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mujer y palabra... pisadas sin huarache

Salvo indicación contraria, los textos y las fotos son de mi autoría (etiquetas Esta boca es mía y Mis fotos). Son copyleft: pueden reproducirse por cualquier medio siempre que se cite a Atenea Acevedo como autora y la dirección electrónica del blog.

8 de marzo: la conquista del cuerpo

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Las noticias sobre el retorno (o reafirmación) de la práctica de alimentación forzada en niñas rurales desde los 5 o 6 años en Mauritania en granjas de engorda a raíz del golpe y la imposición de la Junta Militar en agosto del año pasado despiertan, cuando menos, un sentido de alarma y urgencia internacional. Además, exigen una reflexión sobre el gran tema pendiente de los derechos de las mujeres en tanto seres humanos: la propiedad del cuerpo.

Los principales ejes de la liberación femenina se han organizado a partir de la distinción del espacio público y el espacio privado. La participación de las mujeres en los espacios públicos es quizás el aspecto más evidente de los logros del movimiento feminista, aunque tiende a desconocerse (y, muchas veces, deliberadamente se ignora) la compleja historia de largo aliento que ha derivado en el creciente número de trabajadoras remuneradas, la mayoría aún en empleos precarios y algunas en puestos de poder y toma de decisiones. En los libros de historia que manoseamos en el colegio, aquellos con páginas plagadas de imágenes de héroes que, a caballo y uniformados, traían y llevaban la guerra por el planeta, faltó Marie Gouze y su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. En las aulas nadie habló de las sufragistas ni de la mano de obra femenina que no atentaba contra la familia o las buenas costumbres, siempre y cuando alimentara la maquinaria de la guerra en tiempos de crisis. Más allá de la iconografía nacionalista que dibuja a la patria como madre frondosa y valiente, y de los tres o cuatro rostros de siempre, la historia oficial deja a las mujeres en el anonimato o el olvido. La toma del espacio público por las mujeres pertenece a la historia marginal, esa de la que una sólo se entera si le interesa estudiar el feminismo. Pero ahí estamos, unas con conciencia de género y otras negadas a toda ideología, trabajando a cambio de un sueldo, desarrollando ideas, ocupando talleres, tribunas y oficinas. Y, sin embargo, el espacio público no es un tema acabado desde la reflexión feminista, democrática y equitativa. La pobreza, la explotación laboral, el acoso y el hostigamiento afectan, hasta hoy, mayoritariamente a las mujeres. El trabajo doméstico no remunerado sigue siendo sostén del capitalismo en tanto reproductor de mano de obra e infraestructura básica gratuita indispensable para el funcionamiento social.

Hay, sin duda, temas no resueltos en lo que respecta a la participación de las mujeres en la vida pública. No obstante, el quid de la cuestión femenina se encuentra en el espacio privado, concretamente en el cuerpo. Si bien se ha ganado un vasto terreno en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos gracias al motor de la lucha feminista, el cuerpo de las mujeres sigue en manos del Estado, del templo, de la iniciativa privada, de su pareja sentimental y de las costumbres. El caso de las niñas rurales de Mauritania, cebadas a golpes para conseguir marido y ser un digno símbolo de opulencia, no se diferencia demasiado de otros ritos y creencias acaso menos brutales, pero que persiguen o perpetúan principios análogos. Es inevitable pensar en esas niñas sin que la mente nos lleve a las anoréxicas y bulímicas que viven dentro y fuera de la gran pantalla, al igual que resulta inevitable pensar en los pies vendados de las chinas de antaño sin evocar los juanetes de las modelos e hijas de vecino occidentales que usan tacones desde la pubertad, o en la mutilación femenina sin reflexionar en la total ausencia del clítoris en nuestros libros de anatomía, las charlas con nuestras madres o, peor aún, con nuestros compañeros sexuales. En efecto, la barbarie que caracteriza la violación de los derechos humanos en otras culturas debe motivarnos a la indignación y la denuncia, pero también representa la oportunidad de pulir una mirada que no debe carecer de autocrítica.

Las mujeres, en todas las latitudes, crecemos con la convicción de que es indispensable modificar nuestro cuerpo para hacerlo apetecible, para agradar al otro, para complacer. Siempre hay algo que sobra (en mi cultura: vello, grasa, arrugas, celulitis...) y algo que falta (en mi cultura: pechos generosos y firmes, aromas delicados, maquillaje, ropa de moda...). Y el mensaje subyacente tampoco cambia según la geografía: nadie te va a querer tal como eres, nadie va a querer casarse contigo. En ese discurso, un discurso que por desgracia está adquiriendo matices de universalidad, el amor y el bienestar, bajo el tramposo disfraz de la vida en pareja, quedan condicionados por la imagen. Cada vez más hombres caen en un engaño similar, pero las mujeres tenemos siglos de experiencia en la materia y conocemos al dedillo la doble moral que hace de nuestra anatomía el mejor regalo y el peor castigo. El cuerpo y su imagen son el salvoconducto o la condena en diferentes etapas de la vida: ser delgada u obesa, pudorosa o coqueta, mesurada o promiscua, discreta o golfa. El cuerpo y su biología nos marcan a los ojos de la sociedad a través del tamiz de la sexualidad: nuestro estado de ánimo, temperamento y carácter, se supone, se explican por pura fisiología y nunca escapan a comentarios socarrones. Desde la joven marginada que llega a la maquila mexicana o al taller filipino y debe someterse mes a mes a una prueba de embarazo dentro de la empresa bajo amenaza de perder el trabajo si se niega o se encuentra en estado, hasta la ministra española o la presidenta argentina a quienes se mide primero y fundamentalmente por el atuendo o cuán bien o mal cumplen con su papel de esposa o madre, el criterio para calificar a toda mujer pasa, antes o después, por el cuerpo. En una doble perversión se nos hace creer que somos cuerpo y poco más, pero no se nos enseña a adueñarnos de ese cuerpo, a habitarlo y vivirlo en libertad. Libertad de elegir cuándo, cómo y con quién arroparlo, disfrutarlo, desnudarlo, cuidarlo, compartirlo y quererlo como vehículo para desplazarnos y comunicarnos con el mundo.

