Sunday, July 24, 2011 12:06:16 PM
Por Jaime Septién, director general de "El Observador"
MÉXICO D.F., sábado, 23 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos la ponencia que pronunció el doctor Jaime Septién, director del semanario “El Observador”, en el primer Encuentro Nacional de México de Periódicos Católicos, sobre “La identidad de la prensa católica”, en la sede de la Conferencia Episcopal Mexicana el 22 de julio.
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Los mapas revolucionaron el pensamiento del hombre. Representaron, junto con los relojes, la tecnología intelectual decisiva para “traducir un fenómeno natural a una concepción artificial e intelectual de dicho fenómeno” (Carr, 2011, p. 58). El periódico, nacido en el siglo XVI, con las primeras gacetillas alemanas, representó una tecnología intelectual para “traducir” la realidad social en un conjunto armónico de noticias que, a la vez, la condensaban y explicaban al lector lo que era importante de tener en cuenta y lo que no.
La prensa resultó ser un mediador formidable, que fue configurando las mentes de las personas hasta convertirse en lo que Harold Innis llamó “un peligroso monopolio del conocimiento” (Briggs, Burke, 2002, p. 17). Como todo monopolio, tuvo su auge (en el siglo XIX y mitad del XX) y luego, por la misma circunstancia, su caída estrepitosa (con la aparición de la televisión, a mediados del siglo pasado y con internet, en lo que va del siglo actual).
Y, también como todo monopolio de la comunicación pública, creó en los lectores una forma privilegiada de percepción que, a la larga, se ha convertido en un mapa para mirar al mundo. Y tal mapa tuvo que encontrar derroteros diferentes, “nichos” donde aplicar su poderío. Los ha encontrado en la especialización, en la promoción de un modo de entender el mundo acorde a las necesidades de grupos específicos (por ejemplo, los católicos), peleando, palmo a palmo, por el lugar de la palabra impresa en la era de las imágenes.
Los fundamentos de la prensa, lejos de haber perdido importancia, la han recuperado. Partimos de un hecho necesario de ser reflexionado por todo aquel que se dedica al periodismo, en sus versiones en papel o digital: hoy más que nunca el modelo de investigación, reportaje, crónica, entrevista a fondo, artículo informado, editorial enjundioso y periodismo literario, por citar los géneros “clásicos” pueden impactar el mundo del lector acostumbrado a la venta de la banalidad y a los espacios minúsculos, cambiantes, escurridizos del dominio de la imagen
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El sacerdote jesuita Walter J. Ong realizó un estudio extraordinario sobre las edades de la cultura del hombre occidental en relación a los medios de comunicación dominantes (The Presence of the Word, New Haven, 1967). Las dividió en tres: cultura oral, cultura impresa y cultura electrónica. Cada etapa organiza una forma de conocer el mundo y de conocernos a nosotros mismos. La oral a partir de la palabra hablada y el oído; la impresa, a través del texto y la vista, y la electrónica, a través del espectro audiovisual.
Otro católico: Marshall McLuhan, acuñó la célebre frase de que “el medio es el mensaje”. Es decir, que el medio de comunicación usado de forma privilegiada en una era (el lenguaje, el libro, la imagen televisada…) para trasmitir el mapa del mundo a los otros, es, en sí mismo, el mensaje que se envía al espacio y al tiempo.
La tesis del padre Ong es, ligeramente, distinta a la del profesor McLuhan, pero en el horizonte se tocan (en el respeto mutuo hacia la Palabra de Dios y su relación con su criatura): “El medio tal vez no sea el mensaje, pero determina el mensaje para el espectador o el auditorio. De este modo, necesitamos estudiar los medios de comunicación como factor determinante en la percepción” de la gente (Lowe, 1986, p. 13). Son ellos, a la vez, el mensaje y el modo de interpretar el mensaje. Y, además, con las modernas investigaciones sobre la neuroplasticidad (la capacidad plástica del cerebro humano para moldear su estructura de acuerdo a lo que la persona hace o deja de hacer), son los que moldean nuestro cerebro. Somos lo que pensamos, sí, pero también lo que leemos, escuchamos, navegamos, los que oramos, lo que percibimos en la Palabra como signo de la Presencia de Dios.
Más aún, somos lo que nos oponemos a ser frente a la tiranía de la publicidad del “todo cambia” con que nos bombardean los medios de la imagen en los que “El tiempo pasa volando, y el truco, escribe Zygmunt Bauman, consiste en mantenerse a flote con las olas. Si uno no quiere hundirse, debe seguir haciendo surf, y eso implica cambiar de vestuario, de muebles, de papel pintado, de aspecto y de hábitos –cambiar uno mismo, en definitiva—tan a menudo como le sea posible” (Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre. 2008, p. 146)
En este contexto, ¿cómo no ver un “área de oportunidad” para la prensa católica? ¿Cómo no percibir la necesidad de moldear nuestra razón hacia la trascendencia, dejar de hacer surfing, zapping, mobing con la realidad y anclarse en lo que conserva, lo que se hunde en las raíces del tiempo, lo que se anuncia desde la identidad del ser humano como origen y destino; es decir, Dios?
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La identidad de la prensa católica se inserta dentro de este movimiento de la cultura. Es decir, como nuestro cerebro y su sinapsis, no se trata de una identidad estática, determinada, monolítica. Cambia y se adapta a los modos privilegiados de la percepción creados por los medios de comunicación. No obstante el cambio, la prensa católica tiene raíz. Raíz profunda e inalterable: la sabiduría cristiana.
El 26 de enero de 1923, en el transcurso de su Carta Encíclica Rerum Omnium, el Santo Padre Pío XI declaraba a san Francisco de Sales como el Santo Patrono de los periodistas y, en general, de la prensa católica. Se conmemoraba, entonces, el tercer centenario de su muerte. Pío XI, guiado por el Espíritu Santo, daba en el clavo de la identidad de la prensa católica al pedir a los operadores de estos medios que imitaran a Francisco de Sales observando siempre “la fuerza polémica junto con la caridad y la moderación” (Cebolleda, 2005, p. 54).
Fuerza polémica es el ingrediente número uno de la identidad católica en la prensa. La palabra polémica viene del griego polemikós, guerra, e instituye, en su sentido primitivo, una zona de fortificación (Corominas, 2008, p. 440). ¿Significa esto que el Papa Pío XI llamaba a la guerra a la prensa católica como forma concreta de cristalizar su identidad? Sí, en efecto. La fortificación de la fe y su expresión viril ante los ataques a Cristo son las insignias de esta tarea.
