My Opera is closing 3rd of March

PETER "MIGOR" FINE ARTS

Painting, Sculpture, Cultural Management, Poetry, Local Chronicle.

Historias contadas:1

MANGARITA LA LOCA


Allá al fondo del valle fluvial en una grieta azul, profunda y obscura; entre montañas azules de solida pizarra, perdido en las nubes del cielo, sobre cantos rodados de antiguo glaciar de infinitos tamaños y colores, con musgos y líquenes por todas partes creciendo sobre el verdín omnipresente de los empedrados simétricos de sus calle. El viejo pueblo, húmedo y frio, junto al cauce de un pequeño y torrentoso rio de aguas grises, con peces grises, con ranas grises con vegetaciones grises con arenas grises. Esperando el sol de las nueve de la mañana para pintar sombras aún más azules y profundas, y luces vertiginosas sobre todos los objetos inmóviles, hasta las tres de la tarde. Cuando el sol desaparece sobre la cordillera y la sombra definitiva de la noche lo envuelve todo en un sólido paquete verdeazul de cristal húmedo moteado por el brillo de las estrellas distantes, hasta el día siguiente.
-¡vaaa el sereno veladuuuur...! ¡son las tres de la mañana...! Gritaba con aguda voz el hombrecito de mínima estatura. Su enorme cabeza apenas sobrepasaba los zócalos pintados de verde, azul o rosa de las casas. Firmemente enfundado en su enorme ruana negra, gorro de lana y sobre todo el atuendo un viejo sombrero astroso y desgastado por el uso. Nadie supo nunca que podía llevar debajo de la ruana porque jamás se quitó tal prenda en público. También leía los decretos del alcalde y fungía de cartero.
-Vaaa el veladuuuur... con guenas nuevas...! son las tres de la mañana...! Encargado de encender y apagar los seis faroles del pueblo. Rondaba por las calles vacías después de las doce de la noche y solo cantaba su pregón después de las tres de la mañana cuando sonaba el primer repique de campana llamando los parroquianos al sacramento.
-¡Oiga velador! -Le decían los chistosos- deje de gritar la guevas nuevas, ¡que es esa joda suya! ¡Se dice buenas nuevas, buenas nuevas! -reiteraban y se echaban a reír- una sombra fugaz le cruzaba por su rostro regordete y enrojecido como la gente de alta montaña. Después simplemente se echaba a reír y se marchaba indiferente a las burlas.

