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EL CULITO DE ELI

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23. November 2011, 01:29:13

pitufox27

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EL CULITO DE ELI

Hace ya unos cuantos años, cuando yo vivía aún en casa de mis padres, se mudaron a nuestra escalera unos nuevos vecinos. Eran de Puerto Rico, creo. Él trabajaba para una empresa de exportación y viajaba constantemente por toda España. Ella era muy joven, se llamaba Eli y era bellísima. Con la piel tostada, unos ojos dorados que hipnotizaban las miradas de todos los hombres y uno de los culos más bonitos que yo había visto nunca.

La habitación de mis padres tenía una ventana que daba al patio de luces del edificio. El dormitorio de ellos estaba justo un piso más abajo y delante del de mis padres. En verano, los días que mi madre salía temprano de casa y yo no tenía nada más que hacer, corría a bajar la persiana de su habitación y por los agujeros que quedaban entre las lamas me dedicaba a espiar lo que hacía la vecinita. Ella solía llevar una camiseta fina con tirantes, y unos pantaloncitos cortos que apenas ocultaban su maravilloso culo. Cuando se agachaba para recoger la ropa de la cama, mis manos tenían que apresurarse a calmar los latidos de mi polla y me hacia unas pajas salvajes mientras veía como su precioso cuerpo de movía arreglando la habitación.



Un día coincidimos en el ascensor. Era a primera hora de la tarde y hacia un calor espantoso. Aunque antes ya nos habíamos cruzado alguna vez e incluso había intercambiado algunas frases de cortesía con su marido y ella, prácticamente podía decirse que era la primera vez que la tenía tan cerca. Y toda para mi... Creo que pudo leer en mis ojos la oleada de deseo que recorría mi cuerpo. No recuerdo de qué hablamos mientras esperábamos el ascensor, pero sus bellísimos ojos no dejaban de brillar, apenas ocultando la sonrisa que le provocaba mi evidente turbación. Supongo que no dejaba de halagarla que un hombretón enorme de más de dos metros de alto estuviese delante de ella más cortado que un chiquillo...

Apenas habíamos subido dos pisos, cuando el ascensor se paró de repente, con un fuerte chirrido. Ella gritó, muy asustada y recuerdo cómo su cara se quedó blanca como el papel. Para mí no supuso una gran novedad. Hacía tiempo que ese ascensor se tenía que haber cambiado y no era la primera vez que se quedaba parado de golpe a medio recorrido. Tenía más de treinta años y la maquinaria del motor no daba ya para mucho más. Ella estaba realmente muy asustada. Faltó muy poco para que perdiera los nervios y se echase a llorar. Una mano se había clavado a mi brazo y me apretaba con todas sus fuerzas, haciéndome daño. Aquella seguridad en sí misma, aquellos ojos que se reían de mí, se habían cambiado por la mirada de pánico de una niña asustada. Me costó mucho abrirle la mano sin hacerle daño para soltar mi brazo.

Las puertas del ascensor eran de un modelo antiguo, de doble hoja y apertura manual, y si sabías dónde estaba la palanca, era sencillo abrir la puerta del piso más cercano. Había quedado un espacio de un metro o algo así, de modo que pude colarme por el hueco y saltar hasta el suelo del rellano. Ella me pidió casi a gritos que no la dejase sola, pero se tranquilizó enseguida cuando me giré y la ayudé a agacharse y pasar también por la abertura. Para un tío grandote como yo, su precioso cuerpo apenas pesaba y la bajé despacito hasta el suelo. El contacto entre nuestros cuerpos apenas sobrepasó los límites de lo que se podría considerar correcto. Me sorprendió un poco que se dejase abrazar así. Al contrario, al soltarla noté que no le hubiese importado seguir sintiéndose protegida entre mis brazos. Posiblemente, se había asustado tanto que necesitaba algo que la ayudase a recuperar la serenidad.

