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Thursday, 13. March 2008, 21:27:59
SHE, Navidades, Exilios
... de aquel mágico
Día de Reyes se repitió el esquema. Y también al siguiente. Quedábamos por la tarde y terminábamos de madrugada. Volvíamos andando a casa, mientras hablábamos y hablábamos. Me sentía cálidamente envuelto en su voz, y su sonrisa resplandecía en la noche invernal. No me costaba recordar
tiempos parecidos en los que una mujer maravillosa era la medida de mi presente y mi futuro. Pero... esta vez había posibilidades que no hubo en aquel tiempo. Mi estado de levitación sólo se veía controlado por la prevención de no forzar la única elección que me parecía deseable. Yo volvía a casa de mis padres canturreando el último hit de las islas:
You can’t hurry love (La versión que hacía Phil Collins del éxito de The Supremes). Lo convertí en un mantra de sosiego (
No puedes meterle prisa al amor...) pero, en realidad, el futuro no iba más allá del día siguiente.
Pero llegó el domingo y el momento inaplazable de hacer las maletas y volver al trabajo.
Resultaba imposible cambiar nuestros billetes para hacer el viaje juntos y ella saldría dos horas antes que yo. Debía contentarme con hacer el viaje junto a ella, en la medida de lo posible. Fui a buscarla en un taxi y llegamos juntos hasta el aeropuerto. Por allí estuvimos hasta que llamaron a los pasajeros de su vuelo y nos dirigimos a la puerta de embarque. Cuando ya no quedaba ningún pasajero a quien ceder el paso SHE se abrazó a mi cuello y me dijo susurrando: “Te voy a echar de menos hasta la próxima vez”. De inmediato me soltó y se dirigió hacia el túnel sin volver la vista atrás. Tardé bastante tiempo en dejar de ser un adorno de la terminal y moverme hacia la zona de embarque de mi vuelo. Con el cerebro desconectado de la realidad circundante logré subir a mi avión, encontrar mi asiento y bajar de nuevo al arribar. Cuando vi en la cinta de equipajes el petate añoré aquella sonrisa que me había cautivado
la vez primera. Arrastré “el cerdo” en dirección al metro, inconsciente del clima, la hora y la humanidad en general.
Al salir de la terminal SHE estaba esperándome. Su sonrisa iluminaba el ambiente grisáceo de la isla. “Me apetecía volver a verte”. El sol surgió en la noche británica y nos siguió en el metro hasta Paddington Station. Mientras contemplaba como se alejaba el tren, me sentí auténticamente afortunado. Nada ensombrecía mi dicha. Ella me había besado en aquel andén antes de subir al tren. Era primavera en enero.
Recogí a mi gato de casa de mi vecino. Yo todavía tarareaba
You can’t hurry love. En su mirada vi reflejada una ligera sospecha acerca del origen de mi sonrisa. Mi gato, por el contrario, no pareció apreciarlo. Mi casa me pareció el Taj Mahal. Sólo mi irracional respeto al extraño sentido del humor de los dioses me hizo estremecer durante un instante. Fugazmente pasó por mi mente lo que podía importar la factura y cuando me la pasarían al cobro. Fue sólo un instante, me sentía completamente feliz.
Tuesday, 13. November 2007, 16:27:05
SHE, Navidades, Exilios
Pasaban muchos minutos de las 12 PM cuando sonó el teléfono. Maldije silenciosamente al causante, mientras retornaba al mundo que acababa de dejar apenas unos minutos antes. Descolgué el auricular y mugí un saludo interrogativo hacia mi interlocutor. Un estentóreo “Happy New Year”, pronunciado con sospechoso acento extranjero por una mujer, me puso en pie con los ojos como platos. Logre balbucear (mi más reconocida habilidad en estos casos) un “Gracias. Feliz año para ti también” antes de que una risa anhelada y suspirada me transportase al mismísimo cielo.
- ¡Me has reconocido! Te llamo antes de las doce para evitar el embotellamiento habitual – me dijo con su habitual tono sonriente, sin percatarse de que la diferencia horaria iba en su contra – No tenía muchas esperanzas de encontrarte en casa pero… ¡La suerte me sonríe!
La suerte me sonreía a mí, pensé. Y no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión esta vez.
- Yo soy el afortunado por estar aquí. No me diste el teléfono de tus padres y desesperaba de no poder localizarte – me arroje sobre la agenda y el lápiz – No quiero que se me pase la oportunidad. ¡Díctamelo!
Lo hizo en medio de una carcajada y con un escandaloso fondo sonoro. Su familia debía ser de cuidado. Apenas terminó se disculpó por no poder dedicarme más tiempo. Tenía que continuar la tradicional ceremonia de las uvas y los espumosos. Yo me quedé allí, de pie, congelándome lentamente, mientras por mi oído se infiltraba el ruido informe de la línea telefónica vacía. Miré a mí alrededor buscando el apoyo espiritual de mi gato, pero no estaba a la vista. Parecía que el teléfono no tenía ningún interés para él. Lleve el auricular hasta su lugar, despacio, como si el frío ambiente ralentizase mis actos. Luego, con la misma pereza, me dirigí hacia mi cama. En aquel momento sabía que sólo serviría para protegerme del frío. No tenía ni pizca de sueño. Odio trasnochar salvo por una buena causa. ¿Lo era aquella? Me senté en la cama, mi gato estaba allí. No había tardado mucho en aprovechar el calor que yo había dejado abandonado. No me gusta compartir el lecho con especies inferiores pero estaba a punto de transigir en aquella ocasión. No lo hice y el animal me dedico un bufido y, orgulloso, me dio la espalda. Me introduje bajo el edredón resignado a preparar una mañana resacosa sin previa juerga nocturna.
Cuando salí de la cama a la mañana, más bien al mediodía, siguiente me sentía escindido. No sólo era efecto de la falta de sueño. Las noches de insomnio pueden ser provechosas. Basta con no desesperar por la falta de sueño y aprovechar el tiempo para ordenar ideas.
