Sonrisas y carcajadas
Thursday, 17. January 2008, 09:47:06
He pasado un rato en el desván de mi casa. Buscaba piezas de decoración útiles para el hijo de una excompañera de trabajo. Estrena casa y la tiene demasiado vacía. Por eso me he ofrecido a proporcionarle cortinas y muebles que tengo aparcados en casa desde que vendí la casa de mis padres en la sierra de Madrid. Era una casa muy querida para mi madre y, de rebote, para nosotros.
Cuando volvimos de USA (en 1991) mis padres nos habían negociado la compra de una casa suficientemente grande para los cuatro y dentro de nuestras posibilidades económicas. Naturalmente la casa se quedó pequeña enseguida pero, dada mi situación privilegiada en la línea sucesoria, siempre contábamos con la de la sierra para explayarnos los fines de semana y las vacaciones.
No se trata de que me impusiese a mis hermanos. Lo que sucedía era algo más complicado. Mi hermano ya apuntaba su condición de solterón y seguía viviendo con mis padres pero no se le pasaba por la cabeza utilizar la casa (ni tener carné de conducir, ni muchas otras cosas). Mi hermana vivía ya en Asturias y sus ocupaciones limitaban sus visitas a Madrid a las fechas navideñas. Y mi hermano pequeño rulaba por el extranjero, principalmente UK y Eire. Por lo tanto yo aportaba nietos a mi madre y me beneficiaba de la situación. Cuando ella murió nadie tenía interés por la casa y en la adjudicación de la herencia me tocó. La usamos hasta que compramos el chalet donde ahora vivimos y la vendí hace dos años. Por presiones de mi mujer aparcamos en el desván buena parte del mobiliario en espera de un futuro uso. Un uso que yo apuntaba dudoso pero por no discutir…
Ahora removiendo algunas cajas me ha venido a la mente una anécdota que sucedió el verano del 92, un año después de nuestra vuelta. Habíamos subido a la sierra a pasar el verano con mis padres, en lo que se convertiría en una costumbre para los siguientes. Ellos y mis hijos (que tenían siete años) estaban encantados mutuamente y nosotros teníamos un cierto relax aunque parte del verano tuviésemos que acumular viajes de ida y vuelta para cumplir con nuestros trabajos. Aquel verano mi hermano pequeño volvió de Irlanda con compañía. Una pelirroja pecosa y musical con la que pensaba casarse en otoño. Quería presentársela a mis padres y animarles a que viajasen a la isla para conocer a la familia de ella antes de la boda.
Mi madre no hablaba otra cosa que puro español y mi futura cuñada sabía inglés y gaélico. Pero desde el primer momento mis hijos las tomaron a su cargo y se convirtieron en sus intérpretes. Mi hijo traducía al inglés lo que decía mi madre y mi hija lo hacía al español con Sarah.
Al principio todos nos lo tomamos con una sonrisa y pensando que era un juego trivial. A los dos días de estancia la cosa ya tenía otro cariz. Ver a mi madre y a Sarah con mis hijos de la mano en su actitud de serios y solícitos intérpretes resultaba enternecedor. Ambas mujeres estaban aliviadísimas al poder entenderse, mi hermano se sentía liberado de preocupaciones y nosotros (como padres) estábamos orondos de orgullo. Supongo que la calidad de la traducción no era de nivel profesional pero el empeño y cariño que ambos ponían para hacer que se entendieran suplía esa deficiencia. Tutti contenti.
Por eso aquella tarde cuando escuche las voces subidas de tono me extrañé. En el salón estaban los cuatro hablando, yo estaba en la cocina preparando la cena y el resto habían salido a la compra. Escuche a mis hijos discutir en un tono un poco elevado y a sus “interpretadas” intentar calmarlos. Me dirigí al salón y, al llegar a la puerta, me quedé paralizado. No quería interferir en la compleja situación que se producía ante mis ojos. Mis hijos discutían acaloradamente entre ellos, ella hablaba en español y él en inglés. Al parecer discrepaban sobre algo de lo traducido. Sarah y mi madre intentaban poner paz (en inglés y español) y sonreían con intensidad creciente. Yo me contagié de dichas sonrisas mientras contemplaba el espectáculo.