Traté de calmarla explicándole que no pasaba nada, que eso ya había sucedido antes, que el motor del ascensor era ya muy viejo y un par de veces antes ya se había recalentado y que entonces se paraba, que el chirrido que tanto la había asustado era el mecanismo de seguridad que hacía actuar el freno de la cabina y la bloqueaba para evitar ningún percance, ... etc. Ella se tranquilizó mucho al darse cuenta que yo ni siquiera me había asustado. Eso no era así. En realidad, me llevé un buen susto, pero en ningún momento dejé que se me notara. Y, comparado con su ataque de pánico, mi actitud era de serenidad total. Eso la impresionó. El rol del caballero andante salvando a la frágil princesa de las fauces del dragón era tan tópico y evidente que casi me sentía avergonzado de la situación. Pero ella parecía cómoda en ese papel... Subimos un par de pisos andando y, cuando llegamos delante de su puerta, me pidió que la acompañara adentro mientras se acababa de tranquilizar. Noté en su mirada que ahí habían muchas posibilidades, aún indefinidas, pero que yo no podía dejar escapar...

Me hizo pasar al salón y me pidió que me sentara en uno de los sillones mientras ella iba a preparar un poco de café. Le dije que si aún estaba nerviosa era mejor que tomase algo menos excitante, y me contestó que su idea era justo lo contrario. No supe a qué se refería hasta que volvió a entrar a la habitación. Se había cambiado de ropa. Para ir más cómoda, me dijo. Ahora el que dejaba de estar cómodo era yo... Un latido estaba hinchando mi entrepierna y cada vez se hacia más pequeño el espacio libre en ella. Eli llevaba puesto el famoso short blanco y un top oscuro. De cerca, el short parecía aún más pequeño y en lugar de taparle el culo, lo dejaba aún más expuesto a mis ojos. Yo no quería parecer un obseso sexual pero no sabía a dónde mirar... Ella sí sabía adónde quería que yo mirase, así que dio unos pasos girando delante mío y me preguntó si me gustaba el modelito, parándose medio de espaldas y con su culo frente a mi cara. Le dije la verdad. Tampoco la iba a engañar, con mi mirada comiéndola enterita de arriba a abajo. Le dije que estaba buenísima. Que su cuerpo me estaba poniendo las hormonas a mil por hora y que, en ese estado, apenas podía contener mis instintos más animales. Ella ya había visto el enorme bulto que crecía bajo mi pantalón y en sus ojos volvía a brillar aquella luz que los hacía irresistibles.

Le pedí que volviese a cambiarse de ropa, que con aquél minúsculo short puesto yo iba a perder la poca compostura que aún me quedaba. Recuerdo que pensé que, si ella estaba burlándose de mí, al menos que mi retirada fuese lo más digna posible. Pero los planes de aquél bombón caribeño eran otros. Ante mis ojos que se la comían por momentos, se bajó el short blanco, diciéndome que ya que yo no quería que ella lo llevase puesto, no iba a ser tan mala conmigo después de haberla rescatado del ascensor averiado y que no tenía problema en quitar de en medio la prenda que tanto me incomodaba. Entre su dorada piel y mis ojos ya sólo se interponía el top negro y un tanga diminuto que se le clavaba entre los labios del coño. Ya que quería ser buena chica conmigo, le dije, lo mejor era que lo fuese del todo. Así que alargué mi mano y levanté su camiseta para descubrir sus preciosos pechos que me apuntaban con unos pezones oscuros y muy erguidos.

Se acercó para que mi boca pudiese comerle las puntas de los senos. Al poner mis labios sobre ellos, un gemido se escapó de sus labios y noté como su cuerpo se tensaba. Rocé apenas un pezón con mis dientes, casi sin apretar y su deseo le hizo aplastar su pecho contra mi cara, pidiéndome que la devorara. Mientras con una mano la cogía del culo, con los dedos le apreté con fuerza uno de los pezones y le hice gritar de dolor al morderle el otro. Seguí llenando mi boca de su carne firme y sabrosa, mientras ella no dejaba de gemir y frotarse contra mí. El deseo que recorría su cuerpo la hacía temblar y apenas podía yo contener mis ansias de entrar dentro de ella. Hice que se pusiera a cuatro patas. Yo tenía frente a mí, después de tantos días soñando despierto con él y de tantas veces que me había tenido que masturbar para calmar mi deseo, el precioso culito de Eli.

