Sunday, 28. September 2008, 12:17:03
cuento
Lo conocía de hace tiempo, del colegio. No éramos muy amigos entonces (ni lo fuimos nunca), pero tampoco éramos enemigos. Siempre fue igual, hasta ahora. Lo primero que se puede decir sobre él, lo primero que la gente recuerda, es que odia la violencia. En todas sus formas. Incluso evita decir groserías (excepto esa vez que golpeó accidentalmente el meñique del pie izquierdo contra la esquina de la pared: era inevitable); hasta en el estadio se comportaba de una manera, digamos, racional. Le pregunté qué había sucedido. Dudó un momento (mejor, pensó un momento) por dónde comenzar: era una de esas historias que necesitan un contexto. Pero yo tenía tiempo para escuchar, y de todas maneras a eso venía.
-No sé ni por dónde empezar…a la violencia la he odiado siempre. Me tocó vivir muy de cerca esa época de los atentados, las explosiones. Papá murió en uno de esos en la época dura de los narcos. Papá tampoco decía groserías, no le gustaban, sobretodo cuando las oía en boca de las mujeres. Una cuestión generacional, de machismo, creo yo. En fin. El día que papá murió estalló un carrobomba en un centro comercial. Tampoco le gustaban los centros comerciales: el que construyeron cerca de casa casi lo arruina. Pero tenía que ir ese día a encontrarse con un socio o proveedor o algo así y quedaron de reunirse cerca al centro comercial. Así que nada, el viejo va por ahí pensando en sus negocios, y de repente se transforma en pedacitos. Él y muchos más. Un segundo es algo compacto y al siguiente está diluido en la calle, mezclado con acero, vidrios, cemento, fuego, con otros pedacitos.
-Me acuerdo de eso. Una vecina del barrio también falleció. Trabajaba en una cafetería por ahí cerca o algo así.
-Casi todo el mundo conoce a alguien que murió ese día. O conoce a alguien que conoce a alguien que murió ese día.
-¿Fue hace cuánto, eso?
-No recuerdo bien. Yo tenía 8 o 9 años. Recuerdo a mamá llorando, la confusión, las llamadas que no daban ninguna información, los vecinos que empezaron a llegar a la casa. Y los días siguientes tan negros. Tan silenciosos. Y yo que no entendía nada.
-Me imagino. Debe ser algo complicado para un niño.
-Lo fue. De todas maneras yo tuve a mi hermano que veló por nosotros. Se hizo cargo del negocio y nos sacó adelante a todos. Era muy juicioso, hasta se iba a casar.
-Hasta que…
-Exacto – Me interrumpe- Hasta que llegó ese día en que por cerrar después de la hora normal, por ser tan responsable, salió muy tarde por ese barrio. Dicen que probablemente no sintió qué le pasó. Nunca se supo de dónde vino la bala perdida.
-Entiendo. Creo que si yo hubiera pasado por eso no lo hubiera tomado tan bien.
-Bueno, decir que lo tomé bien es exagerar. Digamos que lo tomé lo mejor que pude y seguí adelante. Se lo debía a ellos.
-Es una bonita manera de verlo
-Eso creía yo también.
-Es increíble cómo uno se acostumbra a las cosas
-Y aquí más. Cada noticia es más horrible que la anterior. En cualquier otro sitio, la mitad de las cosas que pasan acá causarían un escándalo casi cósmico, se removería todo, desde el fondo. Pero acá no. Todo sigue cada vez peor, más salvaje. A veces creo que la gente simplemente no alcanza a asimilar todo lo que pasa cuando ya viene otra tragedia.
-Puede ser. No hay tiempo para un duelo
-Eso pensaba yo. Pero me empecé a dar cuenta que lo que en verdad pasaba es que a la gente simplemente no le importaba. No le importa.
-A muchos nos importa
-Pero a 1 de cada 1000. O de cada 10.000.
-No podría asegurarlo
-Yo sí. Lo observé. Lo ví. Escucho a la gente cada día, y poco a poco llegué a convencerme de que estas cosas no importan a menos que uno sea el afectado. Perdí la fé poco a poco. Imperceptiblemente. Como si un tanque lleno de agua tuviera un hueco hecho por un alfiler. Gota a gota se desocuparía.
-Tomaría mucho tiempo eso…
-Y tomó mucho tiempo. Horas y horas y horas de goteo constante.
-Entiendo
-Y con la fé se va la paciencia también. Nunca he sido bueno soportando comentarios estúpidos, pero cada comentario se me hacía cada vez más estúpido, la gente se había convertido en una masa a la que sólo le interesa comprar cosas y emborracharse los viernes. Todos. Bueno, nunca se debe generalizar, pero la gran mayoría de gente que conozco ahora era así. Nada de sustancia, sólo apariencia, sólo indiferencia.
-¿Y entonces?
-Entonces sucedió lo de la bomba esa en el centro. Yo estaba con el personaje en cuestión..
-¿Jorge?
-Si, Jorge… Estábamos esperando a un par de compañeros del trabajo para ir a almorzar, y oímos la noticia de la bomba.
-¿Y?
-Y yo había tenido un mal día. Y cada vez soportaba menos a la gente. Y luego Jorge, al oir la noticia de la bomba, dice algo así como “bah, no me importa, no es cerca de mi casa”
-¿Y?
-Y recuerdo cómo me sube la sangre a la cabeza, cómo todo se vuelve blanco. Recuerdo cómo esas palabras entran a mi cerebro y retumban y parece que no pudieran ser procesadas en toda su extensión. No puedo creer que alguien sea capaz de pensar (y mucho menos decir) algo así. No puedo creer tanto egoísmo. Y lo pierdo. El autocontrol se va, me abandona, de la misma forma en que me había dejado mi mujer. Así que empiezo a darle. Veo todo blanco. No tiene ninguna oportunidad, no se esperaba eso. Todo sigue blanco. Sigo dando con todo, siento cómo le brota la sangre de la ceja izquierda, cómo mi rodilla hace parte de su entrepierna en cuestión de segundos, cómo mis zapatos hunden costillas y rompen órganos. Y le pregunto “¿esto sí te importa, cabrón?”. Patada a la cara. “¿Esto si lo sientes, hijo de puta?”. Me veo a mí mismo como Robert de Niro en “Goodfellas” cuando matan a golpes a uno que insulta al personaje de Joe Pesci. ¿Recuerdas la película?