Yo fui un niño insomne y, sin duda, ello habrá contado como mérito en el currículo de mi madre para entrar en el paraíso. Pero también fui un niño obediente, lo que aduciré en mi favor cuando llegue el momento, y aprendí de mi padre que la mejor manera de afrontar la noche era mantenerse inmóvil y pensar. Es evidente que el concepto “pensar” no significa lo mismo cuando se tienen cuatro años que cuando se tienen treinta y cuatro. Yo lo asimilé a “soñar despierto”. A fin de cuentas si no podía soñar dormido podía hacerlo despierto.
Esa noche soñé despierto hasta que se me acabaron las pilas. Cuando amanecí la aurora estaba ya caducada, yo tenía la vejiga rebosante y los párpados se negaban a despegarse. Exactamente igual que si hubiera aceptado la invitación de Henry pero sin los efectos a largo plazo del exceso de alcohol. Y, en cualquier caso, había dado un paso más hacia aquella mujer cuya sonrisa flotaba en el aire frente a mí en la, siempre difusa, frontera entre sueño y realidad.
Thursday, 4. October 2007, 17:51:50
Henry, Navidades, Exilios
Arribé a mi casa sintiendo que repetía la historia. Otra vez,
My God! Otra vez desconectado de aquella mujer. Empezaba a sospechar que algún bromista cósmico la tenía tomada conmigo. ¿Cómo era posible que, con lo que me había desasosegado la vez primera, volviese a repetir el error de aquel día en Paddington Station? Allí estaba, en mi casita de Brentwood, acariciando a mi gato y deseando, con la fuerza de la irracionalidad, que sonase el teléfono y fuese ELLA.
Naturalmente no sucedió aquello que más deseaba y la cruda realidad cayó sobre mi existencia en forma de una montaña de trabajo trufada de ese espíritu navideño – esto es: fiesta y jolgorio sin sentido alguno – que tan poco afín me resulta. En el fondo fue una suerte para mí que así sucediera porque evitó que me enredase en alocadas pesquisas acerca del teléfono en que SHE esperaba mi llamada. Me dejé arrastrar por la corriente de los hechos para acallar la voz de la razón. Una voz que no cesaba de repetirme que no podía ser tan difícil localizar un teléfono en Madrid. Supongo que en mi estado influía el hecho de temer un resultado negativo de esas pesquisas. En fin esa situación tan absurda que se resume en la frase:
“No voy al médico no sea que me descubran una enfermedad” o – citando el refranero – “ojos que no ven…”
Así fue transcurriendo aquella última semana de 1982. Trabajo, celebraciones diversas, alguna resaca y mucha sensación de ser un estúpido. Así terminé aquel año tan ajetreado.
Bueno, lo que se dice terminar… Henry me llamó a la oficina el jueves citándome a cenar el día siguiente. El día siguiente era 31 de diciembre (fan, fan fan) día infame donde los haya. Mis amigos escaladores pensaban celebrarlo en Gales. Yo no estaba preparado para afrontar un largo fin de semana de frió, escalada, cantos y libaciones. Estaba cansado físicamente y desmotivado socialmente. Me encontraba bordeando un pozo depresivo. Sólo la poderosa capacidad de persuasión de Henry logró imponerme el compromiso de cenar con alguien ese día. Y sólo lo consiguió cuando le hice jurar por sus ancestros que no se prolongaría la cena para enlazarla con las celebraciones de fin de año. Tal como estaba
acostumbrado quería empezar el año bien. O sea durmiendo.
Afortunadamente Henry era un buen amigo y pasó por alto mi actitud, bastante borde, respecto a la fecha en cuestión. Me toreó con su mejor estilo cuando comencé a exigirle condiciones y terminó con mi resistencia al exponerme un cuidadoso horario que incluía lujoso – y exclusivo – restaurante en el centro, última copa en tradicional pub en Brentwood y en mi casa antes de las 12 PM. Y, por supuesto, transporte y costes a su cargo. ¡Ah, Henry! Que dominio de las relaciones personales. Había sufrido una de mis nocheviejas (En 1977 una pequeña lesión machacó mis planes invernales y accedí a la invitación de mi recién
conocido a lo que resultó una olvidable fiesta de fin de año, de la que les hablaré en otra ocasión) y me lo había perdonado. No podía negarme.
Rules es un tradicional restaurante británico (Fue abierto a finales del XVIII) en la zona de Covent Garden. Servicio esmerado, magnífica comida (para quien sea de la opinión de que existe la gastronomía inglesa) y – supongo – que una minuta a juego. Reconozco que, a los diez minutos de entrar, la compañía de Henry apagó mis malos humos y empecé a disfrutar de la velada. No hizo falta ningún acuerdo para esquivar los asuntos personales y dedicarnos a divagar sobre todo lo demás (Desde la guerra de las Malvinas hasta las variedades de la cocina oriental)
La siguiente parada – The White Horse – era un pub a 7 Kms de mi casa. Tenían una gran variedad de buenas cervezas (y un festival cervecero en julio) y un magnífico ambiente. Yo lo conocí con mis compañeros de escalada y lo frecuenté con regularidad después (El tener que volver a casa en bici me permitía evadir las peores tentaciones) Bebimos prudentemente, reímos algunas bromas, cantamos con algunos conocidos y salimos de allí manteniendo un alto grado de dignidad.
Tal y como me había prometido, Henry me dejó en la puerta de mi casa con tiempo suficiente de llegar a la gran fiesta a la que yo renunciaba. Me deseó un feliz 1983 y se perdió en la noche. Mi gato me recibió con el adecuado ceremonial mimoso. Y yo me tire en el sillón para acariciarle y poner en orden mi cerebro antes de acostarme. En algún momento inconcreto me dormí.
Llevaba casi media hora en el año nuevo cuando el gato, al bajarse de mi regazo, me despertó. Abandoné el sillón, me quité la ropa, me lavé los dientes y me dispuse para acostarme en condiciones. Apenas algunos ruidos festivos señalaban la efeméride. Seguro que no me impedirían dormir. Estaba realmente cansado.
Wednesday, 3. October 2007, 10:59:59
SHE, Navidades, Exilios
Volvía yo por la A2 hacia Madrid, hace unos días, cuando me adelantó un vehículo peculiar que me retrotrajo a las navidades de 1982. Yo iba por el carril derecho, con el control de velocidad activado, a unos tranquilos 125 Km/h. Por el retrovisor vi aproximarse un pequeño automóvil que parecía ir al límite de sus posibilidades. Además me pareció percibir algún detalle excéntrico en el vehículo. Cuando me adelantó descubrí que se trataba de un Fiat Panda y que el conductor iba en el lado derecho. Probablemente alcanzaba los 140 en aquel momento. Están locos estos británicos.
