Salvo indicación contraria, los textos y las fotos son de mi autoría (etiquetas Esta boca es mía y Mis fotos). Son copyleft: pueden reproducirse por cualquier medio siempre que se cite a Atenea Acevedo como autora y la dirección electrónica del blog.
Hace días que pienso en episodios innombrables de mi historia, esas emociones furtivas, instantes en los que me sentí toda vergüenza, torpe, ilusa… toda audaz, poderosa, otra. No siempre lo innombrable equivale a bochorno, autoengaño o sordidez; a veces, solo a veces, hay momentos plagados de lucidez y desenfado, descuido alegre, relato del absurdo con final feliz.
Son los muertos de mi clóset: cadáveres hediondos, sedientos de aire, de luz, de vitrina para momia en el fugaz museo de mi horror. También tengo medio muertos, que sí existen, porque salen de vez en cuando y se muestran con la transparencia propia de la falta de flujo sanguíneo. Son mis debilidades humanas, algunas con las que ahora convivo sin tantos tapujos.
Qué lata ésta de poner orden en casa, ¿alguien me presta un plumero?
La libertad de las mujeres pasa necesariamente por la autonomía económica, una independencia poco común en todas las clases sociales, pero todavía más difícil de hallar y preservar en entornos rurales. Mujeres con huevos arropa a colectivos de mujeres dedicadas a la cría de gallinas y gallos sin jaulas, hormonas o aditivos para producir huevos de gran calidad. Apoya a estas mujeres para que sigan construyendo una vida que realmente puedan sentir suya.
El 20 de junio se conmemora el Día Internacional de la Población Refugiada. Es una buena fecha para contar que en México estamos impulsando la consolidación de la Asociación Mexicana de Amistad con la República Árabe Saharaui Democrática, para lo cual se necesitan donativos y ganas de trabajar. Te invito a visitar la página de la Embajada Saharaui en este país, conoce la causa de este pueblo, suma esfuerzos.
Aceptar el supuesto fundamental de que la televisión es el medio más democrático significa que es preciso estar preparado para hablar con frases simples de cualquier cosa, con naturalidad real o fingida; dicho de otro modo, producir banalidades. La producción de la banalidad puede interpretarse como una forma de trato amable con las masas de espectadores imaginarios, pero también como una expresión de arrogancia (el espectador es idiota, no va a entender nada más complejo). La producción de la banalidad presupone que el espectador disfruta viendo a personas inteligentes, por televisión, diciendo cosas que él mismo podría decir, con lo que en modo alguno ofende en su amor propio al consumidor de masas.
Dubravka Ugresic en su deliciosamente ácida obra Gracias por no leer, editada por La Fábrica.
El título del seminario que nos convoca, Mujer y lenguaje en el periodismo en español, evoca al menos tres grandes temas: la polémica aún vigente sobre el uso de un lenguaje incluyente en los medios, la representación simbólica de lo femenino en el ámbito público (aquello que «es o se convierte en noticia») y el papel de las mujeres en el periodismo hispano de hoy. A lo largo de esta ponencia pretendo puntualizar aspectos clave para el análisis de la situación general de las mujeres dentro de los medios de comunicación masiva y para la problematización del periodismo como una actividad capaz de contribuir al desarrollo de sociedades más democráticas y equitativas.
*Ponencia preparada para el seminario Mujer y lenguaje en el periodismo en español, organizado por la Fundación del Español Urgente en San Millán de la Cogolla, España, del 6 al 8 de mayo de 2009.
La sonoridad de la palabra Sahara contiene la suavidad esponjosa de las dunas, la tiranía del sol, el azul profundo de un cielo espumado de estrellas, la visión fantástica de un infinito yermo. En ella también caben la guerra, el expolio, la precariedad, el destierro y la injusticia. Por la irreprimible fuerza de un pueblo hace treinta y tres años que decir Sahara también es decir resistencia, anhelo, templanza.
Llegar a Dajla, uno de los campamentos de población refugiada saharaui en Argelia cuyo nombre corresponde a una de sus ciudades bajo ocupación militar marroquí, es una odisea en toda regla. Como si las peripecias se conjugaran para poner a prueba la determinación y la dureza del pellejo de la viajera, tan solo para recompensarla con imágenes y emociones irrepetibles. Las horas en un avión charter que más parece un autobús alquilado por un grupo de conocidos y el despiadado masaje que me regala el transporte todoterreno desde Tinduf son el peaje del primer amanecer en el desierto. Mis ojos dejan el atisbo y se abren como abanicos, embrujados ante el vigor del fuego que se alza con el impulso de un dios absoluto. No se cerrarán en mucho tiempo, acaso para dormitar en la jaima o el gueton cuando el cuerpo se niega a acompañar mi necesidad de recorrer y recordarlo todo.