-Una de mis favoritas- respondo
-Le doy exactamente los mismos pisotones en la cara que Robert de Niro da en esa película al tipo este y mientras grito: “¿Ahora si te importa, malparido? No dice nada, todavía está intentando saber qué le pasó. ¿Ahora si te importa, maricón de mierda?”. Silencio. Tal vez es que ya tiene una conmoción cerebral y no pueda hablar, no lo sé. Recuerdo todo lo que le dije porque no suelo decir groserías. Sólo esa vez del golpe en el dedo. En fin. Sigo golpeando y golpeando, sintiendo cómo ahora Jorge se transforma en algo amorfo y blando y roto que recibe dócilmente a mi pie en múltiples ocasiones. Le dí a lo bestia, a lo Boogie el aceitoso.
-……….
-Cuando paré todo se veía rojo. Lo siguiente que recuerdo es estar en el hospital, y las esposas y el dolor de cabeza. Sólo eso.
-¿Y luego?
-Luego me cuentan lo que hice. Nadie lo puede creer. Yo finjo sorpresa, finjo no creer lo que me dicen que hice. Pero sé que lo hice. Sólo era cuestión de tiempo.
-Y Jorge hizo el comentario desafortunado en el momento equivocado...
-Pudo haber sido cualquiera, pero fue él. Pobre desgraciado. Y sigo pensando que lo merecía.
-……………
-Lo mejor de esto, aparte de hacer algo de justicia, es que por fin la gente está haciendo lo que yo quería: se ha sensibilizado en el tema de la violencia. Tantos titulares, tantas entrevistas, han logrado que mi mensaje sea escuchado. Porque ante todo odio la violencia. La odio.
Friday, 12. September 2008, 22:30:47
cuento
-Paula está en las maquinitas- me dijo Alfonso
-Y qué?- pregunté yo, inocentemente
-Pues que podemos cogerle el culo ahí-
La idea me sonó bastante. No era la primera vez que lo hacíamos, ni mucho menos, pero a los 14 años no era mucho más lo que se podía obtener en cuanto a mujeres. Así que estábamos Alfonso, José, mi hermano y yo dirigiéndonos hacia el centro comercial para ver (en realidad, con la esperanza de manosear) a Paula. Paula estaba buenísima. O lo buena que puede estar una niña a los 14 años. Tenía una hermana, que se llamaba Sandra, que era más bien fea, y lo sabía. Por eso se vestía un poco puta. Y se dejaba manosear más fácil, pero sólo si nadie miraba. Sandra y Paula siempre estaban juntas, así que sabíamos que podríamos manosearlas a ambas, aunque fuera un poco, sólo cogerles las nalgas o una teta, y tal vez aguantar un bofetón (que hubiera valido la pena totalmente). Entonces íbamos 4 para 2. Mi hermano era el menor de todos, tendría unos 12 años, pero se la pasaba conmigo y mis amigos, y no ponía problemas para nada.
Así que llegamos al centro comercial, y nos dirigimos a las maquinitas. En la entrada estaba uno de los grupos del otro barrio, y nos odiábamos. Siempre les ganábamos en fútbol, y nosotros le gustábamos a las niñas de ese barrio. Por eso nos odiaban. Estaban ahí exactamente por las mismas razones que nosotros: también querían un poco de Paula, y si no se podía, pues de Sandra. No nos acobardamos, y entramos. Directo a las maquinitas.
-Hola Paulita, mi amor- Saludó Alfonso, que era el más feo y atrevido de todos
-Hola Nacho (nadie supo nunca por qué lo llamaba Nacho)
-¿Cómo estás?¿Vas ganando?
-Apenas desocuparon la máquina, voy a empezar a jugar- Dijo Paula, sonriendo
Sandra miraba desde una esquina, desconfiada. Me pareció ver cierta envidia hacia su hermana en ese momento.
-Voy a comprar unas fichas- Dijo José. Yo le dí dinero, no dejé que mi hermano le diera.
-OK, para que no nos echen de acá.
Paula empieza a jugar y yo aprovecho que Alfonso se descuida un momento por estar provocando a los del otro barrio, y me acerco por detrás de ella, abrazándola. Con una gran erección, por cierto, que Paula nota enseguida y ante la cual sonríe aún más.
-Qué rico- susurra, sólo yo la oigo.
El dueño del local nos mira mal, Sandra también y los del otro barrio ni hablar. Paula se da cuenta y se mueve para que me quite de ahí, fingiendo fastidio. No hay nada que pueda hacer, excepto cogerle rápidamente el culo, como lo había planeado.
Jugamos un par de fichas cada uno de mis compinches y yo. Mientras tanto, el que no juega se acerca a Paula o a Sandra y las tocan sin disimulo. Así una y otra vez. Los del otro barrio fuman a la entrada del local, se les ha acabado el dinero y el dueño ya se ha dado cuenta y no los deja entrar.
Paula se enoja por fin, demasiada paciencia ha tenido con nosotros. El dueño no quiere escándalos y nos echa de ahí. Logramos lo que queríamos, de todas maneras. Salimos felices.
-¿Qué hacemos ahora? – pregunta mi hermano
-Vamos al barrio otra vez- dice José
-Se me había olvidado decirles que los ñeros esos quieren jugar más tarde. Les gusta que les ganemos- Dice Alfonso
-Maricas- dice mi hermano
-¿Y a qué hora?- pregunto.
-A las 5 más o menos
-Pues de una
Mientas tanto hablamos. Básicamente mentiras, como tantos adolescentes. Hablando de experiencias que no hemos tenido, de mujeres, de fútbol. Todo mentira. Exagerando historias que después nos parecerán microscópicas, cuando muchos años después las recordemos. Rompemos cosas por el camino. Escribimos nuestros nombres donde quepan. Miramos mal. Damos lástima. Damos risa. Pero no lo sabemos. Creemos (queremos) ser grandes sin saber lo que eso significa: la monotonía, el aburrimiento, el tiempo cada vez más rápido, las deudas, la muerte, le enfermedad. El sexo, el alcohol, la droga. Estamos al borde de conocer todo eso, a segundos escasos de un viaje sin retorno. Oímos música. Matamos el tiempo, decimos groserías, escupimos al piso, eructamos. Preguntamos quién nos gusta. Decimos nombres e imaginamos cuerpos desnudos, imaginación desbordada que nos servirá para la masturbación infaltable de más tarde. Hacemos ruido, hacemos escándalo. Llamamos a los que hacen falta para el partido, y estamos completos, vamos a jugar 7 contra 7. Llegan Omar, y Alex y David, que son hermanos. Completos.
