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Por y para México: Por un México Triunfador

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Perfume y pólvora

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Perfume y pólvora


Por: Adrian Castillo Sabado 2 de Diciembre de 2006 | Hora de publicación: 00:57



Recibimiento. En medio de un ambiente festivo el presidente Felipe Calderón dio un mensaje en el Auditorio Nacional. Fotos: Francisco Huerta
El perfume de la sociedad civil reunida en el Auditorio Nacional no alcanza a ocultar el olor a guerra. La pólvora también se lleva con las esencias de flores y maderas.
Poco después de las 11:00, en el túnel de la puerta 6, una de las que da a Paseo de la Reforma, entran en bola legisladores del PAN.
Parece un equipo de futbol americano rumbo al emparrillado, sólo que vestido de traje.
El senador Santiago Creel escucha entonces un “¡sí-se-pudo!” que aumenta de volumen paulatinamente en las tribunas y la adrenalina le hace combustión.
Pone entonces cara de malo —en la medida de lo posible—, hace la “V” de la victoria, pisa fuerte y en un instante arenga con su propia voz: “¡sí-se-pudo-sí-se-pudo!”.
Casi pisándole los talones, diputados y senadores se unen al ritual. Y, de pronto, ya son unas ocho mil personas al unísono.
Es la sociedad civil invitada al Auditorio. Sin duda, en su mayoría es panista. Vitorea a quienes vienen de una batalla que dan por ganada.
Para ese momento, por las dos pantallas gigantes colocadas a los costados del escenario ya se había transmitido, un par de veces, el clímax de la breve ceremonia en la que Felipe Calderón rindió protesta.
El video se conformaba por una escena tan cerrada que incluso permitía ver cómo de pronto Fox y Calderón parecerían hacer calistenia, envueltos por un enjambre de diputados del albiazul, al hacer la transferencia del poder.
O cómo se le escurre al primero entre las manos el lienzo tricolor —apenas se lo quita del pecho— como si estuviera caliente y engrasado.
No había tomas abiertas del salón de plenos, pero a la gente eso no le interesaba, pues volvía a gritar que “¡sí-se-pudo-sí-se-pudo!”.
Así empapaba su ánimo de gasolina.
Y el cerillo era el Himno Nacional que, como parte de un programa, venía después y para entonces ya se había cantado también dos veces.
Jorge Zermeño también arrebató una aclamación. Su arribo asemejó la entrada triunfal de un púgil al Madison Square Garden, previo a los 12 rounds de campeonato.
La sociedad civil panista, ahí reunida, estaba feliz y era mayoritariamente calderonista: sólo calló cuando vio entrar a Manuel Espino por el mismo umbral del túnel 6.
El dirigente del Partido Acción Nacional, sonriente, hizo lento su caminar como en espera de algo que jamás llegó. El desdén fue tan pesado como el auditorio mismo, que estaba ya casi lleno.
Habían imágenes y sonidos que evocaban una batalla cuando sólo unos minutos faltaban para que Felipe Calderón llamara a la concordia, no sin antes recetar un “¡sí se pudo y sí se puede!”.
Su llamado a la paz, justo a la mitad de la guerra, a la tropa no le fue atractivo y, según se pudo ver, tampoco convincente.
Y es que miles, de los que en ese momento mostraban su energía agitando el puño sobre la cabeza, habían llegado al lugar en un clima de combate.
Estacionaron sus automóviles a varios kilómetros de distancia del lugar de la cita y pasaron cuatro puntos diferentes de supervisión para abordar uno de los autobuses amarillos en el World Trade Center (o en el Hipódromo de las Américas).
Y avanzaron, en tandas de 54, por la calle Texas y la Nueve para tomar después el Periférico, custodiados por dos agentes en motocicleta, para no encontrar en alguna esquina a los manifestantes del bando contrario.
Luego cruzaron otros tres puntos de vigilancia más para ocupar su butaca y ver al nuevo Presidente.
De entre esos miles, en los mismos autobuses amarillos dos charlaban al regresar al WTC.
—Estuvo tranquilo ¿verdad?, lo de la marcha de López Obrador no pasó a mayores.
—Todo estuvo bien.
—Fue el trago difícil, pero habrá de venir la calma.
—Como decía un señor hace rato: si el dos de julio fue la muerte política de Obrador, ahora que sea su sepultura.
A las 14:03, en la esquina de Insurgentes y Filadelfia aún se pudo ver que el olor a pólvora no se convierte, mediante un conjuro de tres o seis párrafos, en perfume solo. Y que, en el alma, los panistas de a pie también saben dar acogida a los dioses de la guerra: “¡Sí-se-pudo-sí-se-pudo!”.
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=274336

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