Tan locos como aquellos de 1982. Y, por extensión, como los que les acompañábamos en el viaje.
Viajar entre Santander y Madrid por carretera puede parecer poco épico. Salvo que uno se sitúe en las adecuadas coordenadas temporales y ambientales. Hoy no es fácil que lo sea.
Hacerlo en la parte de atrás de un todo terreno preparado para cruzar África y con el volante a la derecha le añadiría un poco de emoción. Que ello sucediese en las navidades de 1982 lo sitúa dentro de una categoría especial. Si se realiza tras una vomitiva travesía en ferry desde Gran Bretaña y con unos pirados a los mandos del vehículo el viaje se acerca a lo heroico. Si uno se pasa el trayecto intentando no desmerecer de su compañera de asiento, enfrascada en una contienda lírica con los citados locos, la cosa roza lo hercúleo.
Pues así transcurrió mi viaje hasta Madrid aquellas navidades. Hubo momentos en los que sólo la firme convicción de que aquella era la mujer de mi vida logró apagar mis deseos de arrojarme por la ventanilla de aquella máquina infernal. Y digo lo de infernal en sentido estricto. Aquel cacharro estaba diseñado para sobrevivir a cualquier superficie y obstáculo con DOS personas a bordo. El hecho de que no estuviese previsto que las personas en concreto fuesen las que ocupábamos los asientos (¡Asientos! Lo uso como término de localización espacial) traseros no ayudaba en nada a favorecer a mi supervivencia. Mi admiración por SHE alcanzaba cotas de patología a medida que pasaban los kilómetros (y pasaban despacio, de acuerdo con lo previsto en la Teoría de la Relatividad) y no decaían su humor y su capacidad de permanecer dentro de aquel vehículo diabólico. Mientras tanto yo consumía mis reservas intentando mantener el tipo en un viaje que parecía concentrar todas las incomodidades de la exploración decimonónica, sin ninguna de sus recompensas. Por un momento me sentí dentro de una película de Monty Phyton. Aquello era, al menos, tan absurdo como los sketches que había visto en la BBC en algunas ocasiones. Y el hecho de sentir que yo estaba dentro de un programa de la BBC multiplicaba por tres el absurdo. Y aquella mujer desbordante de energía parecía inmune a cualquiera de los efectos perniciosos que aquel viaje me causaba.
Dadaísta totalmente.
Al límite de mi resistencia (física y, sobre todo, psíquica) arribamos a Madrid. Navegamos la M-30 hasta el barrio de La Estrella y abandonamos aquel cacharro loco y a sus tripulantes deseándoles lo mejor y (yo particularmente) contentos de haber llegado. Un breve tramo de autobús nos separaba de las casas de nuestras respectivas familias. En sentidos opuestos. Allí estábamos los dos con nuestros petates gemelos. Yo en la acera contraria a la que me correspondía, intentando alargar aquel momento, deseando que su autobús no apareciera.
Era 24 de diciembre. Era viernes. Ambos teníamos muchas obligaciones que cumplir. Yo volvía a Londres el lunes (sintiendo que había malgastado un par de días de vacaciones por compartir un lugar en el continuo espacio-temporal con aquella mujer sin haberle sacado más provecho que el propio de estar allí) y no quería irme sin apurar al máximo su presencia junto a mí.
Pero iba a estar en Madrid entre el 5 y el 9 de enero. Se lo dije con un punto de ansiedad en la voz.
Me dijo que, por favor, la llamase por teléfono (¡Por favor! Dijo por favor) Todas las penalidades marítimas, terrestres y mentales quedaron saldadas. Apareció su autobús, me besó en la mejilla y subió a él. La vi alejarse mientras era preso de un
déjà vu. Aquella situación ya la había vivido. En el andén de Paddington Station. Mi autobús se aproximaba por el carril contrario. Crucé sumido en la estupefacción. ¿Cómo era posible que mi estado mental se hubiese deteriorado tanto? ¡Había olvidado pedirle el teléfono de sus padres! Sólo la sonrisa de mi madre, cuando me abrió la puerta de su casa, pudo hacerme olvidar mi nefasto error. Allí quedó, aparcado en algún recoveco mental hasta el domingo por la tarde. Al subirme al avión el
déjà vu se apoderó de mí.
Tuesday, 12. June 2007, 19:44:07
SHE, Barcos, Exilios
Incluso al día de hoy, cuando intento rememorar la imagen de S.H.E. en el aeropuerto no puedo ir más allá de su sonrisa. No soy capaz de visualizar su cara. No recuerdo como vestía, ni como llevaba el pelo. Es mi particular gato de Cheshire. No hay en el mundo nada comparable a esa sonrisa. Y allí estaba yo, perdido en el recuerdo de aquella sonrisa, apretando un teléfono entre la oreja y el hombro, con un gato; de verdad; entre mis pies y con la seguridad de una cita con la mujer que llenaba mis sueños en los últimos tiempos.
ELLA recordaba mi comentario acerca de volver a Madrid por navidad. ELLA quería volver también. En Oxford había coincidido con dos extravagantes compañeros que tenían intención de atravesar media África en automóvil, patrocinados por una productora cinematográfica y los fabricantes del vehículo. Se había sumado al viaje para ahorrarse una buena parte del billete y había pensado en ahorrármelo a mí. La idea era coger el ferry en Plymouth, desembarcar en Santander y bajarnos en Madrid aprovechando la ruta natural de los intrépidos aventureros. Yo dije sí a todo lo que me propuso. Luego me arrepentiría... pero poco.
No puedo negar que los días que transcurrieron hasta la fecha del viaje fueron… etéreos. Mi vida transcurrió como si no fuese mi vida. Salvo en los días de escalada – que los hubo – y alguna actuación importante en el terreno profesional nada existía fuera de una continua recreación idealizada del guión de aquella película viajera que debía protagonizar en breve.
Conseguí llegar mentalmente pasable a las fechas navideñas. Compré regalos. Encajé al gato con un buen vecino. Floté sobre las celebraciones pertinentes sin ser demasiado transparente. Y llegó el día.