Y llega la hora del partido, estamos listos. 7 contra 7, no falta nadie. Vamos hacia la cancha, o ese potrero que tiene el tamaño suficiente para ser una cancha, cuadramos los arcos, escogemos lado, decidimos quién se va a quitar la camiseta (al gol, como siempre), se burlan de nosotros, nos burlamos de ellos, sabemos que uno de ellos está perdidamente enamorado de Paula, y nos tiene ganas, así que probablemente el partido estará caliente. Yo nunca he estado en una pelea, pero tampoco tengo miedo. Empezamos, jugamos a 10 goles. 3-1 vamos ganando cuando vemos que los ánimos se empiezan a calentar aún más: José recibe una patada fuerte. Cobramos y gol. No les gusta nada. Luego yo llevo un par de patadas, pero me controlo. Le logro meter un túnel a uno de ellos, y todos los de mi equipo celebran. Me como el gol, pero no importa, lo importante es humillar. Después me llevo otra patada, y mi hermano también. No nos quedamos atrás y empezamos a dar, ni huevones que fuéramos. Un par de adultos pasan y no les importa lo que sucede. El sol brilla, el pasto pica. Seguimos el partido, nos recortan ventaja, ya vamos 6-4. Paramos un momento para tomar algo de agua. Los ánimos parecen calmarse un momento, pero sólo en apariencia. Alguien le ha contado al enamorado que le estuvimos cogiendo el culo a Paula, oigo con nitidez cuando le cuentan, el odio se puede casi tocar en la mirada que nos lanza. Pero vale la pena, Paula estaba buenísima.
- Vamos a estar tranquilos- digo- igual vamos ganando.
Los demás asienten. Reiniciamos el partido. Gol de ellos. Gol de nosotros, jugadota de David (me sorprende, porque siempre ha sido más bien torpe), quien se lo dedica al enamorado. Otro gol de ellos. Sacamos y empezamos a jugar. Ellos aguantan atrás, nos esperan. David coge el balón y no dura con él ni 3 segundos: es fuertemente derribado, con sevicia. Alex reacciona violentamente con un empujón. Se oyen las puteadas, las burlas. Yo pienso en Paula, que está buenísima.
Empieza la pelea.
post
Sunday, 31. August 2008, 17:43:40
cuento
Otra vez la expresión de cansancio, la mirada de profunda tristeza, la insatisfacción de ver lo que soy. No soporto sostener mi propia mirada, me avergüenzo, me reprocho. Estoy dividido, y la parte de mí que “debería ser” me dice que está decepcionada, que deje de portarme como un irresponsable que sólo piensa en el hoy, que deje de pensar sólo en la satisfacción inmediata. Y otra parte de mí dice
-“pero nadie tiene la vida comprada, ¿qué tal yo muera esta noche, arrepentido?”.
* “La irresponsabilidad siempre pasa factura, es inevitable. ¿qué tal yo no muera esta noche, ni mañana, sino en muchos años, con el peso del fracaso?
-¿Habré fracasado si he hecho todo lo que he querido? ¿O al menos si lo intenté?
*“La Gran Maquinaria del Mundo nos come a todos, hay que ser muy especial para huir de eso, son pocos los elegidos; los años han pasado y no he hecho nada productivo”.
- “Pero algunos lo han logrado, han huido así sea con muchos años encima”
* “Porque son especiales, son genios, se han dado cuenta que su libertad proviene de su genialidad, aunque sean esclavos de su locura, de sus miedos, de sus terribles defectos”
- “Pero yo quiero huir de la Gran Maquinaria del Mundo, no quiero seguir un guión, quiero mi propia felicidad, no una felicidad prestada, publicitada, vendida como verdadera cuando he visto que es una mentira, que tiene mucho de cartón, de escenografía”
* “Cada vez estoy apareciendo con mayor frecuencia, eso es un signo de que soy necesario, de que soy el camino”
- “Eso simplemente son momentos de debilidad, de permitir cierta influencia de la Gran Maquinaria del Mundo que siempre ataca traicioneramente”
* “Esos momentos de debilidad son sólo el inicio, son las grietas por las cuales entra: es como un virus. Y como contra los virus, hay que luchar mucho tiempo, y ni aún así se garantiza la victoria”
- “Es decir que al final seré derrotado, me pondrán a dormir como a los perros viejos, caeré noqueado por puro cansancio… ¿es eso?”
* “Así es. Simplemente duró un poco más que en otras personas, pero no es más que eso. Hace falta la genialidad, la valentía, el temple. La Gran Maquinaria del Mundo triunfará una vez más. Pero no hay problema, la ventaja de ser derrotado es que también viene esa especie de sedación. No sentir nada, estar adormecido con TV y esas cosas. ”
Y luego me deprimo por ver que mi lucha interna está destinada a la derrota implacable, pero de todas maneras sigo peleando por un día más, por defender cosas sin las cuales la vida no tendría el mínimo sentido, sin las cuales sería intolerable el día a día. Cojo mi guitarra y empiezo a tocar.
Monday, 7. April 2008, 19:06:23
cuento
Marcelo está sentado esperando a B mientras toma una cerveza en el bar. B siempre se tarda y Marcelo ha llegado temprano, por lo que lee un libro cualquiera (odia esperar y va preparado: conoce a B) mientras llega el momento en que B aparezca por la puerta del bar en el que han quedado con su cinturita tan delgada y su olor tan agradable. El libro es famoso, acerca de un hombre que busca allá y acá (o viceversa), Marcelo lo disfruta, al igual que a la cerveza. Rompe su concentración en la lectura un momento para refrescarse un poco, y entonces lo ve: en algún momento se ha sentado un hombre en la mesa al frente suyo, un hombre que ha visto antes. Lo ha visto bailando en las calles, buscando comida en la parte de atrás del restaurante donde trabaja, lo ha visto acostado en el piso pidiendo monedas, lo ha visto gritar a las mujeres que pasan, lo ha oído hablar solo y en voz alta. Nunca le había prestado mayor atención hasta ese día, porque este hombre es uno más entre varios hombres que hacen lo mismo en la ciudad. Pero hoy está sentado en la mesa de al frente, y puede ver su suciedad de tantos días, sus arrugas profundísimas, su ausencia de algunos dientes, las ganas con las que bebe su tercera cerveza (en realidad Marcelo sólo supone esto último, ya que ve 2 vasos vacíos que bien podrían estar ahí antes de que se sentara el loco). Y el loco, luego de posar el vaso amablemente sobre la mesa (y encima del posavasos, lo que sorprende un poco a Marcelo, que esperaba una conducta un poco más errática), se queda mirando a algún punto fijo hacia la calle, concentrado, cavilando: como si estuviera poniendo en orden sus ideas antes de un gran discurso, como si diera los últimos toques o repasara mentalmente un gran plan o una obra apoteósica. Marcelo también lo observa (y piensa que tal vez alguien lo esté mirando también a él, y alguien a esa persona, y así hasta el infinito: una larga cadena unida por los ojos, un mundo de vigilados) y nota que el loco lleva siempre el mismo morral ennegrecido por los días y la dureza del pavimento. Y no alcanza a preguntarse qué tendrá dentro del morral porque en ese momento el loco, como si hubiera sentido la curiosidad de Marcelo antes de que el mismo Marcelo la notara (un mundo de vigilados), empieza a sacar una serie de lápices y cuadernos y colores y a ponerlos sobre la mesa un poco desordenamente. Marcelo se hace rápidamente las siguientes teorías: 1. El loco no es loco, es un genio.