Tampoco la izquierda ha conseguido entender del todo que no somos propiedad colectiva. ¿Cuántas revoluciones reclaman para sí la recuperación y usufructo de sus tierras, sus recursos y sus mujeres? ¿Cuántos camaradas se refieren a sus compañeras como mi mujer? Las palabras no son inocentes: reflejan cosmovisiones, creencias, supuestos. El argumento aparentemente más sólido para afirmar que el feminismo está superado se basa en la participación pública femenina, pero el camino es largo y las ideas no dejan de cobrar vigencia. Cuánto echamos de menos la rabia del feminismo setentero: aquellas mujeres que malamente la mayoría sigue tildando de locas porque la única imagen que los medios rescatan es la quema de sostenes, sin reconocer que todo movimiento social necesita un impulso radical para poner sobre la mesa lo urgente y lo importante. Hoy son necesarias aquellas que tuvieron la visión de plantear la ajenidad del propio cuerpo como la raíz del control patriarcal y, en consecuencia, su conquista como vía hacia una genuina liberación.


Este texto fue publicado originalmente en Rebelión y está disponible en francés, inglés, alemán, italiano y portugués gracias a la traducción activista de Tlaxcala.

canto al pie de tu ventana iiiadolescencia

Comments

Anonymous 12. March 2009, 13:28

Casandra writes:

Hola Atenea,
Me pareció muy atinado y pertinente tu texto. Creo que tienes muchísima razón en todo lo que afirmas.
Por otro lado me quedo pensando en que no sólo hace falta avanzar más en lo público y en los terrenos del cuerpo (que ya de suyo son tareas monumentales y de capital importancia, como lo señalas), sino también incidir de forma decisiva en la participación masculina dentro del ámbito privado. Dejar de pensarnos a nosotras mismas como seres cuyo origen y opresión están simplemente en el mundo privado y cuya liberación se encuentra en lo público. Más bien, considero que hace falta cuestionar radicalmente la división sexual del trabajo tanto en lo privado como en lo público; hace falta no sólo dialogar entre nosotras sino encararnos con todas aquellas relaciones, prácticas e instituciones sociales que entre nosotras y con los hombres contribuyen a perpetuar nuestro estatus subalterno.
Es un enorme gusto leerte de nuevo.
Saludos.

Anonymous 13. March 2009, 15:40

Alicia writes:

Hola Atenea,
aprovecho un rato de calma en mi rutina diaria para leer este artículo que mencionaste en el foro.

Muy acertadamente expresas esa verdad que, como tú bien dices -deliberadamente o no- se desconoce. Esa realidad en la cual muchas mujeres -la mayoría de ellas, por desgracia- aceptan que sus derechos se vean constreñidos a lo que nuestras sociedades, esencialmente machistas, establecen y dan por sentado.

Ignoro las iniciativas concretas que se estén llevando a cabo en este momento -y con suerte- para enseñar a la población femenina a exigir una nueva perspectiva desde donde tenga cabida la equidad entre los géneros, empezando por el respeto a nuestros cuerpos y a lo que hagamos con ellos, el cual es el punto esencial de tu planteamiento.

Creo que si no se educa a la población -también a la masculina, como entiendo que expresa más arriba Casandra- no habrá mucha esperanza de cambiar esa mentalidad. Si no podemos comunicar a la población más vulnerable y menos educada que éste no es un status/trato que hay que aceptar "porque sí"; que, por el contrario, hay que luchar contra el mismo para ser más "personas" y no meros "animales", seguirá pareciendo "normal" ese tipo de vejaciones que, según la grografía en que nos toque vivir, podrán parecernos más o menos crueles.

Muchas gracias por compartir esto. A ver si tengo tiempo de ver más cosas en tu blog. Seguramente, valdrá la pena el "paseo".

Saludos,
Alicia

Anonymous 21. March 2009, 04:18

Débora writes:

Hola Atenea, me gustó este escrito, lo publicaré en uno de mis blogs (concienciafeminista.wordpress.com), espero que no te importe.

Saludos.

Atenea 21. March 2009, 15:46

Adelante, Débora, mil gracias. Viva el copyleft.

Anonymous 23. March 2009, 20:35

Leticia Cazeneuve writes:


¡Hola!

Recién terminé de leer este texto.
Cuánta verdad hay en esas palabras, Atenea. Lo escribiste vos, ¿verdad? Es excelente.

Voy a compartir y a difundirlo.
¡Gracias!
Leti

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