material. Disfruté sin pensar en el futuro cuando elevaba mi nivel de riesgo cada vez más, a medida que me hacía más experto. Y disfruté de sentirme unido a Gerard por una relación que llegó a no necesitar palabras para transmitir nuestras inquietudes en la montaña. También disfruté de otras facetas de la vida y algo he contado ya.
Y pasé mucho tiempo con BB. Yo intentaba convencerla de que estábamos hechos el uno para el otro. Ella intentaba convencerme de que no hiciese de la vida que llevaba un modelo para el futuro. Y, en medio de ello íbamos al cine, asistíamos a conciertos y nos contábamos nuestras vidas mutuamente. Pasando el tiempo BB fue insistiendo en que debía terminar mi carrera y dedicar “mi talento” a actividades más lucrativas – y BB no entendía “lucrativo” solo en términos dinerarios – y acordes con mi verdadera forma de ser.
“Tu te crees un alpinista que financia su pasión haciendo de empresario y lo que eres es un experto de gabinete de estudios al que le gusta practicar el alpinismo” decía. “Estás enfocando tu vida desde el lado equivocado. No eres un alpinista. Lo tuyo son los libros y un despacho”
BB, como siempre, tenía razón. En el fondo lo que yo más apreciaba de mi forma de vivir era la vuelta al refugio. El tiempo pasado en MI casa. Aunque para apreciarlo, en aquella época, necesitase pasar mucho tiempo fuera de ella.
Algunas veces, en la montaña, he tomado decisiones que condicionaban el hecho de tener futuro. Ese tipo de elecciones a todo o nada que resultan tan heroicas cuando se ponen en papel, después, pero que en el momento de llevarlas a cabo son puro ejercicio de fisiología – fuerza, resistencia, sufrimiento, control de emociones – y azar.
En la Semana Santa del 79 mientras intentaba dormir en un refugio de los Pirineos, en medio de una ventisca cruel terminé de colocar todas las piezas en su sitio. Allí en medio de la irracionalidad meteorológica tomé una decisión que debería marcar mi futuro en su calidad y creo que fue la más acertada. Como no podía ser de otra manera le di la razón a BB.
Decidí terminar la carrera pero no quería dejar de escalar. Podría seguir colaborando con Fernando pero cada vez me resultaría más difícil y ya había hablado con mi hermano con vistas a que me sustituyera. Podía pagar mis gastos dando clases particulares pero sin la empresa no podía mantener mi vida independiente. Me resultaba imposible compaginar todas las cosas que quería sin volver a casa de mis padres y dejar en manos de mi madre la responsabilidad del día a día.
Así que un día de junio de 1979 les planteé a mis padres una petición de asilo. Mi madre lloró en mi hombro ese día. A ninguna madre le agrada que sus hijos se vayan de casa y, menos aun, que lo hagan con un porvenir incierto. Nunca le había gustado que su hijo mayor se dedicase a subirse por las piedras con la posibilidad de matarse. Y nunca había asumido mi decisión de abandonar la universidad. El hijo pródigo volvía a casa. No todo era perfecto porque mantenía un resquicio de locura al empeñarse en seguir con la tontería de subir montañas. Pero, al menos sentaba la cabeza respecto a su porvenir. En fin que hasta era posible que terminase encontrando una buena novia (Mi madre, al igual que la de BB, siempre pensó que éramos una pareja con posibilidades. ¡Ay! Yo también lo pensaba)
Así pues un día de la última semana del mes de agosto de 1979 llené con mis pertenencias mi desvencijado 2CV y volví al hogar paterno.

Henry

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En una cena con algunos amigos, comentando un post en Wonkapistas se discutía sobre bisexualidad. Era lugar común el que todos los hombres (entendido el término como “machos”) éramos bisexuales en mayor o menor grado. Yo, no por llevar la contraria, señalaba que yo no. Yo era totalmente heterosexual y jamás había sentido ninguna atracción por los de mi mismo sexo.