2. Es un genio y por tanto es un incomprendido.
3. Es un incomprendido y lo ha perdido todo por defender su arte.
4. Ha defendido su arte hasta el final, es admirable.
Y Marcelo sueña con una humanidad que lucha por sus sueños hasta el final. Se conmueve. Pide otra cerveza. Se ha olvidado incluso de que B no llega todavía. No puede dejar de mirar al loco, al genio, al guerrero: al hombre que ha abierto todo un mundo nuevo con el sólo hecho de estar sentado al frente suyo en un bar en un viernes soleado. Y está dispuesto a hablar con su inspiración, está decidido a invitar al genio a otra cerveza, a que se hagan amigos (-debe tener un carecer difícil como todos los genios, será duro, pero lo lograré- piensa Marcelo), con la misma ilusión con la que un adolescente afronta su primer amor. Es entonces en ese preciso momento cuando siente una decepción tremenda, como si acabara de ver a la muerte que lo reclama para ella sin permitirle despedirse de nadie, siente cómo el vacío se abre a sus pies, porque acaba de ver cómo el ex-genio, el ex–guerrero, ex–ídolo, coge un lápiz y con dificultad enorme apenas puede colorear un libro para niños, saliéndose del dibujo en múltiples ocasiones, escogiendo colores como lo haría un infante, agarrando los lápices de una forma para nada cómoda: un niño lo haría infinitamente mejor. Todas las teorías se han evaporado aún más rápidamente que como se formaron, y con ellas se fue esa esperanza pequeñita que estaba germinando en el alma fértil de Marcelo, ha sido borrada del mundo después de una existencia tan corta como inútil. Marcelo se siente un poco ridículo cuando todo el mundo lo ve ahí de pie, quieto, sin decidirse a nada, decepcionado, mientras el loco lo ignora totalmente y pesadamente respira e intenta colorear del todo el dibujo de disney mientras sonríe emocionado. Así que simula estirarse un poco, se sienta nuevamente, bebe rápidamente su cerveza para intentar ahogar la rabia que está empezando a sentir por el pobre loco, guarda su libro y se dirige a la salida mucho más relajado. Encuentra a B en la puerta y van a otro lugar, y más tarde hacen el amor.
Monday, 24. March 2008, 20:36:23
cuento
Estoy sentado tranquilamente tomándome mi café y leyendo con calma unas palabras que me tranquilizan, matando un poco el tiempo que lucha por sobrevivir y alargarse, disfrutando una tranquila tarde de sábado. Observo mientras tanto a la poca gente que hay en el local, a la que entra y sale sin prisa: miro todo lo que hay que mirar, cada actitud, cada manía repetida. Estoy en medio de mi café y mis observaciones inútiles cuando veo que te sientas con tu amiga y tu cuerpo exquisitamente esculpido, tallado a mano, en la mesa del lado. Un cuerpo que observo de reojo, tímidamente, porque noto al instante que tu reacción sería apocalíptica si me vieras viéndote, y no quiero arriesgarme, quiero seguir viendo lo mejor que he visto en mucho tiempo. Tras intentar usar el wi-fi infructuosamente en tu portátil último modelo, te diriges a mí como último recurso, me diriges una mirada llena de asco y desprecio: me miras, puta, como si yo fuera un simple mortal que se atreve a retar a los dioses sólo con su astucia.
-Cómo hago para entrar a Internet? – (sin un por favor, sin un hola)
-Tienes que pedir la clave a la mesera (deja de mirarme con asco, que yo quiero dejar de odiar)
-Y usted no la tiene? - (además de puta, resultó perezosa)
-No, tienes que preguntar ahí (y se para y no dice gracias ni siquiera)
Y mientras vas a preguntar la clave me das la espalda y observo esa figura al mismo tiempo que varios de los hombres (y algunas mujeres) que están en el café también observan, que lamen (lamemos) con los ojos. El cuerpo de las diosas que miran con asco y desprecio a los mortales que se atreven a retarlas sólo con su astucia. De mujer que sabe que puede enloquecer a cualquier hombre si se lo propusiera (y probablemente ya se lo ha propuesto). Y luego vuelves y te veo de frente, ya un poco descarado, con confianza por haber tenido esta conversación tan corta pero tan envidiada por más de uno aquí, pero esta vez noto que en tu mirada de asco brilla en el fondo el hartazgo de tener siempre lo que quieres, de no tener retos, la insatisfacción de tenerlo todo. No puedo evitar sonreír al darme cuenta de esto, porque me has mirado con tal desprecio, puta, que me alegra de que sufras un poco también. Así que me levanto de mi cómoda silla, termino el último sorbo del café ahora frío y me voy reconfortado en tu pequeñísima desgracia. Y salgo. Después de pensarlo un poco decido caminar en este día soleado, pensando en la cantidad de mujeres como tú que viven tan pendientes de su coraza y de cómo aumentan su insatisfacción alimentando precisamente eso que las hace tan infelices.
