Tuesday, 18. March 2008, 18:05:46
Aún a riesgo de repetirme, diré que sigo trabajando a ratos y a cachos en los documentos roleros que he mencionado más de una vez en esta bitácora, aunque a partir de ayer empecé a probar un par de videojuegos que en breve reseñaré y por eso seguramente tarde (aún) más.
La sección de
Campeones de las Brumas dedicada a los kits está casi acabada, a falta del psíquico, el redimido y el vidente espectral. Tras eso, sólo quedarían los personajes y un pequeño apéndice que he preparado. También he decidido rehacer la maquetación, ya que las columnas de texto no terminaban de encajar bien dentro del marco y tardaría menos empezando de nuevo que haciendo un mal apaño (cosas del Quark).
Dependiendo de lo que tenga que hacer estos días, es posible que acabe pronto la entrega de Kult; y mientras seguramente suba alguno de los relatos ambientados en Äêmallaën para ir haciendo ambiente. Entretanto, dejo aquí un texto aquelarriano inédito que he encontrado mientras ponía un poco de orden en el disco duro.
Haré un poco de memoria...
Cuando todavía existía Proyectos Editoriales Crom, me ofrecí para publicar
Pastores y Conquistadores, un suplemento sobre Extremadura y el pastoreo en la Península Ibérica (que reescribiré en un futuro) en el que estuve trabajando durante varias semanas, ya que por entonces jugaba a
Aquelarre y, yo al menos, echaba en falta más información para el juego sobre mi tierra. El texto de prueba que les mandé necesitaba un buen lavado de cara (es decir, una reorganización completa de todos los capítulos y cambios en cantidades industriales en el texto), así que mientras hacía el apaño, me ofrecieron la oportunidad de colaborar en otro suplemento que estaban preparando para "irme dando a conocer". Ni que decir tiene que ni siquiera me lo anduve pensando...
Por desgracia (aunque para alegría de muchos), la editorial desapareció hace años y ninguno de los dos suplementos llegó a ver la luz, así que supongo que ya da igual si lo publico aquí. Se trata de pequeños bloques de texto sobre navíos en alta mar, incluyendo un encuentro con un barco fantasma.
Como puede comprobarse, mi estilo narrativo por aquel entonces era un tanto desaliñado (y, de hecho, considero que lo sigue siendo), pero ya por entonces comenzaba a apuntar maneras y a definir mi propio modo de escribir.
Espero que sea del agrado del lector.
Hacia costas españolasZarpamos del puerto de Cuba haría apenas unas horas, alrededor de media tarde. Al cabo de un rato, y –juraría yo- bastante antes de lo que debiera, cayó noche cerrada sobre nuestros navíos. Todo alrededor eran barcos y agua (y sólo sabe Dios qué nos aguardaría bajo sus olas), babor y estribor eran apenas sombras de navíos bélicos, y otras decenas cargados con buenas riquezas, en alguna parte a cierta distancia y a buen resguardo tras la popa de la embarcación que bajo mis pies se mecía como una cuna; agrupados estábamos en la piña que alguien viniera a llamar “Gran Flota de la Plata”.
Ignoro cuándo se avecinó la bruma que por entones ya se arremolinaba en torno a mis tobillos, que por seguridad bien me avine a controlar con los ojos, pero nada bueno aquello presagiaba. Si antes el siseo vaporoso del mar encrespado zumbaba en mis oídos y las formas titánicas de los barcos llenaban mis ojos, ahora bien que se escondieron ambos, y fe doy que o bien desaparecieron como el aire o bien aquella niebla que por segundos se espesaba y se crecía todo lo tragó.
Apenas advertí que la niebla se había ya cebado con todo mi barco cuando de pronto ésta pareció disiparse en cierto modo para revelar un extraño navío que en nada se asemejaba a los nuestros.
Arrimando con lenta parsimonia nuestro bajel al otro –por si alguna noticia pudiera provenir de él- llegué a advertir, pero no tarde, gracias doy al Cielo, que aquel permanecía deshabitado y limpio excepto por un sinfín de cadáveres y sangre negruzca cubriendo toda la cubierta. Rotas y ajadas, las banderas pudieron, pese a todo, revelar que aquel era un navío de la vecina Portugal, aunque cualesquiera que fuesen las razones que a estas aguas lo trajeran, mi conocimiento no alcanza a cubrir. No puedo sino acogerme al Altísimo y rezar porque el nuestro no corra la misma suerte que aquel barco maldito, más ahora que la niebla parece estar disipándose.
Horror que mis ojos viesen entonces nunca antes ni tampoco después contemplaron. Avanzando ahora como a trompicones, pudo nuestro barco (temo decir que azuzado por una fuerza incontenible) aproximarse lo suficiente a aquel cadáver de madera para advertir que se trataba de un auténtico campo de batalla... o, para hacer mayor honor a su presencia, un cementerio de tablones y vigas. Aquellos hombres que, supuse por su raída y mugrienta vestimenta hecha jirones, eran los difuntos marinos del navío, habían sido vaciados de toda víscera. Abiertos en canal desde el esternón, o incluso desde la garganta, hasta casi las ingles, mostraban un vacuo interior libre incluso de cerebro u ojos (aparecían sus seseras cortadas en torno a la coronilla). Deseé fervientemente no topar con el hombre o criatura que causó aquello.
Al tiempo que trataba de apartar la vista de aquellas formas vacías de todo órgano viviente, pareciera que mis ojos les hubiesen devuelto la vida... pues, ante un pasmoso pavor que hacía temblar mis piernas, la sangre comenzó de nuevo a manar de sus cuerpos abiertos que ahora se levantaban sobre las piernas empapadas de agua y fluido vital, derramando más líquido del que podrían jamás albergar.
Pareciera que hubiesen advertido nuestro rumbo cerca de su barco –pese a que sus cuencas oculares no mostraban ojo alguno-, pues vi a aquellos hombres (si tal designación podía aplicarse a tan abominables criaturas) aferrar sus armas y empuñar garfios y sables, y tornar rumbo hacia nosotros aquella embarcación que surcaba las aguas sin susurro alguno, sin acariciar siquiera el agua, como navegando en la propia niebla. Por otra parte, nuestro propio barco permanecía quieto e inamovible, como en una sobrenatural calma chicha, incapaz de apartarse o alejarse de aquel horror.