A golpe de consigna, la realidad de los campamentos viene pausada a mi encuentro. La reflexión inmediata evoca eso que aprendí a entender como «comodidades» o «vida moderna», eufemismos para señalar un grifo, una toma de corriente eléctrica, una calle pavimentada y, también, una puerta cubierta de cerrojos. Aquí, donde el tiempo ha adoptado la forma del horizonte ilimitado, basta un rato para reconocer en esos objetos peculiares vehículos del derroche y el desperdicio. Necesitamos poco y queremos todo, qué importa si en el camino atropellamos o arrebatamos. El pueblo saharaui, inmerso en la brutalidad de la ocupación de un lado del muro más largo del globo o en el rigor del exilio del otro, sabe que su supervivencia depende del sentido de colectividad. Y es que los días y las noches en Dajla dan paso a una reflexión más detallada sobre aquello que en mi mundo se ha perdido y que no es poco: la noción de comunidad, la motivación para reconocernos en otras humanidades, el ánimo de rebeldía, la celebración de la vida por sí misma.
Al igual que los cientos de personas que estamos de paso, disfruto el ritual del té, el cobijo de una familia, las bondades del turbante, el lucero que presagia el amanecer, la sabia cadencia de los dromedarios. La quietud de cada momento obsequia un aprendizaje. Escucho atenta el saludo saharaui, un intercambio de preguntas sobre el bienestar de la familia y el ganado, sobre los caminos recorridos y la deseada presencia del agua en un páramo sin dueño. Se trata de algo más que una tradición de errantes, aquel diálogo útil para trazar la propia ruta y aminorar las probabilidades de perecer o perderse en rojizos senderos: al preservar el saludo que distingue su espíritu nómada, el pueblo saharaui sella su convicción en la victoria y persigue la urdimbre de su identidad legendaria.
La imaginación reina en el Sahara, espacio ideal para la delirante organización de un festival internacional de cine. Proyectar películas en la inmensidad de una mal llamada nada no solo refresca los sentidos marcados por una paciencia que se agota. ¿Qué mejor medio para asomarse a otras realidades y presentar la propia que el lenguaje audiovisual, insignia de nuestros tiempos? Por eso el festival ofrece talleres de documental, fotografía, edición, sonido o radio. Por eso se trabaja en la construcción de la primera escuela de cine y acaban de inaugurarse las transmisiones de la televisión saharaui. Todo sirve para fortalecer la trinchera de la dignidad y defender la sonrisa de esta gente que no pide permiso para ser y empuñar su bandera.
El lugar común dicta aguzar la perspectiva después de viajar a un campamento saharaui, lugar donde el necio pulso humano supera adversidades inimaginables, paisaje singular en un planeta donde el pensamiento único ha arrancado de cuajo todo rasgo de originalidad y las ciudades y las personas son cada vez más aburridamente parecidas. Tal vez así se explica la sonrisa que nace de mi boca cuando hablo del Sahara y de un pueblo que tiene los ojos puestos en el futuro, los pies enraizados en la historia y los brazos creciendo alas. Pero mi fascinación no vale su herida. Por más que quienes llegamos de lejos necesitemos una cura contra el consumismo y la superficialidad, por más intensa que resulte la experiencia, nadie tendría que vivir inventando maneras de gritar al mundo su tristeza y su reclamo de justicia.
Nuestra historia humana, la de largo aliento, está plagada de heridas abiertas. La diferencia está en pretender que no pasó nada y hacer algo para asegurarnos de no olvidar a los muertos de nuestra felicidad.
En apoyo a la difusión, aquí transcribo la "carta de un perro guía" para saber cómo actuar cuando nos encontramos con estos seres extraordinarios:
Hola, soy un perro guía y quiero contarte cómo debes actuar cuando te encuentres conmigo en compañía de mi amo ciego.
Yo, como perro guía, soy un perro de trabajo. No constituyo una mascota, ni soy un perro de exhibición. Mi comportamiento y trato es totalmente diferente y debo ser respetado en mi función de guía y fiel compañero de mi amo. Por favor, no me toques o acaricies cuando me encuentre trabajando, es decir, con el arnés puesto, ya que puedes distraerme de mi misión. Lo más adecuado es ignorarme, así efectuaré mi trabajo a la perfección. No sientas temor hacia un perro guía como yo: nunca te haría daño.
