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Mal de altura

Aclimatación a la escalada de la pirámide de edad

Posts tagged with "Gerard"

Moditse 4

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Esa decisión clausuraba la secuencia de hechos que nos separaría. La herida está cerrada pero la cicatriz impide una nueva intimidad. Durante muchos años los sentimientos generados en una atmósfera falta de oxigeno, con el cuerpo y la mente en los límites de su resistencia, y sancionadas por la más aplastante lógica las decisiones tomadas, nos han envuelto como una bruma que camuflaba la realidad. En el fondo es la imposibilidad de ser totalmente racional.
Ambos tomamos las decisiones correctas dentro de un margen de incertidumbre. El problema es que esos márgenes de incertidumbre encierran todo un universo de posibilidades cuando se combinan.

Yo podría haber hecho el esfuerzo de seguir. No habría sido mucho mayor del que tuve que hacer para descender.
Gerard podría haberse dado la vuelta conmigo. No habrían variado sus resultados.
Yo podría haber hecho el esfuerzo de seguir y haber esperado en el cruce de rutas. Habría comprometido menos mi vida y habría ahorrado mucha angustia a mi compañero.
Gerard podría haber dicho “Sube hasta la arista espérame allí. Volveré a buscarte”
Yo podría haber dicho “Sigue tu sólo. Estaré mejor en cuanto descienda cien metros”


Muchas palabras podían haber sido dichas en ese momento. No importa. En ese tipo de situaciones lo que cuenta es tomar la decisión correcta.
El problema se generó algunos días después. Cuando nos encontramos en el campamento base y no nos dijimos, el uno al otro, que todo estaba bien. Que la situación siempre la tuvimos bajo control. Que no nos iban a quitar la montaña de allí y que siempre teníamos otra oportunidad. Nos faltaron esas palabras dichas en voz alta. Perdonarnos mutuamente y de forma pública y notoria.
No lo hicimos. La simple constatación de que no estábamos muertos era ya suficiente para nuestros mermados sistemas nerviosos. Dimos ese perdón por otorgado y nos quedamos, hasta el domingo pasado, con la duda infinitesimal de la realidad de esa comprensión mutua. Ni siquiera la renovada amistad que surgió cuando nos reencontramos, tras catorce años de alejamiento, menguó esa duda. Una voz casi muerta en nuestro interior que habíamos aprendido a no escuchar. Tan acostumbrados que pensamos que el episodio del Eiger había acabado por enmudecerla.
Anteayer, cuando nos obligamos a decir aquellas palabras, sufrimos el dolor de tener que incrustarlas en los sentimientos enquistados durante decenios. Ambos sabemos que ya no tiene remedio pero ahora hemos cumplido con nuestro deber. El que se exige entre dos compañeros que se la juegan juntos y que no deben olvidar que cuanto mayor es la sensibilidad mayor es el placer, sí, pero también lo es el posible dolor.
He tardado dos días en digerirlo y hoy puedo mirar hacia mis recuerdos sin que me duelan. Lo estúpido ha sido esperar veintiséis años. Y ser consciente que sólo faltaron tres palabras, que podían haber sido dichas por cualquiera de los dos. Tres palabras que llevábamos veintiséis años esperando oír del otro. Ese es, siempre, el error. La obcecación en que debe ser el otro quien diga : Hiciste lo correcto.

