Monday, 24. September 2007, 07:58:22
Los invasores de hospitales
En algunas zonas dejan un pasillo; en otras, apenas un recodo. Es cuando la gente se amontona. Pero la situación se agudiza en zonas que coinciden con entradas y salidas del Metro, como sucede frente al Hospital General de México, donde usuarios y enfermos que apenas se mueven, sortean laberintos de armazones o esperan a que se despeje el único pasillo transitable.
Esta área, que forma parte de la delegación Cuauhtémoc, es invadida cada vez más por vendedores que ensamblan estructuras sobre escalinatas que conducen a la puerta principal del hospital, al que concurren pacientes de todas partes del país, algunos sostenidos por bastones o apoyados de parentelas. Y hay vendedores que rezongan porque se busca un atajo.
—¿Me da permiso?
—¡¿No ves que estoy comiendo, chingada madre!?
Un hombre de andar lento, seguido de una anciana, ansía abrirse camino; sin embargo, el único pasillo que bordea las gradas del subterráneo, del lado que conduce a los andenes rumbo a Indios Verdes, está obstruido por tablas, y entonces busca meterse por el angosto camino que deja la vendedora, mirada de perdonavidas.
—¿Me da permiso, por favor?
Y la dueña del puesto, montado en las primeras gradas que comparten la explanada del Metro y el patio del hospital, ceño fruncido el de ella y migajas de pan en las comisuras de la boca, encara al atrevido que solicita paso libre:
—¡Ya no esté chingando, carajo!
La mujer, enconchada bajo la estructura techada de plástico, devora una torta por cuyos extremos escapan pedazos de lechuga y trozos de jamón. Desde su coraza, que contribuye al caos de lo que ocurre en unos diez metros a la redonda, por fin se hace a un lado, luego de escuchar un argumento:
—Pero este es un espacio público.
A lo que ella responde:
—¡Es mío!
Los dos transeúntes, temerosos de recibir un manazo en la nuca, se arriesgan a traspasar la zona de fuego, y no ocurre más que el rumor de una mentada de madre y una mascullada: “¡Pinche gente, no deja comer a gusto!”
Y enseguida, después de quedar despernancada en ese territorio del que se adueña, la mujer bloquea el atajo con una tabla, cual compuerta que frena el torrente humano que todos los días, durante mañana, tarde y noche, busca un cauce entre la abigarra franja. Porque ahí, incluso, amanecen las armazones.
Es el mismo espacio que las anteriores autoridades de la Secretaría de Salud y el Gobierno del Distrito Federal, en el sexenio pasado, dijeron que formaría parte del Paseo de la Salud, pero sólo quedó en proyecto.
La zona, donde reina el comercio informal, es compartida por la delegación Cuauhtémoc y el Sistema de Transporte Colectivo Metro, cuyas instalaciones lindan con el nosocomio federal, obstruido por puestos que cada día dejan una vereda más estrecha en la que se atropellan enfermos y usuarios del Metro.
—¡Ya, chingada madre!
Eso.
Y la tarascada.
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Y el entorno más abigarrado está en el Hospital Gregorio Salas, sobre la calle de El Carmen, enmarcada por Venezuela y Colombia, las tres tapizadas de mercadería. Siempre han estado atascadas. Y la obstrucción se confirma cuando transita la ambulancia 312 de la Secretaría de Salud del Gobierno del DF.
15.20 horas. Miércoles.
Lenta es su travesía.
Tiene que accionar la sirena para abrirse paso sobre Venezuela, donde los microbuses desfilan parsimoniosos. Pero la vía más problemática es El Carmen. Aquí, cuando pasa un vehículo de urgencia, los comerciantes tienen que “hacerse a un lado”. Pero aun así el atraso podría ser fatal para un enfermo.
“¡Ahí está el collar, ahí está el collar, jefe; ahí está el collar, ahí está el collar, jefa!”, grita el merolico, cuya mercancía, con diferentes dueños, se multiplica en aceras y a mitad de calle. Más allá se alargan las filas de autobuses que vienen de diferentes ciudades del país.
—¿Y cómo entran y salen las ambulancias?— se le pregunta al policía de guardia en el hospital.
—Nomás se hacen a un lado.
Nomás.
—Debe ser muy lento.
—No, es rápido, ¿eh?
Carretillas, murmullos, consumidores, cargadores, puestos que chorrean mercancías y gritos que se desparraman.
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Cada vez más crece el número de puestos de comerciantes afuera de hospitales, donde no sólo invaden rampas de accesos, sino que estacionan sus carros ahí mismo, sumado a la proliferación de taxistas que “hacen base” en cercanías y el aumento de traperos, quienes colocan autos hasta en triple fila.
Y nadie pone orden.
Ni la policía, ni las delegaciones —en este caso la Cuauhtémoc—, ni mucho menos la Secretaría de Transporte y Vialidad. “Todos se pelotean el problema”, asegura Federico Mondragón Ávila, subdirector administrativo de la Fundación Hospital de Nuestra Señora de la Luz, que también es Centro de Asistencia, Docencia e Investigación afiliado a la UNAM.
Y lo demuestra con una serie de oficios enviados a instancias del gobierno local. Las respuestas, sin embargo, se pierden en laberintos burocráticos. Lo único que hicieron hace unos días fue trasladar los puestos a la acera de enfrente, algunos de cuyos propietarios estacionan sus vehículos en el lugar donde estaban.
Aquí, sobre la calle de Ezequiel Montes número 135, colonia Tabacalera, hasta el paso para discapacitados está invadido. Es un ambiente cotidiano. El mismo que en fotografías los directivos del hospital enviaron a las autoridades respectivas.
—Pero las ambulancias sí llegan…
—Algunas se han quedado en Antonio Caso, porque están los del Sindicato de Electricistas en doble fila. Desde allá se han traído a los pacientes en camilla.
http://www.milenio.com/mexico/milenio/firma.asp?id=551422