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Mal de altura

Aclimatación a la escalada de la pirámide de edad

Posts tagged with "Reflexiones"

Túneles

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Leí hace algunos días un post acerca de curiosos encuentros en el metro. Yo soy un usuario “profesional” de dicho servicio (me paso 90 minutos diarios – al menos –dentro de un túnel) pero suelo ir atrincherado contra todo tipo de intromisiones durante mis viajes.
Juego con la ventaja de tomar el metro en estaciones muy próximas a la cabecera de línea y ello me permite ir sentado todo el trayecto. No suelo encontrar ocasión de ceder mi asiento a personas de avanzada edad a las horas en que transito por el subsuelo y las embarazadas parece que no frecuentan el inframundo. Además a primera hora de la mañana y tres estaciones desde la mía el vagón está tan lleno que sería difícil que pudiese hacerlo.
En fin que decía lo de ir atrincherado frente al entorno hostil y promiscuo del transporte público. Dos son mis armas. Como primera barrera defensiva utilizo un iPod cargado de música marchosa y contundente (Hoy he escuchado el “Whe shall overcome” de Bruce Springteen, ayer el “Roxy” de Eric Burdon y “Aqualung” de Jethro Tull) que conecto a mi cerebro con unos auriculares intraurales. Eso quiere decir que van embutidos en el canal auditivo tal que si fueran tapones. De hecho funcionan como unos tapones, incluso sin música me libro de la mitad del ruido del tren. Una vez en funcionamiento el reproductor, no me entero de nada por vía auditiva. Difícilmente me pasaría lo que cuenta tirita en su blog (ciertamente de lectura recomendable). El arma complementaria es un libro. Yo, aislado del ambiente sonoro, me siento, me calzo las gafas y saco el libro que corresponda. Una vez comienzo la lectura estoy en otro mundo y mi aislamiento del entorno es absoluto.
Esto de la lectura “en túnel” tiene sus ventajas. Normalmente es la mayor cantidad de tiempo continuo que puedo dedicar a la lectura (ahora estoy con “Vida y destino” de Vasili Grossman. Un tocho de 1100 páginas cuyo principal defecto es que pesa como un ladrillo y que te engancha como una droga).Su inconveniente es que no puedo disfrutar del paisaje humano de los vagones.
Paisaje que otros blogeros aprovechan en sus páginas y que muestra una disyuntiva vital de lo más interesante. Dedicarte a la recolección de sucesos para crear literatura o aislarte de la cosecha y disfrutar de la susodicha literatura. El campo y la ciudad.

Edad y rutina

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Este año (2008) cumplimos 54 años los que nacimos en 1954. Es una especie de chorrada insignificante pero tenerla en cuenta no hace mal a nadie, no acelera el cambio climático, ni hace bajar el IBEX, ni incrementa el IPC. Por el contrario estas pequeñeces permiten singularizar la existencia, obligadamente rutinaria, de los que ya acumulamos suficiente experiencia como para que las novedades tiendan a ser estadísticamente improbables.
No es que viva, como Bill Murray en Groundhog Day, una repetición continua del mismo día pero las lineas generales de los mios cada vez son más predecibles. Mi trabajo casi no me depara sorpresas. Mis hijos tampoco. Y cuando lo hacen casi preferiría que no lo hubieran hecho. Mantenerme en una forma física aceptable exige una disciplina ferrea de entrenamiento en cantidad, calidad y variedad. Y mantenerme activo y actualizado intelectualmente me exige otro tanto.
Podría elaborar una tabla horaria y casi siempre estaría contemplada mi actividad en ella. Pero; bendito “pero” por una vez; aunque predecible en términos generales, la actividad intelectual siempre es fuente de novedades.