Stevenson decía que “no sólo de pan vive el hombre sino también de estribillos”. Voy a intentar remontar el perverso estribillo de que los católicos somos atacados por causa de nuestra fe, para mostrar que somos atacados por la inquietante incompetencia que mostramos para hacerla crecer en la polémica, en la controversia, el descrédito, incluso en la descalificación política a la que son tan proclives nuestra clase política mexicana.
En un párrafo memorable, monseñor Fulton J. Sheen, una auténtica figura de la televisión estadounidense de los cincuenta y los sesenta del siglo XX, apunta: “La Iglesia gusta de la controversia; la desea por dos razones: porque el conflicto intelectual es constructivo y porque ella está terriblemente enamorada” de la razón (en la traducción mexicana dice “del racionalismo”). Y añade: “La gran estructura de la Iglesia Católica ha sido construida por medio de la controversia” (Errores y verdad, 1983, p. 11).
Polémica, controversia: dos nombres de una misma guerra: la guerra contra la estulticia. Y para ganar esa guerra –que es una guerra eminentemente cultural—la prensa católica, sus operadores y sus directivos, seamos laicos o sean sacerdotes, tenemos –siguiendo a monseñor Sheen—que hacer dos cosas: pensar duro y pensar limpio. “Luego (la Iglesia) les pide que hagan dos cosas con sus pensamientos. Primero les pide que exterioricen esos pensamientos en el mundo concreto de la economía, el gobierno, el comercio y la educación, y que por la exteriorización de la belleza, limpien los pensamientos para producir una civilización bella y limpia” y, más tarde, la Iglesia pide “interiorizar esos pensamientos y así producir espiritualidad” (Ibid., pp 12-13)
Exteriorizar el pensamiento católico para producir cultura e interiorizarlo para producir espiritualidad es, justamente “pensar duro y pensar limpio”. Comunicar la esencia del catolicismo: ser dignos de comunicar la Verdad.
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Pero, ojo, aquí estamos frente al más grave obstáculo de la prensa católica en particular (y de la comunicación pública en general): la deficiencia en el lenguaje para “exteriorizar la belleza”, en nuestro caso, la belleza de la Palabra y del Verbo Encarnado; la asombrosa novedad de la Revelación, el Escándalo de la Cruz, el trallazo de esperanza de la Salvación…
De nueva cuenta, el Papa Pío XI: para imitar a San Francisco de Sales, es decir, para que los periódicos diocesanos, laicos, la prensa de inspiración o de denominación católica pueda ser digna de comunicar la Verdad (nos había dicho ya) debemos ser caritativos y moderados. Además, estudiar con diligencia; conocer lo mejor posible la doctrina católica; no corromper la verdad ni debilitarla o disimularla “so pretexto de no ofender al adversario” y que cuidemos “de la belleza y elegancia del lenguaje” para que distingamos y adornemos los conceptos “con palabras tan luminosas que los lectores encuentren deleite en la verdad” (Cebolleda, ibididem).
¡Ah qué grande destino aguardaría a la prensa católica si fuésemos capaces de descubrir nuestra identidad, misma que proclama el Prólogo del Evangelio según San Juan; que “En el principio existía la Palabra / y la Palabra era Dios” (Biblia de Jerusalén). Dios es el principio de todo y por tanto lo es del lenguaje. Jesucristo usó el lenguaje con tal belleza y elegancia que no solamente nos mostró al Padre sino nos dio el camino para salvar el alma. Como advirtió Oscar Wilde en De profundis, en los evangelios no hay una sola palabra que falte, no existe una frase que se escape de la economía de la caridad. Una frase de Cristo es más grande que la obra del más grande poeta de todos los tiempos, desde Homero hasta Octavio Paz…
No podemos desligarnos de este origen. La primera tarea a la que tiene que atender la prensa católica es a la distinción en el uso del lenguaje. Y eso vale para la prensa impresa, electrónica, televisiva, radiofónica… Pero, sobre todo, para la escrita. Escribir bien es sinónimo de pensar bien. Y pensamos bien cuando somos capaces de juntar sentido y significado, la Palabra y el hecho. Poner a Cristo en el quiosco no es cuestión de buena voluntad (ni de ponerle nombres bíblicos a los periódicos católicos): es cuestión de la más grave competencia profesional, lingüística, incluso –si se me permite—artística.
¿Cuántas veces nos preocupamos de que los lectores encuentren “deleite en la verdad”? Valoramos más el mero hecho de salir cada semana, cada quincena, cada mes o cada día, que en rendir reverencia a la verdad por medio de la palabra. Si se me permite el alocado símil, la seña de identidad de las primeras comunidades cristianas era el amor, de tal suerte que al pasar la gente exclamaba “miren cómo se aman”; así la prensa católica debería arrancar la opinión generalizada de “miren qué bien escriben”.
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Escribir bien no hace –por sí mismo— que la prensa católica se distinga. Pero ayuda mucho. Sobre todo porque la tarea de ésta, de acuerdo a su identidad, es hacer ver (a los propios católicos y a los hombres y mujeres de buena fe) que “la Iglesia es el hogar natural del espíritu humano”, según la conocida frase de Chesterton.
Por falsa modestia, por no decir abiertamente, por ignorancia, nos da vergüenza siquiera pensar que nosotros, los creyentes, tenemos algo que decirle al mundo (y que es esencial que el mundo lo escuche). En esto, como en tantas cosas. Joseph Ratzinger nos quita los avergonzados o lo vergonzantes. En un debate en el año 2000 con el filósofo ateo Paolo Flores d’Arcais, el cardenal Ratzinger le dijo que “la cuestión de Dios no es una cuestión privada, entre nosotros, de un club que tiene sus intereses y hace su juego. Por el contrario, estamos convencidos de que el hombre necesita conocer a Dios; estamos convencidos de que con Jesús apareció la verdad, y la verdad no es la propiedad privada de alguien, sino que ha de ser compartida, ha de ser conocida” (Ratzinger, Flores d’Arcais, 2008, p. 29).
El hombre busca la verdad. Y la verdad es el Dios de Jesucristo. Por lo tanto, al difundir (ojalá que bellamente escrita) la verdad, la prensa católica invita a todos a volver a casa, a volver a la Iglesia, no como se vuelve a un oscuro hogar que nos aísla del mundo, sino como el punto de encuentro donde fe y razón se tocan, donde la totalidad del ser humano se escabulle del sistema de los objetos (del mercado) para situarse –cara a cara—frente a la eternidad.