Moditse 3

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La tormenta de verdad terminó llegando tras dos semanas de amagar. Nos alcanzó en lo que tenía que ser el ataque definitivo. Afortunadamente, estábamos en un rellano bien protegido algo por encima de los seismil quinientos metros. Nos mantuvo dos días parados, sin salir de nuestra pequeña tienda. Dado lo que habíamos trabajado para llegar hasta allí se podría pensar que el descanso nos vendría bien. El problema era que, al menos yo, no estaba descansando bien a esa altitud.
Cuando amaneció el primer día de genuino buen tiempo en el Moditse, fue para mostrarnos, en todo su esplendor, la magnitud de nuestro proyecto. Y lo poco que nos separaba del triunfo. El camino que restaba hasta la arista era mucho más directo que todo lo anterior. Era mucho más fácil que el Huascarán y no requeriría desmontar aquel magnífico campamento. En un día podíamos plantarnos en la arista y acceder a la cumbre. Por primera vez en aquellas semanas sentí que el proyecto también era mío. Aquel atardecer en el Himalaya, de una belleza inusual, fue el único momento en que me sentí a gusto en aquella montaña. Los dioses, como siempre, cuando quieren confundir a los mortales los abruman de belleza.
Al día siguiente hicimos la apuesta definitiva. Salimos hacia arriba con lo justo. Yo me seguía encontrando a gusto. Volamos sobre aquella parte final de nuestro espolón. El tiempo se mantenía estable. Durante varias horas fui sordo a las señales de alerta y me dejé embargar por la promesa del triunfo. Y cuando estaba distraído con la vista en el final del espolón apareció el tío del mazo.
Ni siquiera nos quedaban cien metros de desnivel para llegar a la arista N. Se apreciaba una cordada en ella. Nos quedaba margen para llegar hasta la cima y, en el peor de los casos, podíamos descender utilizando los campamentos de los coreanos y su bien instalada ruta. Me detuve. Mi corazón latía aceleradamente. Me dolía la cabeza – y el resto del cuerpo también – más que ningún otro día. Sentía nauseas. Me detuve. Aquello no pintaba bien. Me precio de tener una buena comunicación con mi cuerpo. Y me estaba avisando de algo malo. Decidí bajarme al campamento anterior. Gerard intentó convencerme de lo contrario. La ocasión era excelente. El tiempo se había estabilizado. Nuestra apuesta por ir ligeros e intentar aprovechar las tiendas de los coreanos parecía a punto de dar fruto. Por primera vez en aquellas semanas teníamos la cima al alcance de los pies. Pero yo estaba totalmente seguro de que no podía ser. Estaba funcionando al 95% de mis posibilidades. Mi margen de seguridad estaba sobrepasado. Si hacía el esfuerzo de subir y fallaba no me quedarían fuerzas en reserva para una retirada segura. Gerard argüía que podíamos contar con los coreanos para ayudarnos pero yo temía la posibilidad de que sucediera al revés y entonces…
(Se abre paréntesis) Gerard decidió seguir, confiando en poder unirse a los coreanos para pisar la cima. No esperó ni siquiera a que yo empezase el descenso. Yo no podía malgastar recursos en juzgar su actitud, bastante tenía con volver – a ser posible entero – a nuestro último campamento. Logré hacerlo, inconsciente de cualquier otro suceso en el universo. Solo al alcanzar la tienda me di cuenta de lo delicado de mi situación.
Gerard apretó el paso. Pero se encontró con un panorama de cornisas inestables y fuertes vientos. Se cruzó con los coreanos que volvian, exhaustos, de la cima. Allí se fundieron sus posibilidades. Sólo no podía alcanzar la cima y regresar. Estaba cansado. Con dolor se unió a los coreanos para descender. Al llegar al cruce de nuestras rutas se planteó la duda. Iba al límite de sus fuerzas. Era tarde para intentar llegar hasta nuestro campamento. La lógica marcaba sobreponer la supervivencia a la lealtad hacia el compañero. Mis posibilidades no aumentaban aunque el se arriesgase. Las suyas eran superiores yendo con el otro grupo (Se cierra paréntesis) Alea jacta erat.

Moditse 2

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No se puede decir que el día haya empezado con los mejores presagios. Fuerte lluvia durante la noche, que continuaba a la hora del desayuno. Ya habíamos decidido no madrugar y no nos ha costado retrasarlo una hora más. Al final eran las doce cuando hemos echado a andar.
La Pedriza tenía ese aire fantasmal que adquiere en los días de lluvia. Con las nubes enredándose en las agujas, reptando entre los riscos y los árboles.
No hacía frío. Andando cuesta arriba más bien haría calor. Pero lloviznaba pertinazmente. Hemos ascendido hasta el collado Cabrón y, desde allí, nos hemos dirigido hacia la cresta de las Milaneras, atravesando la brecha entre el Pajarito y la Vela. Hacia la mitad del camino ha dejado de llover. No hemos hablado mucho. El camino es empinado y con esta humedad resbalar es fácil. Además, pasada la brecha, se complica bastante.
En la cresta existe un pequeño abrigo natural que se asoma sobre la vertiente de Charca Verde. Allí nos hemos refugiado. Hacía frío. Por el viento y la humedad.
Hemos comido frugalmente y, ya relajados, hemos sacado los termos de te. Y allí sentados, contemplando nuestro paisaje más entrañable hemos hablado durante varias horas.
Quiza debería contar la historia que explica este episodio:


Todos tenemos un tiempo maldito, un lugar maldito, un recuerdo maldito. Yo los tengo reunidos en una montaña maldita.
El Moditse (Anapurna Sur 7219 m) es una bella montaña a las puertas del santuario de los Anapurnas. En la actualidad es un referente fotográfico en uno de los recorridos de trekking más populares de Nepal. En 1981 aquello estaba por explotar turísticamente y, como objetivo de escalada, quedaba reservado a los menos pudientes. Aunque también se proponía como una etapa en el progreso hacia las grandes cimas de ochomil metros de las cuales, en los alrededores, hay un buen puñado.
Económicamente era imposible para nosotros acceder a un ochomil. Y muy difícil hacerlos a un sietemil. La casualidad y las habilidades de Jean-Pierre nos habían permitido contactar con un grupo surcoreano que preparaba una expedición en estilo clásico a la cara NE y arista N del pico. Nuestra idea era un espolón más directo hacia la arista N que se juntaba con la ruta de ellos cerca de los sietemil metros. Si lo organizábamos como una operación conjunta nos ahorraríamos un montón de dinero y otro de papeleo. No fue difícil dado lo bien recomendados que íbamos.
Prácticamente no tuve que hacer nada. Gerard y su padre tenían controlado todo el viaje y los coreanos nos hicieron todo el papeleo. Yo me dediqué a señalar posibles fallos y a terminar la carrera. También entrené, trabajé dando clases y absorbí toda la información – escasa – que, sobre aquella montaña, estaba disponible. Aun soy capaz de visualizar el mapa de la zona con cada una de sus curvas de nivel. Durante aquellos meses no tuve un solo segundo sin programar. Ni una concesión al azar. Los dioses fueron benévolos conmigo y la enfermedad ni siquiera me rozó. Al cambio apenas tenía veinte o treinta minutos diarios para la lectura, justo antes de irme a dormir. Y ni siquiera ese tiempo pude dedicar a alguna intimidad sentimental.
Tras el cúmulo de trabajo que supone preparar un acontecimiento semejante, al fin nos plantamos en Katmandú. Yo llegaba a tan mítico lugar en una situación especial. Lo sentía como un paréntesis entre dos etapas de mi vida. Dos etapas que se habían ido superponiendo durante los meses anteriores. La carrera, aquel trabajo en el extranjero, marcaban un incierto amanecer. El Moditse y Gerard los sentía como un atardecer. Yo sabía, en cualquier caso, que tras aquella montaña mi vida iba a cambiar. Y no tenía la seguridad si lo haría hacia mejor. Empezábamos mal aquel viaje.
No me gustó la ciudad, ni el ambiente. Afortunadamente el paisaje borraba cualquier otra impresión perceptible. Y la necesidad de pulir decenas de flecos sobre el propio terreno hacia insignificante otras consideraciones.
Los coreanos resultaron ser buena gente. Tenían una mentalidad demasiado “funcionarial” de la escalada y se organizaban de forma militar pero eran divertidos en su esfuerzo por tender puentes hacia nosotros. Su inglés era lamentable y sólo su “jefe” hablaba francés, así que Gerard llevaba el peso de las relaciones de alto nivel y yo hacía el ganso con los demás intentando filtrar su acento para poder entenderles cuando las cosas se pusieran duras. Algo que yo sabía que pasaría una vez instalados en la montaña. Desde el principio aquello era un proyecto de Gerard pero hasta entonces yo había sido inconsciente de que no era capaz de hacerlo mío. Estaba allí más por lealtad que por placer.
No fue la escalada más agradable de mi vida. De hecho, dejando aparte lo que supuso para mi relación con Gerard, la recuerdo como un auténtico infierno. Dos semanas pasando frío, durmiendo mal, y sintiéndome agotado cada una de las mañanas. Dos semanas subiendo y bajando por aquella maldita montaña, con un tiempo permanentemente inseguro y traicionero que nos impedía la más mínima relajación. Subiendo y bajando por un terreno retorcido e inconstante que no permitía un mínimo despiste. Cuando logramos encontrar la ruta correcta ya estábamos bastante trabajados. Habíamos subestimado las dificultades y lo íbamos a pagar.