Hijos

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No creo en los horóscopos. Es una imposibilidad racional hacerlo y ser padre de mellizos. También lo sería si en vez de padre fuese hermano o vecino o compañero de trabajo. Nada como un contraejemplo para demostrar la futilidad de semejante disciplina mágica.
Mis hijos son guapos. Y no es pasión de padre. Altos (Alrededor del 1,90), cuerpos esculturales, aura hechicera. . Él tiene los ojos marrones de su madre, ella ha sacado mis ojos claros. Ambos nacieron rubios, pero se fueron oscureciendo durante la infancia y a los ocho años ya tenían el cabello oscuro.
Mi hijo es un consumado músico autodidacta y, supongo que anexo a su carácter de artista, extremadamente sensible. Lo de ser sensible tiene ventajas e inconvenientes. Para él ha sido bastante poco conveniente.
Su infancia escolar no fue fácil y sólo la protección de su hermana (que es la mayor por 45 segundos) y un importante presupuesto en psicólogos lo ha salvado de traumas importantes. Es un genuino superdotado (con un CI de 155) pero no ha querido cursar estudios universitarios. Con mucha persuasión logramos convencerle de que acabar el bachillerato era útil para su futuro, pero ahí se quedó todo.
Alba siempre pareció ser más gamberra y exhibicionista que su hermano pero jamás se ha subido a un escenario y peca de discreta a pesar de su tamaño y donosura. Nuestro tímido y sensible niño es un estupendo actor, declama el verso magníficamente (reconozco haber estado próximo al babeo viéndolo representar a Don Mendo con 13 años) y toca con las más variadas bandas (variadas en estilo y calidad).
Durante los últimos tres años se ha dedicado a compaginar la música en su más bajo grado lucrativo con trabajos de ínfima cualificación. Afortunadamente para la salud psíquica de sus padres continúa leyendo sobre una gran variedad de temas y no ha perdido el hábito de estar al día mediante la lectura de bastantes periódicos nacionales y extranjeros en Internet.
Hay temporadas en que no sabemos si vive aun en casa o si se ha convertido en vampiro (duerme por la mañana, trabaja por la tarde y pasa la noche en el sótano trasteando con el PC).
Alguna vez, en una muestra del tradicional humor negro hispano, su hermana ha sugerido que se había muerto y su cadáver se pudría en la habitación. Comentario acogido con esa mezcla de apreciación humorística y desasosiego tan especial. Hasta que le hemos oído salir del baño y presentarse con una pila de ropa sucia y su arrebatadora sonrisa. Porque nuestro hijo podrá tener defectos pero, no sólo es nuestro hijo, también es un encanto. Y es capaz, en quince minutos de conversación, de hacerte olvidar quince días de aspereza y gruñidos.
Supongo que él es consciente de sus poderes. Le permiten tener apoyo mayoritario puesto que su hermana y su madre se rinden con facilidad ante sus encantos. Yo soy un poco más receloso pero tampoco inmune a ellos. Y, estoy seguro, cualquier miembro del resto de la humanidad terminara siendo conquistado si él se lo propone.
Se me hace difícil mantener una posición severa con él. No puedo olvidar que la primera vez que fue capaz de andar lo hizo a lo largo del pasillo de nuestra casa para recibirme, al grito de “papa, papa”, a la vuelta del trabajo. Cuando lo recuerdo aun siento el efecto de derretirme por dentro con la misma intensidad que aquel día. Hay sentimientos capaces de anular el juicio del más severo de los hombres y yo no lo soy.
Siento que, en caso de necesidad, será capaz de sobrevivir en cualquier lugar y eso mantiene mi esperanza. Reconozco en él un alma de gato y, a mi, me gustan los gatos.
Y me estoy haciendo viejo… :D aunque aun falte mucho tiempo para que mis hijos tengan que cuidar de mí.