Tal es la razón por la que Pío XI invitaba a los periodistas católicos a estudiar con diligencia, a no corromper la verdad descafeinándola, a profundizar con seriedad (como hacemos con las estadísticas del futbol o con los pronósticos políticos) en la doctrina de la Iglesia. No podemos anunciar la belleza de la verdad (su esplendor) si conocemos a medias sus fundamentos. Enamorarse de la verdad es enamorarse de Jesús. La palabra hebrea del conocimiento también es la del amor. Solamente amamos lo que conocemos. Y solamente conocemos (a fondo) lo que amamos.
La teoría de la recepción del público tiene su fundamento en la trabazón del medio y el mensaje tanto como en la capacidad del lector, del espectador, a moldear su mente frente al propio mensaje. Creo que debemos de dejar ya los pretextos de que somos malísimos escribiendo pero buenísimas personas para, sin dejar de ser discípulos, nos ganemos nuestro derecho a penetrar en los hogares y en las conciencias de los lectores y efectuar, desde ahí, la obligación de la misión permanente a la que nos ha llamado Aparecida.
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El hermoso libro de Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, demuestra cómo la cultura monástica de la Edad Media, sobre todo a partir de la Regla de San Benito, realizó la combinatoria de la que surge la identidad de la prensa católica y que puede ser resumida en la siguiente frase: “el buen estilo como homenaje a Dios” (Leclercq, 2009, p. 320).
Los monasterios no se conformaron con una vida parcelada, roturada por la fe. Ahondaron en la Palabra y extrajeron de ella maravillosos tesoros que, más adelante, fueron el cimiento del arte occidental, desde la poesía hasta la pintura. Partían del hecho de que si la Biblia es un libro escrito con arte, los escritores cristianos “no tenían por qué renunciar a este modo de expresión” (Leclercq, ibididem). Al tiempo que recuperaron la cultura clásica (la griega y la latina, sobre todo la griega), los monasterios propiciaron una cultura nueva, nuestra cultura. Nació empapada de la verdad. Poco a poco la hemos ido secando. Poco a poco, en un movimiento de resaca, por nuestro excesivo culto a la flojera, hemos ido desmoronando el edificio de la cultura católica de occidente para dejar que se llene de nada.
Gabriel Zaid denuncia este movimiento de abandono en su conocido ensayo “Muerte y resurrección de la cultura católica” (Imdosoc, 1992). Los católicos (mexicanos) fuimos protagonistas del desarrollo cultural del país hasta principios del siglo pasado, digamos que hasta la anticatólica Constitución de 1917. Luego, desaparecimos y dejamos que todo el siglo XX (también lo que va del XXI) la vanguardia creadora no fuera católica. Nos metieron (o nos metimos) en un gueto. Dejamos de ser modernos y nos convertimos en “una cultura marginal, en las metrópolis de la cultura dominante” (Zaid, p. 38).
Salimos de la polémica. Nos arremolinamos apiñados en nuestras zonas de confort. Como se suele decir vulgarmente, nos arrebujamos en las sacristías. Cierto que hubo una persecución violentísima (1926-1929), una guerra con 250 mil muertos (la cristiada); un intento por hacer desaparecer a la Iglesia (Calles, Portes Gil, Rodríguez, Ortiz Rubio), de volver marxista al Estado mexicano (Cárdenas se quedó en la educación) y, después, hasta hoy, una simulación constante, en la cual los gobernantes prohíben las escuelas católicas y mandan a sus hijos a estudiar en ellas… Pero de ahí a jugar al escondite hay un enorme trecho: la cultura católica (de nuevo Zaid) pasó “de excomulgadora a excomulgada”.
Y eso también se puede ver en la prensa católica. Tanto El Tiempo de Victoriano Agüeros, que funcionó de 1883 a 1912, como El País, dirigido por Trinidad Sánchez Santos y que circuló de 1899 a 1914, llegaron a ocupar un lugar primordial en la prensa nacional. Según Manuel Ceballos (“Las lecturas católicas” en Historia de la lectura en México, Colmex, 1988, p. 187), El País llegó a tirar 250 mil ejemplares diarios. Quizá más que ninguno otro periódico hasta la fecha. Y el 12 de diciembre de 1909, al celebrarse en Ciudad de México el Congreso de Periodistas Católicos (quizá el antecedente de este Encuentro), Jorge Adame Goddard (El pensamiento político y social de los católicos mexicanos, 1867-1914, p. 196) enlista hasta 39 periódicos católicos que van La hoja dominical de Monterrey o La tribuna católica de Ciudad de México a El buen combate de Cotija, Michoacán y El reproductor, de Villanueva, Zacatecas.
Si la prensa católica no es polémica, si no participa en la conformación de la cultura, si se esconde detrás del ambón y suspira por tiempos idos, la prensa católica es poca cosa. Por lo menos, no es lo que quiere Jesús de ella. Ni los lectores católicos.
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Hace tiempo debí definir identidad. Voy a hacerlo de la manera más problemática posible con el filósofo y “padre del existencialismo” Martin Heidegger quien, en su lenguaje intrincadísimo, dejó escrito que “la esencia de la identidad es una propiedad del acontecimiento de transpropiación” (Identidad y diferencia, 1988, p. 91). En la fórmula A = A, A no es lo mismo que A sino los elementos de A se transpropian a A. Dicho lo cual, la esencia de la identidad de la prensa católica es el acontecimiento mediante el cual la doctrina de la fe se transpropia a las páginas de un periódico, de manera tal que el periódico (A) remita a la Iglesia (A) y la Iglesia (A) remita al periódico (A).
No se trata de un acuerdo: es una simbiosis en la cual cada miembro conserva su posición de diferencia pero, también, de similitud gozosa. Son distintos, pero no separados. En la Iglesia se guarda el depósito de la fe. En la prensa católica se difunde ese depósito. Pero es la misma fe. A la Iglesia le corresponde guardar las llaves. A la prensa católica, mostrar el contenido del cofre del tesoro. ¿Quién está capacitado para mostrar este contenido? El laico y el sacerdote pero sin confundirse de acción: a ninguno le corresponde –según Jacques Maritain (Humanismo integral, 2001, p. 367)-- “hablar en nombre del catolicismo o arrastrar a mi camino a los católicos como tales”.
