Asdf II
Monday, March 14, 2011 6:45:52 AM
Siempre me he preguntado, si venasaur, el pokémon planta/veneno -que es uno de mis favoritos, por cierto- fuese alérgico al polen, Cómo se sentiría? Bueno, eso no tiene nada que ver con el post, que es la segunda parte continuación de la parte que le precede que escribí antes. Si eso fue redundante, es porque tengo que hacer espacio y líneas para la intro del post... así que, que tal si tarareamos? ^^ ta-ta-ta- tatararara- ta-ta-ta... um... forget it ¬¬Parte primera: de cómo inicia el relato.
Parte segunda: de cómo nos conocimos.
-¿Estás bien?
Las palabras resonaban agudas dentro de la cabeza mientras forzaba los ojos en un intento casi desesperado por ver.
-¿Estás bien? –repitió una insistente voz- Parece que te has hecho mucho daño… ¿puedes oírme?
Un murmullo lejano comenzaba de a poco a invadir los sentidos de la muchacha que yacía recostada junto a una muralla caída, derrumbada en su mayor parte. A su alrededor un muchacho de baja estatura y abiertos ojos le prestaba toda atención necesaria para curar las heridas que presentaba.
-Parece que te has dado un golpe contra esa pared –infirió el muchacho sin recibir respuesta alguna- ¿también estabas huyendo de los soldados?
Con un esfuerzo mayor pudo por fin abrir los ojos, pero el golpe de luz que recibió le obligó a cerrarlos nuevamente.
-Ya es de día, estuviste inconsciente toda la noche al parecer.
El sol brillaba en lo alto de un descubierto cielo, opacando las lunas lejanas que se observaban al oeste. Lejos, al sur, las montañas nevadas y el bosque señalaban lo lejos que se encontraba la ciudad más cercana.
En un nuevo intento, la muchacha pudo abrir los ojos y hacerse una clara idea de donde estaba: estaba perdida.
No reconocía seña alguna que le pudiese indicar el lugar exacto donde se encontraba, y con dificultad podía incluso recordar su nombre. Pudo escuchar los graznidos de unas aves de rapiña que en círculos perfectos planeaban por sobre sus cabezas esperando la muerte de los infelices viajeros.
Las paredes destruidas por el paso del tiempo y construcciones que asemejaban chozas en tiempos idos hacían pensar que se hallaban en medio de un pueblo fantasma, abandonado a su suerte luego de las guerras de los siete días. Un pozo en medio del pueblo, seco, era el único vestigio claro de lo que fue un día una pequeña granja en medio del desierto de sal.
Notó pronto la joven los ojos inquisidores que se clavaban en su rostro. Un pequeño muchacho de finos ropajes le observaba atentamente a cualquier movimiento.
-¿Estás bien?
El joven parecía de apenas unos trece o catorce años, pero tenía una seguridad en su voz que le hacían ver mucho mayor. Sus ropas no eran como las que la joven portaba. Una túnica cubría lo que parecía una camisa de finas telas, tal vez seda o la más fina de las lanas azules, mientras calzaba unos extraños zapatos que, a pesar de parecer incómodos le brindaban un confort total para todo tipo de terrenos.
Su apariencia también era distinta, sus rasgos no eran como el común de los pobladores del desierto; sus cabellos rubios y finos que apenas alcanzaban las tres pulgadas de largo, su nariz fina y delicado mentón le hacían parecer más un príncipe de las montañas más que un campesino del desierto.
-Parece que no puedes hablar… ¿puedes oírme?
Esta vez tomó conciencia de las palabras, por lo que respondió tan claro como pudo:
-Sí… bueno, eso creo.
-Es bueno saberlo (dijo con auténtico interés el muchacho) pensé que no tendría nadie más con quién hablar. Mi nombre es Daniel, y al parecer seré tu médico por un largo tiempo.
Mientras decía esto fue colocando unos vendajes alrededor de la magullada cabeza de la joven, la que con anterioridad había limpiado prolijamente. A su lado había un bolso con los más variados y efectivos brebajes para la mayor parte de los tormentos conocidos en el reino; antídoto contra el veneno de la mordedura de ratones, pastillas para evitar la infección producto de las hiervas venenosas que crecen a orillas del río Tagres, ungüento contra picaduras de moscas del heno… todo lo que necesitaría un viajero para atravesar un continente completo.