Vuelvo a casa a ver fútbol, el sol se guarda lentamente en esta parte del mundo mientras sigo caminando sin pensar en nada en concreto, olvidando nuestro breve encuentro hasta que nos cruzamos nuevamente, en cámara lenta, y esta vez la que me ve es tu amiga (es cierto, ibas con una amiga, una amiga que deja de existir cuando todos te observan) y yo me doy cuenta de que ella te dice algo al oído y tú asientes con la cabeza mientras sonríes otra vez con tanto desprecio, pero el mar de gente me impide devolverme para efectuar en ti alguna venganza: tirarte el pelo, besarte el cuello, hacerte una disimulada zancadilla, lo que sea. Frustración es lo que me carcome ahora y no puedo hacer nada, has vuelto a ganar, puta. Y las ganas de ver fútbol se van a la mierda y lo que me empieza a castigar ahora es el hambre y tengo más ganas de ver fútbol que de cocinar, así que opto por la solución fácil: hamburguesa y coca. Una fila enorme en la famosa cadena de hamburgueserías, un local lleno hasta rebosar, peor aún, lleno de adolescentes gritonas y morbosos, chillonas y estúpidos, mal vestidos todos, que no desocupan las mesas. Maldita sea. Pido para llevar, no soporto perder con la puta y aguantarme esta gritería. Sigo la fila obedientemente, pago rápidamente y espero. Veo la fila y con sorpresa ahí estás, puta, mirándome, sola. Te sostengo la mirada, me niego a perder por goleada, quiero el gol de la honra. Y luego el del empate y luego el de la victoria en el último minuto. De penalti injusto en el último minuto y de visitante. Quiero ganarte y que te duela, puta. Porque me has despreciado sin que yo te haya hecho nada sólo porque estás buena y estabas con tu amiga. Pero ahora estamos tú y yo y una fila y unos adolescentes que pronto irán a drogarse y a emborracharse como animales, pero no puedo criticarlos por eso porque yo fui así. Y te saludo mirándote fijamente, despreciándote, soy un espejo en el que te puedes reflejar. Y ahora sí contestas, no sé por qué, pero contestas disimulando desprecio (esta vez sólo lo disimulas, y muy mal). Golazo. Y tengo ahora mi pedido en la mano, así que me la juego:
-Vivo cerca de acá y esto está insoportable. Pida para llevar y comemos allá. (me miras sorprendida, puta, porque te estoy dando órdenes, como si ya fueras mía, y porque soy duro contigo, y sobretodo porque acabas de descubrir que te gusta que te hable así)
-Ok. Vamos
Caminamos despacio, sintiendo la comida caliente en la bolsa y sintiendo lo calientes que nos estamos poniendo.
-¿hace mucho que vive acá? – pregunto
-Unos 4 meses. No me gusta mucho. En 2 días vuelvo a Inglaterra- (te conozco, puta, ya sé para qué me quieres: una despedida formal)
-Y por qué no le gusta?
-No sé. Es todo y es nada a la vez. I try but you see, it´s hard to explain.
-También me gustan The Strokes.
-I love them. (y esta vez sonríes genuinamente)
Llegamos a mi casa. Dejamos las bolsas sobre el comedor tropezando con todo mientras nos desnudamos, mientras nos mordemos todo el cuerpo.
-Tienes condones?
-Claro (no soy estúpido, puta)
Beso tu cuello largo y blanco como una nube, tu pelo negro se enreda y desenreda en mi mano que entra y sale lentamente masajeándote, palpándote, halando el cabello hacia atrás para ver qué reacción tienes, y te gusta. Los ojos verdes ahora no me miran con desprecio, sino con una mezcla de rabia y deseo que sólo tienen las mujeres que son buenas en la cama. Y mientras te llevo la cabeza hacia atrás desgarro tu camisa: los botones caen ruidosamente en el piso de madera dejando al descubierto unas tetas perfectas, y me gusta verte así, semi-desnuda, rabiosa y con deseo. Acabo de empatar. Alegría en la tribuna. Desciendo nuevamente por tu cuello blanco como nube, lento, entre besos y mordiscos suaves, llego a tu pecho, no aguanto más y te quito la camisa y el sostén, te agarro con ganas, beso unos pezones redondos y furiosamente erguidos, paso mi lengua humedeciéndolos para que goces, puta, porque ya empaté el partido y ahora me dispongo a ganarlo, envalentonado. Entonces nos desnudamos completamente y sigo bajando muy despacio, entre las tetas, por el abdomen, por la cintura, por el ombligo, veo que estás totalmente depilada y me gusta, y siento tu calor y tu olor y tu humedad en mi cara, de un solo golpe llega a mí, me abraza queriendo atraparme para siempre y lo disfruto, y mi lengua juega contigo hasta hacerte terminar entre gemidos cortos y manos que no encuentran qué agarrar mientras el orgasmo está ahí palpitante y oceánico, y quieres seguir y yo sigo, ni más faltaba, puta, no te voy a dejar a medio camino, eso no hace parte de mi venganza, yo gano mis partidos jugándolos hasta el final, como los hombres de verdad. Así toda la noche, lamiéndonos, mordiéndonos, gimiendo (me da un poco de vergüenza con los vecinos por tanto ruido, pero no mucha), te abofeteo, te pego palmadas en el culo, te trato como un objeto hecho sólo para complacerme: quiero humillarte a través del sexo, quiero que el sexo sea el arma que lentamente te va a matar, que te hace sentir como la más triste perra del mundo, y lo logro. Ahora eres mía, te poseo, puedo hacer contigo lo que se me dé la gana: follarte, pegarte, venderte. Es mi venganza porque me has despreciado, puta, y ahora te estoy penetrando por todos tus orificios para que aprendas que a los hombres como yo no hay que despreciarlos, sino adorarlos, idolatrarlos, hacerlos felices.
La comida está fría cuando volvemos a sentir hambre, pero no nos importa. Creo que te ha quedado claro quién es el jefe aquí. Estoy cansado y sudado y quiero que veas que no eres parte de mí, por lo que decido bañarme. Una buena ducha de agua caliente es excelente para descansar y retomar fuerzas, y así te lo digo:
-No quiero que seas parte de mí. Una buena ducha…etc.
Me miras y no entiendo totalmente por qué sonríes al oír mi comentario, el que se supone debería herirte un poco más. Y mientras el agua rueda suavemente por mi cara comienzo a recordar que todo lo que te he hecho te ha gustado, lo has gozado, muchas veces incluso lo has pedido. Y a pesar de estar con el agua hirviendo siento que es agua fría lo que me recorre: me doy cuenta de que en ningún momento te has sentido humillada por mí a pesar de mis esfuerzos por ponerte en tu sitio. No has aprendido nada. No he empatado este partido. Y salgo de la ducha sin secarme, buscándote para darte una lección que no olvidarás, para realmente hacerte sufrir esta vez, pero me llevo otra sorpresa: no estás por ningún lado. No te encontraré jamás. Has ganado en el último minuto, haciéndome creer que yo empataría: contragolpe letal, en el tiempo extra, partido liquidado. No queda más que seguir bañándome porque ya perdí incluso tu olor.
Sólo puedo sonreír al ver que también te has llevado mi comida.
Thursday, 21. February 2008, 19:12:21
cuento
El doctor, antes de ser doctor, se la pasaba con otros pre-doctores. Nunca estudiaba, se la pasaban bebiendo. Más de una vez pensó en renunciar, en salirse de ese mundo en el que se sentía tan ajeno, tan distante. Pero parecía que la vida lo empujaba una y otra vez a terminar la carrera, a ser lo que él no creía que llegaría a ser (pero que inevitablemente llegaría a ser). Y entonces bebía para olvidar que se sentía perdido, para disolverse un poco en el olvido y escapar de la angustia de un futuro absolutamente incierto.