Hijas

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Ayer mi hija nos anunció su intención de marcharse (Volver, dijo) a USA el próximo curso. Hoy me siento especialmente viejo. No porque mi hija se marche de casa (Tendrá 23 años cuando lo haga) que es algo asumido desde que nació. Es que se marcha a Seattle. Y eso son 12000 km desde casa. Los medios de transporte y comunicación han achicado mucho el mundo pero 12000 km no son una minucia. Y, además, sospecho de su intención de no volver cuando acabe sus estudios. Vale que internet te acerca mucho a la gente pero es que se trata de una hija, no de gente. Ya sospechaba yo que me faltaba algún disgusto para completar el año.
Era el trece de febrero de 1985 pero no era martes. Regresaba de un viaje de trabajo. Eran las ocho de la tarde y no nevaba en Madrid porque hacía demasiado frío para ello. Los teléfonos móviles solo los usaba James Bond y mi coche distaba mucho del suyo. Cuando llegué a casa, entre aliviado y ansioso, mi mujer no estaba allí. Tardé unos segundos, en los que el desasosiego venció a la fatiga y a la lógica, en darme cuenta de la situación. Mi embarazadísima mujer había decidido dejar de estarlo. Llamé a mis padres para recabar noticias. Efectivamente hacía una hora que SHE estaba en el hospital trabajándose el desahucio uterino de nuestros hijos. Cuando llegue a O´Donell ya era padre de una pareja de rubios y relucientes niños. Una jugada magnífica. Una parejita en un solo parto. Nueve meses de embarazo ahorrados.
Tras los tradicionales trámites de audiencia y presentación de los recién llegados mi mujer nos mandó a todos a casa con el incuestionable argumento de que allí había profesionales suficientes para cubrir todas sus necesidades y la más urgente de ellas era que la dejásemos en paz.
Volví a casa, en medio de la helada, sin terminar de creerme que aquellas dos frágiles criaturas eran genes de mis genes y con la oscura seguridad de que me iban a dar un montón de satisfacciones y disgustos en los años venideros.
Apenas tenían tres años cuando nos mudamos a USA. Volvieron con cuatro más, dominando el idioma y con una capacidad de adaptación al medio incrementada en muchos puntos.
Nuestra principal “angustia” cuando decidimos hacer las Américas era el efecto que tendría en nuestros hijos la adaptación a un idioma y entorno desconocidos. No sabemos si llegaron a notarlo. A los tres meses de llegar nos dimos cuenta que hablaban entre ellos mezclando español e inglés. Cuando cumplieron los cuatro hablaban en español con nosotros y se manejaban perfectamente en inglés fuera de casa.
Cuando volvimos a España retomamos la angustia por el efecto que tendría en ellos el nuevo cambio. Y esta vez fuimos recompensados. A medias. Ella se adaptó perfectamente al nuevo ambiente y al colegio bilingüe que les buscamos. Él lo pasó un poco peor. Su hermana le tomó la iniciativa y él se convirtió en “el hermano de…” hasta que le cambiamos de colegio cuatro años después. Aquello pareció ser bastante y nos descuidamos lo suficiente para que los problemas fuesen demasiado grandes cuando los abordamos.
Dicen que es difícil ser padres de un superdotado. Les aseguro que, en nuestro caso, lo ha sido. Nos compensa el hecho de que ser padres de dos superdotados no nos ha duplicado la dificultad. Más bien gracias a la niña hemos sobrevivido a su hermano.
Alba (que así se llama la criatura) sería la encarnación de una hija perfecta si a mi se me hubiera ocurrido alguna vez imaginarme a una hija tal. Siempre me he negado a pensar siquiera en como querría que fueran nuestros hijos (más allá de los mínimos valores cívicos y morales) porque, por un lado, no quería que se pudiesen sentir presionados y, por otro lado (para que mentir), por no sentir la – ineludible – frustración de no ver realizados mis sueños. Satisfacción a medias. Cada uno ha salido de una manera y ambas inesperadas.
Nuestra hija siempre fue un modelo. Jamás tuvo problemas de aprendizaje. Ni de socialización. Además resultó una pieza vital en el salvamento psicológico de su hermano. Irradiaba confianza y parecía saber la palabra que él necesitaba en cada momento sin necesidad de pregunta alguna. Era tanta su seguridad que, envueltos en un momento profesional delicado, nos confiamos demasiado.
A sus 15 años; coincidiendo con un cambio de casa, colegio, trabajo mío y el inicio de la peor época de su hermano; estuvimos a punto de perderla. Ese verano sufrimos el peor “efecto Y2K” que recuerdo. Pero a lo largo del curso escolar se convirtió, por necesidad, en adulta.
Pasó todo el año flotando en un mar de dudas acerca de su futuro. Desatendida por nosotros en la medida en que tuvimos que volcarnos con nuestro hijo. Y salió adelante sin más ayuda que la que obtuvo de si misma. Incapaz de disputarle a su hermano la atención que él necesitaba, se enfrentó sola a sus propios problemas de maduración. Asumiendo esa dolorosa contradicción que supone el comprender racionalmente la situación de sentirse emocionalmente abandonada por su familia. Un trago que jamás podremos compensar.
Estoy sumido en un mar de confusión. Me considero felizmente casado. Mis hijos son guapos, sanos e inteligentes. Mi situación económica es desahogada. Sin embargo hoy me habría quedado la mar de a gusto en casa escuchando blues y soltando alguna lagrimita