Moditse

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Hace un momento he hablado por teléfono con Gerard. Me ha llamado incitado por un correo electrónico de su padre. El mismo que yo estaba leyendo cuando he contestado al teléfono, con sólo una palabra cambiada. En el suyo sólo figuran cuatro palabras:

Ángel
Moditse
Por favor


En el mío dice Gerard en vez de Ángel.
Dice que ha tardado unos minutos en interpretar el interés de su padre. También dice que no se juega con los deseos sugeridos por un venerable anciano al que debemos algo importante. Y él, además, su propia vida.
Hemos quedado para salir de excursión mañana domingo y sentarnos en alguna cima solitaria a charlar. No hemos tenido en cuenta las previsiones meteorológicas. Y no creo que sean importantes dado el tema a tratar.
Creo que hoy tardaré en conciliar el sueño, así que me dedicaré a releer mis elucubraciones al respecto y a hilar una lista de temas para esa conversación. Sé que Gerard ya la tiene preparada. Sólo me preocupa una cosa: que los recuerdos de sentimientos apagados se reaviven y nos hieran. Ya tengo una edad en que las heridas empiezan a preocupar.

El frío de Madrid

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Decíamos ayer … siempre me ha parecido que la cita original denotaba la confianza del que sabe que tiene razón y valora eso como lo primordial en su existencia. Es un poco mi caso. Si creo tener razón me basta mi mundo interior para seguir adelante con mi vida.
En fin que ayer intenté contar mi cita anual con Jean-Pierre y, de paso, disculparme por la calidad lamentable del post del martes y no me dio tiempo a concluir.
La verdad es que la sorpresa de saberme leído por una de las personas a las que más admiro – y con quien me unen muy sólidos lazos sentimentales – resultó bastante fuerte. Jean-Pierre es una especie de imposible. Es una quimera en forma humana. ¿Quién puede presumir de haber tenido, en los años de adolescencia, a su padre por amigo? Normalmente tu padre, aun siendo una bellísima persona, no deja de ser ese señor que tiene que ponerte las pilas cuando te desvías del camino recto. Y eso es difícil de perdonar en alguien que no comparte tu edad o, al menos, un entorno limitado de ella. Sobre todo si tu edad está en torno a los veinte. Pero Jean-Pierre siempre tuvo la gran habilidad de ejercer de amigo de sus hijos por medio de una hábil intermediación con los amigos de ellos. Ya sabes … los amigos de mis amigos son amigos míos.
Y con esos amigos – yo mismo – ejercía la influencia de tu padre sin el lastre del enfrentamiento generacional en su aspecto más violento. Yo no puedo quejarme de haber tenido enfrentamientos con mi padre. Excepto el hecho de que jamás comprendiera que me resultaba interesante ascender una montaña por el sitio más difícil posible. Sobre todo si tenemos en cuenta que para él ascender una montaña carece por completo de interés. Y si tenemos en cuenta que para mi padre la práctica deportiva sin un fin concreto dictado por la supervivencia es una forma de degeneración de la especie - ¿Por qué correr si podemos usar un vehículo? – y una línea similar acerca de cualquier esfuerzo físico que pueda ser sustituido por una aplicación de la tecnología. En nuestro caso el entendimiento era imposible pero la comprensión era inmediata: Ambos admitíamos que cada loco está mejor con su tema.