Y el doctor iba así por la vida, rebotando entre la inseguridad y el miedo, entre la cerveza y los hospitales, entre los bares y los pacientes, sin expectativas, esperando lo que tuviera que llegar. Conociendo otros pre-doctores que parecían tan seguros, tan sabios, tan preparados, tan hipócritas. Pensando en huir, seguro de escapar esta vez, pero volviendo por razones desconocidas. Hasta llegar a la conclusión de que tantas casualidades deberían tener un motivo. Y se convenció de que hay cosas de las cuales no podemos escapar, cosas que nos alcanzarán por más rápido que corramos, igual que la muerte.
Así que simplemente inspiró profundo y comenzó su turno esa noche.
Saturday, 26. January 2008, 19:49:18
cuento
En la dura y lluviosa ciudad todo ya estaba perdido, el aburrimiento se regocijaba en el alma aplastada del doctor: había vencido la desesperación, la vida corriente del tráfico y los horarios. Lo asfixiante de la rutina se hacía insoportable: derrotado, el seguir intentándolo sólo traía más dolor, acentuaba esa inmensa sensación de impotencia, y lo empujaba a una actitud cada vez más indiferente. Los años de irresponsabilidad se habían ido irresponsablemente, y ya no podía seguir comportándose de igual manera por más que fuera la única forma de volver a saborear en algo una vida que antes (se sentía como siglos ese antes) había sido abierta, activa, con posibilidades, que estuvo a punto de ser perfecta pero que lentamente se dirigió a otro lado, al lado contrario de donde quería. Y allí estaba el doctor, en la dura y fría y lluviosa ciudad, pensando en todo lo que fue, tratando de buscar una salida digna, una muerte lo más plácida posible para esa vida anterior (lo que la gente suele llamar “buenos tiempos”) que lo abandonaría para siempre, dejándolo en brazos de los horarios inflexibles, de madrugar. Abrumado por la dureza de la ciudad, de la lucha encarnizada de sobrevivir cada día hasta volver a casa y descansar unas horas de la esclavizadora rutina, asesinando la poca juventud que le quedaba en medio de programas de televisión y monotonía, evitando toda esa cantidad de malas noticias que lo angustiaban aunque pareciera que nada lo afectaba, y tratando de contener toda esa angustia en su ahora pequeño corazón, llorando sin lágrimas cada tragedia de la humanidad, esa humanidad tan despreciable y odiosa de la cual era un magnífico ejemplo, rechazando el amor por miedo, por la seguridad de un nuevo fracaso, por el egoísmo de no querer entregarse nuevamente, pero principalmente por miedo, y deseando cada vez más el suelo desde el cielo, el auto a gran velocidad que no lo ve pasar la calle, el accidente infernal que cortara sanamente unos días agotadores, que acabara con la estrechez. Pero el miedo.
Así que ahí estaba el doctor en sus casi 30, joven pero viejísimo, con sus ojeras, su mirada tan cansada, su postura encorvada por tanto peso, sentado en cualquier bar bebiendo la cerveza que aligeraba un poco todo (a veces), pensando siempre en su derrota, buscando algo de qué agarrarse para no naufragar (y encontrando cada vez menos cosas), escribiendo en esa servilleta alguna frase que en ese momento sonaba tan bien (y que probablemente en un rato pasaría a ser ridícula y olvidable y olvidada), buscando y pensando y buscando algo que no sabía qué era pero que con seguridad no estaba tampoco en el fondo del vaso ni en comprar tantas cosas que divertían unos cuantos segundos y que luego se volvían tan ordinarios, tan corrientes (como tanta gente), esperando. Algo. Un pequeño cambio en lo que sea, una sorpresa, un maldito buen día. Esperando tantas tardes, tantas noches, tantas cervezas. Buscando en el trabajo, en las mujeres, en la música, en la esperanza pequeñita. Hasta que comprendió que la única solución era huir de la ciudad y de la sociedad, es decir, de sí mismo, de todo lo que había creado: manejar la demoledora y dirigirla rápidamente hacia el escenario sobre el que se interpretaba “vida del doctor, acto II: la desesperación” y dejarlo reducido a escombros, y pisar y escupir esos escombros, no dejar nada, darse otra oportunidad, reset. La ciudad fue menos dura en ese momento.
Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.
Friday, 18. January 2008, 12:31:18
cuento
El anciano se dirige, como todas las mañanas, a hacer el recorrido habitual, ese recorrido tan útil como excusa para matar un poco el tiempo y salir del encierro y el tedio. Un paseo merecido después de una vida más bien cómoda, después de muchos años de trabajo que servía para pagar deudas y asumir responsabilidades que ya se habían ido. Era viudo, y las horas se habían vuelto agotadoras como una visita que no quiere irse, así que decidió empezar sus caminatas para distraerse un poco, tomar aire y, por qué no, mejorar un poco su salud que ya estaba algo deteriorada. Se había vuelto intransigente con los años y sólo gustaba de recorrer cierta parte de la ciudad que le era agradable, y en excepcionales ocasiones (2, si mal no recordaba) se había desviado de su camino.