El cordoncillo del tanga se metía entre las nalgas hasta llegar a su coñito, partiéndolo en dos mitades. Con mis labios entreabiertos, recorrí toda aquella piel dorada que ardía tanto o más que la mía. Cada beso arrancaba un suspiro, cada mordisco, un gemido. Separé el hilo del tanga para comerle el agujerito del culo. Mi lengua entró mientras ella gritaba por la sorpresa. Con las manos tenía separadas las duras nalgas, mientras me la follaba con la lengua. Tenía el coño chorreando de ganas de que se la follaran entera. Con la punta de mi lengua, sin apenas rozarlo, le acaricié el clítoris. Como un resorte de acero, su cintura se dobló y, mientras soltaba gritos de puro placer, me aplastó su sexo contra mi boca. Era tan fuerte su deseo que noté como el clítoris crecía de golpe, se endurecía y empezaba a latir con unas pulsaciones que la hacían gritar y estremecerse mientras su coño soltaba chorros de flujo y sus gritos me pedían que la follase, que estaba corriéndose y que quería más.

Liberada de la tensión y después de haberse corrido en un largo orgasmo, se dejó caer al suelo, agotada. Aproveché para desabrochar mi pantalón que tenía mi polla atrapada y dolorida dentro de él. Una hembra como aquella, tan bella que dolía mirarla, me había puesto las hormonas a mil por hora y tenía una erección descomunal. Mi polla estaba rígida como una barra de hierro y ardía con toda mi sangre hinchándola hasta reventar.

Cuando conseguí quitarme la ropa, la cabeza de mi polla goteaba líquido seminal, roja, con las venas marcándose en toda su extensión. Me dolía de deseo. Tenía los huevos duros como pelotas de golf y sólo pensaba en follarme a Eli. Podría haber estallado la Tercera Guerra Mundial en ese momento y no me hubiese dado ni cuenta. Nada, ni nadie, iba a impedir que yo clavase mi verga hasta lo más hondo de aquel coñito que me esperaba abierto y chorreante, indefenso ante mí. Los ojos de Eli se agrandaron al ver mi erección. Me dijo que era enorme, que me deseaba, que quería que la rompiera en dos metiéndosela hasta el fondo. Yo no necesitaba que me lo pidieran demasiadas veces. Hice que se colocara de nuevo con el culo alzado hacia mí y apoyé la punta de mi cipote en los labios de su coñito empapado. Ella seguía pidiéndome que se la metiera, que la follara enseguida, que no podía más, que me necesitaba dentro suyo...

Yo me apresuré a darle lo que quería. Sin piedad ninguna, sin avisarla, de un solo golpe le clavé toda la extensión de mi enorme polla en lo más hondo de su agujerito. No frené hasta notar como su coño rozaba mis pelotas y la cabeza de mi verga chocaba con el fondo de su ser. Eli soltó un grito de puro placer animal. Su cuerpo se retorcía ansioso de que la montara con fuerza. Yo estaba tan ciego de lujuria que empecé a barrenar su chochito con todas mis fuerzas, clavándome una y otra vez en el fondo de su coño. Tenía un conejito muy apretado, como el de una chiquilla, y dentro suyo sentía como su cuerpo se amoldaba a mi sexo como un guante. Me apretaba la polla como si no quisiera dejármela sacar nunca más.