A primera vista, la tesis de Maritain es incorrecta. Pero sólo a primera vista. Porque bien mirado tiene toda la razón: nadie puede hacerse responsable de enredar a la Iglesia (una realidad espiritual) en las acciones temporales o que se dan en el plano temporal. El periódico católico (por el hecho de ser periódico) tiene que estar presente en el plano temporal. No puede juzgar las cosas que suceden “en nombre del catolicismo”, como tampoco en nombre de la Iglesia y mucho menos en nombre de Jesús.
“¿Hay, pues, que abandonarlo todo? ¿Hay que renunciar aún a la idea de una prensa católica, o pensar que la única prensa católica aceptable sean las Semanas religiosas o los Boletines diocesanos, y aún sólo en su parte oficial?”, nos interpela Maritain. Él mismo responde que no es así, que hay “adquirir conciencia del problema y resolverlo distinguiendo dos tipos esencialmente diversos del periodismo: unos específicamente católicos y religiosos, católicos –por consecuencia—de denominación; otros específicamente políticos o ‘culturales’, que es preciso, en verdad, desearlos católicos, pero católicos de inspiración no de denominación” (Maritain, ibid., pp. 367-368).
Los de denominación, explica Maritain, tienen que llevar dos partes: una de acción católica y otra de información. Se trata de hallar un tipo de periódico católico “que pudiera, por una parte, darles formación doctrinal católica de la cual sienten necesidad, explicarles (a los fieles) y comentarles las encíclicas pontificias y los actos pontificios, hacerles conocer las grandes síntesis de la sabiduría cristiana, política y social; y, por otra parte, ofrecerles una información exacta y objetiva sobre todos los aspectos de los problemas temporales de la época, permitiéndoles escapar así a la atmósfera envenenada de mentiras de que son responsables las excitaciones de los partidos” (Maritaín, ibid., p. 369).
Los de inspiracióncatólica son los que eligen una posición política y social y una línea editorial muy concreta en función de los intereses de la Iglesia, sí, pero también de los bienes temporales. Son los que dependen de la iniciativa de particulares o de grupos fundadores. “Sin duda, mientras su inspiración es verdadera e íntegramente cristiana, dan testimonio del Evangelio y sirven de manera eficaz a la penetración del cristianismo en el mundo y en la vida. Pero el fin propio y directo al que apuntan no es el apostolado, es una obra temporal que cumplir, una verdad temporal que servir, un bien terrenal que asegurar”. (Maritain, ibid., p. 370).
Los de denominación son, pues, específicamente religiosos, yo quisiera decir, diocesanos. Su identidad está marcada por ser una prensa especializada que dota al lector de doctrina y que la doctrina vigila la información. Los de inspiración están en la batalla cotidiana, respondiendo a una necesidad vital de los lectores: poder ver al mundo con las gafas católicas. Estos son los periódicos de los laicos al servicio de la Iglesia, en comunión con ella, pero actuando desde una esfera independiente.
Ambos periódicos –los diocesanos oficiales y los laicales no oficiales-- son necesarios en el espectro de la presencia de la Iglesia en el mundo de la prensa. Pero –advierte Maritain—no deben confundirse. La hibridación es perniciosa porque “las esencias piden ser respetadas”. Pero si no deben confundirse, sí deben fundirse. Nada es más depredador para la Iglesia que la desunión. La fábula de los cangrejos mexicanos (que, en un restaurante internacional de cangrejos tienen la cubeta destapada porque no hay necesidad de taparla: cada vez que uno va a salir los otros le jalan la tenaza y lo vuelven a la mediocridad), que tan bien “funciona” en otros ámbitos, en el de la Iglesia católica no tiene cabida. Y sí la tiene, flaco favor le estamos haciendo a Nuestro Señor.
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Sea de inspiración o de denominación católica, la prensa católica tiene que estar bien escrita, elegantemente escrita, profundamente comprometida con el ser humano en su dolor y en su esperanza, y avanzar en el camino de un orden social, político y económico justo, un orden católico, como lo definió Etienne Gilson, en el que se privilegie a la persona sobre los intereses de los partidos y del poder.
El orden actual “no solamente nos desmoraliza al descristianizarnos, sino que trabaja para embrutecernos” dice Gilson (Por un orden católico, 1936, p. 17). La misión de la prensa católica es hacer girar la rueda de la sociedad en sentido inverso: recristianizar y desembrutecer. No se recristianiza edulcorando el mensaje del Evangelio ni repitiéndolo mil veces. No se desembrutece mediante un lenguaje primitivo, balbuceante, incoherente. También en el periodismo católico funciona la frase que acuño don Jesús Reyes Heroles para la vida política: “forma es fondo”.
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La tarea es mayúscula. Pero no imposible. La unidad de los periódicos católicos, el reconocimiento de su identidad, de la pertinencia del Evangelio en la era de la información, la convicción de que “la verdad nos hará libres” y de que todo hombre busca el Absoluto de Dios, ha de ayudar a cumplirla.
Los enemigos son muchos. A veces demasiados. A veces habitando el jardín del al lado. El que empuña el arado y mira atrás no sirve para Cristo. A la valentía del deber hay que unirle la humildad de la caridad. Hay que decir bien a Cristo, incrustarlo en los lenguajes modernos de la comunicación, hay que hacer una prensa respetable y respetada, acuciosa y vivaz, polémica, forzuda, batalladora, formidablemente informada, absolutamente enamorada de la cruz. Hay que hacer una prensa que limpie la cultura y que, mediante la espiritualidad cristiana, renueve la civilización.
Tenemos el mayor consuelo: el Señor está con nosotros si nos unimos en oración y en la acción por el bien. Tenemos futuro, un gran futuro. En 1845, tras los embates de Voltaire, del iluminismo, del liberalismo, de la masonería y de un largo etcétera, Charles Forbes, conde de Montalembert, publicista y político francés concluyó una sesión del Parlamento diciendo: “La Iglesia católica tiene la victoria y la venganza aseguradas contra aquellos que la calumnian, la encadenan y la traicionan: su venganza es pedir por ellos y su victoria, sobrevivirlos”.
Lo que es válido para la Iglesia lo es también para la prensa católica.
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El 15 de octubre de 1890, el Papa León XIII expresó:
Puesto que el principal instrumento empleado por nuestros enemigos es la prensa, que en gran parte recibe de ellos inspiración y apoyo, sería importante que los católicos opusieran a la prensa inicua una prensa que fuese buena para la defensa de la verdad, del amor a la religión y para el conocimiento de los derechos de la Iglesia… Es deber de los fieles apoyar eficazmente a esa prensa, tanto rechazando como dejando de favorecer de cualquier modo a la prensa inicua, y también directamente cooperando, en la medida en que cada uno pueda, para que viva y se desarrolle.