Así, en esa fría y soleada mañana de noviembre el anciano observa su propia vida en las vidas ajenas, esa repetición eterna de prisas, ojeras y miradas perdidas en el bus. Sólo que esta vez, en una esquina, se oye una voz que le dice: “hey, viejo, tiene un cigarrillo?”. El anciano voltea la cabeza y descubre a 3 punks sentados en la acera, un poco bebidos a pesar de ser relativamente temprano en la mañana, tal vez drogados, con ansias inmisericordes de fumar. Saca su paquete recién comprado (que le durará aproximadamente 12 horas) y les regala uno a cada uno, encendiéndoselos gentilmente. Los punks agradecen, lo que realmente sorprende al anciano. Intercambian unas palabras breves y el anciano sigue su camino, olvidando al poco tiempo el incidente. Pero los vuelve a encontrar a la mañana siguiente, y a la siguiente, siempre pidiendo por un cigarrillo o una moneda, y el anciano sigue compartiendo su paquete con ellos, en dosis cada vez más generosas. A las 2 semanas se puede decir que son amigos, ya que los últimos 4 dias el anciano ha terminado un par de cigarrillos mientras habla con los punks: incluso les ha llevado algo de comida. Los punks cuentan su historia, nada del otro mundo. El anciano les cuenta la suya, que tampoco es precisamente algo para ser recordado en los libros de historia; aún así, existe algo que podríamos llamar simpatía entre tan disímiles personajes. El anciano incluso llega a aumentar la cantidad de cigarrillos que fuma por pasar un poco más de tiempo con los punks, cosa que atrae aún más la mirada curiosa de cualquier persona que pase por el mismo sector y causa de que más de una vez le hayan preguntado si todo marcha bien, a lo que él responde afirmativamente con una sonrisa un poco forzada, pero que es suficiente para calmar a los curiosos. Transcurren entonces aproximadamente 2 meses y medio en la misma situación, a los punks les agrada esa esquina puesto que es concurrida y pueden obtener algunas monedas de señoras aterrorizadas y transeúntes ya no tan escandalizados y más bien habituados a verlos, obteniendo además un paquete diario de cigarrillos por parte del anciano quien, como es obvio, cada vez se muestra más generoso. Y se entretienen hablando con el anciano cada mañana, divirtiéndose mientras le recalcan que toda su vida ha carecido de interés, que siempre ha sido un esclavo, que nunca ha hecho algo remotamente espontáneo. En cada conversación se nota la incomodidad pasajera del anciano al oir estos comentarios, pero los deja pasar porque, les dice, ya no tiene tiempo para esas cosas. Los punks ríen por el acto un poco melodramático del anciano mientras encienden otro cigarrillo y beben el café caliente que el mismo les ha traído, y siguen burlándose con cada vez menos benevolencia, llegando incluso a hacerlo enojar en un par de ocasiones. Pero el anciano siempre vuelve al otro día, con sus cigarrillos y sus cafés y sus ganas de conversar, de preguntar, de conocer un poco. Los punks le comentan que su única familia son ellos mismos, que no tienen a nadie más, que les gusta asustar señoras y ancianos, pero que nada como drogarse y emborracharse hasta perder el sentido, hasta que no sientan el piso: hasta tocarle un hombro a la muerte y luego salir corriendo, así todos los días, con el riesgo de que la flaca los alcance algún día, pero eso no sucederá porque están acostumbrados a pegarle a la muerte, a cogerle el culo, la conocen muy bien y saben en dónde se esconde, y ellos son demasiado inteligentes para caer donde otros han caído tan torpemente, sin estilo, sin dejar más que un recuerdo borroso en mentes tan obtusas como las de los que se dejan alcanzar. Y luego hablaban de otras cosas.
Nadie se sorprendió cuando los encontraron muertos en la misma esquina sucia de siempre, todos asumiendo una sobredosis, una venganza. Nadie se interesó realmente por lo que les pudo haber pasado, nadie sospechó nunca del anciano que amablemente les llevó cigarrillos y café envenenados porque nadie, óigase bien, NADIE, se iba a burlar de él, jamás.
A la muerte le gustó ese detalle porque estaba cansada de que le cogieran el culo.
Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.
Friday, 11. January 2008, 19:22:33
cuento
Siempre, desde que me acuerdo, he querido ser un gato... he querido saber qué se siente tener esa agilidad, esa manera tan plástica de moverse, esa aura misteriosa que parece rodearlos, siempre imprevisibles, notablemente orgullosos. Comparto con ellos el evidente desprecio que sienten por los perros y los humanos, probablemente las criaturas más serviles de la naturaleza, según nuestro punto de vista. No quiero que se me malinterprete ni parecer demasiado pedante, pero es demasiado obvio que somos, digámoslo sin tapujos, mejores en muchos aspectos. Esto lo digo sin ánimo de ofender, repito. Y si usted se ofende, bueno, no es mi problema (nuestro problema), verá: somos demasiado orgullosos como para que nos importe, y además mientras usted esté maldiciéndonos al mejor estilo de verdulera o de sicario, nosotros, la gran hermandad felina, ya estaremos en otra parte, haciendo lo que se nos antoje en ese momento, porque somos inteligentes para manipularlos a todos y tenemos tanta libertad para hacer lo que se nos dé la regalada gana que a veces (sólo a veces) hasta nos duele, como una especie de alfiler en el corazón, como un peso que nos aplasta, y entonces decidimos marcharnos, dejándolos a todos con el alma destrozada por nuestro desplante. Se preguntará usted por qué hacemos eso, bueno, no puedo darle una razón concreta, tal vez sea la misma razón que hace que los humanos se maten entre sí, eso que ustedes denominan la 'naturaleza propia'; a nosotros realmente nos importa un bledo, simplemente lo hacemos, y nos gusta, somos legendarios por eso, y por cosas como las 7 vidas y caer siempre de pie, y en este punto debo decir que es eso lo que me hizo dar cuenta de mi parecido con estos animales: somos duros de aniquilar.. No es un mito aquello de las 7 vidas: he visto con mis propios ojos gatos que, siendo muertos de cualquier manera, aparecen al otro día como si nada, maullando felices por burlar a la vieja y fétida muerte. Yo mismo, que recuerde, he perecido unas 3 veces: la primera vez morí obligado en una de las eternas guerras de mi país, en un día lluvioso en el que la niebla no nos dejaba adivinar que nuestra hora (no mi hora, pero entonces no lo sabía) había llegado. Luego, al verme vivo, intacto, pensaron que había huido de la batalla y me encarcelaron por un corto tiempo... ; la siguiente ocurrió en un accidente en la que conducía ebrio y a toda velocidad (todavía recuerdo la cara de los policías y curiosos cuando ya estaba cubierto con la clásica sábana blanca y me levanté preguntando la hora, fué comiquísimo), la tercera, teniendo conciencia de mi capacidad, la encontré en un bar de mala muerte a manos de un abogado que se enfureció porque le estaba quitando a 'su' mujer. Después de eso, un poco por aburrimiento, un poco por cansancio, decidí viajar: porque los gatos tenemos espíritu viajero, así parezcamos demasiado comodones y perezosos. Lo que sucede es que viajamos mientras casi todas las criaturas duermen, lo que nos evita los trancones y otras molestias, y además por un sentido de decencia que evita que tratemos de llamar la atención, a diferencia de los detestables canes que menean su cola y babosean o ladran ruidosamente al primer 'bípedo implume' que pase cerca a ellos. Tal para cual, pues el dueño del animalucho alimenta aún más su ego al producir meneo, babeo y ladrido en su esclavo perenne, creyendo tener alguna importancia y denominándose descaradamente rey de la naturaleza. Se complementan. La estupidez se busca y se encuentra: hombres, perros, vacas, gallinas, todos conviviendo en supuesta paz pero en beneficio de uno sólo.