Yo la sujetaba con ambas manos por la cintura y cuando pude frenar un poco el ritmo deslice una de ellas bajo su vientre. Con mis dedos rocé su clítoris. Estaba durísimo e hinchado y casi sin tocarlo noté como su coño se contraía de golpe y me apretaba la polla con más fuerza. Los gritos de Eli al volverse a correr me volvían loco de deseo. Quería que siguiese corriéndose así hasta reventar. Traté por todos los medios de abstraer mi mente de la situación. Necesitaba que mi polla pensara en otras cosas, que aguantase más rato sin dejarse ir aún dentro de ella. Le hice dar la vuelta, le cogí los tobillos y abrí sus piernas al máximo para dejar bien a la vista su coño rezumando flujo. Se la volví a clavar hasta lo más hondo. Había perdido la cuenta de cuántas veces se había corrido aquel pedazo de hembra. Pero aún no tenía bastante. Quería que recordase este polvo durante mucho tiempo...

Le metía todo mi cipote hasta los huevos con toda la fuerza que era capaz. Ella gritaba como una loca a cada uno de mis golpes. Se la sacaba hasta dejar sólo la punta dentro y luego se la volvía a meter hasta el fondo. Así lo hice durante un rato larguísimo. Pasado el primer momento de excitación, que no sé cómo pude controlar, yo estaba como fuera de la situación, como ajeno al placer que sentía dentro de aquél precioso cuerpo. No me iba a correr fácilmente y Eli se lo estaba pasando de lo lindo con el semental que la estaba montando. Eli empezó a sollozar. Estaba casi sin fuerzas. Llevaba más de diez o doce orgasmos seguidos y tenía el coño roto en mil pedazos. Mientras ella gritaba, yo le había clavado mis dientes por todo el cuello, me había comido sus durísimos pezones y, todo eso, sin dejar de barrenarle el chochito como un poseso. Ella no podía parar de correrse y me pedía llorando que parase, que no podía más, que por favor la dejase descansar un poco.

Se volvió loca cuando le metí un dedo en el agujerito del culo. Noté como su coño me apretaba la polla con muchísima fuerza y cada vez que se corría, la presión me enviaba oleadas de placer desde mi polla al cerebro. Yo empezaba a no poderme aguantar. Tenía los huevos durísimos y notaba que iba a reventar de tanta leche que los llenaba. Volví a ponerla a cuatro patas, esta vez con el culito bien alto. Creo que sabía lo que iba a hacerle porque me agarró de la polla. Supongo que la asustaba la idea de que se la metiera de golpe en el culo, como había hecho antes con el coño. Sin compadecerme de ella, apoyé la punta de mi cipote, que ardía como un hierro candente, en su agujerito. Ella me lo había agarrado con una mano y noté que lo apretaba todo lo que podía para que yo no pudiese entrar de golpe. Pero ella no contaba con que yo ya no podía más.

Le aparté la mano de un tirón y, sin darle tiempo a nada más, le metí la polla hasta lo más hondo del culo. Esta vez su grito si que resonó en todo el bloque. Chilló como una loca que le dolía, que la estaba rompiendo en dos, que mi verga era demasiado grande para su pequeño culito, que no podía más. Pero sus lágrimas pronto cambiaron de tono. Se quedó casi afónica de gritar y cuando empecé a moverme dentro de ella, su voz era apenas un gemido. Yo sabía que todo eso era pura comedia. Mis dedos estaban dentro de su coño y notaban cómo se contraía de nuevo al llegar a otro orgasmo.

Sus lágrimas eran mezcla de dolor y placer. Le follé el culo salvajemente. Se la sacaba hasta dejar el agujero todo abierto delante de mí y luego se la volvía a meter de golpe hasta el fondo. Cada vez que se lo hacía, su grito resonaba en las paredes. A veces, me quedaba quieto, con la polla metida toda entera, hasta los huevos, dentro de su culo. Su agujero, totalmente dilatado, me apretaba el cipote con una fuerza enorme y me mataba de placer. Eli era una muñequita en mis brazos, la podía mover a mi antojo. Quise demostrarle quién mandaba ahora. Con mis brazos, la cogí por debajo de las rodillas y la levanté del suelo sin sacar mi polla de su culo. Una vez en el aire, y sin hacer caso de sus gritos de miedo, me la follé de pie, subiéndola y bajándola a todo lo largo de mi cipote, que ya estaba hinchado hasta casi reventar y ardía como un hierro candente. Tenía la polla durísima, me la sentía a punto de explotar de placer.