Pero Jean-Pierre necesitaba comprender a sus hijos y esa necesidad no se veía satisfecha por la actitud de ninguno de ellos. Ambos ferozmente independientes e irracionalmente necesitados de afirmarse ante la poderosa estatura intelectual y personal de su padre. Y ambos herederos de esa misma inteligencia. De haberse parecido más a su madre otro gallo habría cantado.
Y trató de hacerlo mediante la conversación con los amigos de estos. Y yo era un chollo. Estaba en sintonía con sus dos hijos. Y él representaba para mi ese maestro venerable al que cualquier emulo de samurai aspira. El hombre que ha alcanzado el conocimiento y que está dispuesto a compartir tu sufrimiento por emularlo. Jean-Pierre es mi sensei.
Por todo ello mis encuentros anuales con él me resultan refrescantes y satisfactorios. Es el amigo más anciano que tengo y yo siempre he sentido mucho respeto por los ancianos. Incluido mi padre que, pese a no compartir mi enfoque deportivo de la existencia, jamás puso ninguna pega en que me jugase el físico, en sus propias palabras, haciendo piruetas por las piedras y los hielos.
Ayer mientras trataba de guiarme para que le explicase los recovecos íntimos de la ruptura entre su hijo y yo, lo pasé mal. Por no poder darle esa explicación que le serviría para comprender mejor una parte del mundo tan importante para él. Por no poder darme a mí mismo una satisfacción racional. Porque sigo sin hallar una secuencia de hechos que justifiquen aquel desencuentro.
Tras muchas vacilaciones, pausas, silencios y desesperación Jean-Pierre me hizo la pregunta más lógica, racional y temible:
-¿Habéis hablado seriamente del asunto?
Y la verdad es que no lo hemos hecho. Lo hemos “tocado” desde algunos puntos de vista. Anécdota y almanaque. Pasaron cosas, hicimos cosas. Pero es cierto que no hemos afrontado la cuestión con la seriedad y calma que, quizás, requiera. Las heridas ya no duelen pero la cicatriz que dejaron afea y enfría las ganas de mostrarse desnudo.
Al acabar nuestra charla, sin que yo hubiera logrado explicarnos la verdadera lógica del acontecimiento, me pidió que reflexionase sobre la necesidad de hablar sin límites con Gerard para que ambos nos librásemos de este fantasma. No pude por menos que reconocer que lleva razón pero le hice notar que BB me repitió lo mismo durante años. Sin éxito. Él me apuñalo con la certeza del maestro:
-¿No es la vía más dura la que mayor satisfacción produce?
En aras del espíritu navideño le prometí intentarlo sinceramente. Me metí en un taxi y volví a casa. El conductor no paró de hacer consideraciones acerca de lo bien que quedaría la ciudad una vez acabasen las obras. Me sorprendió un optimismo semejante en un profesional de su gremio. Se lo hice notar y su respuesta se llevó parte del frió siberiano:
-¡Hombre! Nada es gratis y las cosas cuanto mejores más caras.
Sonreí ostentosamente y le pregunté si practicaba algún deporte. Sonrió y me contesto que le gustaba correr. Era lo que más le alejaba de su trabajo. Se hacía de pie y sin ningún tipo de maquinaria de por medio.
Hay días en que parece que, de verdad, es Navidad.