-Parece que te has golpeado muy duro contra ese muro, incluso has derribado gran parte de él (dijo el joven ocultando una carcajada) pero no te preocupes, no creo que el dueño te exija repararlo pronto.
Mientras la joven giraba su cabeza para observar el muro, imágenes fugaces inundaron su cabeza, como pequeñas punzadas de cientos de miles de agujas todas ellas golpeteando su cabeza al unísono. Unos frascos gigantes, una pared de la que colgaba un extraño y enorme mapa con varios puntos señalados, y un hombre que parecía ser muy importante.
-¿Cómo te llamas? Parece que no eres de por aquí.
Ante la pregunta del joven la muchacha titubeó. No recordaba su nombre ni procedencia, y no sabía exactamente que hacía en un lugar tan desolado como ese. Le llamó la atención que el viajero también estuviese en ese lugar, pero con el esfuerzo de recordar su nombre pronto olvidó el asunto.
-Mi… mi nombre… (Balbuceó mientras miraba a su interlocutor)
-Parece que te has golpeado más fuerte de lo que creía. Tal vez si te pones de pie puedas recordar mejor.
Con algo de ayuda la muchacha se pudo levantar. La joven medía exactamente una cabeza más que su particular acompañante, por lo que pudo ocupar a este de bastón mientras recuperaba el equilibrio.
-Mejor te quedas en el piso (dijo el pequeño) al menos así me sentiría el más alto de nosotros.
En vano eran los esfuerzos del joven de animar a la muchacha, pues esta parecía aún perdida en los recuerdos que le eran esquivos.
-Tendremos que buscar agua fresca. Intenté hace poco extraer algo de ese viejo pozo, pero parece que está más seco de lo que aparenta, pues ni el polvo he cogido.
En medio del inclemente sol caminaban, de un lado a otro buscando el más mínimo indicio del líquido vital pero con menos fortuna por cada intento.
La brisa que acompañaba el día ayudaba a soportar un calor sofocante.
El pueblo en cuestión fue un oasis en medio del desierto de sal conocido anteriormente con el nombre de Nasri. Nasri sirvió en tiempos antiguos de conexión entre las rutas comerciales de las tierras planas que cruzaban las montañas por el sur, las caravanas de la sal que atravesaban el desierto y los convoyes que pasaban en dirección al palacio real. Era, por tanto, una ciudadela multicultural donde convivían tanto edificios económicos de imponente tamaño como inmensas granjas de varios cientos de metros de extensión.
Su edad de gloria había sido hace mucho, y la que había sido un oasis terrenal ahora estaba reducida sólo a escombros de los que buitres azules y ratones de tres colas habían hecho su hogar.
Hace mucho que no pasaba un solo viajero por estas tierras abandonadas, y ahora dos extraños habían encontrado destino juntos en medio de la soledad del vacío.
Pronto el sol se ocultaría y las ráfagas de arena provenientes del este inundarían las viejas paredes de Nasri para cubrir a la ciudad de un velo blanco mientras duerme esperando un nuevo sol.
-Armaré la tienda, mientras, puedes tomar alguna de las frutas que traje (dijo el joven, señalando el bolso a la muchacha). Tengo algunas manzanas, piedras verdes y algo de carne.
Las manzanas de agua son un alimento común para todo tipo de viajeros debido a que hidratan evitando la necesidad de beber mucha agua, pero con el inconveniente que producen tal revoltijo en el estómago que es preferible soportar la sed que dar otra mascada.
Casi sin pensarlo dos veces la muchacha devoró dos manzanas y un trozo de carne. El hambre del que era presa fue paulatinamente desapareciendo con cada bocado, pero la sed se incrementaba inversamente proporcional a lo engullido.
Tan pronto como iniciaba la ventisca de arena y sal el joven terminó de poner en pié una pequeña tienda, lo bastante pequeña para ser transportada por un solo hombre, pero lo bastante grande como para sostener a tres personas en su interior.
-Entra, antes que el viento te cubra con…
En este punto las palabras del joven eran apenas audibles.
Nuevamente la joven sintió como pequeñas agujas picaban cada rincón de su cerebro, mientas imágenes se sucedían en su mente. Podía ver cómo un sujeto mayor le señalaba un punto en el mapa, mientras a su alrededor otros tantos cuerpos sombríos escuchaban atentamente. De pronto, la voz de mayor autoridad se dirige a ella, y con una firme pero violenta voz le pregunta:
-¿Entendió las órdenes soldado?
Fin

