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Omsari - AFRECIFORHO

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Humildad

Deseo compartir esto con ustedes, ya que la arrogancia sutil puede ser una de las principales limitaciones que tenemos para lograr la madurez interior o espiritual.


En el momento de escuchar la alabanza y la apreciación, los sentimientos de amor en la visión y actitud surgen de forma natural hacia la persona que nos alaba o valora.

Sin embargo, si cuando alguien nos da la mínima señal o sugerencia de mejora reaccionamos internamente pensando “¿Porqué me dijo eso?”, entonces esto no se considera un estado consciente del Alma. De hecho es arrogancia sutil, que es una de las debilidades principales que obstaculizan nuestro crecimiento interior.

En un estado de madurez, si alguien nos corrige o nos señala algo que deberíamos mejorar, los sentimientos de amor y buenos deseos hacia esa persona deberían seguir estando presentes. Deberíamos ser capaces de apreciar la aportación que nos está haciendo, y considerar que está llena de buenos deseos hacia nosotros. Es cuando no somos conscientes del Alma que se hace muy difícil tolerar la crítica.

Mediante la consciencia de nuestro autorrespeto y humildad podemos terminar con esta debilidad. En el estado de felicidad espiritual de la consciencia del Alma podemos renunciar a el ego y a la arrogancia sutil. Entonces podemos dar a los demás la experiencia del amor incondicional a través de nuestro estado y de nuestras acciones. No sólo tenemos conocimiento en nuestro intelecto, sino que nos convertimos en la forma práctica de ese conocimiento.

El autorrespeto y la humildad son la base para crear un estado de madurez estable y ecuánime, ante la alabanza y la crítica.

Tomado de Brahma Kumaris.

21 de Enero, Fiesta de Nuestra Señora de la Altagracia

Tiene la República Dominicana dos advocaciones marianas: Nuestra Señora de la Merced, proclamada en 1616, durante la época de la colonia, y la Virgen de la Altagracia, Protectora y Reina del corazón de los dominicanos. Su nombre: "de la Altagracia" nos recuerda que por ella recibimos la mayor Gracia Divina.

Existen documentos históricos que prueban que en el año de 1502, en la Isla de Santo Domingo, ya se daba culto a la Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, cuyo cuadro pintado al óleo fue traído de España por los hermanos Alfonso y Antonio Trejo, que eran del grupo de los primeros pobladores europeos de la isla. Al mudarse estos hermanos a la ciudad de Higüey llevaron consigo esta imagen y más tarde la ofrecieron a la parroquia para que todos pudieran venerarla. En el 1572 se terminó el primer santuario altagraciano y en el 1971 se consagró la actual basílica.

La piedad del pueblo cuenta que la devota hija de un rico mercader pidió a éste que le trajese de Santo Domingo un cuadro de Nuestra Señora de la Altagracia. El padre trató inútilmente de conseguirlo por todas partes; ni clérigos ni negociantes, nadie había oído hablar de esa advocación mariana. Ya de vuelta a Higüey, el comerciante decidió pasar la noche en una casa amiga. En la sobremesa, apenado por la frustración que seguramente sentiría su hija cuando le viera llegar con las manos vacías, compartió su tristeza con los presentes relatándoles su infructuosa búsqueda.

Mientras hablaba, un hombre de edad avanzada y largas barbas, que también iba de paso, sacó de su alforja un pequeño lienzo enrollado y se lo entregó al mercader diciéndole: "Esto es lo que usted busca". Era la Virgen de la Altagracia. Al amanecer el anciano había desaparecido envuelto en el misterio.

El cuadro de Ntra. Sra. de la Altagracia tiene 33 centímetros de ancho por 45 de alto y según la opinión de los expertos es una obra primitiva de la escuela española pintada a finales del siglo XV o muy al principio del XVI. El lienzo, que muestra una escena de la Natividad, fue exitosamente restaurado en España en 1978, pudiéndose apreciar ahora toda su belleza y su colorido original, pues el tiempo, con sus inclemencias, el humo de las velas y el roce de las manos de los devotos, habían alterado notablemente la superficie del cuadro hasta hacerlo casi irreconocible.


Sobre una delgada tela aparece pintada la escena del nacimiento de Jesús; la Virgen, hermosa y serena ocupa el centro del cuadro y su mirada llena de dulzura se dirige al niño casi desnudo que descansa sobre las pajas del pesebre. La cubre un manto azul salpicado de estrellas y un blanco escapulario cierra por delante sus vestidos.

María de la Altagracia lleva los colores de la bandera Dominicana, anticipando así la identidad nacional. Su cabeza, enmarcada por un resplandor y por doce estrellas, sostiene una corona dorada colocada delicadamente, añadida a la pintura original. Un poco retirado hacia atrás, San José observa humildemente, mirando por encima del hombro derecho de su esposa; y al otro lado la estrella de Belén brilla tímida y discretamente.

El marco que sostiene el cuadro es posiblemente la expresión más refinada de la orfebrería dominicana. Un desconocido artista del siglo XVIII construyó esta maravilla de oro, piedras preciosas y esmaltes, probablemente empleando para ello algunas de las joyas que los devotos han ofrecido a la Virgen como testimonio de gratitud.