Gotas y mariposas

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Hablar del efecto mariposa se ha convertido en un lugar común. Reconozco que resulta una forma muy hermosa de expresar una abstrusa formulación matemática y que siempre he sentido una especial atracción por esa formulación de la ciencia que hacen los orientales en lenguaje poético.
Recuerdo que en un curso de análisis matemático el profesor, hablando de conjuntos compactos, expresó una propiedad diciendo que:
Si en una plaza cerrada se reúne una multitud infinita de persona es suficiente abrir un número finito de sombrillas para proteger del sol a todos los asistentes.
Es evidente que resulta mucho más bonito que expresado en términos matemáticos y que, intuitivamente su comprensión es inmediata.
Algo así sucede con la Teoría del Caos. En lenguaje científico es muy difícil explicarla pero admite con facilidad deslizarse por la poesía. Propiedad que comparte con muchas recientes facetas de la física como la cuántica o la cosmología. Así entran en el lenguaje común expresiones pensadas para facilitar la comprensión de conceptos difíciles a personas con un nivel de conocimientos físicos o matemáticos no excepcionales, pero si altos. El problema es que los mismos ejemplos no provocan idénticas imágenes en mentes con un escaso bagaje científico.
El citado caso de la mariposa sirve para indicar que los resultados obtenidos por un modelo de simulación de un sistema caótico pueden ser muy diferentes con variaciones inapreciables de los datos. Pero nos estamos refiriendo a precisión de la medida. Sin embargo, al ser éste un sistema caótico, y no poder conocer nunca con exactitud los parámetros que fijan las condiciones iniciales (en cualquier sistema de medición, por definición, siempre se comete un error, por pequeño que éste sea) hace que aunque se conozca el modelo, éste diverja de la realidad pasado un cierto tiempo.
Lo normal es escuchar que una mariposa puede originar un huracán. Algo bastante lejano de lo que se pretendía explicar.
No obstante en el esquema de las relaciones humanas suceden cosas asimilables a esta imagen prosaica de la mariposa. Mas aquí lo importante es el concepto de acumulación y la imagen que lo expresa es la de la gota que hace rebosar el vaso.
Uno lleva sus vasos. Cada uno con el nombre de una persona. Y en ellos se acumulan las pequeñas – o grandes – insatisfacciones que la relación con esa persona producen. El tamaño del vaso y la calidad de la otra persona influyen mucho en el tiempo en que se puede tardar en llenar ese vaso. Pero el hecho es que cuando se llena tendemos a recordar sólo el último episodio de ese proceso. Esa última gota.
Es cierto que el vaso también puede vaciarse en el curso del tiempo. Y que, en general, uno no suele ser consciente del nivel de dicho vaso hasta que este no se halla a punto de alcanzar el borde. Es decir, casi siempre, demasiado tarde.
Gerard tardo en colmar su vaso algo más de un año a partir de aquella ascensión al Huascaran.
A mi vuelta a casa estuve mucho tiempo meditando acerca de los sucesos de aquel viaje. Decidí ser inflexible en ciertas cuestiones. Y no me di cuenta de los cambios profundos en la actitud vital de Gerard. Cuando le planteé mis preocupaciones acerca del futuro de nuestra “pareja” hizo gala de su comprensión y capacidad de convicción y aseguró que, aunque tendríamos que ajustar un poco nuestras actividades, no abandonaba el plan de ascender un sietemil en el Himalaya. De hecho tenía planificada la campaña del año que faltaba.
Aquella demostración de confianza en el futuro y, no puedo negarlo, el caramelo del Himalaya me embarcaron en una niebla de autoengaño – uno solo se autoengaña con respecto a las cosas o personas que más anhela – que terminaron por distanciarme de Gerard durante once largos años. Once años que pusieron muchos cambios en nuestras vidas pero que dejaron una herida cuya cicatriz es aun visible.