En un momento indeterminado ambas mujeres dejaron de hablar para comenzar a reírse. Mi sonrisa se alargó hasta mis orejas. Mis hijos seguían enfrascados en su sesuda discusión acerca del exacto significado de una frase. Si hubiera faltado el sonido habrían parecido serios y respetables (bueno mi hijo empleaba más mímica que mi hija) pero el tono de sus voces se mantenía elevado. Poco a poco las risas de las mayores devinieron en carcajadas. Mi cara era ya incapaz de contener la amplitud de la sonrisa y empecé a reír quedamente. En poco tiempo las carcajadas de ambas mujeres, alimentándose mutuamente, empezaron a ahogar las voces de mis hijos. Un instante después ambas, llorando, se revolcaban de risa en los sillones. Mis hijos enmudecieron de súbito y se quedaron mirándolas con expresión de incomprensión. La expresión de sus caras, en un común acuerdo que habría parecido imposible segundos antes, fue variando de la incomprensión al fastidio. De este a una muda indecisión. Y llego, finalmente, a un compromiso mutuo de reconocimiento. Están locos estos mayores. No queda más remedio que cuidarlos y darles mucho cariño. Con un encogimiento de hombros y contagiándose, poco a poco, de las carcajadas, ya agónicas, de sus protegidas se abrazaron a ellas; terminando los cuatro por los suelos hipando agotados. Yo me retiré con sigilo y los dejé en su secreto. Nunca lo contaron en familia.
Dos años después visitamos Irlanda para conocer a nuestra sobrina Riona. Mi cuñada nos lo relató como uno de sus más queridos momentos mágicos.
Mi madre me lo contó, poco antes de morir, recordándolo como uno de los mejores recuerdos de aquel verano.
Claro que nadie, salvo yo mismo, contempló en toda su amplitud aquel catálogo de expresiones de felicidad e inocencia. Y ese recuerdo es parte de mi fortuna personal.
Cuando volvimos de USA (en 1991) mis padres nos habían negociado la compra de una casa suficientemente grande para los cuatro y dentro de nuestras posibilidades económicas. Naturalmente la casa se quedó pequeña enseguida pero, dada mi situación privilegiada en la línea sucesoria, siempre contábamos con la de la sierra para explayarnos los fines de semana y las vacaciones.
No se trata de que me impusiese a mis hermanos. Lo que sucedía era algo más complicado. Mi hermano ya apuntaba su condición de solterón y seguía viviendo con mis padres pero no se le pasaba por la cabeza utilizar la casa (ni tener carné de conducir, ni muchas otras cosas). Mi hermana vivía ya en Asturias y sus ocupaciones limitaban sus visitas a Madrid a las fechas navideñas. Y mi hermano pequeño rulaba por el extranjero, principalmente UK y Eire. Por lo tanto yo aportaba nietos a mi madre y me beneficiaba de la situación. Cuando ella murió nadie tenía interés por la casa y en la adjudicación de la herencia me tocó. La usamos hasta que compramos el chalet donde ahora vivimos y la vendí hace dos años. Por presiones de mi mujer aparcamos en el desván buena parte del mobiliario en espera de un futuro uso. Un uso que yo apuntaba dudoso pero por no discutir…
Ahora removiendo algunas cajas me ha venido a la mente una anécdota que sucedió el verano del 92, un año después de nuestra vuelta. Habíamos subido a la sierra a pasar el verano con mis padres, en lo que se convertiría en una costumbre para los siguientes. Ellos y mis hijos (que tenían siete años) estaban encantados mutuamente y nosotros teníamos un cierto relax aunque parte del verano tuviésemos que acumular viajes de ida y vuelta para cumplir con nuestros trabajos. Aquel verano mi hermano pequeño volvió de Irlanda con compañía. Una pelirroja pecosa y musical con la que pensaba casarse en otoño. Quería presentársela a mis padres y animarles a que viajasen a la isla para conocer a la familia de ella antes de la boda.