Vacaciones especiales

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Me resulta agradable estar sentado frente a mi ordenador (el mío de verdad. El que tengo en casa) Temprano para que sea innecesario poner el aire acondicionado de la buhardilla. Escuchando agradable música (Suena Nolita de Kerren Ann en mis altavoces) sin necesidad de ponerme auriculares para no molestar.
Estoy de vacaciones. Pero no son unas vacaciones cualesquiera, no. Son unas vacaciones tomadas por sorpresa, en compensación por horas extraordinarias y con un cierto ánimo reivindicativo. Bueno mejor me explico.
Desde principios de 2003 trabajo en una ágil empresa de auditoria. Empezó siendo una pequeña idea adosada a una gestoría y ha crecido deprisa. Los integrantes del equipo en el que trabajo entraron casi simultáneamente conmigo. Nos llevamos muy bien para ser compañeros de trabajo (Ya se sabe… “compañeros y sin embargo amigos”) y fuimos los pioneros en este área de la empresa. Luego ha venido más gente y, por desgracia, el año pasado nuestro senshei se hartó de trabajar y se marcho a vivir a la playa. Fue sustituido por una mujer de la que ya hable en otro post.
Mi contrato es un poco especial. Cuando empecé, animado por el que sería mi jefe, estaba bastante harto de un trabajo que se justificaba, únicamente, por un sueldo elevado. Mis hijos cumplían dieciocho, teníamos la casa “casi” perfecta y yo quería más tiempo libre. Así que, al contratar, me aseguré de que jamás me pagarían horas extras. Las cobraría en horas libres. Llegamos a un complicado acuerdo sobre cuando y cuantas y esas cosas y llevo casi cinco años disfrutándolo. Hasta este año.
El caso es que hace unas semanas estuve en un congreso. Esa ausencia estaba prevista desde hacía seis meses y el calendario de trabajo del equipo lo tenía previsto. Me fui dejando casi terminada un área que había supuesto muchas horas de entrevistas y escritura. Al volver me encontré con una sorpresa. Mi jefa había decidido acometer el mismo trabajo. Sin consultar el calendario de trabajo, sin preocuparse de constatar el avance en dicha área. Se pueden figurar ustedes mi ánimo. No llegue al homicidio por aquello de no dar pábulo a lo de la violencia de género, Eso sí, me falto muy poco.
Que tu jefa repita entrevistas que tu has hecho sin consultar siquiera tus notas ¿a que altura te deja? Conseguí ser educado y me quejé de su actuación. Y ella ¡se lo tomo como si fuera una futesa!
Pues bien yo no me lo tomé a broma. Me presenté en personal (recursos humanos que se llama ahora) y tomé posesión de todas mis horas extras pendientes. Comuniqué al alto mando mi intención de cobrarlas de inmediato. Obtuve la venia correspondiente y sonreí cual malvado de película anticipando los efectos.
Del resto del equipo la mitad (dos) se toman las vacaciones en este mes. Los otros dos en agosto. Yo aun tengo que coger días de las vacaciones normales y mantengo la intriga porque tengo obligación de hacerlo antes de octubre. Resumo. Mi jefa no tiene tiempo material de finalizar el trabajo en plazo si coge más de una semana de vacaciones este verano.
¿Soy malo? No. Mi jefa bordea la incompetencia. En su ordenador (y en los ordenadores del resto del equipo, conectados en red) está un pormenorizado calendario con la programación y avance del trabajo, así como de las disponibilidades horarias del equipo. ¿Lo ha consultado? Parece que no. Lo cual, todo sea dicho, no es culpa mía.
Yo he cumplido con la programación previa. Y aun espero la definitiva (a tres meses de la fecha de entrega) cuando deberíamos estar acabando el trabajo de campo. Programación es campo de jefes. Nosotros sólo hacemos avances provisionales para poder empezar a trabajar mientras se completa la programación de verdad. Y eso está en el sueldo de los jefes.
Y así es la vida.