A los ricos del pueblo les llego una hija. Nació en la casa grande con balcones adornados de macetas rojas y flores multicolores. Justo en la esquina del parque diagonal a la iglesia, levantada en sus torres amenazantes, con poderosas campanas de siniestro sonido, llamando los fieles a la conversión, a la fe ensangrentada en cada piedra de su fundación. Creció la niña en viento limpio de las serranías agitando los verdes follajes de los campos y sus rubios rizos de sol. Hasta las piedras conocían su risa, las aceras la cadencia de su paso, y el cielo dijo sentirse celoso del impecable brillo de sus ojos azules. Justo al momento de comenzar su tercer año escolar la madre se murió de alguna enfermedad desconocida imposible de diagnosticar en esos tiempos. El desfile fúnebre fue precedido por el viudo y la niña junto a algunos curiosos paisanos solidarios con su pena. No tenían más familia conocida, ellos habían venido de alguna otra parte, tal vez huyendo de alguna de las múltiples violencias de aquellos tiempos. La negra serpiente del cortejo repto sobre el musgo de las piedras; las campanas de hierro del cementerio resonaron siniestras y monocordes, la muerte siempre sucede para otros, nunca se considera la expectación de tal suceso para sí mismo; así las imágenes establecidas en el consenso de la realidad se diluyen rápidamente en el devenir de los nuevos días y las nuevas noches.
-vaaa el veladuuur con guenas nuevas...! hoy es día de mercaduuuu...! ¡trece de abril de milnuvecientos seeeeesss...! ¡guenas nuevas, guenas nuevaaasss...! el débil sonido de un viejo cencerro acompasaba su paso, la sordina metálica, atada a una gruesa soga colgaba de su antebrazo levantado, empuñando el farol. Esfera de luz vadeando la negra e insondable obscuridad de la madrugada. Más allá ni siquiera la pálida blancura de las paredes encaladas se podía percibir en el fondo del valle fluvial, grieta de negra pizarra.
Todos los sábados eran el día de mercado, los campesinos traían a lomos de sus semovientes los preciados frutos de la tierra. El trigo de las altas tierras, la alverja verde, el frijol, el santísimo maíz; y sobre la carga de la bestia sudorosa era costumbre recoger de la vera del camino, las auyamas, berenjenas y toda clase de frutas coloridas de esos caminos donde crecen silvestres. Un aire festivo llenaba el ambiente con risas y voces apresuradas, el pueblo despertaba de su silencio en el arcoíris multitudinario, las mercancías se intercambiaban y el dinero corría apresurado saltando en las manos ávidas de novedades. Banderas agitándose en todas direcciones hasta la hora del almuerzo ráfagas de olores predecibles llenando la mañana. Entonces los campesinos comenzaban a beber.
El aguardiente anisado de los saques clandestinos de remotas veredas se habría paso impetuosamente arrastrando los ánimos festivos. Se invocaba la música, y el jolgorio comenzaba promediando la tarde en una algarabía alcohólica y desenfrenada. Entonces comenzaba el deporte local...bien provistos de los arreos tradicionales, la camisa blanca de hilo de algodón llamado lienzo, un producto venido de la propias manos campesinas como la ruana de oveja, el multicolor pañuelo rabo de gallo, traído de lejos por los comerciantes alemanes de soto y Bucaramanga, pura seda de la India,! Decían¡. Y en el cinto de cuero sin curtir: la funda para el cuchillo de diez y seis pulgadas afilado por los dos orillos. Entonces cualquier pretexto era suficiente para que el desafío vibrara en el aire enajenado de la tarde.
Una vez hecha alguna desafiante proclama; los paisanos anudaban la ruana en uno de sus brazos, con esa misma mano agarraban el extremo del pañuelo del oponente. Mientras buscaban mutuamente con la mano contraria infligirse la herida mortal que pondría fin al duelo. Los duelos eran cortos, sangrientos y brutales, el mejor golpe consistía en desventrar al oponente para que los intestinos cayeran dramáticamente a la tierra con el agonizante campesino; o cortarle certeramente el cuello para a continuación sacarle la lengua a través de la abertura (corte de franela) estaba también la modalidad ¨trapera el filo del cuchillo penetraba directo hacia arriba a través del plexo rematándose con un movimiento circular, buscando partir el corazón del oponente. Las heridas en las nalgas eran motivo de burla entre los paisanos. Rara vez el oponente salía ileso, era normal que también falleciera a causa de alguna herida. Todo como un incidente banal en el trascurso de la tarde. Arena gris del rio sobre la roja sangre y la fiesta proseguía con su gracia y su estruendo, se podían contar a veces hasta quince muertos, nada notable; solo un nombre más pudriéndose bajo alguna cruz de madera. Sus hijos al crecer retaliarian el suceso con los hijos del sobreviviente. El muerto se llevaba a la prospera funeraria y el herido al hospital. La viuda llorando si era cerca tomaba el camino la vereda a llevar los animales y regresar al día siguiente al entierro; después de la misa de domingo. Al fin y al cabo todos ganaban, el cura se llevaba la cabeza del león por sus servicios más o menos ostentosos según la plata del finado, el enterrador, la funeraria, el posadero, en fin el deporte consolidaba de alguna forma la economía del pueblo y por esa razón; más que tolerado, era invisible a la autoridad; añadiendo entonces un solitario toque de drama en la monotonía de la verde comarca.
- vaaa el veladuuuur...! con guenas nuevaaasss hoy es día de mercaduuuu...! los alpargates de cueroen sus pies curtidos, rechinaban sobre las húmedas piedras con un sonido como de animal arrastrándose moribundo.
