Montañas nevadas
Tuesday, 28. March 2006, 18:36:29
Mis primeros contactos con el excursionismo los tuve con diez u once años. La hermana mayor de mi padre tenía un novio – ¡Estamos en los años 60! – bastante heterodoxo. Ellos se calificaban como campistas – que también era exótico para la época – y como extensión natural hacían excursiones por la montaña.
Inciso imprescindible.- Él había sido educado en un internado suizo. Fue oficial médico en la guerra del 36. Hablaba francés y alemán. Era cazador, pescador y esquiador. También se declaraba abiertamente ateo y liberal. Y nudista. Siempre vivió con un perro. Fue él quien me introdujo, años más tarde, en el buceo con botellas. Murió hace ya diez años y siempre lo consideré más de la familia que a algún otro de mis tíos.
Para, supongo, gran felicidad de mis padres los sábados o domingos me introducía con mis hermanos en su furgoneta y nos íbamos de excursión todo el día.
Así, revueltos con el perro y múltiples cachivaches, a velocidad de caracol pero sin atascos recorrimos los alrededores de Madrid. La Pedriza, Alto Tajo, Guadarrama. Son mis recuerdos más tempranos de naturaleza salvaje.
Hacíamos la cabra por algún risco, nos bañábamos en ríos escondidos, cocinábamos paellas, jugábamos con el perro. Siempre supervisados por Germán y mi tía hacíamos de pequeños salvajes. No existían muchas reglas pero las que había – relacionadas con la seguridad – eran inflexibles.
Y, a modo de tradición y rito, era obligatoria la foto grupal de la excursión. Los pequeños sentados en sus piernas y yo abrazado a él detrás. Ahora supongo que sería mirado como un pederasta o algo así. Entonces era nuestro parque de atracciones particular. Por el precio de un beso en la punta de su narizota a la entrada y otro al salir.
La nieve no entraba en el programa de festejos. Después de la primera hora de tirar bolas y deslizarse por una pendiente se presentaban demasiadas complicaciones de seguridad y muchas incomodidades. Se comprobó la primera vez y no volvimos a repetir.
De forma tan natural como empezaron dejamos de hacer estas excursiones al crecer. Mi padre nunca fue muy partidario de campamentos y organizaciones juveniles – ya fuesen los Scout o la OJE – por lo que entre los quince y los dieciocho mi espíritu aventurero se conformó con la lectura, el cine, otros deportes y la exploración – más o menos profunda – de las peculiaridades del sexo contrario. Los fines de semana tomaron otro significado.
Los padres de algunos tenían casas en la sierra de Madrid. Si ellos iban podíamos ocupar, discretamente, las de la ciudad y si no...podíamos hacer lo propio con las de la sierra. Ese había sido mi contacto con la montaña durante aquellos años. Aunque, públicamente, la excusa del excursionismo se usó alguna vez solamente era...una excusa. Pero la contemplación de los paisajes nevados de Guadarrama empezó a constituirse en una poderosa atracción.
Y aquel significado cambió, de nuevo, cuando empecé los estudios universitarios. Con dieciocho no era mayor de edad – yo soy de otra época – pero no se le niega a un universitario la disponibilidad de su tiempo libre. Y esa reivindicación de la independencia necesitaba un espacio físico propio para su desarrollo. Aunque ese espacio físico fuese un refugio cochambroso, una tienda de campaña o las estrellas brillando sobre tu saco de dormir.
Espoleado por el regusto de liberación que tenía la actividad invertí mis ahorros en el material más básico y me lancé a la practica del montañismo. Ese era el término. “Alpinismo” eran palabras mayores y la multiterminología actual es...actual.
Empecé a salir a la montaña con algunos compañeros que compartían el interés. Pequeñas excursiones por los alrededores del pueblo de Navacerrada. Alguna más larga que implicaba cargar con saco de dormir e, incluso, fines de semana mixtos aprovechando las viviendas serranas de algún padre bondadoso. La cosa rodó hasta la necesidad de planificar una excursión de envergadura. Había un poco de nieve en Guadarrama y se pensó que un campamento de varios días sería una actividad importante. Se hizo acopio de información y víveres. Se obtuvo una tienda de campaña–el ejército, vía un padre protector, nos “cedió” una de las que utilizaban las unidades de montaña – y llegado el día tomamos el tren y nos plantamos en el Alto de Navacerrada en una fría tarde – ya noche – de noviembre.