Ciento veintiún años más tarde seguimos en la misma tesitura. Y pidiendo lo mismo: apoyo. Pero no podemos pedir apoyo si lo que damos son migajas a Dios. A Dios hay que darle lo mejor. Y a la Iglesia. La identidad de la prensa católica es la vecindad con la verdad, con la civilización del amor, con el corazón del hombre.
Ésta es la “prensa libre” de la que habló Hilaire Beloc, la que tendrá éxito “en su finalidad principal que es dar a conocer la verdad”. La que se constituye, desde su identidad, como un mapa para llegar a Dios. La que nos pide el México de hoy. La que nos exige Jesucristo, nos implora la Virgen de Guadalupe y la que nos han de comprar los fieles cada domingo.
La otra, la que vive fuera del tiempo, creyendo que, porque se dice católica va a ser prensa aceptada, leída, apreciada y formadora de opinión pública, es una prensa trasnochada, que se avergüenza de Jesús y que a semejanza de la Iglesia “clientelar”, aspira a un mundo fantasmagórico y confuso de “puros” y “biempensantes” que nada tienen que ver con los católicos de a pie. Los católicos que necesitan, sin saberlo, que les acerquemos la libertad en la verdad.
Sunday, July 24, 2011 12:03:54 PM
Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel
SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 23 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título “La costumbre o el Evangelio”.
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VER
El presidente municipal de una población indígena me dijo que todos sus habitantes, como condición para vivir en el municipio, deberían hablar el idioma nativo, vestir la ropa tradicional, participar en todos los ritos y celebraciones, practicar las costumbres de los mayores, asumir los cargos comunitarios obligatorios. Si alguien no lo aceptara, sería expulsado, pues allí no valen la Biblia ni la Constitución, sino las tradiciones, que son la norma última de vida. Si se deja de cumplir el más mínimo detalle de los ritos, parecería que se pierde su eficacia más bien mágica, que expresión de fe. Quieren ser totalmente distintos a todos, lo que, por cierto, les genera dividendos políticos y muy buenos ingresos económicos, por el turismo, que busca algo no visto en otras partes, y por el consumo de velas, incienso, alcohol y otros implementos que exige la costumbre.
En poblaciones urbanas mestizas, la fuerza de la costumbre es semejante. Cuando pregunto la historia y el sentido de celebraciones, ritos, fiestas, horarios, normas y símbolos, la única y repetida respuesta es: Así es la costumbre… ¡Y ay de aquél que la quiera cambiar! No valen razones, ni de la ciencia ni de la fe.
JUZGAR
Jesucristo asume una admirable y difícil actitud: Por una parte, practica, respeta y valora las tradiciones judaicas; por otra, con toda libertad las critica y las cambia, cuando se han hecho esclavizantes y contrarias a la razón por las que fueron prescritas por el mismo Dios; sobre todo, cuando son pretexto para no amar al prójimo. Por esta actitud, fue no sólo duramente criticado y rechazado, sino condenado. Su libertad es nuestra libertad.
El Papa Benedicto XVI cita esta frase de Tertuliano: “Cristo no dijo: ‘Yo soy la costumbre’, sino ‘Yo soy la verdad’”. Y tomando como base lo que expresa al respecto un comentarista, afirma: “El concepto de costumbre puede significar las religiones paganas que, según su naturaleza, no eran fe, sino que eran costumbre: se hace lo que se ha hecho siempre; se observan las formas cultuales tradicionales y así se espera estar en la justa relación con el ámbito misterioso de lo divino. El aspecto revolucionario del cristianismo en la antigüedad fue precisamente la ruptura con la costumbre, por amor a la verdad… Si Cristo es la verdad, el hombre debe corresponder a él con su razón. De aquí se comprende que la fe cristiana, por su misma naturaleza, debe suscitar la teología; debía interrogarse sobre la racionalidad de la fe… El amor quiere conocer mejor a aquel a quien ama. El amor, el amor verdadero, no hace ciegos, sino videntes. De él forma parte precisamente la sed de conocimiento, de un verdadero conocimiento del otro. Por eso, los Padres de la Iglesia encontraron los precursores y predecesores del cristianismo no en el ámbito de la religión consuetudinaria, sino en los hombres que buscaban a Dios, que buscaban la verdad, en los filósofos: en personas que estaban sedientas de la verdad y por tanto se encontraban en camino hacia Dios” (30-VI-2011).
ACTUAR
Seamos personas sedientas de verdad; preguntemos el porqué de las costumbres; usemos la razón y el juicio, para discernir qué hay de verdad y de bien en las tradiciones, y qué es contrario a la razón y a la fe. No nos escudemos en que eso es lo que siempre se ha hecho. Deben tener una razón, una justificación, una finalidad, un sentido; de lo contrario, pueden degenerar en esclavitud, ignorancia, atraso, manipulación con fines ideológicos, políticos, económicos o religiosos.
En el Evangelio, en la persona y en las enseñanzas de Jesús, encontramos una luz que nos lleva a la verdad. Las costumbres y tradiciones que estén conformes con Cristo, son verdaderas y buenas; las que sean contrarias, hay que desecharlas. Pero debemos actuar con prudencia y respeto, con suficiente información, para no condenar como negativo algo que quizá no conocemos bien, pero también con audacia y constancia. Nuestra fe no son costumbres sin fundamento, sino relación personal con Jesucristo, que nos transforma. Una costumbre que no lleva a un cambio de vida, a la justicia y al amor fraterno, carece de valor y hay que relativizarla o dejarla.
Sunday, July 24, 2011 3:29:41 AM

Si realmente deseas vencer esa sensación
de tristeza, de desaliento, de no estar haciendo
lo que sientes o lo que quieres:
¡No debes nunca renunciar a tus sueños!
Si quieres destronar la tristeza y construir la realidad.
Si quieres que tu alegría se vuelva a grabar en tu aspecto,
porque éste está permanentemente inexpresivo,
triste, y la angustia te envuelve y no te deja pensar.
Si quieres dejar de abandonarte al fracaso,
que tus planes se desmoronen, tus ilusiones
se quiebren, y tus sueños se pierdan.
Si es así, entonces, no te rindas, ni a la derrota,
ni al olvido, ni al cansancio, ni a la tristeza,
ni a la melancolía que envuelve y no deja pensar.
