De la mano de mi padre
Tuesday, 2. October 2007, 14:33:26
Dos de octubre, no se olvida. Mi hermana mayor nació en 1968, año parteaguas en la historia de México, el país donde nacimos todos los de mi familia, y sobre todo en la historia de la Ciudad de México, el caos donde nacimos todos los de mi familia, incluso mis cuatro abuelos. Néstor y mi mamá se habían casado un año antes; ella estaba por cumplir 27 años, él tenía 23. Entre las muchas cosas que mi mamá no sabía de Néstor, estaba el hecho de que él, casado y con esposa embarazada, andaba metido en el movimiento estudiantil. Y no es que fuera estudiante, porque cuando cursaba el último año de prepa el abuelo se enteró de que en lugar de ir a clases jugaba billar todo el día. Decidió sacarlo de la escuela y exigirle que se pusiera a trabajar. No, no era estudiante, pero creía en un montón de cosas que después nos enseñó y le agradeceré toda la vida: creía en la igualdad, la revolución, el poder del pueblo, lo injusto de la pobreza, la sinrazón del abuso, la ignominia de que haya presos políticos, el asco que da la represión. Por eso andaba de revoltoso en las manifestaciones, se arrancaba la corbata con la que salía supuestamente a trabajar y marchaba codo con codo con los miles de compañeros que de veras estaban convencidos de que ahora sí, todo iba a cambiar. Y cambió, pero no sabían cuánto ni cómo. Mi hermana nació en junio y Néstor siguió en la pachanga y la denuncia. Lo supimos todas cuando, viendo en casa una mala copia de un documental que se llama El Grito y que me dejaron de tarea aquí, en la universidad, ¡zaz, aparece la cara de mi papá en Ciudad Universitaria! Ahí estaba, jovencito, pancarta en mano y puño en alto, en la explanada de la Rectoría. A lo mejor le gustaba ir a la UNAM porque siempre quiso ser médico, imagínate, soñaba con ser neurólogo, pero el vicio por el billar acabó por llevárselo al baile. Y seguramente hay mil cosas que todavía no sabemos de él, pero esto del sesenta y ocho sí lo supimos. Él se moría de la risa cuando vio su cara de niño en la tele, en blanco y negro, eso sí, muy serio. Mamá lo regañó un rato por andar exponiéndose y después todos nos reímos porque, a fin de cuentas, estaba ahí con nosotras, no había desaparecido en Tlatelolco.
Con el tiempo fui entendiendo lo importante que era la matanza del 2 de octubre para Néstor. Tendría 17 o 18 años cuando salió de la lata la película Rojo Amanecer. No la vi con él porque me invitó un galán, pero al poco tiempo hicieron una obra de teatro y me preguntó si quería verla, pues a mamá la idea de salir de la casa para sufrir y pasarla mal nomás no le atrae. Fuimos. Aquello era una cosa terrible, incluso más que la película. Daban ganas de saltar al escenario y abrazar a unos y matar a otros. Ésa fue la primera vez que vi llorar a Néstor, no dijo una sola palabra en todo el camino a casa, y eso que en el trayecto fuimos desde la Unidad Independencia hasta Satélite, con tráfico de viernes.
Hace poquito me regaló un cuadro en el que aparece enmarcada una famosa foto de esos días negros: un grupo de estudiantes con gesto desafiante arriba de un camión (arriba, no adentro) y algunos soldados empuñando la bayoneta contra ellos. Atrás me escribió esto: “Hija, debemos oponernos a la idea de que la libertad es poder elegir tus propias ataduras”. Se me enchinó la piel.
Pero nunca hemos estado más unidos que la semana pasada, cuando se cumplió el vigésimo quinto aniversario de aquel 2 de octubre. Tienes que entender el contexto: el país está podrido, tenemos a un presidente que viene del fraude del 88, un orejón de mierda que ya se cargó la economía y la confianza, todos estamos hartos, aunque dicen que lo peor seguramente está por venir. Y en medio de semejante desazón se cumplen los 25 años de la matanza. Néstor me preguntó si lo acompañaría a la marcha que se concentró en el Zócalo. ¡Pues claro! Y fuimos. Fue muy emocionante, porque había gente de todas las clases sociales y de todos los colores, y nos llenó de vida la energía que sólo percibes cuando te sientes parte de algo más grande y cierto y alegre a pesar del atropello, y cantábamos “sal al balcón/pinche orejón/y entréganos los archivos”. Es que se suponía que al cumplirse 25 años los archivos confidenciales ya podían ver la luz. Ve tú a saber si los sacan y si sacarlos significa algo, yo creo que nunca va a significar nada. Pero ahorita no me importa y tampoco me importan las quemadas que me hice con el solezazo de la semana pasada mientras caminábamos desde el Ángel hasta el Zócalo. Qué importa eso comparado con el gusto de marchar al lado de Néstor y sentirme por un ratito parte de algo que no me tocó vivir.


Mytra # 12. October 2007, 10:12