Es posible que mi amistad con Gerard se sostenga en una base genética a la que solo le falta ese gen o dos que lo diferencian de BB. Y yo he estado dispuesto a hacer locuras por BB (la cual, por fortuna, no me lo permitió) y ni se me ha ocurrido verme como compañero sexual de Gerard. Pese a las muchas noches de estrecha relación compartidas. Si eso no fuera suficiente el haber tratado con Henry es definitivo.
Era la Semana Santa de 1977. Aquel año había empezado con los mejores augurios. Yo tenía una “empresa” y había alquilado una casa en el barrio de Malasaña – el centro de la Movida – que sufrió su inauguración con la fiesta de mi vigésimo tercer cumpleaños. Acababa de obtener mi carné de conducir y había heredado un 2CV en buen estado. Ya era un hombre nuevo desligado de cualquiera de mis dependencias anteriores. Bueno seguía empeñado en convencer a BB de lo ineludible de compartir nuestros destinos. Preferiblemente en la misma cama. Vano intento.
Gerard y yo progresábamos en nuestro nivel de alpinistas y estábamos solidamente unidos como “pareja de hecho”. Aquella Semana Santa nos dimos un respiro exótico y nos embarcamos hacia el Atlas marroquí.
Os podéis imaginar lo que significa un viaje de más de mil kilómetros en un 2CV y por carreteras de doble sentido. Y eso sin entrar en lo que puede significar el concepto de carretera según a que lado del estrecho de Gibraltar te sitúes. Y, por último, todo ello hace treinta años.
Anduvimos por la zona, escalamos los picos que teníamos pensado escalar y volvimos a casa. En el ferry de vuelta coincidimos con Henry. Socialmente estábamos a varios años-luz pero resultó que teníamos mucho en común.
Es evidente que la escala social en la que creces te marca. Henry era un apasionado de los coches. Era capaz de desmontar y volver a montar, sin que le sobrasen piezas, cualquier vehículo. Conducía desde que le salieron los dientes y, entre otras cosas, había atravesado África en un 2CV el invierno anterior. El toque de nostalgia por aquel coche le impulso a trabar conversación con nosotros. La aventura, entendida correctamente – una actividad en la que te arriesgas físicamente – terminó siendo el factor catalizador de nuestra relación.
Los abuelos de Henry eran uno alemán y el otro escocés. Sus abuelas eran españolas. Sus padres no tenían muy claro que eran y vivían a caballo entre tres o cuatro países. Él prefería ser español y presumir de ascendencia exótica. Vivía en el impresionante chalé de sus padres y estaba a punto de terminar ingeniería industrial. Fruto de una exquisita educación dominaba cuatro idiomas europeos y se defendía en otros tantos algo más exóticos. Y, sobre todo, era capaz de leer latín y griego clásico. Esa habilidad idiomática siempre me resulto fascinante. Cuando, pasado de copas, declamaba las Catilinarias resultaba arrebatador. Por si fuera poco Henry era guapo hasta el exceso. Guapo como hombre. Sin la más mínima confusión respecto al sexo al que pertenecía. Si yo tuviera el más mínimo átomo de pulsión homosexual me habría enamorado perdidamente de él. Salir de copas con Henry suponía ser acosado por mujeres, homosexuales y todo el abanico intermedio de posibilidades. A él le gustaba, a mí; sin negar el puntito de autoestima; me terminaba abrumando el papel de escudero.
Henry me gustó desde el primer momento. Compartíamos la capacidad de disfrutar de nuestra habilidad mecánica para desmontar y arreglar máquinas (algo cada vez más inútil en esta era electrónica) y yo tenía unas habilidades musicales que él, psíquicamente incapacitado, envidiaba. Y ello era así porque, capaz de diagnosticar una avería del automóvil solo por el sonido, era incapaz de distinguir entre el sonido de una cassette chunga y el del más sofisticado de los giradiscos. Además era un conversador fluido e infatigable, una suerte de BB transexuada.