Estuve un buen rato clavándole el cipote en el culo. Mi excitación era tal que ni siquiera notaba el cansancio en los brazos y sólo pensaba en dejarle el culo abierto como un túnel del metro. Puede que a Eli se la hayan follado infinidad de tíos. Pero seguro que este polvo lo iba a recordar mientras viviera. Noté cómo la polla me reventaba de placer. Gruñí como un cerdo, mientras Eli gritaba con otra serie de orgasmos al sentir cómo sus entrañas se le llenaban del fuego líquido que mis testículos le inyectaban a grandes borbotones, con mi cipote clavado hasta el fondo de su ser. Mi orgasmo fue larguísimo. Hacía mucho tiempo que mi cabeza soñaba con este polvo y ahora que estaba haciéndolo realidad me sentía en la mismísima gloria. Por mi parte, el culito de Eli había cumplido con creces todas mis fantasías. Valía la pena haberme pasado horas espiándolo desde la ventana del dormitorio de mis padres. Yo no sé si Eli pasaba "hambre" en su relación con su marido, pero aquella tarde se pegó un atracón de sexo, como si llevase años sin follarse un buen rabo.Cuando la bajé al suelo, el semen que le había metido en el fondo del culo empezó a chorrear. Le había dejado el agujerito bien ensanchado y ahora no podía retener la gran cantidad de semen que ese bombón de niña me había sacado de los huevos, igualito que si me los hubiese exprimido hasta la última gota.

Ella no podía aguantarse de pié. La ayudé a tumbarse en el suelo, sobre la alfombra. Se quedó acurrucada en mis brazos y aproveché para besarla despacito. Su boca estaba abierta para poder recuperar el aliento y aproveché para jugar con sus labios. Normalmente suelo ser un tío tierno y atento con las mujeres. La explosión de lujuria de hoy era el producto de meses de deseo carnal a distancia. Ahora, ya saciado, me sentía en la gloria y mis caricias eran dulces para ella. Poco a poco fue respondiendo a mi labios golosos y me empezó a devolver los besos con su boca deliciosa. Besaba despacio, agotada por el intenso polvo que la había dejado rota después de series interminables de orgasmos. Yo no sabía que una mujer podía llegar a correrse tantas veces. Con los años conocí algunas mujeres que, si sabías cómo tratarlas, eran capaces de llegar a tener veinte o treinta orgasmos seguidos. Incluso conocí una vez una mujer ya cuarentona que se desmayaba cuando le venía una serie de orgasmos así.

Pero entonces yo era aún bastante joven y mi experiencia aún era algo escasa. Por eso me sentía como el amo y señor del Universo al haber llevado a esa hembra impresionante a gozar como lo había hecho. Mi cuerpo, aunque algo cansado, seguía estando en plena forma y los besos y caricias mimosas de Eli estaban consiguiendo un interesante efecto secundario. Mi polla, escondida bajo el cuerpo de Eli, que estaba acurrucada en mis brazos, empezó de nuevo a hincharse de deseo y la cabeza del nabo rozaba la piel del vientre de ella. Cuando se dio cuenta, me miró y se puso a reír. Me dijo si no había tenido bastante. Yo le contesté una versión propia de una frase que leí una vez en una novela: "Ante una mujer bella, el más tranquilo de los hombres se convierte en un obseso sexual".