Caminamos bajo el peso de enormes macutos y llegamos al Puerto de Cotos – ni existía la estación de esquí y el actual aparcamiento aun no había sido asfaltado – donde buscamos un lugar para aposentarnos. Para que os voy a contar la historia de cómo montamos nuestro campamento y como transcurrió la noche. A la mañana siguiente al asomarnos fuera de la tienda la “meteó” había dado un vuelco. “White out”. Había nevado por la noche y ahora nos cubría una espesa niebla. Impensable dar más allá de seis pasos desde la puerta. A medida que avanzaba el día la cosa se iba complicando. Al mediodía una ventisca de proporciones desconocidas para nosotros se abatía sobre la zona. Bastante hicimos ese día con arreglar el montaje de la tienda – excelente pese a la necesidad de un cursillo para hacerlo adecuadamente – y no cometer errores al ir al WC y volver. Obligados a permanecer en la tienda y cocinar dentro de ella afrontamos una segunda noche en condiciones precarias. Volvió a amanecer sin que la “meteó” nos diese tregua y transcurrió el segundo día en las mismas condiciones que el anterior. Para esa tarde ya habíamos agotado nuestra colección de canciones, chistes, anécdotas, chascarrillos, comentarios ingeniosos y reservas alimenticias que se pudieran consumir sin esfuerzo culinario. El aburrimiento empezaba a pesar y, aun más, las ganas de comer adecuadamente. Y la necesidad de mayor variedad de posturas era inaplazable.
Así que nos pusimos la ropa – toda – y llenamos las mochilas. Recogimos la tienda lo mejor que se dejaba y emprendimos el regreso. Arribamos a la estación, tras una patética caminata azotados por la ventisca, y nos hacinamos en ella esperando un hueco en uno de los trenes.
Muchas horas después estábamos de vuelta en el hogar paterno. Cansados, mojados, doloridos pero con un tesoro de experiencias para no repetir errores. Y más orgullosos que si hubiéramos doblado el cabo de Hornos
Inciso imprescindible.- Él había sido educado en un internado suizo. Fue oficial médico en la guerra del 36. Hablaba francés y alemán. Era cazador, pescador y esquiador. También se declaraba abiertamente ateo y liberal. Y nudista. Siempre vivió con un perro. Fue él quien me introdujo, años más tarde, en el buceo con botellas. Murió hace ya diez años y siempre lo consideré más de la familia que a algún otro de mis tíos.
Para, supongo, gran felicidad de mis padres los sábados o domingos me introducía con mis hermanos en su furgoneta y nos íbamos de excursión todo el día.
Así, revueltos con el perro y múltiples cachivaches, a velocidad de caracol pero sin atascos recorrimos los alrededores de Madrid. La Pedriza, Alto Tajo, Guadarrama. Son mis recuerdos más tempranos de naturaleza salvaje.
Hacíamos la cabra por algún risco, nos bañábamos en ríos escondidos, cocinábamos paellas, jugábamos con el perro. Siempre supervisados por Germán y mi tía hacíamos de pequeños salvajes. No existían muchas reglas pero las que había – relacionadas con la seguridad – eran inflexibles.
Y, a modo de tradición y rito, era obligatoria la foto grupal de la excursión. Los pequeños sentados en sus piernas y yo abrazado a él detrás. Ahora supongo que sería mirado como un pederasta o algo así. Entonces era nuestro parque de atracciones particular. Por el precio de un beso en la punta de su narizota a la entrada y otro al salir.
La nieve no entraba en el programa de festejos. Después de la primera hora de tirar bolas y deslizarse por una pendiente se presentaban demasiadas complicaciones de seguridad y muchas incomodidades. Se comprobó la primera vez y no volvimos a repetir.