Si tienes un perro, por favor contrólalo y evita que pueda producir un accidente cuando pasa junto a mí. No me ofrezcas golosinas o alimentos; mi amo se encarga con esmero de mi alimentación, de manera responsable y con cariño. Estoy bien alimentado y tengo un horario predefinido para comer.
Cuando te dirijas a una persona ciega acompañada de un perro guía, como yo, háblale directamente a la persona, no a mí. Si un ciego con perro guía se encuentra en necesidad de ayuda, la solicitará. Acércate por su lado derecho, de modo que yo quede a su izquierda. Pregúntale si necesita asistencia; si acepta, me ordenará que te siga o te pedirá que le ofrezcas tu codo izquierdo o lo tomará y me hará una seña para indicarme que estoy temporalmente fuera de mi horario de trabajo.
Si un ciego, con o sin perro guía, solicita indicaciones, dale direcciones claras del sentido en que debe girar o seguir para ubicar el lugar al cual se dirige. No corras o tomes el brazo de una persona ciega, en mi compañía, sin antes hablarle. Nunca toques mi arnés o correa, ya que sólo son para mi amo, a quien acompaño.
Los perros guía tenemos lugares y horarios predeterminados para evacuar nuestros esfínteres. Yo estoy habituado a viajar en todo medio de transporte, echado a los pies de mi amo, sin causar molestia a los demás pasajeros, trátese de viajes en la ciudad donde radicamos, en el territorio de nuestro país o en el extranjero. En virtud de mi riguroso entrenamiento estoy habituado y capacitado junto a mi amo para acceder y permanecer en todo tipo de establecimientos de salud, centros comerciales, restaurantes u otros locales, supermercados, cafeterías, cines, teatros, centros de estudio o trabajo sin causar alteración a su normal funcionamiento, ni molestar al personal o al público.
En el lugar de trabajo, un usuario de perro guía se encuentra capacitado para ejercer sus funciones conmigo a su lado y en ningún momento un perro guía deberá vagar a su capricho por el recinto.
Los perros guía tenemos derecho al libre acceso, igual que nuestros amos, a todos los lugares públicos.
No podré actualizar el blog en las próximas dos semanas, pero quiero dejar a las visitas en grata compañía. Ya sabemos que no es mala idea tener un plan B, pero seguramente hay quienes aún no se han enterado de que existe el plan V
El estreno fue el 30 de marzo y ya hay tres capítulos, el cuarto se transmite el próximo lunes. Aquí puedes seguir el blog de plan V y aquí tienes la presentación de la serie:
En Qalandia, Cisjordania, se encuentra el principal puesto de control para pasar de Ramallah a Jerusalén, también se encuentra un campo de refugiados palestinos fundado en 1949 y la zona es conocida como uno de esos sitios que evocan el infierno en la Tierra, una muestra cotidiana de humillación, despojo y violación de derechos humanos.
La resistencia adopta múltiples formas; por ejemplo, las mujeres del campo han formado una cooperativa de artesanías y Helga Tawil Souri está trabajando en la postproducción de un documental sobre la vida en el puesto de control. Pero hay una iniciativa particularmente valiosa que acaba de estrenarse: gracias al apoyo de Vento di Terra, organización de activistas italianos, nació Kalandia Children, un proyecto que ha puesto dos cámaras en las manos de 10 peques palestinos para que muestren al mundo cómo es su vida cotidiana. Haz una visita virtual a Qalandia, conoce a los niños palestinos y ayúdales a hacerse presentes alrededor del mundo.
Decía Jorge Ibargüengoitia, en clara referencia al sentido del humor mexicano, que no entendía de qué se reían las hienas "si solo cogen una vez al año y comen carroña". Y sí, en mi país la risa se da fácil, como si el pueblo sintiera que es lo único que no le han arrebatado, aunque el motivo de su hilaridad no tenga nada de cómico o divertido. Cualquier comediante de medio pelo, director de cine o teatro sabe cómo ganarse al público en un segundo: basta con soltar un pendejo o una chingada al vuelo para que las hienas se descosan en su miseria (y se miren a la salida del espectáculo con el rostro sonrosado para apuntar: "¡no mames, nos cagamos de risa, güey!"... y vuelvan a regocijarse entre risotadas).