Yo esperaba en la puerta de la estación de ferrocarril del mismísimo Salisbury, tras un agitado viaje sobre raíles arrastrando mi afamado petate – no era lo más cómodo que tenía pero no pensaba eliminar mi tótem de unión con S.H.E. – en medio de un ajetreo de viajeros bastante espectacular para lo que se podía esperar de aquel lugar. El tiempo – como de costumbre – era inapropiado para gatos.
Yo soy de natural puntual. Los ferrocarriles británicos también. Así que llegue con demasiada anticipación a la cita. Para agravar mi manía de la puntualidad también sufro de la de enervarme con las esperas (Suele ser tiempo difícil de aprovechar)
Mi continua vigilancia sobre los posibles vehículos con capacidad de atravesar el Sahara había resultado infructuosa cuando pasaban veinte minutos de la hora fijada. Por mi cabeza pasaban todo tipo de ideas descabelladas acerca de lo que podía haber ocurrido. Afortunadamente la explicación más lógica (Se han retrasado) se imponía a las demás… siempre por poco tiempo. Bastaba un minuto de calma para que mi mente empezase, de nuevo, a elucubrar con la materia.
Sin ningún motivo especial – la desesperación por encontrarme perdido en medio de Inglaterra en plenas navidades sin haber pensado un plan alternativo de viaje – aparté la vista del tráfico y realicé un recorrido visual panorámico sobre los alrededores. Y la vi. Una sonrisa inconfundible flotaba hacia mí. Llevaba el pelo más corto. Parecía más delgada aunque fuese vestida de invierno. Además… ¡Yo que sé! Todo lo que creía recordar sobre ELLA era incierto. Solamente aquella sonrisa etérea que flotaba ante mis ojos era un recuerdo sólido e incuestionable. La habría reconocido aunque se hubiese vestido de bombero.
Se disculpó por el retraso explicándome, pormenorizadamente, las causas mientras me guiaba hacia la máquina viajera. Yo logré no decir ninguna estupidez y ser atento y sonriente.
Hice bien porque durante la mayor parte del viaje no pude mostrar ninguno de mis encantos. Dieciocho horas vomitando en el ferry me dejaron en el más lamentable estado físico y espiritual que recordaba. Al desembarcar ya daba todo por perdido. ELLA y los dos intrépidos exploradores habían pasado la travesía entre risas y canciones, con un envidiado intermedio de sueño profundo. Subí al coche al borde de la depresión pero bastante reconfortado por estar en tierra firme. Me desparrame en el incómodo asiento y recliné la cabeza en el respaldo. Al ponernos en camino ELLA me miró con dulzura y, sin perder la sonrisa, me dijo que sentía haberme hecho pasar tan mal rato. Lo hizo mientras me acariciaba la cabeza. ¡My God! Había merecido la pena.
Tuesday, 29. May 2007, 18:22:04
SHE, Felinos, Exilios
Descolgué el teléfono e inicié un peculiar intercambio bilingüe de frases.
-Hello.
-Is it Heaven? – Un breve momento de estupor mitigado por el convencimiento íntimo de que aquella voz me era familiar.
-Beg your pardom? – Traté de ganar tiempo mientras dilucidaba de quien era aquella voz cuyo inglés recordaba al acento de Javier Solana.
-Aren’t you an Ángel? – ¡Rayos y centellas! Era ELLA surgiendo desde las brumas de Avalon.
-Wha...what? – Admírese el ingenio y la elocuencia de mi respuesta, propio del carácter de héroe internacional que me alumbraba.ELLA, para aumentar mi confusión, comenzó a hablar en español.
-¿Estás ocupado o te ha comido la lengua el gato?
-My cat is vegan – Logré contestar sobreponiéndome y sin poder evitar que se deslizase en mi tono un cierto toque defensivo.
Siempre me cuesta un cierto tiempo cambiar el idioma en el que me aplico. Por eso no podría trabajar de intérprete. Me volvería loco. Apenas fue un instante pero me dio tiempo a dudar de mi inteligencia ¿Tanto tiempo esperando este momento para decir una tontería? La percepción del tiempo siempre es relativa.
Aquel instante pareció… no, en realidad fue muy largo. Afortunadamente no tuve que contestar. ELLA continuó hablando, con un deje de duda.
-¿Te acuerdas de mí? Estoy exiliada en Oxford y tengo un petate como el tuyo – Bueno la cosa no iba tan mal, salvo por mis dificultades idiomáticas.
Yo no podía exhibir mis habilidades oratorias porque mantenía medio cerebro ocupado en el proceso de cambio idiomático. Y el otro medio en dilucidar si sería peor contestar, de inmediato, en inglés o esperar a tener el cambio terminado. Con el riesgo de que ELLA se lo tomase a mal y me colgase el teléfono.
Debo tener un ángel de la guarda experto en relaciones sociales porque ELLA se decidió a seguir hablando a pesar de mi mutismo.
-What’s the matter with you? Are you Ángel or not? – Se apreciaba un matiz de duda en su voz. Y un poquito de impaciencia.
Dude un instante. Otro más que añadir a mi nefasta actuación. Pero, ¡por fin!, conseguí contestar antes de que ELLA tuviese tiempo de cambiar totalmente de humor.
-Si el espíritu de la Navidad se materializase en medio de tu salón ¿lograrías darle la bienvenida sin balbucir? – Logré articular sin que se notase mi nerviosismo.
Una risa inolvidable descompuso mi pulso. Aquella risa que llevaba echando de menos desde que un tren la alejó de mí. Era una tregua indispensable para que yo pudiese recuperar el normal funcionamiento de mis capacidades. Estaba sudando por el esfuerzo… de no parecer un imbecil.
Todo fue más fácil después. Los dioses habían decidido ser benévolos conmigo y lo materializaron en una catarata de palabras desde el otro lado del teléfono. Agradecí, a quien correspondiera, la facilidad de palabra de mi interlocutora y me complací en el puro disfrute de verme relleno de su voz. Una voz que, por teléfono, ganaba muchos puntos. Sí, la voz de aquella mujer, filtrada por las limitaciones del sistema de transmisión, perdía los armónicos superiores y resultaba redonda, sedosa y envolvente. Si aquella voz hubiese intentado venderme algo probablemente lo habría conseguido. No le habría hecho falta mucho esfuerzo. Yo estaba dispuesto a darle mi alma sin contraprestación alguna.
