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mujer y palabra... pisadas sin huarache

Salvo indicación contraria, los textos y las fotos son de mi autoría (etiquetas Esta boca es mía y Mis fotos). Son copyleft: pueden reproducirse por cualquier medio siempre que se cite a Atenea Acevedo como autora y la dirección electrónica del blog.

abrir la cloaca

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para L.B., tejedora de toda clase de posibilidades

Algunas vivencias tocan fibras tan profundas que toma tiempo digerirlas, ser capaz de contarlas, escribir sobre ellas. Hoy que ya es 24 de marzo en la Argentina, un país que encuentro particularmente encantador, habitado por un pueblo complejo como toda nación latinoamericana, terruño de algunos de mis más entrañables afectos, quiero reunir fuerzas para hablar de la memoria colectiva.



En agosto de 2007 estuve, por tercera vez, en Buenos Aires. Un ángel me adoptó y no descansó hasta lograr gestionar una visita guiada a la Escuela de Mecánica de la Armada, la abyecta ESMA, campo de concentración, centro de tortura y secuestro de recién nacidos, y última morada de miles de detenidos desaparecidos. En esa fecha el predio de la ESMA aún no estaba totalmente recuperado ni se había constituido del todo como espacio para la memoria, y no era nada fácil entrar en ella.

El aspecto logístico evocaba los tiempos de una orgullosa clandestinidad: mi contacto carecía de apellido y había que darle una clave para concertar la cita, primero, en unas oficinas cercanas a Plaza de Mayo. Ahí conversamos largo rato, ella necesitaba preguntar qué me motivaba a conocer la ESMA, cuánto sabía de la negra historia de la dictadura, por qué iba con nosotros un chico de apenas 15 años. Hablamos de la necesidad imperiosa de preservar la memoria, de que el perdón no se decreta, de que la infamia sigue abriendo grietas en las almas del pueblo y de los muñones que no dejan de supurar en los que viven con la conciencia de que tener un desaparecido o una desaparecida en el árbol genealógico equivale a desplazarse por el mundo igual que un ser mutilado.




Desde muy joven me impactó y atrajo poderosamente el tema de la experiencia carcelaria, el abismo insondable de la pérdida de identidad en los campos de concentración, las fauces entre las que se desdibuja todo sentido de lo humano. Había viajado bastante y sabía que nada podía haberme preparado para la ESMA: nada me preparó para Auschwitz, Lídice, Lecumberri, Terezín, Fuentevaqueros, Strasshof o el edificio de la Santa Inquisición en México... no hay lectura ni película ni testimonio comparable con la sensación de ahogo que he tenido en esos sitios, entre muros cargados de gritos y deseos de morir. Había leído Una sola muerte numerosa, Poder y desaparición, y Ese infierno. Había visto La noche de los lápices, La historia oficial, Garage Olimpo y Crónica de una fuga. Y, sin embargo, cruzar el primer patio de la ESMA y bajar por la escalerilla a la cámara de tortura significó, también, el dolor en la boca del estómago, la rabia subiendo por la espina dorsal, los ojos acuosos y el escalofrío entre las piernas. Imaginar los mecanismos de resistencia, la lucha por la dignidad y la renuencia a hundirse en la animalidad del represor en medio del frío, las humillaciones y las baldosas resbaladizas por los fluidos. Suponer lo que significa viajar en un viejo Falcon que se convierte en el parteaguas de miles y miles de miradas, de recuerdos, de sufrimientos.



Y, sin embargo, la luz se abre paso en la penumbra, el verde crece entre las piedras, las voces se levantan y reclaman. Un grupo de personas entregadas, con una entereza indescriptible, trabaja día tras día en la conservación de los archivos, el rescate de los testimonios, la conquista del espacio para la memoria y los derechos humanos. Hacer de la ESMA no un museo del horror, pero sí una huella indeleble en la historia argentina, latinoamericana, humana. Denunciar la futilidad de la debida obediencia, la hipocresía del perdón colectivo, el engaño del olvido como sanación de las llagas. En todos los rincones del planeta resuena el viejo NUNCA MÁS; en algún rincón del planeta hoy, al igual que ayer y mañana, un ser humano sufre aquello que nos prometimos no permitir que volviera a pasar.

El peso y la pesadumbre de los edificios de la ESMA me obligaron a recordar, como otras veces, que lo único que distingue a mi especie, esa que se ufana en llamarse humana, es el lenguaje, la capacidad de construir herramientas cada vez más sofisticadas y la maldad. Pensar que en este cuerpo que habito, como en todo recipiente de carne, hueso y habla, cabe igual la posibilidad de atormentar al prójimo como la fuerza para rebelarse, aguantar y sobrevivir. En mí está, latente y contenido, lo más despreciable y lo más sublime de todos los que me precedieron y todos los que vendrán.

adolescenciael sol viene del este

Comments

Anonymous 21. June 2009, 17:15

césar cando mendoza writes:

NABIHA


Me llegas mediterráneamente:
de duna en duna,
de acacia en acacia,
de uva en uva,
de trigo en trigo
de chehili en chehili.

Me llegas con lluvia,
con el Ahaggar de tus senos
y el pino diluido en tu cabello.
Me llegas llanuramente:
estrecha tu cintura costera
sobre tu pelvis de Atlas


Háblame en bereber,
en tamazight,
en kabil,
con el coro de diminutos tambores
y la danza de adolescentes arbustos.


Di que eres árabe,
como el Sahara,
como el Chelif
di que eres argelina
como dátil en junio.


César Cando Mendoza
Centro de Cultura del Emigrante
Quito, Ecuador
-------------------


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