Era el día para encontrarse con la santa muerte. El padre de Mangarita, hombre rico alcanzo a desenfundar su revólver y herir al campesino que inesperadamente lo agredió; con cinco tiros encima la enorme mole de puros músculos y huesos comprometió los restos de toda su fuerza vital para apuñalarlo, una sola vez en la mitad del pecho. Agonizaron simultáneamente; uno sobre el otro, mientras la sangre corría sobre las piedras musgosas grises y simétricas de la calle.En el puro fondo sin albura; de la grieta del valle fluvial, de la más negra y obscura pizarra.
- vaaa el veladuuuur...! con guenas nuevaaasss..! Hoy es día del santo domingo; se entierra el prencipal comerciante del puebluuuu...! el miserable asesino pa´l cementerio de los ateos...! vaaa el veladuuuur...!
Mangarita se quedó sola en el mundo con apenas diez años. La familia Morales le presto su apoyo incondicional, era también familia de los principales del pueblo, muy católica, gente de fe. Se ocuparon de la huérfana de sus magras necesidades, hasta de su estudio. En el humo de las cocinas las volutas circulares escribían de hollín el paso de los días. Mangarita asistía al padre en la elaboración de las hostias para las misas, el aseo de los arreos sacramentales y de la sacristía (escenario de hombres con asuntos de mujeres). Como en las cocinas el hollín va borrando el color de las vigas en lo alto. Así de manera casi imperceptible el hollín de la tristeza se fue llevando la razón de Mangarita.
La familia Morales, gente católica, gente de fe, finalmente decidieron con la aprobación del cura quien tomo para sí y para la gloria de dios las haciendas de las vegas de rio; con sus reses y sus molinos de caña de azúcar. El resto de todas las propiedades heredadas por Mangarita , la casa del pueblo, los muebles la porcelana de china y los enormes relojes suizos de pedestal, los arcones de madera de cedro, las camas talladas, los cubiertos de plata y el resto del menaje de la casa fue para los Morales. Mangarita a los quince años ya, deambulaba sin razón por las calles del pueblo; sufriendo frecuentes e incontenibles arrebatos de ira indeterminada, dispersa sin ninguna dirección, hacia nadie en particular.
El fantasma del velador recorría las madrugadas del pueblo. Había muerto por la coz de un caballo encabritado y con el murió también el oficio.
Expulsada de la su propia casa por la muy noble, y católica gente de fe. Los morales le negaron hasta el alimento básico para mantener el alma unida al triste despojo de sus huesos. Termino viviendo en una cueva natural junto al rio en una de las salidas del pueblo. Se vestía con los trapos viejos que algunas mujeres le regalaban y comía lo que podía mendigar en el día. A veces algo de luz alcanzaba su corazón cubierto de hollín, es esos días trabajaba con esmero en los oficios domésticos de las casas que solían recibirla por sus reconocidas habilidades para cocinar, lavar y laborar con esas pesadas planchas de hierro calentadas en su entraña con carbones ardientes; que se usaban entonces para alisar la dignidas arrugada de la ropa.
-Mangarita camandulera...! que va a la misa y no va a la escuela...! Gritaban los niños en coro desafinado.
Mangarita iba todos los días a todas las misas. Pero el cura le prohibió sentarse en los escaños de la iglesia. La pobre infeliz se arrodillaba en la puerta de la iglesia y desde ahí vio pasar el resto de todos sus años sin una queja, sin un reclamo.
Tal vez fue por esos tiempos, los niños encontraron divertido insultar a Mangarita. Ella podía perseguirlos intentando golpearlos con un palo en un falso alarde de agresividad, ¡nunca llego a concretarse!, nunca lastimo a ningún niño.
-Mangarita camandulera...! ¡que va a la misa y no va a la escuela...!
Eso creció hasta convertirse en una institución, la de burlarse de Mangarita a la salida del colegio para disgusto de los mayores. Así grano a grano con el día a día las arenas del tiempo fueron cayendo al fondo del reloj. El verdín marchito de las acequias volvió a crecer y la fronda de los helechos recobro su vigor, el presagio de la vejes tenso su arco sobre la espalda doblada de Mangarita y a la madrugada abandono sus penas y dejo su drama en el abrazo sereno de la muerte.
Los niños del pueblo recorrieron cada casa solicitando dinero para el entierro de Mangarita. Resulto motivo de gran curiosidad y comentarios. Los niños del pueblo no desfallecieron en su intento hasta reunir lo suficiente para pagar el cajón de madera. Hasta les alcanzo para comprar en el almacén de la señorita Olivia un vestido barato para la mortaja. El cura recién llegado se sintió conmovido por los niños y le regalo la misa, sin toque de campanas, porque era entierro de caridad. El desfile funerario repto sobre el verdín de los cantos rodados y el silencio sobrecogedor de las paredes encaladas y sus sombras azules inmóviles y expectantes. En el lugar más alejado del cementerio todos los niños tristes esperaron hasta la última palada de tierra sobre el ataúd de madera. Y regresaron a sus casas en pequeños grupos silenciosos.
Un buen día sobre el montículo funerario apareció un ramo de flores. Alguien coloco algunas baldosas y el culto de las ánimas benditas propio de nuestra cultura comenzó. Los milagros se sucedieron sin pausa. Las madres del pueblo cada vez que tenían un niño enfermo imploraban el milagro de su salud sobre la tumba de baldosas negras y blancas. Los niños iban por la época de exámenes para pedir la gracia de Mangarita, la señorita Mangarita, la santica, la loca. En el fondo sin albura, en la grieta de negra pizarra del valle fluvial.


pintorescultorbucaramanga@yahoo.com

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