Mi gato se dedicaba a enroscarse entre mis piernas cuando me di cuenta de que sujetaba con el cuello un teléfono sin interlocutor. La conversación había terminado en algún momento y yo sólo era consciente de que ELLA me recordaba. Me recordaba y pasaría por Londres de vuelta a casa por Navidad. Me recordaba y pasaría por Londres de vuelta a casa por Navidad y había pensado que viajásemos juntos. La suerte me sonreía. La felicidad era posible. Hasta me pareció que el clima de las islas era inmejorable. Mi casa era la mansión de un Lord. Y mi gato era… era mi gato. Y yo tenía en una mano un lapiz y en la otra un cuaderno con los datos completos de la portadora de aquella risa. Había dejado de ser un imbecil.
Tuesday, 15. May 2007, 18:42:28
Exilios, Felinos
Aquel jueves estaba desganado. Se acercaban las navidades y hacía frió en la calle. Volví pronto del trabajo y decidí quedarme en casa, escuchando música. Había comprado un amplificador y unos altavoces (NAD 3020 y Wharfedale Diamond respectivamente) para hacer sonar mi “Naka”. Estaba sentado, acariciando a mi gato, cuando sonó el teléfono.
Porque yo tenía un gato. Un mil rayas no precisamente cachorro y con más experiencia callejera que un taxista. Nos habíamos conocido a primeros de noviembre, al poco de que mis desgraciadas experiencias inglesas con las mujeres me hubiesen sumido en un preocupante estado de estupor y desasosiego. El caso es que yo pasaba esos días intentando asumir lo inevitable de mi “irrelación” con Finn y lo patético de mi comportamiento con Silvia. Por fortuna fue una época de mucho trabajo y, al menos durante algunas horas, no tenía tiempo para pensar en otra cosa. Los fines de semana seguía escalando con los pirados del club y mi currículo de lugares de extraño nombre aumentaba sin pausa. También aumentaba mi capacidad para integrarme en las costumbres festivas de mis compañeros de afición, siendo aquella la época más lírica y alcohólica de mi vida.
Pues bien aquel domingo, mientras buscaba las llaves de casa bajo la fría llovizna y un tanto achispado, me percaté de su presencia. Sus ojos destacaban en el alfeizar donde se resguardaba de la desagradable climatología británica. Nos miramos durante un instante. Las gotas de lluvia caían rítmicamente desde la visera de mi goretex. Él maulló quedamente y yo lo traduje como una petición de asilo. No se mostró renuente a mi gesto de sujetar la puerta mientras le ofrecía mi casa. Con la habitual mezcla de majestad y elegancia saltó al suelo y traspasó la puerta. Desde esa noche compartí mi casa con un animal – irracional – por primera y única vez.
Los gatos – y los felinos en general – me gustan. Son silenciosos. Fluyen en vez de moverse. Son ágiles escaladores y se pasean por sitios inverosímiles, inmunes al vértigo. Realizan largas y complicadas excursiones y son capaces de estar horas mirando al infinito. Admiro su capacidad para mantener una excelente forma física mediante el esotérico entrenamiento de tumbarse cerca de la calefacción y estirarse de vez en cuando (más que admirarlo lo envidio, ya quisiera yo…) Me gusta su independencia total y esa condición aristocrática de regalarte su presencia – que no su compañía – como si dejándose querer te hiciesen un favor. Y es cierto que me produce una intensa satisfacción que un animal tal se tienda en mis piernas mientras lo acaricio, y se vaya retorciendo de placer al tiempo que vibra ronroneante. Los gatos han logrado separar con precisión el sexo del placer de la caricia. Ya me hubiese gustado a mí poder acariciar a una mujer en circunstancias parecidas… y exactamente por el propio placer de acariciarla.
Claro que un gato también tiene sus limitaciones. A pesar de su excelente oído no se puede decir que estén muy dotados para el canto pero lo mismo me pasa a mi, a pesar de mis incursiones en el canto tabernario (¿Pubario?) Y su rechazo al agua, que no a la higiene, les limita en su capacidad aventurera, pero la comprendo en muchos casos. ¿Hay algo que estropee más la satisfacción de haber nadado que verse convertido en un bacalao tras unos minutos al sol de la playa? Playa que, además, está llena de arena. Algo que nos molesta a los gatos y a mí por igual.
El caso es que sonaba el teléfono y yo me resistía a dejar tan placentera actividad para levantarme y contestar. Pero el sonido del timbre perturbaba la escucha de aquella grabación – La recuerdo con absoluta precisión. Era el pasacalle de “La música nocturna de las calles de Madrid” (Quinteto para cuerda en do mayor, Op. 30) de Luigi Rodolfo Boccherini – una de mis más queridas piezas de la nostalgia del hogar lejano. Así que, para disgusto propio y del gato, me levante, puse la cinta en pausa y descolgué el dichoso teléfono. En buena hora lo hice. Era ELLA.
Tuesday, 27. March 2007, 18:34:13
Personajes, Exilios
Era un domingo raro. Era raro porque yo no estaba escalando. Y no lo estaba porque alguien me había liado para celebrar una “fiesta de la primavera” la tarde anterior. Me despertó el teléfono casi al mediodía. Henry, con jovial autoridad, me convocaba para comer. No pude negarme.
Algo antes de la hora convenida, estaba en la puerta de mi casa, “arreglao pero informá”. Puntualmente británico apareció un coche. El chofer bajó y me saludó pronunciando “casi” correctamente mi apellido. Le pregunté, un poco preocupado, si consideraba correcto mi atuendo para la ocasión. “Por supuesto señor – contesto, impertérrito – Es una sencilla reunión familiar”. Subí al coche con menos convicción de la que tenía antes de hacerlo.
El hotel del Top Meadow Golf Club estaba bastante cerca. En la puerta me esperaba Henry. Me alivió ver que nuestra diferencia indumentaria solo resultaba medible en libras esterlinas. Y, aun más, que me abrazase como saludo. Al menos las formas podría soportarlas. Me explico que estaba allí con su tía predilecta y que, aprovechando la coincidencia geográfica, había hablado mucho de mí. Como era de esperar le había pedido que me invitase. No terminaba yo de entender a que jugaba Henry pero no estaban mis capacidades deductivas en su apogeo. En cualquier caso ser presentado a la familia de alguien sin estar preparado no era mi idea favorita acerca como pasar el domingo.