Últimamente pienso mucho en este asunto del humor y de aquello que nos hace reír, no nada más a los mexicanos, sino a los seres humanos. Reconozco que cada día me causan menos gracia las palabrotas que pretenden aderezar un diálogo jocoso y que hace años me causan nula gracia los supuestos chistes inspirados en estereotipos, clichés y prejuicios. Abomino de los chistes misóginos, androfóbicos, racistas, homofóbicos... me he vuelto aburridísima, pobres de mis amigos. No falta quien pretenda valerse del manido concepto "corrección política" para describirme o, de plano, compadecerme (claro, es que hoy es políticamente incorrecto contar chistes de negros, de putas y de maricones). Ya cansa ese argumento de la (in)corrección política para echar por tierra cualquier debate que bien podría ser fructífero y motivarnos a reflexionar sobre el porqué de nuestros decires y haceres. Se me hace que no contar "chistes de negros" (o de árabes, judíos, mujeres y etcétera) porque "es políticamente incorrecto" es igual que ufanarse de "tolerante"... cuando todos sabemos que tolerar no es aceptar ni reconocer al otro que es diferente, que tolerar significa aguantar. A ver, ¿no sería mejor no contar chistes denigrantes porque nos hemos detenido un momento a pensar qué prejuicios están detrás de esas presuntas bromas y preferimos, de manera consciente, eliminar esos estereotipos no nada más de nuestra jerga cotidiana, sino de nuestra concepción del mundo, de los otros?
En todo caso, la vertiente que se presume humorística y no deja de sorprenderme es aquella que busca descalificar con todo descaro y desenfado un proceso político o social, aunque he de decir que el primer lugar se lo lleva, de lejos, un presunto chiste capaz de conjugar el sexismo con la igualmente presunta sapiencia intelectualoide que tan bien caracteriza a las clases medias latinoamericanas. Y para muestra, un botón tamaño nomeolvides:
Circula en buzones electrónicos de la Argentina la siguiente cápsula cómica-lingüística... (las cursivas son mías, no pude resistir la tentación)
En español existen los participios activos como derivados verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante, el de sufrir, es sufriente, el de cantar, es cantante, el de existir, existente.
¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es 'ente'. El que es, el ente. Tiene entidad.
Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad para ejercer la acción que expresa un verbo, se agrega al final de su raíz la terminación 'ente'.
Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice presidente, no presidenta, independiente del sexo que tenga. Se dice capilla ardiente, no ardienta. Se dice estudiante, no estudianta. Se dice adolescente, no adolescenta. Se dice paciente, no pacienta.
Pasa el mensaje a todas las inocentes personas que, correctamente [sic], la llaman 'Presidenta' porque todavía creen que tiene la capacidad para realizar la acción que denota el verbo.
Un buen ejemplo de lo mismo: "La presidenta era una estudianta adolescenta, sufrienta y poco pacienta, que quería ser eleganta, para que la nombraran representanta y además llegar a ser integranta independienta de la asamblea constituyenta. Ahora es la presidenta existenta en la Argentina. Pero un día llegará en que la veremos sonrienta en una capilla ardienta por ahora inexistenta. ¡Qué mal suena, Presidenta, política dirigenta, que se ponga tan violenta con el pobre castellano, para quedarse contenta!"
NO SUENA TAN MALO [sic] SI LA LLAMAS "ESA YEGUA"
Más allá de la simpatía o antipatía que pueda despertarme Cristina Fernández, pregunto al pueblo argentino: ¿Acaso en su bello país no se dice, desde siempre, sirvienta para referirse a la empleada doméstica? ¿En qué quedamos, el participio activo como derivado verbal de servir no es sirviente? ¿Por qué será que a nadie se le movió ni se le mueve un pelo ni le tiembla la boca para decir sirvienta? ¿Por qué será que a la mayoría, desde la Península Ibérica hasta la Patagonia, le revienta el hígado decir presidenta?
En fin, pasa el mensaje a todas las hienas hispanohablantes que conozcas.
En medio de la presión popular por la crisis económica cayó el gobierno de Mirek Topolánek en la República Checa, primer ministro abiertamente a favor de la instalación de una base militar estadounidense en ese país y del proyecto del escudo antimisiles en Europa del Este.