De forma tan natural como empezaron dejamos de hacer estas excursiones al crecer. Mi padre nunca fue muy partidario de campamentos y organizaciones juveniles – ya fuesen los Scout o la OJE – por lo que entre los quince y los dieciocho mi espíritu aventurero se conformó con la lectura, el cine, otros deportes y la exploración – más o menos profunda – de las peculiaridades del sexo contrario. Los fines de semana tomaron otro significado.
Los padres de algunos tenían casas en la sierra de Madrid. Si ellos iban podíamos ocupar, discretamente, las de la ciudad y si no...podíamos hacer lo propio con las de la sierra. Ese había sido mi contacto con la montaña durante aquellos años. Aunque, públicamente, la excusa del excursionismo se usó alguna vez solamente era...una excusa. Pero la contemplación de los paisajes nevados de Guadarrama empezó a constituirse en una poderosa atracción.
Y aquel significado cambió, de nuevo, cuando empecé los estudios universitarios. Con dieciocho no era mayor de edad – yo soy de otra época – pero no se le niega a un universitario la disponibilidad de su tiempo libre. Y esa reivindicación de la independencia necesitaba un espacio físico propio para su desarrollo. Aunque ese espacio físico fuese un refugio cochambroso, una tienda de campaña o las estrellas brillando sobre tu saco de dormir.
Espoleado por el regusto de liberación que tenía la actividad invertí mis ahorros en el material más básico y me lancé a la practica del montañismo. Ese era el término. “Alpinismo” eran palabras mayores y la multiterminología actual es...actual.
Empecé a salir a la montaña con algunos compañeros que compartían el interés. Pequeñas excursiones por los alrededores del pueblo de Navacerrada. Alguna más larga que implicaba cargar con saco de dormir e, incluso, fines de semana mixtos aprovechando las viviendas serranas de algún padre bondadoso. La cosa rodó hasta la necesidad de planificar una excursión de envergadura. Había un poco de nieve en Guadarrama y se pensó que un campamento de varios días sería una actividad importante. Se hizo acopio de información y víveres. Se obtuvo una tienda de campaña–el ejército, vía un padre protector, nos “cedió” una de las que utilizaban las unidades de montaña – y llegado el día tomamos el tren y nos plantamos en el Alto de Navacerrada en una fría tarde – ya noche – de noviembre.
Caminamos bajo el peso de enormes macutos y llegamos al Puerto de Cotos – ni existía la estación de esquí y el actual aparcamiento aun no había sido asfaltado – donde buscamos un lugar para aposentarnos. Para que os voy a contar la historia de cómo montamos nuestro campamento y como transcurrió la noche. A la mañana siguiente al asomarnos fuera de la tienda la “meteó” había dado un vuelco. “White out”. Había nevado por la noche y ahora nos cubría una espesa niebla. Impensable dar más allá de seis pasos desde la puerta. A medida que avanzaba el día la cosa se iba complicando. Al mediodía una ventisca de proporciones desconocidas para nosotros se abatía sobre la zona. Bastante hicimos ese día con arreglar el montaje de la tienda – excelente pese a la necesidad de un cursillo para hacerlo adecuadamente – y no cometer errores al ir al WC y volver. Obligados a permanecer en la tienda y cocinar dentro de ella afrontamos una segunda noche en condiciones precarias. Volvió a amanecer sin que la “meteó” nos diese tregua y transcurrió el segundo día en las mismas condiciones que el anterior. Para esa tarde ya habíamos agotado nuestra colección de canciones, chistes, anécdotas, chascarrillos, comentarios ingeniosos y reservas alimenticias que se pudieran consumir sin esfuerzo culinario. El aburrimiento empezaba a pesar y, aun más, las ganas de comer adecuadamente. Y la necesidad de mayor variedad de posturas era inaplazable.
Así que nos pusimos la ropa – toda – y llenamos las mochilas. Recogimos la tienda lo mejor que se dejaba y emprendimos el regreso. Arribamos a la estación, tras una patética caminata azotados por la ventisca, y nos hacinamos en ella esperando un hueco en uno de los trenes.
Muchas horas después estábamos de vuelta en el hogar paterno. Cansados, mojados, doloridos pero con un tesoro de experiencias para no repetir errores. Y más orgullosos que si hubiéramos doblado el cabo de Hornos


