Locuras
Monday, 2. June 2008, 12:03:39
No. No se crean que no haya escrito nada en el último mes. De hecho tengo en la carpeta de previas (donde archivo las entradas más desarrolladas y a falta de pulir en lo estético) seis escritos. Además he añadido a la carpeta bocetos (donde reposan las ideas a medio desarrollar) tres cositas más. Ni les hablo de la carpeta notas (donde anoto los chispazos de inspiración) porque es el archivo más caótico. Casi como este mes de mayo tan especial en lo meteorológico como en lo vital (en lo vital de mi vida, se entiende).
Pero, en cualquier, caso he sido incapaz de pulir alguno de esos escritos para darle la apariencia de publicable. Vamos que no logro darles el punto correcto. Los que cocinen lo entenderán perfectamente. Ven que el plato tiene las proporciones correctas de ingredientes, el tiempo adecuado de cocción, la presentación adecuada pero... algo falla en su sabor. No está soso, ni salado. El equilibrio de sabores casi está conseguido. Pues eso... casi está conseguido.
¿Un punto más de pimienta? ¿Algo de canela? ¿Algún toque de especias más exóticas? Ahí estás, indeciso sobre el destino del plato. Eres consciente que serviría para cubrir el expediente de una comida, pero te habías propuesto crear algo especial y... no sale.
En una situación de exigencia extrema (El jefe aúlla desde el otro lado de la línea, los comensales empiezan a rebullirse desasosegados) lo más práctico sería salir con lo hecho y... a lo hecho pecho. No es el caso. Ni me pagan por esto, ni este blog es el único qué ustedes pueden leer.
Es cierto que más de una vez he servido platos de compromiso y comida rápida. Y también es cierto que no me gusta hacerlo. Ya que me pongo, que el resultado alcance una mínima dignidad.
Pero este mes ha sido muy especial, como les decía. En cuestiones de trabajo lo normal si nos referimos a cantidad y velocidad, pero hay cuestiones anexas que me tienen una parte del cerebro ocupada y que les contaré otro día. En el ámbito familiar la cosa está bastante revuelta.
No es que mis hijos sean muy latosos y necesiten una atención continua. Pero, dadas sus circunstancias vitales, nos hemos acostumbrado a estar muy pendientes de ellos y esas cosas degeneran en hábitos de difícil erradicación. Sobre todo en una madre (o sea ELLA).
Mi mujer está inmersa en el final de curso (por si no lo he dicho antes es profesora universitaria) y en las múltiples complicaciones del cambio de modelo impuesto por el Acuerdo de Bolonia (Y nótese que ella opina que Bolonia no debe ser un fin en si mismo, si no una excusa para lograr profundos cambios en los métodos de enseñanza). Ella es perfectamente capaz de hacer eso y más sin perder la sonrisa, pero sus preocupaciones de madre están minando su habitual alegría. Son las terribles contradicciones entre razón y corazón. Sus sentimientos se imponen y enturbian la realidad diaria. Y esas situaciones siempre conducen a la locura. No se acojan al significado clínico del término, hay más. El DRAE la define (en tercer lugar) así: Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa. Y de ocurrencias sorprendentes hablamos.
Mi hija tiene todo su tiempo ocupado entre los preparativos para emigrar a USA y el tramo final del curso académico. No precisa ninguna ayuda para sacar adelante las dos cosas pero, con frecuencia creciente estas semanas, parece necesitar fortalecer vínculos y desahogar el estrés conversando con sus padres. Pequeños diálogos sobre temas cogidos al vuelo, mientras se mueve por la casa.
Mi hijo, en un exceso de independencia, nos acaba de comunicar que tiene trabajo en la Expo de Zaragoza y que se marcha cuatro meses de casa. Como piensa volver el trauma es menor que con su hermana pero su marcha le ha hecho más consciente de la de su hermana y está más encantador que nunca con ella y, de rebote, con nosotros.
Y en este berenjenal emotivo hemos tenido en los últimos días varias celebraciones familiares que añaden elevadas dosis de sentimientos exacerbados. Mi mujer y su hermano cumplen años con dos días de diferencia. Mi padre una semana después. El protocolo de celebraciones exige dos magnas comidas, una con cada familia. Por un lado nos juntamos once personas y por el otro entre ocho y dieciséis (según vengan los “emigrados” o no). Este año solo hemos sido once. En resumen dos domingos enredados en restaurantes, bregando con comilonas – para las que me estoy haciendo mayor – y lluvias impertinentes (que no intermitentes).
Ahora que ya están ustedes situados y teniendo en cuenta lo que les conté en el último post entenderán lo que sigue.
En Madrid tenemos la suerte o desgracia de acumular muchas fiestas en el mes de mayo. Tras la imposibilidad de aprovechar las fiestas del principio nos planteamos que las de San Isidro (El día 15) deberían servir para resarcirnos. Pedí un día de vacaciones y me marché con SHE a sumergirnos en la España interior. Fue muy agradable desconectar del mundo conocido y recalar en una ciudad pequeña y tranquila pese a los muchos turistas que atrae en fin de semana. Nos gustó pasear por calles desconocidas sin más previsión que acertar con el sitio donde íbamos a comer. Son maravillosos esos viajes en los que logramos olvidarnos de todo y sólo somos conscientes de aquel con quien llevamos entrelazada la mano.