Francotiradores

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En un post anterior me mostraba levemente quejumbroso acerca de mi situación laboral. Este año la empresa nos ha colocado, como jefa, a una encantadora mujer, especialista en decirnos como tenemos que hacer las cosas. Digamos que no nos agrada la idea de ser fiscalizados continuamente, acostumbrados a nuestro peculiar estilo de francotiradores.
El azar ha modificado nuestro equilibrio. El problema es que se ha creado un sordo enfrentamiento entre la jefatura y la soldadesca. No se puede pretender que un equipo, perfectamente engrasado y acoplado, tras cinco años de actividad conjunta se adapte en unas semanas al método de trabajo de un jefe nuevo. Sobre todo si dicho jefe tiene una visión del trabajo muy diferente a los escenarios en los que funciona el equipo. Además el funcionamiento del equipo había sido perfecto hasta la fecha y su productividad muy alta.
Comprendemos que el método de trabajo de un equipo exige considerar las capacidades de todos y cada uno de sus integrantes – no digo miembros porque las chicas se enfadan – y que el cambio de uno sólo obliga a modificaciones del conjunto. Pero, y es mucho pero, hay que valorar si los cambios introducidos mantienen, al menos, la capacidad operativa del equipo. En nuestro caso está resultando que no.
La nueva jefa ha creado un clima de tensión por el peculiar modo de entender la relación con su equipo. Me explico. Si el jefe quiere que el trabajo se haga de una forma determinada y aplicando, en cada momento, una metodología específica lo correcto es que el equipo sepa con claridad lo que se desea de él y cada paso a dar esté precedido de un conjunto de instrucciones delimitadas. Aunque se puede mandar al equipo a trabajar con un pliego de objetivos ambiguo e ir desarrollando el trabajo día a día mediante un seguimiento continuo de los resultados e instrucciones concretas, ese sistema exige un trabajo de supervisión continuo. Además de una claridad de objetivos y un conocimiento del medio excelentes. Es evidente que, en nuestro caso, las condiciones no se cumplen.
La jefa no tiene claro el conjunto de objetivos. Su conocimiento del medio es insuficiente, en conjunto, porque ha profundizado demasiado en algunas áreas pasando superficialmente por otras. Lo que supone un reajuste continuo de la velocidad de trabajo en función de la relación entre áreas. Las instrucciones se contradicen con los procedimientos normalizados sin que se pueda justificar por las peculiaridades del objeto del trabajo. Muchas veces el desarrollo del trabajo es una pura apuesta personal porque se desconoce el alcance del proyecto en el área concreta. En fin deprimente.
En principio hemos tratado de solventarlo por la vía amistosa. Comprensión y camaradería. Observaciones dichas con el mejor talante, consejos dados sin reproche previo, tolerancia silenciosa ante instrucciones claramente inoperantes y ese tipo de cosas. Todo por mantener el buen ambiente de trabajo que teníamos. Y es que nuestra nueva jefa es una mujer encantadora con la que da gusto conversar. Nadie dirá que es mala persona, ni que tiene ambiciones ocultas, ni que alberga un solo átomo de perversidad. Pero esas habilidades no pueden anular su defecto fundamental. Su concepción del trabajo de jefatura. Por muy competente que se sea en un campo determinado el jefe no HACE ese trabajo. Para eso está el equipo de campo. Y claro pretender que un equipo cualificado descienda a efectuar tareas subalternas siguiendo la estela de su jefe, es imprudente. Más aun si el jefe no es el mejor – único e irrepetible número uno – en dicho campo profesional. Un buen equipo siempre hará mejor el conjunto del trabajo que una sola persona, genialidades aparte.
Y la cosa no parece tener remedio puesto que todo apunta a que utiliza su trabajo contra sus frustraciones familiares. Pero en nuestro sueldo no se incluye un plus por terapia.