No renuncies nunca a tu verdad, por más
que otros no la vean o no te crean.
¡No te rindas!
En medio de la tormenta, que puedas vivir
eternamente, vive un sol que resplandece
y que en cualquier momento, si sigues creyendo,
si no renuncias, dibujará un arco iris
que te llenará de color, alejando a la tristeza.
No renuncies nunca a tus sueños, ni a ser feliz.
Es necesario creer, pese a todas las caídas
y fracasos, darte una nueva oportunidad para ser
quien realmente eres, tal como quieres.
Cumplir tus sueños, o crear otros y vivirlos.
Recordar esos momentos de sueños cumplidos,
la alegría, el calor que sentías en tu piel y en tu corazón,
la fuerza, la magia, la sonrisa; esa sonrisa que te sostiene,
que no se da por vencida, que busca nuevos caminos,
que triunfa por encima de los recuerdos tristes,
borrándolos y dejando los sueños limpios, renovados
y listos para crecer. Presta atención a lo que te dices
a ti mismo cuando hablas mentalmente.
Es ahí donde debes empezar a hacer los cambios.
Niégate a pensar con pesimismo, hazte el hábito
de sustituir los pensamientos negativos con positivos,
antes de que los primeros terminen de ser expresados.
Trata de buscar los pensamientos destructivos
que hay en tu voz interior. Aprende a aprovechar
y disfrutar de lo que tienes y deja de lamentarte
por lo que no tienes.
La fe y la confianza en Dios te evitará la tristeza.
Si tu vida está con Dios, tendrás una existencia plena
de alegría, aún en situaciones en las que otras personas
han de estar tristes. Trata de ayudar a otros a vencer
su tristeza y verás que ese es el mejor remedio
para ti mismo. Cuando trates de ayudar a los demás
a salir de su estado de tristeza, no le exijas la perfección.
Agradece a Dios por los éxitos obtenidos, aunque
fueran parciales, y trata de aprender de los errores
del pasado y tómalos como cimiento para tu futuro.
Recuerda siempre que detrás de la Tormenta
siempre Sale el Sol y que el Tiempo es el mejor maestro,
es quien cura todas las heridas.
Sunday, July 24, 2011 3:22:02 AM
anticoncepción
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Que María ayude a los llamados al matrimonio a descubrir la belleza de un amor auténtico y profundo, vivido como don recíproco y fiel.
Benedicto XVI
La idea equivocada de la anticoncepción
Autor: Natalie Hudson
Fuente: CatholicCulture
Aclarar las ideas erróneas es uno de los principales objetivos de cualquier organización que esté a favor de la vida. Uno de los elementos más significativos en la batalla por una cultura pro-vida es atraer la atención de las personas para que sepan que la anticoncepción no es la solución al aborto, sino parte del problema.
El lazo entre la anticoncepción y el aborto
Cuando alguien está empezando a recibir información sobre el aborto, debe percatarse de que este es un gran mal moral y que la sociedad incita a hacer uso de los anticonceptivos y “protegerse”.
La idea es que la anticoncepción, (y eso incluye las píldoras del día siguiente y la píldora de emergencia) previenen una intervención quirúrgica para abortar.
Sin embargo , los hechos mostrarán que la anticoncepción, usada para reducir el aborto, está teniendo consecuencias directas, sobre todo en los jóvenes.
La historia de la anticoncepción es larga y por lo general rodeada de controversia.
Basta con decir que la ley de muchos países reconocieron que legalizar la anticoncepción no estaba entre sus principales intereses. Todo cambió con la Revolución Sexual.
En Canadá, la píldora de control de nacimiento fue legalizada en 1969, el mismo año que se legalizó el aborto. El año siguiente Canadá reportó 11, 152 abortos. Tristemente las cifras actuales son de 106, 418. La OMS reportó que el 86% de las mujeres canadienses de entre 15 y 44 años usaron la píldora anticonceptiva.
Mentalidad anticonceptiva
La Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos en la Planeación de Paternidad contra la decisión de Casey conectaron el aborto con la anticoncepción.
“... en algunos aspectos el aborto tiene las mismas características que la decisión de usar anticonceptivos... Por dos décadas de desarrollo social y económico, la gente ha organizado relaciones íntimas que les permiten definirse a ellos mismos y su lugar en la sociedad, dependiendo de la posibilidad de abortar en caso de que los anticonceptivos fallen”. (1)
No existe una cultura ni subcultura que haya permitido la utilización de métodos anticonceptivos y no haya después legalizado el aborto.(2)
Al tiempo en que la aceptación de la anticoncepción crece, también la del aborto se incrementa. ¿Por qué este es el caso? Por que en la raíz de la anticoncepción está la noción de que una pareja puede comprometerse sexualmente evitando y rechazando sus consecuencias naturales.
Las parejas que no planearon tener un hijo y usaron anticonceptivos, son más propensas a abortar que otras.
La anticoncepción altera nuestro entendimiento sobre la sexualidad cambiándole el propósito.
Los efectos de esta afectan la manera en que entendemos las relaciones, los roles y a nosotros mismos.
La anticoncepción ha sido promovida a lo largo de la historia como la emancipación de las mujeres, sin embargo, irónicamente la ha llevado a la deshumanización.
El cuerpo de la mujer se ha convertido en un campo de prueba para grandes compañías farmacéuticas que buscan obtener ganancias a partir del mito de que las consecuencias naturales del sexo pueden ser evitadas.
Las mujeres pierden el contacto con su cuerpo mientras su ciclo menstrual es controlado; la anticoncepción también puede ser utilizada para esconder evidencia de abuso del que sufren algunas mujeres marginadas.
La solución no es ir en contra de la naturaleza. La solución es que nos convirtamos en agentes morales en la toma de decisiones.
La gente rara vez habla de las virtudes en nuestros tiempos, pero Aristóteles sabiamente notó que la felicidad es encontrada en una vida virtuosa.
La libertad y la felicidad pueden ser encontradas en el autocontrol y en la práctica de virtudes como la moderación, la humildad y la generosidad.
Con respecto a la sexualidad humana, eso significa que ser generoso es decir “si” a la vida. (Esto no quiere decir que cada que una persona tenga relaciones sexuales deba concebir. Decir que “si” a la vida es estar abiertos a la posibilidad de nueva vida incluso durante los largos periodos infértiles del ciclo de las mujeres).
Como el Dr. Bernard Nathanson dijo, “no es que la anticoncepción cause un aborto, sino que los dos son causados por la perversión de la autonomía, usando ese poder para detener la vida en vez de darle la bienvenida.