Tenía una especial filosofía de la vida. Sabía que jamás necesitaría trabajar para sobrevivir. A pesar de ello creía firmemente en la obligación personal de ser capaz de ganar su propio dinero. Y nunca, mientras yo le traté, gastó por encima de su presupuesto. Era, también, un marciano.
Henry fue muy importante en mí vida. Era incapaz de apreciar la utilidad de mi negocio pero su círculo de conocidos resultó un filón valiosísimo. También, unos años más tarde, me facilitó la entrevista que me conduciría a mi primer trabajo dependiente, a vivir en el extranjero y a conocer a mi mujer. Sería suficiente para esa consideración pero la cosa fue mucho más allá. Porque durante aquellos años fue mi mentor social, un ejemplo a seguir de cómo sobrevivir en todo tipo de ambientes y de mantener relaciones civilizadas con todo tipo de personas. Y, si no fuese suficiente, su casa me sirvió de refugio alguna vez y sus fiestas siempre resultaron fructíferas. Y, en algunos momentos, fue lo que BB nunca podría ser. Henry fue un amigo. Un amigo masculino. Un matiz que, por mucho empeño que se ponga en menospreciarlo, es importante.
Pues a pesar de todo ello tampoco se me ocurrió nunca verle como compañero sexual. Ya se que las hormonas son impredecibles pero realmente es que no lo veo posible si no ha sucedido ya.

Mudanzas

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Las mudanzas marcan mucho la vida de una persona. Eso decía en otro escrito.
Siempre pierdes algo. Cuadernos con escritos que serás incapaz de rehacer. Vinilos que jamás serán reeditados y que solo podrás encontrar – a precio de joya – en alguna extraña página web. Libros que desearías releer pero de los que no recuerdas datos precisos para encontrar en librerías de viejo. La foto que guardabas en ese libro, cuyo título recuerdas perfectamente, que sin esa imagen concreta carece de interés. Ese jersey destrozado que guardabas como un fetiche porque lo llevaste en aquellas primeras ascensiones alpinas. Ese guante que guardaste y que te recuerda el día terrible del rescate de aquellos escaladores accidentados. Cartas que archivaste porque delimitan fases muy queridas de tu biografía.
Alguna vez una mudanza ha revelado lo escondido por otra. Ese paquete de fotos que, inexplicablemente, estaba en la caja de la vajilla fetén – que no íbamos a desenvolver porque no teníamos sitio suficiente para tener invitados – por alguna causa misteriosa. El CD aquel con la copia de seguridad de los trabajos de doctorado que – ¡A Dios gracias! – no llegaste a necesitar a pesar del pánico que se desató en casa al no encontrarlo. La pluma que te regalo tu mujer, en un ataque de romanticismo, a cuenta de un aniversario de boda, y que se empaquetó - ¿Quién sabe porqué? – con los cacharros de cocina que no tenían sitio en aquel apartamento minúsculo y provisional.
La mudanza es una ruptura. Puede implicar un cambio a mejor en tu vida – una casa mejor, un trabajo más a tu gusto – o ser un contrapeso de dicho cambio – a pesar del sitio el trabajo lo justifica, los niños estarán mejor hasta que crezcan aunque tu pierdas más tiempo en transportes – y, en algún caso extremo, son un fin en sí mismas – el cambio por el cambio – sin más.
He realizado, como independiente de mis padres, ocho mudanzas. Eso sin contar traslados temporales por motivos de trabajo. No es extraño que me produzca urticaria el solo hecho de pensar en hacer cambios de domicilio.
Ahora, llegado a eso que se oculta bajo el término “una cierta edad”, creo estar instalado en mi penúltima casa. Cuando me jubile me gustaría ir a vivir a la playa. Y al pensar en ello me siento de lo más relajado.
Aunque, bien mirado, eso no es garantía de tranquilidad hogareña porque no hemos hablado todavía de obras.
August 2008
SMTWTFS
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