Y ustedes perdonen pero necesitaba desahogarme.

Azar y necesidad

Al hilo del título del famoso libro de Jacques Monod que leí bastante joven y me influyó mucho.


Tener argumentos para sobrevivir a la idea de que el hombre está solo en la inmensidad indiferente del universo en donde ha emergido por azar es importante cuando uno está decidiendo si Dios es o no algo necesario en tu vida. Pero ese fue el libro de donde deduje esa idea de que el azar nos descubre o nos enfrenta a opciones que desestabilizan nuestro equilibrio, nos conduce a investigar alternativas y a lograr un nuevo equilibrio que intenta desplazar al azar. Y este siempre termina apareciendo de nuevo para perturbar el orden alcanzado y obligarnos a investigar de nuevo posibilidades inéditas. Pretender haber logrado un equilibrio permanente sólo es muestra de que se ha perdido de vista la realidad.
Monod se refiere a la biología y la herencia genética – la estructura del ADN varía siguiendo sucesos fortuitos (el azar), pero una vez estas variaciones son registradas por la naturaleza, se propagan según leyes inflexibles (la necesidad) – pero su extensión a la filosofía se obtiene del propio texto.
Yo soy dado a la divagación. Me gusta tener tiempo para dejar a mi mente “soñar” con libertad. El ejercicio de la imaginación produce grandes beneficios a los que tenemos un carácter reflexivo y teórico. Sobre todo si carecemos de una alta velocidad de reacción frente a la realidad cambiante.
Al desarrollar modelos debemos ser conscientes de la importancia de la probabilidad. Si crees ser capaz de tener previstas todas las desviaciones de funcionamiento… o eres Dios o estas a punto de verificar lo inexorable de la Ley de Murphy. Un médico o el piloto de un avión cuentan con una gran cantidad de modelos de conducta para manejar situaciones poco probables. Pero, en última instancia, lo que se espera de esos profesionales es que sepan gobernar situaciones de riesgo para las que no exista un protocolo de actuación establecido.
Podría pensarse que todo se reduce a un problema de cálculo de probabilidades. Cuanto más improbable sea lo inesperado más difícil es que tengamos que improvisar una solución. Pero la cuestión fundamental es otra. ¿Cómo prevemos lo imprevisible? Por eso es esencial dejar vagar la imaginación. El propio azar de esa navegación nos conducirá a caladeros imprevistos. Claro que moverse al azar no es exploración en sentido puro.
La exploración como aventura sí puede ser de carácter azaroso, pero el ejercicio científico de la exploración siempre es metódico. En primer término podemos vagar hasta toparnos con lo desconocido, pero delimitar ese territorio ignoto es una labor de método, aunque no exenta de aventura. La navegación y el trazado de mapas son los mejores ejemplos de lo antedicho. Cuando los vikingos se dirigían hacia el oeste navegaban hacia lo desconocido. Colón se encontró con un imprevisto. En ambos casos una vez llegados el procedimiento es similar. Señalar el lugar en nuestros mapas para poder volverlo a encontrar si surge la necesidad. Pero la diferencia está en la forma de afrontar la singladura. Y se puede resumir en el manejo de la incógnita: ¿Cuándo empieza a ser imposible dar la vuelta?
En mis últimos cinco años de trabajo había logrado estar en una situación profesional envidiable. Bajo el mando directo de un jefe muy competente y con unos compañeros afines a mi forma de trabajar. El resultado, en términos de productividad y satisfacción personal, era excelente. El jefe fijaba objetivos y elaboraba el resultado final del trabajo, Y jamás se entrometía en nuestra organización particular.
Este año parece haberse terminado tan agradable situación. La empresa ha reclamado a nuestro jefe para más altas metas y nos ha colocado a una encantadora mujer, especialista en decirnos como tenemos que hacer las cosas. Digamos que no nos agrada la idea de ser fiscalizados continuamente, acostumbrados a nuestro peculiar estilo.
El azar ha modificado nuestro equilibrio. El problema es que ya no somos tan jóvenes y nos cuesta admitir que, aunque tuviéramos razón, no estamos al mando.
October 2008
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