Anticoncepción: una forma de aborto en si misma
La anticoncepción, en forma de píldora no es capaz de prevenir usar el aborto como recurso, pues es un aborto a su manera. La píldora, incluyendo la del día siguiente tiene dos propósitos principales. Primero, la píldora actúa para inhibir la ovulación. Esto lo hace engañando al cuerpo suponiendo un embarazo ficticio. Una vez que el cuerpo “cree” que está embarazado, cesa la ovulación.
Tres o cuatro veces la ovulación se desatará accidentalmente, y si la mujer es sexualmente activa, corre el riesgo de quedar embarazada.
La segunda acción de la píldora es alterar el forro del útero con el propósito de prevenir que el embrión se implante (un acto abortivo).
La principal función de la píldora del día siguiente es un aborto.(3)
La caída
Al tomar el acto sexual como un hecho aislado a la procreación de una vida humana ha encaminado a un falso sentido de “libertad sexual” y con ello al descuido de la responsabilidad que debería acompañar al sexo.
Nuestra juventud debe soportar el sufrimiento de este cambio de actitud. El Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos ha declarado:
“Por una gran variedad de razones de comportamiento, biológicas y sociales, las enfermedades de transmisión sexual, afectan de manera desproporcionada a adolescentes y adultos.(4) En 1997, mujeres de entre 15 y 19 años reportaron los índices más altos de clamidia y gonorrea, y los hombres de 20 a 24 fueron los que reportaron el índice más alto en estas dos enfermedades.(5) La infección de el herpes aumentó en personas de entre 12 y 19 años casi cinco veces más del periodo de 1976 a 1980, al 1988 a 1994.(6)
Efectivamente, por que no todos los adolescentes son sexualmente activos, el índice actual de las ETS es probablemente mayor que el que reportan las estadísticas.”(7)
La OMS asegura que “el predominio de las ETS que no son el SIDA, en particular sífilis, clamidia y gonorrea, son las más altas entre jóvenes de 15 a 29 años.”
Con respecto a los embarazos en la adolescencia, la OMS notó que “entre 1987 y 1994 el índice de estos embarazos era mayor al 20%.”
Los embarazos fuera del matrimonio entre jovencitas sexualmente activas no fue menor de 1988 a 1995, al contrario, incrementó un 29%, a pesar de un 33% en el aumento de uso del condón.(8)
El índice de errores en los anticonceptivos son mayores en parejas que no están casadas y en adultos jóvenes.
“Los errores son mayores en personas que viven en unión libre y mujeres solteras que en casadas, en mujeres africanas e hispanas y mujeres jóvenes que están por los 20 años de edad.
Por ejemplo, las mujeres que no están casadas pero viven en unión libre tienen un margen de error con los anticonceptivos de 47% en el primer año de usarlos.”(9)
Las relaciones sexuales entre adolescentes puede ser una fuente de sufrimiento y dolor para toda la vida. No solo viven con el miedo de estar en peligro de un embarazo no deseado y contraer enfermedades venéreas, sino que sus relaciones también son inestables por lo que pueden tener consecuencias a futuro muy negativas.
Una serie de malas experiencias amorosas puede afectar en el compromiso o en el matrimonio en el futuro en esas personas. En general, el 50% de las personas que tienen relaciones sexuales antes del matrimonio tienen más posibilidades de divorciarse en un futuro que las que no las tienen relaciones.(10)
Con un 80% de mujeres abortando por tener relaciones fuera del matrimonio,(11) no es difícil ver que las relaciones sexuales son la principal causa de abortos.
La solución
Imaginemos una cultura en donde la virginidad sea venerada en vez de ridiculizada, consideremos el impacto de los medios de comunicación si ellos promovieran el sexo hasta después del matrimonio y la fidelidad en el mismo.
Imaginemos que MuchMusic en vez de promover y glorificar el sexo antes del matrimonio, promoviera la vida. Eso se ha hecho, pero no en nuestro continente.
Uganda a estado promoviendo la castidad por medio de Yoweri Museveni en la última década en los medios de comunicación. E n el 2002, el Dr. Vinand Nantulya, un especialista en enfermedades infecciosas quien ayudó a Museveni dijo
“los habitantes de Uganda no tienen que optar por el condón, ellos están respondiendo a una cultura de responsabilidad sexual.”
Para el 2002, el número de mujeres embarazadas en Uganda que salen positivo en el estudio de VIH se ha reducido de un 21.2% a un 6.2%.
Pro el contrario en Kenya es de 15, en Zymbawe de 30% y en Botswana es de 38%. Desgraciadamente en esos países proponen al condón como la principal forma de detener el VIH.(12)
El reporte del New Republic afirma:
“Por mucho, lo que ha propiciado el éxito en Uganda es la drástica reducción de paternidad entre los adultos. Entre mujeres de 15 años y mayores, los números que reportan múltiples parejas sexuales ha bajado de un 18% a un 8%. Con respecto a los hombres también ha habido una reducción en cifras. Las jóvenes de Uganda que tienen relaciones a los 17 años aproximadamente, también se reportan casadas en un 76%, mientras que en otros países las que contraen matrimonio solamente son el 37%.
Aquí en Norteamérica el éxito de la educación de abstinencia se ha hecho evidente. Un estudio siguió a 12,000 adolescentes del séptimo al doceavo grado. El estudio encontró que uno de los factores más importantes para disminuir la actividad sexual y otras actitudes de riesgo fueron la clara expresión de sus padres quienes desaprueban estas relaciones prematuras y el uso de anticonceptivos. El estudio mostró que la promoción del uso de métodos anticonceptivos indirectamente anima a la gente a tener relaciones sexuales.
La educación de abstinencia si funciona
La abstinencia hasta el matrimonio puede ser promovida y practicada. Numerosas pruebas que basan su programa en la abstinencia prueban ser más efectivas que hablar y promover la anticoncepción.
Mas de una docena de programas en Canadá y EEUU muestran una reducción en la actividad sexual entre jóvenes.
En el 2001, una evaluación de efectividad del programa “Promesa de Virginidad” demostró que este programa fue de gran ayuda en los adolescentes para retardar su vida sexual.
De acuerdo con los autores del estudio que estaba basado en una muestra de más de 5,000 estudiantes, el hacer la promesa de virginidad reduce un tercio las posibilidades de que un adolescente inicie su vida sexual con respecto a otros.