Gerard

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Gerard es el hermano de BB. A diferencia de ella, que se hacía la francesa y es rubia, Gerard es moreno y se hacía el español. Decía que por desgracia era medio francés aunque, por suerte, también era medio español. Ambos compartían unos bellos ojos azules que habían heredado de su madre española. Gerard es una de esas personas con la que te reencuentras muchas veces después de haber vivido una intensa relación. Él fue, durante mi mejor época como escalador, quien estuvo al otro lado de la cuerda. Con él realicé mis mejores escaladas y compartí los momentos más duros de mi actividad alpinística. Luego la vida nos llevo por caminos divergentes y en esos caminos nos cruzamos varias veces. Últimamente la estabilidad que da el estar, ambos, bien instalados en los cincuenta nos ha hecho coincidir más a menudo.
Gerard y yo nos conocimos de casualidad pero parece que el destino nos tenía reservado un tiempo compartido. Nos presento un amigo común. Yo le conocía de mis excursiones solitarias y Gerard era compañero suyo de instituto. Pero, por otro lado, yo conocía a BB de las fiestas veraniegas y en dos ocasiones había coincidido en el tren con Gerard cuando volvíamos de alguna salida montañera, solitarios ambos. Todo ello sin que hubiera nunca efectuado el encaje de las piezas en un marco común. Por eso la noche que “oficialmente” fuimos presentados en el andén de la estación de Atocha, camino de Sierra Nevada, me pareció un guiño del destino.
Aquella fue mi primera experiencia a gran altitud y la primera en que sufrí daños escalando. Con inmensas cantidades de hielo y nieve. También fue la primera vez que forme cordada con Gerard. Teníamos diecinueve años.
La última vez, fue en los Alpes. Intentamos ascender la cara norte del Eiger. Teníamos cuarenta y dos. Era la segunda vez que lo intentábamos y ambos sabíamos que sería nuestra despedida como escaladores. Seguiríamos esquiando, montando en bicicleta, escalando vías pequeñas pero como “grandes” escaladores terminábamos allí.
La primera vez habíamos llegado a Grindelwald en el 2CV de Gerard. Íbamos justísimos de dinero. Comíamos de lo que traíamos de casa. Dormíamos en tienda de campaña. Y nos pegábamos unas palizas de órdago porteando cargas montaña arriba. También éramos veinte años más jóvenes e infinitamente más locos. Estuvimos dos semanas intentando subir aquella pared tenebrosa e hipnótica que ocupaba nuestros sueños y conversaciones. Arriesgamos mucho y obtuvimos bien poco. Apenas la satisfacción de haberlo intentado. Olvidar nuestros respectivos amorios desgraciados. Y el salir vivos de allí. Veinte años después estábamos, de nuevo allí. Pero tanto en lo material, como en lo espiritual no éramos los mismos. Si comparamos las fotografías parecemos la escuadrilla del Barón Rojo en las primeras y los chicos de Top Gun en las últimas.
Miente quien afirma que veinte años no son nada. Estábamos mejor entrenados, teníamos un dominio técnico muy superior y la tecnología nos aligeraba y protegía más. Subimos mucho más arriba que la primera vez y cuando nos retiramos fue con mayor seguridad. Dormíamos en un hotel y utilizábamos todos los medios disponibles para evitarnos caminatas inútiles. A pesar de ello no podíamos expandir el tiempo libre. Y la meteorología es un sistema caótico y caprichoso. Veinte años de experiencia valen mucho y acompañados de una buena situación económica te permiten minimizar las dificultades logísticas y concentrarte en lo importante, pero no sirven para garantizarte un buen tiempo.
Sentados en la terraza del Bahnoff de Kleine Scheidegg, mientras contemplábamos como la Eigerwand parecía oscurecerse cuanto más se elevaba el sol, nos dimos cuenta que estábamos igual que entonces. A punto de volver a casa y sin haber escalado la pared. Aquella vez no le dimos importancia. Teníamos toda la vida por delante y lo imposible solo era una tarea aplazada. Esta vez tampoco se la dimos. Veinte años de experiencia, también, pesan lo suyo. Y, en el fondo, estábamos contentos de haber cumplido aquel trámite. El de cerrar una época en nuestra biografía compartida.
En medio de esas dos fechas quedaban veintitantos años de pasión coincidente. Pero veintitantos años en la evolución de dos personas son muchos años. Sí, la pasión era la misma, pero en esos años cada cual la había pulido en facetas diferentes. Gerard expandiendo su inagotable deseo de nuevas experiencias. Yo concentrándome en exprimir al máximo las que más me gustaban. Como siempre desde que nos conocíamos el enfrentamiento complementario entre la acción y la contemplación. Pero siempre de mutuo acuerdo. Incluso cuando estábamos en desacuerdo. Uno cedía y el otro se abstenía de envanecerse por ello. Si, llegado el caso, la decisión había sido errónea nos limitábamos a coincidir en que “la próxima vez” tendríamos que rectificar aquello. Era maravilloso. Siempre había una oportunidad para enmendarnos. Gerard y yo éramos la pareja ideal. Jamás nos enfrentamos mutuamente a causa de nuestra común afición. Aunque nuestra forma de ver la vida nos separaba mucho al alejarnos de la montaña.
Aquel día, mientras el sol se adueñaba de los Alpes, ambos deseábamos que nuestros caminos convergieran más a menudo aunque solo en la montaña nuestra relación fuera perfecta. Por eso no nos importaba aquella desilusión. Nos habíamos comprendido perfectamente como compañeros de cordada. Empezábamos a comprendernos como personas. Necesitábamos cerrar aquel paréntesis y entrar en nuevos territorios. La amistad también es una aventura.


October 2008
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