Mi madre no hablaba otra cosa que puro español y mi futura cuñada sabía inglés y gaélico. Pero desde el primer momento mis hijos las tomaron a su cargo y se convirtieron en sus intérpretes. Mi hijo traducía al inglés lo que decía mi madre y mi hija lo hacía al español con Sarah.
Al principio todos nos lo tomamos con una sonrisa y pensando que era un juego trivial. A los dos días de estancia la cosa ya tenía otro cariz. Ver a mi madre y a Sarah con mis hijos de la mano en su actitud de serios y solícitos intérpretes resultaba enternecedor. Ambas mujeres estaban aliviadísimas al poder entenderse, mi hermano se sentía liberado de preocupaciones y nosotros (como padres) estábamos orondos de orgullo. Supongo que la calidad de la traducción no era de nivel profesional pero el empeño y cariño que ambos ponían para hacer que se entendieran suplía esa deficiencia. Tutti contenti.
Por eso aquella tarde cuando escuche las voces subidas de tono me extrañé. En el salón estaban los cuatro hablando, yo estaba en la cocina preparando la cena y el resto habían salido a la compra. Escuche a mis hijos discutir en un tono un poco elevado y a sus “interpretadas” intentar calmarlos. Me dirigí al salón y, al llegar a la puerta, me quedé paralizado. No quería interferir en la compleja situación que se producía ante mis ojos. Mis hijos discutían acaloradamente entre ellos, ella hablaba en español y él en inglés. Al parecer discrepaban sobre algo de lo traducido. Sarah y mi madre intentaban poner paz (en inglés y español) y sonreían con intensidad creciente. Yo me contagié de dichas sonrisas mientras contemplaba el espectáculo.
En un momento indeterminado ambas mujeres dejaron de hablar para comenzar a reírse. Mi sonrisa se alargó hasta mis orejas. Mis hijos seguían enfrascados en su sesuda discusión acerca del exacto significado de una frase. Si hubiera faltado el sonido habrían parecido serios y respetables (bueno mi hijo empleaba más mímica que mi hija) pero el tono de sus voces se mantenía elevado. Poco a poco las risas de las mayores devinieron en carcajadas. Mi cara era ya incapaz de contener la amplitud de la sonrisa y empecé a reír quedamente. En poco tiempo las carcajadas de ambas mujeres, alimentándose mutuamente, empezaron a ahogar las voces de mis hijos. Un instante después ambas, llorando, se revolcaban de risa en los sillones. Mis hijos enmudecieron de súbito y se quedaron mirándolas con expresión de incomprensión. La expresión de sus caras, en un común acuerdo que habría parecido imposible segundos antes, fue variando de la incomprensión al fastidio. De este a una muda indecisión. Y llego, finalmente, a un compromiso mutuo de reconocimiento. Están locos estos mayores. No queda más remedio que cuidarlos y darles mucho cariño. Con un encogimiento de hombros y contagiándose, poco a poco, de las carcajadas, ya agónicas, de sus protegidas se abrazaron a ellas; terminando los cuatro por los suelos hipando agotados. Yo me retiré con sigilo y los dejé en su secreto. Nunca lo contaron en familia.
Dos años después visitamos Irlanda para conocer a nuestra sobrina Riona. Mi cuñada nos lo relató como uno de sus más queridos momentos mágicos.
Mi madre me lo contó, poco antes de morir, recordándolo como uno de los mejores recuerdos de aquel verano.
Claro que nadie, salvo yo mismo, contempló en toda su amplitud aquel catálogo de expresiones de felicidad e inocencia. Y ese recuerdo es parte de mi fortuna personal.