La tía mayor de Henry era el familiar de quien él más me había hablado. Aunt Fionna, como la llamaban todos, era una mujer alta, enjuta, y elegante. Pelirroja y de piel muy blanca. Pero sin pecas. Superaba los sesenta pero su mirada, materializada en unos oscuros ojos azules, revelaba a quien ha logrado que la experiencia no adormezca la curiosidad. Hablaba un inglés con suave acento escocés. Era la única hermana del padre de Henry y bastante mayor que este. Aquella mujer me resultaba muy, muy familiar. Si existe el aura, la de Aunt Fionna era clavadita a la de alguien muy cercano a mí.
El encuentro resultó muy agradable. La comida era excelente y me sentó bien aquel ambiente, tan relajado y formal al tiempo. Terminábamos, cuando Henry se levantó para despedirse. Tenía que viajar a Hong-Kong por motivos de trabajo. Le acompañamos al coche y allí me dejó en compañía de su tía. Me encontraba físicamente mejor después de comer pero mi mente no había tenido tiempo de reparar los desperfectos del día anterior.
Cuando me quise dar cuenta paseábamos por los jardines. Me contó que tenía una partida esa tarde y preguntó si me importaría quedarme hasta entonces. No podía negarme, por respeto y porque me intrigaba un poco aquella mujer. Ella me rogó que hablase en español y que le contase mi historia de alpinista. No me costó mucho esfuerzo deslizarme, en mi lengua materna, por mis más felices recuerdos de montaña. Paseábamos del brazo. Mi elocuencia parecía complacerla. En algún momento me dirigí a ella en inglés para preguntarle si se sentía cómoda. Murmuró algo, en lo que debía ser gaélico, y me reprendió suavemente, en inglés, por imaginar siquiera que ella podría estar incómoda del brazo de un apuesto joven que hablaba en la lengua en que su madre le había contado todos los cuentos infantiles que conocía. Un idioma que ella no usaba porque no lograba eludir hablarlo con acento. Algo que sentía como una traición a su madre. Envidiaba a su hermano por eso. Él había logrado mantener el dominio de sus dos lenguas sin que una influyese en la otra. Ella no lo había logrado y eso la hacia sentirse incómoda. Hacía mucho tiempo que no visitaba España porque sentía que todo el mundo la tomaba por extranjera. ¡A ella! Que unía su pasión por el país – como solo los británicos pueden mostrar – con la legitimidad de sus genes. Con un tono de triste indignación se declaró más española que muchos de los que podían ostentar un pasaporte tal. Pero, de inmediato, retornó a su hablar suave y pausado, disculpándose por el apasionamiento que, en un rasgo de humor, atribuyó a la fatal combinación de genes españoles con escoceses. Me pidió que le hablase del Himalaya. Esa aventura que su sobrino había señalado como un punto decisivo en mi biografía.
Yo siempre he sido muy respetuoso con las personas mayores. Es un rasgo de mi carácter y no de mi educación. Nunca fue necesario inculcarme la necesidad de ese respeto. Aquella mujer disfrutaba oyéndome hablar en español y yo estaba dispuesto a complacerla mientras no me fallasen las fuerzas. Otra cosa era mi cabeza estuviese dedicada, en exclusiva, a ella. En mi cabeza, ese día, no cabían muchas cosas.
Al comenzar mi relato sobre el Himalaya mantuvo el aire de atenta oyente pero, en un momento indeterminado, empezó a demandarme, discreta y cortésmente, detalles más precisos. Digamos que la fatiga acumulada, mi tradicional respeto por las ancianas encantadoras, el ambiente acogedor del entorno y mis propios deseos de aclararme condujeron a que terminásemos hablando de los compañeros de aventuras. De los sentimientos hacia ellos, su intensidad y sus matices. Bueno de que yo hablase de todo ello y la nada inocente anciana que me escuchaba me acotase afablemente el campo, dirigiéndome hacia el tema que parecía más de su interés. Resultó ser una erudita en literatura de montaña de la época más heroica. Whymper, Shackleton, Tillman, Shipton. Había leído a todos los grandes del alpinismo y la exploración que en el Reino Unido habían sido. Hacía preguntas citando frases textuales de aquellos libros que yo adoraba. Y me envolvía en tal grado de confianza que, avanzada la tarde, conocía todas mis disyuntivas acerca de la forma en que se relaciona uno con su compañero de cordada.
Allí estaba yo. En los jardines de un precioso club de golf inglés. Comentando, con una anciana a la que acababa de conocer, mis problemas sentimentales y aventureros. Es evidente que, a esas alturas de la semana, mi cerebro patinaba en algunas de sus responsabilidades.
Aunt Fionna sugirió que nos sentásemos. Yo se lo agradecí mucho porque tanto paseo y tanta charla sumaban demasiado esfuerzo sobre mis ya menguadas capacidades.
Henry habla muy bien de usted. Aunque yo me había hecho otra idea. Quizás mi sobrino no lo ha descrito bien o no ha visto lo mismo que yo he visto hoy. Henry no ha sabido penetrar en el fondo de sus motivaciones. Proyecta una imagen de héroe romántico que enmascara su ser más íntimo. Yo diría que su búsqueda es más el amor que la aventura. Usted es más poeta que explorador. ¿Me equivoco?
Y en ese instante, en ese lugar, me di cuenta de quien tenía enfrente. Con el sol en los ojos y su voz tamizada por las conversaciones lejanas y el sonido de la tarde, supe que todos tenemos un doble en el mundo. Al otro lado de la mesa me sonreía la versión anciana y escocesa de BB.