Decía que nos gusta viajar, y ese es el motivo de nuestras desapariciones frecuentes y prolongadas, creemos que el ser estático es estar muerto: hasta los animales inferiores saben eso y lo evitan, a menos, claro, que tengan un disfraz adecuado que les permita sobrevivir en las duras condiciones salvajes. He conocido y ganado sabiduría en mis viajes, he estado en toda situación imaginable, he visto repetir las mismas historias una y otra vez, eternamente, cíclicamente, las mismas vidas, los mismos amores, las mismas muertes heroicas y ridículas, innecesarias muchas veces, inevitables todas, he disfrutado y sufrido gran variedad de lugares: en todos los sitios alegría y tristeza infinitos conviviendo increíblemente cercanos pero sin mezclarse, a micras de distancia, al igual que la belleza divina y lo horrible del infierno. Por todos paso y me da igual, al igual que muchos humanos. También he conocido gente como yo, muy escasa pero que no se ha dado cuenta totalmente de lo que quiere, y casi siempre cobarde en cuanto a dar el gran paso, por eso no me molesto en guiarlos, sería desperdiciar mi valiosísimo tiempo. En definitiva, mucha gente no lo entiende y no vale la pena explicar, siempre piensan que estoy loco y se alejan paulatinamente, hasta que ya no vuelvo a saber nada de las personas que me acompañaron en algún momento de mi vida felino-sapiens. No es que me preocupen, pero me disgusta tanta estupidez. Por eso decidí alejarme yo también, y me instalé en esta ciudad que me gusta tanto y en donde no conozco a nadie, una ciudad tan grande que soy uno más y a nadie le importo, donde hago parte de la masa, hasta que complete mi transformación y pueda unirme plenamente a la Gran Hermandad Felina, hasta el fin de los tiempos
Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.
Wednesday, 9. January 2008, 19:23:49
cuento
El doctor está examinando otro paciente. Un paciente más en una larga lista de una larga lista de días. La misma rutina, siempre las mismas preguntas, siempre los mismos dolores, la misma tristeza y miedo. El mismo cuerpo miles de veces examinado ya sin curiosidad. Sí, el doctor está un poco harto de su vida de trabajo extenuante, de la falta de sorpresas. “Siguiente”, dice, con la voz apagada del hartazgo. Con actitud robótica. Y entra este hombre absolutamente normal, absolutamente corriente, con las quejas habituales, y luego las preguntas habituales. Otro caso sencillo. Y el examen físico: la tensión arterial, el pulso, los ojos, los dientes con caries, el cuello un poco más grueso que lo normal. Pero en el momento de la auscultación, después de 4 o 5 latidos, se oye un “hey”. El doctor dice, un poco molesto, “por favor no hable mientras lo ausculto”, retirando suavemente el estetoscopio. El hombre del cuello un poco más grueso de lo habitual dice: “pero no he hablado doctor”, mostrando al mismo tiempo una sonrisa un poco estúpida. El doctor sólo se limita a echarle una mirada de complicidad (de lástima), ubicando nuevamente el estetoscopio en el pecho del hombre. Y nuevamente se oye un “hey, soy yo”, y el doctor se da cuenta de que el hombre no está moviendo los labios, de que está absorto mirando la pared del frente y que parece no pensar en nada. Y la voz es mucho más aguda de la que tiene el hombre. “Hey, soy yo, soy el alma de este tipo, doctor”. El doctor queda perplejo. “¿Desde cuándo las almas hablan?¿Desde cuándo se ubican en el corazón? Esto jamás lo enseñaron en la facultad, no lo leí en ningún texto, ni ha salido nunca en el New England”. El hombre sigue absorto, la mirada vidriosa, la cabeza un poco ladeada a la izquierda, pero sigue sin mover los labios, sin hacer ningún movimiento voluntario en lo absoluto. Es decir, es evidente que el hombre no está hablando, y es evidente que así lo hiciera no se podría oír con tanta claridad y agudeza. Pensamiento lógico-deductivo. Científico. Así que el pensamiento científico se apodera del doctor y viene entonces el pensamiento lógico siguiente “me estoy volviendo loco, la monotonía me ha destrozado por fin, no soy más que cenizas ahora” Pero en ese momento la vocecilla sigue hablando: “doctor, estoy cansado de estar con este tipo, al comienzo, en su infancia, era bastante agradable, se divertía, jugaba, era feliz. La adolescencia no estuvo mal. Pero después, con el tiempo, se volvió aburridísimo. Sólo piensa en la forma de pagar las deudas, en sentarse a ver televisión, se convirtió en un robot. Jamás aprecia algo bueno o algo bello, sólo le gusta lo que le dicen que debe gustarle. Hasta el sexo lo hace por compromiso. Es una mierda. Y yo no aguanto más, quiero salir de acá. No es nada nuevo, las almas lo hacemos todo el tiempo y cada vez más, la gente se está volviendo insoportable y todas nos estamos yendo, abandonamos sus cuerpos y vamos a los hospitales y nos metemos en los de los recién nacidos. Afortunadamente cada vez nace más gente y hay cupo para todas. Porque cada vez más almas abandonan cuerpos, y cada vez más rápido”. El doctor que no sale de su sorpresa, inmóvil, piensa: “¿por qué un alma me está contando a mí esto?” y sorpresivamente el alma del hombre contesta “pues lo primero, doctor, es que necesitaba desahogarme. Y porque ya me voy de aquí, no aguanto más. Pero el motivo más importante por el cual le cuento esto es porque…”“¿Pasa algo, doctor?” interrumpe el hombre de cuello un poco más grueso que lo habitual “es que lleva un buen rato en ese mismo punto”. “No hombre, no pasa nada, es que me pareció oír algo y lo estaba confirmando, pero no hay nada de qué preocuparse, estoy seguro”. El hombre se tranquilizó: el doctor todavía tenía esa forma de hacer que los pacientes confiaran en él, de calmarlos con sus palabras, es decir, no todo estaba perdido. Luego, volviendo a poner el estetoscopio para continuar oyendo lo que el alma tenía para decirle (y la verdad, un poco molesto con el hombre por haber interrumpido la interesante conversación), sólo oyó el cadencioso tun-tun, tun-tun, una y otra vez. Esperó. Cambió de sitio el estetoscopio. Probó en la espalda, probó arriba del ombligo. Nada. Volvió al pecho con la excusa de asegurarse de no dejar pasar nada por alto. El hombre no protestaba, le daba igual. Total estaba en horario de trabajo y entre más se demorara menos tendría que aguantar a su jefe, a sus insoportables compañeros. Y el doctor siguió buscando y no encontró. Terminó la consulta, el hombre se fue sin mostrar mayor agradecimiento.
En el resto del día no pasó nada más. Bueno, pasaron cosas, pero nada tan interesante. El doctor seguía perplejo, lo notaron un poco más reflexivo ese día. Esa noche le hizo el amor a su mujer con una pasión que parecía lo había abandonado. Estuvo bien, y ella quedó feliz: hasta compartieron una cerveza después.
Él nunca le contó a nadie lo que había sucedido esa mañana fría de octubre, sin saber muy bien por qué
Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.