Ojalá en los próximos días se consolide un rumbo menos beligerante y servil hacia Estados Unidos en la República Checa. A los miembros del movimiento no violento contra las bases estadounidenses en la República Checa y su líder activista, Jan Tamáš: na zdrávi!
para L.B., tejedora de toda clase de posibilidades
Algunas vivencias tocan fibras tan profundas que toma tiempo digerirlas, ser capaz de contarlas, escribir sobre ellas. Hoy que ya es 24 de marzo en la Argentina, un país que encuentro particularmente encantador, habitado por un pueblo complejo como toda nación latinoamericana, terruño de algunos de mis más entrañables afectos, quiero reunir fuerzas para hablar de la memoria colectiva.
En agosto de 2007 estuve, por tercera vez, en Buenos Aires. Un ángel me adoptó y no descansó hasta lograr gestionar una visita guiada a la Escuela de Mecánica de la Armada, la abyecta ESMA, campo de concentración, centro de tortura y secuestro de recién nacidos, y última morada de miles de detenidos desaparecidos. En esa fecha el predio de la ESMA aún no estaba totalmente recuperado ni se había constituido del todo como espacio para la memoria, y no era nada fácil entrar en ella.
El aspecto logístico evocaba los tiempos de una orgullosa clandestinidad: mi contacto carecía de apellido y había que darle una clave para concertar la cita, primero, en unas oficinas cercanas a Plaza de Mayo. Ahí conversamos largo rato, ella necesitaba preguntar qué me motivaba a conocer la ESMA, cuánto sabía de la negra historia de la dictadura, por qué iba con nosotros un chico de apenas 15 años. Hablamos de la necesidad imperiosa de preservar la memoria, de que el perdón no se decreta, de que la infamia sigue abriendo grietas en las almas del pueblo y de los muñones que no dejan de supurar en los que viven con la conciencia de que tener un desaparecido o una desaparecida en el árbol genealógico equivale a desplazarse por el mundo igual que un ser mutilado.
Desde muy joven me impactó y atrajo poderosamente el tema de la experiencia carcelaria, el abismo insondable de la pérdida de identidad en los campos de concentración, las fauces entre las que se desdibuja todo sentido de lo humano. Había viajado bastante y sabía que nada podía haberme preparado para la ESMA: nada me preparó para Auschwitz, Lídice, Lecumberri, Terezín, Fuentevaqueros, Strasshof o el edificio de la Santa Inquisición en México... no hay lectura ni película ni testimonio comparable con la sensación de ahogo que he tenido en esos sitios, entre muros cargados de gritos y deseos de morir. Había leído Una sola muerte numerosa, Poder y desaparición, y Ese infierno. Había visto La noche de los lápices, La historia oficial, Garage Olimpo y Crónica de una fuga. Y, sin embargo, cruzar el primer patio de la ESMA y bajar por la escalerilla a la cámara de tortura significó, también, el dolor en la boca del estómago, la rabia subiendo por la espina dorsal, los ojos acuosos y el escalofrío entre las piernas. Imaginar los mecanismos de resistencia, la lucha por la dignidad y la renuencia a hundirse en la animalidad del represor en medio del frío, las humillaciones y las baldosas resbaladizas por los fluidos. Suponer lo que significa viajar en un viejo Falcon que se convierte en el parteaguas de miles y miles de miradas, de recuerdos, de sufrimientos.
Y, sin embargo, la luz se abre paso en la penumbra, el verde crece entre las piedras, las voces se levantan y reclaman. Un grupo de personas entregadas, con una entereza indescriptible, trabaja día tras día en la conservación de los archivos, el rescate de los testimonios, la conquista del espacio para la memoria y los derechos humanos. Hacer de la ESMA no un museo del horror, pero sí una huella indeleble en la historia argentina, latinoamericana, humana. Denunciar la futilidad de la debida obediencia, la hipocresía del perdón colectivo, el engaño del olvido como sanación de las llagas. En todos los rincones del planeta resuena el viejo NUNCA MÁS; en algún rincón del planeta hoy, al igual que ayer y mañana, un ser humano sufre aquello que nos prometimos no permitir que volviera a pasar.
El peso y la pesadumbre de los edificios de la ESMA me obligaron a recordar, como otras veces, que lo único que distingue a mi especie, esa que se ufana en llamarse humana, es el lenguaje, la capacidad de construir herramientas cada vez más sofisticadas y la maldad. Pensar que en este cuerpo que habito, como en todo recipiente de carne, hueso y habla, cabe igual la posibilidad de atormentar al prójimo como la fuerza para rebelarse, aguantar y sobrevivir. En mí está, latente y contenido, lo más despreciable y lo más sublime de todos los que me precedieron y todos los que vendrán.