Inmersos en la atmosfera irreal de felicidad privada que hacía soportable lo que se nos venía encima nos deslizamos, inconscientes, por el tobogán de los sueños no realizados. Pero eso requiere que les cuente otra historia.
Pero, en cualquier, caso he sido incapaz de pulir alguno de esos escritos para darle la apariencia de publicable. Vamos que no logro darles el punto correcto. Los que cocinen lo entenderán perfectamente. Ven que el plato tiene las proporciones correctas de ingredientes, el tiempo adecuado de cocción, la presentación adecuada pero... algo falla en su sabor. No está soso, ni salado. El equilibrio de sabores casi está conseguido. Pues eso... casi está conseguido.
¿Un punto más de pimienta? ¿Algo de canela? ¿Algún toque de especias más exóticas? Ahí estás, indeciso sobre el destino del plato. Eres consciente que serviría para cubrir el expediente de una comida, pero te habías propuesto crear algo especial y... no sale.
En una situación de exigencia extrema (El jefe aúlla desde el otro lado de la línea, los comensales empiezan a rebullirse desasosegados) lo más práctico sería salir con lo hecho y... a lo hecho pecho. No es el caso. Ni me pagan por esto, ni este blog es el único qué ustedes pueden leer.
Es cierto que más de una vez he servido platos de compromiso y comida rápida. Y también es cierto que no me gusta hacerlo. Ya que me pongo, que el resultado alcance una mínima dignidad.
Pero este mes ha sido muy especial, como les decía. En cuestiones de trabajo lo normal si nos referimos a cantidad y velocidad, pero hay cuestiones anexas que me tienen una parte del cerebro ocupada y que les contaré otro día. En el ámbito familiar la cosa está bastante revuelta.
No es que mis hijos sean muy latosos y necesiten una atención continua. Pero, dadas sus circunstancias vitales, nos hemos acostumbrado a estar muy pendientes de ellos y esas cosas degeneran en hábitos de difícil erradicación. Sobre todo en una madre (o sea ELLA).
Mi mujer está inmersa en el final de curso (por si no lo he dicho antes es profesora universitaria) y en las múltiples complicaciones del cambio de modelo impuesto por el Acuerdo de Bolonia (Y nótese que ella opina que Bolonia no debe ser un fin en si mismo, si no una excusa para lograr profundos cambios en los métodos de enseñanza). Ella es perfectamente capaz de hacer eso y más sin perder la sonrisa, pero sus preocupaciones de madre están minando su habitual alegría. Son las terribles contradicciones entre razón y corazón. Sus sentimientos se imponen y enturbian la realidad diaria. Y esas situaciones siempre conducen a la locura. No se acojan al significado clínico del término, hay más. El DRAE la define (en tercer lugar) así: Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa. Y de ocurrencias sorprendentes hablamos.
Mi hija tiene todo su tiempo ocupado entre los preparativos para emigrar a USA y el tramo final del curso académico. No precisa ninguna ayuda para sacar adelante las dos cosas pero, con frecuencia creciente estas semanas, parece necesitar fortalecer vínculos y desahogar el estrés conversando con sus padres. Pequeños diálogos sobre temas cogidos al vuelo, mientras se mueve por la casa.
Mi hijo, en un exceso de independencia, nos acaba de comunicar que tiene trabajo en la Expo de Zaragoza y que se marcha cuatro meses de casa. Como piensa volver el trauma es menor que con su hermana pero su marcha le ha hecho más consciente de la de su hermana y está más encantador que nunca con ella y, de rebote, con nosotros.
Y en este berenjenal emotivo hemos tenido en los últimos días varias celebraciones familiares que añaden elevadas dosis de sentimientos exacerbados. Mi mujer y su hermano cumplen años con dos días de diferencia. Mi padre una semana después. El protocolo de celebraciones exige dos magnas comidas, una con cada familia. Por un lado nos juntamos once personas y por el otro entre ocho y dieciséis (según vengan los “emigrados” o no). Este año solo hemos sido once. En resumen dos domingos enredados en restaurantes, bregando con comilonas – para las que me estoy haciendo mayor – y lluvias impertinentes (que no intermitentes).
Ahora que ya están ustedes situados y teniendo en cuenta lo que les conté en el último post entenderán lo que sigue.
En Madrid tenemos la suerte o desgracia de acumular muchas fiestas en el mes de mayo. Tras la imposibilidad de aprovechar las fiestas del principio nos planteamos que las de San Isidro (El día 15) deberían servir para resarcirnos. Pedí un día de vacaciones y me marché con SHE a sumergirnos en la España interior. Fue muy agradable desconectar del mundo conocido y recalar en una ciudad pequeña y tranquila pese a los muchos turistas que atrae en fin de semana. Nos gustó pasear por calles desconocidas sin más previsión que acertar con el sitio donde íbamos a comer. Son maravillosos esos viajes en los que logramos olvidarnos de todo y sólo somos conscientes de aquel con quien llevamos entrelazada la mano.
Inmersos en la atmosfera irreal de felicidad privada que hacía soportable lo que se nos venía encima nos deslizamos, inconscientes, por el tobogán de los sueños no realizados. Pero eso requiere que les cuente otra historia.