Tuesday, 20. March 2007, 18:24:09
SHE, Amores, Exilios
Tras tan patoso inicio de relaciones me ofrecí como guía local. Ella accedió, agradecida. Venía al antiguo imperio por múltiples motivos. Hicimos juntos el viaje hasta su estación de tren. Tras cinco años como profesora en enseñanza media, y un par de desengaños amorosos, había empezado a pensar que algunos de sus planes juveniles iban a caducar si no lo remediaba. Así que buscó aquí y allá y terminó retomando su doctorado. Mejor en el extranjero. Lejos de recuerdos y lastres. Un año en Oxford y ya se vería después. Quería dedicarse a la investigación educativa. El problema era que aquello tenía poco futuro si no salía de su especialidad. Yo, si un prudente sentido común no me hubiera contenido, la habría pedido en matrimonio sin más dilación. Me contenté con ofrecerle mi ayuda en el país. Y logre que prometiera, muerta de risa, que no perdería mi tarjeta de visita y que la usaría sin escrúpulos. La satisfacción que me procuraba oírla reír fue como un bálsamo para mi atormentada alma pero, como suele ocurrir cuando los dioses juegan con el destino de los hombres, se convirtió en acíbar cuando solo tuve su recuerdo.
Mientras su tren se alejaba del andén me di cuenta de que no sabía su dirección o su teléfono. De que solamente sabía su nombre – y las iniciales de sus apellidos – y de que era un completo imbecil por no haberme preocupado de conocer todo lo que no conocía. Ahora quedaba en la situación desesperada del que solo puede esperar junto al teléfono o iniciar un viaje de búsqueda con incierto resultado. En fin, mi relación con aquella sonrisa había empezado de forma patosa y solo la fe del caballero me decía que no había concluido en el andén de Paddington Station sin más.
En el tren a Brentwood me abordó mi pasado inmediato. Había escalado el Pilar Bonatti con una mujer que me alborotaba el cuerpo y el espíritu. Ahora había dos mujeres que me alborotaban. Aprovechando mi lamentable estado mental y sentimental los dioses del destino me la habían jugado. La irrupción de Silvia en mi caos mental no me facilitaba la toma de decisiones. Las circunstancias añadidas convertían ese proceso en un juego incierto. ¿Cómo abordar la situación con Finn sin conocer las posibilidades con Silvia? ¿Debía centrarme en lo más cercano y conocido, aunque de dudoso futuro? ¿No sería mejor dejarme guiar por el impulso que me empujaba hacia aquella desconocida con la que el futuro era impredecible y, por tanto, lleno de posibilidades? ¡Ah, la sonrisa que hiere cuando es recuerdo!
Es posible que se pueda establecer una medida del caos. En ese caso yo superaba los límites uno a uno. Me sentía perdido en el avión. En el tren me sentí dos veces perdido.
Saturday afternoon. Recuerdo que la canción de Jefferson Airplane me rondó por la cabeza mientras arrastraba el petate hasta mi casa – ¿No vas a intentarlo? ¿No vas a intentarlo? – y me sentí perdido en un mar de dudas (Un océano de dudas. Un universo de dudas. Una exageración de dudas). Puse en orden mis pertenencias y me acosté pensando en una sonrisa que se alejaba de mí.
Dormí hasta bastante tarde. Salí a comer y mi vecino me abordó en la puerta. Henry había venido a visitarme. Además de causar sensación en el vecindario había dejado un paquete para mí. En la nota que acompañaba me contaba que había querido invitarme a cenar antes de marcharse a Hong-Kong por una larga temporada. Para que le recordase con cariño me regalaba una primera edición de dos grupos de la movida. Así, de paso, me acordaba de mi casa de Madrid. Sentí que debía escribirle una carta y contárselo todo. Al releerla me di cuenta de que asumía que SHE borraba a Finn de mi horizonte. Debería haberme sentido aliviado pero no fue así. Quizás yo tenía una determinación sentimental hacia Silvia pero, también tenía una oscura obligación previa con Finn, pendiente de aclarar.
El resto del domingo lo pasé en una especie de suspensión espacio-temporal. No tenía giradiscos y no pude disfrutar del regalo de Henry.
Acudí el lunes al trabajo sin tener la situación más clara que el día anterior. Seguía perdido.
Por fortuna Finn no estaba allí. Sus vacaciones acababan el miércoles. Ella no estaba pero los demás sí. Se generó una cierta expectación acerca de las características de nuestro “weekend” conjunto. Me di cuenta de que mis explicaciones eran recibidas con un leve escepticismo pero no me importó lo más mínimo. Tenía muchas cosas – además de mi trabajo – en las que pensar. No me quedaba tiempo para distracciones. Al final, en aplicación de la táctica del avestruz, hundí mi cabeza en el trabajo y deje de pensar en los problemas con la vana esperanza de que se solucionasen ellos solitos. En cuanto me distraía levemente, una sonrisa flotaba en el aire, frente a mí. Una sonrisa sobre fondo zanahoria.
El martes la fría lógica de la situación dominaba mi mente. Si es que la lógica puede nombrarse en un asunto en donde lo más importante son los sentimientos o las hormonas. Pero ese martes yo creía tener claro que carecía de sentido una relación sentimental con Finn. No teníamos ningún futuro. Y no lograría borrar de mi recuerdo la sonrisa de Silvia.
Y llegó el miércoles. Y con él llegó Finn. Y las miradas sonrientes del personal cobraron nuevos bríos. Igual que mis dudas. Al final de la mañana Finn nos reunió para, sorprendentemente, despedirse de nosotros. Anunció a su sustituto y nos dio un pequeño discurso más sentimental que formal. Se plantearon lo brindis y saludos de ordenanza y Finn abandonó la oficina. Cuando se despedía de mí me dijo que no merecía la pena estropear un bello recuerdo con una “aventurilla” sin fundamento. Algún día nos encontraríamos y entonces… Yo contesté con una de esas frases que tanto me gustan:
Que algún día nos volvamos a encontrar sin sentirnos heridos por el recuerdo de estos otros. Y que sea escalando.
Casi sucedió así siete años después.
Tuesday, 23. January 2007, 15:49:22
Escocia, Montaña, Exilios
A partir de mi entrada triunfal (“escocés” y canciones varias incluidos) en los círculos de escaladores británicos, los huecos de mi vida no ocupados por mi trabajo lo fueron por la montaña. Entrenamientos, desplazamientos semanales y escaladas llenaron todo mi tiempo libre. Sin darme cuenta me desligué del círculo social de mis compañeros de trabajo y me uní al de aquellos con los que compartía mi pasión por la escalada. En uno de esos movimientos pendulares que salpican la vida volví a ser un alpinista que se ganaba la vida en el comercio internacional. BB no se recató (seguíamos escribiéndonos) en calificarme de “
merluzo” por apartarme del camino correcto. Pero yo volvía a disfrutar de la montaña mientras enterraba el año del Himalaya, de amargo recuerdo y pocas gratificaciones.