Cuando se hace una promesa de virginidad, respaldada con un contundente desapruebo por parte de los padres, la posibilidad de que los adolescentes retarden su vida sexual es de 75% o más.(13)
El porcentaje de adolescentes que eligen la abstinencia ha ido creciendo día a día, y la mayoría de ese crecimiento ha sido por parte de los varones.
En 1997, el 51% de los adolescentes no habían tenido relaciones sexuales, esto se compara con el 39% en 1990.(14)
Promover la abstinencia y métodos de fertilidad natural están dándole fuerza a las mujeres. Están aprendiendo a leer su fertilidad a través de su ciclo menstrual y están ganando conocimiento sobre la sexualidad en aspectos de salud.
También están evitando usar anticonceptivos de prueba que las farmacéuticas utilizan en ellas antes de traerlos a los países primermundistas. Los anticonceptivos químicos ponen en riesgo a las mujeres de escasos recursos, ya que no tienen acceso a tratamientos o atención médica cuando estos anticonceptivos tienen reacciones negativas.
Combatir la idea de que los anticonceptivos son la solución para evitar abortos y embarazos no deseados es el primer paso para curar nuestra cultura.
Educar sobre el pensamiento anticonceptivo bajo el pretexto de “lo harán de cualquier forma” no es una solución, se necesita la ayuda de los padres, maestros o tutores que puedan influir para evitar las relaciones premaritales.
Concebir un nuevo ser humano debería estar ligado a tener relaciones sexuales con este propósito específico.
Respetar la vida humana significa respetar el proceso por el cual el ser humano llega al mundo. Nuestro “si” a la vida no puede ser condicional. Debe ser absoluto, en todo momento y en cualquier circunstancia en la que la vida es posible.
Traducción: Diana Zanatta
Notas
1 Planned Parenthood of Southeastern Pa. v. Casey (91-744), 505 U.S. 833 (1992)
2 Fr. Frank Pavone of Priests for Life and Fr. Paul Marx of Human Life International
3 Fabienne Grou, MD; Isabel Rodrigues, MD, M PH, "The morning after pill - How long after?";American Journal of Obstetrics and Gynechology; Dec. 1994, pp. 1529-1534
4 Alan Guttmacher Institute. Sex and America´s Teenagers. New York, NY: the Institute, 1994.
5 CDC, Division of STD Prevention. Sexually Transmitted Disease Surveillance, 1997. U.S. Department of Health and Human Services (HHS), Public Health Service (PHS). Atlanta, GA: CDC, September 1998.
6 Fleming, D.T.; McQuillan, G.M.; Johnson, R.E.; et al. Herpes Simplex Virus Type 2 in the United States, 1976 to 1994. New England Journal of Medicine 337:1105-1111, 1997. PubMed; PMID 9329932
7 Cates, W. Epidemiology and control of sexually transmitted diseases in adolescents. In: Schydlower, M., and Shafer, M., eds. AIDS and Other Sexually Transmitted Diseases. Philadelphia, PA: Hanly & Belfus, Inc.,1990, 409-427.
8 The Declines in Adolescent Pregnancy, Abortion and Birth Rates in the 1990s: What Factors are Responsible?
The Consortium of State Physicians Resource Councils, USA, 2001.
9 1995 National Survey of Family Growth (NSFG) and 1994-1995 Abortion Patient Survey (APS)
10 Joan R. Kahn and Kathryn A. London, "Premarital Sex and the Risk of Divorce," Journal of Marriage and the Family, November 1991, pp. 845-855.
11 The Allen Guttmacher Institute: 1973-1996: Henshaw SK et al., Readings on Induced Abortion, Volume 2: A World Review 2000, New York: AGI, 2001, Table 7. 1997-1999: Distributions published by the Centers for Disease Control and Prevention, adjusted for year-to-year changes in the reporting states.
12The New Republic; UGANDA V. CONDOMS, Sex Change; by Arthur Allen. Post date: 05.16.02
13 Peter S. Bearman and Hanna Bruckner, "Promising the Future: Virginity Pledges and First Intercourse," American Journal of Sociology, Vol. 106, No. 4 (January 2001), pp. 861, 862. The effects of a virginity pledge were shown to be statistically significant at the 95 percent confidence level.
14 "The Declines in Adolescent Pregnancy, Abortion and Birth Rates in the 1990s: What Factors are Responsible?" The Consortium of State Physicians Resource Councils, USA, 2001.
Saturday, July 16, 2011 3:38:59 AM

Cuando el dolor, la desesperación, la enfermedad
o la muerte, van invadiendo los rincones más vulnerables
de nuestra alma, buscamos como niños huérfanos,
abrazarnos al ser que nos sane las heridas más profundas,
más dolorosas e inexplicables: entonces buscamos a Dios.
Nos aferramos a la Fe, que a veces, se despierta
dentro nuestro, tan débil y tan frágil, que pareciera
que no nos puede llevar hasta Dios, y confundidos
preguntamos el porqué de tanto dolor y tanto desamparo,
sin encontrar la respuesta ni el consuelo.
Y sin embargo, está ahí, basta solo con orientarla
hacia Jesús, que naciendo Rey vivió siempre pobre;
siendo el Mesías, tuvo que huir y vivir en el exilio;
siendo el Salvador, tuvo que sufrir el desprecio de los necios,
conociendo el dolor insoportable de la muerte en la cruz,
aceptándolo por Amor, ofreciéndolo por este mundo extraño,
que se ama y odia, desde lo más hermoso y sublime
hasta la indiferencia y la muerte más descarnada.
Pero de pronto, en el medio de la desesperación
y de la pena, Jesús toca nuestros corazones,
y la Fe se vuelve ciega e infinita, y nos hace conocer
el éxtasis del Amor, de la Entrega, de la Humildad,
nos hace valorar y amar tanto a Dios, que aceptamos
sus designios, sus caminos, a veces demasiado tristes
pero siempre santos, y su mano sana nuestros corazones
heridos, calma nuestros llantos desesperados,
alivia nuestros dolores.
Siempre Dios, siempre el Amor que nunca falla.
Es verdad que los milagros aumentan nuestra Fe,
pero cuando oramos con Fe, y los milagros
no se producen, no quiere decir que Dios no nos ama,
sino sea tal vez, que su plan es más grande,
y es más grande aún todavía, su abrazo tierno y glorioso
hacia ese hijo amado que está sufriendo.
Orar, a veces, no cambia las cosas que ocurren,
pero cambia para bien nuestros corazones.