Sus carcajadas y el brillo de sus ojos me dieron nuevos ánimos y le besé los pechos que antes había tratado con tanta rudeza. Volvía a tener los pezones endurecidos y sus puntas me señalaban desafiantes. Los tomé, primero uno y luego el otro, con mis labios y jugué con ellos hasta que me dí cuenta que la respiración de Eli estaba cambiando. Su pecho subía y bajaba más deprisa y noté como su vientre cobraba vida y empezaba a levantarse hacia mí. Bajé mi cabeza, besando su ardiente piel muy despacio, siempre en sentido descendente. Pasé por su delicioso ombligo y jugué con mi lengua, rodeándolo y entrando en él, dejándolo bien mojado mientras Eli se reclinaba hacia atrás y cerraba los ojos. Sus manos estaban jugando con mi pelo y notaba cómo sus uñas me acariciaban con un roce leve, aumentando mi excitación. La sensación de plenitud y la de deseo se entremezclaban haciéndome sentir en el Paraíso.

Me dejé resbalar hacia abajo, hasta que mi boca, beso a beso, recorrió su vientre y sus ingles. Mis manos acariciaban aquellas preciosas caderas abiertas ante mí. Su coñito, aún empapado, estaba abierto ante su amo y señor, totalmente indefenso. No me dio tiempo a tocarla. Sólo hice el ademán de ir a lamerle el clítoris, cuando un gemido me hizo levantar la vista. Eli se estaba corriendo otra vez. Las lágrimas caían por sus mejillas cuando mi boca se apoderó de su sexo y todo su cuerpo se tensó al máximo, dando fuertes empujones con las caderas. Me frotó el clítoris contra la cara mientras no cesaba de gemir y gritar como una loca.

Acabó todo con un larguísimo gemido y Eli se abrazó a mi apretándome tanto como podía. La acuné como a una niña. Mis manos acariciaban su pelo y la senté sobre mis piernas, mientras seguíamos estrechamente abrazados. Su reacción de entrega, de sumisión, de puro abandono, me había enternecido tanto que mi deseo había desaparecido. Bueno, no del todo, porque Don Cipotón aún estaba completamente tieso pidiendo guerra. Pero mi cabeza estaba ahora en otro sitio. Había encontrado una mujer maravillosa con la que follar como un salvaje y que una vez domesticada era dulce, tierna y se entregaba sin miedos ni falsos pudores. Yo era joven pero no tonto (bueno, al menos, no del todo) y sabía que el polvo de hoy era todo lo que podía llegar a esperar de Eli. Una mujer casada y con su vida ya montada no iba a perder la cabeza y dejar que un niñato como yo se la follase cuando quisiera. Pero esos minutos de complicidad, de ternura, iban a valer por toda una vida juntos y quería disfrutarlos al máximo mientras pudiese.

Ella me susurró que jamás se había sentido así con ningún hombre, que no sabía que se podía llegar a sentir tanto placer, ... etc. Mientras lo estaba diciendo, yo sabía que era sincera. Pero también sabía que no habrían más polvos. Detrás del brillo de sus ojos había un pequeño punto de tristeza que significaba que no debía mirar hacia atrás. Sus manos recorrían mi pecho mojado de sudor y jugaban con el vello que lo cubría. Fue apartándose para dejar sitio y su rostro se iluminó con una sonrisa cuando su mano se cerró alrededor de mi polla dura. Aparté el pelo de su cara para mirarle a los ojos cuando su boca se abrió y me besó la punta del cipote. Aún estaba sucio de restos de flujo vaginal y de semen. Con la lengua lo fue mojando de saliva mientras lo iba recorriendo con sus labios. Cuando estuvo bien empapado, lamió la punta y se la metió en la boca.

Sus labios hinchados y golosos se tragaron un buen pedazo de polla. No pude contener un gemido de placer. Sus ojos no se perdían detalle de mi cara, atenta a mis gestos de placer. Su cabeza se movía adelante y atrás, mientras su boca abierta se llenaba de mi carne hinchada y ardiente. Con una mano acariciaba mi pierna y con la otra sujetaba mi cipote mientras me hacía una mamada de campeonato. Acaricié su pelo y puse una mano sobre su nuca. Sin apretar, para no hacerla sentir prisionera, pero acompañando todos sus movimientos. Quería que se sintiera mi esclava, que supiera quién mandaba... Su boca se abría todo lo que daba de sí para que mi verga entrase lo más adentro posible. Yo empecé a moverme un poco, siguiendo el vaivén de su cabecita y llegando cada vez más adentro de su garganta. Ella se retiraba de vez en cuando para poder respirar, pero sus manos no dejaban de friccionar mi miembro erecto con firmeza. Yo leía en su cara el deseo de darme tanto placer como ella había obtenido de mi.