Y no quiero decir que la montaña sólo dé satisfacciones en el triunfo. Pero los fracasos de aquel año no eran sólo en la montaña. Por eso era más amargo el recuerdo.
En el trabajo seguí manteniendo mi nivel de compromiso pero me desentendí de las sutiles relaciones sociales que se tejían y destejían a mí alrededor. En lo que siempre ha sido una de mis habilidades me envolví en la capa del protocolo y mantuve mis intereses muy lejos de aquellos despachos. El hecho de ser casi tan nuevo como Finn – que apenas llevaba en la empresa tres meses más que yo – me permitió aprovechar la indulgencia que ella gozaba respecto a los aspectos sociales. Nadie pareció molestarse mucho con mi desaparición social.
Alguna vez, y poco a menudo, Finn se permitía preguntarme por alguno de sus conocidos. Siempre con un extraño toque melancólico, como si los echase de menos. Yo no me atrevía a preguntarle directamente el motivo, ni el porqué de sus relaciones con ellos – que parecían pertenecer a un mundo totalmente ajeno al suyo – o de su opinión sobre nuestras actividades. Tampoco podía preguntar en el club. Para todo el mundo Finn era una amiga de Pete y Mark, sin querer ir más allá. Y ellos dos no parecían muy dispuestos a la profundidad cuando se referían a ella. Decidí que alguna razón tendrían todos y que era mejor no estropear mis posibilidades deportivas inmiscuyéndome en vidas ajenas.
En los sucesivos meses de aquel año enloquecedor conocí bastantes “montañitas”. Incluidas las más altas de las islas. Los, pomposamente llamados, “tresmiles” escoceses. Aquellas montañas me sirvieron de excusa sarcástica para hacer bromas con los escaladores locales. Y es que, naturalmente, estaban medidas en pies. Y eso significaba que eran tres veces menos altas medidas en metros. Cualquier cerrillo de los alrededores de Madrid, alguno de aquellos por los que hacíamos la cabra mis hermanos y yo siendo niños, tenían cimas más altas que aquellos procelosos “gigantes” escoceses. Otra cosa es que la situación geográfica los convirtiese en temibles dadas las condiciones climatológicas de las que “disfrutaban”. De inmediato pude comprobar lo que aquello suponía. El club organizaba un fin de semana “extendido” para escalar en hielo. Me apunté. Siempre me ha gustado la escalada en hielo. Y la escalada en hielo en Escocia era una disciplina en si misma, dadas sus especiales características.
Así que allí estaba yo. Bajo las paredes de Creag Meaghaidh. Dispuesto a estrenarme ascendiendo “1959 face route”. Teniendo en cuenta la fecha de su apertura podría parecer sencilla pero… Aquellos malditos escoceses tenían mucho nivel en sus montañitas. Aquella era una de las más larga y entretenidas rutas de escalada mixta del país. Hielo, nieve, roca y musgo congelado. Una prueba de nivel para “aliens” recién llegados a las tierras sagradas. Lo pasé bien esos días. También hicimos Centre post direct, Smith’s gully y Staghorn gully.
En los meses siguientes fui coleccionando sitios y vías. Glencoe, Ben Nevis, Cairngorms, Gogarth, Froggatt, Clogwyn Du’r Arddu, Pembroke, Tremadog, Pen Trwyn, Llanberis Pass, Stanage, Torridon. Más parece el índice geográfico de El Señor de los Anillos que el de un escalador español. Y, en cierta medida, hay muchos paisajes que, cuando lo leí, me retrotraían a aquellas excursiones con escaladores británicos. Todos ellos encantadores, alegres, inasequibles al desaliento meteorológico, dispuestos a celebrar las actividades del día sin tener en cuenta las del día siguiente. En resumen una panda de chiflados con los que compartía el sentido de la vida: Escalar.
La mayoría eran más jóvenes que yo. Muchos estaban por debajo de mis posibilidades económicas. Culturalmente eran tan marcianos para mí como yo para ellos. Pero compartíamos la misma sensación interior frente a una montaña, dentro de un corredor de hielo o colgados en medio de una pared vertical. Y mientras no saliéramos del tema de la escalada nadie notaría que existían diferencias entre nosotros.
Los meses y las escaladas fueron pasando. Se organizaron viajes de verano a los Alpes. Y los hados empezaron a conspirar marcando mi destino inexorable. Yo no tenía suficientes vacaciones para unirme a ninguno de los mejores planes si quería estar en Madrid por navidad. Y las fechas en las que podía disponer de vacaciones no eran adecuadas para coincidir con ninguno de mis conocidos. Pero los hados habían designado el momento y lugar adecuados para que yo encontrase a la mujer de mi vida. Y ese destino pasaba por viajar a Chamonix a mediados de septiembre.
Al acudir a la reunión del primer martes de dicho mes en el club estaba sellando un destino que cambiaría mi vida por completo. Yo no tenía muchas ganas, tras un verano de trabajo y pequeñas vías de escalada, de presentarme en el club a sufrir los relatos de los veranos – muy diferentes – de mis conocidos. Todos con una lista impresionante de escaladas en largas paredes alpinas. Una cierta envidia me corroía. Un sentimiento que fue borrado nada mas acceder al local. Pete, Mark y… ¡Finn! me miraron al unísono al traspasar la puerta. En esas miradas aparecía una mixtura de sentimientos que no me dio tiempo a separar. Tras los saludos protocolarios Pete lanzó su reto:
-¿Te gustaría hacer el Pilar Bonatti el próximo fin de semana?
-¿La Bonatti del Dru? ¿Nosotros… cuatro? Balbuceé sin atreverme a pensar en las implicaciones de lo que rondaba por mi mente.
Pero mi mente no había llegado lo suficientemente lejos. No estaba preparado cuando Finn, mirándome con una cierta ansiedad, me contestó, en su cálido español caribeño:
-No Ángel. Tú y yo.
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