Locuras (2)
Monday, 2. June 2008, 18:38:04
Cuando yo volví de UK, a finales de 1983, SHE ya vivía en un pequeño apartamento en la zona de Arturo Soria en Madrid. Yo apenas tardé un mes en irme a vivir con ella y la Nochevieja de ese año la pasamos allí, sobrellevando una sobredosis de cava a base de reírnos sin parar durante varias horas. Nos casamos a finales de febrero del año entrante y nuestra mayor ilusión material era encontrar una casa bien situada que pudiéramos reformar en su totalidad para plasmar el hogar ideal de joven pareja a la que le queda tiempo para pensar en tener hijos. Descartamos varios sitios por no reunir las condiciones necesarias para albergar nuestro proyecto y otros por no disponer de medios económicos para adquirirlos. En ello llegó el tiempo de las vacaciones.
Nuestra Honeymoon no había pasado de un corto viaje (Nos casamos un miércoles y el lunes siguiente estábamos trabajando. A cuenta de unir el resto del permiso con las vacaciones de verano) por lo que teníamos decidido hacer un viaje más apañado ese verano. El 1 de julio estábamos en Escocia. SHE se había quedado con las ganas durante su estancia en UK y a mí me apetecía recorrer, con la tranquilidad del viajero, algunos lugares. Por ello decidimos recorrer el West Highland Way que une Milngavie, en las afueras de Glasgow, con Fort William en los Highlands. Eran 95 millas (Unos 154 Km.) Calculábamos 9 días de camino pero teníamos 15 para hacerlo. Mis conocidos me habían preparado perfectamente el viaje. Bed & Breakfast en todas las jornadas y un servicio que nos transportase la impedimenta entre etapas.
Tras la celebración informal en Glasgow, a nuestra llegada, abandonamos a los conocidos y realizamos uno de los viajes más maravillosos de nuestras vidas. Era la primera vez que estábamos juntos sin obligaciones familiares o laborales que nos condicionasen. El tiempo fue todo lo generoso que puede ser en Escocia. Y los paisajes y lugares bordean lo mágico. Teniendo que cargar solamente la ropa del día y algo de comida resultó una experiencia maravillosa. Salvo por un pequeño problema. Mi mujer, tendente al insomnio y habituada a 5 horas de sueño, dormía como una piedra durante toda la noche. Ambos lo atribuimos al ejercicio físico y al relax que suponía habernos librado de nuestras obligaciones. Pero acabado el viaje SHE se dio cuenta que se le había retrasado la regla.
Llamé a un conocido, que ejercía de ginecólogo en Glasgow, y nos dio cita para el mismo día en que salía nuestro avión. Con una leve ironía me sugirió que comprásemos un test de embarazo y así estar preparados. La última noche en Fort William la estrenamos mirando como el invento nos daba un inconfundible diagnóstico. Estábamos embarazados (SHE más que yo, por supuesto)
Al día siguiente, en el tren de regreso a Glasgow, cancelamos proyectos y abrimos nuevos caminos. Nuestro futuro inmediato estaba muy condicionado por lo que empezamos a denominar, no sin cierto humor macabro, el alien. Como decía una amiga común: treinta años y un día, con la condicional a los veinte por buen comportamiento (Es innecesario indicar que es abogada).
Y allí estábamos. En la consulta del ginecólogo. Mirando una pantalla en la que, se suponía, se veían las entrañas, para mi, más entrañables. Mi conocido movía un lubricado artilugio sobre el abdomen de mi mujer en círculos cabalísticos.
“You’re pregnant.” Dijo sonriente el brujo tecnológico mientras hacía un gesto que nos abarcaba a los dos. “About eight weeks.” Hizo una breve pausa y, sin apenas variar el tono de voz concluyó: “Twins.” Las palabras fueron llegando a mi cerebro con calculada lentitud. Parecía que se hubiesen dispuesto en el orden más adecuado para causar un mayor impacto. La re-confirmación del embarazo fue una suave sacudida. El plazo señalado despistó a mi cerebro para que calculase la fecha oficial de nuestra conversión en padres. Y, en ese ajetreo cronológico, llegó el golpe de efecto final: Twins. Yo estaba intelectualmente preparado para el hecho de ser padre. Confirmarlo con fecha precisa revolucionaba nuestras prioridades, aunque no fuese una sorpresa (Lo normal es quedarse embarazados con intención, por más que se tengan dudas) Lo inesperado era el número de criaturas. Queríamos ser padres pero jamás pensamos en un número preciso. Ya saben ustedes: tendremos uno y luego ya iremos pensando en como seguir. ¡Gemelos! Todos los esquemas hechos trizas.
A la vuelta se hizo necesario buscar otro lugar donde vivir. Uno donde cupiese el doble de población que en nuestro apartamento. Y olvidar la reforma de pisos como expresión artística. Con dos niños en casa es preferible optar por lo práctico y orillar lo frágil. Así que alquilamos otra casa, luego tuvimos otra en USA, una más al volver a España y la que dimos por penúltima en pleno cambio de siglo. Pero… de vez en cuando volvíamos a pensar en el abandonado proyecto de crear un espacio a medida rellenando un cascarón vacío. Una especie de refugio donde huir de la realidad, aunque tuviésemos que volver a ella acabado el fin de semana.
Y allí estaba aquella casa con balcones a la plaza y un cartel de “SE VENDE” en uno de ellos. Nos miramos, no hubo necesidad de hablar. Marque el número en el móvil y un individuo encantador se brindó a enseñárnosla en ese mismo momento. La vimos mientras en nuestra imaginación vislumbrábamos materializados nuestros sueños. SHE vagaba por la casa arrastrando una mano por las paredes mientras yo hacía cálculos frenéticos. Los bancos estaban abiertos. Sacamos dinero y dimos una pequeña señal. Una semana después nos llegaron los documentos con la aceptación del vendedor. Los devolvimos con nuestras firmas y el recibo de transferencia de la señal. Dentro de diez días firmaremos las escrituras.
Tenemos una casa para crear un refugio donde jugar a ser jóvenes amantes furtivos.