Siempre me ha gustado mucho que me chupen la polla. Pero me cuesta un montón correrme así. Normalmente prefiero que me la chupen un rato y después termino clavándosela a mi amante en el culo o el chocho para llevar mi placer a un punto en el que pueda correrme. Entonces, la saco del agujero donde haya estado penetrando y se la meto en la boca, hasta la mismísima garganta y me corro tomando la cabeza de ella entre mis manos y soltándole los chorros de semen cuello abajo. Pero Eli había conseguido excitarme tanto que la dejé seguir haciendo. Se comía mi polla con decisión y ternura, con total sometimiento a mis oleadas de placer. Sus ojos me miraban, expectantes, bellísimos, mientras su boca me la mamaba arriba y abajo. Fue aumentando el recorrido de mi cipote en el interior de su boca, de modo que la punta de la polla le llegaba a la mismísima garganta y luego la sacaba hasta dejar sólo la punta dentro de sus labios.

Cuando notó que mi orgasmo estaba cerca, tomó con su mano mis testículos y los apretó con suavidad. Yo sentí cómo sus dedos me arrancaban un orgasmo larguísimo desde lo más profundo de mi ser. Mi verga hinchada hasta reventar, explotó dentro de su boca y empezó a soltar largos chorros de semen. Ella se ahogaba, al no poder tragar tan deprisa y tuvo que retirarse para poder respirar. Mi semen golpeó su bella cara, dejándola empapada y toda pringosa. Yo solté un larguísimo gemido de placer. Era la mejor mamada que me habían hecho nunca y el orgasmo fue larguísimo. Mi verga estuvo latiendo y soltando chorros de semen durante un buen rato. Sus manos no dejaron de estrujar mis huevos y mi polla hasta dejarlos bien secos...

Cuando acabé de soltar leche, me quedé como traspuesto. Había sido una mamada perfecta. Eli me había chupado la polla con una dedicación y una ternura que yo no había experimentado nunca. La abracé y la levanté del suelo. No mostraba signos de que mi semen le hiciese asco. La ayudé a limpiarse la cara y rechazó con una risita mis intentos de disculparme por haberle dejado toda la cara pringosa. Nos besamos y noté en su boca el sabor de mi propia leche.

Hubiese podido seguir follándome aquella mujer maravillosa durante siglos. Tenía un cuerpo ágil, bellísimo, perfecto. Era como una gatita mimosa que se volvía salvaje al sentir la excitación del sexo. Pero, tal y cómo me imaginaba, nunca más volvimos a estar juntos. Ese día nos despedimos tras haber estado follando durante casi tres horas. Ella no tenia que decirme que era necesario ser discreto. Era una mujer casada y vivíamos en una comunidad de vecinos repleta de viejas chismosas que no tenían nada mejor que hacer que pasarse las horas contándose unas a otras los trapos sucios de los vecinos.

Más tarde, cuando me cruzaba con ella en el ascensor o en la puerta de la calle, leía en sus ojos una complicidad, un reconocimiento de que no se había olvidado de nuestro encuentro. Nunca hablamos de aquella tarde. Supe darme cuenta de que eso era lo que ella esperaba de mí. Que me portase como un caballero. Así lo hice. Al cabo de un par de años, yo me fui a vivir a Reus y dejé de verla. Con el tiempo, ella y su marido también se mudaron y nunca más he vuelto a saber de aquel bombón caribeño.


© Enero 2008 - Pitufox27

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